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Alma

Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

¿que Las Poleas Ya No Se Contentan Con Devorar Millares

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¿Que las poleas ya no se contentan con devorar millares y
millares de dedos meñiques? ¿Que las máquinas de
coser amenazan zurcirnos hasta los menores intersticios? ¿Que la
depravación de las esferas terminará por degradar a la
geometría?

Es bastante intranquilizador —sin duda alguna— comprobar que no existe
ni una hectárea sobre la superficie de la tierra que no encubra
cuatro docenas de cadáveres; pero de allí a considerarse
una simple carnaza de microbios... a no concebir otra aspiración
que la de recibirse de calavera...

Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta dejo
absurdo, pero aunque Dios —reencarnado en algún sacamuelas— nos
obligara a localizar todas nuestras esperanzas en los escarbadientes,
la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla.

¿Qué nos importa que los cadáveres se descompongan
con mucha más facilidad que los automóviles?
¿Qué nos importa que familias enteras —¡llenas de
señoritas!— fallezcan por su excesivo amor a los hongos
silvestres?...

El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones
¿no justificaría que nos pasáramos los días
aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir
los ojos y mirar, para convencerse que la realidad es, en realidad, el
más auténtico de los milagros?

Cuando se tienen los nervios bien templados, el espectáculo
más insignificante —una mujer que se detiene, un perro que
husmea una pared— resulta algo tan inefable... es tal el cúmulo
de coincidencias, de circunstancias que se requieren —por ejemplo— para
que dos moscas aterricen y se reproduzcan sobre una calva, que se
necesita una impermeabilidad de cocodrilo para no sufrir, al
comprobarlo, un verdadero síncope de admiración.

De ahí ese amor, esa gratitud enorme que siento por la vida,
esas ganas de lamerla constantemente, esos ímpetus de
prosternación ante cualquier cosa... ante las estatuas
ecuestres, ante los tachos de basura...

De ahí ese optimismo de pelota de goma que me hace reír,
a carcajadas, del esqueleto de las bicicletas, de los ataques al
hígado de los limones; esa alegría que me incita a
rebotar en todas las fachadas, en todas las ideas, a salir corriendo
—desnudo!— por los alrededores para hacerles cosquillas a los
gasómetros... a los cementerios....

Días, semanas enteras, en que no logra intranquilizarme ni la
sospecha de que a las mujeres les pueda nacer un taxímetro entre
los senos.

Momentos de tal fervor, de tal entusiasmo, que me lo encuentro a Dios
en todas partes, al doblar las esquinas, en los cajones de las mesas de
luz, entre las hojas de los libros y en que, a pesar de los esfuerzos
que hago por contenerme, tengo que arrodillarme en medio de la calle,
para gritar con una voz virgen y ancestral:

“¡Viva el esperma... aunque yo perezca!”
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

A Unos Les Gusta El Alpinismo A Otros Les Entretiene El Dominó

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A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó.
A mí me encanta la transmigración.

Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o
pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de
un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.

Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la
brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la
primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy
pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.

¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de
sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser
tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de
raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace
cosquillas!

Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho?
Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear
el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el
carro”?...

Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la
virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde
la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.

Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas
sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.

Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo
personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes
con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno
campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.

¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la
satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los
remansos.... y de los camaleones!...

¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los
hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es
posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no
necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los
de las madreselvas?

Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil,
jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un
mismo esqueleto y un mismo sexo.

Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!—
el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más
larga y más aburrida que cualquier otra?

Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin
esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no
estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más
importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que
me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Exigió Que Sus Esclavos Le Escupieran La Frente

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Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.

¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?

Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.

El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?

Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.

Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.

¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!

Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.

Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.

Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.

En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

¿resultará Más Práctico Dotarse Dé Una Epidermis

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¿Resultará más práctico dotarse dé
una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo
cariado?

Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo
perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un
tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que
sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!”

Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con
más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los
reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba
tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo
sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime,
se sobreentiende.

Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo
que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime.
Lo que hasta ese momento me producía hastío o
repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace
encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros
postales, del adulterio al escorbuto.

¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de
comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno
de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos
incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de
todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de
percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba
electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial
—¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas
embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los
vehículos existentes, desde la intuición a los zancos!
¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador
y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar
vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta
una gruesa de colegialas con el dedo meñique!...

¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía
ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado
encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares
de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre
cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas
de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y
rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la
reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y
afrodisíacas!...

Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que
otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de
charol.

Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por
experiencia propia, que en la vida no hay más solución
que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto
de vista de la sublimidad.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

¿nos Olvidamos, A Veces, De Nuestra Sombra

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¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?

Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.

Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.

¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?

La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.

Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.

Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Yo No Tengo Una Personalidad; Yo Soy Un Cocktail, Un Conglomerado

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Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una
manifestación de personalidades.

En mí, la personalidad es una especie de furunculosis
anímica en estado crónico de erupción; no pasa
media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que
me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica
de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en
el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!

¡Imposible saber cuál es la verdadera!

Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta
con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto—
todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a
un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique,
por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de
realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una
locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo,
para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su
existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues
más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un
egoísmo... de una falta de tacto...

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires
de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción,
se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por
las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie,
discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que
tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una
pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los
gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace
reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra,
proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien
aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad,
ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la
abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta
la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me
levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se
realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se
entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor
determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades,
antes de cometer el acto más insignificante necesito poner
tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier
cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer
con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de
mandarlas a todas juntas a la mierda.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

En Cualquier Parte Donde Nos Encontremos

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En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o
de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o
menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.

¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?...
¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un
carro resbala sobre el asfalto?... ¡Los dientes un poco
amarillentos de mi abuelo José María!

¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El
de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!

Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen
en la escala zoológica. La certidumbre del origen común
de las especies fortalece tanto nuestra memoria, que el límite
de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los
herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos.
Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecernos lo
mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de
que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.

Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la
humareda del puchero. Tres bocados... y el esófago se nos
anuda. Hará un período geológico; este zapallo,
¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos
tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que
estamos devorando a nuestros propios hermanos!

A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto
nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a
algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma
en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la
conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables
del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar
una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener,
para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más
difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar,
hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de
optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los
asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una
víctima de la familia.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Mis Nervios Desafinan Con La Misma Frecuencia Que Mis Primas

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Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por
casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la
cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el
techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido
tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún
precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.

Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se
entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que
me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es
rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el
pañuelo un cadáver de cucaracha.

Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron
hace tres años. Mi riñón derecho es un
maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo
de la Facultad de Medicina. Soy poliglota y tartamudo. He perdido, a la
lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de
firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con
una cacatúa.

Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi
aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un
coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el
bostezo de las camas deshechas, no siento ninguna propensión por
empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se
equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.

En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una
cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un
cigarrillo.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Nunca He Dejado De Llevar La Vida Humilde Que Puede Permitirse

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Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un
modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la
manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por
la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más
absurdos que pueden imaginarse.

Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me
preguntó sin ninguna clase de preámbulos:

«¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de
ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna,
los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el
acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la
pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las
pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué
puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche?
¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo?
Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu
cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza
de mujer».

Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace
dieciséis años que estoy anclado en el correo:

«¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese
tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se
incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como
un felpudo.

»Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la
abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a
qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la
vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con
qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas!
Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija
de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el
espinazo en el respaldo de la cama».

Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas
barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más
que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:

«Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.

»Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu
humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu
sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que
se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los
párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las
prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la
lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...

»Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que
nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al
pescuezo de alguna vaca...»
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

No Se Me Importa Un Pito Que Las Mujeres Tengan Los Senos

1

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como
magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un
aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy
perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el
primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso
sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo
ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar
¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan
locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos
sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de
palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor
a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando
realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de
algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido
entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa!
¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba
con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos
anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un
espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque
nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué
voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de
pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede
brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una
vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho
centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una
mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor
más que volando.
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