Alma
Dina Posada
Conquistador
como presa segura
avanza tu falo
descubriendo sus virtudes
trae en su médula
néctar de un principio
y palpitar de un fin
Tímido meñique adormecido
al rozarme
gallardo índice certero
Voz erguida articulando callada conquista
Devoto a la vigilia
arrastra
por los pliegues de mi sombra
rumor de un anhelo
Ávido ofidio
buscando en mi selva
la dulce fruta jugosa
raíz de su ardor
Llave que se acopla
a mi cerradura
se a
b
i
s
m
a en mi secreto
y me inunda y dobla mi frente
con su cálido soplo desgajante
Dulce María Loynaz
Quiere El Amor Feliz --el Que Se Posa
poco... arrancar un verso al alma oscura:
¿Cuándo la miel necesitó dulzura?
¿Quién esencia de pomo echa en la rosa?
Quédese en hojarasca temblorosa
lo que no pudo ser fruta madura:
No se rima la dicha; se asegura
desnuda de palabras, se reposa...
Si el verso es sombra, ¿qué hace con el mío
la luz?... Si es luz... ¿la luz por qué lo extraña?
¡Quien besar puede, bese y deje frío
símbolo, el beso escrito!... ¡En la maraña
del mapa no está el agua azul del río,
ni se apoya en su nombre la montaña!...
Dina Posada
Cinta Abismal
acierto de vigilia
dejándose llevar
por el lascivo
inquieto
travieso
viento moreno
de mis muslos
Hebra de agua tibia
descubriendo
mis pechos despiertos
piruetea con la gana
que el espejo refleja
en una marejada
de pulsos agitados
Lápiz de filo diligente
perfilando mi abertura
que se explaya
enardece
y grita
soltando su vena
salpicando los sentidos
Voluntad de labios
sometiendo
labios a su voluntad
Anzuelo que pesca
sujeta
y
vuela
con mi carne
al punto preciso
donde el resuello
dice
que termina
y
la quietud
clama
por nacer
Dulce María Loynaz
Lección Primera Tegernaria Doméstica (araña Común)
tiende su red al mar quieto del aire,
pescadora de moscas y tristezas
cotidianas...
Sabe que el amor tiene
un solo precio que se paga
pronto o tarde: la Muerte.
Y Amor y Muerte con sus hilos ata...
Dulce María Loynaz
La Hija Pródiga
Si semilla, aventada a otro surco,
si linfa, derramada en todo suelo,
si llama, en todo tenebrario ardida.
¿Qué me queda por dar, dada mi muerte
también? En cada sueño, en cada día;
mi muerte vertical, mi sorda muerte
que nadie me la sabe todavía.
¡Que me queda por dar, si por dar doy
y porque es cosa mía, y desde ahora
si Dios no me sujeta o no me corta
las manos torpes mi resurrección...!
Dulce María Loynaz
El Espejo
donde a veces me miro de pasada...
es un estanque muerto que han traído
a la casa.
Cadáver de un estanque es el espejo:
Agua inmóvil y rígida que guarda
dentro de ella colores todavía,
remembranzas
de sol, de sombra... filos de horizontes
movibles, de la vida que arde y pasa
en derredor y vuelve y no se quema
nunca... Vaga
reminiscencia que cuajó en el vidrio
y no puede volverse a la lejana
tierra donde arrancaron el estanque,
aún blancas
de luna y de jazmín, aún temblorosas
de lluvias y de pájaros, sus aguas...
Esta es agua amansada por la muerte:
Es fantasma
de un agua viva que brillara un día,
libre en el mundo, tibia, soleada...
¡Abierta al viento alegre que la hacía
bailar...! No baila
más el agua; no copiará los soles
de cada día. Apenas si la alcanza
el rayo mustio que se filtra por
la ventana.
¿En qué frío te helaron tanto tiempo
estanque vertical, que no derramas
tu chorro por la alfombra, que no vuelcas
en la sala
tus paisajes remotos y tu luz
espectral? Agua gris cristalizada,
espejo mío donde algunas veces
tan lejana
me vi, que tuve miedo de quedarme
allí dentro por siempre...Despegada
de mí misma, perdida en ese légamo
de ceniza de estrellas apagadas...
Dulce María Loynaz
Naufragio
¡Qué bracear de náufrago y qué hundirse
y hacerse a flote y otra vez hundirse!
