Emociones y Sentimientos
Carolina Coronado
Aniversario
que derramó en tu cuna
antes que el sol, sus lánguidos fulgores,
y te suspiró, alma pura,
la suave ternura
de sus nocturnos, célicos amores.
¡Bendito el astro cándido y luciente
que prestó dulcemente
su brillo melancólico y hermoso
a tu amante mirada!
¡Yo adoro arrodillada
de tu existencia al astro venturoso!
¿Es por eso el encanto indefinible
que de amor indecible
llena mi corazón? ¿Eres tan bello,
tan dulce, tan amante
porque el primer instante
de tu vida alumbró con su destello?
¿Es al influjo de la luna triste
al que, tal vez, debiste
esa sombra que vela tu semblante,
y a medias oscurece
la luz que resplandece
en tu mirar de fuego centellante?
¡Ay! no lo sé; pero en mi frente siento
palpitante ardimiento
al contemplar tu faz tierna y sombría,
donde al par se difunden,
se mezclan y confunden
pasión, dolor, placer, melancolía.
¡Oh! Si mi voz al firmamento sube,
Dios hará que la nube
que tus divinos ojos entristece
agobie el alma mía,
y a ti dé la alegría
que tu adorado corazón merece.
¡Oh! quiera el cielo que al volver la luna
feliz como ninguna,
¡ángel querido! tu existencia vea;
y aunque yo desdichada
gima y desconsolada
al verla exclamaré: «¡Bendita sea!»
Carolina Coronado
Pasión
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.
Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.
Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.
Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.
Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.
¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!
Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.
El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?
¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!
Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.
Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.
Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.
Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.
Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.
Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.
Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.
Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
Carolina Coronado
¡oh, Cuál Te Adoro!
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aún te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
Carolina Coronado
Flor De Pureza
hija mimada, fruto delicioso,
que en su espíritu encierra
hechizo venturoso,
divino ardor, perfume glorioso!
Flor a mí consagrada,
corona de mis sienes, perla mía,
la sola gloria amada
que mi ambición ansía,
luna en mi noche, sol claro en mi día
¿Dónde estás ¡ay!, adónde
la cabeza gentil triste reclinas?
¿Qué huerto, di, me esconde
las luces argentinas
con que mis ciegos ojos iluminas?
Yo fiel a la ternura
que el Señor hacia ti me inspiraría
guardé, en el alma pura
los halagos que un día
sólo a tu frente amada rendiría...
¿Por qué vio la mañana
antes que yo tu dulce risa amante?
Oruguilla liviana;
¿por qué aspiro un instante
tu pura esencia ni tu luz brillante?
¿Por qué ora el sol te abrasa?
¿Por qué a tu cabellera el aire toca?
¿Por qué el insecto pasa
y atrevido coloca
sus alas donde yo puse mi boca...?
Carolina Coronado
Flor De Pureza
hija mimada, fruto delicioso,
que en su espíritu encierra
hechizo venturoso,
divino ardor, perfume glorioso!
Flor a mí consagrada,
corona de mis sienes, perla mía,
la sola gloria amada
que mi ambición ansía,
luna en mi noche, sol claro en mi día
¿Dónde estás ¡ay!, adónde
la cabeza gentil triste reclinas?
¿Qué huerto, di, me esconde
las luces argentinas
con que mis ciegos ojos iluminas?
Yo fiel a la ternura
que el Señor hacia ti me inspiraría
guardé, en el alma pura
los halagos que un día
sólo a tu frente amada rendiría...
¿Por qué vio la mañana
antes que yo tu dulce risa amante?
Oruguilla liviana;
¿por qué aspiro un instante
tu pura esencia ni tu luz brillante?
¿Por qué ora el sol te abrasa?
¿Por qué a tu cabellera el aire toca?
¿Por qué el insecto pasa
y atrevido coloca
sus alas donde yo puse mi boca...?
Carolina Coronado
Temor Del Mundo
siempre con voz dolorida,
no es que tenga de la vida
recuerdos el corazón;
Es que el dolor presintiendo
antes que el dolor le hiriera,
como en pena verdadera
he sufrido en la ilusión.
No vi la maldad del mundo,
ni vi los hombres perversos,
pero he llorado en mis versos
presintiendo su maldad,
como pobre gaviota
que espantada busca asilo
antes que en el mar tranquilo
resuene la tempestad.
