Octavio Paz

Octavio Paz

1914–1998 · vivió 84 años MX MX

Octavio Paz fue un poeta, ensayista y diplomático mexicano, considerado una de las figuras literarias más influyentes del siglo XX en América Latina. Su obra, vasta y diversa, explora la identidad mexicana, el amor, la sensualidad, el tiempo, la modernidad y la condición humana con una prosa lúcida y un lenguaje poético innovador. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990, Paz fue un intelectual comprometido con la libertad y un agudo observador de su tiempo.

n. 1914-03-31, Cidade do México · m. 1998-04-19, Cidade do México

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Jardín

Nubes a la deriva, continentes
sonámbulos, países sin substancia
ni peso, geografías dibujadas
por el sol y borradas por el viento.

Cuatro muros de adobe. Buganvillas:
en sus llamas pacíficas mis ojos
se bañan. Pasa el viento entre alabanzas
de follajes y yerbas de rodillas.

El heliotropo con morados pasos
cruza envuelto en su aroma. Hay un profeta:
el fresno –y un meditabundo: el pino.
El jardín es pequeño, el cielo inmenso.

Verdor sobreviviente en mis escombros:
en mis ojos te miras y te tocas,
te conoces en mí y en mí te piensas,
en mí duras y en mí te desvaneces.
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Biografía

Identificación y contexto básico

Octavio Paz Lozano fue un poeta, ensayista, traductor y diplomático mexicano. Nació en la Ciudad de México el 31 de marzo de 1914 y falleció en la misma ciudad el 19 de abril de 1998. Es una de las figuras literarias más importantes del siglo XX en lengua española y fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1990.

Infancia y formación

Creció en un ambiente intelectualmente estimulante, rodeado de libros en la biblioteca de su padre y tío. Su abuelo materno, un liberal e intelectual, fue una figura importante en su formación. Estudió derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en la Universidad de Santa María de Oaxaca. Desde joven mostró un gran interés por la literatura y la filosofía.

Trayectoria literaria

Comenzó a publicar poesía en su adolescencia. En 1933 fundó la revista "Barandal", junto con otros jóvenes escritores. En 1937 viajó a España y participó en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Su experiencia en España marcó su pensamiento político y literario. Se desempeñó como diplomático en París, Nueva York y Tokio, lo que enriqueció su visión del mundo. En 1950 regresó a México y se dedicó intensamente a la escritura y la edición, dirigiendo la revista "Plural" y "Vuelta".

Obra, estilo y características literarias

La obra de Paz es extensa y abarca poesía, ensayo, crítica literaria y filosofía. Su poesía se caracteriza por la exploración del amor, la sensualidad, el tiempo, la soledad, la identidad y la crítica a la modernidad. Su estilo es a menudo reflexivo, denso en imágenes y con un lenguaje que transita entre lo lírico y lo conceptual. Temas recurrentes son la dualidad, la búsqueda de la totalidad y la relación del ser humano con el cosmos y la historia. En su ensayo, aborda la identidad mexicana, la cultura latinoamericana, el surrealismo, el budismo y la política.

Contexto cultural e histórico

Paz vivió y reflexionó sobre las grandes transformaciones del siglo XX: la Revolución Mexicana, la Guerra Fría, los movimientos estudiantiles, la influencia de Estados Unidos en América Latina y la crisis de los sistemas ideológicos. Fue un crítico de los totalitarismos y un defensor de la libertad individual y política. Su obra se nutre de diversas tradiciones, desde la prehispánica hasta las vanguardias europeas.

Vida personal

Fue un intelectual de gran rigor y coherencia. Sus experiencias vitales, incluyendo sus viajes y relaciones personales, se entrelazaron con su producción literaria y reflexiva. Tuvo dos matrimonios, con la escritora Elena Garro y luego con Marie-Jo Simmonet, y una hija. Fue un activo participante en debates públicos y un defensor de causas humanitarias.

Reconocimiento y recepción

Octavio Paz es uno de los intelectuales latinoamericanos de mayor proyección internacional. Recibió numerosos premios y distinciones a lo largo de su carrera, culminando con el Premio Nobel de Literatura en 1990. Su obra es objeto de estudio en universidades de todo el mundo y su pensamiento sigue siendo una referencia obligada para entender la cultura y la política latinoamericana.

