Poemas en este tema
Relaciones y Familia
Luis Alberto de Cuenca
El Libro De Monelle
Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
497
Luis Alberto de Cuenca
La Venus De Willendorf
Entre las chicas norteamericanas
que estudian español en la academia
de enfrente de tu casa, hay una gorda
que es igual que la Venus de tus sueños.
Bajo una camiseta de elefante
que pone «University of Indiana
(Jones)» y unos pantalones de hipopótamo,
se mueve por el mundo con el arte
que le da su ascendencia mitológica.
Hace ya varios días que vigilo
desde el balcón su cuádruple barbilla
y el sol dorado de su cabellera.
Hace ya varios días que le envío,
cuando se pone a tiro de mis ojos,
dardos de amor y flechas de deseo.
Pero no llegan nunca a su destino.
que estudian español en la academia
de enfrente de tu casa, hay una gorda
que es igual que la Venus de tus sueños.
Bajo una camiseta de elefante
que pone «University of Indiana
(Jones)» y unos pantalones de hipopótamo,
se mueve por el mundo con el arte
que le da su ascendencia mitológica.
Hace ya varios días que vigilo
desde el balcón su cuádruple barbilla
y el sol dorado de su cabellera.
Hace ya varios días que le envío,
cuando se pone a tiro de mis ojos,
dardos de amor y flechas de deseo.
Pero no llegan nunca a su destino.
545
Luis Alberto de Cuenca
Gudrúnarkvida
Carmen en estos casos se supera.
Se dispone a sufrir sin una lágrima.
No se golpea el pecho con la manos,
ni gime, ni los ojos se le nublan.
A su lado se sientan sus amigas,
todas muy maquilladas, con modelos
exclusivos y oscuros, lamentando
la muerte de Ricardo entre sollozos,
Carmen está tan triste que no llora.
Tanto dolor le sube a la cabeza
que no sabe qué hacer para alojarlo.
Mientras, María rompe el fuego y dice:
«No sé si va a servirte de consuelo,
pero he sufrido mucho en esta vida.
Mi familia murió en un accidente
de coche, en pleno estado de embriaguez:
mis dos maridos, hijos, hijas, todos.
Me he quedado solísima en el mundo».
Como Carmen seguía sin llorar,
habló Julia, la de ojos transparentes,
y entre lágrimas dijo estas palabras:
«Más he sufrido yo. Mis siete hijos
murieron peleándose entre ellos
y mis padres se ahogaron en la playa
el verano pasado, uno tras otro.
Yo sola preparé los funerales
y encargué las guirnaldas de sus tumbas.
Para mí ya no existe la alegría».
Marta la triste habló, sumida en llanto:
«A mí me odia Fernando, pero teme
quedarse sin dinero si me deja.
Sale con una chica, últimamente,
que no ha cumplido aún los veinte años.
Me obliga a descalzarla cuando viene
y a servirle en la cama el desayuno.
¡No puedo más de fiestas y de drogas
y de esa horrible gente de la noche!»
Pero Carmen no llora. Se levanta,
quita la tela que cubría al muerto,
ve el pelo enmarañado por la sangre,
ve los brillantes ojos apagados,
ve el pecho roto, las mejillas frías,
los labios negros y los pies blanquísimos,
ve el despojo que ayer fuera Ricardo.
Y Carmen ya no puede seguir viendo.
Cae hacia atrás, como si aquello fuese
a desaparecer si no lo mira,
y sus amigas corren a atenderla.
Y cuando su cabeza se refugia
en un cojín que apunta al cielorraso,
no puede evitar Carmen que una lágrima,
una caliente lágrima de amor,
resbale de sus ojos.
Se dispone a sufrir sin una lágrima.
No se golpea el pecho con la manos,
ni gime, ni los ojos se le nublan.
A su lado se sientan sus amigas,
todas muy maquilladas, con modelos
exclusivos y oscuros, lamentando
la muerte de Ricardo entre sollozos,
Carmen está tan triste que no llora.
Tanto dolor le sube a la cabeza
que no sabe qué hacer para alojarlo.
