Alma
César Vallejo
Las Ventanas Se Han Estremecido
universo. Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad
por su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su
espalda.
Es el huracán. Un castaño del jardín de las
Tullerías habráse abatido, al soplo del viento, que mide
ochenta metros por segundo. Capiteles de los barrios antiguos,
habrán caído, hendiendo, matando.
¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los
océanos, de qué punto viene este huracán, tan
digno de crédito, tan honrado de deuda derecho a las ventanas
del hospital? Ay las direcciones inmutables, que oscilan entre el
huracán y esta pena directa de toser o defecar! Ay! las
direcciones inmutables, que así prenden muerte en las
entrañas del hospital y despiertan células clandestinas a
deshora, en los cadáveres.
¿Qué pensaría de si el enfermo de enfrente,
ése que está durmiendo, si hubiera percibido el
huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la cabeza de su
morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o menos en
la dosis y le llevarán a enterrar, el vientre roto, la boca
arriba, sordo el huracán, sordo a su vientre roto, ante el cual
suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin,
pronunciar sus llanas palabras de hombres.
La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes
regresivas, indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al
velador del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus
zapatos vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio.
La familia rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer
acomoda en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.
Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no
puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le
habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y
cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y
cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su hermana? Y
¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente,
una mujer? ¿Y cómo pues, no puede sanarle? Porque esta
mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto
mejor el cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no
le ha sanado.
El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan sierra.
La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas aguas
y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin
menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento
circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de
novios, del corazón.
El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus
manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas,
rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados
científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana
flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del
amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las
dosis exactas, del riguroso análisis de orinas y excrementos. Se
rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y
enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y
próxima, que un niño llenara de números, en un
gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a
los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o
neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.
Sirviendo a la causa de la religión, vuela con éxito esta
mosca, a lo largo de la sala. A la hora de la visita de los cirujanos,
sus zumbidos nos perdonan el pecho, ciertamente, pero
desarrollándose luego, se adueñan del aire, para saludar
con genio de mudanza, a los que van a morir. Unos enfermos oyen a esa
mosca hasta durante el dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del
disparo, en las noches tremebundas.
¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los
hombres? ¡Ciencia de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en
tales condiciones, anestesiado totalmente, volteada mi sensibilidad
para adentro! ¡Ah doctores de las sales, hombres de las esencias,
prójimos de las bases! Pido se me deje con mi tumor de
conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra
aunque me muera! Dejadme dolerme, si lo queréis, mas dejadme
despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a
las malas, en mi temperatura polvorosa.
En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva
en que padezco; pero, en el mismo plano y cortando la baraja del juego,
percute aquí otra risa de contrapunto.
En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran
compositor, golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de
verdad, atroces, arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de
espantosa incertidumbre.
En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se
reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en
éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando,
al regresar, hay discordia bastante para el diálogo.
¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de
dolor, si, a estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?
De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan
colmadas de tanta plenitud que llorar por ellas sería poco, y
sería ya mucho sonreír.
Se atumulta la sangre en el termómetro.
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida!
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida!
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!
César Vallejo
Lánguidamente Su Licor
ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde
lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar
de oración. En el corredor de abajo, estaban sentados a la mesa
mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del
mismo fuego del hogar. Tocaron a la puerta.
Tocan a la puerta! mi madre.
Tocan a la puerta! mi propia madre.
Tocan a la puerta! dijo toda mi madre, tocándose las
entrañas a trastes infinitos, sobre toda la altura de quien
viene.
Anda, Nativa, la hija, a ver quien viene.
Y, sin esperar la venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien
Salió a ver quién venia así, oponiéndose a
lo ancho de nosotros.
Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mama Salió,
avanzando inversamente y como si hubiera dicho: las partes. Se hizo
patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la
mano de mi madre. Entonces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras
frentes.
Porque no le deje que saliese a la puerta, Nativa, la hija, me ha
echado Miguel al pavo. A su pavo.
¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padre,
revelando, el hombre, las falanjas filiales del niño!
Podía así otorgarle las venturas que el hombre deseara
más tarde. Sin embargo:
Y mañana, a la escuela, disertó magistralmente el
padre, ante el público semanal de sus hijos.
Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida.
Mamá debió llorar, gimiendo a penas la madre. Ya nadie
quiso comer. En los labios del padre cupo, para salir
rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fraternas
bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atravesada.
