Carolina Coronado

Carolina Coronado fue una destacada poeta y escritora española del siglo XIX, figura clave del Romanticismo en España. Conocida por su lirismo apasionado y su compromiso con las causas sociales, exploró en su obra temas como el amor, la libertad y la condición de la mujer. Su poesía se caracteriza por una profunda sensibilidad y una fuerza expresiva que la distinguieron en su tiempo.

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Algunos Poemas

A La Invención Del Globo

Águila altiva, que la nube asaltas
y en la cumbre a mirar al sol te atreves;
águila rauda, que los mares saltas
cuando las alas anchurosas mueves;
águila audaz, que en las regiones altas
la hiriente lumbre de los astros bebes;
águila reina, ya tiene el espacio
rival que te dispute tu palacio.

Si hallaras por acaso en tu elemento
veloz cruzando por las propias vías
al hombre que se eleva al firmamento
«vive Dios, al pasar, le gritarías,
que ni libres están, genio avariento,
de tus asaltos las regiones mías;
venció tu brazo cuanto halló en la tierra
¿y ora viene a mover al cielo guerra?»

Sí, sí, corcel para correr el suelo,
ligero pez para salvar los mares,
es águila atrevida para el cielo
el libre ser que en tu camino hallares;
déjale remontar contigo el vuelo
que de estrellas tal vez nuevos millares
cuando más huya la terrestre esfera
va a descubrir en su feliz carrera.

¿Qué vales tú si allá de las alturas
las bellezas que alcanzas no nos cuentas?
¿Qué importa cuanto ves en las anchuras
que mides con tus alas turbulentas
si nuevas no nos das a las criaturas
que estamos de saber aquí sedientas,
si un himno a la creación por obra tanta
jamás tu pico inexpresivo canta?

Mas aquel otro ser que el éter hiende
sube ya a comprender tanta belleza,
y del nuevo prodigio que sorprende
bajará a relatarnos la grandeza;
ya por cima del mundo se suspende
a contemplar la gran naturaleza,
y si le place el mar, su vuelo ataja
y como el ave acuática al mar baja.

Y cual vapor del mar se eleva luego
y con las nubes por los aires gira,
del encendido Can resiste el fuego,
del furioso aquilón sufre la ira;
sus fuertes alas en su presto juego
salvan al hombre que asombrado mira
allá por bajo de suspies tendido
el monstruo enorme de quien es nacido.

Como naturalista observa atento
de ignorado reptil la forma extraña;
el hombre aquel verá, pegado al viento,
como es la tierra que el Océano baña;
del polo ignoto, de viviente exento,
escrutará, tal vez, la oculta entraña,
y tal verdad puede alcanzar su idea
que la ciencia de ayer fábula sea...

¡Tanto saber...! ¿si escalará tu estancia
esta turba, Señor, de inquieta gente?
¿No pusiste, gran Dios, harta distancia
entre tu solio y nuestro genio ardiente?
No lograremos ¡ay!, por mi constancia
el triunfo de encontrarte frente a frente,
mas libres ya sobre los aires vamos;
¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!

Réplica A Una Impugnación Al Nada Creo

¡Jesús! la tremenda guerra
que movéis a mis canciones
me maravilla y me aterra.
¿No salen en nuestra tierra
por las damas campeones
y salen por los garzones?

Vaya en gracia, caballero,
de perseguidos donceles
paladín; sois el primero
que por sostener infieles
a las damas guante fiero
arroja en el suelo ibero.

Aunque enemigos los dos
que andante vayáis alabo
de malas causas en pos,
pues vos pensaréis «al cabo
al bueno le ayuda Dios»
y ayudáis al malo vos.

Es generoso el deseo
de amparar al no creído,
mas, Señor, a lo que veo
en esta querella creo,
que puede ya el descreído
creer que seréis vencido.

Empeño tan sin razón
os puede costar muy caro
que es mucha mi condición,
y si la guerra os declaro
quedaréis con el garzón
malparado en mi canción.

Mas, pues así lo pretende
vuestra musa respondona,
mire bien cual se defiende,
porque mi numen no ofende,
pero al que «guerra» le entona
vence, sigue, y no perdona.

¿Conque decís que la llama
del dulcísimo deseo,
que el pecho rendido inflama
del garzón que tierno ama,
se muda en rencor tan feo
al soplo del no te creo?

¡Válgaos Dios, buen caballero
de que mala condición
será el amante garzón
que trueque en odio fiero,
por un desdén la pasión
que inflamó su corazón!

