Relaciones y Familia
Julián del Casal
Al Mismo (enviándole Mi Retrato)
Del Ideal la esplendorosa llama
Que hacia el templo marmóreo de la Fama
Encaminó mi paso adolescente;
Ni tras el rojo labio sonriente
La paz del corazón de quien te ama,
Que entre el verdor de la florida rama
Ocúltase la pérfida serpiente.
Despójate de vanas ilusiones,
Clava en mi rostro tu mirada fría
Como su pico el pájaro en el fruto,
Y sólo encontrarás en mis facciones
La indiferencia del que nada ansía
O la fatiga corporal del bruto.
Julián del Casal
Salomé
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,
Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como dormido por canciones de ave.
Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,
Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre, radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.
Julián del Casal
Post Umbra
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;
Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;
Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;
Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.
Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.
Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;
Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.
Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.
Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.
Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
Julián del Casal
Quimeras
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
Julián del Casal
Quimeras
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
Julián del Casal
El Arte
Pesa sobre el espíritu cansado
Y ante el último Dios flota quemado
El postrer grano de fragante incienso;
Cuando probamos, con afán intenso,
De todo amargo fruto envenenado
Y el hastío, con rostro enmascarado,
Nos sale al paso en el camino extenso;
El alma grande, solitaria y pura
Que la mezquina realidad desdeña,
Halla en el Arte dichas ignoradas,
Como el alción, en fría noche oscura,
Asilo busca en la musgosa peña
Que inunda el mar azul de olas plateadas.
Julián del Casal
El Adiós Del Polaco
De una entreabierta ventana,
Donde la luz se refleja
De la naciente mañana,
Está un polaco guerrero
Henchido de patrio ardor,
Dando así su adiós postrero
A la virgen de su amor.
—¿No escuchas el sonido
Del clarín estruendoso de batalla
Y el hórrido estampido
Del tronante cañón y la metralla?
¿No ves alzarse al cielo
Rojo vapor de sangre que aún humea,
Mezclándose en su vuelo
Al humo negro de incendiaria tea?
¿No ves las numerosas
Huestes bajar desde la cumbre al llano,
Hollando las hermosas
Flores que esparce pródigo el verano?
¿No ves a los tiranos
Desgarrar de la patria inmaculada,
Con infamantes manos,
La veste azul de perlas recamada?
Polonia, enardecida
Por el rigor de sus constantes penas,
Álzase decidida
A romper para siempre sus cadenas.
Al grito de venganza
Sus esforzados hijos valerosos,
Empuñando la lanza,
Se arrojan al combate presurosos.
Tu amor abandonando,
Audaz me lanzo a la feroz pelea,
Pobre paria buscando
Muerte a la luz de redentora idea.
Ni el tiempo ni la ausencia
Harán que olvide tu cariño tierno.
¡En la humana existencia
Sólo el primer amor es el eterno!
Adiós. Si de la gloria
A merecer no alcanzo los favores
Conserva en tu memoria
El recuerdo feliz de mis amores.
Dame el último beso
Con el postrer adiós de la partida,
Para llevarlo impreso
Hasta el postrer instante de la vida.
Dijo. La joven lo estrecha
En sus brazos, con pasión,
En llanto amargo deshecha,
Oprimido el corazón.
Veloz como el raudo viento,
Él al combate voló.
¡Siempre al patriótico acento
El amor enmudeció!
Julián del Casal
Confidencia
Y doblas la cabeza sobre el pecho?
—Una idea me tiene torturada
Y siento el corazón pedazos hecho.
—Dímela: —¿No te amaron en la vida?
—¡Nunca! —Si mientes, permanezco seria.
—Pues oye: sólo tuve una querida
Que me fue siempre fiel, —¿Quién? —La Miseria.
Julián del Casal
Nocturno
Del seno de la Tierra se levanta
Una voz sepulcral, triste, amorosa,
Que así a mi oído, entre las sombras, canta.
