Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
Jaime Sabines
Los He Visto En El Cine
Los he visto en el cine,
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.
Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.
Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve, les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.
Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.
Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve, les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.
541
Jaime Sabines
Yo No Lo Sé De Cierto
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)
587
Jaime Sabines
Miss X
Miss X, sí, la menuda Miss Equis,
llegó, por fin, a mi esperanza:
alrededor de sus ojos,
breve, infinita, sin saber nada.
Es ágil y limpia como el viento
tierno de la madrugada,
alegre y suave y honda
como la yerba bajo el agua.
Se pone triste a veces
con esa tristeza mural que en su cara
hace ídolos rápidos
y dibuja preocupados fantasmas.
Yo creo que es como una niña
preguntándole cosas a una anciana,
como un burrito atolondrado
entrando a una ciudad, lleno de paja.
Tiene también una mujer madura
que le asusta de pronto la mirada
y se le mueve dentro y le deshace
a mordidas de llanto las entrañas.
Miss X, sí, la que me ríe
y no quiere decir cómo se llama,
me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,
que me ama pero que no me ama.
Yo la dejo que mueva la cabeza
diciendo no y no, que así me cansa,
y mi beso en su mano le germina
bajo la piel en paz semilla de alas.
Ayer la luz estuvo
todo el día mojada,
y Miss X salió con una capa
sobre sus hombros, leve, enamorada.
Nunca ha sido tan niña, nunca
amante en el tiempo tan amada.
El pelo le cayó sobre la frente,
sobre sus ojos, mi alma.
La tomé de la mano, y anduvimos
toda la tarde de agua.
¡Ah, Miss X, Miss X, escondida
flor del alba!
Usted no la amará, señor, no sabe.
Yo la veré mañana.
llegó, por fin, a mi esperanza:
alrededor de sus ojos,
breve, infinita, sin saber nada.
Es ágil y limpia como el viento
tierno de la madrugada,
alegre y suave y honda
como la yerba bajo el agua.
Se pone triste a veces
con esa tristeza mural que en su cara
hace ídolos rápidos
y dibuja preocupados fantasmas.
Yo creo que es como una niña
preguntándole cosas a una anciana,
como un burrito atolondrado
entrando a una ciudad, lleno de paja.
Tiene también una mujer madura
que le asusta de pronto la mirada
y se le mueve dentro y le deshace
a mordidas de llanto las entrañas.
Miss X, sí, la que me ríe
y no quiere decir cómo se llama,
me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,
que me ama pero que no me ama.
Yo la dejo que mueva la cabeza
diciendo no y no, que así me cansa,
y mi beso en su mano le germina
bajo la piel en paz semilla de alas.
Ayer la luz estuvo
todo el día mojada,
y Miss X salió con una capa
sobre sus hombros, leve, enamorada.
Nunca ha sido tan niña, nunca
amante en el tiempo tan amada.
El pelo le cayó sobre la frente,
sobre sus ojos, mi alma.
La tomé de la mano, y anduvimos
toda la tarde de agua.
¡Ah, Miss X, Miss X, escondida
flor del alba!
Usted no la amará, señor, no sabe.
Yo la veré mañana.
590
Jaime Sabines
Los Amorosos
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable
aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable
aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
1.041
Jaime Sabines
Entresuelo
Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.
756
José Antonio Ramos Sucre
El Tejedor De Mimbres
EL TEJEDOR DE MIMBRES
Un ave espectral, imagen de la pesadumbre y del sacrificio, volaba
entre el humo y el ámbar de noviembre. Yo me perdía en la
contemplación del vuelo monótono.
Los hábitos indolentes, la afición al
ensueño, impedían mi rescate de la miseria. Yo me
escondía en la maleza de un río palustre.
Una beldad seráfica aparecía a
interrumpir mi desidia y me señalaba el camino del
océano. Yo me aventuraba a recoger unas hierbas salobres y,
pensando en el atavío de su persona, las despojaba de sus flores
de marfil, emitidas súbitamente en el día más
prolijo del año.
Yo asistí de lejos a la fiesta de sus bodas,
perdido en la muchedumbre de los descalzos. La doncella clemente
vestía de luto y las luces de la basílica, una joya
italiana, la rodeaban de un aura mortecina. Había nacido para el
embeleso de un amor ideal.
