Muerte y Luto
Pedro Salinas
La Voz A Ti Debida
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida ¡qué transporte ya!, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
Pablo de Rokha
Gran Marcha Heróica
y en la línea definitiva, entre los altos y anchos candelabros de
la Humanidad, y las trompetas que braman como vacas, entre naranjos y duraznos
y manzanos que, como caballos, relinchan, entre barcos y espadas, rifles
y banderas en flor, al paso de parada negro y fundamental de los héroes,
tú y tu ataúd de acero.
La multitud descomunal y subterránea, abate en oleaje su ímpetu
de serpiente y ataca su fantasma y su palabra, como un toro la estrella
ensangrentada.
Caemos de rodillas en el gran crepúsculo universal, y lloran
las sirenas de todos los barcos del mundo, como perritas sin alojamiento;
se acabó la comida en los establos contemporáneos y el último
buey se destapa los sesos, gritando; el bofetón del huracán,
partiendo los terciopelos del Oriente, araña el ocaso y le desgarra
el corazón a puñaladas, cuando el fusil imperial de la burguesía
pare un lirio de pólvora y se suicida.
Al quillay litoral le desgarran la pana los relámpagos de las
montañas, y tremendamente da quejidos de potrillo recién
nacido en el estercolero, porque su conciencia vegetal naufraga en el aroma
a sangre.
Canto de estatuas, grito de coronas, llanto de corazas y bahías,
y el discurso funeral de los cipreses que persiguen eternamente lo amarillo,
te rodean; nosotros, entre lenguas de perro y lágrimas elementales,
no somos sino sólo fantasmas en vigencia; lo heroico, lo definitivo,
la ley oscura de la materia en la cual todas las cosas se levantan y se
derrumban con el único fin de engendrar padecimiento, emerge de
ti, porque de ti, porque tú eres la realidad categórica;
y cuando los pollitos nuevos del mar a cuya orilla enorme te criaste, pían
al asesinato general del ocaso, los huesos de Tamerlán echan grandes
llamas; escucho el funeral de Beethoven ejecutado por setecientos maestros
de orquesta, frenar la tempestad, sujetándola, como el desnudo adolescente
los caballos rojos de Fidias y el cielo está negro lo mismo que
mi corazón; las espadas anchas, las anchas espadas que abrieron
los surcos profundos que no cavaron los arados, las espadas embanderadas
de historia, se te someten y te lamen como el perro del mendigo; cuadrigas
y centurias, haciendo estallar el sol sonoro, al golpear la tierra hinchada
con el eslabón de la herradura, levantan polvaredas de migración
y el bramido de las lanzas es acusatorio y terrible debajo de la lluvia
oscura como la mala intención o un cobarde; adentro de las campanas
choca la luciérnaga rota con su farol a la espalda, llorando; huyendo
del incendio general, leones y chacales se arrojan a la mar ignota y las
serpientes repletas de furor se rompen los colmillos en las antiguas lanzas;
un gran caballo azul se suicida; borrachos de sol y parición en
generaciones del Dios pánico y dionysíaco, los sacerdos-escarabajos
están gritando la maternidad aterradora en miel de pinares y resinas
de gran potencial alcohólico, que debaten entre ramajes la violencia
tremenda de la naturaleza; el Clarín del Señor de los Ejércitos
empuña la espuela de oro de la gran alarma y los soldados.
Cargado por nosotros, marcha el féretro como una rosa negra o
un pabellón caído, con espanto aterrador de fusilamiento;
rajados a hachazos los pellines encadenados al huracán aúllan;
tú eres lo único definitivo, hundida en tu belleza de pretéritos
y de crepúsculos totales, caída en todo lo solo, herida por
el resplandor de la eternidad deslumbradora, mientras errados, nos arrinconamos
adentro de nuestras viejas negras chaquetas de perros.
Por el camino real que va a la nada marcharé (caballo de invierno),
en las milenarias edades; hoy, mi espada está quebrada, como el
mascarón de proa del barco que se estrelló contra lo infinito
y soy el animal abandonado en la soledad del bramadero; perteneces al granero
humano, tétrico de matanza en matanza, y te robaron de mis besos
terribles; braman las campanas pateando la atmósfera histórica
en la cual se degüellan hasta las dulces violetas que son como copitas
de vino inmortal; la tinaja de las provincias echa un ancho llanto de parrones
descomunales, gritando desde el origen.
