Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Si las pesadas ruinas de las grandes montañas o de los altos edificios chocan en su caída contra el vasto piélago de las aguas, gran cantidad de agua rebotará en el aire, y será proyectada de modo que el ángulo de reflexión sea igual al ángulo de incidencia.
Pero este agua desbordada irá arremolinándose en el piélago que la encierra, y con retrocesos vertiginosos, producidos al chocar contra diversos objetos, saltará en fangosa espuma, volviendo a caer ruego y proyectando en el aire el agua por ella golpeada. Y las ondas circulares que huyen del punto en que chocaron, caminando oblicuamente sobre las otras ondas circulares que vienen a su encuentro, surgen en alto sin despegarse de sus bases.
Desciendan luego las ruinas de algunas montañas hasta la profundidad de algún valle, convirtiéndose en represa del agua desbordada del río que por él corre, la cual represa se rompa, dejando pasar en olas enormes el caudal del río, que irá a golpear y destruir los muros de las ciudades y granjas del valle. Las ruinas de los altos edificios de tales ciudades, levantarán gran polvareda, mientras el agua subirá en forma de humo o de revueltos nubarrones, que chocarán contra la lluvia descendente.
Tropas de ganado azotadas por el granizo, los rayos y el viento arremolinado.
Gente que, trepada sobre un árbol, no logra sostenerse en posición; plantas, peñascos, torres, cumbres llenas de gente; barcas, tablas, artesas y otros objetos que pueden ayudar a nadar; alturas cubiertas de hombres, mujeres y animales, y relámpagos que desde las nubes iluminan todo.
Naves hechas pedazos contra los escollos.
Árboles despedazados, cargados de gente.
Vientos vertiginosos que levantan en el aire masas de agua, gajos de árboles, cuerpos humanos.
Ramas arrancadas por el viento y arrastrando en su carrera a los hombres asidos de ellas.
Y quizá pienses poder reprocharme el haber figurado los trazos que marca en el aire el movimiento del viento, teniendo en cuenta que el viento es cosa invisible. A esto responderé que no es el movimiento del viento, sino el de las cosas que el viento lleva en sí las que se ven en el aire.
Tinieblas, viento, borrascas, diluvio, selvas incendiadas, lluvia, el rayo, los terremotos, desmoronamiento de montañas, arrasamiento de ciudades.
Tropas de animales, como caballos, bueyes, cabras, ovejas, rodeados por las aguas, quedaban aislados en las cumbres de los montes elevados, y apretujados a tal extremo que los más próximos al centro del montón se trepaban en alto y pisoteaban a los demás, causando entre sí gran alboroto. Y muchos de ellos morían por falta de alimento.
El movimiento del aire se hace visible en el movimiento del polvo que levanta el caballo en su carrera. Y este movimiento del polvo le permite ir llenando —a medida que se producen— los espacios de aire, que serían invisibles si él no los vistiera. El movimiento del polvo será, pues, tanto más veloz cuanto más rápido sea el movimiento con que el caballo deja tras de sí esos espacios de aire invisibles.
A otros, no bastándoles con cerrar los ojos, se los tapaban con las manos puestas una sobre otra, para no ver el cruel destrozo causado por la ira divina en la humana especie. ¡Cuántos lamentos desesperados partían de entre los peñascos! El ímpetu de los huracanes lanzaba por los aires grandes ramas de encinas cargadas de hombres.
Los hombres defendían a mano armada sus pequeños refugios contra los leones, lobos y otras fieras rapaces que buscaban allí su salvación. ¡Cuántos espantosos rumores se oían a través del aire oscuro, sacudido por rayos y truenos, destructores de cuanta cosa hallaban en su camino! ¡Cuántos habríais visto taparse los oídos para esquivar los inmensos estrépitos que causaban en el aire la furia de los vientos y la lluvia y los truenos que sacudían el cielo, iluminado por los relámpagos!
Toda la bóveda celeste y el horizonte que la limita, aparecían borrascosos e incendiados por el continuo fulgor de los relámpagos. Veíanse hombres y pájaros llenando los árboles más grandes, no cubiertos aún por la invasión de las aguas y que formaban altas barreras en torno de los profundos abismos.
Privan de la vista a los animales con quienes pelean y de los cuales se nutren, siguiendo así las órdenes de la naturaleza.
La hormiga, por instinto natural, se provee en el verano para el invierno, matando las semillas que va almacenando para que no renazcan, y de ellas se alimenta a su tiempo.
Donde hay más luz, más se enceguece y más se ofusca cuanto más mira el sol. Aplicable al vicio que no puede soportar la presencia de la virtud.
Muere en el aceite y revive en el vinagre. Canta durante los calores ardientes.
De igual modo la abstinencia de los placeres del paladar se lleva y mata las enfermedades que de ellos provienen y abre el camino de la virtud.
La mordedura de la tarántula mantiene al hombre en la disposición de espíritu en que se hallaba cuando fue mordido.
Se puede comparar la virtud de la justicia con el rey de las abejas, el cual ordena y dispone todas las cosas razonablemente; manda a algunas que vayan a las flores, a otras que trabajen, a otras que peleen contra las avispas, a otras que quiten las inmundicias, a otras que acompañen y escolten al rey. Cuando es viejo y pierde las alas, lo transportan, y si alguna falta a este deber, la castigan sin remisión.
Teje con empeñoso trabajo, admirable artificio y fina labor, la habitación nueva que la encierra y de la cual sale, con sus bellas alas de colores, para elevarse al cielo. (Alegoría de la virtud).