Mar tranquilo de mi vida
mi juventud es ahora,
pero de esta mar sonora
las entrañas siento hervir:
tengo en mi mente mis alas,
voy cruzando ola tras ola,
pero en la mar española
temo mis alas hundir.
Temo al viento, a los nublados
antes de arribar al muro,
y temo al giro inseguro
de mi cobarde volar,
cual temen las gaviotas
en las saladas espumas
que pueda sus blancas plumas
el torrente salpicar.
Si estuviera yo en la gloria
en cuyo trono esplendente
dices que tan claramente
me contempla tu ilusión,
no llorara, y de mi lira
fueran los cantos risueños;
pero tú me ves en sueños
y los sueños sueños son.
No soy ángel, no soy santa,
y aunque a la virtud bendigo
no estoy en la gloria, amigo,
sobre el divino tisú;
mas, viviera agradecida
en el mundo que me encierra
¡ah! si todos en la tierra
fueran buenos como tú.
Carolina Coronado
Temor Del Mundo
siempre con voz dolorida,
no es que tenga de la vida
recuerdos el corazón;
Es que el dolor presintiendo
antes que el dolor le hiriera,
como en pena verdadera
he sufrido en la ilusión.
No vi la maldad del mundo,
ni vi los hombres perversos,
pero he llorado en mis versos
presintiendo su maldad,
como pobre gaviota
que espantada busca asilo
antes que en el mar tranquilo
resuene la tempestad.
Mar tranquilo de mi vida
mi juventud es ahora,
pero de esta mar sonora
las entrañas siento hervir:
tengo en mi mente mis alas,
voy cruzando ola tras ola,
pero en la mar española
temo mis alas hundir.
Temo al viento, a los nublados
antes de arribar al muro,
y temo al giro inseguro
de mi cobarde volar,
cual temen las gaviotas
en las saladas espumas
que pueda sus blancas plumas
el torrente salpicar.
Si estuviera yo en la gloria
en cuyo trono esplendente
dices que tan claramente
me contempla tu ilusión,
no llorara, y de mi lira
fueran los cantos risueños;
pero tú me ves en sueños
y los sueños sueños son.
No soy ángel, no soy santa,
y aunque a la virtud bendigo
no estoy en la gloria, amigo,
sobre el divino tisú;
mas, viviera agradecida
en el mundo que me encierra
¡ah! si todos en la tierra
fueran buenos como tú.
Carolina Coronado
Temor Del Mundo
siempre con voz dolorida,
no es que tenga de la vida
recuerdos el corazón;
Es que el dolor presintiendo
antes que el dolor le hiriera,
como en pena verdadera
he sufrido en la ilusión.
No vi la maldad del mundo,
ni vi los hombres perversos,
pero he llorado en mis versos
presintiendo su maldad,
como pobre gaviota
que espantada busca asilo
antes que en el mar tranquilo
resuene la tempestad.
Mar tranquilo de mi vida
mi juventud es ahora,
pero de esta mar sonora
las entrañas siento hervir:
tengo en mi mente mis alas,
voy cruzando ola tras ola,
pero en la mar española
temo mis alas hundir.
Temo al viento, a los nublados
antes de arribar al muro,
y temo al giro inseguro
de mi cobarde volar,
cual temen las gaviotas
en las saladas espumas
que pueda sus blancas plumas
el torrente salpicar.
Si estuviera yo en la gloria
en cuyo trono esplendente
dices que tan claramente
me contempla tu ilusión,
no llorara, y de mi lira
fueran los cantos risueños;
pero tú me ves en sueños
y los sueños sueños son.
No soy ángel, no soy santa,
y aunque a la virtud bendigo
no estoy en la gloria, amigo,
sobre el divino tisú;
mas, viviera agradecida
en el mundo que me encierra
¡ah! si todos en la tierra
fueran buenos como tú.
Carolina Coronado
Se Ha Deshecho El Alma Mía
con luz clara, pura, hermosa;
yo no sé qué presentía,
pero estaba el alma mía
agitada y recelosa.
Antes de ver la tormenta
el Alción la pronostica:
así una emoción violenta
que se siente y no se explica
a veces nos amedrenta.