Arde tu alma grande y deslumbradora como un fusil en botón y
a la persona muerta la secunda la ciudadanía universal otorgándole
la vida épica como a una guitarra el sonido; como un solo animal,
acumular la eternidad, triste y furioso a tus orillas, es mi ocupación
de suicida; como ola de sombra, el comercio-puñal de la literatura
nos ladra al alma cansada y los cuatreros, los cuchilleros, los aventureros
y el gran escorpión de la bohemia nos destinan su sonrisa de degolladores,
echada en sus ojos de cerdo.
Sobre el instante, la polvareda familiar gravita y empuña el
pabellón de los antiguos clanes; tu eres el escudo popular de los
de Rokha: tronchados, desorientados, conmigo a la cabeza de la carreta
grande, tirada por dos inmensos toros muertos, hijos e hijas, nietos y
nietas, yernos y nueras dan la batalla contra la mixtificación tenebrosa
y estupenda de los viejos payasos convertidos en asesinos; a miel envenenada
hiede el ambiente o a calumnia y perro; los chacales se ríen furiosamente
y tremendamente arañan la casa sola como sombra en el arrabal del
mundo, allá en donde remuelen el pelele y la maldición, tierra
de escupos y demagogia, llena de lenguas quemadas; porque mi desesperación
se retuerce las manos como un reo que enfrenta los inquisidores, a cuya
espalda chilla, furiosa la Reacción, como negra perra vieja en celo;
andando por abajo, los degenerados nos aceitan y nos embarran el camino,
a fin de que el cegado por las lágrimas dé el resbalón
mortal y definitivo del que se desploma en el mar rabioso que solloza echando
espuma y se derrumbe horriblemente.
Juramos pelear hasta derrotar al enemigo enmascarado en el enemigo del
pueblo, al calumniador y al difamador con ojo pequeño de ofidio
y las setenta lenguas ajenas de los testigos falsos, a la rana-pulpo-sapo
del sabotaje; juramos solemnemente cortarnos y comernos la lengua antes
de lanzarle al olvido; juramos los látigos de la venganza, porque
es mentira la misericordia y no tememos atacar la eternidad frente a frente,
ensangrentados como pabellones.
Tranco a tranco en el pantano del horror, vi destruir a la naturaleza
en ti el esquema total de lo bello y lo bueno; como un niño loco,
el espanto se ensañó en tu figura incomparable, que no volverá
a lograr nunca jamás la línea de la Humanidad, y caíste
asesinada y pisoteada por lo infinito, tú, que representabas lo
infinito en la vida humana, y el sol de "Dios" en la gran tiniebla del
hombre; caías, pero caía contigo el significado de lo humano,
y en este instante todas las cosas están sin sentido, gritando,
boca abajo, solas, y es fea la tierra; como a aquel infeliz cualquiera
a quien le revuelven la puñalada en el corazón, el perro
idiota de la literatura, vestido de obispo o caracol, levanta la pata y
orina mi tragedia de macho, porque como todo lo hermoso, todo lo vertical,
todo lo heroico se hundió contigo en el abismo, yo soy el viudo
terrible, y acaso la bestia arcaica sublimándose en el intelectual
acusatorio que da lenguaje a las tinieblas; como la naturaleza es descomunal
y sólo lo monstruoso le incumbe íntegramente, su injusticia
fue tenebrosa con tu régimen floral de copa y el destino te cavó
de horror como a una montaña de fuego; sin embargo, como soy humano,
no acepto tu muerte, no creo en tu muerte, no entiendo tu muerte y el andrajo
de mi corazón se retuerce salvajemente y se avalanza contra la muralla
inmortal, contra la muralla desesperada, contra la muralla ensangrentada,
contra la muralla despedazada, que se incendia entre las montañas
y sudando y bramando y sangrando, me revuelco como un toro con tu nombre
sagrado entre los dientes, mordido como el puñal rojo del pirata;
a la espalda aúllan las desorbitadas máscaras gruñendo
entre complejos de buitre aventurero y trajes vacíos, en los que
respiran las épocas demagógicas.