«Cruzando por los mares de la vida
Arribé de la muerte al firme puerto
Y observé, con el alma dolorida,
Que el mundo estaba para ti desierto.
»Por eso, al extender su denso manto
La noche, por los ámbitos del cielo,
Vengo a enjugar las gotas de tu llanto,
Vengo a ofrecer a tu dolor consuelo.
»Y como un padre por sus hijos vela
—Aun desde el triste reino del olvido—
Mi corazón, que tu ventura anhela,
Consejos te va a dar, hijo querido.
»Huye del mundo y de su pompa vana
Cual huye del milano la avecilla,
Y alcanzarás, al perecer mañana,
Muerte feliz tras vida sin mancilla.
»Prodiga el bien, con generosa mano,
Sin esperar el premio merecido,
Porque el ingrato corazón humano
Da premio al bien con el eterno olvido.
»No busques los aplausos o el renombre
En la lucha tenaz de la existencia:
Ten sólo por hermano a cada hombre
Y por único juez a tu conciencia.
»Ni sigas de la dicha la luz pura
Si ves brillar sus rayos a lo lejos;
La dicha es como el Sol: desde la altura
Sólo envía a la Tierra sus reflejos.
»Ni te seduzca la apariencia hermosa:
El mal se oculta bajo forma bella,
Como entre flores sierpe venenosa,
Como entre nubes hórrida centella.
»Donde tenga el dolor una morada
Dirige allí tus pasos vacilantes.
¡Vale más una lágrima enjugada
Que una corona de oro y de diamantes!
»Si algún pesar el alma te devora
Ocúltalo del pecho en lo profundo,
Y en soledad tu desventura llora
Antes que llegue a conocerlo el mundo».
Es la voz de mi padre. A su sonido
Feliz el corazón late en mi pecho,
Y, dando mis pesares al olvido,
Tranquilo duermo en solitario lecho;
Como el viajero errante y fatigado,
Lejos mirando el fin de su camino,
Se duerme sobre el césped perfumado
De un ave oyendo el armonioso trino.
Julián del Casal
Amor En El Claustro
Que, en el altar del templo solitario,
Arden, vertiendo en las oscuras naves
Pálida luz que, con fulgor escaso,
Brilla y se extingue entre la densa sombra;
En medio de esa paz y de ese santo
Recogimiento que hasta el alma llega;
Allí, do acude el corazón llagado
A sanar sus heridas; do renace
La muerta fe de los primeros años;
Allí, do un Cristo con amor extiende
Desde la cruz al pecador sus brazos;
De fervorosa devoción henchida,
El níveo rostro en lágrimas bañado,
La vi postrada ante el altar, de hinojos,
Clemencia a Dios y olvido demandando.
De sus mórbidas formas, el ropaje
Adivinar dejaba los encantos,
Como las sombras de ondulante nube
De blanca luna el ambarino rayo.
Sus ebúrneas mejillas transparentes
Conservaban aún el sonrosado
Tinte que ostentan las camelias blancas,
Al florecer en la estación de Mayo.
Brotaba de sus labios el aroma
De las fragantes flores del naranjo,
Y, en actitud angélica, elevaba
Hacia el Señor las suplicantes manos.
Cuando el reloj que asoma por la parda
Torre del gigantesco campanario,
Puebla el aire de acordes vibraciones,
Hiriendo el duro bronce, acompasado,
Para anunciar la misteriosa hora
De medianoche a los mortales; cuando
Las castas hijas del Señor reposan
En apacible sueño; y, solitario,
Pavor infunde al ánimo atrevido,
Con su imponente gravedad el claustro;
Ella entonces las naves atraviesa
Envuelta en negro, vaporoso manto,
Y se prosterna, con fervor ardiente,
Ante el altar del Dios crucificado.
Allí contrita reza: ¡reza y llora!
Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?
