Naturaleza y Elementos
Ernesto Cardenal
Epigrama
El agua de South
West Bay es más
azul que el cielo
pero tus ojos son
más azules que
south west bay
Y en las cuevas de
(...)
han llegado ya
las lluvias de mayo,
han vuelto a
florecer los malinches colorados
Y el camino del
Diriá está alegre
lleno de charcos;
pero ya vos
no estás conmigo
Ernesto Cardenal
Epigrama
cantan los carreteros
Caminan con
mandolinas en los caminos
Y las carreteras
van pintadas como lapas,
Y los bueyes van
con cintas de colores
Y campanitas
y flores en los cuernos.
Cuando es el corte
del café en Costa Rica,
Y las carretas van
cargadas de café.
Y hay bandas
en las plazas de los pueblos,
Y en San José
los balcones y ventanas
están llenos de muchachas y de flores
Y las muchachas
dan vueltas en el parque.
Y el presidente
camina a pie
en San José.
Ernesto Cardenal
Epigrama
mi gatita tierna!
¡como estremecen
a mi gatita tierna
mis caricias en su cara
y su cuello
Y vuestros asesinatos
y torturas!
Ernesto Cardenal
Epigrama
que riela
en una laguna negra
Tu pelo las olas negras
bajo el cielo sin luna
Y el ruelo
de la lechuza en la
noche negra
Ernesto Cardenal
Epigrama
entre las multitudes
como son sola
la luna
Y sólo el sol
en el cielo
ayer estabas en el estadio
en medio de miles de gentes
y te divisé desde
que entré
igual que si hubieras
estado sola
en un estadio vacío
Ernesto Cardenal
Epigrama
en la noche una sirena
de alarma, larga,
larga,
El aullido lúgubre
de la sirena
de incendio o de
la ambulancia
blanca de muerte,
como el grito
de la cegua
en la noche,
que se acerca y
se acerca sobre las calles
y las cosas
y sube, sube,
y baja
y crece, crece,
baja y se aleja
creciendo y bajando.
no es incendio ni muerte:
es Somoza
que pasa.
Ernesto Cardenal
Squier En Nicaragua
tristes. Río verde
entre zacatales verdes;
pantanos verdes.
Tardes olorosas a lodo, a hojas mojadas, a
helechos húmedos y a hongos
El verde perezoso cubierto de moho
poco a poco trepando de rama en
rama, con los ojos cerrados como
dormido pero comiendo
una hoja, alargando un garfio primero
y después el otro,
sin importarle las hormigas que le pican,
volteando lentamente el bobo rostro
redondo, primero a un lado
y luego al otro,
enrollando por fin la cola en una rama
y colgándose pesado como
una bola de plomo; el salto del sábalo en el río;
el griterío de los monos comiendo
malcriadamente, a toda prisa,
arrojándose las cáscaras de anona unos a otros
y peleándose, charlando, arremedándose
y riéndose entre los árboles;
monas chillonas cargando a tuto monitos
pelones y trompudos;
la guatusa bigotuda y elástica
que se estira y encoge
mirando a todos lados con su ojo redondo
mientras come temblando;
espinosas iguanas... temblando;
espinosas iguanas
como dragones de jade
corriendo sobre el agua
(¡flechas de jade!);
el negro con su camisa rayada, remando
en su canoa de ceiba.
Una muchacha meciéndose en una hamaca,
con su largo pelo negro, y una pierna desnuda
colgando de la hamaca,
nos saluda:
Adiós, California!
El río negro, como tinta, al anochecer.
Una flor de un hedor putrefacto
como de cadáver;
y una flor horrible, peluda.
Orquídeas
guindadas sobre el agua podrida.
Silbidos tristes de la selva,
y quejidos.
Quejidos.
Hojas tristes que caen dando vueltas.
Y chillidos...
¡Un grito entre las guanábanas!
El hacha cortando un tronco
y el eco del hacha.
¡El mismo chillido!
Ruido sordo de manadas de cerdos salvajes.
¡Carcajadas!
El canto de un tucán.
Chischiles de culebras cascabeles.
Gritos de congos.
Chachalacas.
