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Recuerdos y Memorias

Álvaro Mutis

Álvaro Mutis

Cádiz

CÁDIZ


Para María Paz y Manolo



Después de tanto tiempo, vastas edades,

siglos, migraciones allí sorprendidas

frente al vocerío de las aguas sin límite

y asentadas en su espera

hasta confundirse con el polvo calcáreo,

hasta no dejar otra huella que sus muertos

vestidos con abigarrados ornamentos

de origen incierto, escarabajos egipcios,

pomos con ungüentos fenicios,

armas de la Hélade, coronas etruscas,

después de tales cosas, la piedra

ha venido a ser una presencia

de albas porosidades, laberintos minúsculos,

ruinas de minuciosa pequeñez,

de brevedad sin término,

y así las paredes, los patios, las murallas,

los más secretos rincones, el aire mismo

en su labrada transparencia también

horadado por el tiempo, la luz y sus criaturas.

Y llego a este lugar y sé que desde siempre

ha sido el centro intocado del que manan

mis sueños, la absorta savia

de mis más secretos territorios,

reinos que recorro, solitario destejedor

de sus misterios, señor de la luz que los devora,

herencia sobre la cual los hombres

no tienen ni la más leve noticia,

ni la menor parcela de dominio.

Y en el patio donde jugaron mis abuelos,

con su pozo modesto y sus altos muros

labrados como madréporas sin edad,

en la casa de la calle de Capuchinos

me ha sido revelada de nuevo y para siempre

la oculta cifra de mi nombre,

el secreto de mi sangre, la voz de los míos.

Yo nombro ahora este puerto que el sol

y la sal edificaron para ganarle al tiempo

una extensa porción de sus comarcas

y digo Cádiz para poner en regla mi vigilia

para que nada ni nadie intente en vano

desheredarme una vez más de lo que sido

«el reino que estaba para mí».

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Álvaro Mutis

Álvaro Mutis

Exilio

Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Persignan, Argelés, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.

Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.
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Antonio Machado

Antonio Machado