Influencias y legado

Fue influenciado por el surrealismo, el budismo zen, la filosofía existencialista, y la tradición literaria mexicana y española. Su legado es fundamental para la poesía y el ensayo contemporáneos en español. Abrió caminos para la reflexión sobre la identidad, la modernidad y la condición humana, y su obra continúa inspirando a nuevas generaciones de escritores y pensadores.

Interpretación y análisis crítico

La obra de Paz ha sido objeto de continuos análisis que destacan su profunda indagación sobre la condición humana, la búsqueda de la plenitud en el amor y el conocimiento, y su crítica a las estructuras de poder y las ideologías. Su análisis de la identidad mexicana y su diálogo con otras culturas son especialmente relevantes.

Infancia y formación

Paz fue un ferviente defensor de los derechos humanos y un crítico de los regímenes autoritarios. Su interés por el arte, el erotismo y la mística se refleja en su poesía y ensayo, mostrando una faceta menos conocida de su pensamiento.

Muerte y memoria

Falleció en 1998, dejando un vasto legado literario y de pensamiento. Su memoria se perpetúa a través de la Fundación Octavio Paz y la continua edición y estudio de su obra, que sigue siendo un faro para la cultura en lengua española.

Poemas

139

Pilares

La plaza es diminuta.
Cuatro muros leprosos,
una fuente sin agua,
dos bancas de cemento
y fresnos malheridos.
El estruendo, remoto,
de ríos ciudadanos.
Indecisa y enorme,
rueda la noche y borra
graves arquitecturas.
Ya encendieron las lámparas.
En los golfos de sombra,
en esquinas y quicios,
brotan columnas vivas
e inmóviles: parejas.
Enlazadas y quietas,
entretejen murmullos:
pilares de latidos.

En el otro hemisferio
la noche es femenina,
abundante y acuática.
Hay islas que llamean
en las aguas del cielo.
Las hojas del banano
vuelven verde la sombra.
En mitad del espacio
ya somos, enlazados,
un árbol que respira.
Nuestros cuerpos se cubren
de una yedra de sílabas.

Follajes de rumores,
insomnio de los grillos
en la yerba dormida,
las estrellas se bañan
en un charco de ranas,
el verano acumula
allá arriba sus cántaros,
con manos visibles
el aire abre una puerta.
Tu frente es la terraza
que prefiere la luna.

El instante es inmenso,
el mundo ya es pequeño.
Yo me pierdo en tus ojos
y al perderme te miro
en mis ojos perdida.
Se quemaron los nombres,
nuestros cuerpos se han ido.
Estamos en el centro
imantado de ¿donde?

Inmóviles parejas
en un parque de México
o en un jardín asiático:
bajo estrellas distintas
diarias eucaristías.
Por la escala del tacto
bajamos ascendemos
al arriba de abajo,
reino de las raíces,
república de alas.

Los cuerpos anudados
son el libro del alma:
con los ojos cerrados,
con mi tacto y mi lengua,
deletreo en tu cuerpo
la escritura del mundo.
Un saber ya sin nombres:
el sabor de esta tierra.

Breve luz suficiente
que ilumina y nos ciega
como el súbito brote
de la espiga y el semen.
Entre el fin y el comienzo
un instante sin tiempo
frágil arco de sangre,
puente sobre el vacío.

Al trabarse los cuerpos
un relámpago esculpen.
778

La Vista, El Tacto

La luz sostiene —ingrávidos, reales—
el cerro blanco y las encinas negras,
el sendero que avanza,
el árbol que se queda;

la luz naciente busca su camino,
río titubeante que dibuja
sus dudas y las vuelve certidumbres,
río del alba sobre unos párpados cerrados;

la luz esculpe al viento en la cortina,
hace de cada hora un cuerpo vivo,
entra en el cuarto y se desliza,
descalza, sobre el filo del cuchillo;

la luz nace mujer en un espejo,
desnuda bajo diáfanos follajes
una mirada la encadena,
la desvanece un parpadeo;

la luz palpa los frutos y palpa lo invisible,
cántaro donde beben claridades los ojos,
llama cortada en flor y vela en vela
donde la mariposa de alas negras se quema:

la luz abre los pliegues de la sábana
y los repliegues de la pubescencia,
arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
trepan los muros, yedra deseosa;

la luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos invisibles alza
los edificios de la simetría;

la luz se va por un pasaje de reflejos
y regresa a sí misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.

