Lista de Poemas

Temen algunas mujeres la soledad de la viudez. No supieron ver que su vida tampoco fue descifrada por el marido. Y que la verdadera serenidad viene casi siempre del monólogo
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Saber envejecer es la obra maestra de la vida, y una de las cosas más difíciles en el dificilísimo arte de la vida
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Cuando la vida deja de presentarse como una promesa, no por eso deja de ser todavía una tarea
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El hombre que no tiene vida interior es esclavo de su entorno
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La sociedad reposa sobre la conciencia. El progreso y la civilización son, ante todo, una cosa moral
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Dar la felicidad y hacer el bien. He ahí nuestra ley, nuestra ancla de salvación, nuestro faro, nuestra razón de ser
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La inteligencia es útil para todo, suficiente para nada
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El despecho es una cólera que tiene miedo de mostrarse. Es un furor impotente que se da cuenta de su impotencia
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Una religión sin misticismo es como una rosa sin perfume
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Todo parece cambiar cuando tú cambias
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Henri-Frédéric Amiel (1821-1881) fue un intelectual suizo cuya obra principal, el "Diario Íntimo", publicada póstumamente, reveló un profundo explorador de la condición humana. Nacido en Ginebra, en una familia de hugonotes, Amiel demostró desde temprano una inteligencia aguda y una naturaleza introspectiva. Tras completar sus estudios en filosofía y derecho en Suiza y Alemania, regresó a Ginebra, donde se convirtió en profesor de estética y literatura francesa en la Universidad. Su "Diario Íntimo" es una obra monumental, con más de 18.000 páginas, escrita a lo largo de más de cuarenta años. A través de él, Amiel exploró sus dudas existenciales, sus aspiraciones artísticas y filosóficas, y su dificultad para conciliar la vida interior con el mundo exterior. La obra, aunque fragmentaria y nunca destinada a la publicación por el autor, ganó fama internacional y es admirada por su honestidad brutal y por su análisis penetrante del alma humana. Amiel luchó con la inacción y la búsqueda incesante de la perfección, lo que le impidió producir obras publicadas significativas durante su vida. Su legado reside, por lo tanto, en su capacidad para articular las complejidades de la conciencia y la experiencia humana, convirtiéndolo en una figura singular en la literatura y la filosofía del siglo XIX.