Saca de sí misma la obra maestra de su artificiosa tela, que le da como premio de su trabajo la presa en ella prisionera.
Cuando el cocodrilo sorprende a un hombre, lo mata enseguida. Después de matarlo se compadece de él con voz lastimera y lo llora con muchas lágrimas. Cuando ha terminado: su lamentación, lo devora cruelmente. Tal hace el hipócrita, que disimula, con el rostro bañado en lágrimas, su corazón de tigre y, mostrando apiadarse, en el tondo de su corazón se regocija de los males ajenos.
Vive del aire, en el cual todos los pájaros lo dominan. Para estar más seguro, vuela sobre las nubes hasta encontrar aire tan sutil que no puede sostener a los pájaros que lo persiguen. A esa altura sólo llega aquel a quien el cielo da permiso, es decir, el camaleón.
Este mortal enemigo del áspid es nativo de Egipto. Cuando descubre cerca del sitio en que habita la presencia de un áspid, corre enseguida a buscar la arena o el fango de los bordes del Nilo, y con ellos se embadurna todo, y después de secarse al sol, repite la operación varias veces, procurándose así tres o cuatro vestiduras semejantes a corazas. Ataca entonces a su enemigo y pelea con él valientemente hasta el momento en que logra, cogiéndolo por la garganta, matarlo.
Se posa sobre los árboles, se lanza desde ellos como un dardo y atraviesa el cuerpo de los animales salvajes, matándolos.
Cuando quiere alimentarse, esconde bajo las hojas todo el cuerpo, excepto los cuernecillos. Moviendo éstos, los pájaros que los toman por gusanillos que juegan entre ellos, bajan a comerlos, y entonces el cerasta se enrosca alrededor de ellos y los devora.
Tiene dos cabezas: una en el sitio normal, la otra en la cola, como si no le bastase con una para arrojar su veneno.
Marco Régulo, cónsul del ejército romano, fue asaltado por uno de estos animales y estuvo a punto de verse aniquilado, él y su gente. Se logró matarlo con una máquina de guerra, y se halló que medía ciento veinticinco pies o sesenta y dos brazas y media. Su cabeza se levaba sobre todos los árboles de una selva.
Combate con el elefante anudándole las patas con la cola y rodeándole las costillas con las alas y las garras, mientras le destroza con los dientes la garganta. El elefante cae vencido sobre el dragón y lo aplasta con su peso; y así, muriendo, se venga de su enemigo.
Se enrosca a las patas de la vaca, inmovilizándola, y luego la ordeña hasta agotarla. Fue muerta una culebra de esta especie en tiempos del emperador Claudio, sobre el monte Vaticano, la cual tenía en su interior el cuerpo entero de un niño que se había tragado.
Van enlazados unos con otros formando a manera de zarzas, y pasan los pantanos nadando con la cabeza levantada, en busca de mejor postura. Si no se unieran de ese modo, perecerían ahogados: modelo de concordia. Cuando el dragón ve un pájaro que vuela por el aire, le arroja un tan fuerte soplo de su aliento, que lo hace caer en su boca.
La hembra ataca al macho —y esto es exclusivamente propio de su especie— abriendo la boca y mordiéndolo con sus agudos dientes hasta matarlo. Los hijos salen de su cuerpo desgarrándole el vientre y causando así su muerte.
El basilisco es tan cruel que, cuando no puede matar a los animales con sus ojos venenosos, se vuelve contra las hierbas y los árboles, y los deseca con los efluvios de su mirada.
Descubre la cueva del basilisco por el olor de su orina derramada, y lo mata; pero muchas veces ese mismo olor mata a la comadreja.
Nace en Etiopía, cerca de las fuentes del Niger (Nigricapo). Es un animal de moderado tamaño, perezoso en todos sus miembros. Su cabeza es tan grande que la lleva trabajosamente, siempre inclinada hacia el suelo. Gracias a esta circunstancia, no es fatal al hombre, pues todo aquel a quien mira muere instantáneamente.
Come frugalmente una sola vez al día; y preferirá caer en manos del cazador a mancillar en algún sucio pantano la blancura delicada de su piel.
El sapo se nutre de tierra, y está siempre flaco, porque no come nunca hasta saciarse: tanto es su temor de que llegue a faltarle el alimento. Huye de la luz del sol; y cuando a ella es expuesto con violencia, se hincha y oculta la cabeza para resguardarla de sus rayos. Tal hace el enemigo de la clara y esplendente virtud, cuando su rebelde espíritu es obligado a enfrentarla.
La tórtola no engaña jamás a su compañero. Si éste muere, el otro observa perpetua castidad, y no se posa más sobre las ramas verdes, ni bebe agua clara.
La liebre tiembla de temor perpetuamente. Basta para asustarla y hacerla huir el ruido de las hojas que caen de los árboles en otoño.
Se ha escrito que el castor, cuando los cazadores lo persiguen a causa de la virtud medicinal de sus testículos, sabiéndolo, se detiene, si no puede huir, los corta con sus afilados dientes, y los abandona a sus enemigos.
Con las entrañas fuera lucha todavía con los perros y los cazadores
Cuando quiere renovar su piel se despoja de ella, empezando por la cabeza. La operación dura un día y una noche.
Cura sus enfermedades comiendo hiedra
Cuando se siente mordido por la araña llamada falangio, come cangrejos y así se libra del veneno.