Para mí, la religión judía, como todas las demás, es la encarnación de la superstición más infantil. Y el pueblo judío, al que pertenezco con alegría y con cuya forma de pensar comparto una gran afinidad, tiene para mí cualidades que no se diferencian de todos los demás pueblos. Según mi experiencia, no son mejores que otros grupos [étnicos], aunque están protegidos de los peores desastres por la ausencia de poder. Por lo demás, no puedo discernir nada «elegido» en él.