El canto melancólico de la gongolona
entre los coquitales,
y el de la paloma popone,
popone, pone, pone
Oropéndolas sonoras
columpiándose en sus nidos colgados de las palmeras,
y el canto del pájaro-león entre los coyoles
y el del pájaro de-la-luna-y-el-sol
el pájaro clarinero, el pájaro
relojero que da la hora
y el pocoyo que canta de noche (o caballero)
Cabayero mi dinero Cabayero mi dinero
parejas de lapas que pasan gritando,
y el guis, chichitote y dichoso-fui
dichoso-fuiiiiiiii
que cantan en los chagüites sombríos.
Plateados pantanos rielando,
y las ranas cantando
rrrrrrrrrrrrr
!Y un pájaro que toda la noche repite.
Ernesto Cardenal
Squier En Nicaragua
tristes. Río verde
entre zacatales verdes;
pantanos verdes.
Tardes olorosas a lodo, a hojas mojadas, a
helechos húmedos y a hongos
El verde perezoso cubierto de moho
poco a poco trepando de rama en
rama, con los ojos cerrados como
dormido pero comiendo
una hoja, alargando un garfio primero
y después el otro,
sin importarle las hormigas que le pican,
volteando lentamente el bobo rostro
redondo, primero a un lado
y luego al otro,
enrollando por fin la cola en una rama
y colgándose pesado como
una bola de plomo; el salto del sábalo en el río;
el griterío de los monos comiendo
malcriadamente, a toda prisa,
arrojándose las cáscaras de anona unos a otros
y peleándose, charlando, arremedándose
y riéndose entre los árboles;
monas chillonas cargando a tuto monitos
pelones y trompudos;
la guatusa bigotuda y elástica
que se estira y encoge
mirando a todos lados con su ojo redondo
mientras come temblando;
espinosas iguanas... temblando;
espinosas iguanas
como dragones de jade
corriendo sobre el agua
(¡flechas de jade!);
el negro con su camisa rayada, remando
en su canoa de ceiba.
Una muchacha meciéndose en una hamaca,
con su largo pelo negro, y una pierna desnuda
colgando de la hamaca,
nos saluda:
Adiós, California!
El río negro, como tinta, al anochecer.
Una flor de un hedor putrefacto
como de cadáver;
y una flor horrible, peluda.
Orquídeas
guindadas sobre el agua podrida.
Silbidos tristes de la selva,
y quejidos.
Quejidos.
Hojas tristes que caen dando vueltas.
Y chillidos...
¡Un grito entre las guanábanas!
El hacha cortando un tronco
y el eco del hacha.
¡El mismo chillido!
Ruido sordo de manadas de cerdos salvajes.
¡Carcajadas!
El canto de un tucán.
Chischiles de culebras cascabeles.
Gritos de congos.
Chachalacas.
El canto melancólico de la gongolona
entre los coquitales,
y el de la paloma popone,
popone, pone, pone
Oropéndolas sonoras
columpiándose en sus nidos colgados de las palmeras,
y el canto del pájaro-león entre los coyoles
y el del pájaro de-la-luna-y-el-sol
el pájaro clarinero, el pájaro
relojero que da la hora
y el pocoyo que canta de noche (o caballero)
Cabayero mi dinero Cabayero mi dinero
parejas de lapas que pasan gritando,
y el guis, chichitote y dichoso-fui
dichoso-fuiiiiiiii
que cantan en los chagüites sombríos.
Plateados pantanos rielando,
y las ranas cantando
rrrrrrrrrrrrr
!Y un pájaro que toda la noche repite.
Ernesto Cardenal
Squier En Nicaragua
tristes. Río verde
entre zacatales verdes;
pantanos verdes.
Tardes olorosas a lodo, a hojas mojadas, a
helechos húmedos y a hongos
El verde perezoso cubierto de moho
poco a poco trepando de rama en
rama, con los ojos cerrados como
dormido pero comiendo
una hoja, alargando un garfio primero
y después el otro,
sin importarle las hormigas que le pican,
volteando lentamente el bobo rostro
redondo, primero a un lado
y luego al otro,
enrollando por fin la cola en una rama
y colgándose pesado como
una bola de plomo; el salto del sábalo en el río;
el griterío de los monos comiendo
malcriadamente, a toda prisa,
arrojándose las cáscaras de anona unos a otros
y peleándose, charlando, arremedándose
y riéndose entre los árboles;
monas chillonas cargando a tuto monitos
pelones y trompudos;
la guatusa bigotuda y elástica
que se estira y encoge
mirando a todos lados con su ojo redondo
mientras come temblando;
espinosas iguanas... temblando;
espinosas iguanas
como dragones de jade
corriendo sobre el agua
(¡flechas de jade!);
el negro con su camisa rayada, remando
en su canoa de ceiba.
