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Poemas en este tema

Amor Romántico

Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Iv El Consejo Del Amor

Pensativo y lloroso,
contemplando cuán tibia
Dorila mi amor oye
por hermosa y por niña,

al margen de una fuente
me asenté cristalina,
que un rosal adornaba
con su pompa florida.

El voluble murmullo
de sus plácidas linfas
de mis penas agudas
amainaba las iras;

y en sus ondas rientes
encantada la vista,
invisibles cual ellas mis
cuidados se huían,

cuando en torno una rosa
que besar solicita
volar vi a un cefirillo
con ala fugitiva,

y entre blandos susurros
en voz dulce y sumisa
entendí que a la bella
cariñoso decía:

«¿Dó, insensible, te vueltes?
¿Por qué, injusta, te privas
en mis juegos vivaces
de mil tiernas caricias?

Mírame que rendido
cuando humillar podría
con soplo despeñado
tu presunción esquiva,

que te tornes te ruego,
y a mis labios permitas
que los ámbares gocen
que en tus hojas abrigas.

No temas, no, que ofendan
con culpable osadía
su rosicler hermoso,
aunque blanda te rindas.

Aun más fino que ardiente,
a nada más aspiran
que a un inocente beso
las esperanzas mías.

Por ti dejé en el valle,
por ti, beldad altiva,
con vuelo desdeñoso,
mil lindas florecitas .

Tú sola me embebeces,
tú sola», repetía
el céfiro, y más suelto
en torno de ella gira,

cuando súbito noto
que la rosa rendida
le presenta su seno,
y él cien besos le liba,

con los cuales mimosa
de aquí y de allá se agita,
otros y otros buscando
que muy más la mecían.

Y en aquel mismo punto
escuché que benigna
nueva voz me alentaba,
nuncio fiel de mis dichas:

«No de tímido ceses;
insta, anhela, suplica,
cefirillo incesante
de tu rosa Dorila;

y en sus dulces canciones
delicada tu lira
su tibieza y sus miedos
cual la nieve derritan.

Verás cómo a tus ansias
cede al fin y propicia
las finezas atiende,
por ti ciega suspira,

apurando en mi copa
las inmensas delicias
que a mis más fieles guardo,
que mi afecto le brinda».

Del Amor fue el consejo;
y así luego entre risas
vi a la esquiva en mis brazos
como mil rosas fina.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Ciparis, En El Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,

merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
572
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Cisparis En El Gran Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora.

Merced al verso aonio y al concepto
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro asunto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cinamomo panqueo
y anáraco fragante y otras flores;
mas cumple, oh dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
sonaba el cincio ardor, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
la garza generosa
desde el humilde suelo
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios esparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube obscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte? En el oriente
el sol desvista solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

De Un Cupido

Al partir y dejarla,
medrosa de mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,

diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.

Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;

que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,

cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».

Y de marfil labrado
diome un Amor tan lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:

vendados los ojuelos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la diestra sus tiros,

la aljaba al hombro bello
y el arco suspendidos,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;

arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como temblando
por su nudez de frío.

Yo, solícito, al verle
tan risueño y benigno,
los más dulces requiebros
inocente le digo;

y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.

Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.

Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,

tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,

cuando súbito siento
tan ardientes latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.

¿Y qué fue? Que en el hondo
se me entró el fementido
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
553
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

De Un Cupido

Al ir a despedirme,
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:


diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.

Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;

que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,

cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».

Rapazuelo de nácar
en todo extremo
lindo,

que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:

con su venda a los ojos,

luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas

y en la mano sus tiros,

la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,

que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;

arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,

y así como le pintan
desnudo y aterido.


Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;



y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.

Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.

Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,

tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,

Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.


Pero sentí al instante
del pecho mil
latidos,

como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.

