Carolina Coronado

Carolina Coronado fue una destacada poeta y escritora española del siglo XIX, figura clave del Romanticismo en España. Conocida por su lirismo apasionado y su compromiso con las causas sociales, exploró en su obra temas como el amor, la libertad y la condición de la mujer. Su poesía se caracteriza por una profunda sensibilidad y una fuerza expresiva que la distinguieron en su tiempo.

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Algunos Poemas

Pasión

Ya no veo la alegría,
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.

Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.

Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.

Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.

Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.

¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!

Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.

El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?

¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!

Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.

Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.

Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.

Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.

Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.

Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.

A Rioja

Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.

Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.

Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.

El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.

Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.

Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.

Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.

Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.

¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!

Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.

No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.

Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.

¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?

Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.

El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.

¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:

Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.

Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.

Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.

Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.

Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.

Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.

Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.

La Fe Loca

Y en tanto que la turba descreída
se mofa de lo bello y de lo santo,
Mi loca fe, mi fanatismo es tanto,
que de error en error desvanecida
tomo por bella flor la hoja caída,
por diamante pulido el rudo canto,
y el lejano silbar de las serpientes
por tonos de gargantas inocentes.

No hay campiña por árida y por fría,
no hay montaña por agria y por salvaje
que no muestre un bellísimo paisaje
a la luz de mi extraña fantasía;
la inmunda tela que la araña cría,
el agua del pantano entre el celaje
miradas por mis ojos a lo lejos,
me parecieron cándidos espejos.

Virtudes hallo donde ven delitos,
inocencia y bondad donde hay maldades,
de ángeles bellos pueblos las ciudades,
que habitados están por los precitos
parécenme los buenos infinitos
en toda condición, todas edades:
y es preciso que el vicio toque y vea
para que al fin en el vicio crea.

No bien ante mis ojos ha caído
la dorada ilusión de una creencia,
cuando me lanzo con mayor demencia
otra a forjar, y el desengaño olvido;
¡ay! nada de experiencia en mí ha podido:
y así como en la infancia mi existencia
de mentira en mentira vuela errante,
ilusa, necia, crédula, ignorante.

Y es gracioso ¡por Dios! ver cómo elevo
culto divino a un ídolo de barro,
que tiene las entrañas de guijarro,
y cuya imagen con ternura llevo:
verdad es que a tocarle no me atrevo,
y se sostiene mi infeliz desbarro
hasta que el falso Dios, que así me trae,
de tan mal amasado, por sí cae.

Y es chistoso también (sábelo el cielo)
cuando el ídolo humano se arruina,
de tanta abnegación pura y divina,
de tanto ardiente amor, de tal desvelo
el premio ver que al desplomarse al suelo
aquella creación pálida y mezquina,
me da de oscuro polvo en pago justo,
de dar a un barro vil un culto augusto...

Alguna vez un alma tierna y buena,
aunque es mi suerte por demás aciaga,
¡ah! vino a iluminar con dicha vaga
el bosque de la triste Filomena:
pero sólo duró una luna llena,
y si bella ilusión aún me embriaga,
si espero algún placer, si en algo fío,
es no más por mi loco desvarío.

Donde los otros ven odio y encono,
el brillo de amistad a mí me encanta,
cada doncella imaginé una santa.
Y de cariño fiel las alcé un trono:
pagóme la mejor con abandono,
mas, rechazando su perfidia tanta,
por la dulce amistad sueño y deliro.
Como por fiel amor canto y suspiro.

La ilusión de la gloria es también mía,
nadie escucha a la oscura Filomena,
alzo la corta voz con larga pena,
y morirá conmigo mi poesía;
pero el amor de gloria me extasía:
De loca fe mi corazón se llena,
y aunque mi voz el viento rechazara,
contra los vientos sin cesar cantara.

No soy feliz —la plácida ventura
más que en mi corazón, está en la mente:
y aun pienso que he llorado amargamente
harto más que debiera un alma pura;
pero mi loca fe dichas me augura
que burla el porvenir constantemente,
y que eternas también se reproducen,
pues al par que unas cesan, otras lucen.

Es bueno Dios; pero a mi triste ruego
jamás detuvo su inflexible fallo:
ni me consuela, aunque paciente callo,
ni me serena aunque en llorar me ciego:
mas con ardiente fe a rogarle llego:
dondequiera que estoy en mí le hallo:
y aunque merezca premio por ser buena,
justo le llamaré si me condena.

También he sido amante de la luna
y tuve en los luceros amoríos:
y a mi bello ideal busqué en los ríos,
y he cifrado en las flores mi fortuna...
Amante como yo no hubo ninguna:
ninguna tuvo iguales desvaríos,
ni en loca fe jamás ninguna amante
ha sido a mis locuras semejante...