¿Es porque mira de la cruz pendiente
Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,
Salvador inmortal? ¿Es que te pide
Perdón para sus culpas? ¿Será acaso
Que, en pugna lo divino y lo terreno
En su alma virginal, triunfa, del santo
Amor a que la ardiente fe la inclina,
El terrenal amor nunca olvidado?
¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra
Del corazón el insondable arcano?
¿Quién puede descender hasta ese abismo
Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida
Deja escapar de sus divinos labios
Esta plegaria que a los cielos sube
Bajo las formas de armonioso canto:
—«Cuando el aura de amor embalsamaba
De mi vida las quince primaveras
Y, en mi mente febril, revoloteaba
Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;
»Cuando la juventud y la ventura
Me prodigaban sus mejores dones,
Y al poder de mi angélica hermosura
Vi doblegarse altivos corazones;
»Cuando del mundo en el sendero, hollaba
Blandas alfombras de fragantes flores,
Y mi virgínea frente coronaba
La diadema inmortal de los amores;
»La muerte arrebató con saña impía
Aquel que, de la vida en los vergeles,
Al conquistar mi corazón un día
Conquistaba del arte los laureles.
»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,
Te consagré la flor de mi inocencia,
Y abismada en tu amor santo y profundo
En ti busqué la paz de la existencia.
»Mas como alterna con la noche el día
Y con las tempestades la bonanza,
¡Oh Dios! alterna así en el alma mía
Con tu amor otro amor sin esperanza.
»En el día, en la noche, a cada hora
La imagen de ese amor se me presenta,
Como brillante resplandor de aurora
En mi sombría noche de tormenta.
»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto
Revestida a mis ojos aparece,
Que anubla mis pupilas triste llanto
Si alguna vez en sombras desparece.
»Haz que ese ardiente amor que me cautiva
Muera en mi corazón ¡Dios soberano!
Y que sólo en mi alma tu amor viva
Sin el consorcio del amor mundano».
Así dijo; dos lágrimas ardientes
Por sus blancas mejillas resbalaron,
Cual resbalan las gotas de rocío
Por el cáliz del lirio perfumado.
En el fondo del alma, los recuerdos
Las sombras del olvido disipando,
Hacen surgir, esplendorosa y bella,
La imagen inmortal de su adorado.
Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!
Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!
Que al dirigir sus encendidos ojos
Al altar que sostiene al Cristo santo,
Aun a través del mismo crucifijo
Aparece la imagen de su amado.
Julián del Casal
El Poeta Y La Sirena
A mi buen amigo Carlos Noreña
Coronada de vivos resplandores
Luce la tarde en el azul del cielo,
Va tendiendo la noche su ancho velo
Y en el Ocaso se sepulta el Sol.
Su veste de esmeraldas pliega el césped,
Su cáliz las galanas florecillas,
Y truecan las celestes nubecillas
En armiño su bello tornasol.
La nacarada estrella de la tarde
Su luz, vertiendo, plácida y serena,
Semeja una purísima azucena
Sobre un manto de grana y de zafir,
Como virgen que oculta sus hechizos
Bajo el cendal flotante de una nube,
Así la Luna, majestuosa sube,
Bañada de alabastro hacia el cenit.
En un océano de plateadas luces
Flotan el monte, el valle y la pradera,
Y esparce la brillante primavera
De sus flores la esencia virginal.
En la margen de un lago bullicioso
Alza un poeta su inspirado acento,
Que se pierde en las ráfagas del viento,
O del lago en el límpido cristal.
Surge de entre las ondas azuladas
Una deidad risueña y misteriosa,
De frescos labios de color de rosa
Y un seno de marfil, encantador.
Su lúcido cabello de azabache
Rueda sobre sus hombros de alabastro,
Tienen sus ojos el fulgor de un astro
Y el fuego centelleante del amor.
Su breve pie de nacarado esmalte
Cubren sandalias de zafir hermoso,
Orna con cintas de color azul
Lleva en sus manos una lira de oro
Con cuerdas de diamante decorada,
Y el eco seductor de su trovada
Vuela a las nubes del celeste tul.