Y fue que en él se había
entrado
el fementido.

del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

El Retrato

¿Si es él, Amor? ¡Qué trémula la mano
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

La Partida

En fin voy a partir, bárbara amiga,
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieran... En mi labio
la queja bien no está; gima y suspire;
no a culpar tu rigor dé los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros;
tú, de ti misma juez, mis ansias juzga,
mi dolor justifica; a mí no es dado
sino partir. ¡Oh Dios! ¡de mi inefable
felicidad huir! ¡en mis oídos
no sonará su voz! ¡no las ternezas
de su ardiente pasión! ¡mis ojos tristes
no la verán, no buscarán los suyos,
y en ellos su alegría y su ventura!
No sentiré su delicada mano
dulcemente tal vez premiar la mía,
yo extático de amor... ¡Bárbara! ¡injusta!
¿qué pretendes hacer? ¿qué placer cabe
en afligir al mismo a quien adoras,
que te idolatra ciego? No, no es tuyo
este exceso de horror; tu blando pecho,
de dulzura y piedad a par formado,
no inhumano bastara a concebirlo.
Tu amable boca, el órgano süave
de amor, que sólo articular palabras
de alegría y consuelo antes supiera,
no lo alcanzó a mandar. Sí; te conozco,
te justifico, y las congojas veo
de tu inocente corazón... Mi vida,
mi esperanza, mi bien, ¡ah! ve el abismo
do vamos a caer; que te fascinas;
que no conoces el horrible trance
en que vas a quedar, que a mí me aguarda
con tan amarga arrebatada ausencia.
No lo conoces, deslumbrada; en vano,
tranquila ya, despavorida y sola,
me llamarás con doloridos ayes.
Habré partido yo; y el rechinido
del eje, el grito del zagal, el bronco
confuso son de las volantes ruedas,
a herir tu oído y afligir tu pecho
de un tardío pesar irán agudos.
Yo entre tanto abatido, desolado,
a tu estancia feliz vueltos los ojos,
mis ojos ciegos en su llanto ardiente,
te diré adiós, y besaré con ellos
las dichosas paredes que te guardan,
mis fenecidas glorias repasando,
y mis presentes invencibles males.
¡Ay! ¿dó si un paso das, donde no encuentres
de nuestro tierno amor mil dulces muestras?
Entra aquí, corre allá, pasa a otra estancia:
«Aquí», ellas te dirán, «se
postró humilde
a tus pies, y la mano allí le diste;
allá, loco en su ardor, corrió a tu encuentro;
y allí le viste en lágrimas bañado,
en lágrimas de amor; con mil ternezas
más allá fino te ofreció su llama;
y al cielo hizo testigo, y los luceros,
de su lazada eterna, indisoluble,
en la noche feliz...» Sedlo, fulgentes
antorchas del Olimpo; y tú, callada
luna, que atiendes mis sentidas quejas
y antes mi gloria y sus finezas viste,
sedlo; y benignas en mi amarga suerte
ved a mi amada, vedla, y recordadle
su santo indisoluble juramento.
Vedla, y gozad de su donosa vista,
de las sencillas animadas gracias
de su semblante. ¡Oh Dios! yo afortunado
las gozaba también; su voz oía,
su voz encantadora, que elevada
lleva el alma tras sí, su voz que sabe
hacer dulce hasta el no,
gratas las quejas.
¡Oh, qué de veces de sus tiernos labios
me enajenó la plácida sonrisa,
las vivas sales y hechiceras gracias!
¡Oh qué de tardes, de agradables horas,
de nuestra dicha hablando, instantes breves
se nos huyeran! ¡Qué de ardientes votos,
qué de suspiros y esperanzas dulces
crédulas nuestras almas concibieron,
y el cielo hoy en su cólera condena!,
¡Qué proyectos formáramos...! Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce! ¿qué pretendes?
¿Sabes dó quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré, tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora ¡irme! ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?...
Ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto, me huyes;
sola te asustas, y de todo tiemblas.
Tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz, y alguna lágrima... ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay! otros eran: me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
do alentar libres de mordaz censura?
¿Qué sitio no oyó allí nuestras ternezas?
¿no ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos, y escucha
tu blando corazón; si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio, y parto. Pero en vano
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel... Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!... ¡Yo cansarte!
A ti, que me idolatras... No; la pluma
se deslizó, mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios! yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
Sé que me adoras; no lo dudo: humilde
me resigno a tu arbitrio... El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón... Se acerca
veloz y para; te obedezco, y parto.
Adiós, amada, adiós... El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

En La Muerte De Filis

¡Oh!, rompa ya el silencio el dolor mío,
y al labio salga en dolorido acento
la aguda pena en que morir porfío.