Mientras, María rompe el fuego y dice:
«No sé si va a servirte de consuelo,
pero he sufrido mucho en esta vida.
Mi familia murió en un accidente
de coche, en pleno estado de embriaguez:
mis dos maridos, hijos, hijas, todos.
Me he quedado solísima en el mundo».
Como Carmen seguía sin llorar,
habló Julia, la de ojos transparentes,
y entre lágrimas dijo estas palabras:
«Más he sufrido yo. Mis siete hijos
murieron peleándose entre ellos
y mis padres se ahogaron en la playa
el verano pasado, uno tras otro.
Yo sola preparé los funerales
y encargué las guirnaldas de sus tumbas.
Para mí ya no existe la alegría».
Marta la triste habló, sumida en llanto:
«A mí me odia Fernando, pero teme
quedarse sin dinero si me deja.
Sale con una chica, últimamente,
que no ha cumplido aún los veinte años.
Me obliga a descalzarla cuando viene
y a servirle en la cama el desayuno.
¡No puedo más de fiestas y de drogas
y de esa horrible gente de la noche!»
Pero Carmen no llora. Se levanta,
quita la tela que cubría al muerto,
ve el pelo enmarañado por la sangre,
ve los brillantes ojos apagados,
ve el pecho roto, las mejillas frías,
los labios negros y los pies blanquísimos,
ve el despojo que ayer fuera Ricardo.
Y Carmen ya no puede seguir viendo.
Cae hacia atrás, como si aquello fuese
a desaparecer si no lo mira,
y sus amigas corren a atenderla.
Y cuando su cabeza se refugia
en un cojín que apunta al cielorraso,
no puede evitar Carmen que una lágrima,
una caliente lágrima de amor,
resbale de sus ojos.
462
Luis Alberto de Cuenca
Alicia Liddell Abandona El País De Las Maravillas Para Contraer Matrimonio
Un pastel en los labios, un olvido
con nata en la memoria de la frente.
De chocolate y oro la pendiente
del seno, las ardillas del vestido.
La bizarra silueta de un bandido
en los ojos. La imagen balbuciente
del aquel primer amor, su negligente
porte de adolescente forajido.
Fresas y soledad en las mejillas,
celofán de los hombros, tulipanes
de brisa y risa y mar y tierna veda
de minúsculos tigres, o abubillas
al acecho de fieros gavilanes.
El cremoso susurro de la seda.
con nata en la memoria de la frente.
De chocolate y oro la pendiente
del seno, las ardillas del vestido.
La bizarra silueta de un bandido
en los ojos. La imagen balbuciente
del aquel primer amor, su negligente
porte de adolescente forajido.
Fresas y soledad en las mejillas,
celofán de los hombros, tulipanes
de brisa y risa y mar y tierna veda
de minúsculos tigres, o abubillas
al acecho de fieros gavilanes.
El cremoso susurro de la seda.
707
Luis Alberto de Cuenca
Marooned
Silencio de barreras coralinas en el Fort du Rocher
Escasea el bucán en los depósitos de la Cofradía.
Venías de los Mabinogion.
You lov'd me like a mist junto a los pumas de la noche.
Entre el estruendo de las baterías españolas.
El látigo del ron en la garganta.
La vergonzosa fuga del enemigo.
El fin de un gobernador cobarde.
Feliz balance en Puerto Bello.
Consumar con el sol una jornada victoriosa.
Enarbolaste la bandera negra de Némesis.
Me sentía orgulloso de tu valor.
Y en la choza besar tus labios
y sentirme otra vez marooned.
Escasea el bucán en los depósitos de la Cofradía.
Venías de los Mabinogion.
You lov'd me like a mist junto a los pumas de la noche.
Entre el estruendo de las baterías españolas.
El látigo del ron en la garganta.
La vergonzosa fuga del enemigo.
El fin de un gobernador cobarde.
Feliz balance en Puerto Bello.
Consumar con el sol una jornada victoriosa.
Enarbolaste la bandera negra de Némesis.
Me sentía orgulloso de tu valor.