El genio misterioso de la noche
Las estrellas de mágicos fulgores,
Los silfos bellos y lucientes flores
En torno suyo se les ve girar.
Tendida entre la espuma cristalina,
Con halagüeña inspiración secreta,
Dirige el melancólico poeta
Este armonioso y seductor cantar:
—«Tú creas en la noche
fantásticas visiones
Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,
Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan
Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.
»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores
Habito yo un palacio de perlas y coral;
Mi lecho forman rosas del valle más ameno,
De fúlgidos colores, de esencia virginal.
»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago
Me cantan en la noche, sublime trovador,
Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,
Apuro deleitosa la esencia del amor.
»Suspende esos cantares al céfiro del
valle
Que juega entre los lirios del plácido jardín,
O a la gentil violeta, o a la doncella pura
De Labios sonrosados y aliento de jazmín.
»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;
La gloria sólo ofrece martirios y dolor:
¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales
Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—¡Cesa:—le dijo, un eco de los montes
Con voz de trueno asolador, profundo;—
Tú simbolizas el error del mundo
Y el poeta la luz de la verdad.
Despareció la maga entre la espuma
Exánime, sin vida y sin aliento;
Alzó el poeta su inspirado acento
Y el eco resonó en la eternidad.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Iii
el pensamiento, el llanto, la delicia
y hasta esa mano fiel con que resbala,
ingrávida, sin dedos, tu caricia.
Oculta en mi dolor eres un ala
que para un cielo póstumo se inicia;
norte de estrella, aspiración de escala
y tribunal supremo que me enjuicia.
Como lo eliges, quiero lo que ordenas:
actos, silencios, sitios y personas.
Tu voluntad escoge entre mis penas.
Y, sin leyes, sin frases, sin cadenas,
Eres tú quien, si caigo, me perdonas,
Si me traiciono, tú quien te condenas...
Y tú quien, si te olvido, me abandonas.
Jaime Torres Bodet
Voz
—única voz que manda cuando implora—
mientras la burla despreciaba el daño
y florecía, en el cardal, la aurora.
Era la intacta juventud del año.
Principiaban el mes, el día, la hora...
Y el corazón, intrépido y huraño,
te oía sin creerte, como ahora.
Ay, porque —desde entonces— ya disperso
sobre la vanidad del universo,
a cada paso, infiel, te abandonaba
y con cada promesa te mentía
y con cada recuerdo te olvidaba
¡y con cada victoria te perdía!
Jaime Torres Bodet
Amor
no bastan ya peldaños,
túneles, aviones,
teléfonos o barcos.
Todo lo que se va
con el hombre que escapa:
el silencio, la voz,
los trenes y los años,
no sirve para huir
de este recinto exacto
—sin horas ni reloj,
sin ventanas ni cuadros—
que a todas partes va
conmigo cuando viajo.
Para escapar de ti
necesito un cansancio
nacido de ti misma:
una duda, un rencor,
la vergüenza de un llanto;
el miedo que me dio
—por ejemplo— poner
sobre tu frágil nombre
la forma impropia y dura
y brusca de mis labios...
El odio que sentí
nacer al mismo tiempo
en ti que nuestro amor,
me hará salir de tu alma
más pronto que la luz,
más deprisa que el sueño,
con mayor precisión
que el ascensor más raudo:
el odio que el amor
esconde entre las manos.
Jaime Torres Bodet
Sitio
La victoire et la nuit, plus cruelles que nous...
RACINE
Penetro al fin en ti,
mujer desmantelada
que —al terminar el sitio—
ya sólo custodiaban
monótonos tambores
y trémulas estatuas.
Penetro en ti, por fin.
Y, entre la luz delgada
que filtran, por momentos,
estrellas y palabras,
encuentro a cada paso
que doy sobre los fríos
peldaños que conducen
al centro de tu alma
—un cuerpo junto a otro—
cien horas degolladas.
