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Gonzalo Rojas

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Quedeshím Quedeshóth

Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté
con una en Cádiz bellísima
y no supe de mi horóscopo hasta
mucho después cuando el Mediterráneo me empezó
a exigir
más y más oleaje; remando
hacia atrás llegué casi exhausto a la
duodécima centuria: todo era blanco, las aves,
el océano, el amanecer era blanco.

Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay
pura, pensé, que no diga palabras
del tamaño de esa complacencia. 50 dólares
por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.
50, o nada. Lloró
convulsa contra el espejo, pintó
encima con rouge y lágrimas un pez: —Pez,
acuérdate del pez.

Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de
turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra
el
rito completo: primero puso en el aire un disco de Babilonia y
le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre
sin duda era un gramófono milenario
por el esplendor de la música; palomas, de
repente aparecieron palomas.

Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con
su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la
esculpían marmórea y sacra como
cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas
del puerto, o en Cartago
donde fue bailarina con derecho a sábana a los
quince; todo eso.

Pero ahora, ay, hablando en prosa se
entenderá que tanto
espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi
espinazo, y lascivo y
seminal la violé en su éxtasis como
si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la
besé áspero, la
lastimé y ella igual me
besó en un exceso de pétalos, nos
manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas
Cádiz adentro en la noche ronca en un
aceite de hombre y mujer que no está escrito
en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la
imaginación me alcanza.

Quedeshím qudeshóth*, personaja, teóloga
loca, bronce, aullido
de bronce, ni Agustín
de Hipona que también fue liviano y
pecador en África hubiera
hurtado por una noche el cuerpo a la
diáfana fenicia.

—Yo
pecador me confieso a Dios.
890
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

La Loba

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las
calles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el
giro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con
otro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.
827
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

La Loba

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las
calles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el
giro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con
otro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.
827
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Desocupado Lector

DESOCUPADO LECTOR

A Julio Fermoso.


Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida: la
muchacha

es herida, el olor

a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez

de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo

gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos números
de la danza es

herida, la barca

del encantamiento con Maimónides al timón es herida,
aquel

diciembre 20 que me cortaron de mi madre es herida, el sol

es herida, Nuestro Señor

sentado ahí entre los mendigos con esa túnica irreconocible
por el cauterio del psicoanálisis es herida, el

Quijote

a secas es herida, el ventarrón

abierto del Golfo contra la roca alta es

herida, serpiente

horadante del Principio, mar

y más mar de un lado a otro, Kierkegaard y

más Kierkegaard, taladro

y por añadidura herida; la

preñez en cuanto preñez en la preciosidad de su copa
es

herida, el ocio

del viejo río intacto donde duermen inmóviles los mismos
peces

velocísimos es

herida, la Poesía

grabada a fuego en los microsurcos de mi cerebro de niño es
herida, el hueco

de 1.67 justo en metros de rey es herida, el éxtasis

de estar aquí hablando solo en lo bellísimo de este pensamiento
de

nieve es

herida, la evaporación

de la fecha de mármol con el padre adentro

bajo los claveles es

herida, el carrusel

pintarrajeado que fluye y fluye como otro río de polvo y otras

máscaras

que vi en Pekín colgando en la vieja calle de Cha Ta–lá

cuya identidad comercial de 2.500 años de droga y ataúdes
rientes

no se discute, es

herida; la cama en fin

que allí compré, con dos espejos para navegar, es herida,

la

perversión

de la palabra nadie que sopla desde las galaxias es herida, el Mundo

antes y después de los Urales es

herida, la hilera

de líneas sin ocurrencia de esta visión

sin resurrección es herida. Cumplo

entonces con informar a usted que últimamente todo es herida.

766
Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Desocupado Lector

DESOCUPADO LECTOR

A Julio Fermoso.


Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida: la
muchacha

es herida, el olor

a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez

de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo

gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos números
de la danza es

herida, la barca

del encantamiento con Maimónides al timón es herida,
aquel

diciembre 20 que me cortaron de mi madre es herida, el sol

es herida, Nuestro Señor

sentado ahí entre los mendigos con esa túnica irreconocible
por el cauterio del psicoanálisis es herida, el

Quijote

a secas es herida, el ventarrón

abierto del Golfo contra la roca alta es

herida, serpiente

horadante del Principio, mar

y más mar de un lado a otro, Kierkegaard y

más Kierkegaard, taladro

y por añadidura herida; la

preñez en cuanto preñez en la preciosidad de su copa
es

herida, el ocio

del viejo río intacto donde duermen inmóviles los mismos
peces

velocísimos es

herida, la Poesía

grabada a fuego en los microsurcos de mi cerebro de niño es
herida, el hueco

de 1.67 justo en metros de rey es herida, el éxtasis

de estar aquí hablando solo en lo bellísimo de este pensamiento
de

nieve es

herida, la evaporación

de la fecha de mármol con el padre adentro

bajo los claveles es

herida, el carrusel

pintarrajeado que fluye y fluye como otro río de polvo y otras

máscaras

que vi en Pekín colgando en la vieja calle de Cha Ta–lá

cuya identidad comercial de 2.500 años de droga y ataúdes
rientes

no se discute, es

herida; la cama en fin

que allí compré, con dos espejos para navegar, es herida,

la

perversión

de la palabra nadie que sopla desde las galaxias es herida, el Mundo

antes y después de los Urales es

herida, la hilera

de líneas sin ocurrencia de esta visión

sin resurrección es herida. Cumplo

entonces con informar a usted que últimamente todo es herida.

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Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas

Contra La Muerte

Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.
Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
en mitad de la calle y hacia todos los vientos:
la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras
máquinas
a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos
con volar más allá del infinito
si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir
fuera del tiempo oscuro?

Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.
Pero respiro, y como, y hasta duermo
pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme
de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá
abajo.

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,
pero no puedo ver cajones y cajones
pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto
llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver
todavía caliente la sangre en los cajones.

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
lista para cortar, pero no entender qué es eso
de esperar otro mundo de este mundo.

Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
que me devora, el hambre de vivir como el sol
en la gracia del aire, eternamente.
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