Entre los grandes peñascos apuñalados por el sol, sudando
como soldados de antaño, roídos por inmenso musgo crepuscular
y lágrimas de antiguas botellas, tú y la paloma torcaz de
los desiertos lloran; mar afuera, en el corazón de flor de las mojadas
islas oceánicas, en las que la eternidad se agarra como entraña
de animal vacuno a la soledad de la materia y el gemido de los orígenes
gravita en la gran placenta del agua, tú das la majestad al huracán
por cuyos látigos ruge la muerte su secreto total, tremendo; encima
de los carros de topacio del crepúsculo, tirados por siete caballos
amarillos, cruzados de llamas como Jehová, tú eres el balido
azul de los corderos; aquí, a la orilla de tu sepulcro que ruge,
terrible, en su condición de miel de abejas y de pólvora,
haciendo estallar el huracán sobre los viejos túmulos que
tu vencidad obliga a relampaguear, tú empuñas una gran trompeta
de oro, tal como se empuña una gran bandera de fuego y convocas
a asamblea general de muertos, a fin de arrojar la eternidad contra la
eternidad, como dos peñascos; emerges de entre toneles, como la
voz de las vasijas, y la gran humedad del pretérito, que huele a
fruta madura y a caoba matrimonial, enarbola su pabellón en el corazón
de las bodegas, cuando yo recuerdo tu virginidad resplandeciente...
Condiciona sus muchedumbres la mar-océano del Sur y tu multitud
le responde terriblemente; yo estoy sentado a la orilla del que tanto amabas
mar, y la oceanidad da la tónica al gigante dolor que requiere inmensidades
para manifestarse y el lenguaje de la masa humana o la montaña incendiándose;
remece sus instintos la inmensa bestia oceánica y el crepúsculo
ensangrienta la bandera de los navíos y el cañón funeral
del puerto; el mar y yo bramamos, el mar, el mar, y crujen los huesos tremendos
de Chile, cuando con mi caballo nos bañamos solos en la gran soledad
del mar y el mar prolonga mi relincho con su bramido por todas las costas,
desde las tierras protervas de Babilonia al Mediterráneo celestial
de las tuyas glicinas y a los sangrientos mares vikingos, o arrastra mi
voz tronchada y sangrienta como un capitel roto y mi lenguaje de campanario
que se derrumba en la gran campana del mar, con tu recuerdo gimiendo adentro;
rememoro nuestro matrimonio provincial-marino y la carrera desenfrenada,
desnudos, sobre la arena y el sol; es la mar soberbia, la mar oscura, la
mar grandiosa en la cual gravita el estupor horizontal de humanidad que
azota los vientres de las madres y relumbran las panoplias huracanadas
de los viejos guerreros de hierro, que ascienden y descienden por las arboladuras
como un tigre a una antigua catedral caída; lagrimones de acordeones,
de leones y fantasmas dan al pirata el relumbrón de los atardeceres
y el tajo del rostro atrae el sable crepuscular hacia la figura agigantada;
el ron furioso da gritazos y mordiscos de alcohol degollado a la tiniebla
aventurera y la pólvora roja es rosa de llamas rugiendo con perros
y espadas entre la matanza histórica, adentro de la cual nosotros
dos rajamos el cuaderno de bitácora sobre el acero acerbo del pecho,
que es pluma y rifle, Luisita; asomándome a la descomunal profundidad
heroica, veo lo eterno y tu cara en todo lo hondo; naufragios y guitarras
y el lamento del destierro en los archipiélagos sociales del Tirreno
y el Egeo, se revuelve a la bencina cosmopolita de los grandes Imperios
de hoy, con sus navíos y sus aviones sembrando la sangre en los
mares: pero el tam-tam de los tambores ensangrentados me desgarra el cerebro;
sin embargo, hay dulzuras maravillosas, y te vuelvo a encontrar en esta
gran agua salada por el origen y el olor animal del mundo, con tu melena
de sirena clásica y tu pie marino de conchaperla y aventura.
Braman las águilas del amor eterno en nosotros...