Pasó brevemente de esta vida. Su caballo la
derribó por tierra, al emprender un viaje fortuito.
Yo penetré en la sala de su vivienda, la
semana misma del llanto. Los deudos solemnes preguntaban el linaje de
sus flores de marfil, reunidas sobre un cojín de terciopelo. No
alcanzaban a comprender su origen de un mundo invisible.
Un ave espectral, imagen de la pesadumbre y del sacrificio, volaba
entre el humo y el ámbar de noviembre. Yo me perdía en la
contemplación del vuelo monótono.
Los hábitos indolentes, la afición al
ensueño, impedían mi rescate de la miseria. Yo me
escondía en la maleza de un río palustre.
Una beldad seráfica aparecía a
interrumpir mi desidia y me señalaba el camino del
océano. Yo me aventuraba a recoger unas hierbas salobres y,
pensando en el atavío de su persona, las despojaba de sus flores
de marfil, emitidas súbitamente en el día más
prolijo del año.
Yo asistí de lejos a la fiesta de sus bodas,
perdido en la muchedumbre de los descalzos. La doncella clemente
vestía de luto y las luces de la basílica, una joya
italiana, la rodeaban de un aura mortecina. Había nacido para el
embeleso de un amor ideal.
Pasó brevemente de esta vida. Su caballo la
derribó por tierra, al emprender un viaje fortuito.
Yo penetré en la sala de su vivienda, la
semana misma del llanto. Los deudos solemnes preguntaban el linaje de
sus flores de marfil, reunidas sobre un cojín de terciopelo. No
alcanzaban a comprender su origen de un mundo invisible.
500
José Antonio Ramos Sucre
La Huella
LA HUELLA
Una luz febril recorría los cielos en la noche del viernes santo.
Yo distinguía los perfiles de una ciudad
oculta en la sombra y el símbolo de una escala de sones
volátiles en el silencio penitente.
Yo me había asomado a la ventana
después de consignar en un escrito los azares de una
pasión ideal. Yo volvía el discurso al caso de Dante, a
sus cuitas de amor en la cámara del sobresalto y de la amargura.
Yo sufría del arrojo de mi pensamiento. Una
forma aviesa imitaba el objeto de mis devaneos y sugería con el
ademán la vista de un suplicio.
El temporal, nacido en unos montes lívidos,
fugaba delante de sí el tumulto de las tinieblas y
esparcía las voces de una multitud precita. Yo dije entre
alabanzas el nombre soberano, cifra de mis anhelos, y el fantasma
lacónico se deslizó de mi presencia, dejando en su vez un
reguero de polvo.
Una luz febril recorría los cielos en la noche del viernes santo.
Yo distinguía los perfiles de una ciudad
oculta en la sombra y el símbolo de una escala de sones
volátiles en el silencio penitente.
Yo me había asomado a la ventana
después de consignar en un escrito los azares de una
pasión ideal. Yo volvía el discurso al caso de Dante, a
sus cuitas de amor en la cámara del sobresalto y de la amargura.
Yo sufría del arrojo de mi pensamiento. Una
forma aviesa imitaba el objeto de mis devaneos y sugería con el
ademán la vista de un suplicio.
El temporal, nacido en unos montes lívidos,
fugaba delante de sí el tumulto de las tinieblas y
esparcía las voces de una multitud precita. Yo dije entre
alabanzas el nombre soberano, cifra de mis anhelos, y el fantasma
lacónico se deslizó de mi presencia, dejando en su vez un
reguero de polvo.
521
José Antonio Ramos Sucre
La Cañonesa
LA CAÑONESA
Yo visité la ciudad de la penumbra y de los colores ateridos y
el enfado y la melancolía sobrevinieron a entorpecer mi voluntad.
El sol de un mes de lluvia provocaba el hechizo del
plenilunio en el espejo del suelo glacial. Yo salí a recrear la
vista por calles y plazas y pregunté el nombre de las estatuas
vestidas de hiedra. Prelados y caballeros, desde los zócalos
soberbios, infundían la nostalgia de los siglos armados de una
república episcopal.
Una iglesia esculpida y cincelada imitaba la de San
Sebaldo en la vetusta Nuremberg. Las imágenes de la puerta
reproducían el semblante del águila, del león y
del buey.
