Naturaleza y Elementos
Manuel Machado
Mariposa Negra - Alma
A Rubén Darío
La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...
El velo de oro..., el de plata.
La hora cárdena...
«Aún es temprano».
«Nada veo sino el polvo
del camino...»
«Aún es temprano».
«¿Gritaron, madre?»
«No, hija;
nadie habló... ¿Lloras?...»
«Lo blanco
del camino que contemplo
las lágrimas me ha saltado...»
«No es eso...»
«Yo no sé, madre».
«Él vendrá, que aún es temprano».
«Madre, el humo se está quieto,
las nubes parecen mármol...,
y los árboles diríase,
que tienden abiertos brazos».
Un mendigo horrible pasa,
y hacia el castillo ha mirado.
.....................................................................
Una negra mariposa
revolotea en el cuarto.
La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...
El velo de oro, el de plata...,
el de celajes violados.
... Y el sol va a caer allá lejos,
guerrero herido en el campo.
¡Mal hayan los servidores
que sin su señor tornaron,
los que con él se partieron
y traen, sin él, su caballo!
Manuel Machado
Los Días Sin Sol - Alma
A M. Leo Rouanet
El lobo blanco del invierno,
el lobo blanco viene,
con los feroces ojos inyectados
en sangre helada, fijos y crueles.
¡Maldito lobo invierno, que te llevas
los viejos y los débiles!
¡Reunámonos, que todos
tengan una familia,
un libro y fuego alegre!
Y mientras, fuera, el hacha
el tronco seco hiende,
que será rojo en el hogar, cerremos
la puerta y el balcón... ¡Dios no nos quiere!
¡Tregua! Seamos amigos...
La tibia paz entre nosotros reine
en torno de la lámpara, que esparce
la tranquila poesía del presente.
Y tú, mi amada, cuyos rojos labios
son ya la sola flor, dámelos..., ¡quiéreme!...
................................................................................
¡Que el lobo blanco del invierno
el lobo blanco viene!
Manuel José Quintana
A Don Nicasio Cienfuegos, Convidándole A Gozar Del Campo
miró desde el nacer; tú, en cuyo pecho
imprimió la virtud, y en larga mano
el don divino de pintarla diera,
Nicasio respetable, ¿por qué tardas,
y a la amistad que ansiosa te desea
no te abandonas? De enlazados ramos
espacioso dosel ora me ampara
del crudo ardor del polvoroso estío,
y los inquietos céfiros, vagando
en dulce fresco, en movimiento y vida,
los senos bañan del jardín. Mi mente
desalada entretanto hacia ti vuela;
vuela hacia ti, que a tu pesar sumido
en ese abismo pestilente y ciego,
los campos y las selvas solitarias
buscas, y aún dudas, y a gozar te niegas
placer tan puro y celestial conmigo.
¡Oh! No tardes, no tardes: bien tus pasos
lleves al bosque oculto, bien la vista
tiendas alegre en la abundosa vega,
o la dulce corriente te embelese
del río encantador; todo te llama
con delicioso afán, todo convida
tu enérgico pincel. No aquí ambiciosa
Natura ansiara desplegar su inmenso
poder, y ornada en majestad sublime,
nuestra vista asombrar: guardó el espanto,
guardó el terrible horror allá do esconde
su frente el Apenino entre las nubes.
Cúbrenle en torno las eternas nieves
que en vano bate el sol: si el viento suena
es proceloso el austro, en cuyas alas
retumba el trueno; entonces los torrentes
bajan furiosos a asolar los valles.
¿Qué es allí el hombre? Estremecido y solo,
atónito se para, y no cabiendo
impresión tan soberbia en sus sentidos,
al mudo pasmo y confusión se entrega.
Graciosa, empero, aquí, dulce, apacible,
sus dones todos liberal reparte
Naturaleza, y con placer se ríe.
Tal la beldad en su primer oriente,
de gracias sólo y suavidad bañada,
suele más tierna embelesar los ojos
y el corazón herir. Nicasio, el mío
más amó siempre que admiró. Doquiera
ternura aquí y amor. ¡Oh cuántas veces,
cuántas, mirando las sociales vides
enlazarse a los olmos, y lozanas
entre los ramos de su verde apoyo
sus hojas ostentar y alegre fruto,
en dulce llanto se bañó mi pecho!
