Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
José Antonio Ramos Sucre
Las Suplicantes
LAS SUPLICANTES
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
428
José Antonio Ramos Sucre
El Festín De Los Buitres
EL FESTÍN DE LOS BUITRES
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
491
José Antonio Ramos Sucre
El Festín De Los Buitres
EL FESTÍN DE LOS BUITRES
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
491
José Antonio Ramos Sucre
El Festín De Los Buitres
EL FESTÍN DE LOS BUITRES
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
491
José Antonio Ramos Sucre
Rúnica
RÚNICA
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
487
José Antonio Ramos Sucre
El Rajá
EL RAJÁ
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
581
José Antonio Ramos Sucre
Mar Latino
MAR LATINO
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
477
José Antonio Ramos Sucre
La Guerra
LA GUERRA
El hombre de inteligencia rudimentaria salió
a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una
época primitiva.
Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen
volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y
perezosas.
Escogió, durante el trayecto, las piedras
más sólidas, para armar su honda.
Emitió gritos con el mayor aliento, usando
las manos a guisa de tornavoz.
Otro hombre apareció, vestido de una zamarra
y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro
se perdía en el bosque del cabello y de la barba.
El combate duró, sin decidirse, un tiempo
indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.
Una mujer falseó cautelosamente el pie del
defensor y lo precipitó desde la altura. Se vengaba de una
sumisión abyecta.
El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre
sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por
una cuesta breve.
Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies
sangrientos de la cautiva.
El hombre de inteligencia rudimentaria salió
a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una
época primitiva.
Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen
volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y
perezosas.
Escogió, durante el trayecto, las piedras
más sólidas, para armar su honda.
Emitió gritos con el mayor aliento, usando
las manos a guisa de tornavoz.
Otro hombre apareció, vestido de una zamarra
y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro
se perdía en el bosque del cabello y de la barba.
El combate duró, sin decidirse, un tiempo
indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.
Una mujer falseó cautelosamente el pie del
defensor y lo precipitó desde la altura. Se vengaba de una
sumisión abyecta.
El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre
sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por
una cuesta breve.
Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies
sangrientos de la cautiva.
445
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego
EL CIEGO
El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.
Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.
El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.
Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.
Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.
Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible
La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.
Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.
El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.
Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.
El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.
Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.
Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.
Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible
La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.
Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.
691
José Antonio Ramos Sucre
La Espía
LA ESPÍA
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
483
José Antonio Ramos Sucre
El Presidiario
EL PRESIDIARIO
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
574
José Antonio Ramos Sucre
Mito
MITO
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
555
José Antonio Ramos Sucre
Mito
MITO
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
555
José Antonio Ramos Sucre
Mito
MITO
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
555
José Antonio Ramos Sucre
El Nómade
EL NÓMADE
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
468
José Antonio Ramos Sucre
Fragmento Apócrifo De Pausanias
FRAGMENTO APÓCRIFO DE PAUSANIAS
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
537
José Antonio Ramos Sucre
La Noche
LA NOCHE
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
463
José Antonio Ramos Sucre
El Emigrado
EL EMIGRADO
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
462
José Antonio Ramos Sucre
El Mandarín
EL MANDARÍN
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
638
José Antonio Ramos Sucre
El Mandarín
EL MANDARÍN
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
638
José Antonio Ramos Sucre
La Isla De Las Madréporas
LA ISLA DE LAS MADRÉPORAS
Los salvajes miran una mueca en el rostro de la
luna. Se llenan de susto e imputan al ogro nocturno alguna ofensa
infligida al astro malignante.
Sintieron durante el sueño sus pisadas
rotundas. Debía de apoyar en ese momento su talla desemejable
sobre un asta arrancada del bosque.
El más gallardo de los mozos se dispone a
salir en demanda de la ballena. Los compañeros celebran sus
hazañas de cazador, su impavidez en el escalamiento de las
montañas y traen su genealogía del buitre carnicero.
Un lamento del bosque desaconsejaba la empresa del
joven caudillo y sonó más fuertemente al salir en su nave
de velamen de esparto.
Los compañeros lo seguían cabizbajos y
se equivocaban a menudo en la maniobra.
El joven cazador, esperanza de una sociedad natural,
divisa un pez deleznable y lo persigue apasionadamente. Los
compañeros se quejan de la caza infructuosa y proponen el
retorno.
El joven caudillo pierde el dominio de sí
mismo y solicita derechamente su ruina. Se enreda en la soga del
arpón y lo dispara consumiendo el esfuerzo de su brazo.
El pez herido lo arrastra al abismo de las aguas y
un torbellino de gaviotas señala, días enteros, el paraje
del suceso.
Los salvajes miran una mueca en el rostro de la
luna. Se llenan de susto e imputan al ogro nocturno alguna ofensa
infligida al astro malignante.
Sintieron durante el sueño sus pisadas
rotundas. Debía de apoyar en ese momento su talla desemejable
sobre un asta arrancada del bosque.
El más gallardo de los mozos se dispone a
salir en demanda de la ballena. Los compañeros celebran sus
hazañas de cazador, su impavidez en el escalamiento de las
montañas y traen su genealogía del buitre carnicero.
Un lamento del bosque desaconsejaba la empresa del
joven caudillo y sonó más fuertemente al salir en su nave
de velamen de esparto.
Los compañeros lo seguían cabizbajos y
se equivocaban a menudo en la maniobra.
El joven cazador, esperanza de una sociedad natural,
divisa un pez deleznable y lo persigue apasionadamente. Los
compañeros se quejan de la caza infructuosa y proponen el
retorno.
El joven caudillo pierde el dominio de sí
mismo y solicita derechamente su ruina. Se enreda en la soga del
arpón y lo dispara consumiendo el esfuerzo de su brazo.
El pez herido lo arrastra al abismo de las aguas y
un torbellino de gaviotas señala, días enteros, el paraje
del suceso.
431
José Antonio Ramos Sucre
Las Ruinas
LAS RUINAS
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
448
José Antonio Ramos Sucre
El Romance Del Bardo
EL ROMANCE DEL BARDO
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
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José Antonio Ramos Sucre
El Romance Del Bardo
EL ROMANCE DEL BARDO
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
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