Con lastimeros ayes gima el viento;
y entre suspiros y mortal quebranto
la falta de la voz supla el lamento;

ciegos los ojos con su amargo llanto,
lejos de la alma luz, siempre en oscura
noche fenezcan en desastre tanto.

Truéqueseme la dicha en desventura,
ni jamás bien alguno esperar pueda,
pues me robó la muerte mi luz pura.

¡Filis!, ¡amada Filis!, ¡ay! ¿Qué queda
ya a mi dolor?, ¿faltaste, mi señora?
¡Cómo la voz el sentimiento veda!

Allá volaste al cielo a ser aurora,
dejando en llanto y sempiterno olvido
esta alma triste que tu ausencia llora.

¿Qué?, ¿ni mi dulce amor te ha detenido?,
¿ni la amarga orfandad en que me dejas?
¿Tan mal, querida Fili, te he servido?,

¿así de este infeliz, así te alejas?
Vuelve, adorada, vuelve a consolarme;
no más desdeñes mis dolientes quejas.

Pero tú no pudiste abandonarme;
el golpe de la muerte, el golpe fiero
sólo de ti, mi bien, logró apartarme.

¡Oh muerte!, ¡muerte!, ¡oh golpe lastimero!
¡Ay!, ¿sabes, despiadada, lo que hiciste?
De todos tus delitos, el postrero.

¿A quién con mano bárbara rompiste
el feliz hilo de la tierna vida,
y en el sepulcro despiadada hundiste?

¡A Filis!, ¡a mi Filis!, ¡mi querida,
mi inocente zagala! Su ternura,
¿en qué ofenderte pudo, fementida?

¿No te movió su angélica hermosura
a que no mancillases insolente
tan delicada flor en su alba pura?

jamás yo te creí tan inclemente;
mas este golpe, golpe lamentable,
¡oh, cuán a costa mía me desmiente!

«¡Oh dura mano!, ¡oh bárbara, implacable!
¿A quién», clamo sin fin, «tu saña
fiera
hirió con su guadaña abominable?

¡A Filis!, ¡a mi Filis...! ¡testo espera
a inocencia y amor, mientras riendo
eterno un siglo la maldad prospera!

Huye, inhumana, al Tártaro tremendo;
y en sus abismos húndete entre horrores,
húndete, oh monstruo, tus hazañas viendo...»

Deliro en mi pasión; y mis dolores
crecen, inmensos como el mar. ¡Cuitado!,
¿qué he de hacer sin mi bien, sin mis amores?

¡Que ya no gozaré su alegre lado!,
¡ni oiré más sus suavísimas razones!,
¡ni he de ver de su rostro el tierno agrado!

¡Sus ojuelos, imán de corazones,
aquellos ojos cuya lumbre clara
tras sí arrastraron tantas atenciones!

¡Y aquel cuello, aquel talle, aquella rara
gracia que en noche eterna se oscurece!
¡Ay, muerte dura, de mi bien avara!

Lloro, y llorando mi tormento crece;
pero, ¡qué mucho!, si en mi acerba pena
todo el orbe dolido se enternece:

con horrísono silbo el aire suena,
ni el agua corre ya como solía,
ni la tierra es fructífera ni amena,

ni arrebolado asoma el albo día,
ni en la cima es del cielo el sol fulgente,
ni la luna en la noche húmida y fría.

El Tormes el raudal de su corriente
detiene por seguir mi amargo llanto,
de ciprés coronada la ancha frente.

