Blanca Andreu

Blanca Andreu es una poeta española cuya obra se caracteriza por una profunda reflexión sobre el tiempo, la memoria y la identidad. Su poesía, a menudo marcada por un tono melancólico y una cuidada musicalidad, explora las complejidades de la existencia humana a través de imágenes evocadoras y un lenguaje sugerente. Andreu ha sido reconocida por su singular voz lírica y su capacidad para trascender lo cotidiano hacia lo universal, consolidándose como una figura destacada de la poesía contemporánea en lengua española.

1959-08-04 Corunha
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Premios y Movimientos

Premio Adonáis 1980

Algunos Poemas

Y Quisimos Dormir El Sueño Bárbaro

Y quisimos dormir el sueño bárbaro,
negar devotos párpados y el rubor de las damas de satén y jardín,
luchar con hordas bondadosas de búfalos,
dormir eras diurnas y perdidas sobre locomotoras de música brillante,
que adornara con moras los vestidos el implacable dinosaurio obispal,
el búho cárdeno y la tristeza,
chimeneas como tubos de un órgano barroco,
música pterodáctilo: sus alas grandes pobladas de truenos,
su espalda cíclope
de reactor clavecín.

Y quisimos dormir sobre un verso nervioso del rayo,
sobre el óleo morado de las carbonerías,
sin nanas de corcheas, corcheas auténticas,
acuarelas de lilas posesivas como una bendición.

Y quisimos dormir con la métrica rara del raro maremoto
y con la lengua llena de espuma de colegio.
Es así, nos dijimos, la tímida muerte,
es así la tímida vida,
no el éxtasis, sino el encaje oscuro del salitre
dibujando libélulas y árboles de tinta,
saliva que no escribe dorados serventeios*
ni plata de alquitrán.

Y quisimos dormir así, vértigos-velas para llegar adónde,
pero escuchadme, cómo hacer de otro modo,
cómo hacer de la tarde un pálido papel para rasgar o estucarlo con oros,
cómo hacer mutaciones, piedras filosofales,
y cómo apoderarse de algas y catedrales y de la lágrima de luz y terciopelo de la virgen Virginia que alienta los silencios,
que ondea disfrazada de Ofelia por los lagos.

No tuvimos cavernas palaciegas, ni manuscritos en cuevas ni palomas,
sólo balcones para inventar tormentas y desatar el espectáculo,
sólo vagos balcones donde el labio de las plantas humea
y saja el corazón y lo secciona en láminas de muerte repentina,
en las antiguas láminas de mica
que, ya lo dije, irradia angustia, espejos.

Niña De Greyes Delicadamente Doradas

Niña de greyes delicadamente doradas,
niña obsesión de la cigüeña virgen
con mechones de pluma de damasco
que salpicaban muerte,
de la cigüeña loca con alones
de estricnina dorada
que viajaba dejándote un corpóreo perfume,
un pulcro olor a lilas, y a dorados y rudos sueños.
Niña que obedeció al autillo apóstol
y a la mirada turbia de los ojos reales,
con pueriles dibujos de Selene y demás.
Niña de inexistente concierto,
niña de crueles sonatinas y malévolos libros de Tom Wolfe,
o de encajes de brujas para vendar las llagas de los corzos heridos,
de ciervos vulnerados asomados en los oteros místicos,
en los sitios así.
Niña pluscuamperfecto, niña que nunca fuimos,
dilo ahora,
dilo ahora tú, ahora que es tan tarde,
pronuncia el torvo adagio,
pronúnciame la lágrima,
la silueta morada de la yegua,
la del potro que se tendió a tus pies despertando la espuma.
Declama abandonada las palabras de antaño,
sombra de Juan Ramón: Soledad,
te soy fiel
.
Declama desdeñosa las palabras de antaño,
pero no aquella estrofa cortesana,
no hables de reinas blancas como un lirio,
nieves, y Juana ardiendo,
y la melancolía entretejida
del querido Villon,
sino los verbos claros donde poder beber el líquido más triste,
jarros de mar y alivio, ahora que ya es tarde,
alza párvula voz y eco albacea y canta:
Dile a la vida que la recuerdo,
que la recuerdo.


