Temas
Poemas en este tema

Muerte y Luto

Blanca Andreu

Blanca Andreu

Niña De Greyes Delicadamente Doradas

Niña de greyes delicadamente doradas,
niña obsesión de la cigüeña virgen
con mechones de pluma de damasco
que salpicaban muerte,
de la cigüeña loca con alones
de estricnina dorada
que viajaba dejándote un corpóreo perfume,
un pulcro olor a lilas, y a dorados y rudos sueños.
Niña que obedeció al autillo apóstol
y a la mirada turbia de los ojos reales,
con pueriles dibujos de Selene y demás.
Niña de inexistente concierto,
niña de crueles sonatinas y malévolos libros de Tom Wolfe,
o de encajes de brujas para vendar las llagas de los corzos heridos,
de ciervos vulnerados asomados en los oteros místicos,
en los sitios así.
Niña pluscuamperfecto, niña que nunca fuimos,
dilo ahora,
dilo ahora tú, ahora que es tan tarde,
pronuncia el torvo adagio,
pronúnciame la lágrima,
la silueta morada de la yegua,
la del potro que se tendió a tus pies despertando la espuma.
Declama abandonada las palabras de antaño,
sombra de Juan Ramón: Soledad,
te soy fiel
.
Declama desdeñosa las palabras de antaño,
pero no aquella estrofa cortesana,
no hables de reinas blancas como un lirio,
nieves, y Juana ardiendo,
y la melancolía entretejida
del querido Villon,
sino los verbos claros donde poder beber el líquido más triste,
jarros de mar y alivio, ahora que ya es tarde,
alza párvula voz y eco albacea y canta:
Dile a la vida que la recuerdo,
que la recuerdo.


Definitivamente se extravía en un bosque naciente esta muerte pequeña,
el brote del cometa detenido,
esto que nadie salva,
joven volcán de huesos y ráfaga novicia
hecha de pájaro y de párpado y de ola pensante
que ningún libro estofado de oro solar de Italia,
ningún libro de lava
viene a sellar por mí.

Y así la muerte tantas veces escrita
se me vuelve radiante,
y puedo hablar
del deseo y del lacre rubio y ciego en los faros,
del cadáver quimera de la tripulación.

Y así la muerte
se convierte en historia
de aquella niña muda que se ahorcó
con las cuerdas boreales del arpa
porque tenía en la lengua un veneno nupcial.

Definitivamente me extravío acunando camadas de raros epitafios,
niña de grey dorada,
diré a la vida que la recuerdas,
que recuerdas sus líneas conjurando tu sombra,
que recuerdas sus hábitos y su carácter solo,
su laurel ácido, su profunda zarza, su descarado error y sus hordas dolidas,
mientras gatos efesios van llorando a mis pies,
mientras gatas perdidas plateadas
van cuajando su alcurnia en ciprés genealógico y en
álamo,
diré a la vida que te recuerde,
que me recuerde,
ahora,
cuando me alzo con cuerdas capilares y bucles
hasta el desastre de mi cabeza,
hasta el desastre de mis veinte años,
hasta el desastre, luz quebrantahuesos.
468
Blanca Andreu

Blanca Andreu

En Las Cuadras Del Mar Duermen Términos Blancos

En las cuadras del mar duermen términos blancos,
la espuma que crepita, la droga hecha de liquen que mueve a olvidar:
en los establos del mar reina la urraca, la intriga y la discordia,
nueva versión del agua y del bajo oleaje,
nueva versión del agua derramada desde todas las tierras y las tapias del mundo.

Entre los muros del mar callan los abedules que poseen los símbolos del mirlo,
la última voz del bosque,
calla la yedra bárbara que envenenaba ciervos leves como navajas,
el roble boreal,
arrendajos dormidos como libros celestes, incendios y lechuzas de la grava marina.

En las caballerizas del mar, el mar se ahoga con su métrica ardiente,
la flora, las ojivas y las bocas del mar,
concilio de castaños en vilo verdeherido,
y alguien desde muy lejos abdicando, andando desde lejos a morir entre
lejanas ramas empapadas:
alguien desde muy lejos esperando la flora, las ojivas y las bocas del mar.

Entre noviembre y cascos y corolas
el ángel de los remos camina ensangrentado con olor a madera,
con pupila de pájaro el otoño gravita,
acecha el ángel de los cables y las oscuras verjas, los reductos malignos,
y el ángel de la arcilla, matriz de zarza,
polen y estela de placenta que en otoño florece en muerte.