Con lúgubre aparato y triste canto,
de sus ninfas el coro le rodea;
¡ay, cuál doblan sus voces mi quebranto!

No ya el nácar sus cuellos hermosea,
ni sembrado de perlas y corales
su cabello en los hombros libre ondea.

Mustio taray y tocas funerales
hoy visten todas por la Filis mía,
de su agudo pesar ciertas señales.

¡Oh, cuál con ellas yo la vi algún día
del seco agosto en la enojosa llama
triscar alegre en la corriente fría!

Hoy en llanto su pecho se derrama;
y con doliente lúgubre alarido,
cual si la oyese, cada cual la llama.

El raudo Tormes con mortal quejido
también las acompaña; y su lamento
merece de Neptuno ser oído.

Neptuno, el que del húmido elemento
modera la soberbia impetuosa,
ocupando entre dioses alto asiento;

el que con voz y diestra poderosa,
con su tridente en carro de corales
alza o calma su furia sonorosa,

retrajo el curso a repetir mis males,
y en ronco son los hórridos tritones
dieron de su dolor ciertas señales.

Del húmido palacio los salones
retumbaron con fúnebres gemidos,
y temblaron columnas y artesones.

Las focas y delfines doloridos
en rumbo incierto tras su dios vagaban,
de tan nuevos prodigios aturdidos,

y como que asombrados preguntaban:
«¿Qué horror es éste y doloroso
estruendo?»,
y los míseros llantos remedaban,

las colas escamosas revolviendo
y en las cerúleas ondas excitando
desapacible son, ronco y horrendo.

Por las vecinas playas lamentando
sonaban de otra parte los zagales
en tristes coros el desastre infando.

Mas ¡ay!, ¡ay!, que sus cantos a mis males
en nada alivio dan; mas antes crecen
en mis ojos dos fuentes inmortales;

que si ya, gloria mía, no merecen
estar colgados de tu faz süave,
mejor en ciego llanto así fenecen.

¡Oh dolor sobre todos el más grave!,
¡oh sombra¡, ¡oh fugaz bien!, ¡incierta vida!,
quien en ti se confía poco sabe:

apenas apareces, ya eres ida,
dejando la esperanza en ti fundada
cual mustia flor del vástago partida.

¿Quién pudiera decirme que mi amada,
mi tierna palomita, de repente
así del seno me sería robada,

cuando a aguardarla fui junto a la fuente
la tarde antes del aciago día
en la margen del Tormes trasparente?

¡Cómo me recibió!, ¡con qué
alegría
de mí burlando mi temor culpaba,
y fiel su eterna llama me ofrecía!

¡Con qué halagüeños ojos me miraba!,
¡y con cuántos dulcísimos favores
mis dudas, mis zozobras alentaba!

¡Oh mi acabado bien!, ¡oh mis amores!,
¿quién entonces creyera tal fracaso,
ni tras ventura tal estos dolores?

Riéndote la vida al primer paso,
¿quién recelara que su luz temprana
corriera así tan súbito a su ocaso?

Contino, Filis, de mis ojos mana
un mar de ardiente lloro, ¡ay sin ventura!,
aciago fruto en mi esperanza vana.

Tu eterna ausencia mi dolor apura;
y el no haberla, ¡ay de mí!, jamás pensado
dobla al mísero pecho la amargura.

Bien debí, puesto que me vi encumbrado
a lo sumo del bien que en hombre cabe,
temblar el triste fin en que he parado.

¿Pero quién con amor temerlo sabe,
ni entonces hace del agüero cuenta,
ni del búho que suena aciago y grave?

En vano desde el roble en que se asienta
anuncia la corneja el caso triste,
que a un pecho con pasión nada amedrenta.

Tú, ¡Batilo infeliz!, volar la viste
la noche en que enfermó tu Fili amada,
y su fúnebre voz seguro oíste.