Y en la choza besar tus labios
y sentirme otra vez marooned.
436
Luis Alberto de Cuenca
Pasión, Muerte Y Resurrección De Propercio De Asís
Sombras, Propercio, sombras, gavilanes
oscuros, imprecisos, niebla pura,
cincha, brida y espuelas. No profanes
el mástil del amor, la arboladura
del deseo, la ofrenda de los manes,
con la triste verdad de tu locura,
cosmética, veneno, miel, divanes
y el perfume letal de la lectura.
Conocerás un puente de cuchillos,
la brisa del instante, el terciopelo
remoto como el torso de una diosa.
Sudor frío de muerte, tenues brillos
de Cintia envuelta en luminoso velo,
y, al fin, la presencia de la rosa.
oscuros, imprecisos, niebla pura,
cincha, brida y espuelas. No profanes
el mástil del amor, la arboladura
del deseo, la ofrenda de los manes,
con la triste verdad de tu locura,
cosmética, veneno, miel, divanes
y el perfume letal de la lectura.
Conocerás un puente de cuchillos,
la brisa del instante, el terciopelo
remoto como el torso de una diosa.
Sudor frío de muerte, tenues brillos
de Cintia envuelta en luminoso velo,
y, al fin, la presencia de la rosa.
609
José Zorrilla
Oriental
Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros,
y si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros,
y si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
1.080
José Zorrilla
Escena Xii (fragmento: D Juan Relata Su Historia)
Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el Emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.
De aquellos días la historia
a relataros renuncio;
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma por fin
como os podéis figurar,
con un disfraz harto ruin
y a lomos de un mal rocín,
pues me quería ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el Emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.
De aquellos días la historia
a relataros renuncio;
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma por fin
como os podéis figurar,
con un disfraz harto ruin
y a lomos de un mal rocín,
pues me quería ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
894
Julián del Casal
Ruego
Déjame reposar en tu regazo
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
777
Julián del Casal
Ruego
Déjame reposar en tu regazo
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
777
Julián del Casal
La Cólera Del Infante
Frente al balcón de la vidriera roja
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.
—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.
Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.
—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.
Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
517
Julián del Casal
Nihilismo
Voz inefable que a mi estancia llega
En medio de las sombras de la noche,
Por arrastrarme hacia la vida brega
Con las dulces cadencias del reproche.
Yo la escucho vibrar en mis oídos,
Como al pie de olorosa enredadera
Los gorjeos que salen de los nidos
Indiferente escucha herida fiera.
¿A qué llamarme al campo del combate
Con la promesa de terrenos bienes,
Si ya mi corazón por nada late
Ni oigo la idea martillar mis sienes?
Reservad los laureles de la fama
Para aquellos que fueron mis hermanos:
Yo, cual fruto caído de la rama,
Aguardo los famélicos gusanos.
Nadie extrañe mis ásperas querellas:
Mi vida, atormentada de rigores,
Es un cielo que nunca tuvo estrellas,
Es un árbol que nunca tuvo flores.
De todo lo que he amado en este mundo
Guardo, como perenne recompensa,
Dentro del corazón, tedio profundo,
Dentro del pensamiento, sombra densa.
Amor, patria, familia, gloria, rango,
Sueños de calurosa fantasía,
Cual nelumbios abiertos entre el fango
Sólo vivisteis en mi alma un día.
Hacia país desconocido abordo
Por el embozo del desdén cubierto:
Para todo gemido estoy ya sordo,
Para toda sonrisa estoy ya muerto.
Siempre el destino mi labor humilla
O en males deja mi ambición trocada:
Donde arroja mi mano una semilla
Brota luego una flor emponzoñada.
Ni en retornar la vista hacia el pasado
Goce encuentra mi espíritu abatido:
Yo no quiero gozar como he gozado,
Yo no quiero sufrir como he sufrido.
Nada del porvenir a mi alma asombra
Y nada del presente juzgo bueno;
Si miro al horizonte todo es sombra,
Si me inclino a la tierra todo es cieno.