Mas, luego, de improviso, Salió de un albañal de aguas
llovedizas y de aquel mismo patio de la visita mala, una gallina, no
ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Cloqueaba en mi garganta. Fue
una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a
incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus
hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca
después tuvo el verbo.
Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arrullarse
por su gran calofrío maternal.
¿Dónde están los hijos de la gallina vieja?
¿Dónde están los pollos de la gallina vieja?
¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!
César Vallejo
El Buen Sentido
muy grande y lejano y otra vez grande.
Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar,
sino para que empiece a nevar.
La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y
avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy
dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al
retornar. Por eso me dieran tánto sus ojos, justa de mí,
in fraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas,
por pactos consumados.
Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí.
¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A
Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las
gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere
porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!
Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso.
Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos
corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente
lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui
dichoso. Pero, más se pone triste; más se pusiera triste.
Hijo, ¡cómo estás viejo!
Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido,
en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de
mí, se entristece de mí. ¿Qué falta
hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por
qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si
jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas? ¿Y
por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más
se aproximan a los padres? ¡Mi madre llora porque estoy viejo de
mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo!
Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo
que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo
de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi
madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres
llamas. Le digo entonces hasta que me callo:
Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio
muy grande y muy lejano y otra vez grande.
La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales
descienden suavemente por mis brazos.
César Vallejo
Trilce
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. ¿Está? No; su hermana.
No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.
César Vallejo
De La Noche A La Mañana Voy
sacando lengua a las más mudas equis.
En nombre de esa pura
que sabía mirar hasta ser 2.
En nombre de que la fui extraño,
llave y chapa muy diferentes.
En nombre della que no tuvo voz
ni voto, cuando se dispuso
esta su suerte de hacer.
Ebullición de cuerpos, sinembargo,
aptos; ebullición que siempre
tan sólo estuvo a 99 burbujas.
¡Remates, esposados en naturaleza,
de dos días que no se juntan,
que no se alcanzan jamás!
César Vallejo
Graniza Tánto, Como Para Que Yo Recuerde
y acreciente las perlas
que he recogido del hocico mismo
de cada tempestad.
No se vaya a secar esta lluvia.
A menos que me fuese dado
caer ahora para ella, o que me enterrasen
mojado en el agua
que surtiera de todos los fuegos.
¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?
Temo me quede con algún flanco seco;
temo que ella se vaya, sin haberme probado
en las sequías de increíbles cuerdas vocales,
por las que,
para dar armonía,
hay siempre que subir ¡nunca bajar!
¿No subimos acaso para abajo?
Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!
César Vallejo
Lento Salón En Cono, Te Cerraron, Te Cerré
aunque te quise, tú lo sabes,
y hoy de qué manos penderán tus llaves.
Desde estos muros derribamos los últimos
escasos pabellones que cantaban.
Los verdes han crecido. Veo labriegos trabajando,
los cerros llenos de triunfo.
Y el mes y medio transcurrido alcanza
para una mortaja, hasta demás.
Salón de cuatro entradas y sin una salida,
hoy que has honda murria, te hablo
por tus seis dialectos enteros.
Ya ni he de violentarte a que me seas,
de para nunca; ya no saltaremos
ningún otro portillo querido.
Julio estaba entonces de nueve. Amor
contó en sonido impar. Y la dulzura
dió para toda la mortaja, hasta demás.
César Vallejo
Serpea El Sol En Tu Mano Fresca
y se derrama cauteloso en tu curiosidad.
Cállate. Nadie sabe que estás en mí,
toda entera. Cállate. No respires. Nadie
sabe mi merienda suculenta de unidad:
legión de oscuridades, amazonas de lloro.
Vanse los carros flajelados por la tarde,
y entre ellos los míos, cara atrás, a las riendas
fatales de tus dedos.
Tus manos y mis manos recíprocas se tienden
polos en guardia, practicando depresiones,
y sienes y costados.
Calla también, crepúsculo futuro,
y recójete a reír en lo íntimo, de este celo
de gallos ajisecos soberbiamente,
soberbiamente ennavajados
de cúpulas, de viudas mitades cerúleas.
Regocíjate, huérfano; bebe tu copa de agua
desde la pulpería de una esquina cualquiera.
César Vallejo
Madre, Me Voy Mañana A Santiago
a mojarme en tu bendición y en tu llanto.
