Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Cuando sale a cazar ratas, come ruda antes
Tiene crines sobre el cuello, como el caballo; pero es semejante al toro en el resto del cuerpo, salvo en sus vasos, doblados hacia adentro, le impiden dar coces; y por eso no tiene otro medio de salvación que la fuga, durante la cual va arrojando estiércol en un trayecto de cuatrocientas brazas. Ese estiércol quema cuanto toca, como fuego.
La naturaleza ha concedido a los animales no sólo el conocimiento de sus ventajas, sino, además, el de las desventajas de sus enemigos. El delfín tiene conciencia de lo que vale el filo de las aletas que lleva sobre el lomo. Sabe también cuán fácilmente penetrable es la panza del cocodrilo. Así, cuando combate con él, se le acerca por debajo y lo mata abriéndole el vientre. El cocodrilo es temible para el que huye de él, pero en extremo cobarde con el que lo persigue.
El topo tiene ojos muy pequeños y habita constantemente bajo tierra. Vive mientras está oculto, pero muere apenas sala a la luz, porque no puede seguir ya mintiendo.
El zorro, si descubre una bandada de urracas, cornejas o aves semejantes, se echa al suelo, con la boca abierta, haciéndose el muerto. Los pájaros bajan entonces para devorarle a picotazos la lengua, y el zorro los atrapa por la cabeza.
El camello es el animal más lujurioso que existe, capaz de correr mil millas tras la hembra. Pero es, sin embargo, respetuoso con la madre o la hermana, ante las cuales sabe dominar su intemperancia.
Como el toro salvaje odia el color rojo, los cazadores se valen de este ardid para vencerlo: envuelven el tronco de un árbol con un paño rojo; el toro atropella con gran furia, clavando sus cuernos en el tronco, y esto permite a los cazadores matarlo a mansalva.
Cuando el lobo penetra cautamente en un establo y pone por acaso el pie en falso, causando ruido, se muerde el pie para castigar su error.
La sirena canta tan dulcemente que adormece a los marineros, y logra trepar sobre los barcos y matar a los marineros adormecidos.
Se somete a todos los otros animales. Cuando es arrojado a la jaula del león para servir a éste de alimento, se entrega a él como a la propia madre, y tan mansamente que se ha visto muchas veces al león negarse a matarlo.
Cuando el asno salvaje vaya a beber a la fuente y encuentre turbia el agua, por mucha sed que tenga, se abstendrá de beber y esperará a que el agua se aclare.
Cuando atraviesan un río, mandan primero a los más jóvenes aguas abajo y, colocándose aguas arriba, rompen el curso unido del agua y evitan así que su corriente arrastre a aquéllos.
El unicornio olvida su ferocidad, incapaz de vencer la atracción que sobre él ejercen las mujeres. Dejando de lado toda suspicacia, se llega a una de ellas y duerme en su regazo. Y es así cómo los cazadores consiguen apoderarse de este animal selvático.
De sus dos dientes, emplea uno para excavar las raíces de que se alimenta; el otro, que conserva puntiagudo, le sirve para combatir. Cuando es vencido por los cazadores y el cansancio le abate, rompe sus dientes, se los arranca, y con ellos se rescata.
Si encuentra a un hombre solo y extraviado, lo reconduce al camino que ha perdido. Si descubre las huellas de un hombre antes de verlo, temiendo una emboscada, se detiene, resopla, las muestra a otros elefantes, y todos en fila se ponen en marcha con prudencia.
Los bactrianos tienen dos jorobas; los árabes una. Son veloces en los combates y utilísimos como bestias de carga. Es observador muy exacto de reglas y medidas. No se mueve, sí lo cargan más de lo acostumbrado; y también si se le quiere obligar a hacer un viaje demasiado largo, bruscamente se detiene, forzando a los viajeros a acampar allí mismo.