El huracán del amor nos arrasó antaño, y ahora
tu belleza de plenilunio con duraznos, como llorando en la grandeza aterradora,
contiene todo el pasado del ser humano; truenan las grandes vacas tristes
del amanecer y tú rajas la mañana con tu actitud, que es
un puñal quebrado; fuiste "mi dulce tormento" y ahora, Winétt,
como el Arca de la Alianza o como Dionysos, medio a medio de los estuarios
mediterráneos y el de los sargazos mar, entre el régimen
del laurel y el dolorido asfodelo diluído en la colina acumulada
de los héroes, hacia la cual apunta el océano su fusilería
y desde la que emergen los pinos solarios, tú, lo mismo exacto que
a una gran diosa antigua de Asia, la eternidad bravía te circunda;
galopan los cuatro caballos del Apocalipsis, se derrumban las murallas
de Jericó al son de las trompetas que ladran como alas en la degollación
y el Sinaí embiste como el toro egipcio, cuando tu paso de tórtola
hiende los asfaltos ensangrentados de la poesía, gran poetisa-Continente;
y las generaciones de todos los pobres, entre todos los pobres del mundo,
te levantan bajo los palios llagados del sudor popular en el instante en
que tu voz se distiende, creciendo y multiplicándose como el oleaje
de los grandes mares desconocidos, a cuya ribera los hombres crearon los
dioses barbudos del agro y los sentaron y los clavaron en las regiones
acuarias, que eran el llanto de fuego de los volcanes; como fuiste tremendamente
dulce, graciosamente fuerte, pequeñamente grande con lo oscuro y
descomunal del genio en un régimen de corolas, el hijo del pueblo
te entiende; tenías la divina atracción del átomo,
que, al estallar, incendia la tierra, por eso, adentro del silencio mundial,
yo escucho exactamente a la multitud romana o babilónica, arreada
y gobernada a latigazos, a las muchedumbres grecolatinas que poblaron Marsella
de gentes que huelen a ajo, a prostitución, a guitarra, a conspiración,
a sardina y a cuchilla, a tabaco y a sol mojado y caliente como sobaco,
a presidio, a miseria, a heroicidad, a flojera o a tristeza, al vikingo
ladrón, guerrero, viril y sublime en gran hombría y a los
beduinos enfurecidos por el hambre y los desiertos del simoum, áspero
y trágico, y te adoro como a una antigua y oscura diosa en la cual
los pueblos guerreros practicaban la idolatría de lo femenino definitivo
y terrible; forrado en cueros de fuego, montado un caballo de asfalto,
yo voy adentro de la multitud, como una maldición en el cañón
del revólver.
Románico de cúpulas y óperas el atardecer de los
amantes desventurados me encubre, y cae una paloma negra, Luisita-azúcar.
Soplan las ráfagas del dolor su chicotazo vagabundo y la angustia
se clava rugiendo, en fijación tremenda, como un ojo enorme que
quemase, como una gran araña, como un trueno con el reflejo hacia
adentro y la quijada de Caín en el hocico; es entonces cuando arde
el colchón con sudor oscuro de légamo, cuando la noche afila
su cuchilla sin resplandor, cuando el volcán destripa a la montaña
y se parte el vientre terrible, que arroja un caldo de llamas horrendo
y definitivo, cuando lloran todas las cosas un llanto demencial y lluvioso,
cuando el paisaje, que es la corbata de la naturaleza, se raja el corazón
de avena y pan y se repleta de leones; sin embargo, medio a medio de la
catástrofe, se me reconstituye el ser a objeto de que el padecimiento
se encarne más adentro y la llaga, quemada por el horror, se agrande;
con tu ataúd al hombro, resuenan mis trancos en la soledad del siglo,
en la cual gravita el cadáver de Stalin, que es enorme y cubre el
Oriente en mil leguas reales a la redonda, encima de un carro gigante que
arrastran doscientos millones de obreros; semejante a una inmensa cosechadora
de granjeros, la máquina viuda de los panteones degüella las
cabezas negras y la Humanidad brama como vaca en el matadero; yo arrastro
la porquería maldita de la vida como la pierna tronchada un idiota
y espero el veneno del envenenador, la solitaria puñalada literaria
por la espalda, en el minuto crucial de los crepúsculos, el balazo
del hermano en la literatura, como quien aguarda que le llegue un cheque
en blanco desde la otra vida; me da vergüenza ser un ser humano desde
que te vi agonizar defendiéndote, perseguida y acosada por la Eternidad
como una dulce garza por una gran perra sarnosa; como con asco de existir,
duermo como perro solo encima de una gran piedra tremenda, que bramara
en el desierto, hablo con espanto de cortarme la lengua con la cuchilla
de la palabra y quisiera que un dolor físico enorme me situase a
tu altura, medio a medio de este gigante y negro desfile de horror del
cual estalla mi cabeza incendiándose como antigua famosa posada
de vagabundos; no deseo el sol sino llorando y la noche maldita con la
tempestad en el vientre; por degüellos y asesinatos camino, y ando
en campos de batalla, estoy mordido por buitres de negrura, y es de pólvora
y de lágrimas, Luisita-Amor, el gran canasto de violetas, con el
cual me allego a tu sepulcro humildemente; a mi desesperación se
le divisa la cacha del arma de fuego, Luisita-Amor, cuyos grandes frutos
caen...