¡Cuántas pavesas del incendio antiguo
plácidas se avivaron! Los suspiros,
las ansias tiernas, la inquietud dichosa,
las delicias inmensas que algún día
me inundaron, ¡ay, Dios!, y acaso huyeron
para nunca volver, todas volaron,
todas a un tiempo con igual ternura
me asaltaron allí: si desparece
y huye el amor, a la memoria acuden
padre, hermanos y amigos, y en un punto
afectos mil que a penetrar mi seno
aquel boscaje solitario inspira,
y absorto y melancólico me llevan.
Lejos allá su placentero ruido
la brillante cascada precipita
por el senoso peñascal, adonde
su curso rompe murmurando el río.
Corro y le miro, ¡oh, qué placer!, furioso
del dique opuesto a su violencia en vano
clamoroso agitarse, alzar la espalda,
luchar, vencer, hervir, y en alba espuma
deshecho y raudo arrebatarse al llano.
Vaga la vista entre los dulces juegos
que mil y mil con variedad graciosa
mágica el agua a su mirar presenta.
Bañan en ella sus sedientas alas
los apacibles céfiros, y llenos
de su grato frescor, ea vuelo alegre
van a esparcirla a la tendida vega;
mientras en dulce gratitud riendo,
la dócil caña, el intratable espino
y el álamo gentil, en la ribera
sus ramos tienden a besar las ondas.
Ondas preciosas que el colono activo
supo en raudales dividir, y en ellos
llevar la vida y la abundancia al campo.
Siquiera el cielo en su rigor se obstine
en negar el vivífico rocío,
don de las nubes, los endebles diques
rompe seguro el rústico, y al punto
vieras la tierra que inundada embebe
el cristalino humor; y fuerzas nuevas
con él cobrando, engalanar su frente
un fruto y otro fruto, y cien tras ellos.
Así la vista por do quier se baña
en verdura eternal; así Pomona
tiende su manto, y pródiga derrama
del almo cuerno el celestial tesoro.
¿Qué mucho si su templo delicioso
le plugo aquí sentar, y aquí adorada
del hombre ser? Todo la acata. El río,
en dos partido, con ardor la ciñe,
y ella en sus brazos y en su amor se goza.
Yo allí, mientras los árboles se mecen
al son del viento, en tanto que a sus hombros
sube contento las opimas cargas
el hortelano, y las zagalas ríen
en trises alegre y bullicioso juego,
llego al altar de la deidad que en medio
reina ostentando su silvestre pompa,
y a reverencia y religión me inclina.
¡Árboles prodigiosos! ¡Cuál la mente
que así os quiso agrupar? ¿Cuál fue la mano
que así os plantó? De majestad vestido
el añoso nogal, su cima alzando,
hasta la cumbre del Olimpo alcanza;
sube, y en su ambición tiende los brazos
lejos de sí, cual si ocupar con ellos
de la esfera los ámbitos quisiera;
y eternos a par de él, y a par sublimes,
seis lúgubres cipreses los lujosos
ramos le cercan, y en su faz sombría
la luz quebrantan del ardor febeo.
¡Oh, delicias! ¡Oh, magia! ¡Oh, cómo hundida
bajo esta hermosa bóveda se lleva
la mente a meditar! ¡Cuál se engrandecen
sus pensamientos! Y a la par mirados,
¡cuán breve el hombre, y su poder, su gloria,
toda su pompa! ¡Oh, qué de veces vieron
de su opulento dueño aquestos troncos
la afanosa inquietud! ¡Cuántas en vano
con su grato silencio le brindaban
al reposo, a la paz; y él orgulloso
en pos del mando y la ambición corría!
¡Qué de delitos no abortó el insano
para saciar su ardor! Bañose en sangre,
domó la tierra, y ¿qué logró? Estas plantas
le vieron perecer, y ellas quedaron:
quedaron a esparcir sus ramos bellos
sobre mí, que inclinado y reverente
canto su gloria, y vivirán: testigos
serán, ¡ay!, de mi fin cuando a su ocaso
llegue el aliento de mi endeble vida.