Definitivamente se extravía en un bosque naciente esta muerte pequeña,
el brote del cometa detenido,
esto que nadie salva,
joven volcán de huesos y ráfaga novicia
hecha de pájaro y de párpado y de ola pensante
que ningún libro estofado de oro solar de Italia,
ningún libro de lava
viene a sellar por mí.

Y así la muerte tantas veces escrita
se me vuelve radiante,
y puedo hablar
del deseo y del lacre rubio y ciego en los faros,
del cadáver quimera de la tripulación.

Y así la muerte
se convierte en historia
de aquella niña muda que se ahorcó
con las cuerdas boreales del arpa
porque tenía en la lengua un veneno nupcial.

Definitivamente me extravío acunando camadas de raros epitafios,
niña de grey dorada,
diré a la vida que la recuerdas,
que recuerdas sus líneas conjurando tu sombra,
que recuerdas sus hábitos y su carácter solo,
su laurel ácido, su profunda zarza, su descarado error y sus hordas dolidas,
mientras gatos efesios van llorando a mis pies,
mientras gatas perdidas plateadas
van cuajando su alcurnia en ciprés genealógico y en
álamo,
diré a la vida que te recuerde,
que me recuerde,
ahora,
cuando me alzo con cuerdas capilares y bucles
hasta el desastre de mi cabeza,
hasta el desastre de mis veinte años,
hasta el desastre, luz quebrantahuesos.

Cinco Poemas Para Abdicar

Cinco poemas para abdicar,
para que sean un destello terrestre en mi tránsito
mientras el vaivén de mi cuerpo me dote de viejo sueño y tenga un altar
adornado,
mientras mis ojos suspendan la aspersión del líquido
más breve,
abandonen su aire lacustre y la ligereza de la lágrima
cóncava en donde beben grullas
y otras zancudas con pie de bailarina,
mientras mis manos sean hangares en las salina negras para aviones de
turbios vuelos,
mientras el súcubo murciélago diga en mi oído
espuma y diga oscuridad
en las marineras negras.

Cinco poemas para la marcha en el paisaje de sábana de hilo,
un páramo es encaje antepasado,
iniciales bordadas hace ya tres mil días
y alguna mancha de amor.

Cinco poemas como cinco frutos cifrados
o como cinco velas para la travesía:
el primero hacia aquella a la que nadie ve en la vaga velada del lago:
un resquicio de abril para Virginia, porque amó a las mujeres.

El segundo para mi amor:
sé bien que encima de mis heridas busco la alondra de tus heridas,
sé bien que encima de mis heridas una cigüeña pone sus huevos.
Encima de tus heridas las ramas de los nervios se han dormido
y ahora son alas, páginas, oleaje, seres verdes.

Encima de mis heridas yo descubro una tela desventurada y ocre,
rasgada de enemigos,
o una palabra emborrachada por el lacre.
Pero cuando me duerma
ya no te querré.

El tercero para la casa que cae y el álamo vihuela o
jardín bello,
para el ángel que guarda a la lombriz,
para todo lo que es pueril o leve y que clava
submarinos anzuelos en los ojos adultos.
El tercero es para el corazón de la raíz
y para la cerrada tierra de los estambres,
para la lluvia seria de las siestas del norte,
mala como una institutriz.
Dile que no se meta en los salones
y los llene de gafas estrujadas.
Ay, dile que no espante los espejos de mirada niña.

Había tres balcones sangrantes,
había tres balcones como tres heridas incurables del muro,
había tres balcones y siete temblorosos escabeles.
Ay, dile que no asuste las palabras palomas,
que no deje que vayan batiendo un aire usado con alas de cuchillo.
Las palabras apátridas de mi tercer poema
que no me muerdan las mejillas
y las sonatas que yo no toqué nunca, que no cesen,
ni el pequeño cuaderno de Ana Magdalena.
Yo no dije: ¡silencio!,
y ahora el réquiem se teje con seres y desastres
consanguíneos.
Dejadme las hortensias vestidas de pupilas, con traje de mirada,
esa campana vegetal que ya no suena y llora un zumo epílogo,
y las magnolias catalejos,
y aquel sillar tan grande como el siglo más cíclope.
Yo no dije: ¡silencio!
pero me fui bebiendo vino de exilio en la boca de piedra,
bebiendo fermentado líquido migratorio,
los ramos de las tórtolas de agosto y el eco de la casa que se cae.

