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Poemas en este tema

Soledad

Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Por Vocación De Dado

A lo fugaz perpetuo
y sus hipoteseres
a la deriva al vértigo
al sublatir al máximo las reverberalíbido
al desensueño al alba a los cornubios dime sin titilar por ímpetu
de bumerang de encelo
de gravitante acólito de tanto móvil tránsfuga
cocoterráqueo efímero
y otros ripios del tránsito
meditaturbio exóvulo
espiritado en Virgo en decúbito en trance en aluvión
de incógnitas
con más de un muerto huésped rondando la infraniebla
del dédalo encefálico
junto a precoces ceros esterosentes dime al codeleite mudo del mimo
mimo mixto
al desmelar los senos
o al trasvestirme de ola de sótano de ausencia de caminos de
pájaros que lindan con la infancia
animamantemente me di por dar por tara por vocación de dado
por hacer noche solo entre amantes fogatas desinhalar lo hueco y encontrarme
inhallable
hora tras otra lacra más y más cavernoso
menos volátil paria
más total seudo apoeta con esqueleto topo y suspensivas nueces
de apetencias atávicas
al azar dime al gusto a las adultas menguas a las escleropsiquis
al romo tedio al pasmo al exprimir las equis a la veinteava esencia
y degustar los filtros del desencantamiento
o revertir mi arena en clepsidras sexuadas
y sincopar la cópula
me di me doy me he dado donde lleva la sangre
prostitutivamente
por puro pleno pánico de adherir a lo inmóvil
del yacer sin orillas
sin fe sin mí sin pauta sin sosías sin lastre sin máscara
de espera
ni levitarme en busca del muy Señor nuestro ausente en todo
caso y tiempo y modo y sexo y verbo que fecundó el vacío
obnubilado
inserto en el dislate cosmos, a todo todo dime alirrampantemente
para abusar del aire del sueño de lo vivo y redarme y masdarme
hasta el último dengue

y entorpecer la nada
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Con Frecuencia Voy A Visitar A Un Pariente Que Vive En Los Alrededores

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Con frecuencia voy a visitar a un pariente que vive en los alrededores.
Al pasar por alguna de las estaciones —¡no falla ni por
casualidad!— el tren salta sobre el andén, arrasa los equipajes,
derrumba la boletería, el comedor. Los vagones se trepan los
unos sobre los otros. El furgón se acopla con la locomotora. No
hay más que piernas y brazos por todas partes: bajo los
asientos, entre los durmientes de la vía, sobre las redes donde
se colocan las valijas.

De mi compartimento sólo queda un pedazo de puerta. Echo a un
lado los cadáveres que me rodean. Rectifico la latitud de mi
corbata, y salgo, lo más campante, sin una arruga en el
pantalón o en la sonrisa.

Aunque preveo lo que sucederá, otras veces me embarco, con la
esperanza de que mis presentimientos resulten inexactos.


Los pasajeros son los mismos de siempre. Está el marido
adúltero, con su sonrisa de padrillo. Está la
señorita cuyos atractivos se cotizan en proporción
directa al alejamiento de la costa. Está la señora foca,
la señora tonina; el fabricante de artículos de goma, que
apoyado sobre la borda contempla la inmensidad del mar y lo
único que se le ocurre es escupirlo.

Al tercer día de navegar se oye —¡en plena noche!— un
estruendo metálico, intestinal.

¡Mujeres semidesnudas! ¡Hombres en camiseta!
¡Llantos! ¡Plegarias! ¡Gritos!...

Mientras los pasajeros se estrangulan al asaltar los botes de
salvamento, yo aprovecho un bandazo para zambullirme desde la cubierta,
y ya en el mar, contemplo —con impasibilidad de corcho— el
espectáculo.

¡Horror! El buque cabecea, tiembla, hunde la proa y se sumerge.

¿Tendré que convencerme una vez más que soy el
único sobreviviente?

Con la intención de comprobarlo, inspecciono el sitio del
naufragio. Aquí un salvavidas, una silla de mimbre...
Allá un cardumen de tiburones, un cadáver flotante...

Calculo el rumbo, la distancia, y después de batir todos los
récores del mundo, entro, el octavo día, en el puerto de
desembarque.

Mis amigos, la gente que me conoce, las personas que saben de
cuántas catástrofes me he librado, supusieron, en el
primer momento, que era una simple casualidad, pero al comprobar que la
casualidad se repetía demasiado, terminaron por considerarla una
costumbre, sin darse cuenta que se trata de una verdadera
predestinación.

Así como hay hombres cuya sola presencia resulta de una eficacia
abortiva indiscutible, la mía provoca accidentes a cada paso,
ayuda al azar y rompe el equilibrio inestable de que depende la
existencia.