En las caballerizas del mar el mar se ahoga con su métrica ardiente.
Entre los muros del mar callan los abedules que poseen los símbolos del mirlo avisador.
En las cuadras del mar, como en la muerte,
duermen términos blancos.
512
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Y Quisimos Dormir El Sueño Bárbaro

Y quisimos dormir el sueño bárbaro,
negar devotos párpados y el rubor de las damas de satén y jardín,
luchar con hordas bondadosas de búfalos,
dormir eras diurnas y perdidas sobre locomotoras de música brillante,
que adornara con moras los vestidos el implacable dinosaurio obispal,
el búho cárdeno y la tristeza,
chimeneas como tubos de un órgano barroco,
música pterodáctilo: sus alas grandes pobladas de truenos,
su espalda cíclope
de reactor clavecín.

Y quisimos dormir sobre un verso nervioso del rayo,
sobre el óleo morado de las carbonerías,
sin nanas de corcheas, corcheas auténticas,
acuarelas de lilas posesivas como una bendición.

Y quisimos dormir con la métrica rara del raro maremoto
y con la lengua llena de espuma de colegio.
Es así, nos dijimos, la tímida muerte,
es así la tímida vida,
no el éxtasis, sino el encaje oscuro del salitre
dibujando libélulas y árboles de tinta,
saliva que no escribe dorados serventeios*
ni plata de alquitrán.

Y quisimos dormir así, vértigos-velas para llegar adónde,
pero escuchadme, cómo hacer de otro modo,
cómo hacer de la tarde un pálido papel para rasgar o estucarlo con oros,
cómo hacer mutaciones, piedras filosofales,
y cómo apoderarse de algas y catedrales y de la lágrima de luz y terciopelo de la virgen Virginia que alienta los silencios,
que ondea disfrazada de Ofelia por los lagos.

No tuvimos cavernas palaciegas, ni manuscritos en cuevas ni palomas,
sólo balcones para inventar tormentas y desatar el espectáculo,
sólo vagos balcones donde el labio de las plantas humea
y saja el corazón y lo secciona en láminas de muerte repentina,
en las antiguas láminas de mica
que, ya lo dije, irradia angustia, espejos.
486
Blanca Andreu

Blanca Andreu

Muerte En El Tiempo Grávido De Palomas Marchitas

Muerte en el tiempo grávido de palomas marchitas,
en el lacrimatorio que me ofrece la maloliente tinta de mayo.
agonía del cauce en mi cintura y en la cintura de veleros negros,
agonía de una ojiva de agua,
mayo, mayo, poema oval, resplandor y salto al vacío,
una estrella de nervios que no tiene piedad.

Mayo con astas locas, mayo ciervo de fiebre,
mayo hocico de piélago me mordió el cinturón de la temperatura,
mayo de fiebres malvas y ciervo emborrachado de glóbulos celestes
en el sol tembloroso del ventrílocuo,
pequeño ciervo solo que devoto bebió
toda la sed dorada de las arterias.

Quise una enfermedad como un áncora cierta
para las horas que se desmienten,
áncora para el músico multiengendrador,
áncora para Bach y sus duros acólitos, y para la enramada matemática
y para todo lo que no me existe.

Quise la muerte para una sábana díscola, para el poeta y su bisturí,
para el libro y su verde más íntimo,
para el tono y su garganta ardiendo.

Quise la muerte para unos ojos sin norte,
para unos ojos de brújula sacra,
para los ojos jóvenes que se izan
a leer la estrella agreste de las diez.

Ojos, los ojos míos,
o bien ojos litúrgicos, agrandados de antorchas,
los ojos que grabaron con iniciales góticas
en el alma guerrera de un niño de diez años,
ojos de lirio helado en alfileres:
clavados en el mar de los taxidermistas.

Pero hablemos de ojos que desvanecen
las lámparas sin ti,
hablemos de las ardida vincas de alcohol que tanto sufren,
mientras escribo versos como algas votivas,
como alambres de lágrimas, mientras siento tu noche y dinastía.

Amor, he roto el níquel de tu palabra desventurada y perfecta.
Amor, dolidas crines de arcángeles caballos se peinan con colonia de tristeza,
porque es mayo, mayo poema oval, mayo muerte levante,
muerte para la hoja del pájaro trágico que se desposa con nadie,
muerte para los niños que acechan la cama de nadie,
muerte para los jóvenes que como yo no sueñan y la
lúcida rana prima donna;
muerte para los sapos que acechan el rubor
de la charca clarísima
y el tono sonrosado de la ópera,
muerte en el tiempo grávido de palomas marchitas,
muerte para sus travesías delicadas,
y para la tormenta loca como una abadesa loca,
muerte para la ropa íntima que estremecía a Baudelaire,
muerte para el desnudo vino verde,
para la piedra en celo y el saludo celeste de mayo,
y el grito equino de las madrugadas de mayo,
muerte para la angustia caligráfica ahogada
en el lacrimatorio que me ofrece la maloliente tinta de mayo.
448
Alfonsina Storni

Alfonsina Storni

Letanías De La Tierra Muerta

Llegará un día en que la raza humana

Se habrá secado como planta vana,

Y el viejo sol en el espacio sea

Carbón inútil de apagada tea.