La luz es tiempo que se piensa.
716

Cuatro Chopos

Como tras de sí misma va esta línea
por los horizontales confines persiguiéndose
y en el poniente siempre fugitivo
en que se busca se disipa

—como esta misma línea
por la mirada levantada
vuelve todas sus letras
una columna diáfana
resuelta en una no tocada
no oída ni gustada mas pensada
flor de vocales y de consonantes

—como esta línea que no acaba de escribirse
y antes de consumarse se incorpora
sin cesar de fluir pero hacia arriba:

los cuatro chopos.


Aspirados
por la altura vacía y allá abajo,
en un charco hecho cielo, duplicados,
los cuatro son un solo chopo
y son ninguno.


Atrás, frondas en llamas
que se apagan —la tarde a la deriva—
otros chopos ya andrajos espectrales
interminablemente ondulan
interminablemente inmóviles.
El amarillo se desliza al rosa,
se insinúa la noche en el violeta.

Entre el cielo y el agua
hay una franja azul y verde:
sol y plantas acuáticas,
caligrafía llameante
escrita por el viento.
Es un reflejo suspendido en otro.

Tránsitos: parpadeos del instante.
El mundo pierde cuerpo,
es una aparición, es cuatro chopos,
cuatro moradas melodías.

Frágiles ramas trepan por los troncos.
Son un poco de luz y otro poco de viento.
Vaivén inmóvil. Con los ojos
las oigo murmurar palabras de aire.

El silencio se va con el arroyo,
regresa con el cielo.

Es real lo que veo:
cuatro chopos sin peso
plantados sobre un vértigo.
Una fijeza que se precipita
hacia abajo, hacia arriba,
hacia el agua del cielo del remanso
en un esbelto afán sin desenlace
mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro.

Latir de claridades últimas:
quince minutos sitiados
que ve Claudio Monet desde una barca.

En el agua se abisma el cielo,
en sí misma se anega el agua,
el chopo es un disparo cárdeno:
este mundo no es sólido.

Entre ser y no ser la yerba titubea,
los elementos se aligeran,
los contornos se esfuman,
visos, reflejos, reverberaciones,
centellear de formas y presencias,
niebla de imágenes, eclipses,
esto que veo somos: espejeos.
533

La Cara Y El Viento

Bajo un sol inflexible
llanos ocres, colinas leonadas.
Trepé por un breñal una cuesta de cabras
hacia un lugar de escombros:
pilastras desgajadas, dioses decapitados.
A veces, centelleos subrepticios:
una culebra, alguna lagartija.
Agazapados en las piedras,
color de tinta ponzoñosa,
pueblos de bichos quebradizos.
Un patio circular, un muro hendido.
Agarrada a la tierra —nudo ciego,
árbol todo raíces— la higuera religiosa.
Lluvia de luz. Un bulto gris: el Buda.
Una masa borrosa sus facciones,
por las escarpaduras de su cara
subían y bajaban las hormigas.
Intacta todavía,
todavía sonrisa, la sonrisa:
golfo de claridad pacífica.
Y fui por un instante diáfano
viento que se detiene,
gira sobre sí mismo y se disipa.
726

Fábula De Joan Miró

El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.
El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared
del día.
El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
La nieve se había extraviado, el mar había perdido el
habla,
era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.

El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda
Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
Siete manos en forma de orjeas para oír a los siete colores,
siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco
iris,
siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la
vez en Barcelona.

Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua,
música y electricidad,
con la séptima borraba todo lo que había hecho y
comenzaba de nuevo.

El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el
azul se levantó.
Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un
vidrio roto.

Miró empezó a quemar sus telas.
Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las
estrellas,
el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos,
hexaedros en llamas,
el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada
en el centro del espacio,
del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores,
roncos fonógrafos,
pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje
de nubes y el bastón florido:
era la primavera que insistía, insistía con ademanes
verdes.
Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la
cabeza con su quinta mano,
murmurando para sí mismo: Trabajo
como un jardinero
.

¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de
poleas o de bailarinas?
El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se
habían metido debajo de las sábanas,
había volcanes portátiles y fuegos de artificio a
domicilio.
Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las
percepciones, Geometría y Perspectiva,
se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró,
cantando Une étoile caresse
le sein d’une négresse
.

El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la
cara y dijo, ¿Pero dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
Miró era una mirada transparente por donde entraban y
salían atareados abecedarios.

No eran letras las que entraban y salían por los túneles
del ojo:
eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y
se mordían y se dispersaban,
corrían por toda la página en hileras animadas y
multicolores, tenían cuernos y rabos,
unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en
cueros,
y las palabras que formaban eran palpables, audibles y
comestibles pero impronunciables:
no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino
Transfiguraciones.

¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la
celda de un solitario,
para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
para recibir a la noche que viene con personajes azules y
pájaros de fiesta,
para saludar a la muerte con una salva de geranios,
para decirle buenos días al día que llega sin
jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras
muerta de risa,
para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del
horizontes,
para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan
por nuestras miradas,
abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen,
estallan, vuelan, se disipan, caen.

Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un
jardinero
y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo,
¡oh! y ¡ah!—
la gran exclamación con que todos los días comienza el
mundo.
681

Ejercicio Preparatorio

La hora se vacía.
Me cansa el libro y lo cierro.
Miro, sin mirar, por la ventana.
Me espían mis pensamientos.

Pienso que no pienso.
Alguien, al otro lado, abre una puerta.
Tal vez, tras esa puerta,
no hay otro lado.

Pasos en el pasillo.
Pasos de nadie: es sólo el aire
buscando su camino.

Nunca sabemos
si entramos o salimos.

Yo, sin moverme,
también busco —no mi camino:
el rastro de los pasos
que por años diezmados me han traído
a este instante sin nombre, sin cara.
Sin cara, sin nombre.


Hora deshabitada.
La mesa, el libro, la ventana:
cada cosa es irrefutable.


Sí,
la realidad es real.


Y
flota
—enorme, sólida, palpable—
sobre este instante hueco.


La realidad
está al borde del hoyo siempre.
Pienso que no pienso.

Me confundo
con el aire que anda en el pasillo.
El aire sin cara, sin nombre.

Sin nombre, sin cara,
sin decir: he llegado,

llega.
Interminablemente está llegando,
inminencia que se desvanece
en un aquí mismo


más allá siempre.
Un siempre nunca.


Presencia sin sombra,
disipación de las presencias,
Señora de las reticencias
que dice todo cuando dice nada,
Señora sin nombre, sin cara.

Sin cara, sin nombre:
miro
—sin mirar;
pienso

—y me despueblo.
Es obsceno,
dije en una hora como ésta,
morir en su cama.


Me arrepiento:
no quiero muerte de fuera,
quiero morir sabiendo que muero.
Este siglo está poseído.
En su frente, signo y clavo,
arde una idea fija:
todos los días nos sirve
el mismo plato de sangre.
En una esquina cualquiera
—justo, onmisciente y armado—
aguarda el dogmático sin cara, sin nombre.

Sin nombre, sin cara:
la muerte que yo quiero
lleva mi nombre,

tiene mi cara.

Es mi espejo y es mi sombra,
la voz sin sonido que dice mi nombre,
la oreja que escucha cuando callo,
la pared impalpable que me cierra el paso,
el piso que de pronto se abre.
Es mi creación y soy su criatura.
Poco a poco, sin saber lo que hago,
la esculpo, escultura de aire.
Pero no la toco, pero no me habla.
Todavía no aprendo a ver,
en la cara del muerto, mi cara.
1.006

Conversar

En un poema leo:
conversar es divino.
Pero los diosa no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.

El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y una torre
de humo y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.

La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
Conversar es humano.
1.040

La Llama, El Habla

En un poema leo:
conversar es divino.
Pero los diosa no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.

El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y una torre
de humo y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.

La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.

