Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Escucha, pues, con paciencia la opinión de otros jueces; y examina y piensa con empeño si tu censor tiene o no razón para censurarte. Si encuentras que la tiene, corrígete. En caso contrario, haz como si no lo hubieras oído, o demuéstrale con argumentos —si es hombre digno de tu estima— el porqué de su engaño.
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El maestro que pretendiera no sólo comprender todas las formas y efectos de la naturaleza, sino también ser capaz de conservarlas en sí, me parecería de veras rico en ignorancia, ya que tales efectos son infinitos y nuestra memoria no es bastante grande para darles cabida.
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El pintor disputa y rivaliza con la naturaleza.
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¿Pues no ves cuántos objetos son obra de los hombres? ¿Y no ves la diversidad de animales, árboles y hierbas y flores, y las fuentes, los ríos, las ciudades, los edificios públicos o privados, tantas cosas de oportuno uso humano, como la multitud de ropajes, de adornos, de artes?
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Todas estas cosas y otras de semejante utilidad y bondad, han de ser usados por el hombre que te place llamar un buen pintor.
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Pero sabiendo nosotros que la pintura abraza y contiene en sí todo cuanto produce la naturaleza o la accidental actividad de los hombres, y en resumen, todo lo que pueden comprender los ojos, nos parece un pobre maestro el que sólo hace bien una figura.
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Podemos afirmar rotundamente que se engañan los que llaman buen maestro al pintor que sólo hace bien una cabeza o una figura. No es, a la verdad, gran hazaña conseguir, a fuerza de estudiar una sola cosa toda la vida, hacerla con cierta perfección.
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La primera pintura fue solo una línea que circundaba la sombra de un hombre proyectada sobre un muro.
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Quien condena la pintura, condena la naturaleza, puesto que las obras del pintor representan las obras de la naturaleza. El que así blasfema carece, pues, de sentimiento.
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Pero, como los pintores no han sabido dar sus razones, han quedado mucho tiempo sin abogados; la pintura no habla, sino que se muestra y termina en los hechos, en tanto que la poesía termina en palabras y con ellas se teje vanagloriosas alabanzas.
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Todo el campo de lo visible es del domino de la pintura.
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Para representar la palabra, la poesía supera a la pintura, y ésta a aquélla en la representación de hechos; la proporción entre los hechos y las palabras, es la misma que hay entre la pintura y la poesía, desde que los hechos están sometidos a la visión y las palabras al oído; y los sentidos guardan entre sí la misma jerarquía que los objetos, razón por la cual, juzgo la pintura superior a la poesía.
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En la figuración de las cosas corpóreas, la poesía y la pintura, difieren tanto como los cuerpos desmembrados difieren de los unidos: cuando el poeta describe la belleza o la fealdad de un cuerpo lo muestra miembro a miembro y en diversos tiempos; el pintor lo hace ver íntegro en un solo instante.
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Las palabras valen menos todavía que los hechos, y tú, escritor científico, no haces más que copiar con palabras de tu mano lo que tienes en la mente; como el pintor traduce en sus imágenes los hechos que están en su espíritu.
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Y si me dices que la música está compuesta de proporciones, con estas mismas persigo yo mi obra pictórica, como lo verás.
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Si arguyes, ¡oh, músico!, de mecánica la pintura, porque opera con el ejercicio de las manos, la música también opera con el ejercicio de la boca, aunque no por cuenta del sentido del gusto, como el pintor cuando utiliza las manos no pone en juego el sentido del tacto.
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¡Cuántas veces la pintura eterniza el simulacro de una divina belleza, cuyo original verdadero fue destruido en breve espacio por la muerte o el tiempo! Y la obra del pintor ha vencido la creación de la naturaleza, su maestra.
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Pretende el músico equiparar su ciencia con la del pintor, porque aquélla compone un cuerpo de muchos miembros, del cual el observador contempla toda la gracia, en tantos tiempos armónicos cuantos son los tiempos en que cada miembro nace y muere; y así la música solaza y encanta el alma que reside en el cuerpo del contemplador.
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Y finalmente, si dices: Las ciencias no mecánicas son las únicas ciencias que pueden llamarse mentales, te contestaré que la pintura es mental, pues así como la música y la geometría consideran las proporciones de las cantidades continuas, y la aritmética las de las discontinuas, la pintura considera todas las cantidades continuas, y las cualidades de las proporciones de sombras y luces y distancias, en su perspectiva.