El gran elefante posee por naturaleza lo que rara vez se encuentra en los hombres: probidad, prudencia, equidad y observancia religiosa. Al renovarse la Luna, va a purificarse en los ríos, lavándose solemnemente y, después de saludar el planeta, vuelve a las selvas. Cuando se enferma, se echa con el lomo sobre e suelo y arroja hierbas hacia el cielo como si quisiera hacer un sacrificio.
Tiene la forma de una leona, pero es más alta de patas y más delgada y larga. Es toda blanca, punteada de manchas negras y redondas. Todos los animales se deleitan en mirarla. Estarían de buena gana a su alrededor, si no fuera por lo terrible de su aspecto. Ella, que lo sabe, esconde la cara, deja que los animales la rodeen, creyendo poder gozar seguros de tanta belleza; se arroja entonces sobre el que está más cerca y lo devora.
Cuéntase del oso que va a las colmenas a robar la miel a las abejas y que, picado por éstas, deja la miel y busca el modo de vengarse. Queriendo vengarse de todas, no logra vengarse de ninguna. Lleno de rabia se arroja al suelo y, sacudiendo pies y manos, trata, pero en vano, de defenderse de sus atacantes.
El león, este animal terrible, teme, sin embargo, más que ninguna otra cosa, el estrépito de las carretas vacías, y el canto de los gallos, cuyas crestas también le infunden miedo. Si le cubren la cara, pierde mucho de su coraje.
Cuando la leona defiende sus cachorros del ataque de los cazadores, para no asustarse de los chuzos, baja a tierra los ojos, y evita con su huida que sus hijos caigan prisioneros.
Los leones, leopardos, panteras y tigres encierran las uñas en su estuche, y no las desenvainan sino para lanzarse sobre la presa o sobre el enemigo.
El león cubre las señales de sus pisadas para ocultar su marcha al enemigo; así conviene al capitán disimular los secretos de su alma, para que los enemigos ignoren sus designios.
Este animal con su atronador rugido despierta sus cachorros de tres días y les aviva los sentidos, adormecidos; y todas las fieras de la selva huyen llenas de pavor.
Pueden asimilarse estos cachorros de león a los hijos de la virtud, que se despiertan al grito de la gloria y, educados en estudios honorables, crecen en mérito, mientras que los malvados huyen al oír ese grito y se alejan de los hombres virtuosos.
Pero la pintura tiene maravillosos artificios y sutilísimas especulaciones, que faltan a la escultura, la cual es de muy menguado discurso.
Al escultor que afirma que su obra es más permanente que la de la pintura, basta responder que tal permanencia es virtud de la materia esculpida y no del escultor, el cual no debe atribuirse la gloria de dicha virtud, sino dejarla a la naturaleza, creadora de la materia.
Pero ocupémonos tan sólo de los maestros, y no de los malgastadores de mármol.
Si el escultor hace notar su incapacidad de restablecer lo que haya quitado con exceso en alguna parte de su obra, cosa que el pintor puede hacer fácilmente, responderemos que si tal hizo fue por falta de entendimiento y maestría. Si sabe medir exactamente, no quitará lo que no debe; el error, pues, no ha de imputarse a la materia, sino al operario.
No hay comparación posible entre el ingenio, artificio y discurso de la pintura y los de la escultura. Para esta última, la perspectiva es resultado material y no artificial; no implicando, por consiguiente, ninguna dificultad.
Entre la pintura y la escultura no encuentro más que esta diferencia: que el escultor ejecuta sus obras con mayor fatiga de cuerpo que el pintor, y el pintor ejecuta las suyas con mayor fatiga de mente.
Produce con sudor y fatiga corporal para el operario. Bastan al escultor las simples medidas de los miembros y el conocimiento de los movimientos y actitudes, y ahí termina su dominio; mostrando al ojo cada objeto como es, sin provocar la admiración del espectador; mientras que la pintura la conquista, exhibiendo, a fuerza de ciencia, en una superficie plana, las vastísimas campiñas con sus lejanos horizontes.