Acomodando estoy mis desengaños y el rosado
de llaga de mis falsos trajines.
Me esperará tu arco de asombro,
las tonsuradas columnas de tus ansias
que se acaban la vida. Me esperará el patio,
el corredor de abajo con sus tondos y repulgos
de fiesta. Me esperará mi sillón ayo,
aquel buen quijarudo trasto de dinástico
cuero, que para no más rezongando a las nalgas
tataranietas, de correa a correhuela.
Estoy cribando mis cariños más puros.
Estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?
¿no oyes tascar dianas?
estoy plasmando tu fórmula de amor
para todos los huecos de este suelo.
Oh si se dispusieran los tácitos volantes
para todas las cintas más distantes,
para todas las citas más distintas.
Así, muerta inmortal. Así.
Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde
hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre
para ir por allí,
humildóse hasta menos de la mitad del hombre,
hasta ser el primer pequeño que tuviste.
Así, muerta inmortal.
Entre la columnata de tus huesos
que no puede caer ni a lloros,
y a cuyo lado ni el destino pudo entrometer
ni un solo dedo suyo.
Así, muerta inmortal.
Así.
César Vallejo
Hitos Vagarosos Enamoran, Desde El Minuto Montuoso
y fecha los amotinados nichos de la atmósfera.
Verde está el corazón de tanto
esperar; y en el canal de Panamá
¡hablo con vosotros, mitades, bases,
cúspides! retoñan los peldaños,
pasos que suben,
pasos que baja-
n.
Y yo que pervivo,
y yo que sé plantarme.
Oh valle sin altura madre, donde todo duerme
horrible mediatinta, sin ríos frescos, sin entradas de amor.
Oh voces y ciudades que pasan cabalgando en un dedo tendido
que señala a calva Unidad. Mientras pasan, de mucho en mucho,
gañanes de gran costado sabio, detrás de las tres tardas
dimensiones.
Hoy
Mañana
Ayer
(No, hombre!)
César Vallejo
Alfombra
Alfombra
Cuando vayas al cuarto que tú sabes,
entra en él, pero entorna con tiento la mampara
que tánto se entreabre,
cása bien los cerrojos, para que ya no puedan
volverse otras espaldas.
Corteza
Y cuando salgas, di que no tardarás
a llamar al canal que nos separa:
fuertemente cojido de un canto de tu suerte,
te soy inseparable,
y me arrastras de borde de tu alma.
Almohada
Y sólo cuando hayamos muerto ¡quién sabe!
Oh nó. Quién sabe!
entonces nos habremos separado.
Mas si, al cambiar el paso, me tocase a mí
la desconocida bandera, te he de esperar allá;
en la confluencia del soplo y el hueso,
como antaño,
como antaño en la esquina de los novios
ponientes de la tierra.
Y desde allí te seguiré a lo largo
de otros mundos, y siquiera podrán
servirte mis nós musgosos y arrecidos,
para que en ellos poses las rodillas
en las siete caídas de esa cuesta infinita,
y así te duelan menos.
César Vallejo
La Esfera Terrestre Del Amor
que rezagóse abajo, da vuelta
y vuelta sin parar segundo,
y nosotros estamos condenados a sufrir
como un centro su girar.
Pacífico inmóvil, vidrio, preñado
de todos los posibles.
Andes frío, inhumanable, puro.
Acaso. Acaso.
Gira la esfera en el pedernal del tiempo,
y se afila,
y se afila hasta querer perderse;
gira forjando, ante los desertados flancos,
aquel punto tan espantablemente conocido,
porque él ha gestado, vuelta
y vuelta,
el corralito consabido.
Centrífuga que sí, que sí,
que Sí,
que sí, que sí, que sí, que sí: NO!
Y me retiro hasta azular, y retrayéndome
endurezco, hasta apretarme el alma!
César Vallejo
Es De Madera Mi Paciencia
sorda, vegetal.
Día que has sido puro, niño, inútil,
que naciste desnudo, las leguas
de tu marcha, van corriendo sobre
tus doce extremidades, ese doblez ceñudo
que después deshiláchase
en no se sabe qué últimos pañales.
Constelado de hemisferios de grumo,
bajo eternas américas inéditas, tu gran plumaje,
te partes y me dejas, sin tu emoción ambigua,
sin tu nudo de sueños, domingo.
