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Poemas en este tema

Soledad

David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

La Brumosa Casa

No hay para qué llamar, porque está franca
la puerta principal, de anciano cedro.
Hace un leve chirrido
al entreabrirse, a modo del lamento
de la seda graciosa que se rasga
por el imperio de las manos diestras.
Y de manos a boca está el vestíbulo
donde se alza un oscuro paragüero
de madera pulida,
frente al que un gran espejo veneciano
va guardando la historia
del día —cada día—,
que en oblicuo lenguaje de reflejos
le cuenta el tragaluz.
Una hermosísima
sala de muebles blancos, impecables,
parece estar dispuesta
para la fiel visita de la tarde,
de seguro apacible y numerosa,
aunque al ver ese espacio tan armónico
uno presiente que alguien
vendrá con la inquietud a flor del ánima,
y acaso en algún gesto sin mesura
peligren las esbeltas porcelanas,
que están por eso en sitios resguardados,
como al amparo de los imprudentes.

En contraste sutil
con el temor del hielo quebradizo,
se reparten los búcaros repletos,
sobre todo los nidos de jazmines,
de los que sube el vuelo del aroma
con timidez de pájaro extasiado.

Adentro tiemblan ruidos
de premura doméstica,
algún roce instantáneo de cristales,
una curiosa animación de lozas,
como si dedos finos aprestaran
los ofertorios del café o del vino,
según el temple de los allegados
y la tranquila veleidad del tiempo.
La luz es tenue, huraña,
repetida en cornisas y rincones,
para que se diluya entre los rostros
una gasa foliar, discreta y mágica.
Al fondo, tras la puerta transparente,
puede verse la pérgola arreglada
con un esmero de jardín nostálgico,
y más allá, la nitidez del campo
bordeado de cipreses,
altos como los negros campaniles
de una ciudad perdida en la memoria.

En el clima interior todo reposa,
como si el aire apenas recordara
que es fluido respetable;
pero al sentir la paz del hondo aliento
que adormece los pulsos de la sangre,
casi se escucha un giro de vilanos
en torno a la agonía del silencio.

Se puede entrar, entonces,
sin que se oigan los pasos.
Está abierta
la puerta, suave y sólida.
Algo impulsa hacia adentro, aunque algo frene
ese impulso sensible y poderoso.
Y es natural que haya un pavor inerme
al trasponer la línea del umbral.
Porque es antigua casa es el Olvido.
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Dámaso Alonso

Dámaso Alonso

A Un Río Le Llaman Carlos

Yo me senté en la orilla;

quería preguntarte, preguntarme tu secreto;

convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven;

y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te llaman Carlos).


Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte

por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.

Dímelo, río,

y dime, di, por qué te llaman Carlos.


Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras

(genero, especie)

y qué eran, qué significaban «fluir»,
«fluido», «fluente»;

qué instante era tu instante

cuál de tus mil reflejos, tu ;reflejo absoluto

yo quería indagar el último recinto de tu vida

tu unicidad, esa alma de agua única,

por la que te conocen por Carlos.


Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, que fluye

entre edificios nobles, a Minerva sagrados

y entre hangares que anuncios y consignas coronan.

Y el río fluye y fluye, indiferente.

A veces, suburbana, verde, una sonrisilla

de hierba se distiende, pegada a la ribera.

Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada del invierno para
pensar por qué los ríos

siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.

Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.


Y tu fluías, fluías, sin cesar, indiferente

y no escuchabas a tu amante extático

que te miraba preguntándote

como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye un alma por los ojos,

y si en su sima el mundo será todo luz blanca

o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que
besa.

Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra de
los quince años,

entre fiebres oscuras y los días—qué verano— tan lentos.

Yo quería que me revelaras el secreto de la vida

y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.


Yo no sé por qué me he puesto tan triste, contemplando

el fluir de este río

Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién
las llora.

El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé
quién la llora.

Pero sé que la tristeza es gris y fluye.

Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.

Todo lo que fluye es lágrimas.

Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la
tristeza.

Como yo no sé quién te llora, río Carlos,

como yo no sé por qué eres una tristeza

ni por qué te llaman Carlos.


Era bien de mañana cuando yo me he sentado a contemplar el
misterio fluyente de este río,

y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.

Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;

preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:

¿qué buscan los ríos?, ¿qué es un
río?

Dime, dime qué eres, qué buscas,

río, y por qué te llaman Carlos.


Y ahora me fluye dentro una tristeza,

un río de tristeza gris,

con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.

Tengo frío en el alma y en los pies.

Y el sol se pone.

Ha debido pasar mucho tiempo.

Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.

Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo
lentísimo.

Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un
río indiferente.

Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo

desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas

de esta tristeza, de este

río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.

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Juan de Tassis y Peralta

Juan de Tassis y Peralta

César Vallejo

César Vallejo

En Suma, No Poseo Para Expresar Mi Vida, Sino Mi Muerte

En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte.

Y, después de todo, al cabo de la escalonada naturaleza y del
gorrión en bloque, me duermo, mano a mano con mi sombra.

Y, al descender del acto venerable y del otro gemido, me reposo
pensando en la marcha impertérrita del tiempo.

¿Por qué la cuerda, entonces, si el aire es tan sencillo?
¿Para qué la cadena, si existe el hierro por sí
solo?

César Vallejo, el acento con que amas, el verbo con que
escribes, el vientecillo con que oyes, sólo saben de ti por tu
garganta.

César Vallejo, póstrate, por eso, con indistinto orgullo,
con tálamo de ornamentales áspides y exagonales ecos.

