

Duque de Rivas
Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, fue una figura polifacética de la literatura española, destacando como poeta, dramaturgo y político. Su obra se enmarca en el Romanticismo, movimiento del que fue uno de sus máximos representantes en España. Con obras como "Don Álvaro o la fuerza del sino", revolucionó el teatro romántico español, caracterizado por su intensidad dramática, el conflicto entre el destino y el libre albedrío, y la exaltación de las pasiones. Su poesía, también de corte romántico, explora temas como el amor, la libertad, la historia y la naturaleza, a menudo con un tono grandilocuente y emotivo. El Duque de Rivas no solo fue un creador literario, sino también un actor relevante en la vida política de su tiempo, lo que influyó en su visión del mundo y en su obra.
Una Antigualla De Sevilla Romance Segundo El Juez
Que ensartadas en un perno,
Obra colosal de moros
Con resaltos y letreros,
De la torre de Sevilla
Eran remate soberbio,
Do el gallardo Giraldillo
Hoy marea el mudable viento
(Esferas que pocos años
Después derrumbó en el suelo
Un terremoto) brillaban
Del sol matutino al fuego,
Cuando en una sala estrecha
Del antiguo Alcázar regio,
Que entonces reedificaban
Tal cual hoy mismo lo vemos,
En un sillón de respaldo
Sentado está el Rey Don Pedro,
Joven de gallardo talle,
Mas de semblante severo.
A reverente distancia,
Una rodilla en el suelo,
Vestido de negra toga,
Blanca barba, albo cabello,
Y con la vara de Alcalde
Rendida. al poder supremo,
Martín Fernández Cerón
Era emblema del respeto.
Y estas palabras de entrambos
Recogió el dorado techo,
Y la tradición guardólas
Para que hoy suenen de nuevo:
R. «¿Con que en medio de Sevilla
Amaneció un hombre muerto,
Y no venís a decirme
Que está ya el matador preso?»
A. «Señor, desde antes del alba,
En que el cadáver sangriento
Recogí, varias pesquisas
Inútilmente se han hecho».
R. «Más pronta justicia,
Alcalde, Ha de haber donde yo reino,
Y a sus vigilantes ojos
Nada ha de estar encubierto».
A. «Tal vez, señor, los judíos,
Tal vez los moros, sospecho...»
R. «¿Y os vais tras de las sospechas
Cuando hay un testigo, y bueno?
»¿No me habéis, Alcalde, dicho,
Que un candil se halló en el suelo
Cerca del cadáver?... Basta,
Que el candil os diga el reo».
A. «Un candil no tiene lengua».
R. «Pero tiénela su dueño.
Y a moverla se le obliga
Con las cuerdas del tormento.
»Y ¡vive Dios! que esta noche
Ha de estar en aquel puesto
O vuestra cabeza, Alcalde,
O la cabeza del reo».
Escritas.org