¡Tempestad!... y recia que era
la que aguardaba a mi vida,
cuando por la vez primera
tu mirada placentera
vino a anunciar su venida.
«Alma noble, dije al verte,
corazón osado y fuerte
en amor y odio extremado,
has de ser muy estimado
de la que llegue a quererte».
Harto bien lo presagiaba,
¡mas, por Dios, no sospechaba
aquélla que lo decía
que la idólatra sería
del corazón que juzgaba!
¿Por qué tu mirada era
tan dulce? ¿Por qué tu ruego
quisiste una vez que oyera?...
Con una chispa de fuego
se enciende una inmensa hoguera.
Dice alguno en su porfía
que es mi alma dura roca;
mas, por la Virgen María,
que a un acento de tu boca
se ha deshecho el alma mía.
Carolina Coronado
Se Ha Deshecho El Alma Mía
con luz clara, pura, hermosa;
yo no sé qué presentía,
pero estaba el alma mía
agitada y recelosa.
Antes de ver la tormenta
el Alción la pronostica:
así una emoción violenta
que se siente y no se explica
a veces nos amedrenta.
¡Tempestad!... y recia que era
la que aguardaba a mi vida,
cuando por la vez primera
tu mirada placentera
vino a anunciar su venida.
«Alma noble, dije al verte,
corazón osado y fuerte
en amor y odio extremado,
has de ser muy estimado
de la que llegue a quererte».
Harto bien lo presagiaba,
¡mas, por Dios, no sospechaba
aquélla que lo decía
que la idólatra sería
del corazón que juzgaba!
¿Por qué tu mirada era
tan dulce? ¿Por qué tu ruego
quisiste una vez que oyera?...
Con una chispa de fuego
se enciende una inmensa hoguera.
Dice alguno en su porfía
que es mi alma dura roca;
mas, por la Virgen María,
que a un acento de tu boca
se ha deshecho el alma mía.
Carolina Coronado
Gloria De Las Glorias
Las siguientes composiciones están dedicadas a una persona que
no existe ya. Por eso me atrevo a publicarlas. Una mujer puede, sin
sonrojo, decir a un muerto ternezas que no quisiera que la oyesen decir
a un vivo.
GLORIA DE LAS GLORIAS
Es dulce recordar sueños de niño,
el vago acento de la edad primera
que en nuestro oído resonar hiciera
el ángel que anunció nuestro cariño;
cuando figuro que tu cuello ciño
en esa edad tranquila y placentera,
embriagada mi alma en sus memorias
digo que amor es gloria de las glorias.
Y es más dulce los sueños juveniles
recordar de esta vida enamorada
que siempre de ilusiones sustentada
consagra a los amores sus abriles;
yo te sabré cantar recuerdos miles
de esta pasión divina y encantada
que forma en sus combates y victorias
de nuestro amor la gloria de las glorias.
De una tarde serena de reflejos
sobre tu bello rostro apasionado,
la sombra de aquel valle sosegado
donde encontramos a los pobres viejos,
el canto de la tórtola a lo lejos
y el beso de las auras regalado
me inspiraran poéticas historias
para tu amor que es gloria de mis glorias.
Te cantaré la llama indefinible
del entusiasmo que en mi ser palpita,
la sed ardiente que mi sangre irrita,
la fe de mi pasión indestructible;
la fuerza de tu encanto irresistible
que mi vida en insomnios debilita,
y pálido y temblando a estas memorias
dirás que amor es gloria de las glorias.
No pienses que al ceñir prendas de orgullo
coronas que los genios conquistaron
esas frentes dichosas palpitaron
cual yo de tus acentos al murmullo;
no hay eco en la creación, no hay canto, arrullo,
aplausos que los hombres inventaron,
que no parezcan dichas transitorias
ante ese amor que es gloria de mis glorias.
En vano la ambición arde y se agita
abrasando a los débiles mortales,
y conquista laureles eternales
cuando la flor del alma está marchita;
de otra deidad más alta y más bendita
invoquemos placeres celestiales.
Porque entre tantas dichas transitorias
tan sólo amor es gloria de las glorias.
Sé que la sombra del dolor me sigue,
se que la vida perderé en el llanto,
sé que este amor tan inocente y santo
no ha de lograr la paz que lo mitigue;
pero bendigo el mal que me persigue,
las lágrimas, las penas, el quebranto,
y bendigo mis dichas ilusorias
porque es tu amor la gloria de mis glorias.