Ya vuestra causa es perdida;
¿pues no veis por vuestra vida,
que autorizáis el desvío
de la dama descreída,
tan egoísta amorío
describiendo, Señor mío?

No pensáis que con razón
al conocer esa llama,
de tan innoble pasión,
debe responder la dama
a vuestro amante garzón
con semejante canción.

«Quien odia por un desvío
muestra que no supo amar.
Y pues fingisteis impío,
harto bien el pecho mío,
mal garzón hizo en dudar
de vuestro falso llorar.

»Quien así muda el halago
en baja reconvención
muestra indigno corazón,
y os he dado justo pago
rechazando mal garzón,
vuestra mentida pasión.

»Llamáis a mi amor ateo
porque del vuestro dudé,
mas garzón a lo que veo
si os hubiera dicho os creo,
vos respondierais a fe,
porque os creí, la engañé.

»Y pues pretende engañar
el uno aquí de los dos,
el otro debe dudar;
que vale más no adorar
que adorar a un falso Dios,
no amar, que amaros vos».

Ya veis Señor las razones
que a los hombres engreídos
da la dama en sus canciones.
¡Cómo han de ser los garzones,
por votos de amor creídos,
si sus votos son fingidos!

La Desgracia De Ser Hijos De España

Esta serenidad de la campiña,
la virginal vegetación del suelo
que a nuestros ojos representa niña
la vieja tierra; el canto, el manso vuelo
del bando de aves que hacia aquí se apiña:
la vaca dando leche al tierno hijuelo
en medio el monte solo y sosegado
¿habéis en este mayo contemplado?

Y de ese monte en la tranquila falda,
sentado sobre el tronco de la encina,
admirando el azul, la rica gualda
del cielo, el orden con que el sol camina:
de aquella sociedad que a nuestra espalda
dejamos tan ruin y tan mezquina,
¿no os parece el recuerdo en este instante
más cruel, más agudo, más punzante?

El filósofo, amigos, nos engaña
cuando nos da del campo la armonía,
la paz y sencillez de la cabaña,
del bosque la risueña lozanía
para alegrarnos; ¡ay! no los de España
que comemos el pan de cada día
más amargo que hiel; dulzura hallamos
en las campiñas ya: ¡tarde acordamos!

Si fuera antes de ver caliente y tinta
la requemada sangre del soldado
correr a nuestros pies... la suave cinta
del gracioso arroyuelo plateado
que entre las flores de variado pinta,
juego bullendo en el lujoso prado,
nos pareciera alegre como un día
a los hijos de Arcadia parecía.

Pero se avienen mal desdichas graves
con la benigna paz de los oteros,
con los trinos gozosos de las aves
y el humilde balar de los corderos:
cuanto son estas horas más suaves,
más duros son nuestros pesares fieros,
dándonos por contraste aquí en la tierra
la ajena paz con nuestra propia guerra.

Porque en el campo ya plantas extrañas,
desde que allá a jardín nos trasplantamos,
para insectos, reptiles y alimañas
el campestre placer abandonamos;
las inseguras débiles arañas
andan mejor que por la selva andamos,
y es más rica y feliz la baja hormiga
que logra un agujero y una espiga.

¡Cuánta envidia nos dan! ¡Cómo hace alarde
hasta el negro moscón que rasga el viento
de aquella libertad, que esta cobarde
generación no logra! ¡Qué sediento
nos queda el corazón cuando en la tarde
después de contemplar el movimiento
de esa naturaleza satisfecha,
su parte de placer de menos echa!

Parece que los vivos colorines
que a los nidos retornan gorjeando,
de nuestras artes, ciencias y festines,
cuando al pasar nos ven, se van mofando;
¿no sentís en el rostro los carmines
del rubor asomar, tristes pensando
que con tanto saber el hombre sabe
pues no se hace feliz menos que el ave?

¿Qué hemos de hacer sino sentir tristeza
hasta en medio del mundo campesino
que nos brinda tan sólo su belleza
para agravar aún más nuestro destino?
En vano el monte muestra su grandeza
y sus alas desplega el blanco espino;
murmura el río, las alondras cantan
y los cielos y tierra se abrillantan.

Nosotros no venimos al riachuelo
para admirar su pez ni ver su espuma,
ni divertimos espantando el vuelo
del pajarillo de graciosa pluma;
poco sabe de penas ¡vive el cielo!
quien tal de nuestro espíritu presuma,
y vano corazón tendrá el menguado
que tan contento viva y descuidado.