Acuérdome también que a la alborada,
dejando ya paciendo mi ganado,
a hablarla fuera en su feliz majada;

y vi un lobo feroz haber robado
una mansa cordera, blanca y bella,
que devoraba sobre el fresco prado.

Corrí compadecido a socorrella;
y súbito..., a mis ojos..., ¡qué portento!:
en humo denso se me huyó con ella.

Yo, hasta aquel punto de temor exento,
del espantable caso sorprendido,
caí sobre la hierba sin aliento.

¡Oh, qué de tiempo estuve allí tendido!
Y cuando ya en mi acuerdo hube tornado,
¡ay!, a llorar en tanto mal sumido,

sin poder proseguir lo comenzado,
y atónito de ver prodigios tales,
volví lleno de horror a mi ganado.

Allí luego encontré nuevas señales
que algún terrible caso me anunciaban,
agüeros ciertos de mis crudos males.

Mis mansas ovejillas se espantaban,
y cual si las siguiera un lobo fiero,
girando en torno del redil balaban.

A un lado oí quejido lastimero;
a examinarlo corro..., y de repente...
¿Callarelo, o diré tan triste agüero?

Vi dividida por agudo diente
la corderita a Filis prometida,
que mi mano cuidaba diligente.

Al pie de ella la madre dolorida
con débiles balidos la lloraba,
queriendo con su aliento aún darle vida.

Entonces yo sentí que me apretaba
el corazón un miedo desusado,
y trémulo mil males me anunciaba.

¡Oh mi Fili!, ¡oh mi bien!, ¡oh desgraciado!,
¿qué pudieron decirme estos agüeros?
Que era ya de tu vida el fin llegado;

que esto anunciaban los prodigios fieros,
y esto la triste ave y la cordera.
¡Ay, acabados gustos verdaderos!

¡Vida fugaz, cual sombra pasajera!
Ya a la mía no queda sino llanto,
prueba aun bien débil de mi fe sincera.

Crecerá inmenso mi mortal quebranto,
hasta que huyendo este nubloso suelo
en lazo a ti me una eterno y santo.

Ni, ¡oh mi luz!, pienses que jamás consuelo
hallar podrá mi espíritu abatido,
que en ti el bien me dejó con presto vuelo;

y en lágrimas y penas sumergido,
tu imagen sola cada vez más viva
mi pecho ocupa, de su amor herido.

La horrible parca que de ti me priva
la ansia no apagará con que él la adora,
que su llama en tu falta más se aviva

y acuerda al alma triste en cada hora
tu dulcísimo amor, tu fe sincera.
¡Ay, cuál padezco, y se me parte ahora!

La tierna débil voz, la voz postrera
que en tu labio sonó ya moribundo,
jamás podré olvidarla aunque yo muera.

¿Pues qué si el espectáculo profundo
se me presenta de tu muerte aciaga?
En un mar de mis lágrimas me inundo.

Deja, mi amor, que en ellas me deshaga,
y que en largos suspiros exhalado
mi espíritu a sus ansias satisfaga.

Paréceme mirarte en el cuitado
trance de la postrera despedida,
débil la voz, el rostro demudado,

del todo casi ya desfallecida,
fijos en mí con gesto lastimero
los ojos, y su luz oscurecida,

diciéndome: «Batilo, yo me muero»;
y al quererme abrazar aun débilmente,
en mi boca lanzando el ay postrero,

¡oh dolor!, ¡cuánto estabas diferente
de aquella que antes por tus gracias fuiste
el milagro de amor más reverente!

¡Oh, no me aflijas más, memoria triste!
Deja, deja acabarme en mi amargura;
yo iré presto, mi bien, do tú subiste.

Mi fe, mi firme fe te lo asegura;
no puedo ya vivir de ti apartado,
que el ansia de te ver mi vida apura.

Entonces, de temores sosegado,
en lazo ardiente, casto, verdadero,
por siempre a ti me gozaré ayuntado.

¡Ay!, ¿qué en la tierra, miserable, espero?
¡Muerte cruel, tan pronta con mi amada,
en mí ejecuta, en mí, tu golpe fiero!

