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Alí Chumacero

Alí Chumacero

En La Orilla Del Silencio

Ahora que mis manos
apenas logran palpar dúctilmente,
como llegando al mar de lo ignorado,
este suave misterio que me nace,
túnica y aire, cálida agonía,
en la arista más honda de la piel,
junto a mí mismo, dentro,
ahí donde no crece ni la noche,
donde la voz no alcanza a pronunciar
el nombre del misterio.

Ahora que a mis dedos
se adhiere temblorosa
la flor más pura del silencio,
inquebrantable muerte ya iniciada
en absoluto imperio de roca sin apoyo,
como un relámpago del sueño
dilatándose, cándido desplome
hacia el abismo unísono del miedo.

Ahora que en mi piel
un solo y único sollozo
germina lentamente, apagado,
con un silencio de cadáver insepulto
rodeado de lágrimas caídas,
de sábanas heladas y de negro,
que quisiera decir: "Aún existo".

Comienzo a descubrir cómo el misterio es uno
nadando mutilado
en el supremo aliento de mi sangre,
y desnudo se afina, agudiza su sombra
para cavar mi propia tumba
y decirme la fiel palabra
que sólo para mí conserva
escondida, cuidada rosa fresca:
"Eres más mío que mi sombra,
en tus huesos florezco
y nada hay que no me pertenezca
cuando a tientas persigo, destrozando tu piel
como el invierno frío de la daga,
el vaho más cernido de tu angustia
y el poro más callado de tu postrer silencio".

Entonces me saturo de mí mismo
porque el misterio no navega
ni crece desolado,
como germina bajo el aire el pájaro
que ha perdido el recuerdo del nido allá a lo lejos,
sino que es piel y sombra,
cansancio y sueño madurados,
fruta que por mis labios deja
el más alto sabor y el supremo silencio endurecido.

Y empiezo a comprender
cómo el misterio es uno con mi sueño,
cómo me abrasa en desolado abrazo,
incinerando voz y labios,
igual que piedra hundida entre las aguas
rodando incontenible en busca de la muerte,
y siento que ya el sueño navega en el misterio.
615
Alí Chumacero

Alí Chumacero

Muerte Del Hombre

Si acaso el ángel desplegara
la sábana final de mi agonía
y levantara el sueño que me diste, oh vida,
un sueño como ave perdida entre la niebla,
igual al pez que no comprende
la ola en que navega
o el peligro cercano con las redes;
si acaso el ángel frente a mí dijera
la última palabra,
la decisión mortal de mi destino
y plegando las alas junto a mi cuerpo hablara,
como cuando el rocío desciende lento hacia la rosa
al dar el primer paso la mañana,
ya miraría en mi sangre
el negro navegar, la noche incierta,
el pájaro que sufre sin sus alas
y la más grave lentitud: la muerte.

Aun cerca de la íntima agonía
estás, oh muerte, clara como espejo;
más abierta que el mar,
más segura que el aire que entró por la ventana,
más mía y más ajena
por mi sangre y mis brazos
en esta soledad.
Estás tan fértil como niño
que, angustiado, llora antes de ser,
entre la sangre siendo
y por la piel más vivo que la piel;
te llevo como árbol, tierra y cauce,
y eres la savia pura,
la flor, la espuma y la sonrisa,
eres el ser que por mi sangre es
como la estrella última del cielo.

Si acaso el ángel sigiloso
abriera la ventana
te miraría salir interminablemente
como un tiempo cansado
hacia su sombra vuelto,
como quien frente al mundo se pregunta:
"¿En qué lugar está mi soledad?"

Si acaso el ángel me mirara,
abierta ya la niebla de mi carne,
sin nubes, sin estrellas,
sin tiempo en que mecer la luz de mi agonía,
encontraría tan sólo a ti, oh muerte,
llevándome a tu lado, fiel;
te encontraría tan sola a ti, sin mí,
ya sin cuerpo ni voz,
sin angustia ni sueños,
te hallara entonces pura, oh muerte mía.
746
Manuel Acuña

Manuel Acuña

Historia Del Pensamiento

Cuando a su nido vuela el ave pasajera
A quien amparo disteis, abrigo y amistad
Es justo que os dirija su cántiga postrera,
Antes que triste deje, vuestra natal ciudad.