Los nativos se esmeraban en la fábrica de
juguetes infantiles, de tiorbas angélicas, salterios y
laúdes. Una doncella me separó de la reverencia a los
monumentos arcaicos, me otorgó el privilegio de su amistad y
vino a referirme su vida sombría, un ejemplo de sencillez y de
sacrificio. Ofrendaba su juventud a la memoria de un hermano fallecido
antes de tiempo y lo sustituía, conservándose pura y
célibe, en el consejo de una orden militar.
Yo visité la ciudad de la penumbra y de los colores ateridos y
el enfado y la melancolía sobrevinieron a entorpecer mi voluntad.
El sol de un mes de lluvia provocaba el hechizo del
plenilunio en el espejo del suelo glacial. Yo salí a recrear la
vista por calles y plazas y pregunté el nombre de las estatuas
vestidas de hiedra. Prelados y caballeros, desde los zócalos
soberbios, infundían la nostalgia de los siglos armados de una
república episcopal.
Una iglesia esculpida y cincelada imitaba la de San
Sebaldo en la vetusta Nuremberg. Las imágenes de la puerta
reproducían el semblante del águila, del león y
del buey.
Los nativos se esmeraban en la fábrica de
juguetes infantiles, de tiorbas angélicas, salterios y
laúdes. Una doncella me separó de la reverencia a los
monumentos arcaicos, me otorgó el privilegio de su amistad y
vino a referirme su vida sombría, un ejemplo de sencillez y de
sacrificio. Ofrendaba su juventud a la memoria de un hermano fallecido
antes de tiempo y lo sustituía, conservándose pura y
célibe, en el consejo de una orden militar.
472
José Antonio Ramos Sucre
Elaina
ELAINA
La virgen duerme el sueño invariable en su ataúd de
vidrio. Una lámpara de piedra ilumina el bajo relieve de la
pasión en la iglesia nocturna. El reguero de la lluvia divide
las piezas del tejado y disemina en los muros una broza caduca.
La virgen se incorpora de donde yace, en los
días de portento y de amenaza. Su voz incoherente ha revelado
las maravillas de otro siglo, del mundo sobrenatural, el alivio de las
almas del purgatorio en el viernes santo.
Los naturales no se atreven a depositarla en el seno
de la tierra y admiran cómo pasó de una juventud alegre
al pensamiento ensimismado, a un afecto mortal y conflictivo. La
doctrina mística no consiente la desmedida afición de las
criaturas.
La virgen del sueño padece con las zozobras
de los enamorados y los endereza por el camino del remedio. Yo
vivía consumido por la desesperanza y di con el solaz
permaneciendo de rodillas al pie del ataúd de vidrio.
Yo no sabía de la virgen del sueño ni
de esa manera de salud durante los días de lluvia el año
marchito, cuando las nubes arrojaban sobre las colinas una gasa
fría. Descubrí la iglesia del prodigio y miré en
la actitud prosternada y humilde un requisito para el hallazgo del
júbilo, al romper el alba de la primavera y en vista de un
mensaje del hada golondrina.
La virgen duerme el sueño invariable en su ataúd de
vidrio. Una lámpara de piedra ilumina el bajo relieve de la
pasión en la iglesia nocturna. El reguero de la lluvia divide
las piezas del tejado y disemina en los muros una broza caduca.
La virgen se incorpora de donde yace, en los
días de portento y de amenaza. Su voz incoherente ha revelado
las maravillas de otro siglo, del mundo sobrenatural, el alivio de las
almas del purgatorio en el viernes santo.
Los naturales no se atreven a depositarla en el seno
de la tierra y admiran cómo pasó de una juventud alegre
al pensamiento ensimismado, a un afecto mortal y conflictivo. La
doctrina mística no consiente la desmedida afición de las
criaturas.
La virgen del sueño padece con las zozobras
de los enamorados y los endereza por el camino del remedio. Yo
vivía consumido por la desesperanza y di con el solaz
permaneciendo de rodillas al pie del ataúd de vidrio.
Yo no sabía de la virgen del sueño ni
de esa manera de salud durante los días de lluvia el año
marchito, cuando las nubes arrojaban sobre las colinas una gasa
fría. Descubrí la iglesia del prodigio y miré en
la actitud prosternada y humilde un requisito para el hallazgo del
júbilo, al romper el alba de la primavera y en vista de un
mensaje del hada golondrina.