Elvas, 1845
Carolina Coronado
Gloria De Las Glorias
Las siguientes composiciones están dedicadas a una persona que
no existe ya. Por eso me atrevo a publicarlas. Una mujer puede, sin
sonrojo, decir a un muerto ternezas que no quisiera que la oyesen decir
a un vivo.
GLORIA DE LAS GLORIAS
Es dulce recordar sueños de niño,
el vago acento de la edad primera
que en nuestro oído resonar hiciera
el ángel que anunció nuestro cariño;
cuando figuro que tu cuello ciño
en esa edad tranquila y placentera,
embriagada mi alma en sus memorias
digo que amor es gloria de las glorias.
Y es más dulce los sueños juveniles
recordar de esta vida enamorada
que siempre de ilusiones sustentada
consagra a los amores sus abriles;
yo te sabré cantar recuerdos miles
de esta pasión divina y encantada
que forma en sus combates y victorias
de nuestro amor la gloria de las glorias.
De una tarde serena de reflejos
sobre tu bello rostro apasionado,
la sombra de aquel valle sosegado
donde encontramos a los pobres viejos,
el canto de la tórtola a lo lejos
y el beso de las auras regalado
me inspiraran poéticas historias
para tu amor que es gloria de mis glorias.
Te cantaré la llama indefinible
del entusiasmo que en mi ser palpita,
la sed ardiente que mi sangre irrita,
la fe de mi pasión indestructible;
la fuerza de tu encanto irresistible
que mi vida en insomnios debilita,
y pálido y temblando a estas memorias
dirás que amor es gloria de las glorias.
No pienses que al ceñir prendas de orgullo
coronas que los genios conquistaron
esas frentes dichosas palpitaron
cual yo de tus acentos al murmullo;
no hay eco en la creación, no hay canto, arrullo,
aplausos que los hombres inventaron,
que no parezcan dichas transitorias
ante ese amor que es gloria de mis glorias.
En vano la ambición arde y se agita
abrasando a los débiles mortales,
y conquista laureles eternales
cuando la flor del alma está marchita;
de otra deidad más alta y más bendita
invoquemos placeres celestiales.
Porque entre tantas dichas transitorias
tan sólo amor es gloria de las glorias.
Sé que la sombra del dolor me sigue,
se que la vida perderé en el llanto,
sé que este amor tan inocente y santo
no ha de lograr la paz que lo mitigue;
pero bendigo el mal que me persigue,
las lágrimas, las penas, el quebranto,
y bendigo mis dichas ilusorias
porque es tu amor la gloria de mis glorias.
Elvas, 1845
Carolina Coronado
Último Canto
falta a mi numen aliento.
Cuando aspira todo el viento
que circula en su fanal,
el insecto que aprisionas
en su cóncavo perece
si aire nuevo no aparece
bajo el cerrado cristal.
Celebré de mis campiñas
las flores que allí brotaron
y las aves que pasaron
y los arroyos que hallé,
mas de arroyos, flores y aves
fatigado el pensamiento
en mi prisión sin aliento
como el insecto quedé.
¿Y qué mucho cuando un hora
basta al pájaro de vuelo
para cruzar todo el cielo
que mi horizonte cubrió?;
¿qué mucho que necesite
ver otra tierra más bella
si no ha visto sino aquella
que de cuna le sirvió?
Agoté como la abeja
de estos campos los primores
y he menester nuevas flores
donde perfumes libar,
o, cual la abeja en su celda,
en mi mente la poesía
ni una gota de ambrosía
a la colmena ha de dar.
No anhela tierra el que ha visto
lo más bello que atesora,
ni la desea el que ignora
si hay otra tierra que ver:
mas de entrambos yo no tengo
la ignorancia ni la ciencia,
y del mundo la existencia
comprendo sin conocer.
Sé que entre cien maravillas
el más caudaloso río
gota leve de rocío
es en el seno del mar:
y que en nave, cual montaña,
que mi horizonte domina
logra la gente marina
por esa región cruzar.
Mas ¡por Dios! que fue conmigo
tan escasa la fortuna
que el pato de la laguna
vi por sola embarcación:
¿qué me importa el Océano
y cuantos ámbitos cierra?