Todo al tiempo sucumbe: ellas un día,
ellas también... ¡Ah, bárbaro! Repara
la inclemente segur; muévante al menos
su sacro horror, su venerable sombra,
su augusta ancianidad. Pudo hasta entonces
respetarlas el tiempo, ¿y tú atrevido
su hojosa copa abatirás? Detente,
detente, y no en un punto así destruyas
la gloria del verjel. Nogal frondoso,
altos y melancólicos cipreses,
para siempre vivid, y que el ingrato
cuya mano sacrílega se atreva
vuestros troncos a herir, jamás encuentre
sombra refrigerante en el estío
cuando le hostigue el sol; nunca reposo,
nunca halle paz, y de su injusto pecho
huya por siempre la inocencia amable
que en el campo y los árboles se abriga.
Lejos, empero, de la frente mía
tan lúgubre pensar. Adiós, cipreses,
Pomona, adiós: los álamos del bosque
ya con su dulce amenidad me llaman.
Salve, repuesto valle; el sol ardiente
me hirió al venir, y fatigado el pecho
late anhelante, y con dolor respira.
Acógeme en tu seno; que tu yerba
verde, abundosa, a mis cansados miembros
sirva de alfombra; que el murmullo blando
del grato arroyo en agradable sueño
me envuelva y me regale, y que sacuda
Favonio en tanto el delicioso néctar
de su frescura, y mi sudor enjugue.
¡Ah! Que ni aquí del velador cuidado
el tósigo alcanzó, ni las espinas
del miedo agitador su punta emplean.
Todo es sosiego: al despertar, las aves
con su armónico acento en mis oídos
los ecos llevan del placer; las auras,
árboles, cielo y arroyuelo y prado,
todo me halaga y a mi vista ríe,
mientras la fuente retirada y pura
me ofrece el cáliz de sus ondas frías
a mitigar mi sed; y yo, embebido
con himnos mil, en mi delirio ciego
a sus graciosas Náyades imploro.
¡Oh Gesner! ¿dónde estás? Tú, a quien
desnuda,
llena de gracia y de inmortal belleza
Natura se mostró; tú, que inspirado
fuiste de la virtud; tú, que en las selvas
la paz y la inocencia y los amores
tan dulcemente resonar hacías.
¡Divino Gesner!, ven; lleva mis pasos
y enséñame a gozar. Contempla el suelo
cuál nuestra planta engaña, y cuán hermoso
se hunde aquí, se alza allá, forma ora un llano,
después un seno; a la alameda vuelve
la vista embelesada, y mira en ella
las gracias revolar; ve la ternura
con que al abrigo del robusto padre,
del recio invierno y rigoroso estío
los pequeñuelos árboles se amparan.
Pregunta al blando céfiro, que vuela
en sus copas dulcísimas moviendo
los sones del amor, cuántas zagalas
asaltó aquí festivo, y cuántas veces,
de su recato virginal burlando,
besó su frente y se empapó en su seno.
Pídele los tiernísimos suspiros
que llevados en él, por esta selva
andan vagando, y las querellas tristes
que el eco sordamente repetía.
Dímelo, ¡oh dulce fuente! Así tu curso
siempre abundante y puro, coronado
eternamente de verdor se vea;
las veces di que el amador inquieto
sus ansias vino a consultar contigo.
Aquí, en tus verdes márgenes sentado,
tal vez se vio de la beldad que ansiaba
gratamente acogido, y tal vez ella,
tímida, tierna, de rubor teñida,
le declaró su amor, y de sus ojos
se escapó alguna lágrima que en vano
luchó por contener; allá más lejos,
dentro de aquella gruta solitaria
que guarda el olmo en cavidad sombría,
¡quién sabe si el placer!... ¡Oh, ameno valle!
No tenías, no, que a revelar se atreva
mi lengua tus misterios silenciosos;
basta la envidia en que encender me siento,
basta el encanto en que tu amor me inunda.
¿Y tú tardas, Nicasio? ¿Y con tan puros,
tan mágicos placeres te convida
el campo, y tú le esquivas? Corre, vuela,
antes que el año en su incansable curso
lleve al verano y al verdor consigo.
Cuidadoso el jardín te guarda flores;
ven a gozarlas: si se agosta alguna,
yo con los ojos del dolor la sigo,
y pienso en ti, que su esperanza engañas.
Huye con pie veloz esos lugares,
digna morada de los tigres fieros
que los habitan, do respiran sólo
el negro horror que en sus entrañas ceban;
de donde huyó el sosiego, huyó por siempre
la dulce confianza; el pensamiento,
de la opresión sacrílega amagado,
no se atreve a romper el claustro oscuro
en que le hundió el temor; y las palabras,
cuando son de virtud, sordas, temblando,
doquier hallar con la maldad recelan.