Veo que no sobrevive el alma alta del muro,
la espuma voladora borracha de gaviotas,
el ángel que cuidaba la cucaracha de uva y la lombriz,
ni ningún pájaro como lágrima póstuma y
celeste,
ni la resina tañendo su ámbar triste,
ni tampoco las malvas, las violentas, las verdes partituras.

El cuarto es para mi amor.
Amor mío,
sé bien que no te escupirá mi sueño y que tu
cuello no será sajado
por el filo último de mi sueño,
que no te insultará el hiriente corazón de mi
sueño,
porque si duermo ya no te querré.
Sé bien que busco encima de mis heridas
el escorpión de oro de tus heridas.
Sé bien que encima de mis heridas sólo habita
la imagen encalada de mi muerte.
Y por eso voy a asesinar
con la virgen cuchilla barbitúrico
la muchedumbre de heroicos locos que entonan para mí la pesadilla y el bostezo,
amor mío, sin asomar por la ventana
fuegos viejos, frescas cenizas,
familias errantes de soles.

Mi amor para la imagen encalada de mi muerte,
para la cal que se come a los niños,
para mi último caballo, oro, sobre asfalto celeste y el
hule astral de abril.
Sé bien que galoparé en negro
porque negro es el color de los sueños,
negras las manos de la intimidad,
y sin espuelas, y sin bridas,
porque las espuelas son el poder, la aberración, estrellas de
tijera y abismo.

El quinto para mi caballo,
para cuando ya estemos sucediendo
como dos estaciones
o dos días iguales.

Muerte En El Tiempo Grávido De Palomas Marchitas

Muerte en el tiempo grávido de palomas marchitas,
en el lacrimatorio que me ofrece la maloliente tinta de mayo.
agonía del cauce en mi cintura y en la cintura de veleros negros,
agonía de una ojiva de agua,
mayo, mayo, poema oval, resplandor y salto al vacío,
una estrella de nervios que no tiene piedad.

Mayo con astas locas, mayo ciervo de fiebre,
mayo hocico de piélago me mordió el cinturón de la temperatura,
mayo de fiebres malvas y ciervo emborrachado de glóbulos celestes
en el sol tembloroso del ventrílocuo,
pequeño ciervo solo que devoto bebió
toda la sed dorada de las arterias.

Quise una enfermedad como un áncora cierta
para las horas que se desmienten,
áncora para el músico multiengendrador,
áncora para Bach y sus duros acólitos, y para la enramada matemática
y para todo lo que no me existe.

Quise la muerte para una sábana díscola, para el poeta y su bisturí,
para el libro y su verde más íntimo,
para el tono y su garganta ardiendo.

Quise la muerte para unos ojos sin norte,
para unos ojos de brújula sacra,
para los ojos jóvenes que se izan
a leer la estrella agreste de las diez.

Ojos, los ojos míos,
o bien ojos litúrgicos, agrandados de antorchas,
los ojos que grabaron con iniciales góticas
en el alma guerrera de un niño de diez años,
ojos de lirio helado en alfileres:
clavados en el mar de los taxidermistas.

Pero hablemos de ojos que desvanecen
las lámparas sin ti,
hablemos de las ardida vincas de alcohol que tanto sufren,
mientras escribo versos como algas votivas,
como alambres de lágrimas, mientras siento tu noche y dinastía.

Amor, he roto el níquel de tu palabra desventurada y perfecta.
Amor, dolidas crines de arcángeles caballos se peinan con colonia de tristeza,
porque es mayo, mayo poema oval, mayo muerte levante,
muerte para la hoja del pájaro trágico que se desposa con nadie,
muerte para los niños que acechan la cama de nadie,
muerte para los jóvenes que como yo no sueñan y la
lúcida rana prima donna;
muerte para los sapos que acechan el rubor
de la charca clarísima
y el tono sonrosado de la ópera,
muerte en el tiempo grávido de palomas marchitas,
muerte para sus travesías delicadas,
y para la tormenta loca como una abadesa loca,
muerte para la ropa íntima que estremecía a Baudelaire,
muerte para el desnudo vino verde,
para la piedra en celo y el saludo celeste de mayo,
y el grito equino de las madrugadas de mayo,
muerte para la angustia caligráfica ahogada
en el lacrimatorio que me ofrece la maloliente tinta de mayo.

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