¡Sólo para mí en la tierra
hay diez millas de creación!
Mar, ciudades, campos bellos
velados ¡ay! a mis ojos;
sólo escucho para enojos
vuestros nombres resonar.
Ni de Dios ni de los hombres
las magníficas hechuras
son para el ciego que a oscuras
la existencia ha de pasar.
Tal ansiedad me consume,
tal condición me quebranta,
roca inmóvil es mi planta,
águila rauda mi ser...
¡Muere el águila a la roca
por ambas alas sujeta;
mi espíritu de poeta
a mis plantas de mujer!
Pues tras de nuevos perfumes
no puede volar mi mente
ni respirar otro ambiente
que el de este cielo natal;
no labra ya más panales
la abeja a quien falta prado,
perece el insecto ahogado
sin más aire en su fanal.
Carolina Coronado
El Mundo Codicioso
ven a escuchar sentado en mis rodillas,
y cuenta, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
yo te diré cómo el dolor penoso
hace saltar el llanto a mis mejillas,
y tú me explicarás cómo el contento
siempre en tus claros ojos tiene asiento.
En tus coloquios con las dulces aves,
en tus alegres juegos con la fuente,
¿qué pasa, Emilio, que tan tiernamente
amas el campo y sus misterios sabes?
¿por qué escondido entre las yerbas suaves
te place contemplar atentamente
más los insectos y saber sus nombres
que escuchar las historias de los hombres?
¿Qué piensas de esas piedras hacinadas
a que llaman ciudad que, con enojos,
apartas de ella los lucientes ojos
y hacia los campos tornas tus miradas?
¿Tienen de las abejas las moradas
más perfección que esos perfiles rojos
tan altos en los aires elevados
y con fatigas tantas dibujados?
¿Qué piensas, rubio Emilio, de esas gentes
revestidas de insignias de grandeza
que no acatas el brillo y la riqueza
que los pueblos adoran reverentes?
¿Cómo de esas monedas relucientes,
que van de mano en mano, la belleza,
cándido Emilio, tienes en tan poco
que con las chinas las confundes loco?
Entre los hombres alto vocerío
por ese metal bello se levanta;
ésa es, Emilio, la reliquia santa
que de su religión queda al gentío;
para alabar su inmenso poderío
no hay en el mundo más que una garganta:
¡Gloria! cantan los ángeles en coro;
¡Oro! cantan los hombres, ¡oro! ¡oro!
¿Y qué mucho que tenga esa vistosa
dorada tierra fama tan crecida,
si de la raza entera envilecida
es la sola virtud maravillosa?
La turba de otros días religiosa
deja al divino Dios arrepentido,
y está pronta a adorar humildemente
becerros de oro, cual la antigua gente.
Si oyes el trueno de espantosa guerra
no es que el cristiano pueblo se levanta
para ir a rescatar la tumba santa
del grande mártir a lejana tierra;
si la historia en sus páginas encierra
de nuestros nobles padres gloria tanta,
nosotros que su lauro no anhelamos
no ya por Dios, ¡por vil oro luchamos!...
Mas, dejemos al mundo codicioso
que hace saltar el llanto a las mejillas,
y muestra, Emilio, tú las maravillas
de tu país tranquilo y delicioso;
llévame a ver cómo en tropel gracioso
a comer en tus manos las semillas
entre las yerbas verdes y suaves
vienen trinando las amigas aves.
Contigo iré, los dos caminaremos
juntos al valle, al bosque, a la ribera,
y con el lirio azul de la pradera
los juncos de las aguas trenzaremos:
tal vez en dulce soledad hallemos
aquella imagen grande y verdadera
que desde el cielo hermoso, a ti alegría
y a mí paz y esperanza nos envía.
Carolina Coronado
El Mundo Desgraciado
en una historia triste que poseo,
para cuando el alegre balbuceo
deje, Emilio, tu labio bullicioso;
para cuando del álamo frondoso
que tan lejano de tu frente veo
toque a las ramas la graciosa mano
que ahora no alcanza al peralillo enano.
Vago, amoroso, indefinible canto
que yo no pronuncié, que nadie ha oído
por tu risa infantil interrumpido,
borrado a medias por mi ardiente llanto;
memorias para ti de tierno encanto
encierra ese cantar, que lleva unido
al sueño de tu infancia venturosa
el de mi larga juventud penosa.