¡Oh, pechos sin virtud! Jamás preciaron
los campos y las selvas que enmudecen
cuando sus plantas con desdén las huellan.
Sí, que el sublime y celestial lenguaje
de Natura entender sólo fue dado
a la inocente sencillez, y en ellos
los vicios viles y execrables moran
de esclavos a tiranos. Dulce amigo,
húyelos, y rendido a mis plegarias
ven a acogerte a mi apacible asilo.
Los árboles no venden, los arroyos
no aprenden a mentir; sereno el aire,
sereno el cielo, a respirar te brindan
en grata libertad; aquí segura
podrá tu mente en sus grandiosas alas
el vuelo descoger, ora en los valles
perderaste embebido, ora sonando
tu lira de oro, invocarás las Musas,
y las Musas vendrán; ellas amigas
del campo siempre y soledad han sido.
Y en tanto que suspensa, embelesada,
la esfera atienda a tu sublime canto,
yo, templando la cítara a tu ejemplo,
mi humilde acento ensayaré contigo.
Miguel Florián
Madre
y tú estabas allí, insomne, aguardando
la lenta aparición, la inminente presencia
de la luz, del alba que no llega (del fuego
que regresa de una estación desierta)
y tú estabas allí, profunda y blanca,
tendida sobre la multitud de los instantes,
apartando la turbiedad confusa de mi sueño,
labrando el tiempo firme, inmóvil, de la muerte
(la edad remota de insectos transparentes
y arroyos escondidos) con su amargura
de mano inalcanzable, de boca detenida
sobre la frente nueva, de beso que separa
el porvenir, y lo devuelve al seno de la tierra,
al estallido ciego de otra edad. Abrí los ojos
y tú estabas allí, mirándome, en medio de la muerte.
Miguel Florián
( Álamos )
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.
Miguel Florián
( Álamos )
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.
Miguel Florián
Lluvia
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
Miguel Florián
Los Días Y Los Pájaros
vienen y luego van y siempre dejan
una herida de luz. Huele a musgo
su vuelo, a países de escarcha,
a savia de madroños escondidos...
(Hay una fuente oculta que derrama
blancos ríos de sed, y un campanario
azul, mecido por el viento).
De qué cielo, de qué elevada dicha,
los pájaros descienden. De qué amor.
Los días se parecen a los pájaros,
igual tristeza dejan cuando pasan,
la misma oscuridad, igual silencio.
Miguel Florián
Sueño Especular
con una rosa inmóvil en su espacio.
Más allá de todo dios
ansío esta quietud
de líneas paralelas.
Adivino otro mar,
otra arena de azogues
en el hueco del alma.
Como la rosa
que se vierte a sí misma,
siempre así.
Siempre así,
sobre la línea ciega
que se eleva hasta el sol.
Así,
bebiendo en cada agua,
temblando en cada labio.
Miguel Florián
Sueño Especular
con una rosa inmóvil en su espacio.
Más allá de todo dios
ansío esta quietud
de líneas paralelas.
Adivino otro mar,
otra arena de azogues
en el hueco del alma.
Como la rosa
que se vierte a sí misma,
siempre así.
Siempre así,
sobre la línea ciega
que se eleva hasta el sol.
Así,
bebiendo en cada agua,
temblando en cada labio.
Miguel Hernández
Tanto Río Que Va Al Mar
donde no hace falta el agua.
Tantos campos que se secan.
Tantos cuerpos que se abrazan.
Miguel Hernández
El Mar También Elige
puertos donde reír
como los marineros.
El mar de los que son.
El mar también elige
puertos donde morir.
Como los marineros.
El mar de los que fueron.
Miguel Hernández
A La Luna Venidera
te acostarás a parir
y tu vientre irradiará
la claridad sobre mí.
Alborada de tu vientre,
cada vez más claro en sí,
esclareciendo los pozos,
anocheciendo el marfil.
A la luna venidera
el mundo se vuelve a abrir.
Miguel Hernández
Antes Del Odio
porque tu arrullo trascienda del mar.
Cerca del agua te quiero tener,
porque te aliente su vívido ser.
Cerca del agua te quiero sentir,
porque la espuma te enseñe a reír.