Una muchacha meciéndose en una hamaca,
con su largo pelo negro, y una pierna desnuda
colgando de la hamaca,
nos saluda:
Adiós, California!
El río negro, como tinta, al anochecer.
Una flor de un hedor putrefacto
como de cadáver;
y una flor horrible, peluda.
Orquídeas
guindadas sobre el agua podrida.
Silbidos tristes de la selva,
y quejidos.
Quejidos.
Hojas tristes que caen dando vueltas.
Y chillidos...
¡Un grito entre las guanábanas!
El hacha cortando un tronco
y el eco del hacha.
¡El mismo chillido!
Ruido sordo de manadas de cerdos salvajes.
¡Carcajadas!
El canto de un tucán.
Chischiles de culebras cascabeles.
Gritos de congos.
Chachalacas.
El canto melancólico de la gongolona
entre los coquitales,
y el de la paloma popone,
popone, pone, pone
Oropéndolas sonoras
columpiándose en sus nidos colgados de las palmeras,
y el canto del pájaro-león entre los coyoles
y el del pájaro de-la-luna-y-el-sol
el pájaro clarinero, el pájaro
relojero que da la hora
y el pocoyo que canta de noche (o caballero)
Cabayero mi dinero Cabayero mi dinero
parejas de lapas que pasan gritando,
y el guis, chichitote y dichoso-fui
dichoso-fuiiiiiiii
que cantan en los chagüites sombríos.
Plateados pantanos rielando,
y las ranas cantando
rrrrrrrrrrrrr
!Y un pájaro que toda la noche repite.
Ernesto Cardenal
Sobre El Mojado Camino En El Que Las Muchachas Con Sus Cántaros Van Y Vienen
van y vienen,
cortado en gradas en la roca,
colgaban como cabelleras o como culebras
las lianas de los árboles.
Y una especie de superstición flotaba en todas partes.
Y abajo:
la laguna de color de limón,
pulida como jade.
Subían los gritos del agua
y el ruido de los cuerpos de color de barro contra el agua.
Una especie de superstición...
Las muchachas iban y venían con sus cántaros
cantando un antigua canto de amor.
Las que subían iban rectas como estatuas,
bajo sus frescas áncoras rojas con dibujos
los cuerpos frescos de figura de ánfora.
Y las que bajaban
iban saltando y corriendo como ciervas
y en el viento se abrían sus faldas como flores.
Ernesto Cardenal
Sobre El Mojado Camino En El Que Las Muchachas Con Sus Cántaros Van Y Vienen
van y vienen,
cortado en gradas en la roca,
colgaban como cabelleras o como culebras
las lianas de los árboles.
Y una especie de superstición flotaba en todas partes.
Y abajo:
la laguna de color de limón,
pulida como jade.
Subían los gritos del agua
y el ruido de los cuerpos de color de barro contra el agua.
Una especie de superstición...
Las muchachas iban y venían con sus cántaros
cantando un antigua canto de amor.
Las que subían iban rectas como estatuas,
bajo sus frescas áncoras rojas con dibujos
los cuerpos frescos de figura de ánfora.
Y las que bajaban
iban saltando y corriendo como ciervas
y en el viento se abrían sus faldas como flores.
Dionisio Ridruejo
A Un Pino
soledad de la tarde,
tan concreto en la libre
desolación del aire,
tan alto cuando todo
se confunde y abate
y huye el sol a tu copa
tibio y agonizante.
Cómo me fortalece
la paz de tu combate,
ascensión sin fatiga,
raíz honda y constante.
Tu majestad envuelve
el cielo sin celaje
y en tu recio sosiego
la tierra se complace.
Mis ojos educados
en tu sediento mástil
ascienden y divisan
la soledad más ágil,
mientras sueña el silencio
sin astros y sin aves
como el solo decoro
de tu verde ramaje.
Pino esbelto y tranquilo,
tu soledad te guarde,
y consagre la mía
desunida y errante,
segada de su tierra,
extraña de su aire,
cuando aún es oro virgen
la cumbre de la tarde
y tú clamas e invocas
el tiempo de mi carne
y otro vuelo sin tiempo
que se sueña y se hace.
Duque de Rivas
El Fratricidio Romance Tercero El Dormido
La campana de la vela,
Cuando un farol aparece
De Claquín ante la tienda.