Y se apolilla mi paciencia,
y me vuelvo a exclamar: ¡Cuándo vendrá
el domingo bocón y mudo del sepulcro;
cuándo vendrá a cargar este sábado
de harapos, esta horrible sutura
del placer que nos engendra sin querer,
y el placer que nos DestieRRA!
César Vallejo
Craterizados Los Puntos Más Altos, Los Puntos
del amor, de ser mayúsculo, bebo, ayuno ab-
sorbo heroína para la pena, para el latido
lacio y contra toda corrección.
¿Puedo decir que nos han traicionado? No.
¿Qué todos fueron buenos? Tampoco. Pero
allí está una buena voluntad, sin duda,
y sobre todo, el ser así.
Y qué quien se ame mucho! Yo me busco
en mi propio designio que debió ser obra
mía, en vano: nada alcanzó a ser libre.
Y sin embargo, quién me empuja.
A que no me atrevo a cerrar la quinta ventana.
Y el papel de amarse y persistir, junto a las
horas y a lo indebido.
Y el éste y el aquél.
César Vallejo
Samain Diría El Aire Es Quieto Y De Una Contenida Tristeza
Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero a cada hebra
de cabello perdido, desde la cubeta de un frontal, donde hay algas,
toronjiles que cantan divinos
almácigos en guardia, y versos antisépticos sin
dueño.
El miércoles, con uñas destronadas se abre las propias
uñas
de alcanfor, e instila por polvorientos
harneros, ecos, páginas vueltas, sarros,
zumbidos de moscas
cuando hay muerto, y pena clara esponjosa y cierta esperanza.
vUn enfermo lee La Prensa, como en facistol.
Otro está tendido palpitante, longirrostro,
cerca a estarlo sepulto.
Y yo advierto un hombro está en su sitio
todavía y casi queda listo tras de éste, el otro lado.
Ya la tarde pasó diez y seis veces por el subsuelo empatrullado,
y se está casi ausente
en el número de madera amarilla
de la cama que está desocupada tanto tiempo
allá ............................
enfrente.
César Vallejo
Todos Los Días Amanezco A Ciegas
a trabajar para vivir; y tomo el desayuno,
sin probar ni gota de él, todas las mañanas.
Sin saber si he logrado, o más nunca,
algo que brinca del sabor
o es sólo corazón y que ya vuelto, lamentará
hasta dónde esto es lo menos.
El niño crecería ahíto de felicidad
oh albas,
ante el pesar de los padres de no poder dejarnos
de arrancar de sus sueños de amor a este mundo;
ante ellos que, como Dios, de tanto amor
se comprendieron hasta creadores
y nos quisieron hasta hacernos daño.
Flecos de invisible trama,
dientes que huronean desde la neutra emoción,
pilares
libres de base y coronación,
en la gran boca que ha perdido el habla.
Fósforo y fósforo en la oscuridad,
lágrima y lágrima en la polvareda.
César Vallejo
Forajido Tormento, Entra, Sal
por un mismo forado cuadrangular.
Duda. El balance punza y punza
hasta las cachas.
A veces doyme contra todas las contras,
y por ratos soy el alto más negro de los ápices
en la fatalidad de la Armonía.
Entonces las ojeras se irritan divinamente,
y solloza la sierra del alma,
se violentan oxígenos de buena voluntad,
arde cuanto no arde y hasta
el dolor dobla el pico en risa.
Pero un día no podrás entrar
ni salir, con el puñado de tierra
que te echaré a los ojos, forajido!
César Vallejo
Mentira Si Lo Hacía De Engaños
y nada más. Ya está. De otro modo,
también tú vas a ver
cuánto va a dolerme el haber sido así.
Mentira. Calla.
Ya está bien.
Como otras veces tú me haces esto mismo,
por eso yo también he sido así.
A mí, que había tánto atisbado si de veras
llorabas,
ya que otras veces sólo te quedaste
en tus dulces pucheros,
a mí, que ni soñé que los creyeses,
me ganaron tus lágrimas.
Ya está.
Mas ya lo sabes: todo fue mentira.
Y si sigues llorando, bueno, pues!
Otra vez ni he de verte cuando juegues.
César Vallejo
Murmurado En Inquietud, Cruzo
el traje largo de sentir, los lunes
de la
verdad.
Nadie me busca ni me reconoce,
y hasta yo he olvidado
de quién seré.
Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
a todos en las blancas hojas
de las partidas.