Me inclino... Una por una
las reconozco, a tientas.
Contra una jaula exacta
en ésta, oscuramente,
un ruiseñor estuvo
rompiéndose las alas.
En ésa... No sé ya
lo que en esa existencia
apolillada y blanda
moría o principiaba:
esquivas formas truncas,
presencias instantáneas,
deseos incompletos,
dichas decapitadas.
Y pienso: en mí, vencido
y sobre ti, violada,
¿quién izará banderas
ni colgará guirnaldas?
Mujer, fantasmas eran
tus centinelas mudos;
relámpagos de níquel
sus pálidas espadas;
pero las sordas huestes
con que te rodearan
la noche y mis preguntas
también eran fantasmas,
y las furias que bajan
ahora, hacia la muerte,
rodando por los bruscos
peldaños de tu alma,
ceniza solamente
serán en cuanto calles:
ceniza, polvo y sombra,
fantasma de fantasmas...
Jaime Torres Bodet
Túnel
alumbra —mientras duermes— el profundo
túnel que de mi amor a tu alma lleva.
Con invisibles puños
¿qué taciturno guardia la sustenta?
Quiero avanzar... Y me detiene un muro
de colérico sol. Pretendo entonces
retroceder y siento que una puerta
se cierra tras de mí siempre que dudo...
En plena luz me quedo
—trémulo, terco, ciego— imaginando
no más el golpe brusco
con que, al cortar tu sueño,
me arrojará a la aurora, sin antorchas,
otro invisible centinela mudo.
Jaime Torres Bodet
Mujer
en páginas de líricos compendios
—o al contrario, veloces,
de noche —azules, blancas— recorriendo
los tubos de qué eléctricos letreros—
debo resucitar para expresarte,
cielo de un corazón que a nadie aloja,
anuncio incomprensible,
mujer: adivinanza sin secreto?
Jaime Torres Bodet
Retrato
Llegan a mi alma
como el aroma de un jardín oculto
tus palabras, vagas.
No sabes durar. Tu esencia
como el agua pasa.
Como el agua el alma del cielo que miras
es, sólo, tu alma.
Para otros fuera como arcilla dócil,
como yedra blanda.
Yo no logré verte quieta un solo instante
en la misma rama...
Jaime Torres Bodet
Retrato
Llegan a mi alma
como el aroma de un jardín oculto
tus palabras, vagas.
No sabes durar. Tu esencia
como el agua pasa.
Como el agua el alma del cielo que miras
es, sólo, tu alma.
Para otros fuera como arcilla dócil,
como yedra blanda.
Yo no logré verte quieta un solo instante
en la misma rama...
Jaime Torres Bodet
Música
tan perezosa, tan blanda,
como si el día anterior
hubiera
llovido sobre tu alma...
Era, primero, un temblor
confuso del corazón,
una duda de poner
sobre los hielos del agua
el pie
desnudo de la palabra.
Después,
iba quedando la flor
de la emoción, enredada
a los hilos de la voz
con esos garfios de escarcha
que el sol
desfleca en cintillos de agua.
Y se apagaba y se iba
poniendo blanca,
hasta dejar traslucir,
como la luna del alba,
la luz
tierna de la madrugada.
Y se apagaba y se iba,
¡ay! haciendo tan delgada
como la espuma de plata
de la playa,
como la espuma de plata
que deja ver, en la arena,
la forma de una pisada.
Jaime Torres Bodet
Ruptura
y nos hemos quedado
con las manos vacías, como si una guirnalda
se nos hubiese ido de las manos;
con los ojos al suelo,
como viendo un cristal hecho pedazos:
el cristal de la copa en que bebimos
un vino tierno y pálido...
Como si nos hubiéramos perdido,
nuestros brazos
se buscan en la sombra... ¡Sin embargo,
ya no nos encontramos!
En la alcoba profunda
podríamos andar meses y años,
en pos uno del otro,
sin hallarnos...