Al pájaro viajero que abandonó su nido
Le disteis un abrigo, calmando su inquietud;
¡Oh! tantos beneficios, jamás daré al olvido
durable cual mi vida será mi gratitud.

En prueba de ella os dejo lo que dejaros puedo,
Mis versos, siempre tristes, pero los dejo así;
Porque pienso, a veces que entre sus letras quedo,
Porque al leerlos creo que os acordáis de mí.

Voy, pues, a referiros una sencilla historia,
Que en mi alma desolada, honda impresión dejó;
Me la contaron... ¿Dónde?... es frágil mi memoria...
Acaso el héroe de ella... o bien, la soñé yo.

Era una linda rosa, brillante enredadera,
Tan pura, tan graciosa, espléndida y gentil.
Que era el mejor adorno de la feliz pradera,
La joya más valiosa del floreciente abril.

Al pie de ella crecía un pobre pensamiento,
Pequeño, solitario, sin gracia ni color;
Pero miró a la rosa y respiró su aliento
Y concibió por ella el más profundo amor.

Mirando a su querida pasaba noche y día.
Mil veces ¡ay! le quiso su pena declarar;
Pero tan lejos siempre, tan lejos la veía,
Que devoraba a solas su pena y su pesar.

A veces le mandaba sus tímidos olores,
Pensando que llegaba hasta su amada flor;
Pero la brisa, al columpiar las flores,
Llevábase muy lejos la pena de su amor.

El pobre pensamiento mil lágrimas vertía,
Desoladoras lágrimas, de acíbar y de hiel,
Mientras la joven rosa, sin ver a otras crecía,
Y mientras más crecía, más se alejaba de él.

Llega un jazmín en tanto a la pradera bella,
También él a la rosa al punto que la vio;
Pero él fue mas dichoso, pudo llegar hasta ella,
Le declaró su pena, y al fin la rosa amó...

¿Comprenderéis ahora al pobre pensamiento,
Al ver correspondido a su feliz rival?
¿No comprendéis su horrible, su bárbaro tormento
Al verse condenado a suerte tan fatal?

Después lo transplantaron; vivió en otras praderas
Indiferiencia, olvido y hasta placer fingió:
Miraba flores lindas, brillantes y hechiceras,
Pero su amor constante y fiel compareció.

Por fin una mañana, estando muy distante,
El céfiro contóle las bodas del jazmín;
Él escuchó sonriente, y ciego y delirante,
loco placer fingiendo, creyó olvidar al fin.

Pero al siguiente día con lágrimas le vieron
las flores, e ignorando su oculto padecer,
«Tú lloras, pensamiento, tú lloras», le dijeron:
«No es nada, contestóles, es llanto de placer».

...................................................
Ved la sencilla historia que os ofrecí contaros,
acaso os entristezca pero la dejo así;
adiós, adiós, ya parto; me atrevo a suplicaros
que la leáis a solas y os acordéis de mí.
959
Manuel Acuña

Manuel Acuña

Ya Sé Por Qué Es

Era muy niña María,

todavía,

cuando me dijo una vez:

—Oye, ¿por qué se sonríen

las flores tan dulcemente,

cuando las besa el ambiente

sobre su aromada tez?

—Ya lo sabrás más delante

niña amante,

le contesté yo, y una mañana,

la niña pura y hermosa,

al entreabrir una rosa

me dijo: —¡Ya sé por qué es!

Y la graciosa criatura

blanca y pura

se ruborizó y después,

ligera como las aves

que cruzan por la campiña,

corrió hacia el bosque la niña

diciendo: —¡Ya sé por qué es!—

y yo la seguí jadeante,

palpitante

de ternura y de interés,

y... Oí un beso ducle y blando,

que fue a perderse en lo espeso,

diciendo: —¡Ya sé por qué es!

