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Tristeza y Melancolía

Alí Chumacero

Alí Chumacero

A Una Estatua

Cesa tu voz y muere
sobre tus labios mi alegría.
No habrá palabra que en tu piel levante
ni un incierto sabor de brisa oscurecida
como el recuerdo que en mis ojos deja
el paso de tu aliento,
porque vives inmersa en tu silencio,
impenetrable a mis sentidos
y si mis manos en tu piel se posan
inclinas la cabeza,
navegas en un tiempo que escucha tu latido,
y entre sus aguas, inundándote
bajo la tersa forma de su espejo,
estás abandonada,
próxima a ser violenta permanencia,
enemiga de olvidos,
casi perdida en íntima zozobra
y sin más voluntad
que la crueldad entre tus labios muda.

Torna tu cuerpo ahora, vuelve el rostro,
mírate así, segura y desplomada
hacia un estanque donde mora el miedo,
donde sólo hay imágenes
y el cuerpo deja su cautivo duelo
para entrar en la fuente de su origen.
Verás nacer el sueño de tu cuerpo
anegando en pureza toda vida,
todo impulso negado en puro movimiento
y toda forma sostenida en puro resplandor:
ya no será la flor sino su aroma,
ya no serás tú misma.

No importa entonces que de pronto mueras
y pierdas toda sombra
quedándote en escombros defendida,
si toda tú pereces,
náufraga de tu propio mar,
presa dentro de ti, vencida
como ángel que asolado por el fuego
lanzara su impotencia,
y sólo un desengaño
entre rocas de olvido y de tinieblas
dejan tus labios mudos
y la pureza inútil de tu cuerpo.

Muere, desnuda forma,
hielo que mata mi alegría,
crueldad vertida en mármol fatigado;
muere ya, y deja que contemple
la lucha de tu cuerpo con la sombra,
el debatir inútil de tus labios
contra el vacío olvido de tus ruinas,
que en ataúd o tumbas duermes
entre un querer o no de tus sentidos.
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Manuel Acuña

Manuel Acuña

Historia Del Pensamiento

Cuando a su nido vuela el ave pasajera
A quien amparo disteis, abrigo y amistad
Es justo que os dirija su cántiga postrera,
Antes que triste deje, vuestra natal ciudad.

Al pájaro viajero que abandonó su nido
Le disteis un abrigo, calmando su inquietud;
¡Oh! tantos beneficios, jamás daré al olvido
durable cual mi vida será mi gratitud.

En prueba de ella os dejo lo que dejaros puedo,
Mis versos, siempre tristes, pero los dejo así;
Porque pienso, a veces que entre sus letras quedo,
Porque al leerlos creo que os acordáis de mí.

Voy, pues, a referiros una sencilla historia,
Que en mi alma desolada, honda impresión dejó;
Me la contaron... ¿Dónde?... es frágil mi memoria...
Acaso el héroe de ella... o bien, la soñé yo.

Era una linda rosa, brillante enredadera,
Tan pura, tan graciosa, espléndida y gentil.
Que era el mejor adorno de la feliz pradera,
La joya más valiosa del floreciente abril.

Al pie de ella crecía un pobre pensamiento,
Pequeño, solitario, sin gracia ni color;
Pero miró a la rosa y respiró su aliento
Y concibió por ella el más profundo amor.

Mirando a su querida pasaba noche y día.
Mil veces ¡ay! le quiso su pena declarar;
Pero tan lejos siempre, tan lejos la veía,
Que devoraba a solas su pena y su pesar.

A veces le mandaba sus tímidos olores,
Pensando que llegaba hasta su amada flor;
Pero la brisa, al columpiar las flores,
Llevábase muy lejos la pena de su amor.

El pobre pensamiento mil lágrimas vertía,
Desoladoras lágrimas, de acíbar y de hiel,
Mientras la joven rosa, sin ver a otras crecía,
Y mientras más crecía, más se alejaba de él.

Llega un jazmín en tanto a la pradera bella,
También él a la rosa al punto que la vio;
Pero él fue mas dichoso, pudo llegar hasta ella,
Le declaró su pena, y al fin la rosa amó...

¿Comprenderéis ahora al pobre pensamiento,
Al ver correspondido a su feliz rival?
¿No comprendéis su horrible, su bárbaro tormento
Al verse condenado a suerte tan fatal?

Después lo transplantaron; vivió en otras praderas
Indiferiencia, olvido y hasta placer fingió:
Miraba flores lindas, brillantes y hechiceras,
Pero su amor constante y fiel compareció.

Por fin una mañana, estando muy distante,
El céfiro contóle las bodas del jazmín;
Él escuchó sonriente, y ciego y delirante,
loco placer fingiendo, creyó olvidar al fin.

Pero al siguiente día con lágrimas le vieron
las flores, e ignorando su oculto padecer,
«Tú lloras, pensamiento, tú lloras», le dijeron:
«No es nada, contestóles, es llanto de placer».

...................................................
Ved la sencilla historia que os ofrecí contaros,
acaso os entristezca pero la dejo así;
adiós, adiós, ya parto; me atrevo a suplicaros
que la leáis a solas y os acordéis de mí.
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Manuel Acuña

Manuel Acuña

Adiós

ADIÓS

A...


Después de que el destino

me ha hundido en las congojas

del árbol que se muere

crujiendo de dolor,

truncando una por una

las flores y las hojas

que al beso de los cielos

brotaron de mi amor.

Después de que mis ramas

se han roto bajo el peso

de tanta y tanta nieve

cayendo sin cesar,

y que mi ardiente savia

se ha helado con el beso

que el ángel del invierno

me dio al atravesar.

Después... es necesario

que tú tambien te alejes

en pos de otras florestas

y de otro cielo en pos;

que te alces de tu nido,

que te alces y me dejes

sin escuchar mis ruegos

y sin decirme adiós.

Yo estaba solo y triste

cuando la noche te hizo

plegar las blancas alas

para acogerte a mí,

entonces mi ramaje

doliente y enfermizo

brotó sus flores todas

tan solo para ti.

En ellas te hice el nido

risueño en que dormías

de amor y de ventura

temblando en su vaivén,

y en él te hallaban siempre

las noches y los días

feliz con mi cariño

y amándote también...

¡Ah! nunca en mis delirios

creí que fuera eterno

el sol de aquellas horas

de encanto y frenesí;

pero jamás tampoco

que el soplo del invierno

llegara entre tus cantos,

y hallándote tú aquí...

Es fuerza que te alejes...

rompiéndome en astillas;

ya siento entre mis ramas

crujir el huracán,

y heladas y temblando

mis hojas amarillas

se arrancan y vacilan

y vuelan y se van...

Adiós, paloma blanca

que huyendo de la nieve

te vas a otras regiones

y dejas tu árbol fiel;

mañana que termine

mi vida oscura y breve

ya solo tus recuerdos

palpitarán sobre él.

Es fuerza que te alejes

del cántico y del nido

tu sabes bien la historia

paloma que te vas...

El nido es el recuerdo

y el cántico el olvido,

el árbol es el siempre

y el ave es el jamás.

Adiós mientras que puedes

oír bajo este cielo

el último ¡ay! del himno

cantado por los dos...

Te vas y ya levantas

el ímpetu y el vuelo,

te vas y ya me dejas,

¡paloma, adiós, adiós!

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