No; no venimos a esparcir al viento
el ánima doliente en nuestros días;
no venimos en busca de contento
ni tampoco a dejar melancolías:
venimos, pues no entienden nuestro acento
las duras rocas, las encinas frías,
venimos a esconder en la montaña
la desgracia de ser hijos de España.

Despedida A Mi Hermano Ángel El Dolor De Los Dolores

Ser, aun, niño y sentir la lozanía
que da el rocío de la edad temprana,
es dudar la desdicha de mañana,
es ser dichosos, Ángel, todavía;
es la fe, la esperanza, la alegría,
la fortuna, el valor, la gloria humana...
es, siendo niño, como tú lo eres,
vivir con el placer de los placeres.

Pero ser joven ¡ay! mirar tu vida,
sondar tu porvenir, temer abismos,
no hallar consuelos en nosotros mismos,
ni poderte seguir en la partida;
quedarnos en la triste despedida
suspensos entre vagos fanatismos,
luchando entre problemas y temores,
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Como planta de insectos castigada
que no puede brotar ramo florido,
así con los pesares ha crecido,
hermano, una familia desgraciada;
no vi rama en su tronco levantada,
que al golpe del pesar no haya caído,
y temer del azar nuevos rencores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Pobre doncel, que al ídolo guerrero
llevas la flor del corazón primera,
tememos por tu flor, no te la hiera
de nuestra suerte el golpe siempre fiero;
es gozo el entusiasmo lisonjero
del que laureles en la vida espera;
pero temer por tus hermosas flores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

¡Veré pasar gallardos compañeros
los de tu infancia para ti queridos...
y oiré de nuestra madre los gemidos
al mirar a los jóvenes guerreros!
¡Veré pasar los alazanes fieros
menos que por tu voz bien dirigidos,
y el ver sin dueño ai tuyo en sus furores,
Ángel, será el dolor de los dolores.

Y cuando de tu asiento en el vacío
los de la mesa en torno reparemos,
desabrido el manjar que gustaremos,
desabrido sin ti será, hijo mío;
Emilio en su inocente desvarío
te nombrará, y entonces lloraremos...
porque este padecer, que ojalá ignores,
es, Ángel, el dolor de los dolores,

¡Ah! ¡que no pueda nuestra pobre vida,
dispersada por vientos tan insanos,
partir con nuestros jóvenes hermanos
el mismo pan, beber igual bebida!
¡que no podamos encontrar manida
en un árbol los pájaros humanos,
y a unos del sol fatiguen los ardores,
es, Ángel, el dolor de los dolores!

Ve si tus alas su atrevido vuelo
por cima de la mar firme llevando,
puedes ir esos mares navegando
hasta arribar al árbol de tu anhelo:
ve si logras calmar el desconsuelo
de tantos ojos que te están llorando;
porque verte en los mares bramadores
es, Ángel, el dolor de los dolores...

¡Ay! que jamás cobarde hundas la frente
por las revueltas olas alcanzado,
ni tampoco en los mares levantado
te quieras remontar al sol ardiente;
caminar por la vía rectamente,
como los buenos siempre han caminado,
pues verte entre ambiciosos o traidores
ése fuera el dolor de los dolores.

Contra ese mundo, cuya risa loca
tu fe combatirá con su sarcasmo,
opón la noble fe del entusiasmo,
que, si es, del corazón, no se sofoca:
ante esa multitud cierra tu boca,
y, aunque se burle de tu altivo pasmo,
no sigas la maldad de sus errores,
que ése fuera el dolor de los dolores.

Yo contra el mal de la virtud me valgo,
contra el dolor a la paciencia acudo,
y aunque es mi triunfo solitario y mudo,
en graves luchas victoriosas salgo,
no tienes gran blasón, pero es hidalgo,
limpio de mancha tu modesto escudo,
y venderlo al poder y a los honores
ése fuera el dolor de los dolores...

Mas ¿dónde vas? aguarda un solo instante...
oye no más el último conjuro...
el ídolo mejor es el más puro,
su siervo más glorioso el más constante;
no te acerques al mal, porque es brillante;
no te flejes del bien, porque es oscuro...
¡Sé bueno, y que jamás con deshonores
añadas más dolor a estos dolores!

El Juego Del Niño

Emilio, no le atormentes,
deja al insecto en reposo
que es juego muy doloroso
ése que tomas con él;

ambas alas transparentes
prenderle, y después burlarse
porque no puede escaparse,
es, Emilio, ¡bien cruel!

¡Mira cual bulle y cual pena
por desclavarse las alas
y lucir sus nuevas galas
en el ambiente de abril!