¡Ay qué mar sin riberas ni horizonte,
ni barco que esperar! Y qué agarrarse
a esta blanda tiniebla, a este vacío
que da vueltas y vueltas... A esta agua
negra que se resbala entre los dedos...
¡Qué tragar sal y muerte en esta ausencia
infinita de ti!
Dulce María Loynaz
Balada Del Amor Tardío
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?
Amor que me has buscado sin buscarte,
no sé qué vale más:
la palabra que vas a decirme
o la que yo no digo ya...
Amor... ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana... No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar...
Amor que llegas tarde, no me viste
ayer cuando cantaba en el trigal...
Amor de mi silencio y mi cansancio,
hoy no me hagas llorar.
Dulce María Loynaz
Eternidad
No quiero, si es posible
que mi beneficio desaparezca,
sino que viva y dure toda la vida de mi amigo.
Séneca
En mi jardín hay rosas:
Yo no te quiero dar
las rosas que mañana...
Mañana no tendrás.
En mi jardín hay pájaros
con cantos de cristal:
No te los doy, que tienen
alas para volar...
En mi jardín abejas
labran fino panal:
¡Dulzura de un minuto...
no te la quiero dar!
Para ti lo infinito
o nada; lo inmortal
o esta muda tristeza
que no comprenderás...
La tristeza sin nombre
de no tener que dar
a quien lleva en la frente
algo de eternidad...
Deja, deja el jardín...
no toques el rosal:
Las cosas que se mueren
no se deben tocar.
David Escobar Galindo
Jazmines Heredados
que sobrevive al íntimo terror
de disolverse en la total conciencia;
y hay primero una ráfaga difusa,
una explosión serena y ambarina
que tiembla como el fluido de los sueños
en la frontera de la madrugada.
Doy un paso, y la frágil claridad
se abre como llamándome,
como invitándome a su intimidad
aterradora y dulce:
es una sensación desesperada
y sosegada al mismo tiempo,
el inicio quizás
de la aventura del entendimiento,
pero no por la sed de la razón
sino por la fragancia deliciosa
del ser y el olvidar entrelazados.
¡Yo he soñado esta gracia tantas veces,
y sin embargo siento
la torpeza descalza del primate
que comprende el milagro de la flor,
después de estar en vela por milenios!
Es una fantasía tan fecunda
que por los poros me gotea música,
y soy de pronto un semidiós perlado
en una mutación arrolladora
que desgasta los genes como fósforos
y alumbra las estancias más profundas,
esas que el pensamiento
se figuró vacías,
o a lo más ocupadas por fantasmas.
Y no: el jardín existe,
el paraíso es un temblor que habita
las voluptuosidades más anónimas;
y la verdad difusa del anhelo,
sentido humanamente hasta la médula,
transforma al pensador en habitante
de su cielo enterrado y sin memoria.
Y de su indefensión que se confiesa
en el orgullo de la vida impune,
de ese brillo de espuma
que congrega en los ojos
la marejada ausente de la sangre,
va abriéndose un espacio
de pájaros que vuelan sin descanso
en la embriaguez de la nocturnidad,
de muchachas desnudas que se enredan
en sus velos sangrantes,
de nubes que se bañan en el fuego
y liberan los aires ateridos.
¡Y esa es la tierra oculta
por la luz terminal de la palabra,
el sitio en que el jilguero
derrama en una gota
de alucinada muerte
mi corazón eterno y sin salida!
Esa es la fantasía planetaria
a la que volveré una y cien veces,
mientras alumbren en la luz secreta
los maduros jazmines
del amor inminente
en un ciego perfume inagotable.
Dulce María Loynaz
La Extranjera
le pasaban a veces como nieblas
de otros paisajes: No tenían
color sus ojos; eran
fríos y turbios como ventisqueros...
No era bueno quererla...
Adormecía con su voz lejana,
con sus palabras quietas
que caían sin ruido, semejantes
a escarcha ligera
de marzo en las primeras
rosas, sin deshojar
los pétalos...
Alguien por retenerla
quiso hacer de toda su vida
un lazo...Un solo lazo fuerte y duro...
Ella
con sus frágiles manos rompió el lazo
que era lazo de vida...
(A veces, nieblas
de otro país pasaban por sus ojos...)
No era bueno quererla.