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¿Por qué has incluido la música entre las artes liberales? Suprímela, o agrega a la lista la pintura.
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Si me dijeras: hay hombres viles que utilizan la pintura; yo te preguntaré: ¿desmerece acaso la música puesta al servicio de quien no la sabe?
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De ella son los simulacros de los dioses, en cuyo alrededor se celebra el culto divino, colaborando, como sirvienta suya, la música; ella procura a los amantes un símil del objeto amado; ella conserva las bellezas que el tiempo y la madre naturaleza hicieron efímeras; ella perpetúa la imagen de los hombres famosos. Y si dijeses: la música se hace eterna escribiéndola, lo mismo pasa con las letras que ahora trazamos aquí sobre el papel.
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El arte que contiene en sí más universalidad y variedad de cosas debe ser considerado como el de mayor excelencia. La pintura ha de ser, por consiguiente, colocada a la cabeza de todas las actividades artísticas. Ella contiene todas las formas que existen y aun las que no se hallan en la naturaleza. Merece más gloria y exaltación que la música, la cual tiene la voz por único dominio.
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Cada cosa es noble en la medida en lo que es el sentido a que satisface; la pintura, por consiguiente, es más noble —ella, que satisface el sentido de la vista— que la música, la cual sólo satisface al oído.
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De dos cosas, es más noble la que más perdura; la música, que va consumiéndose a medida que nace, es de menor dignidad que la pintura, que puede conservarse eternamente, empleando el cobre y colores de vidrio.
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¡Oh, maravillosa ciencia de la pintura, tú das vida permanente a las caducas bellezas de los mortales, y les confieres más duración que a las obras de la naturaleza, continuamente sometidas a las variaciones del tiempo, que las conduce a la vejez inevitable!, tú guardas la misma proporción con la divina naturaleza, que la que existe entre tus obras y las suyas; eres, pues, digna de nuestra adoración.
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La pintura sobrepasa en excelencia y señorío a la música, porque no muere luego de haber dado a luz sus creaciones, como le ocurre a la desventurada música; la pintura, al contrario, prolonga su existencia mostrándonos sobre una simple superficie toda su vitalidad.
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No debemos llamar la música con otro nombre que el de hermana de la pintura, ya que está subordinada al oído, sentido que viene después del de la visión. Ella compone la armonía, mediante la conjunción de sus partes proporcionales en un mismo tiempo, está obligada a nacer en uno o en varios espacios armónicos; esos espacios circundan la proporcionalidad de los miembros que componen, a la manera como lo hace el contorno de los miembros que constituyen la belleza humana.
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¿Pero a qué extenderme en tan alto y largo discurso? ¿Qué cosa existe que no se haga con su mediación? Él mueve a los hombres del Oriente al Occidente, ha inventado la navegación, y supera a la naturaleza en esto: que las variedades de los minerales, vegetales y animales son finitas, mientras que las obras que el ojo encomienda a las manos, son infinitas, como lo demuestra el pintor en las ficciones de innumerables formas de animales y hierbas, plantas y sitios.
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El que pierde la vista, pierde, en efecto, la percepción de la belleza del universo y queda como encerrado en un sepulcro, aunque vivo y capaz de movimiento.
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Ésta es la ventana del humano cuerpo; a través de ella, el alma contempla y goza la belleza del mundo, gracias a ella, soporta su humana cárcel, que, sin ella, sería su tortura; por ella, la industria humana ha descubierto el fuego, mediante el cual el ojo reconquista lo que las tinieblas le robaban; ha ornado, en fin, la naturaleza con la agricultura y con jardines deleitables.
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Alabemos, pues, al que satisface al oído con palabras; y al que con sus pinturas satisface al gusto de los ojos; pero menos al primero que al segundo, porque las palabras son creaciones accidentales del hombre y no obras de la naturaleza, como las que el pintor imita, y que se le presentan en forma de figuras definidas por las superficies que las determinan.
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Para concluir, la poesía ocupa el grado más alto de comprensión para los ciegos; y la pintura, para los sordos. Diremos, pues, que la pintura es superior a la poesía por cuanto apela a un sentido mejor y más noble; y esta nobleza ya hemos probado que es tres veces mayor que la de cada uno de los tres sentidos del oído, del olfato y del tacto, mostrando que, de tener que elegir, preferiríamos perder juntamente el oído, el olfato y el tacto, antes que la vista.