Éramos Filemón y Baltis de Frigia y el grito conyugal
del mundo, pero se desgarró una gran cadena en la historia y yo
cruzo gritando a la siga del mí mismo que se fue contigo para siempre
nunca, esta gran sonata fúnebre de héroes caídos...
Pablo de Rokha
Estilo Del Fantasma
corre sangre, corren caballos negros, corren sollozos, corre muerte,
y el sol relumbra en materias extrañas.
Sobre el fluir fluyente, abandonado, entre banderas fuertes,
sujeto tu ilusión, como un pájaro rojo,
a la orilla de los dramáticos océanos de números;
y, cuando las viejas águilas,
atardecen tus pupilas de otoño, llenas de pasado guerrero,
y el escorpión del suceder nos troncha la espada,
mi furiosa pasión,
mi soberbia,
mi quemada pasión,
contra "la muerte inmortal", levantándose, frente a frente,
enarbola sus ámbitos,
la marcha contra la nada, a la vanguardia de aquellos ejércitos
tremendos,
en donde relucen las calaveras de los héroes.
Si, el incendio en las últimas cumbres;
guarda las lágrimas en su tinaja el vendimiador de dolores,
y sopla un hálito como trágico,
de tal manera ardido y helado, simultáneamente;
suena el miedo, de ser, entonces.
Encaramados a todos los símbolos,
feas bestias, negras bestias nos arrojan fruta podrida, cocos de tontos
y obscuras imágenes hediondas,
y los degeneras de verula,
vestidos de perras,
largan amarga baba de lacayos sobre nosotros;
es, amiga, la familia del mundo,
no, es la flor del estiércol, es la flor, es la flor morada
y rabiosa de la burguesía;
pero a la medida que nos empequeñecemos de años y de
llantos, para bajar hacia la montaña de abajo,
y la figura de la verdad nos marca la cara,
avanzan hijos e hijas, retozando la historia, derrochando, derramando
grandes copas dulces, y el vino y la miel rosada de la juventud, se
les caen
como la risa a la Rusia soviética;
tú y yo nos miramos y envejecemos, porque nos miramos,
y porque el arte patina las cosas,
levantando su ataúd entre individuo e infinito.
Ahora, si nosotros nos derrumbamos,
con todo aquello que nos amamos y nos besamos, mutuamente, cargados
de vida,
y en lo cual radicó el honor de la existencia,
va a ser ceniza la figura del sexo y de la lengua y del pecho y del
corazón, que ya alumbra,
y en los pies estará todo el peso del mundo,
y ya nos vamos llegando, aproximando a la órbita, llenando de
dispersión, colmando sombra,
y tu belleza batalla contra tu belleza...
Emigran las golondrinas desde tu pelo de pueblos;
el tiempo de las cosechas del trigo y el vino
flamea en tu corazón cubierto de huevos de tiempo y manzanas,
Emigran las golondrinas desde tu pelo de pueblos;
el tiempo de las cosechas del trigo y el vino
flamea en tu corazón cubierto de huevos de tiempo y manzanas,
es decir, como tarde, cuando la tarde arrea sus rebaños;
nosotros dos, nosotros, cómo nos morimos, y cómo,
en ti la niña marchita, tan linda,
entristece de dignidad feliz a la mujer hermosa y profunda, como un
carro de fuego,
en mí, el adolescente agresivo y estusiasta,
yace en este animal desesperado, con pecho tremendo, que agita la dialéctica;
país de soledad, adentro del cual golpea y revienta el océano,
y es una enorme isla, tan pequeña, que da espanto, y gira rugiendo,
porque dos criaturas están abrazadas;
huele a agua mojada, a paloma amarilla, a novela, a laguna, a vasija
de otoño,
y un horizonte de suspiros y sollozos
suspende una gran tormenta sobre las nuestras cabezas;
el pájaro pálido de las hojas cedas
aletea a la ribera de los recuerdos, entre los braseros arrodillados,
y retornan las viejas lámparas del pretérito,
la angustia resplandece, como una virtud, en nosotros,
y el terror de los proletarios abandonados
nos raja el pecho, desde adentro como con fuego tremendo.