Era muy joven María,

todavía

cuando me dijo una vez;

—Oye, ¿por qué la azucena

se abate y llora marchita

cuando el aura no la agita

ni besa su blanca tez?

—Ya lo sabrás mas delante,

niña amante—,

le contesté yo... ¡después!

Y más tarde ¡ay! Una noche,

la joven de angustia llena,

al ver triste a una azucena,

me dijo: —¡Ya sé por qué es!

Y ahogando un suspiro ardiente,

la inocente

me vio llorando... Y después,

corrió al bosque, y en el bosque

esperó mucho la bella,

y al fin... Se oyó una querella

diciendo: —¡Ya sé por qué es!—.

Era muy linda María,

todavía,

cuando me dijo una vez:

—Oye, ¿Por qué se sonríe

el niño en la sepultura,

con una risa tan pura,

con tan dulce sencillez?

—Ya lo sabrás más delante

niña amante,—

le contesté yo... ¡después!

Y... Murió la pobre niña,

y en vez de llorar, sonriendo,

voló hacia el azul diciendo,

—¡Ya sé por qué es!

Ya lo ves mi hermosa Elmira,

quien delira

sufre mucho, ¡ya lo ves!

Y así, ilusiones y encanto,

ni acaricies ni mantengas,

para que, al llorar, no tengas

que decir:

—¡Ya sé por qué es!

933
Manuel Acuña

Manuel Acuña

Nada Sobre Nada

Poesía leída en la velada literaria que celebró la
Sociedad "El Porvenir" la noche del 3 de mayo de 1873.


Pues, señor, dije yo, ya que es preciso

puesto que así lo han dicho en el programa,

que rompa ya la bendecida prosa

que preparado para el caso había,

y que escriba en vez de ella alguna cosa

así, que parezca poesía,

pongámonos al punto,

ya que es forzoso y necesario, en obra,

sin preocuparnos mucho del asunto,

porque al fin el asunto es lo que sobra.

Así dije, y tomando

no el arpa ni la lira,

que la lira y el arpa

no pasan hoy de ser una mentira,

sino una pluma de ave

con la que escribo yo generalmente,

violenté las arrugas de mi frente

hasta ponerla cejijunta y grave

y pensando en mi novia, en la adorada

por quien suspiro y lloro sin sosiego,

mojé mi pluma en el tintero, y luego

puse ocho letras: «A mi amada».

Su retrato, un retrato

firmado por Valleto y compañía,

se alzaba junto a mí plácido y grato,

mostrándome las gracias y recato

que tanto adonran a la amada mía;

y como el verlo sólo

basta para que mi alma se emocione,

que Apolo me perdone

si, dije aquí que me sentí un Apolo.

Ella no es una rosa

ni un ser ideal, ni cosa que lo valga;

pero en verso o en prosa

no seré yo el estúpido que salga

con que mi novia es fea,

cuando puedo decir que es muy hermosa

por más que ni ella misma me lo crea;

así es que en mi pintura

hecha en rasgos por cierto no muy fieles,

aumenté de tal modo su hermosura

que casi resultaba una figura

digna de ser pintada por Apeles.

Después de dibujarla como he dicho,

faltando a la verdad por el capricho,

iba yo a colocar el fondo negro

de su alma inexorable y desdeñosa,

cuando al hacerlo me ocurrió una cosa

que hundió mi plan, y de lo cual me alegro;

porque, en último caso,

como pensaba yo entre las paredes

de mi cuarto sombrío,

¿qué les importa a ustedes

que mi amada me niegue sus mercedes,

ni que yo tenga el corazón vacío?

Si mi vida vegeta en la tristeza

y el yugo del dolor ya no soporta,

caeré de referirlo en la simpleza

para que alguien me diga en su franqueza:

«¡¿si viera usted que a mí nada me importa?!»

No, de seguro, que antes

prefiero verme loco por tres días,

que imitar a ese eterno Jeremías

que se llama el señor de Cervantes.

Y convencido de esto,

ya que era conveniente y necesario,

borré el título puesto,

y buscando a mi lira otro pretexto

escrbí este otro título: «El santuario».