Mudos, también los muertos
pronuncian las palabras
que decimos los vivos.
El lenguaje es la casa
de todos en el flanco
del abismo colgada.
Conversar es humano.
619

1930: Vistas Fijas

¿Qué o quién me guiaba? No buscaba a nadie,
buscaba todo y a todos:
vegetación de cúpulas azules y
campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas:
festín de formas, danza petrificada bajo las
nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en
tránsito hacia su forma venidera,
piedras ocres tatuadas por un astro colérico,
piedras lavadas por el agua de la luna;
los parques y las plazuelas, las graves poblaciones
de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y
gorriones y cenzontles,
los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y
los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos,
tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente;
calles que no se acaban nunca, calles caminadas como
se lee un libro o se recorre un cuerpo;
patios mínimos, con madreselvas y geranios
generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que
el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo
sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del
canario;
los figones celeste y las cantinas solferino, el
olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador
espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos
poderes duermen encerrados en botellas multicolores;
la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos
procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán
carrasposo;
la feria y los puestos de fritangas donde
hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las
nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y
los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso
cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras
del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos
de chiles tornasoles;
las frutas y los dulces, montones dorados de
mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas
sangrientas, ocres colinas de nueces y cacahuetes, volcanes de
azúcar, torreones de alegrías, pirámides
transparentes de biznagas, cocadas, diminuta orografía de las
dulzuras terrestres, el campamento militar de las cañas, las
jícamas blancas arrebujadas en túnicas color de tierra,
las limas y los limonones: frescura súbita de risas de mujeres
que se bañan en un río verde;
las guirnaldas de papel y las banderitas tricolores,
arcoiris de juguetería, las estampas de la Guadalupe y las de
los santos, los mártires, los héroes, los campeones, las
estrellas;
el enorme cartel del próximo estreno y la
ancha sonrisa, bahía extática, de la actriz en cueros y
redonda como la luna que rueda por las azoteas, se desliza entre las
sábanas y enciende las visiones rijosas;
las tropillas y vacadas de adolescentes, palomas y
cuervos, las tribus dominicales, los náufragos solitarios y los
viejos y viejas, ramas desgajadas del árbol del siglo;
la musiquita rechinante de los cabellitos, la
musiquita que da vueltas y vueltas en el cráneo como un verso
incompleto en busca de una rima;
y al cruzar la calle, sin razón, porque
sí, como un golpe de mar o el ondear súbito de un campo
de maíz, como el sol que rompe entre nubarrones: la
alegría, el surtidor de la dicha instantánea, ¡ah,
estar vivo, desgranar la granada de esta hora y comerla grano a grano!!;
el atardecer como una barca que se aleja y no acaba
de perderse en el horizonte indeciso;
la luz anclada en el atrio del templo y el lento
oleaje de la hora vencida puliendo cada piedra, cada arista, cada
pensamiento hasta que todo no es sino una transparencia insensiblemente
disipada;
la vieja cicatriz que, sin aviso, se abre, la gota
que taladra, el surco quemado que deja el tiempo en la memoria, el
tiempo sin cara: presentimiento de vómito y caída, el
tiempo que ha ido y regresa, el tiempo que nunca se ha ido y
está aquí desde el principio, el par de ojos agazapados
en un rincón del ser: la seña de nacimiento;
el rápido desplome de la noche que borra las
caras y las casas, la tinta negra de donde salen las trompas y los
colmillos, el tentáculo y el dardo, la ventosa y la naceta, el
rosario de las cacofonías;
la noche poblada cuchicheos y allá lejos un
rumor de voces de mujeres, vagos follajes movidos por el viento;
la luz brusca de los faros del auto sobre la pared
afrentada, la luz navajazo, la luz escupitajo, la reliquia escupida;
el rostro terrible de la vieja al cerrar la ventana
santiguándose, el ladrido del alma en pena del perro en el
callejón como una herida que se encona;
las parejas en las bancas de los parques o de pie en
los repliegues de los quicios, los cuatro brazos anudados,
árboles incandescentes sobre los que reposa la noche,
las parejas, bosques de febriles columnas envueltas
por la resiración del animal deseante de mil ojos y mil manos y
una sola imagen clavad en la frente,
las quietas parejas que avanzan sin moverse con los
ojos cerrados y caen interminablemente en sí mismas;
el vértigo inmóvil del adolescente
desenterrado que rompe por mi frente mientras escribo
y camina de nuevo, multisolo en su soledumbre, por
calles y plazas desmoronadas apenas las digo
y se pierde de nuevo en busca de todo y de todos, de
nada y de nadie
538

Hermandad

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
942

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