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No te atribuyas tal virtud; lo que se venera son las cosas que tus pinturas imitan.
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Aquí el pintor responde: «¡Oh, poeta, que también te haces imitador!; ¿por qué no representas con tus palabras, o con las descripciones que con ellas formas, cosas que hagan adorables tus palabras?».
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«¿No sabes tú que nuestra alma se compone de armonía, y que ésta exige contemporaneidad de las partes, en la cual los objetos se hagan ver u oír en justas proporciones? ¿No ves que en tu ciencia, esa contemporaneidad no existe, sino que antes bien una parte nace de la otra sucesivamente, y no nace la subsiguiente si la antecedente no muere?».
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No habrá hombre tan insensato que, si se le da a elegir entre estar perpetuamente en las tinieblas o perder el oído, no diga al instante que preferiría perder el oído junto con el olfato, a quedarse ciego.
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No hay parte alguna de la astrología que no dependa de los rayos visuales y de la perspectiva, hija de la pintura —porque es el pintor quien engendró la perspectiva por necesidad de su arte—. Esa perspectiva enseña a trazar las líneas que limitan las figuras todas de los diversos cuerpos creados por la naturaleza. Sin ella la ciencia del geómetra no existiría.
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Si el geómetra reduce toda superficie circundada por líneas a la figura del cuadrado, y todo cuerpo a la figura del cubo, y la aritmética hace lo mismo con sus raíces cúbicas y cuadradas, estas ciencias no van más allá de la noción de cantidad continua y discontinua; pero de la cualidad no se preocupan, la cual es belleza de las obras de la naturaleza y ornamento del mundo.
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La pintura se muestra directamente, con la manifestación para la cual su autor la generó, y da al sentido máximo todo el placer que puede dar cosa creada por la naturaleza. En este caso, el poeta, que envía las mismas cosas al común sentido por el camino del oído, sentido inferior, no da otro placer que el experimentado escuchando el relato de una cosa.
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Tal ocurre con las bellezas de cualesquiera creaciones del poeta, de las cuales, por ser sus partes recitadas separadamente, en tiempos separados, la memoria no puede percibir ninguna armonía.
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Pero el sordo, privado del sentido menos noble, aunque haya perdido juntamente el lenguaje, porque nunca oyó hablar, y no haya podido aprender ninguna lengua, podría, sin embargo, percibir cualquier detalle del cuerpo humano mejor que uno capaz de hablar y oír; y comprenderá también las obras del pintor y todo lo que en ellas se represente con figuras apropiadas.
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La pintura es una poesía muda y la poesía una pintura ciega, y una y otra van imitando la naturaleza en cuanto les sea posible, y por una y otra pueden mostrarse muchos hábitos morales, como hizo Apeles con su Calumnia.
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¿Qué poeta, con sus palabras, reproducirá para ti, amante, la exacta efigie de tu ideal, con tanta verdad como el pintor? ¿Quién te mostrará los paisajes de los ríos, bosques, valles y campiñas, donde pasaron tus días más felices, si no es el pintor?
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Y sí tú dices: «La pintura es de por sí una poesía muda si no hay alguien que nos explique lo que ella representa», ¿no ves que tu libro está en peores condiciones? Porque, suponiendo que alguien hable por él, todavía te será imposible ver las cosas de que habla, como se verán las cosas que una pintura representa, si en la misma las escenas y los hechos son tan bien ordenados mentalmente que entendemos la pintura como si nos hablara.
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¿Quién no preferirá perder el oído, el olfato y el tacto antes que la vista? Porque el que pierde la vista es como un hombre desterrado del mundo, puesto que ya no puede verlo ni ver cosa alguna; y una vida semejante es hermana de la muerte.
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Nadie, a buen seguro, preferiría perder, antes que el oído o el olfato, el sentido de la vista. La pérdida del oído sólo trae consigo la pérdida de todas aquellas nociones que se resuelven en palabras; mientras que, la de la visión, lo privaría de la belleza del mundo, la cual consiste en la superficie de los cuerpos, ya sean naturales o producidos por el arte, que se reflejan en el ojo humano.
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El ojo, que llaman ventana del alma, es la vía principal por donde el centro de los sentidos o común sentido (comune senso) puede contemplar más ampliamente las infinitas y magníficas obras de la naturaleza; la oreja es el segundo sentido, el cual se ennoblece escuchando el relato, de las cosas que el ojo ha visto.
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