Si por la rubia melena
a un espino te apresara
así tu cuerpo luchara
en tu cólera infantil.

Escucha; ese pobre insecto
aire sólo necesita;
¿Qué le queda si le quita
el aire tu voluntad?

Tú su camino perfecto
le tuerces en tu capricho...
hombrecillo, ¿quién te ha dicho
que es tuya su libertad?

Porque era la mariposa
más endeble que tu mano
ya con decreto inhumano
la inmolas a tu pasión;

¿será experiencia ingeniosa
de tus obras de otro día?
¿Son ensayos, vida mía,
que va haciendo tu ambición?

¡Por Dios, que a mi talle alcanza
tu brava cabeza, apenas,
y ya labras las cadenas
para amarrar a otro ser.

No bien el Señor te lanza
a este campo dilatado,
y ya seres te has hallado
a quien mostrar tu poder.

¡Oh! si la oruga lozana
te bastara solamente,
aunque esclava injustamente
no más que insecto es el fin;

pero ¡ay Emilio! mañana
las cosas truecan de nombres;
los insectos serán hombres
y mundo será el jardín.

Mas, no le arranques las alas,
no se las rompas, criatura,
que va a lucir su hermosura
por esa extensión azul;

hoy ha estrenado sus galas
y es indigna tiranía
no dejarla un solo día
que desplegue su albo tul

¡Fortuna! ya te abandona;
huyóse la prisionera
¡Mira, mira cuán ligera
allá por los aires va!;

yo no sé por qué ambiciona
tu cariño aprisionarla,
porque es más bello mirarla
si libre y gozosa está.

¿Lloras, Emilio? ¡qué duelo!...
¡Era tu primer cariño!
vete consolando, niño,
que otro vendrá tras aquél,

mas no busques, no, consuelo;
llora, pobre Emilio, llora
que te hará el pesar de ahora
el que venga menos cruel.

Cantos De Una Doncella

Bella soy, bella soy; mi rostro encanta;
mejor que en el cristal en los semblantes
la copia miró de belleza tanta
reflejada en los ojos anhelantes:
paloma, flor, estrella, ángel y santa
me apellidan los hombres delirantes,
y de santa en el título obstinados
quisieron adorarme arrodillados.

En blondos rizos la melena mía,
en frescas rosas mi redonda cara,
en luz brillante, cual la luz del día,
de mis pupilas la negrura clara,
al contemplarme el bardo se extasía,
y si en mi boca por azar repara
perlas, corales, ambrosía, flores,
agota al ponderarme sus amores.

Yo me sonrío y me enamoran ellos:
ceñuda miro y con respeto callan,
ni el extremo a tocar de mis cabellos
osan los que a las fieras avasallan:
los cine de gran valor raros destellos
a la frente de ejércitos batallan,
a mi indignado gesto sometidos
bajan sus locos ojos confundidos.

Gran majestad, yo levanté mi trono
y de vasallos ciento al pueblo mío
con regia faz, con soberano tono
le señalé por leyes mi albedrío;
yo ya sé pronunciar un «os perdono»,
yo ya sé castigar con mi desvío,
porque es mi dignidad un Dios que ciega
al que a mirarle irreverente llega.

Risueña visto primorosa gala,
de flores ciño juvenil corona,
la suave esencia que mi cuerpo exhala
anuncia por los aires mi persona,
¿quién de mis triunfos el poder iguala?
Amor los corazones eslabona
que han de sufrir de mi rigor la pena
y se extiende a lo lejos su cadena.

Vienen al tribunal los tristes reos
y al revolver de mis severos ojos
yo les hago abjurar sus devaneos
cuando aplacar intentan mis enojos;
«callen —les digo— penas y deseos
y a ése que canta que a mis labios rojos
no les llame coral, porque es mentira,
pues al juzgarle ve que tiemblan de ira.

»Que mis dientes jamás en perlas funda
ni por espigas tome mi cabello
ni, por hacerme garza, moribunda
me deje al retorcer mi recto cuello;
que mi sencillo nombre no confunda
con el de maga, porque no es más bello,
y porque, al fin, si nombre no es judío
no es nombre tan cristiano como el mío».

Callo, y se aleja la ofendida gente
lanzando rencorosa una mirada
al tiempo que en saludo reverente
inclina la cabeza sofocada;
tal hace al sacudirse la serpiente
si la cabeza se sintió pisada...
La vil serpiente hace morir al hombre,
él hace más ¡infama nuestro nombre!
Carolina Coronado
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