Y no mísero piloto
Que sobre escollos navega,
Perdido el rumbo y el norte
En,noche espantosa y negra,
Ve al doblar una alta roca
Del faro amigo la estrella,
Indicándole el abrigo
De seguro puerto cerca,
Con más placer, que Sanabria
La luz que el alma le llena
De consuelo, y que anhelante
Esperó entre las almenas.
Latiéndole el noble pecho
Desciende súbito de ellas,
Y ciego bulto entre sombras
El corredor atraviesa.
Duque de Rivas
Una Antigualla De Sevilla Romance Primero El Candil
ROMANCE PRIMERO
EL CANDIL
Al Excmo. Sr. D. Mauel Cepero.
Más ha de quinientos años,
en una torcida calle,
Que de Sevilla en el centro,
Da paso a otras principales,
Cerca de la media noche,
Cuando la ciudad más grande
Es de un grande cementerio
En silencio y paz imagen,
De dos desnudas espadas
Que trababan un combate,
Turbó el repentino encuentro
Las tinieblas impalpables.
El crujir de los aceros
Sonó por breves instantes,
Lanzando azules centellas,
Meteoro de desastres.
Y al gemido: ¡Dios me valga!
¡Muerto soy! Y al golpe grave
De un cuerpo que a tierra, vino,
El silencio y paz renacen.
* * *
Al punto una ventanilla
De un pobre casuco abren,
Y de tendones y huesos,
Sin jugo, como sin carne,
Una mano y brazo asoman,
Que sostienen por el aire
Un candil, cuyas destellos
Dan luz súbita a la calle.
En pos un rostro aparece
De gomia o bruja espantable,
A que otra marchita mano
O cubre o da sombra en parte.
Ser dijérase la muerte
Que salía a apoderarse
De aquella víctima humana
Que acababan de inmolarle,
O de la, eterna justicia,
De cuyas miradas nadie
Consigue ocultar un crimen,
El testigo formidable,
Pues a la llama mezquina,
Con el ambiente ondeante,
Que dando luz roja al muro
Dibujaba desiguales
Los tejados y azoteas
Sobre el obscuro celaje,
Dando fantásticas formas
A esquinas y bocacalles,
Se vió en medio del arroyo,
Cubierto de lodo y sangre,
El negro bulto tendido
De un traspasado cadáver.
Y de pie a su frente un hombre,
Vestido negro ropaje,
Con una espada en la mano,
Roja hasta los gavilanes.
El cual en el mismo punto,
Sorprendido de encontrarse
Bañada de luz, esconde
La faz en su embozo, y parte,
Aunque no como el culpado
Que se fuga por salvarse,
Sino como el que inocente
Mueve tranquilo el pie y grave.
* * *
Al andar, sus choquezuelas
Formaban ruido notable,
Como el que forman los dados
Al confundirse y mezclarse.
Rumor de poca importancia
En la escena lamentable,
Mas de tan mágico efecto,
Y de un influjo tan grande
En la vieja, que asomaba
El rostro y luz a la calle,
Que, cual si oyera el silbido
De venenosa ceraste,
O crujir las negras alas
Del precipitado Arcángel,
Grita en espantoso aullido,
¡Virgen de los reyes, valme!
Suelta el candil, que en las piedras
Se apaga y aceite esparce,
Y cerrando la ventana
De un golpe, que la deshace,
Bajo su mísero lecho
Corre a tientas a ocultarse,
Tan acongojada y yerta,
Que apenas sus pulsos laten,
Por sorda y ciega haber sido
Aquellos breves instantes,
La mitad diera gustosa
De sus días miserables,
Y hubiera dado los días
De amor y dulces afanes
De su juventud, y dado
Las caricias de sus padres,
Los encantos de la cuna,
Y... en fin, hasta lo que nadie
Enajena, la esperanza,
Bien solo de los mortales:
Pues lo que ha visto la abruma,
Y la aterra lo que sabe,
Que hay vistas que son peligros
Y aciertos que muerte valen.
Duque de Rivas
Álvaro De Luna Romance Segundo El Camino
De lejos por el camino,
Y al tropel que la levanta
Borra y tiene confundido.
En ella relampaguea,n
Reflejos de acero limpio,
Y forman un trueno sordo
Herraduras y relinchos.
Dando lugar a que lleguen,
Los religiosos franciscos,
A lento paso se ponen
Y atrás miran de continuo.