497
José Antonio Ramos Sucre
De Profundis
DE PROFUNDIS
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
479
José Antonio Ramos Sucre
La Presencia
LA PRESENCIA
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
449
José Antonio Ramos Sucre
Los Lazos De La Quimera
LOS LAZOS DE LA QUIMERA
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
444
José Antonio Ramos Sucre
El Espejo De Las Hadas
EL ESPEJO DE LAS HADAS
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
491
José Antonio Ramos Sucre
El Rencor
EL RENCOR
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
453
José Antonio Ramos Sucre
El Duelo
EL DUELO
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
491
José Antonio Ramos Sucre
La Cuestación
LA CUESTACIÓN
Salía de mi celda, en anocheciendo, a juntar
limosnas para el enterramiento de los supliciados y el consuelo de sus
hijos. Las recibía copiosamente de los próceres de la
ciudad, amigos de la diversión y el riesgo, atentos al mejor
provecho de la hora presente, según la costumbre de los paganos
y la advertencia de sus autores mendaces. La mañana eclipsaba a
menudo las antorchas vigilantes de la orgía, cuando no declaraba
las víctimas de la sensualidad o permitía reconstituir,
en vista de una carroza volcada, la riña de los satélites.
El cielo habría llovido sus meteoros
fulminantes sobre la ciudad incrédula, si no estuviera presente
la doncella de mirada atónita y rostro exangüe, ejemplo de
una fraternidad religiosa y de su ley estricta. Volaba sobre la tierra
nefanda y su voz prevenía el ademán del homicida.
Pertenecía a un linaje de caballeros, los
más entusiastas de una cruzada, lisonjeados con la promesa de
una corona en ultramar. Satisfacía una penitencia
atávica, motivada por una de sus abuelas, el hada Melusina,
acusada de mudar la mitad del cuerpo, un día de la semana, en
una cauda lúbrica de sirena.
La devoción de la doncella redime sus deudos
de la visita de un fantasma. El hada Melusina, resentida con sus
descendientes, frecuentaba las torres de sus palacios, amenazando
calamidades.
Salía de mi celda, en anocheciendo, a juntar
limosnas para el enterramiento de los supliciados y el consuelo de sus
hijos. Las recibía copiosamente de los próceres de la
ciudad, amigos de la diversión y el riesgo, atentos al mejor
provecho de la hora presente, según la costumbre de los paganos
y la advertencia de sus autores mendaces. La mañana eclipsaba a
menudo las antorchas vigilantes de la orgía, cuando no declaraba
las víctimas de la sensualidad o permitía reconstituir,
en vista de una carroza volcada, la riña de los satélites.
El cielo habría llovido sus meteoros
fulminantes sobre la ciudad incrédula, si no estuviera presente
la doncella de mirada atónita y rostro exangüe, ejemplo de
una fraternidad religiosa y de su ley estricta. Volaba sobre la tierra
nefanda y su voz prevenía el ademán del homicida.
Pertenecía a un linaje de caballeros, los
más entusiastas de una cruzada, lisonjeados con la promesa de
una corona en ultramar. Satisfacía una penitencia
atávica, motivada por una de sus abuelas, el hada Melusina,
acusada de mudar la mitad del cuerpo, un día de la semana, en
una cauda lúbrica de sirena.
La devoción de la doncella redime sus deudos
de la visita de un fantasma. El hada Melusina, resentida con sus
descendientes, frecuentaba las torres de sus palacios, amenazando
calamidades.
463
José Antonio Ramos Sucre
El Tótem
EL TÓTEM
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
415
José Antonio Ramos Sucre
La Juventud Del Rapsoda
LA JUVENTUD DEL RAPSODA
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
474
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Mortecina
LA VIDA MORTECINA
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
480
José Antonio Ramos Sucre
Edad De Plata
EDAD DE PLATA
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
512
José Antonio Ramos Sucre
El Derrotero De Camõens
EL DERROTERO DE CAMÕENS
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
437
José Antonio Ramos Sucre
La Cábala
LA CÁBALA
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
469
José Antonio Ramos Sucre
El Rebelde
EL REBELDE
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
459
José Antonio Ramos Sucre
Lucía
LUCÍA
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
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