David Escobar Galindo
La Brumosa Casa
la puerta principal, de anciano cedro.
Hace un leve chirrido
al entreabrirse, a modo del lamento
de la seda graciosa que se rasga
por el imperio de las manos diestras.
Y de manos a boca está el vestíbulo
donde se alza un oscuro paragüero
de madera pulida,
frente al que un gran espejo veneciano
va guardando la historia
del día cada día,
que en oblicuo lenguaje de reflejos
le cuenta el tragaluz.
Una hermosísima
sala de muebles blancos, impecables,
parece estar dispuesta
para la fiel visita de la tarde,
de seguro apacible y numerosa,
aunque al ver ese espacio tan armónico
uno presiente que alguien
vendrá con la inquietud a flor del ánima,
y acaso en algún gesto sin mesura
peligren las esbeltas porcelanas,
que están por eso en sitios resguardados,
como al amparo de los imprudentes.
En contraste sutil
con el temor del hielo quebradizo,
se reparten los búcaros repletos,
sobre todo los nidos de jazmines,
de los que sube el vuelo del aroma
con timidez de pájaro extasiado.
Adentro tiemblan ruidos
de premura doméstica,
algún roce instantáneo de cristales,
una curiosa animación de lozas,
como si dedos finos aprestaran
los ofertorios del café o del vino,
según el temple de los allegados
y la tranquila veleidad del tiempo.
La luz es tenue, huraña,
repetida en cornisas y rincones,
para que se diluya entre los rostros
una gasa foliar, discreta y mágica.
Al fondo, tras la puerta transparente,
puede verse la pérgola arreglada
con un esmero de jardín nostálgico,
y más allá, la nitidez del campo
bordeado de cipreses,
altos como los negros campaniles
de una ciudad perdida en la memoria.
En el clima interior todo reposa,
como si el aire apenas recordara
que es fluido respetable;
pero al sentir la paz del hondo aliento
que adormece los pulsos de la sangre,
casi se escucha un giro de vilanos
en torno a la agonía del silencio.
Se puede entrar, entonces,
sin que se oigan los pasos.
Está abierta
la puerta, suave y sólida.
Algo impulsa hacia adentro, aunque algo frene
ese impulso sensible y poderoso.
Y es natural que haya un pavor inerme
al trasponer la línea del umbral.
Porque es antigua casa es el Olvido.
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 257)
como un tierno regalo de las hadas.
Me han dicho: Usted escriba de lo real.
Yo nunca le hice caso a los dogmáticos.
Le hice caso a mis sueños más rebeldes;
es decir, le hice caso a mis insomnios.
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 204)
con su fulgor de reina deshojada.
Corro entre sus ramajes como un niño
que va brotando en ecos y membranas.
Y entre sus piernas de repente ingrávido
me transfiguro en surtidor de semen.
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 226)
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 194)
La salvación del alma es otro cuerpo.
El beso es el vital salvoconducto.
Al cruzar la barrera de las venas,
la eternidad ya tiene garantía.
¡Puede dormir tranquilo el universo!
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 176)
esa otra eternidad: La de sabernos
seguros en la caja del enigma.
La gota va creciendo, sin sentirlo.
De pronto estalla el tímpano del sueño,
y se escapan los siglos por un grito.
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 161)
descubrí que en mis pasos, desafiándome,
regresaba un poeta sedentario,
fieramente interior. Los inasibles
lazos de su nostalgia me envolvían,
como un augurio impávido. Soy tiempo.
David Escobar Galindo
Las Ramas Del Ciprés
se ven mejor en el estanque quieto.
Es como si el reflejo definiera
más hondamente su naturaleza.
Y cuando hay un temblor
en las aguas tocadas por la brisa,
es aún más flagrante aquel reflejo.
Acaso igual nos pasará a nosotros:
nos veremos mejor cuando asomemos
al estanque irisado
por el sutil asombro de la muerte.
David Escobar Galindo
La Rosa Muerta Mira
a través del cristal el grávido paisaje
La rosa viva observa
a través del cristal la estancia sola.
La rosa muerta sigue viva
en la cruz de las nubes.
La rosa viva está encerrada
en la celosa paz del tiempo.
La rosa muerta sueña con su fuerza viviente.
La rosa viva asume la devoción del salmo.
Porque ambas son la misma rosa.