Imponente como la popa de un gran barco,
amarillo y espantoso de presencia,
el sol inicia la caída definitiva, tranco a tranco, como el
buey de la tarde eterna;
besos de piedra,
todas las máscaras de dios se despluman,
y caen destrozados los penachos;
un ataúd de fuego grita desde el oriente.
Pablo de Rokha
Genio Y Figura
El canto frente a frente al mismo Satanás,
dialoga con la ciencia tremenda de los muertos,
y mi dolor chorrea de sangre la ciudad.
Aún mis días son restos de enormes muebles viejos,
anoche «Dios» llevaba entre mundos que van
así, mi niña, solos, y tú dices: «te quiero»
cuando hablas con «tu» Pablo, sin oírle jamás.
El hombre y la mujer tienen olor a tumba,
El cuerpo se me cae sobre la tierra bruta
Lo mismo que el ataúd rojo del infeliz.
Enemigo total, aúllo por los barrios,
un espanto más bárbaro, más bárbaro, más bárbaro
que el hipo de cien perros botados a morir.
Pablo Neruda
Y Qué Importancia Tengo Yo
en el tribunal del olvido?
Cuál es la representación
del resultado venidero?
Es la semilla cereal
con su multitud amarilla?
O es el corazón huesudo
el delegado del durazno?
Pablo Neruda
Qué Significa Persistir
en el callejón de la muerte?
En el desierto de la sal
cómo se puede florecer?
En el mar del no pasa nada
hay vestido para morir?
Cuando ya se fueron los huesos
quién vive en el polvo final?
Pablo Neruda
El Amarillo De Los Bosques
es el mismo del año ayer?
Y se repite el vuelo negro
de la tenaz ave marina?
Y donde termina el espacio
se llama muerte o infinito?
Qué pesan más en la cintura,
los dolores o los recuerdos?
Pablo Neruda
Quién Era Aquella Que Te Amó
en el sueño, cuando dormías?
Dónde van las cosas del sueño?
Se van al sueño de los otros?
Y el padre que vive en los sueños
vuelve a morir cuando despiertas?
Florecen las plantas del sueño
y maduran sus graves frutos?
Pablo Neruda
Sufre Más El Que Espera Siempre
que aquel que nunca esperó a nadie?
Dónde termina el arco iris,
en tu alma o en el horizonte?
Tal vez una estrella invisible
será el cielo de los suicidas?
Dónde están las viñas de hierro
de donde cae el meteoro?
Pablo Neruda
No Crees Que Vive La Muerte
dentro del sol de una cereza?
No puede matarte también
un beso de la primavera?
Crees que el luto te adelanta
la bandera de tu destino?
Y encuentras en la calavera
tu estirpe a hueso condenada?
Pablo Neruda
No Será Nuestra Vida Un Túnel
entre dos vagas claridades?
O no será una claridad
entre dos triángulos oscuros?
O no será la vida un pez
preparado para ser pájaro?
La muerte será de no ser
o de sustancias peligrosas?
Pablo Neruda
De Tus Cenizas Nacerán
checoeslovacos o tortugas?
Tu boca besará claveles
con otros labios venideros?
Pero sabes de dónde viene
la muerte, de arriba o de abajo?
De los microbios o los muros,
de las guerras o del invierno?
Pablo Neruda
Por Qué Para Esperar La Nieve
se ha desvestido la arboleda?
Y cómo saber cual es Dios
entre los Dioses de Calcuta?
Por qué viven tan harapientos
todos los gusanos de seda?
Por qué es tan dura la dulzura
del corazón de la cereza?
Es porque tiene que morir
o porque tiene que seguir?
Pablo Neruda
Plenos Poderes
a pleno mar, en donde puedo canto,
sólo la noche errante me detiene
pero en su interrupción recojo espacio,
recojo sombra para mucho tiempo.
El trigo negro de la noche crece
mientras mis ojos miden la pradera
y así de sol a sol hago la llaves:
busco en la oscuridad las cerraduras
y voy abriendo al mar las puertas rotas
hasta llenar armarios con espuma.
Y no me canso de ir y de volver,
no me para la muerte con su piedra,
no me canso de ser y de no ser.
A veces me pregunto si de dónde,
si de padre o de madre o cordillera
heredé los deberes minerales,
los hilos de un océano encendido
y sé que sigo y sigo porque sigo
y canto porque canto y porque canto.