Esa guardarropía, ella sola,
al volver de cada facción,
de cada candelabro
ciego de nacimiento.
Tampoco yo descubro a nadie, bajo
este mantillo que iridice los lunes
de la razón;
y no hago más que sonreir a cada púa
de las verjas, en la loca búsqueda
del conocido.
Buena guardarropía, ábreme
tus blancas hojas:
quiero reconocer siquiera al 1,
quiero el punto de apoyo, quiero
saber de estar siquiera.
En los bastidores donde nos vestimos,
no hay, no Hay nadie: hojas tan sólo
de par en par.
Y siempre los trajes descolgándose
por sí propios, de perchas
como ductores índices grotescos,
y partiendo sin cuerpos, vacantes,
hasta el matiz prudente
de un gran caldo de alas con causas
y lindes fritas.
Y hasta el hueso!
César Vallejo
Me Desvinculo Del Mar
cuando vienen las aguas a mí.
Salgamos siempre. Saboreemos
la canción estupenda, la canción dicha
por los labios inferiores del deseo.
Oh prodigiosa doncellez.
Pasa la brisa sin sal.
A lo lejos husmeo los tuétanos
oyendo el tanteo profundo, a la caza
de teclas de resaca.
Y si así diéramos las narices
en el absurdo,
nos cubriremos con el oro de no tener nada,
y empollaremos el ala aún no nacida
de la noche, hermana
de esta ala huérfana del día,
que a fuerza de ser una ya no es ala.
César Vallejo
La Tarde Cocinera Se Detiene
ante la mesa donde tú comiste;
y muerta de hambre tu memoria viene
sin probar ni agua, de lo puro triste.
Mas, como siempre, tu humildad se aviene
a que le brinden la bondad más triste.
Y no quieres gustar, que ves quien viene
filialmente a la mesa en que comiste.
La tarde cocinera te suplica
y te llora en su delatal que aún sórdido
nos empieza a querer de oírnos tánto.
Yo hago esfuerzos también; porque no hay
valor para servirse de estas aves.
Ah! qué nos vamos a servir ya nada.
César Vallejo
Este Piano Viaja Para Adentro,
viaja a saltos alegres.
Luego medita en ferrado reposo,
clavado con diez horizontes.
Adelanta. Arrástrase bajo túneles,
más allá, bajo túneles de dolor,
bajo vértebras que fugan naturalmente.
Otras veces van sus trompas,
lentas asias amarillas de vivir,
van de eclipse,
y se espulgan pesadillas insectiles,
ya muertas para el trueno, heraldo de los génesis.
Piano oscuro ¿a quién atisbas
con tu sordera que me oye,
con tu madurez que me asorda?
Oh pulso misterioso.
César Vallejo
Quién Sabe Se Va A Ti No Le Ocultes
Quién sabe madrugada.
Acaríciale. No le digas nada. Está
duro de lo que se ahuyenta.
Acaríciale. Anda! Cómo le tendrías pena.
Narra que no es posible
todos digan que bueno,
cuando ves que se vuelve y revuelve,
animal que ha aprendido a irse... No?
Sí! Acaríciale. No le arguyas.
Quién sabe se va a ti madrugada.
¿Has contado qué poros dan salida solamente,
y cuáles dan entrada?
Acaríciale. Anda! Pero no vaya a saber
que lo haces porque yo te lo ruego. Anda!
César Vallejo
Esperaos Ya Os Voy A Narrar
todo. Esperaos sossiegue
este dolor de cabeza. Esperaos.
¿Dónde os habéis dejado vosotros
que no hacéis falta jamás?
Nadie hace falta! Muy bien.
Rosa, entra del último piso.
Estoy niño. Y otra vez rosa:
ni sabes a dónde voy.
¿Aspa la estrella de la muerte?
O son extrañas máquinas cosedoras
dentro del costado izquierdo.
Esperaos otro momento.
No nos ha visto nadie. Pura
búscate el talle.
¡A dónde se han saltado tus ojos!
Penetra reencarnada en los salones
de ponentino cristal. Suena
música exacta casi lástima.
Me siento mejor. Sin fiebre, y ferviente.
Primavera. Perú. Abro los ojos.
Ave! No salgas. Dios, como si sospechase
algún flujo sin reflujo ay.
Paletada facial, resbala el telón
cabe las conchas.
Acrisis. Tilia, acuéstate.