Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
José Antonio Ramos Sucre
Geórgica
GEÓRGICA
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
456
José Antonio Ramos Sucre
Fantasía De La Estación Adversa
FANTASÍA DE LA ESTACIÓN ADVERSA
El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.
El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.
El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.
Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.
Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.
El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.
El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.
El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.
Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.
Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.
463
José Antonio Ramos Sucre
Cuento Desvariado
CUENTO DESVARIADO
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
483
José Antonio Ramos Sucre
El Avenimiento De Sagitario
EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
443
José Antonio Ramos Sucre
El Avenimiento De Sagitario
EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
443
José Antonio Ramos Sucre
El Cruzado
EL CRUZADO
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
508
José Antonio Ramos Sucre
El Aventurero
EL AVENTURERO
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
831
José Antonio Ramos Sucre
El Aventurero
EL AVENTURERO
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
831
José Antonio Ramos Sucre
El Viaje De Himilcón
EL VIAJE DE HIMILCÓN
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
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José Antonio Ramos Sucre
El Viaje De Himilcón
EL VIAJE DE HIMILCÓN
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
465
José Antonio Ramos Sucre
La Peregrina De La Selva Profética
LA PEREGRINA DE LA SELVA PROFÉTICA
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
490
José Antonio Ramos Sucre
Siglo De Oro
SIGLO DE ORO
El caballero sale de la iglesia a paso largo. Saluda
con gentil mesura a las señoras, abreviando ceremonias y
cumplimientos. Aprueba sus galas y las declara acordes con la belleza
descaecida.
Del río, avizor de la mañana y espejo
de sus luces, sopla un viento alado y correntón. Mece los
sauces, y penetra las calles solas, alzando torbellinos de polvo.
El caballero se retira a su casa desierta. Depone el
sombrero y la recorre lentamente, ensimismado en la meditación.
Apunta y considera los asomos de la vejez.
Los suyos se extinguieron en la contemplación
o se perdieron en la aventura. Él mismo llega de ejecutar
bizarrías en aguas levantinas. Decanta su juventud fanfarrona en
las urbes y cortes italianas.
Junta con la devoción una sabiduría
alegre, una sagacidad de caminante, allegada de tantas ocasiones y
lances.
El caballero se sienta a una mesa. Escucha, a
través de las letras contemporáneas, la voz jocunda de
las musas sicilianas. Pone por escrito una historia festiva, donde
personas de calidad, seguidas de su servidumbre, adoptan, por
entretenimiento y en un retiro voluntario, las costumbres de sus
campesinos.
El caballero finge discursos y controversias, dejos
y memorias del aula, referentes a la desazón amorosa.
Administra la ventura y el contratiempo, socorros de
la casualidad, y conduce dos fábulas parejas hasta su desenlace,
en las bodas simultáneas de amos y criados.
El caballero sale de la iglesia a paso largo. Saluda
con gentil mesura a las señoras, abreviando ceremonias y
cumplimientos. Aprueba sus galas y las declara acordes con la belleza
descaecida.
Del río, avizor de la mañana y espejo
de sus luces, sopla un viento alado y correntón. Mece los
sauces, y penetra las calles solas, alzando torbellinos de polvo.
El caballero se retira a su casa desierta. Depone el
sombrero y la recorre lentamente, ensimismado en la meditación.
Apunta y considera los asomos de la vejez.
Los suyos se extinguieron en la contemplación
o se perdieron en la aventura. Él mismo llega de ejecutar
bizarrías en aguas levantinas. Decanta su juventud fanfarrona en
las urbes y cortes italianas.
Junta con la devoción una sabiduría
alegre, una sagacidad de caminante, allegada de tantas ocasiones y
lances.
El caballero se sienta a una mesa. Escucha, a
través de las letras contemporáneas, la voz jocunda de
las musas sicilianas. Pone por escrito una historia festiva, donde
personas de calidad, seguidas de su servidumbre, adoptan, por
entretenimiento y en un retiro voluntario, las costumbres de sus
campesinos.
El caballero finge discursos y controversias, dejos
y memorias del aula, referentes a la desazón amorosa.