Hoy mis pinceles para ti son vanos;
tú no conoces tu retrato ahora;
allí está tu cabeza seductora
en el grupo no más de dos hermanos;
cuadro es sencillo, obra de mis manos,
niño que ríe junto a mujer que llora,
aire que vaga junto a flor marchita,
y la destroza más cuando la agita.
Mas, no pienses historia peregrina
relatada escuchar en mis cantares;
todos del alma mía los azares
en la tristeza están que la domina:
si no es desventurada, lo imagina,
y es lo mismo que todos los pesares
del mundo tenga, que los sueñe todos,
si se sufre igualmente de ambos modos.
Y lo mismo que lloro, Emilio, llora
la multitud sin conocer tampoco
el grande, oculto, inapagable foco
de la llama del mal devoradora;
¿será que aún niño nuestro siglo ahora
pugna impaciente, como tú hace poco,
por romper las estrechas ligaduras
de sus largas envueltas vestiduras?
¿Será que de sí propio avergonzado
a comprender empieza su ignorancia?
¿Que entre las tiernas formas de su infancia
siente latir un corazón formado?
¡Ay! eso es; su espíritu exaltado
le hace correr larguísima distancia,
pero, a su cuerpo débil y rendido
fáltale fuerza y quédase dormido.
Cesan las guerras, y en la paz se aclaman
libres los pueblos, sabios venturosos;
¿por qué los corazones silenciosos
tantas secretas lágrimas derraman?
Unos al cielo sin consuelo claman,
ahogan otros sus gritos dolorosos;
¿es que a ninguno la común ventura
toca, a que todos gimen por locura?...
A los niños, Emilio, a ti te toca;
ven a mofarte de mis cantos vanos;
en tus brazos dulcísimos hermanos
ven a estrecharme con tu risa loca,
y séllame los labios con tu boca
y escóndeme los ojos con tus manos,
¡y el bullicio infantil de tu contento
el eco aturda de mi triste acento!
Carolina Coronado
La Nueva Infantil
¿qué me tienes que decir?
¿qué ha pasado? ¿qué has oído?
¿dónde anduviste perdido?
¿cómo tardaste en venir?
¡Nada tienes que contarme!
¡no tiene, Emilio, tu boca
un tierno beso que darme!
¡Emilio, quieres quitarme
ese beso que me toca!
¿Que en tu boquita sencilla
busquen un mismo placer
dos almas te maravilla?
¿No van a la fuentecilla
dos pájaros a beber?
¿Y dime qué más supiste?
¿Tú le miraste muy fijo
y estaba, Emilio, muy triste?
¿Eso pasó? ¿Y qué más dijo?
¿Y tú que le respondiste?...
¿Tú también le acariciaste?
¡Conque me amabas así!-
¿Un abrazo? ¿Y le besaste?
Y luego en fin le dejaste
para contármelo a mí...
¡Deja que te sienta unido
por esa dichosa nueva
contra el pecho y comprimido,
y que los labios te beba
en el beso que te pido!
Carolina Coronado
La Luz De La Primavera
ya he visto a la primera golondrina
de su antigua morada tras la ruina
cruzar por mi ventana en vuelo incierto;
ya ha brotado en el césped de mi huerto
una temprana, roja clavellina,
y ya tremola, como blanca enseña
sus alas, en la torre, la cigüeña.
Dicen que de estación risueña y clara
esos son claros signos y seguros,
que rayos brillantísimos y puros
el sol a nuestra atmósfera prepara:
que no turbarán más su lumbre cara
esos vapores del invierno oscuros,
ni cruzarán el manso firmamento
pesada lluvia ni importuno viento.
Si puede el resplandor de mi alegría
perdida, renacer en mis sentidos,
logren mis ojos tanto entristecidos
cumplida ver tan bella profecía:
Mira, Emilio, si son del alma mía
los nuevos pensamientos atrevidos,
cuando ambiciono sólo a mi ventura
ver revestido el cielo de luz pura.
¡Luz nada más! ¡la luz!... es sed ansiosa
que seca ya los ojos abrasados,
que tiene entre sus sombras sepultados
oscurísima niebla pavorosa:
ni otro consuelo que la luz hermosa
tiene mi corazón, ni otros cuidados,
que impaciente aguardarla en su venida
y lamentar con lágrimas su huida.