Arráncame esta vida quebrantada,
llévame con mi Filis al sosiego
de que el ánima está necesitada.

Muévante, oh cruda, mi infelice ruego,
la vida que aquí paso dolorosa,
y el largo llanto con que el campo riego.

No pienses, no, mostrarte rigurosa,
mi pecho hiriendo en ansias abismado,
que antes serás en tu rigor piadosa,

pues yo de alivio ya desesperado,
ni curo tener cuenta con mi vida,
ni un breve alivio a mi infeliz cuidado.

Mis lágrimas son siempre sin medida,
y en los suspiros con que canso al cielo
el alma se me arranca dolorida.

Ni para alimentarme hallo consuelo,
ni es otra mi bebida que mi llanto,
ni del sueño me alivia el vago vuelo;

pues cuando al fin, rendido en mi quebranto,
entre sus blandas alas me adormece,
despavorido al punto me levanto;

que mil sombras tristísimas me ofrece,
tendiendo yo la mano arrebatado
al bien que niebla vana desparece.

Tal es de mi vivir el triste estado,
huyendo en torva faz siempre las gentes,
y de ellas por sin seso baldonado.

Sólo en mis ovejillas inocentes
compasión halla mi amoroso anhelo,
si es que cabe en mis ansias inclementes.

Ellas solas me siguen en mi duelo;
y en torno rodeándome apiñadas,
doblan con su balar mi desconsuelo.

Las que tuve a mi Filis destinadas,
todas, sin quedar una, han fenecido.
¡Ay corderas, cual ella desgraciadas!

A las otras el prado florecido
jamás mueve a pacer, aunque acabando
las miro con tristísimo balido.

Aquí las tiernas crías van quedando,
las madres allí caen sin aliento,
todas, en cuanto mueren, suspirando,

mientras Melampo, fiel, su sentimiento
me muestra lastimado en ronco aullido,
los pies me lame y me contempla atento,

o ya el camino corre conocido
que a la majada de mi Filis guía,
torna, se para, y cae sin sentido.

Su compasión enciende el alma mía.
¡Oh!, fenezca esta vida desastrada,
que de ir a acompañarte me desvía.

¡Oh mi bien!, ¡mis amores! ¡Oh eclipsada
lumbre de estos mis ojos!, ¡mi consuelo!,
¡rosa en abril florido marchitada!,

llévame donde estás con presto vuelo;
acabe, acabe mi mortal quebranto,
y allá te abrace en el sereno cielo.

Pídeselo con ruego y tierno llanto
a Aquel que inmóvil ve desde su altura
mi firme amor y mi deseo santo.

Entonces sí que, libre de amargura,
mi alegre suerte con la tuya uniendo,
gozaré el lleno bien que acá me apura.

Entonces sí que el alma, en ti viviendo,
se adormirá feliz en paz gloriosa,
sus finas ansias coronadas viendo;

y con habla dulcísima y sabrosa
conversando contigo mano a mano,
podrá llamarse sin temor dichosa.

¿Qué?, ¿no te mueve mi dolor insano?
¿De tu Batilo, Filis, ya te olvidas?
¿Su voz desdeñas?, ¿su clamar es vano?

¿Dó están las voluntades tan unidas?,
¿dó están...? Mas no se cuida allá en el
cielo
de las cosas viviendo prometidas;

y ya en paz alma, roto el mortal velo,
de un infeliz en su dolor perdido
tú las ansias no ves ni el desconsuelo,

mientras sobre tu losa aquí tendido
yo besándola estoy sin apartarme,
ni temblar, ¡ay!, el mísero gemido,

hasta que mi dolor llegue a acabarme,
y suba en vuelo alegre arrebatado
donde pueda por siempre a ti juntarme
y gozar tu semblante regalado.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Letrilla El Lunarcito

La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?

¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal

que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;

mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.

Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,

do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,

iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?


Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.

¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;

diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,

clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,

no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
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