¡Inmensa confusión! ¡El mundo, el cielo,
la religión, la gloria, la poesía,
el amor, la amistad!... El alma mía
jamás reposa en su incesante vuelo;—
paso del entusiasmo al desconsuelo,
del agudo pesar a la alegría...
soy mucho para ser del hombre loco;
y para ser de Dios ¡ay! soy muy poco.

¿Qué soy sino una pobre enredadera,
que en el oscuro patio emparedada,
huye la sombra de que está cercada,
su cabeza elevando hacia la esfera?
Pero el rayo del sol, por más que quiera,
no baña su raíz al suelo atada—
huyo el pesar del mundo: aspiro al cielo;
pero el bien celestial no baja al suelo.

¿Qué soy sino una pobre enredadera
que buscando en la tierra amigos lazos,
tiende amorosa sus lozanos brazos
a la vecina planta compañera;
y porque al bronco espino los tendiera,
sus frescas hojas rompe en mil pedazos?...
Busco apoyo en las tiernas emociones,
y hallo tan sólo ingratos corazones.

¡Reíd los que cantáis la fe perdida!,
que ¡vive Dios! a resolver no oso
si es tal vez despreciar diamante hermoso
más necio que estimar piedra fingida;
si es más risible consumir su vida
por un ser ideal y artificioso
que perder por malicia o incerteza
del verdadero amante la terneza.

Y de los dos ridículos empeños,
de entrambas caprichosas necedades—,
ignoro si dudar de las verdades
es más locura que creer en sueños.
No sé si adorar cantos berroqueños,
flores, astros y ríos, cual deidades,
es pecado menor que el culto justo
negar al solo Dios digno y augusto.

Imaginad una ilusión florida:
fundad en ella un porvenir risueño,
sacrificadle la salud y el sueño,
rendidle el alma, el corazón, la vida...
y cuando más celosa y embebida,
y exaltada la améis con más empeño,
la finja más hermosa vuestra mente,
vedla desvanecerse de repente...

¡Ay! como entonces vuestra fe perdida,
incrédulos mancebos, envidiando,
las largas noches las pasé llorando,
de esta mi loca fe ya arrepentida;
pero a nadie culpé: de cada herida,
que en mi entusiasmo joven voy ahondando,
es cómplice no más la fantasía
que me deslumbra, ciega y extravía.

Defiendo, sí, mis bellas ilusiones,
las defiendo atrevida y arrogante,
y desbarato cuantas veo delante
del mundo injustas, ásperas razones...
¡batalla desigual! con mis blasones
escapo al fin, pero jamás triunfante:
¡harto fue el escapar siempre inocente,
siempre noble adalid, siempre valiente!

Vivamos ¡ay! vosotros blasfemando,
yo en cambio de vosotros bendiciendo:
vosotros, sin razón, siempre dudando,
yo también, sin razón, siempre creyendo:
vosotros a los buenos lastimando,
yo por los malos sin cesar sufriendo:
de odio vosotros abrevado el pecho,
y de tierna pasión, el mío deshecho.

Todos seremos ¡ay! muy desgraciados;
vosotros por dureza y egoísmo
solos, sin salvación, precipitados
iréis a dar del tedio en el abismo;
y mis nobles instintos fatigados,
rendida de mi inútil heroísmo,
del juicio, en mi fe loca, sin la guía
vendré a dar en mortal melancolía.

¡Dichosa el alma que lo cierto adora,
y en recompensa de su fe inmutable
tiene seguro el bien de cada hora,
su vida consagrando a lo adorable;
allí no hoy loca fe ni engañadora
duda cruel ni el desencanto es dable.
¡Oh fe de eternal sabiduría
tú sola eres el bien, tú la alegría!

A Cuba

Cuando los recios vientos se embravecen,
cuando mugen los mares irritados,
cuando estallan con furia los nublados,
cuando las olas borrascosas crecen,
cuando los buques míseros perecen
por las revueltas ondas anegados,
cuando la Europa envuelta en la tormenta
traba en la oscuridad lucha sangrienta;

Barca dichosa en medio del Océano,
tú sola vas del huracán segura:
Francia se anega, y en la noche oscura
el rayo incendia el pabellón romano;
y oyes los gritos del naufragio humano,
y te duele tal vez su desventura,
¡ay! cuando ves de las antiguas zonas
por la espuma del mar flotar coronas.

Y ves como cadáveres perdidos
al agua nuestros pueblos arrojados,
y ves como timones destrozados
los cetros a las playas sacudidos;
y a los que, aún viven, en el mar hundidos,
por los marinos monstruos devorados,
y como barco que encalló en la arena
a España inmóvil junto al mar que truena.