David Escobar Galindo
Lo Ausente No Está Ausente
sólo apenas distante del instante.
Al poner el oído fantasioso
junto a la laminilla que separa
lo presente y lo ausente,
una vaga corriente se incorpora,
flor que surge del fondo del latido,
y así ya no es posible distinguir
lo que está y lo que estuvo,
y ya la ausencia duerme entre mis sienes
y la presencia es este don distante.
David Escobar Galindo
Vi La Tierra Descalza
y quise descalzarme yo también.
Oí el agua desnuda
y quise desnudarme yo también.
Sentí el aire indefenso
y quise estar inerme yo también.
Me habló el fuego en lo oscuro
y quise hallarme solo yo también.
Entonces escuché gemir al semejante
y busqué convertirme en los cuatro elementos
para la redención de ese gemido.
David Escobar Galindo
Los árboles Callados Vieron Pasar A Lillie
Vieron su luz rosada como fruta sin huella,
El sol desvanecido de sus ojos de niña,
La adolescencia verde como el verde manzano,
Los dedos en que pulsan secretos ultramares,
Su esbeltez de doncella campesina y celeste,
la salud del espíritu bajo el aire más libre:
que ahí en la casa llena
de austeras enseñanzas,
labores de cocina
y oficios de bodega,
entre el juego magnánimo
de la leña y la nieve,
ahí leyó la clara
muchacha a sus poetas,
árboles de la lengua,
proféticas raíces,
y una luz más ardiente se unió a su luz profunda,
como un perfume ingresa al aire perfumado,
como el mar se alimenta de sus propias espumas,
oh azul de niña plena de sol y de pañuelos,
claridad sorprendida de las altas montañas,
fulgor del hondo cielo natal de Nuevo México,
y en las venas, brillando, la Germania escondida.
Cómo no amar, entonces esos callados árboles,
Los amigos de Lillie en su diario camino
Hacia la rumorosa escuela de Alburquerque
Donde la joven hecha de esplendente paciencia,
De color amasado con flores de colina,
Abría el maternal poder del pensamiento
Entre las infantiles cabezas desbordantes...
El olor de los campos
Alzados por la lluvia
Templó en su corazón
La confianza evangélica;
La amorosa espesura
Del aire ante sus ojos
Fue quizás la vislumbre
De otros años vibrantes,
Marcados por el hondo
Verdor de la energía;
Y aquellos graves árboles enseñaron a Lillie
La riqueza de todas las altas sencilleces,
El gozo natural de la vida sin tregua:
Árboles del camino
Y árboles del idioma,
Compañeros seguros
De una ardiente jornada
David Escobar Galindo
Estamento Nocturno
Despréndese la noche
desde su astro más solo,
y cae sobre el miedo de los techos quebrados.
Noche de las esencias como espíritus de aire,
que beben en los ojos abiertos de las bestias.
Se despierta la noche, caída sobre el llano.
Grita por el sonámbulo parado en la ventana.
Pero el silencio es uno: su inocencia mayor
cierra un abrazo de agua bebida o anhelada.
Todos duermen: los pobres,
los ricos, los ausentes,
los árboles de grueso perfume abandonado,
y hasta la piedra sorda con que la casa irrumpe
en el polvo blanquísimo, soledad muerta en vida,
y hasta donde comienza la luz dueña del humo,
ánima respirable de los seres dormidos.
Igual que la epidemia
que agiganta los ojos,
este sabor deshecho
de la armonía que habla
va siendo una gemela
libertad en la sangre
una manera grávida de aprender el sonido
porque tantas personas anónimas confluyen
a una sola medida de temblor en el tiempo:
el pensador recorre cada sombra derruida,
penetra en los armarios y en los aparadores,
sopla sobre el ahogo de las ropas usadas,
pone ceniza de oro en la boca de un niño.
Estado de pureza granítica es el aire,
velocidad de seres humanos sin conciencia
de su heroísmo lento como el sol sin pestañas,
y en ese espacio escribe
mi mano este rescoldo:
la personificada
tortura del espíritu...
Ya los antepasados revuelan por la noche,
con sus máscaras de agua silbante y vanidosa;
en la quietud del campo se rebela un candil,
prende fuego a las nubes de insectos espaciales.
Rompe un sol inocente su huevo prematuro:
ha caído otra lluvia
de sal sobre esta página.