Cerca del agua te quiero, mujer,
ver, abarcar, fecundar, conocer.
Cerca del agua perdida del mar,
que no se puede perder ni encontrar.
Miguel Hernández
Hijo De La Luz Y De La Sombra
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol a donde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.
El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.
Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
Miguel Hernández
Llueve Los Ojos Se Ahondan
buscando tus ojos: esos
dos ojos que se alejaron
a la sombra cuenca adentro.
Mirada con horizontes
cálidos y fondos tiernos,
íntimamente alentada
por un sol de íntimo fuego
que era en las pestañas negra
coronación de los sueños.
Mirada negra y dorada,
hecha de dardos directos,
signo de un alma en lo alto
de todo lo verdadero.
Ojos que se han consumado
infinitamente abiertos
hacia el saber que vivir
es llevar la luz a un centro.
Llueve como si llorara
raudales un ojo inmenso,
un ojo gris, desangrado,
pisoteado en el cielo.
Llueve sobre tus dos ojos
negros, negros, negros, negros,
y llueve como si el agua
verdes quisiera volverlos.
Pero sus arcos prosiguen
alejándose y hundiendo
negrura frutal en todo
el corazón de lo negro.
¿Volverán a florecer?
Si a través de tantos cuerpos
que ya combaten la flor
renovaran su ascua... Pero
seguirán bajo la lluvia
para siempre mustios, secos.
Miguel Hernández
Las Gramas, Las Ortigas
en el otoño avanzan
con una suavidad
y una ternura largas.
El otoño, un sabor
que separa las cosas,
las aleja y arrastra.
Llueve sobre el tejado
como sobre una caja
mientras la hierba crece
como una joven ala.
Las gramas, las ortigas
nutre una misma savia.
Miguel Hernández
Las Gramas, Las Ortigas
en el otoño avanzan
con una suavidad
y una ternura largas.
El otoño, un sabor
que separa las cosas,
las aleja y arrastra.
Llueve sobre el tejado
como sobre una caja
mientras la hierba crece
como una joven ala.
Las gramas, las ortigas
nutre una misma savia.
Miguel Hernández
Uvas, Granadas, Dátiles
doradas, rojas, rojos,
hierbabuena del alma,
azafrán de los poros.
Uvas como tu frente,
uvas como tus ojos.
Granadas con la herida
de tu florido asombro,
dátiles con tu esbelta
ternura sin retorno,
azafrán, hierbabuena
llueve a grandes chorros
sobre la mesa pobre,
gastada, del otoño,
muerto que te derramas
muerto que yo conozco,
muerto frutal, caído
con octubre en los hombros.
Miguel Hernández
Uvas, Granadas, Dátiles
doradas, rojas, rojos,
hierbabuena del alma,
azafrán de los poros.
Uvas como tu frente,
uvas como tus ojos.
Granadas con la herida
de tu florido asombro,
dátiles con tu esbelta
ternura sin retorno,
azafrán, hierbabuena
llueve a grandes chorros
sobre la mesa pobre,
gastada, del otoño,
muerto que te derramas
muerto que yo conozco,
muerto frutal, caído
con octubre en los hombros.
Miguel Hernández
Si Nosotros Viviéramos
lo que la rosa, con su intensidad,
el profundo perfume de los cuerpos
sería mucho más.
¡Ay, breve vida intensa
de un día de rosales secular,
pasaste por la casa
igual, igual, igual,
que un meteoro herido, perfumado
de hermosura y verdad.
La huella que has dejado es un abismo
con ruinas de rosal
donde un perfume que no cesa hace
que vayan nuestros cuerpos más allá.
Miguel Hernández
Cuerpo Del Amanecer
flor de la carne florida.
Siento que no quiso ser
más allá de flor tu vida.
Corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
La flor nunca cumple un año,
y lo cumple bajo tierra.
Miguel Hernández
Como La Higuera Joven
de los barrancos eras.
Y cuando yo pasaba
sonabas en la sierra.
Como la higuera joven,
resplandeciente y ciega.
Como la higuera eres.
Como la higuera vieja.
Y paso, y me saludan
silencio y hojas secas.
Como la higuera eres
que el rayo envejeciera.
Miguel Hernández
¿qué Quiere El Viento De Encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?
Derribarnos, arrastrarnos.
Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?
Separarnos.