La escultura, con poco trabajo, muestra lo que en la pintura parece cosa de milagro: dar una apariencia palpable a objetos impalpables, relieve a lo que es plano, lejanía a lo que está cerca. En efecto, la pintura está ordenada de infinitas especulaciones que la escultura desconoce.
¿Y no ves cómo pierde en parte su excelencia la más esplendorosa hermosura cuando la recargan excesivos o demasiados rebuscados ornamentos? ¿No encontraste nunca alguna campesina envuelta en toscos paños incultos, y más bella así que otras portadoras de vistosos atavíos?
No representes, pues, en tus figuras aquellos tocados que los tontos aderezan con gran afectación, temerosos siempre de que un solo cabello fuera de lugar provoque la censura de los espectadores circunstantes, los cuales, abandonando su primer pensamiento, no hablen ya de otra cosa ni critiquen otra cosa. Tales hombres tienen por constantes consejeros el espejo y el peine; y el viento, que pone en desorden sus acicaladas cabelleras, es su más mortal enemigo.
¿No ves tú que, entre las humanas bellezas, un bellísimo rostro detiene a los transeúntes mejor que las riquezas que lo encuadran? Me refiero aquí a los que adornan sus pinturas con abundancia de dorados embelecos.
Cuando la obra supera el juicio del operador, éste avanzará poco. Pero cuando el juicio supera la obra, ésta irá perpetuamente mejorando —si la codicia del dinero no lo impide.
¡Pobre maestro aquél cuya obra es superior a su juicio! Aquel cuya obra es superada por su juicio, marcha en derechura a la perfección de su arte.
Los cuartos o habitaciones pequeños concentran el espíritu; los grandes lo dispersan.
Me ha sucedido ya, a veces, mirando una nube o un muro, descubrir en ellos manchas que, si bien privadas en realidad de perfección, en algún detalle despertaban mi inventiva, gracias a la perfección de sus movimientos y actitudes.
El joven debe empezar por aprender la perspectiva; después, las medidas de cada cosa; después, debe pasar a manos de un buen maestro que lo acostumbrará a dibujar hermosos miembros; después, dibujará del natural, para confirmar la razón de las cosas aprendidas: después aprenderá bajo la dirección simultánea de diversos maestros, y, en fin, se habituará a poner en práctica y obra su arte.
Pero tú, pintor, que no gozas de un parecido ordenamiento, no desprecies el estudio, como hacen los ávidos de ganancia; y evita la crítica de los entendidos, complaciéndote en sacar de la naturaleza todas tus representaciones.
El pintor que no sabe utilizar las figuras que representan a los primeros, es como el orador que no sabe emplear bien las segundas.
Cada ramo y cada fruto nace a raíz de su hoja, la cual les hace las veces de madre, ofreciéndoles el agua de las lluvias y la humedad del rocío que le cae de noche, y muchas veces los abriga del calor excesivo de los rayos solares.
Y si tú reconoces que el espejo, por medio de los lineamientos y las sombras y las luces, te hace aparecer las cosas destacándose, tú, que tienes entre tus colores las sombras y las luces más potentes que las del espejo, ciertamente, si sabes combinarlos bien, conseguirás que tu pintura parezca también una cosa natural, vista en un gran espejo.
Cuando quieras ver si tu pintura en conjunto está conforme con el objeto que ella tomó del natural, procúrate un espejo y haz que en él se refleje la cosa viva, parangonando con tu pintura la imagen reflejada en el espejo; y observa bien si las dos semblanzas, la de la cosa misma y la de la pintura, son conformes entre sí.
Debes tomar al espejo por maestro —hablo de un espejo plano—, porque sobre su superficie las cosas se asemejan en muchas partes a la pintura.
Cuida, pues, ¡oh pintor!, de evitar que la codicia de la ganancia venza en ti el honor del arte, pues la ganancia del honor vale mucho más que el honor de la fortuna.