¡Con qué angustia, con qué ansiedad
comprobé, durante los primeros tiempos, esta propensión
al cataclismo!... ¡La vida se complica cuando se hallan escombros
a cada paso! ¡Pero es tal la fuerza de la costumbre!...
Insensiblemente uno se habitúa a vivir entre cadáveres
desmenuzados y entre vidrios rotos, hasta que se descubre el encanto de
las inundaciones, de los derrumbamientos, y se ve que la vida solo
adquiere color en medio de la desolación y del desastre.

¡Saber que basta nuestra presencia para que las cariátides
se cansen de sostener los edificios públicos y fallezcan —entre
sus capiteles, entre sus expedientes— centenares de prestamistas, que
se alimentaban de empleados... ¡públicos!... y de
garbanzos!

¡Saborear —como si fuese mazamorra— los temblores que provoca
nuestra mirada; esos terremotos en los que las bañaderas se
arrojan desde el octavo piso, mientras perecen enjauladas en los
ascensores, docenas de vendedoras rubias, y que sin embargo se llamaban
Esther!

¿Verdad que ante la magnificencia de tales espectáculos,
pierden todo atractivo hasta los paisajes de montañas, mucho
mejor formadas que las nalgas de la Venus de Milo?

El exotismo de las mariposas o de los mastodontes, los ritos de la
masonería o de la masticación —al menos en lo que a
mí se refieren— no consiguen interesarme. Necesito esqueletos
pulverizados, decapitaciones ferroviarias, descuartizamientos
inidentificables, y es tan grande mi amor por lo espectacular, que el
día en que no provoco ningún cortocircuito, sufro una
verdadera desilusión.

En estas condiciones, mi compañía resultará lo
intranquilizadora que se quiera.

¿Tengo yo alguna culpa en preferir las quemaduras a las
colegialas de tercer grado?

Aunque la mayoría de los hombres se satisfaga con rumiar el
sueño y la vigilia con una impasibilidad de cornudo, quien haya
pernoctado entre cadáveres vagabundos comprenderá que el
resto me parezca melaza, nada más que melaza.

Yo soy —¡qué le vamos a hacer!—un hombre
catastrófico, y así como no puedo dormir antes que se
derrumben, sobre mi cama, los bienes, y los cuerpos de los que habitan
en los pisos de arriba, no logro interesarme por ninguna mujer, si no
me consta, que al estrecharla entre mis brazos, ha de declararse un
incendio en el que perezca carbonizada... ¡la pobrecita!
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Exigió Que Sus Esclavos Le Escupieran La Frente

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Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.

¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?

Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.

El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?

Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.

Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.

¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!

Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.

Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.

Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.

En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Si Hubiera Sospechado Lo Que Se Oye Después De Muerto

11

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.

Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.

¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!

Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.

Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.

Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.

De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.

Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.

Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.

¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

¿nos Olvidamos, A Veces, De Nuestra Sombra

9

¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?

Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.

Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.

¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?

La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.

Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.

Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Mis Nervios Desafinan Con La Misma Frecuencia Que Mis Primas

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Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por
casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la
cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el
techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido
tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún
precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.

Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se
entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que
me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es
rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el
pañuelo un cadáver de cucaracha.

Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron
hace tres años. Mi riñón derecho es un
maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo
de la Facultad de Medicina. Soy poliglota y tartamudo. He perdido, a la
lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de
firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con
una cacatúa.

Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi
aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un
coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el
bostezo de las camas deshechas, no siento ninguna propensión por
empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se
equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.

En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una
cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un
cigarrillo.
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Nicanor Parra