¡El santuario!... exclamé; pero y ¿qué cosa

puedo decir de nuevo sobre el caso,

cuando en cada volumen de poesías,

en versos unos malos y otros buenos,

sobre templos, santuarios y abadías?

Para entonar sobre esto mis cantares,

a más de que el asunto vale poco,

¿Qué entiendo yo de claustros ni de altares,

ni que sé yo de sacristán tampoco?

No, en la naturaleza

hay asuntos más dignos y mejores,

y más llenos de encantos y de belleza,

y que he de escribir, haré una pieza

que se llame: Los prados y las flores.

Hablaré de la incauta mariposa

que en incesante y atrevido vuelo,

ya abandona el cielo por la rosa;

ya abandona la rosa por el cielo,

del insecto pintado y sorprendente

que de esconderse entre las hierbas trata,

y de el ave inocente que lo mata,

lo cual prueba que no es tan inocente;

hablaré... pero y luego que haya hablado

sacando a luz el boquirrubio Febo,

me pregunto, señor, ¿qué habré ganado,

si al hacerlo no digo nada nuevo?...

Con que si esto tampoco es un asunto

digno de preocuparme una sola hora,

dejemos sus inútiles detalles,

ya que no hay ni un señor ni una señora

que no sepa muy bien lo que es la aurora

y lo que son las flores y los valles...

Coloquemos a un lado estas materias

que valen tan poco para el caso,

y pues esto se ofrece a cada paso

hablemos de la vida y sus miserias.

Empezaré diciendo desde luego,

que no hay virtud, creencias ni ilusiones;

que en criminal y estúpido sosiego

ya no late la fe en los corazones;

que el hombre imbécil, a la gloria ciego,

sólo piensa en el oro y los doblones,

y concluiré en estilo gemebundo:

¡Que haya un cadáver más qué importa al mundo!

Y me puse a escribir, y así en efecto,

lo hice en ciento cincuenta octavas reales,

cuyo único defecto,

como se ve por lo que dicho queda,

era que en vez de ser originales

no pasaba de un plagio de Espronceda.

Como era fuerza, las rompí en el acto

desesperado de mi triste suerte,

viendo por fin que en esto de poesía

no hay un solo argumento ni una idea

que no peque de fútil, o no sea

tan vieja como el pan de cada día.

En situación tan triste

y estando la hora ya tan avanzada,

¿qué hago, dije yo, para salvarme

de este grave y horrible compromiso,

cuando ningún asunto puede darme

ni siquiera un adarme

de novedad, de encanto, o de un hechizo?

¿Hablaré de la guerra y de la gente

que enardecida de las cumbres baja

desafiando al contrario frente a frente,

y habré de convertirme en un valiente,

yo que nunca he empuñado una navaja?

No, señor, aunque estudio medicina

y pertenezco a esa importante clase

que no hay pueblo y lugar en donde no pase

por ser la mas horrible y asesina,

aparte de que en esto hay poco cierto,

como lo prueba y mucho la experiencia,

yo, a lo menos hasta hoy, me hallo a cubierto

de que se alce la sombra de algún muerto

a turbar la quietud de mi conciencia.

Sobre los libros santos, se podría

con meditar y con plagiar un poco,

arreglar o escribir una poesía;

pero ni esto es muy fácil en un día

ni para hablar sobre esto estoy tampoco;

porque en fiestas como esta,

donde el saber está en su templo,

salir con el Diluvio, por ejemplo,

fuera casi querer aguar la fiesta;

y como yo no quiero que se diga

que he venido a tal cosa,

ya que en mi numen agotado me hallo

el asunto y el plan a que yo aspiro

rompo mi humilde cítara, me callo,

y con perdón de ustedes me retiro.

888
Manuel Acuña

Manuel Acuña

Nada Sobre Nada

Poesía leída en la velada literaria que celebró la
Sociedad "El Porvenir" la noche del 3 de mayo de 1873.