Administra la ventura y el contratiempo, socorros de
la casualidad, y conduce dos fábulas parejas hasta su desenlace,
en las bodas simultáneas de amos y criados.
446
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad
LA CIUDAD
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
508
José Antonio Ramos Sucre
La Resipisencia De Fausto
LA RESIPISENCIA DE FAUSTO
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
430
José Antonio Ramos Sucre
Renacentista
RENACENTISTA
La veneciana altiva de tez nevada, escucha las
barcarolas desde la azotea de su mansión bizantina. Mira la
tarde fantástica, de celajes dispersos, semejanza de tesoros
volcados sobre el piso de un palacio roto a la fuerza. Un soplo del mar
desata los cabellos de luz sobre la veste azul y le besa el rostro
mortificado.
Defiende a veces con la diestra los ojos
deslumbrados, adornándose con el atributo de una ceguedad
temprana y divinatoria, y la breve sombra de la mano aumenta la
dignidad de la faz muda.
La mujer nota el arribo de las galeras alegres,
ostentosas de blasones dominantes, animadas con el atavío de las
banderolas triangulares y volubles. Vienen de visitar naciones
índicas, de alma sinuosa, de prosperidad inficionada, sujetas a
la voluntad de reyes disipados.
Reconoce a los vencedores del mar fluctuoso,
deshecho en montes, marinos prendados de constelaciones hechiceras,
rescatados y salvados por algún vuelo de aves de vida
continental; y desadvierte la hazaña de la juventud aguerrida,
de fuerza probada en el océano patente.
La virgen refractaria condena las mercedes de la
fama, siguiendo la voz de un orgullo terminante. Conoce las ideas de su
tiempo, recreo de un ideal soberbio, enemigo de la fe tradicional.
Resume el infortunio de su casta, de porte senatorial, extinguida bajo
la saña de una facción victoriosa, y oculta su vida y su
nombre en la morada bizantina, arruinada secretamente por el mar,
celador previsto de su lápida.
La veneciana altiva de tez nevada, escucha las
barcarolas desde la azotea de su mansión bizantina. Mira la
tarde fantástica, de celajes dispersos, semejanza de tesoros
volcados sobre el piso de un palacio roto a la fuerza. Un soplo del mar
desata los cabellos de luz sobre la veste azul y le besa el rostro
mortificado.
Defiende a veces con la diestra los ojos
deslumbrados, adornándose con el atributo de una ceguedad
temprana y divinatoria, y la breve sombra de la mano aumenta la
dignidad de la faz muda.
La mujer nota el arribo de las galeras alegres,
ostentosas de blasones dominantes, animadas con el atavío de las
banderolas triangulares y volubles. Vienen de visitar naciones
índicas, de alma sinuosa, de prosperidad inficionada, sujetas a
la voluntad de reyes disipados.
Reconoce a los vencedores del mar fluctuoso,
deshecho en montes, marinos prendados de constelaciones hechiceras,
rescatados y salvados por algún vuelo de aves de vida
continental; y desadvierte la hazaña de la juventud aguerrida,
de fuerza probada en el océano patente.
La virgen refractaria condena las mercedes de la
fama, siguiendo la voz de un orgullo terminante. Conoce las ideas de su
tiempo, recreo de un ideal soberbio, enemigo de la fe tradicional.
Resume el infortunio de su casta, de porte senatorial, extinguida bajo
la saña de una facción victoriosa, y oculta su vida y su
nombre en la morada bizantina, arruinada secretamente por el mar,
celador previsto de su lápida.
396
José Antonio Ramos Sucre
El Rezagado
EL REZAGADO
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
458
José Antonio Ramos Sucre
El Rezagado
EL REZAGADO
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
458
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
476
José Antonio Ramos Sucre
El Tesoro De La Fuente Cegada
EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
537
José Antonio Ramos Sucre
Fulmen
FULMEN
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
402
José Antonio Ramos Sucre
Fulmen
FULMEN
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
402
José Antonio Ramos Sucre
La Venganza Del Dios
LA VENGANZA DEL DIOS
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
725
José Antonio Ramos Sucre
La Venganza Del Dios
LA VENGANZA DEL DIOS
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
725
José Antonio Ramos Sucre
El Retorno
EL RETORNO
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
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