Nicanor Parra

Soliloquio Del Individuo

Yo soy el Individuo.
Primero viví en una roca
(Allí grabé algunas figuras).
Luego busqué un lugar más apropiado.
Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos,
Buscar peces, pájaros, buscar leña,
(Ya me preocuparía de los demás asuntos).
Hacer una fogata,
Leña, leña, dónde encontrar un poco de leña,
Algo de leña para hacer una fogata,
Yo soy el Individuo.
Al mismo tiempo me pregunté,
Fui a un abismo lleno de aire;
Me respondió una voz:
Yo soy el Individuo.
Después traté de cambiarme a otra roca,
Allí también grabé figuras,
Grabé un río, búfalos,
Grabé una serpiente,
Yo soy el Individuo.
Pero no. Me aburrí de las cosas que hacía,
El fuego me molestaba,
Quería ver más,
Yo soy el Individuo.
Bajé a un valle regado por un río,
Allí encontré lo que necesitaba,
Encontré un pueblo salvaje,
Una tribu,
Yo soy el Individuo.
Vi que allí se hacían algunas cosas,
Figuras grababan en las rocas,
Hacían fuego, ¡también hacían fuego!
Yo soy el Individuo.
Me preguntaron que de dónde venía.
Contesté que sí, que no tenía planes determinados,
Contesté que no, que de ahí en adelante.
Bien.
Tomé entonces un trozo de piedra que encontré en un río
Y empecé a trabajar con ella,
Empecé a pulirla,
De ella hice una parte de mi propia vida.
Pero esto es demasiado largo.
Corté unos árboles para navegar,
Buscaba peces,
Buscaba diferentes cosas,
(Yo soy el Individuo).
Hasta que me empecé a aburrir nuevamente.
Las tempestades aburren,
Los truenos, los relámpagos,
Yo soy el Individuo.
Bien. Me puse a pensar un poco,
Preguntas estúpidas se me venían a la cabeza.
Falsos problemas.
Entonces empecé a vagar por unos bosques.
Llegué a un árbol y a otro árbol,
Llegué a una fuente,
A una fosa en que se veían algunas ratas:
Aquí vengo yo, dije entonces,
¿Habéis visto por aquí una tribu,
Un pueblo salvaje que hace fuego?
De este modo me desplacé hacia el oeste
Acompañado por otros seres,
O más bien solo.
Para ver hay que creer, me decían,
Yo soy el Individuo.
Formas veía en la obscuridad,
Nubes tal vez,
Tal vez veía nubes, veía relámpagos,
A todo esto habían pasado ya varios días,
Yo me sentía morir;
Inventé unas máquinas,
Construí relojes,
Armas, vehículos,
Yo soy el Individuo.
Apenas tenía tiempo para enterrar a mis muertos,
Apenas tenía tiempo para sembrar,
Yo soy el Individuo.
Años más tarde concebí unas cosas,
Unas formas,
Crucé las fronteras
Y permanecí fijo en una especie de nicho,
En una barca que navegó cuarenta días,
Cuarenta noches,
Yo soy el Individuo.
Luego vinieron unas sequías,
Vinieron unas guerras,
Tipos de color entraron en el valle,
Pero yo debía seguir adelante,
Debía producir.
Produje ciencia, verdades inmutables,
Produje tanagras,
Di a luz libros de miles de páginas,
Se me hinchó la cara,
Construí un fonógrafo,
La máquina de coser,
Empezaron a aparecer los primeros automóviles.
Yo soy el Individuo.
Alguien segregaba planetas,
¡Árboles segregaba!
Pero yo segregaba herramientas,
Muebles, útiles de escritorio,
Yo soy el Individuo.
Se construyeron también ciudades,
Rutas,
Instituciones religiosas pasaron de moda,
Buscaban dicha, buscaban felicidad,
Yo soy el Individuo.
Después me dediqué mejor a viajar,
A practicar, a practicar idiomas,
Idiomas,
Yo soy el Individuo.
Miré por una cerradura,
Sí, miré, qué digo, miré,
Para salir de la duda miré,
Detrás de unas cortinas,
Yo soy el Individuo.
Bien.
Mejor es tal vez que vuelva a ese valle,
A esa roca que me sirvió de hogar,
Y empiece a grabar de nuevo,
De atrás para adelante grabar
El mundo al revés.
Pero no: la vida no tiene sentido.
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Nicanor Parra

Nicanor Parra

La Víbora

Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable
Sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
Trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
Llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
A la luz de la luna realizar pequeños robos,
Falsificaciones de documentos comprometedores,
So pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.
En horas de comprensión solíamos concurrir a los parques
Y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,
O nos íbamos a un café danzante
Donde nos entregábamos a un baile desenfrenado
Que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.
Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar
Con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita
Y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.
Me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.
Mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes
Que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.
Apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,
Exigiéndome perentoriamente que besara su boca
Y que contestase sin dilación sus necias preguntas,
Varias de ellas referentes a la eternidad y a la vida futura
Temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,
Zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas, desvanecimientos prematuros
Que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba
Para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo
Y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.
Esta situación se prolongó por más de cinco años.
Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda
Que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.
(Algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel
Para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana).

Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas
En el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;
No me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado
Y me acusaba de haber arruinado su juventud:
Lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez
Y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda,
Pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios
Entonces hube de salir a la calle a vivir de la caridad pública,
Dormir en los bancos de las plazas,
Donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía
Entre las primeras hojas del otoño.
Felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,
Porque cierta vez en que yo me encontraba en una plaza también
Posando frente a una cámara fotográfica
Unas deliciosas manos femeninas me vendaron de pronto la vista
Mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.
Tú eres mi amor, respondí con serenidad.
¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,
Permite que me siente en tus rodillas una vez más!
Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora provista de un pequeño taparrabos.
Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes:
Me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó,
Allí pienso construir una especie de pirámide.
En la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.
Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogado,
Dispongo de buen capital;
Dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó
Lejos del mundo construyamos nuestro nido.
Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza,
Piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer
Puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.
Mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,
Me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,
Tráeme un poco de agua, mujer,
Consígueme algo de comer en alguna parte,
Estoy muerto de hambre,
No puedo trabajar más para ti,
Todo ha terminado entre nosotros.
1.150