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Segundo La Noche
Despertándose fué el viento,
Y el mar empezó a moverse
Con un mugidor estruendo,
Las nubes, entapizando
El obscuro y alto cielo,
La débil luz ocultaban
De estrellas y de luceros.
No había luna; densas sombras
En corto rato envolvieron
Tierra y mar. De Rosalía
Ya desfallece el esfuerzo.
Arrepentida, asombrada,
Intenta... No, no hay remedio
Cierra los ojos e inclina
La cabeza sobre el pecho.
La humedad la hiela toda,
Corto abrigo es el pañuelo;
Tiembla de terror su alma,
Tiembla de frío su cuerpo,
Si cualquier rumor la asusta,
Más sus mismos pensamientos;
Pues ni uno solo le ocurre
De esperanza o de consuelo.
Las velas que ha divisado
Cuando el sol ya estaba puesto,
La atormentan, la confunden.
Las ha conocido: ¡cielos!
Son, sí, las del guardacosta,
Jabeque armado y velero,
Terror de los emigrados,
De contrabandistas miedo.
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Segundo La Noche
Despertándose fué el viento,
Y el mar empezó a moverse
Con un mugidor estruendo,
Las nubes, entapizando
El obscuro y alto cielo,
La débil luz ocultaban
De estrellas y de luceros.
No había luna; densas sombras
En corto rato envolvieron
Tierra y mar. De Rosalía
Ya desfallece el esfuerzo.
Arrepentida, asombrada,
Intenta... No, no hay remedio
Cierra los ojos e inclina
La cabeza sobre el pecho.
La humedad la hiela toda,
Corto abrigo es el pañuelo;
Tiembla de terror su alma,
Tiembla de frío su cuerpo,
Si cualquier rumor la asusta,
Más sus mismos pensamientos;
Pues ni uno solo le ocurre
De esperanza o de consuelo.
Las velas que ha divisado
Cuando el sol ya estaba puesto,
La atormentan, la confunden.
Las ha conocido: ¡cielos!
Son, sí, las del guardacosta,
Jabeque armado y velero,
Terror de los emigrados,
De contrabandistas miedo.
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Tercero La Mañana
Una luz parda y siniestra;
A mostrarse en vagas formas
Ya los objetos empiezan.
Espectáculo espantoso
Ofrece Naturaleza,
Las olas como montañas,
Movibles y verdinegras,
Se combaten, crecen, corren
Para tragarse la tierra,
Ya los abismos descubren,
Ya en las nubes se revientan,
Rómpense en las altas rocas
Alzando salobre niebla,
Y la playa arriba suben,
Y luego a su centro ruedan
Con un asordante estruendo:
Silba el huracán, espesa
Lluvia el horizonte borra,
Y lo confunde y lo mezcla.
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Tercero La Mañana
Una luz parda y siniestra;
A mostrarse en vagas formas
Ya los objetos empiezan.
Espectáculo espantoso
Ofrece Naturaleza,
Las olas como montañas,
Movibles y verdinegras,
Se combaten, crecen, corren
Para tragarse la tierra,
Ya los abismos descubren,
Ya en las nubes se revientan,
Rómpense en las altas rocas
Alzando salobre niebla,
Y la playa arriba suben,
Y luego a su centro ruedan
Con un asordante estruendo:
Silba el huracán, espesa
Lluvia el horizonte borra,
Y lo confunde y lo mezcla.
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Primero La Tarde
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,
Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;
Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,
Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,
Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,
La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Primero La Tarde
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,
Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;
Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,
Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,
Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,
La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
Duque de Rivas
La Vuelta Deseada Romance Segundo
Ni el bien ni el mal son eternos:
La apacible primavera
Sigue al riguroso invierno.
A la obscura noche el día,
Y a la borrasca, que al cielo
Empañó con densas nubes
Y asustó con rudos truenos,
La calma serena y pura.
Así suelen a los tiempos
De desventuras y llantos,
Seguir de paz y consuelo.
Del Rhin en la orilla helada,
Abrumado de sí mesmo,
Vargas proscripto gemía,
Su fortuna maldiciendo,
Cuando noticias recibe
De que la patria le ha abierto
Lar, puertas... Júzgalo absorto
Ilusión de su deseo;
Mas Jacinta se lo escribe,
Y cuanto ella dice, es cierto.
Otra carta …de la madre
De Jacinta … que al momento,
Vuele a Sevilla, le ruega,
En donde dará Himeneo,
El día de su llegada,
A tan constante amor premio.