¡Ven primavera! tu beldad gozosa
dome los irritados elementos,
en medio a sus combates turbulentos
álzate sobre el trono majestuosa;
cese ante ti la lluvia tenebrosa,
callen ahogados ante ti los vientos,
y huyan por el espacio los nublados,
como bandos de cuervos espantados.
En colina elevada, allá distante
veré en el campo relumbrar el río,
y en el tronco del álamo sombrío
oiré de nuevo al ruiseñor amante;
ora se esconde triste y vaga errante
la furia huyendo al vendaval impío,
pero así que se amanse el firmamento
vendrá a llenar con su armonía el viento.
Y yo en el viento oiré su voz amante,
y mi voz de sus trinos compañera,
como la luz y el aire por la esfera
volarán confundidos un instante;
¡y entrambos con el seno palpitante
embriagados de amor por la ribera
cantaremos del cielo la hermosura
adorando en su luz nuestra ventura!
Carolina Coronado
Tristeza Del Otoño
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.
Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.
No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.
No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.
¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?
Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.
Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...
Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.
Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
Carolina Coronado
Tristeza Del Otoño
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.
Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.
No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.
No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.
¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?
Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.
Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...
Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.
Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
Carolina Coronado
Tristeza Del Otoño
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.
Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.
No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.
No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.
¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?
Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.
Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...
Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.
Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
Carolina Coronado
Emigración De Las Aves
Y las lluvias anegaron
las semillas que en el suelo
los labradores dejaron.
Huéspedas de mi patria en el verano,
buscad ya lejos de la tierra mía,
en otro cielo, en otro nuevo llano,
nueva mies, nuevo sol, nueva alegría.
Tierna armonía postrera
dad a ese valle vecino
y un adiós a la ribera
y emprended vuestro camino.
Ved que el lejano monte se oscurece;
ved que anublado está ya el firmamento;
ved que la niebla presurosa crece
y es muy triste cruzar sin luz el viento.
Pero yo no os quiero oír
vuestra postrera canción,
que tengo de veros ir
afligido el corazón.
Ya la primera huyó la golondrina;
¿quién, Emilio, cantando a la ventana
con bulliciosa trova peregrina
a despertarnos ya vendrá mañana?
Ya van tras ella en tropel,
ya va quedando desierto
el verde, hermoso laurel
que las anida en mi huerto.
Por la postrera vez miro anhelante
en él la alegre multitud reunida
¡Ay! para algún placer a cada instante
muriendo el corazón está en la vida.
Aunque vengáis del desierto
otro verano a cantar,
o no vendréis a mi huerto
o yo no os podré escuchar.
¿Quién sabe si mudada el alma mía,
quién sabe si perdido su contento
como se alegra hoy con la armonía
mañana sufrirá con vuestro acento?
Vosotras si veis venir
la nube, huís la cabeza;
pero yo no puedo huir
la nube de mi tristeza.
Yo sé que lejos de la tierra mía
otra hay más bella que buscar no puedo;
por eso os vais y de la niebla fría,
entre las sombras, temerosa quedo.
Triste será aquí mi vida,
pero de aquí no me voy;
¡Ay! ¡por qué a la tierra asida
como ese laurel estoy!
Las que podéis cruzar libres el viento
dejad las sombras de la niebla fría;
yo en vuestra ausencia elevaré mi acento
bajo el bello laurel que os guarecía.
Carolina Coronado
Emigración De Las Aves
Y las lluvias anegaron
las semillas que en el suelo
los labradores dejaron.
Huéspedas de mi patria en el verano,
buscad ya lejos de la tierra mía,
en otro cielo, en otro nuevo llano,
nueva mies, nuevo sol, nueva alegría.
Tierna armonía postrera
dad a ese valle vecino
y un adiós a la ribera
y emprended vuestro camino.
Ved que el lejano monte se oscurece;
ved que anublado está ya el firmamento;
ved que la niebla presurosa crece
y es muy triste cruzar sin luz el viento.
Pero yo no os quiero oír
vuestra postrera canción,
que tengo de veros ir
afligido el corazón.