Llegará un día en que el enfriado mundo

Será un silencio lúgubre y profundo:

Una gran sombra rodeará la esfera

Donde no volverá la primavera;

La tierra muerta, como un ojo ciego,

Seguirá andando siempre sin sosiego,

Pero en la sombra, a tientas, solitaria,

Sin un canto, ni un ¡ay!, ni una plegaria.

Sola, con sus criaturas preferidas

En el seno cansadas y dormidas.

(Madre que marcha aún con el veneno

de los hijos ya muertos en el seno.)

Ni una ciudad de pie... Ruinas y escombros

Soportará sobre los muertos hombros.

Desde allí arriba, negra la montaña

La mirará con expresión huraña.

Acaso el mar no será más que un duro

Bloque de hielo, como todo oscuro.

Y así, angustiado en su dureza, a solas

Soñará con sus buques y sus olas,

Y pasará los años en acecho

De un solo barco que le surque el pecho.

Y allá, donde la tierra se le aduna,

Ensoñará la playa con la luna,

Y ya nada tendrá más que el deseo,

Pues la luna será otro mausoleo.

En vano querrá el bloque mover bocas

Para tragar los hombres, y las rocas

Oír sobre ellas el horrendo grito

Del náufrago clamando al infinito:

Ya nada quedará; de polo a polo

Lo habrá barrido todo un viento solo:

Voluptuosas moradas de latinos

Y míseros refugios de beduinos;

Oscuras cuevas de los esquimales

Y finas y lujosas catedrales;

Y negros, y amarillos y cobrizos,

Y blancos y malayos y mestizos


Se mirarán entonces bajo tierra

Pidiéndose perdón por tanta guerra.

De las manos tomados, la redonda

Tierra, circundarán en una ronda.

Y gemirán en coro de lamentos:

¡Oh cuántos vanos, torpes sufrimientos!

—La tierra era un jardín lleno de rosas

Y lleno de ciudades primorosas;

—Se recostaban sobre ríos unas,

Otras sobre los bosques y lagunas.

—Entre ellas se tendían finos rieles,

Que eran a modo de esperanzas fieles,

—Y florecía el campo, y todo era

Risueño y fresco como una pradera;

—Y en vez de comprender, puñal en mano

Estábamos, hermano contra hermano;

—Calumniábanse entre ellas las mujeres

Y poblaban el mundo mercaderes;

—Íbamos todos contra el que era bueno

A cargarlo de lodo y de veneno...

—Y ahora, blancos huesos, la redonda

Tierra rodeamos en hermana ronda.

—Y de la humana, nuestra llamarada,

¡Sobre la tierra en pie no queda nada!


* * *

Pero quién sabe si una estatua muda

De pie no quede aún sola y desnuda.

Y así, surcando por las sombras, sea

El último refugio de la idea.

El último refugio de la forma

Que quiso definir de Dios la norma

Y que, aplastada por su sutileza,

Sin entenderla, dio con la belleza.

Y alguna dulce, cariñosa estrella,

Preguntará tal vez: ¿Quién es aquélla?

¿Quién es esa mujer que así se atreve,

Sola, en el mundo muerto que se mueve?

Y la amará por celestial instinto

Hasta que caiga al fin desde su plinto.

Y acaso un día, por piedad sin nombre

Hacia esta pobre tierra y hacia el hombre,

La luz de un sol que viaje pasajero

Vuelva a incendiarla en su fulgor primero,

Y le insinúe: Oh fatigada esfera:

¡Sueña un momento con la primavera!

—Absórbeme un instante: soy el alma

Universal que muda y no se calma...


¡Cómo se moverán bajo la tierra

Aquellos muertos que su seno encierra!


¡Cómo pujando hacia la luz divina

Querrán volar al que los ilumina!

Mas será en vano que los muertos ojos

Pretendan alcanzar los rayos rojos.

¡En vano! ¡En vano!... ¡Demasiado espesas

Serán las capas, ay, sobre sus huesas!...

Amontonados todos y vencidos,

Ya no podrán dejar los viejos nidos,

Y al llamado del astro pasajero,

Ningún hombre podrá gritar: ¡Yo quiero!...

1.018