Y nunca alcanzaré en mi desventura
Lo que un día mi alma ansiosa quiso:
Después de atravesar la selva oscura
Beatriz no ha de mostrarme el Paraíso.
Ansias de aniquilarme sólo siento
O de vivir en mi eternal pobreza
Con mi fiel compañero, el descontento,
Y mi pálida novia, la tristeza.
En medio de las sombras de la noche,
Por arrastrarme hacia la vida brega
Con las dulces cadencias del reproche.
Yo la escucho vibrar en mis oídos,
Como al pie de olorosa enredadera
Los gorjeos que salen de los nidos
Indiferente escucha herida fiera.
¿A qué llamarme al campo del combate
Con la promesa de terrenos bienes,
Si ya mi corazón por nada late
Ni oigo la idea martillar mis sienes?
Reservad los laureles de la fama
Para aquellos que fueron mis hermanos:
Yo, cual fruto caído de la rama,
Aguardo los famélicos gusanos.
Nadie extrañe mis ásperas querellas:
Mi vida, atormentada de rigores,
Es un cielo que nunca tuvo estrellas,
Es un árbol que nunca tuvo flores.
De todo lo que he amado en este mundo
Guardo, como perenne recompensa,
Dentro del corazón, tedio profundo,
Dentro del pensamiento, sombra densa.
Amor, patria, familia, gloria, rango,
Sueños de calurosa fantasía,
Cual nelumbios abiertos entre el fango
Sólo vivisteis en mi alma un día.
Hacia país desconocido abordo
Por el embozo del desdén cubierto:
Para todo gemido estoy ya sordo,
Para toda sonrisa estoy ya muerto.
Siempre el destino mi labor humilla
O en males deja mi ambición trocada:
Donde arroja mi mano una semilla
Brota luego una flor emponzoñada.
Ni en retornar la vista hacia el pasado
Goce encuentra mi espíritu abatido:
Yo no quiero gozar como he gozado,
Yo no quiero sufrir como he sufrido.
Nada del porvenir a mi alma asombra
Y nada del presente juzgo bueno;
Si miro al horizonte todo es sombra,
Si me inclino a la tierra todo es cieno.
Y nunca alcanzaré en mi desventura
Lo que un día mi alma ansiosa quiso:
Después de atravesar la selva oscura
Beatriz no ha de mostrarme el Paraíso.
Ansias de aniquilarme sólo siento
O de vivir en mi eternal pobreza
Con mi fiel compañero, el descontento,
Y mi pálida novia, la tristeza.
645
Julián del Casal
Mi Ensueño
Cuando la ardiente luz de la mañana
Tiñó de rojo el nebuloso cielo,
Quiso una alondra detener el vuelo
De mi alcoba sombría en la ventana.
Pero hallando cerrada la persiana
Fracasó en el cristal su ardiente anhelo
Y, herida por el golpe, cayó al suelo,
Adiós diciendo a su quimera vana.
Así mi ensueño, pájaro canoro
De níveas plumas y rosado pico,
Al querer en el mundo hallar cabida,
Encontró de lo real los muros de oro
Y deshecho, cual frágil abanico,
Cayó entre el fango inmundo de la vida.
Tiñó de rojo el nebuloso cielo,
Quiso una alondra detener el vuelo
De mi alcoba sombría en la ventana.
Pero hallando cerrada la persiana
Fracasó en el cristal su ardiente anhelo
Y, herida por el golpe, cayó al suelo,
Adiós diciendo a su quimera vana.
Así mi ensueño, pájaro canoro
De níveas plumas y rosado pico,
Al querer en el mundo hallar cabida,
Encontró de lo real los muros de oro
Y deshecho, cual frágil abanico,
Cayó entre el fango inmundo de la vida.
563
Julián del Casal
Ante El Retrato De Juana Samary
Nunca te conocí, mas yo te he amado
Y, en mis horas amargas de tristeza,
Tu imagen ideal he contemplado
Extasiándome siempre en su belleza.
Aunque en ella mostrabas la alegría
Que reta a los rigores de la suerte,
Detrás de tus miradas yo advertía
El terror invencible de la muerte.