Restitúyete al corpóreo panal, a la beldad; aroma los
florecidos corchos, cierra ambas grutas al sañudo antropoide;
repara, en fin, tu antipático venado; tente pena.

¡Que no hay cosa más densa que el odio en voz pasiva, ni
más mísera ubre que el amor!

¡Que ya no puedo andar, sino en dos harpas!

¡Que ya no me conoces, sino porque te sigo instrumental,
prolijamente!

¡Que ya no doy gusanos, sino breves!

¡Que ya te implico tánto, que medio que te afilas!

¡Que ya llevo unas tímidas legumbres y otras bravas!

Pues el afecto que quiébrase de noche en mis bronquios, lo
trajeron de día ocultos deanes y, si amanezco pálido, es
por mi obra: y, si anochezco rojo, por mi obrero. Ello explica,
igualmente, estos cansancios míos y estos despojos, mis famosos
tíos. Ello explica, en fin, esta lágrima que brindo por
la dicha de los hombres.

¡César Vallejo, parece
mentira que así tarden tus parientes,
sabiendo que ando cautivo,
sabiendo que yaces libre!
¡Vistosa y perra suerte!
¡César Vallejo, te odio con ternura!
510
César Vallejo

César Vallejo

Traspié Entre Dos Estrellas

Traspié entre dos estrellas
¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tánto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, ñpor orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez; amado sea
el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!
1.742
César Vallejo

César Vallejo

De Disturbio En Disturbio

De disturbio en disturbio
subes a acompañarme a estar solo;
yo lo comprendo andando de puntillas,
con un pan en la mano, un camino en el pie
y haciendo, negro hasta sacar espuma,
mi perfil su papel espeluznante.

Ya habías disparado para atrás tu violencia
neumática, otra época, mas luego
me sostienes ahora en brazo de honra fúnebre
y sostienes el rumbo de las cosas en brazo de honra fúnebre,
la muerte de las cosas resumida en brazo de honra fúnebre.

Pero, realmente y puesto
que tratamos de la vida,
cuando el hecho de entonces eche crin en tu mano,
al seguir tu rumor como regando,
cuando sufras en suma de kanguro,
olvídame, sosténme todavía, compañero de
cantidad pequeña,
azotado de fechas con espinas,
olvídame y sosténme por el pecho,
jumento que te paras en dos para abrazarme;
duda de tu excremento unos segundos,
observa cómo el aire empieza a ser el cielo levantándose,
hombrecillo,
hombrezuelo,
hombre con taco, quiéreme, acompáñame...

Ten presente que un día
ha de cantar un mirlo de sotana
sobre mi tonelada ya desnuda.
(Cantó un mirlo llevando las cintas de mi gramo entre su pico)
Ha de cantar calzado de este sollozo innato,
hombre con taco,
y, simultánea, doloridamente,
ha de cantar calzado de mi paso,
y no oírlo, hombrezuelo, será malo,
será denuesto y hoja,
pesadumbre, trenza, humo quieto.

Perro parado al borde de una piedra
es el vuelo en su curva;
también tenlo presente, hombrón hasta arriba.
Te lo recordarán el peso bajo, de ribera adversa,
el peso temporal, de gran silencio,
más eso de los meses y aquello que regresa de los años.
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César Vallejo

César Vallejo

Parado En Una Piedra

Parado en una piedra,
desocupado,
astroso, espeluznante,
a la orilla del Sena, va y viene.
Del río brota entonces la conciencia,
con peciolo y rasguños de árbol ávido:
del río sube y baja la ciudad, hecha de lobos abrazados.

El parado la ve yendo y viniendo,
monumental, llevando sus ayunos en la cabeza cóncava,
en el pecho sus piojos purísimos
y abajo
su pequeño sonido, el de su pelvis,
callado entre dos grandes decisiones,
y abajo,
más abajo,
un papelito, un clavo, una cerilla...

¡Este es, trabajadores, aquel
que en la labor sudaba para afuera,
que suda hoy para adentro su secreción de sangre rehusada!
Fundidor del cañón, que sabe cuántas zarpas son
acero,
tejedor que conoce los hilos positivos de sus venas,
albañil de pirámides,
constructor de descensos por columnas
serenas, por fracasos triunfales,
parado individual entre treinta millones de parados,
andante en multitud,
¡qué salto el retratado en su talón
y qué humo el de su boca ayuna, y cómo
su talle incide, canto a canto, en su herramienta atroz, parada,
y qué idea pie dolorosa válvula en su pómulo!

También parado el hierro frente al horno,
paradas las semillas con sus sumisas síntesis al aire,
parados los petróleos conexos,
parada en sus auténticos apóstrofes la luz,
parados de crecer los laureles,
paradas en un pie las aguas móviles
y hasta la tierra misma, parada de estupor ante este paro,
¡qué salto el retratado en su tendones!
¡qué transmisión entablan sus cien pasos!
¡cómo chilla el motor en su tobillo!
¡cómo gruñe el reloj, paseándose impaciente
a sus espaldas!
¡cómo oye deglutir a los patrones
el trago que le falta, camaradas,
y el pan que se equivoca de saliva,
y, oyéndolo, sintiéndolo, en plural, humanamente,
¡cómo clava el relámpago
su fuerza sin cabeza en su cabeza!
y lo que hacen, abajo, entonces, ¡ay!
más abajo, camaradas,
el papelucho, el clavo, la cerilla,
el pequeño sonido, el piojo padre!
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