Pues, señor, dije yo, ya que es preciso

puesto que así lo han dicho en el programa,

que rompa ya la bendecida prosa

que preparado para el caso había,

y que escriba en vez de ella alguna cosa

así, que parezca poesía,

pongámonos al punto,

ya que es forzoso y necesario, en obra,

sin preocuparnos mucho del asunto,

porque al fin el asunto es lo que sobra.

Así dije, y tomando

no el arpa ni la lira,

que la lira y el arpa

no pasan hoy de ser una mentira,

sino una pluma de ave

con la que escribo yo generalmente,

violenté las arrugas de mi frente

hasta ponerla cejijunta y grave

y pensando en mi novia, en la adorada

por quien suspiro y lloro sin sosiego,

mojé mi pluma en el tintero, y luego

puse ocho letras: «A mi amada».

Su retrato, un retrato

firmado por Valleto y compañía,

se alzaba junto a mí plácido y grato,

mostrándome las gracias y recato

que tanto adonran a la amada mía;

y como el verlo sólo

basta para que mi alma se emocione,

que Apolo me perdone

si, dije aquí que me sentí un Apolo.

Ella no es una rosa

ni un ser ideal, ni cosa que lo valga;

pero en verso o en prosa

no seré yo el estúpido que salga

con que mi novia es fea,

cuando puedo decir que es muy hermosa

por más que ni ella misma me lo crea;

así es que en mi pintura

hecha en rasgos por cierto no muy fieles,

aumenté de tal modo su hermosura

que casi resultaba una figura

digna de ser pintada por Apeles.

Después de dibujarla como he dicho,

faltando a la verdad por el capricho,

iba yo a colocar el fondo negro

de su alma inexorable y desdeñosa,

cuando al hacerlo me ocurrió una cosa

que hundió mi plan, y de lo cual me alegro;

porque, en último caso,

como pensaba yo entre las paredes

de mi cuarto sombrío,

¿qué les importa a ustedes

que mi amada me niegue sus mercedes,

ni que yo tenga el corazón vacío?

Si mi vida vegeta en la tristeza

y el yugo del dolor ya no soporta,

caeré de referirlo en la simpleza

para que alguien me diga en su franqueza:

«¡¿si viera usted que a mí nada me importa?!»

No, de seguro, que antes

prefiero verme loco por tres días,

que imitar a ese eterno Jeremías

que se llama el señor de Cervantes.

Y convencido de esto,

ya que era conveniente y necesario,

borré el título puesto,

y buscando a mi lira otro pretexto

escrbí este otro título: «El santuario».

¡El santuario!... exclamé; pero y ¿qué cosa

puedo decir de nuevo sobre el caso,

cuando en cada volumen de poesías,

en versos unos malos y otros buenos,

sobre templos, santuarios y abadías?

Para entonar sobre esto mis cantares,

a más de que el asunto vale poco,

¿Qué entiendo yo de claustros ni de altares,

ni que sé yo de sacristán tampoco?

No, en la naturaleza

hay asuntos más dignos y mejores,

y más llenos de encantos y de belleza,

y que he de escribir, haré una pieza

que se llame: Los prados y las flores.

Hablaré de la incauta mariposa

que en incesante y atrevido vuelo,

ya abandona el cielo por la rosa;

ya abandona la rosa por el cielo,

del insecto pintado y sorprendente

que de esconderse entre las hierbas trata,

y de el ave inocente que lo mata,

lo cual prueba que no es tan inocente;

hablaré... pero y luego que haya hablado

sacando a luz el boquirrubio Febo,

me pregunto, señor, ¿qué habré ganado,

si al hacerlo no digo nada nuevo?...

Con que si esto tampoco es un asunto

digno de preocuparme una sola hora,

dejemos sus inútiles detalles,

ya que no hay ni un señor ni una señora

que no sepa muy bien lo que es la aurora

y lo que son las flores y los valles...

Coloquemos a un lado estas materias

que valen tan poco para el caso,

y pues esto se ofrece a cada paso

hablemos de la vida y sus miserias.