Ya la primera huyó la golondrina;
¿quién, Emilio, cantando a la ventana
con bulliciosa trova peregrina
a despertarnos ya vendrá mañana?
Ya van tras ella en tropel,
ya va quedando desierto
el verde, hermoso laurel
que las anida en mi huerto.
Por la postrera vez miro anhelante
en él la alegre multitud reunida
¡Ay! para algún placer a cada instante
muriendo el corazón está en la vida.
Aunque vengáis del desierto
otro verano a cantar,
o no vendréis a mi huerto
o yo no os podré escuchar.
¿Quién sabe si mudada el alma mía,
quién sabe si perdido su contento
como se alegra hoy con la armonía
mañana sufrirá con vuestro acento?
Vosotras si veis venir
la nube, huís la cabeza;
pero yo no puedo huir
la nube de mi tristeza.
Yo sé que lejos de la tierra mía
otra hay más bella que buscar no puedo;
por eso os vais y de la niebla fría,
entre las sombras, temerosa quedo.
Triste será aquí mi vida,
pero de aquí no me voy;
¡Ay! ¡por qué a la tierra asida
como ese laurel estoy!
Las que podéis cruzar libres el viento
dejad las sombras de la niebla fría;
yo en vuestra ausencia elevaré mi acento
bajo el bello laurel que os guarecía.
Carolina Coronado
El Espino
los árboles ni las parras
ni la multitud vistosa
de sus bellísimas plantas;
Pero un espino florido
que hay, Emilio, entre las zarzas,
es la envidia de mis ojos
la codicia de mi alma.
Viste su tronco ramaje
de verdes hojas lozanas.
Y entre sus brazos airosos
flores como espumas alza.
Más ansiosa que la abeja
es su perfume embriagada
vago errante, sin aliento
en torno de sus guirnaldas.
Mas, tiendo en vano los brazos
que antes que llegue a alcanzarlas
las punzadoras espinas
de sus ramos me desgarran.
Huye la flor de mis manos;
crece de mi pecho el ansia;
la flor queda en el espino
y en el espino mis lágrimas.
Carolina Coronado
El Juego Del Niño
deja al insecto en reposo
que es juego muy doloroso
ése que tomas con él;
ambas alas transparentes
prenderle, y después burlarse
porque no puede escaparse,
es, Emilio, ¡bien cruel!
¡Mira cual bulle y cual pena
por desclavarse las alas
y lucir sus nuevas galas
en el ambiente de abril!
Si por la rubia melena
a un espino te apresara
así tu cuerpo luchara
en tu cólera infantil.
Escucha; ese pobre insecto
aire sólo necesita;
¿Qué le queda si le quita
el aire tu voluntad?
Tú su camino perfecto
le tuerces en tu capricho...
hombrecillo, ¿quién te ha dicho
que es tuya su libertad?
Porque era la mariposa
más endeble que tu mano
ya con decreto inhumano
la inmolas a tu pasión;
¿será experiencia ingeniosa
de tus obras de otro día?
¿Son ensayos, vida mía,
que va haciendo tu ambición?
¡Por Dios, que a mi talle alcanza
tu brava cabeza, apenas,
y ya labras las cadenas
para amarrar a otro ser.
No bien el Señor te lanza
a este campo dilatado,
y ya seres te has hallado
a quien mostrar tu poder.
¡Oh! si la oruga lozana
te bastara solamente,
aunque esclava injustamente
no más que insecto es el fin;
pero ¡ay Emilio! mañana
las cosas truecan de nombres;
los insectos serán hombres
y mundo será el jardín.
Mas, no le arranques las alas,
no se las rompas, criatura,
que va a lucir su hermosura
por esa extensión azul;
hoy ha estrenado sus galas
y es indigna tiranía
no dejarla un solo día
que desplegue su albo tul
¡Fortuna! ya te abandona;
huyóse la prisionera
¡Mira, mira cuán ligera
allá por los aires va!;
yo no sé por qué ambiciona
tu cariño aprisionarla,
porque es más bello mirarla
si libre y gozosa está.
¿Lloras, Emilio? ¡qué duelo!...
¡Era tu primer cariño!
vete consolando, niño,
que otro vendrá tras aquél,
mas no busques, no, consuelo;
llora, pobre Emilio, llora
que te hará el pesar de ahora
el que venga menos cruel.