No tiene explicación lo que acontece
cuando cierro los ojos y circulo
como entre dos canales submarinos,
uno a morir me lleva en su ramaje
y el otro canta para que yo cante.
Así pues de no ser estoy compuesto
y como el mar asalta el arrecife
con cápsulas saladas de blancura
y retrata la piedra con la ola,
así lo que en la muerte me rodea
abre en mí la ventana de la vida
y en pleno paroxismo estoy durmiendo.
A plena luz camino por la sombra.
Pablo Neruda
El Toro
sus patas escarbaban el planeta.
Siguió, siguió hasta donde vive el mar.
Llegó a la orilla el más antiguo toro
a la orilla del tiempo, del océano.
Cerró los ojos, lo cubrió la hierba.
Respiró toda la distancia verde.
Y lo demás lo construyó el silencio.
Pablo Neruda
Oda A Las Cosas Rotas
en la casa
como empujadas por un invisible
quebrador voluntario:
no son las manos mías,
ni las tuyas,
no fueron las muchachas
de uña dura
y pasos de planeta:
no fue nada y nadie,
no fue el viento,
no fue el anaranjado mediodía
ni la noche terrestre,
no fue ni la nariz ni el codo,
la creciente cadera,
el tobillo,
ni el aire:
se quebró el plato, se cayó la lámpara,
se derrumbaron todos los floreros
uno por uno, aquél
en pleno octubre
colmado de escarlata,
fatigado por todas las violetas,
y otro vacío
rodó, rodó, rodó
por el invierno
hasta ser sólo harina
de florero,
recuerdo roto, polvo luminoso.
Y aquel reloj
cuyo sonido
era
la voz de nuestras vidas,
el secreto
hilo
de las semanas,
que una a una
ataba tantas horas
a la miel, al silencio,
a tantos nacimientos y trabajos,
aquel reloj también
cayó y vibraron
entre los vidrios rotos
sus delicadas vísceras azules,
su largo corazón
desenrollado.
La vida va moliendo
vidrios, gastando ropas,
haciendo añicos,
triturando
formas,
y lo que dura con el tiempo es como
isla o nave en el mar,
perecedero,
rodeado por los frágiles peligros,
por implacables aguas y amenazas.
Pongamos todo de una vez, relojes,
platos, copas talladas por el frío,
en un saco y llevemos
al mar nuestros tesoros:
que se derrumben nuestras posesiones
en un solo alarmante quebradero,
que suene como un río
lo que se quiebra
y que el mar reconstruya
con su largo trabajo de mareas
tantas cosas inútiles
que nadie rompe
pero se rompieron.
Pablo Neruda
Soneto Xciv - Cien Sonetos De Amor (1959) Noche
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.
No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa.
Es una casa tan grande la ausencia
que pasarás en ella a través de los muros
y colgarás los cuadros en el aire.
Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.
Pablo Neruda
Soneto Xciii - Cien Sonetos De Amor (1959) Noche
si algo deja de andar ardiendo por tus venas,
si tu voz en tu boca se va sin ser palabra,
si tus manos se olvidan de volar y se duermen,
Matilde, amor, deja tus labios entreabiertos
porque ese último beso debe durar conmigo,
debe quedar inmóvil para siempre en tu boca
para que así también me acompañe en mi muerte.
Me moriré besando tu loca boca fría,
abrazando el racimo perdido de tu cuerpo,
y buscando la luz de tus ojos cerrados.
Y así cuando la tierra reciba nuestro abrazo
iremos confundidos en una sola muerte
a vivir para siempre la eternidad de un beso.
Pablo Neruda
Soneto Xc - Cien Sonetos De Amor (1959) Noche
y de cuanto viví sólo a ti te dejaba:
tu boca eran mi día y mi noche terrestres
y tu piel la república fundada por mis besos.
En ese instante se terminaron los libros,
la amistad, los tesoros sin tregua acumulados,
la casa transparente que tú y yo construimos:
todo dejó de ser, menos tus ojos.
Porque el amor, mientras la vida nos acosa,
es simplemente una ola alta sobre las olas,
pero ay cuando la muerte viene a tocar a la puerta
hay sólo tu mirada para tanto vacío,
sólo tu claridad para no seguir siendo,
sólo tu amor para cerrar la sombra.