Y no te amé por la sonrisa vana
Con que allí tu tristeza se reviste;
Te amé, porque en ti hallaba un alma hermana,
Alegre en lo exterior y dentro triste.
Hoy ya no atraes las miradas mías
Ni mi doliente corazón alegras,
En medio del cansancio de mis días
O la tristeza de mis noches negras;
Porque al saber que de tu cuerpo yerto
Oculta ya la tierra tus despojos,
Siento que algo de mí también ha muerto
Y se llenan de lágrimas mis ojos.
¡Feliz tú que emprendiste el raudo vuelo
Hacia el bello país desconocido
Donde esparce su aroma el asfodelo
Y murmura la fuente del olvido!
Igual suerte en el mundo hemos probado,
Mas ya contra ella mi dolor no clama:
Si tú nunca sabrás que yo te he amado
Tal vez yo ignore siempre quién me ama.
Y, en mis horas amargas de tristeza,
Tu imagen ideal he contemplado
Extasiándome siempre en su belleza.
Aunque en ella mostrabas la alegría
Que reta a los rigores de la suerte,
Detrás de tus miradas yo advertía
El terror invencible de la muerte.
Y no te amé por la sonrisa vana
Con que allí tu tristeza se reviste;
Te amé, porque en ti hallaba un alma hermana,
Alegre en lo exterior y dentro triste.
Hoy ya no atraes las miradas mías
Ni mi doliente corazón alegras,
En medio del cansancio de mis días
O la tristeza de mis noches negras;
Porque al saber que de tu cuerpo yerto
Oculta ya la tierra tus despojos,
Siento que algo de mí también ha muerto
Y se llenan de lágrimas mis ojos.
¡Feliz tú que emprendiste el raudo vuelo
Hacia el bello país desconocido
Donde esparce su aroma el asfodelo
Y murmura la fuente del olvido!
Igual suerte en el mundo hemos probado,
Mas ya contra ella mi dolor no clama:
Si tú nunca sabrás que yo te he amado
Tal vez yo ignore siempre quién me ama.
431
Julián del Casal
Camafeo
¿Quién no le rinde culto a tu hermosura
Y ante ella de placer no se enajena,
Si hay en tu busto líneas de escultura
Y hay en tu voz acentos de sirena?
Dentro de tus pupilas centelleantes,
Adonde nunca se asomó un reproche,
Llevas el resplandor de los diamantes
Y la sombra profunda de la noche.
Hecha ha sido tu boca purpurina
Con la sangre encendida de la fresa,
Y tu faz con blancuras de neblina
Donde quedó la luz del Sol impresa.
Bajo el claro fulgor de tu mirada
Como rayo de sol sobre la onda,
Vaga siempre en tu boca perfumada
La sonrisa inmortal de la Gioconda.
Desciende en negros rizos tu cabello
Lo mismo que las ondas de un torrente,
Por las líneas fugaces de tu cuello
Y el jaspe sonrosado de tu frente.
Presume el corazón que te idolatra
Como a una diosa de la antigua Grecia,
Que tienes la belleza de Cleopatra
Y la virtud heroica de Lucrecia.
Mas no te amo. Tu hermosura encierra
Tan sólo para mí focos de hastío...
¿Podrá haber en los lindes de la Tierra
Un corazón tan muerto como el mío?
Y ante ella de placer no se enajena,
Si hay en tu busto líneas de escultura
Y hay en tu voz acentos de sirena?
Dentro de tus pupilas centelleantes,
Adonde nunca se asomó un reproche,
Llevas el resplandor de los diamantes
Y la sombra profunda de la noche.
Hecha ha sido tu boca purpurina
Con la sangre encendida de la fresa,
Y tu faz con blancuras de neblina
Donde quedó la luz del Sol impresa.
Bajo el claro fulgor de tu mirada
Como rayo de sol sobre la onda,
Vaga siempre en tu boca perfumada
La sonrisa inmortal de la Gioconda.
Desciende en negros rizos tu cabello
Lo mismo que las ondas de un torrente,
Por las líneas fugaces de tu cuello
Y el jaspe sonrosado de tu frente.