Y te contemplas tú, y en el espejo
de tus serenos mares retratada,
de la luz juvenil por el reflejo
ves tu belleza pura, inmaculada:
y de la Europa con el rostro viejo
a la fealdad rugosa comparada,
entre perlas tu hermoso cuello engríes,
y de lástima acaso te sonríes.

¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!
¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!
por eso están los buzos de Bretaña
asomando a tus golfos la cabeza...
Mas no serán ¡oh perla! tu belleza
y tu valor de su codicia extraña;
pues antes que cedérsela al britano
nos tragará contigo el Océano.

Dicen que tienen sobre tres castillos,
de los mares enmedio levantados,
a los reinos del mundo aprisionados
del oro del Perú con los anillos;
y que van a engarzar nuevos zarcillos
a la reina feliz de sus estados,
si la prenda mejor que la engalana
hurtan a la corona castellana.

¡Ah! bien los oigo por la noche oscura
cuando te entregas a tu sueño blando,
en la vecina costa murmurando
cantos de seducción a tu hermosura
«Despierta, dicen, reina sin ventura,
esclava del poder de San Fernando,
que ya de libertad llegó la hora
y ya puedes reinar, ya eres señora.

»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,
¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?
Si tú le puedes dar al mundo leyes,
¿por qué no alzar tu nacional bandera?
¿Serán tus hijos como pobres bueyes,
cuyo trabajo a la comarca ibera
dará las mieses de tu campo ameno,
mientras ellos no más pacen el heno?»...

Pero adormida tú, nunca a su canto,
inocente beldad, prestes oído;
¡ay de tu corazón si seducido
pierde la dicha de candor tan santo!
¡ay si de España el amoroso manto
donde por tantos años has dormido,
loca rasgando tras la voz que miente
te, osaras aclamar independiente!

Pobre beldad, despojo del pirata,
ese mismo cantor que te enamora
te forjará en su harem, altiva mora,
recias cadenas con tu misma plata;
y ese brillante espejo que retrata
tus fiestas y tus náyades ahora,
por sus navales guerras empeñado
reflejará tu rostro ensangrentado.

¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta
mientras nosotros sin cesar lloramos?
Mientras nosotros viejos peleamos
¿no estás joven, tranquila y opulenta?
¿No nos ves en la noche turbulenta
que en las rocas del mar nos estrellamos,
que vamos a morir ya sin consuelo
mientras serena tú cruzas el cielo?

¿No ves nuestros monarcas fugitivos?
¿No ves nuestros pontífices huyendo?
¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,
se sustenta con carne de los vivos?
¿Serán nuestros dolores incentivos
que te harán suspirar por el estruendo
y del infierno con que Europa lidia
América, gran Dios, tendrás envidia?

Cuentan los sabios que en la noche vienen
espíritus lanzados del profundo,
que la ruina del antiguo mundo
con acentos fatídicos previenen...
y que, será verdad... y que, ellos tienen
miedo del pueblo loco y moribundo,
que entre las ansias ya de la agonía
llama a la libertad con voz tardía...

Y que a su triste voz vendrán las fieras
de esas comarcas tras la muerta gente
a hundir en sus cadáveres el diente
hozando entre su sangre sus banderas;
y que allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.

Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento:
cómo en chozas buscaron aposento
los hombres que habitaban las alturas,
y cómo sus magníficos vapores
se tornaron en barcos pescadores.

Y que, así como queda por los huertos
si la sacude lluvia anticipada,
no madura la fruta abandonada,
España quedará por los desiertos...
¡España con la sangre de sus muertos
hijos queridos, sin sazón regada,
que sacudida al golpe de la guerra
sin madurar se pudrirá en la tierra!...

Mas, que primero aquellos que con vida
queden en los desiertos europeos
recogiendo sus libros y trofeos
irán a tu ciudad esclarecida;
y que en vez de la historia entretenida
que nos enseñan hoy de los hebreos
la nuestra en este libro han de enseñarte
«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».

Por eso aguardas tú como heredera
a que exhalemos el postrer aliento,
y ves rodar al pie de tu palmera
nuestras hojas de acacia por el viento:
porque has de trasplantar en tu pradera
a este mundo arrancado de cimiento,
para que en ese suelo más fecundo
broten las flores del antiguo mundo.

Por eso alhajas tu preciosa villa
para hospedar a nuestras pobres gentes,
por eso a tus hermanos de Castilla
les preparas caminos relucientes;
por eso a tus mares a la orilla
guardas entre tus palmas reverentes
¡isla de salvación del pueblo ibero!
las reliquias del náufrago primero.

¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,
Cortés que prefirió tu cementerio,
la existencia en el mundo transitoria
temiendo sabio del anciano imperio,
la tumba de Cortés en tu hemisferio
de nuestra santa unión es la memoria;
¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!
¡maldito el indio que sus huesos venda!

El Siglo De Las Reinas Al Nacimiento De La Princesa De Asturias

¿Quién nos llora?... un dulcísimo lamento
en el lejano viento
me parece escuchar... ¿Resuena un lloro,
o es el gemido blando
que en las peñas rodando
alza el agua del Gévora sonoro?

Mas, ¿no es el medio siglo?... ¿No es el día
en que nacer debía
nueva princesa, porque Dios abona
su reinado en el mundo,
y de reinas fecundo
es de reinas por siglos la corona?

En dos brazos el siglo dividido
el uno ha recorrido
doce veces las horas del pasado,
y lento en su carrera
el otro de la esfera
a la mitad del círculo ha llegado.

Ésta es la hora del suceso fijo
que el alma nos predijo
cuando rogamos con fervor al cielo,
y el acento más leve
que la ráfaga lleve
será la voz del ángel del consuelo.

¡Ay! yo apartada en valle tan distante
escucho palpitante
de roncos vientos el rumor lejano,
y no puede mi oído
percibir si el gemido
se exhala del alcázar soberano.

Pero es mi corazón arpa vibrante,
que rompe en este instante
lanzando un himno de alegría a España,
y si me engaña el viento
remedando un acento,
la santa inspiración nunca me engaña.

¡Oh vosotros ligeros peregrinos
que podéis los caminos
cruzar por la pendiente de estas sierras!
Volad a las ciudades,
y desde Creux a Gades
veréis el resplandor de nuestras tierras.

Si andáis de vuestra patria desterrados,
¡oh pobres desgraciados!
sabed que ya al hogar volvéis mañana,
sabed que vuestros hijos
con locos regocijos
se acercan al cañón y a la campana.

El bronce va a lanzar con voz tonante,
mísero caminante,
el grito de perdón de torre en torre,
perdón de muro en muro,
y del perdón seguro
ya de la torre al muro el niño corre.

Esa voz misteriosa que gemía,
y que el son parecía
del viento que murmura en la palmera,
ese lloro suave
como el trino de un ave,
del ángel salvador el llanto era.

¿Por qué vienes llorando, tú, alma mía,
si eres nuestra alegría
y a esperarte los pueblos van cantando?
¿Por qué tu boca pura
que nos da la ventura,
ángel del cielo, nos la da llorando?

¡Bendito el llanto que tu rostro baña,
riego fecundo a España,
bebida de los pobres condenados
a los duros tormentos
que caminan sedientos
de sus huérfanos hijos apartados!

Agua bendita que de culpas lava
la humilde frente esclava
del que amarrado a las argollas gime;
¡cuántos beben tu llanto
y aclaman por mi canto
al ángel salvador que los redime!

Tú eres sólo, Señora, la afligida,
tú que eres tan querida,
tú que nos cumples la esperanza santa,
tú que el dolor serenas,
tú que calmas las penas,
tú sola lloras cuando el reino canta.

Hoy se calman por ti nuestros rencores,
hoy todos los clamores
son un canto de paz a tu venida,
tus tierras y tus mares
resuenan en cantares
que América repite conmovida.

Tus villas se iluminan una a una
para alumbrar tu cuna
como blandones de tu reino entero,
y a sus luces brillantes
se ven sombras errantes
que cruzan por el Tajo y por el Duero.

La historia que leí de los profetas
y divinos poetas,
viene esta noche a la memoria mía
por aquel gran consuelo
que en el monte Carmelo
la tribu del desierto recibía.

Ya cantan en el valle los pastores
entre zarzas y llores;
ya encienden las candelas a lo lejos
con la seca retama
a cuya roja llama
del Gévora relumbran los espejos.

Es como entonces el diciembre helado.
El cielo está anublado
y blanco el suelo por la escarcha fría,
y así como has venido
parece que ha nacido
el hijo deseado de María.

Mas Dios permite, en sus eternas leyes,
que en vez de nacer reyes
nazcan a nuestro reino soberanas,
y a un dulce reinado
el siglo acostumbrado
te saluda en las tierras castellanas.

Dios ha querido, en su saber profundo,
que de reinas fecundo
fuera este siglo con que al sexo abona,
y de reinas envía
la bella dinastía,
y es de reinas, por siglos, la corona.

¡Vivirás! —¡reinarás!— la fe no miente
al corazón ardiente
que te presagia gloria venidera;
nuestro siglo ha vencido,
tú, princesa, has venido
a coronar el fin de su carrera.
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