Pablo Neruda
Soneto Lxxxix - Cien Sonetos De Amor (1959) Noche
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
pasar una vez más sobre mí su frescura:
sentir la suavidad que cambió mi destino.
Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
que huelas el aroma del mar que amamos juntos
y que sigas pisando la arena que pisamos.
Quiero que lo que amo siga vivo
y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
por eso sigue tú floreciendo, florida,
para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
para que se pasee mi sombra por tu pelo,
para que así conozcan la razón de mi canto.
Pablo Neruda
Soneto Lxxiii - Cien Sonetos De Amor (1959) Tarde
que de la oscuridad salió como un cuchillo
y antes de que supiéramos, sabía:
vio el humo y decidió que venía del fuego.
La pálida mujer de cabellera negra
surgió como un pescado del abismo
y entre los dos alzaron en contra del amor
una máquina armada de dientes numerosos.
Hombre y mujer talaron montañas y jardines,
bajaron a los ríos, treparon por los muros,
subieron por los montes su atroz artillería.
El amor supo entonces que se llamaba amor.
Y cuando levanté mis ojos a tu nombre
tu corazón de pronto dispuso mi camino.
Pablo Neruda
Soneto Lxx - Cien Sonetos De Amor (1959) Tarde
por uno de los rayos de tu vida
y a media selva me detiene el agua:
la lluvia que se cae con su cielo.
Entonces toco el corazón llovido:
allí sé que tus ojos penetraron
por la región extensa de mi duelo
y un susurro de sombra surge solo:
Quién es? Quién es? Pero no tuvo nombre
la hoja o el agua oscura que palpita
a media selva, sorda, en el camino,
y así, amor mío, supe que fui herido
y nadie hablaba allí sino la sombra,
la noche errante, el beso de la lluvia.
Pablo Neruda
Soneto Lix - Cien Sonetos De Amor (1959) Tarde
(G.M.)
Pobres poetas a quienes la vida y la muerte
persiguieron con la misma tenacidad sombría
y luego son cubiertos por impasible pompa
entregados al rito y al diente funerario.
Ellos oscuros como piedrecitas ahora
detrás de los caballos arrogantes, tendidos
van, gobernados al fin por los intrusos,
entre los edecanes, a dormir sin silencio.
Antes y ya seguros de que está muerto el muerto
hacen de las exequias un festín miserable
con pavos, puercos y otros oradores.
Acecharon su muerte y entonces la ofendieron:
sólo porque su boca está cerrada
y ya no puede contestar su canto.
Pablo Neruda
No Tan Alto
hay que darse un baño de tumba.
Sin duda todo está muy bien
y todo está muy mal, sin duda.
Van y vienen los pasajeros,
crecen los niños y las calles,
por fin compramos la guitarra
que lloraba sola en la tienda.
Todo está bien, todo está mal.
Las copas se llenan y vuelven
naturalmente a estar vacías
y a veces en la madrugada,
se mueren misteriosamente.
Las copas y los que bebieron.
Hemos crecido tanto que ahora
no saludamos al vecino
y tantas mujeres nos aman
que no sabemos cómo hacerlo.
Qué ropas hermosas llevamos!
Y qué importantes opiniones!
Conocí a un hombre amarillo
que se creía anaranjado
y a un negro vestido de rubio.
Se ven y se ven tantas cosas.
Vi festejados los ladrones
por caballeros impecables
y esto se pasaba en inglés.
Y vi a los honrados, hambrientos,
buscando pan en la basura.
Yo sé que no me cree nadie.
Pero lo he visto con mis ojos.
Hay que darse un baño de tumba
y desde la tierra cerrada
mirar hacia arriba el orgullo.
Entonces se aprende a medir.
Se aprende a hablar, se aprende a ser.
Tal vez no seremos tan locos,
tal vez no seremos tan cuerdos.
Aprenderemos a morir.
A ser barro, a no tener ojos.
A ser apellido olvidado.
Hay unos poetas tan grandes
que no caben en una puerta
y unos negociantes veloces
que no recuerdan la pobreza.
Hay mujeres que no entrarán
por el ojo de una cebolla
y hay tantas cosas, tantas cosas,
y así son, y así no serán.
Si quieren no me crean nada.
Sólo quise enseñarles algo.
Yo soy profesor de la vida,
vago estudiante de la muerte
y si lo que sé no les sirve
no he dicho nada, sino todo.