Empezaré diciendo desde luego,

que no hay virtud, creencias ni ilusiones;

que en criminal y estúpido sosiego

ya no late la fe en los corazones;

que el hombre imbécil, a la gloria ciego,

sólo piensa en el oro y los doblones,

y concluiré en estilo gemebundo:

¡Que haya un cadáver más qué importa al mundo!

Y me puse a escribir, y así en efecto,

lo hice en ciento cincuenta octavas reales,

cuyo único defecto,

como se ve por lo que dicho queda,

era que en vez de ser originales

no pasaba de un plagio de Espronceda.

Como era fuerza, las rompí en el acto

desesperado de mi triste suerte,

viendo por fin que en esto de poesía

no hay un solo argumento ni una idea

que no peque de fútil, o no sea

tan vieja como el pan de cada día.

En situación tan triste

y estando la hora ya tan avanzada,

¿qué hago, dije yo, para salvarme

de este grave y horrible compromiso,

cuando ningún asunto puede darme

ni siquiera un adarme

de novedad, de encanto, o de un hechizo?

¿Hablaré de la guerra y de la gente

que enardecida de las cumbres baja

desafiando al contrario frente a frente,

y habré de convertirme en un valiente,

yo que nunca he empuñado una navaja?

No, señor, aunque estudio medicina

y pertenezco a esa importante clase

que no hay pueblo y lugar en donde no pase

por ser la mas horrible y asesina,

aparte de que en esto hay poco cierto,

como lo prueba y mucho la experiencia,

yo, a lo menos hasta hoy, me hallo a cubierto

de que se alce la sombra de algún muerto

a turbar la quietud de mi conciencia.

Sobre los libros santos, se podría

con meditar y con plagiar un poco,

arreglar o escribir una poesía;

pero ni esto es muy fácil en un día

ni para hablar sobre esto estoy tampoco;

porque en fiestas como esta,

donde el saber está en su templo,

salir con el Diluvio, por ejemplo,

fuera casi querer aguar la fiesta;

y como yo no quiero que se diga

que he venido a tal cosa,

ya que en mi numen agotado me hallo

el asunto y el plan a que yo aspiro

rompo mi humilde cítara, me callo,

y con perdón de ustedes me retiro.

888
Antonio Colinas

Antonio Colinas

Letanía Del Ciego Que Ve

Que este celeste pan del firmamento
me alimente hasta el último suspiro.
Que estos campos tan fieros y tan puros
me sean buenos, cada día más buenos.
Que si en tiempo de estío se me encienden las manos
con cardos, con ortigas, que al llegar el invierno
los sienta como escarcha en mi tejado.

Que cuando me parezca que he caído,
porque me han derribado,
sólo esté arrodillándome en mi centro.
Que si alguien me golpea muy fuerte
sólo sienta la brisa del pinar, el murmullo
de la fuente serena.

Que si la vida es un acabar,
cual veleta, chirriando en lo más alto,
allá arriba me calme para siempre,
se disuelva mi hierro en el azul.

Que si alguien, de repente, vino para arrancarme
cuanto sembré y planté llorando por las nubes,
me torne en nube yo, me torne en planta,
que sean aún semillas mis dos ojos
en los ojos sin lágrimas del perro.

Que si hay enfermedad sirva para curarme,
sea sólo el inicio de mi renacimiento.
Que si beso y parece que el labio sabe a muerte,
amor venza a la muerte en ese beso.
Que si rindo mi mente y detengo mis pasos,
que si cierro la boca para decirte todo,
y dejo de rozar tu carne ya sembrada,
que si cierro los ojos y venzo sin luchar
(victoria en la que nada soy ni obtengo),
te tenga a ti, silencio de la cumbre,
o a ese sol abatido que es la nieve,
donde la nada es todo.

Que respirar en paz la música no oída
sea mi último deseo, pues sabed
que, para quien respira
en paz, ya todo el mundo
está dentro de él y en él respira.