Presume el corazón que te idolatra
Como a una diosa de la antigua Grecia,
Que tienes la belleza de Cleopatra
Y la virtud heroica de Lucrecia.
Mas no te amo. Tu hermosura encierra
Tan sólo para mí focos de hastío...
¿Podrá haber en los lindes de la Tierra
Un corazón tan muerto como el mío?
954
Julián del Casal
Inquietud
Miseria helada, eclipse de ideales,
De morir joven triste certidumbre,
Cadenas de oprobiosa servidumbre,
Hedor de las tinieblas sepulcrales.
Centelleo de vívidos puñales
Blandidos por ignara muchedumbre,
Para arrojarnos desde altiva cumbre
Hasta el fondo de infectos lodazales;
Ante nada mi paso retrocede,
Pero aunque todo riesgo desafío,
Nada mi corazón perturba tanto,
Como pensar que un día darme puede
Todo lo que hoy me encanta, amargo hastío,
Todo lo que hoy me hastía, dulce encanto.
De morir joven triste certidumbre,
Cadenas de oprobiosa servidumbre,
Hedor de las tinieblas sepulcrales.
Centelleo de vívidos puñales
Blandidos por ignara muchedumbre,
Para arrojarnos desde altiva cumbre
Hasta el fondo de infectos lodazales;
Ante nada mi paso retrocede,
Pero aunque todo riesgo desafío,
Nada mi corazón perturba tanto,
Como pensar que un día darme puede
Todo lo que hoy me encanta, amargo hastío,
Todo lo que hoy me hastía, dulce encanto.
491
Julián del Casal
A La Castidad
Yo no amo la mujer, porque en su seno
Dura el amor lo que en la rama el fruto,
Y mi alma vistió de eterno luto
Y en mi cuerpo infiltró mortal veneno.
Ni con voz de ángel o lenguaje obsceno
Logra en mí enardecer al torpe bruto,
Que si le rinde varonil tributo
Agoniza al instante de odio lleno.
¡Oh, blanca Castidad! Sé el ígneo faro
Que guíe el paso de mi planta inquieta
A través del erial de las pasiones,
Y otórgame, en mi horrendo desamparo,
Con los dulces ensueños del poeta
La calma de los puros corazones.
Dura el amor lo que en la rama el fruto,
Y mi alma vistió de eterno luto
Y en mi cuerpo infiltró mortal veneno.
Ni con voz de ángel o lenguaje obsceno
Logra en mí enardecer al torpe bruto,
Que si le rinde varonil tributo
Agoniza al instante de odio lleno.
¡Oh, blanca Castidad! Sé el ígneo faro
Que guíe el paso de mi planta inquieta
A través del erial de las pasiones,
Y otórgame, en mi horrendo desamparo,
Con los dulces ensueños del poeta
La calma de los puros corazones.
607
Julián del Casal
A Mi Madre
No fuiste una mujer, sino una santa
Que murió de dar vida a un desdichado,
Pues salí de tu seno delicado
Como sale una espina de una planta.
Hoy que tu dulce imagen se levanta
Del fondo de mi lóbrego pasado,
El llanto está a mis ojos asomado,
Los sollozos comprimen mi garganta
Y aunque yazgas trocada en polvo yerto,
Sin ofrecerme bienhechor arrimo,
Como quiera que estés siempre te adoro,
Porque me dice el corazón que has muerto
Por no oírme gemir, como ahora gimo,
Por no verme llorar, como ahora lloro.
Que murió de dar vida a un desdichado,
Pues salí de tu seno delicado
Como sale una espina de una planta.
Hoy que tu dulce imagen se levanta
Del fondo de mi lóbrego pasado,
El llanto está a mis ojos asomado,
Los sollozos comprimen mi garganta
Y aunque yazgas trocada en polvo yerto,
Sin ofrecerme bienhechor arrimo,
Como quiera que estés siempre te adoro,
Porque me dice el corazón que has muerto
Por no oírme gemir, como ahora gimo,
Por no verme llorar, como ahora lloro.