Que si insiste la muerte,
que si avanza la edad, y todo y todos
a mi alrededor parecen ir marchándose deprisa,
me venza el mundo al fin en esa luz
que restalla.
Y su fuego me vaya deshaciendo como llama
de vela: con dulzura, despacio, muy despacio,
como giran arriba extasiados los planetas.
561
Antonio Colinas

Antonio Colinas

Plegaria En Los Páramos Negros

Gracias por la muerte de estos montes
y por la de estos pueblos, en los que sólo las piedras
se mantienen con vida;
gracias por estos negros páramos del invierno
en los que la tierra asciende a los cielos
y las nubes descienden hasta tocar la tierra;
gracias por esta hora de todos los vacíos
en la que se intuye un final.
De tanta pureza y soledad, de tanta muerte
sólo puede brotar una vida más cierta.

Gracias por la noche, que a punto está de llegar
con la bondad de sus nieves,
y por ese perro vagabundo
que prueba a calentar con su hocico
el estanque helado
para extraer un poco de agua;
gracias porque no nos hemos cruzado
con ningún ser humano
para pulsar el dolor,
y por la pana remendada de parcelas y prados,
que conservan como un tesoro
las heridas de los disparos,
los tizones de los últimos incendios;
gracias por los frutales grises de los mínimos huertos
y por las colmenas adormecidas,
y por la casa cerrada desde hace muchos años
de la que no se conoce su dueño.

Y, sin embargo, en este anochecer,
yo quisiera ofrecer lo mejor de mi vida
a toda esta muerte;
yo quisiera cambiar todo el gozo y el oro
que hubo en mi vida
por la contemplación (desde estos páramos negros)
de las montañas últimas.
Porque aquí empezó todo para mí,
porque cuanto he sido, y soy, y digo,
nada sería sin las raíces de las luces frías,
sin esos senderos impenetrables
que sólo han recibido la visita
de los rayos amargos.

Por eso, quiero ser esa lastra ferrosa
bajo la que duerme la víbora,
o la yerba tan fuerte, o su escarcha,
que el sol no logró deshacer a lo largo del día.
Quisiera arrodillarme como tapia abatida,
como pinar abrasado.
No deseo ni puedo volver hacia atrás la mirada,
desandar el camino (¡tan largo!) recorrido,
pues ya sé que, vacío,
en la hora en que todo ya parece morir
a punto está todo de nacer.

La mirada vuela sobre la fosa del valle
(sobre la fosa de la vida),
hacia la gran mole coronada de silencio,
hacia la cima que alberga los misterios.
Gracias por este anochecer
en el que me he quedado entre las manos
con las pobres, escasas semillas
de las que habrá de germinar luz perpetua.

En el anochecer de los páramos negros
estoy solo y profundamente en paz.
527
Antonio Colinas

Antonio Colinas

Fe De Vida

Esperar junto a este mar (en el que nacieron las
ideas)
sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas).
Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,
el aroma del azahar, la noche de orquídeas
en las calas olvidadas.

Sólo permanecer viendo el ave que pasa
y no regresa; quedar
esperando a que el cielo amarillo
arda y se limpie de relámpagos
que llegarán saltando de una isla a otra isla.
O contemplar la nube blanca
que, no siendo nada, parece ser feliz.
Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá,
sobre las olas que pasan,
como un remo perdido.
O seguir, como los delfines,
la dirección de un tiempo sentenciado.

Ser como la hora de las barcas en las noches de
enero,
que se adormecen entre narcisos y faros.
Dejadme, no con la luz del conocimiento
(que nació y se alzó de este mar),
sino simplemente con la luz de este mar.
O con sus muchas luces:
las de oro encendido y las de frío verdor.
o con la luz de todos los azules.

Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca,
que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,
a los días tensos, a las ideas como cuchillos.
Ser como olivo o estanque.
Que alguien me tenga en su mano como a un puñado de sal.
O de luz.

Cerrar los ojos en el silencio del aroma
para que el corazón —al fin— pueda ver.
Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí.
Dejadme compartiendo el silencio
y la soledad de los porches,
la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme
con el plenilunio de los ruiseñores de junio,
que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.
Dejadme con la libertad que se pierde
en los labios de una mujer.
559