679
Julián del Casal
Al Mismo (enviándole Mi Retrato)
No busques tras el mármol de mi frente
Del Ideal la esplendorosa llama
Que hacia el templo marmóreo de la Fama
Encaminó mi paso adolescente;
Ni tras el rojo labio sonriente
La paz del corazón de quien te ama,
Que entre el verdor de la florida rama
Ocúltase la pérfida serpiente.
Despójate de vanas ilusiones,
Clava en mi rostro tu mirada fría
Como su pico el pájaro en el fruto,
Y sólo encontrarás en mis facciones
La indiferencia del que nada ansía
O la fatiga corporal del bruto.
Del Ideal la esplendorosa llama
Que hacia el templo marmóreo de la Fama
Encaminó mi paso adolescente;
Ni tras el rojo labio sonriente
La paz del corazón de quien te ama,
Que entre el verdor de la florida rama
Ocúltase la pérfida serpiente.
Despójate de vanas ilusiones,
Clava en mi rostro tu mirada fría
Como su pico el pájaro en el fruto,
Y sólo encontrarás en mis facciones
La indiferencia del que nada ansía
O la fatiga corporal del bruto.
417
Julián del Casal
Al Mismo (enviándole Mi Retrato)
No busques tras el mármol de mi frente
Del Ideal la esplendorosa llama
Que hacia el templo marmóreo de la Fama
Encaminó mi paso adolescente;
Ni tras el rojo labio sonriente
La paz del corazón de quien te ama,
Que entre el verdor de la florida rama
Ocúltase la pérfida serpiente.
Despójate de vanas ilusiones,
Clava en mi rostro tu mirada fría
Como su pico el pájaro en el fruto,
Y sólo encontrarás en mis facciones
La indiferencia del que nada ansía
O la fatiga corporal del bruto.
Del Ideal la esplendorosa llama
Que hacia el templo marmóreo de la Fama
Encaminó mi paso adolescente;
Ni tras el rojo labio sonriente
La paz del corazón de quien te ama,
Que entre el verdor de la florida rama
Ocúltase la pérfida serpiente.
Despójate de vanas ilusiones,
Clava en mi rostro tu mirada fría
Como su pico el pájaro en el fruto,
Y sólo encontrarás en mis facciones
La indiferencia del que nada ansía
O la fatiga corporal del bruto.
417
Julián del Casal
Salomé
En el palacio hebreo, donde el suave
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,
Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como dormido por canciones de ave.
Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,
Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre, radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,
Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como dormido por canciones de ave.
Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,
Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre, radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.
625
Julián del Casal
Post Umbra
Cuando yo duerma, solo y olvidado,
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;
Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;
Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;
Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.
Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.
Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;
Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.
Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.
Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.
Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;
Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;
Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;
Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.
Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.
Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;
Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.
Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.
Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.
Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
817
Julián del Casal
El Arte
Cuando la vida, como fardo inmenso,
Pesa sobre el espíritu cansado
Y ante el último Dios flota quemado
El postrer grano de fragante incienso;
Cuando probamos, con afán intenso,
De todo amargo fruto envenenado
Y el hastío, con rostro enmascarado,
Nos sale al paso en el camino extenso;
El alma grande, solitaria y pura
Que la mezquina realidad desdeña,
Halla en el Arte dichas ignoradas,
Como el alción, en fría noche oscura,
Asilo busca en la musgosa peña
Que inunda el mar azul de olas plateadas.
Pesa sobre el espíritu cansado
Y ante el último Dios flota quemado
El postrer grano de fragante incienso;
Cuando probamos, con afán intenso,
De todo amargo fruto envenenado
Y el hastío, con rostro enmascarado,
Nos sale al paso en el camino extenso;
El alma grande, solitaria y pura
Que la mezquina realidad desdeña,
Halla en el Arte dichas ignoradas,
Como el alción, en fría noche oscura,
Asilo busca en la musgosa peña
Que inunda el mar azul de olas plateadas.
958
Julián del Casal
Quimeras
Si escuchas ¡oh adorada soñadora!
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
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