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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Tu Risa

Cuando escucho el rojo violín de tu risa,
en el que olvidados acordes evocas,
un cálido vino licor de bohemia
me llena el cerebro de músicas locas.

Un vino que moja tu noble garganta
una húmeda jaula de finos cristales,
cuyas orquestales invisibles rejas,
aprisionan raros divinos zorzales.

Y cuando lo escancias, cordiales de un ritmo
que roba caricias a los terciopelos,
caen en mi ropa, de espumas amargas,
cual lluvia de estrellas de líricos cielos.

¡Tu risa! Me encanta, me obsede el oído,
como un intangible sonoro teclado
sobre el que han volcado los duendes amables
un rico y bullente champaña dorado.

No sé por qué a veces, si en rápida fuga
tus polifonías se van diluyendo,
por mi éxtasis pasan tristes y jocosos
pierrots que muriesen llorando y riendo

No sé por qué a veces me quedo pensando
en óperas breves, donde colombinas
hermosas y rubias, fingiesen collares
de luz en las danzas de las serpentinas.

O, muy vagamente, bajo mecedores
gentiles ensueños de cosas francesas,
me creo en florido jardín de Versalles,
acechando un coro de lindas marquesas.

Si acaso disipa mis hondos mutismos,
con su leve magia de dulces misterios,
en la quietud vibra, como una sonata
de alegres clarines en un cementerio.

Cuando en el silencio, custodiando el Odio,
llegan del hastío las rondas crueles,
sobre esas heridas: flores de la sombra,
ella agita y vuelca su taza de mieles

Cuando en mis severas Misas taciturnas
se oye tu fanfarria, de sones ligeros,
el Genio, vencido por tu musa loca
suaviza del rito los bronces austeros.

Tus líricas flautas y tus ocarinas
anuncian la fiesta de las harmonías,
y mariposean por toda la gama
donde baila siempre, cautiva parlera.

Por eso, semeja tu boca un mineático
salón, decorado con frescos de notas,
donde baila siempre, cautiva parlera,
una roja dama, galantes gavotas.

Por eso, te ofrecen mis cisnes altivos,
que tus adorables alondras desdeñan,
la dulce agonía del último canto
y doblan el cuello y escuchan y sueñan.

Por eso, si bebo tu risa bohemia,
armónico vaso de néctares suaves
¡Mi pobre cabeza se llena de luna
y claudican todos sus órganos graves!
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

De La Tregua

Un instante no más. Vengo a cantarte
la canción del laurel. ¡Alza la frente
que es la única digna del presente
que, en mi salutación, voy a dejarte!

Tendrá el orgullo de tu sentimiento,
hoy, otra vez, el soñador cansado
que se acerca a buscar aquí, a tu lado
el generoso olvido de un momento.

Y en la tregua fugaz, mientras se asoma
tu sol a mi pesar indefinido,
consentirá el león, agradecido,
que peine su melena una paloma.

Una ausencia gentil de mi fiereza,
cortés claudicación admirativa,
te dejará anunciarme, imperativa,
la altivez inmortal de tu belleza.

Pero, aunque pueda ser así, no quiero
la sujeción de tus amables lazos,
ni en la suave cadena de unos brazos
de las ternuras ser un prisionero.

Ni aguardes que hasta ti caricias lleve,
pues no debo quitarme la armadura
ni aún en homenaje a tu hermosura,
siendo el reposo de mi afán tan breve.

Y no puedo ceder, ni frente al rico
róseo panal de tu sonrisa leda:
¡El hierro luce mal junto a la seda
y el escudo no sirve de abanico!

Eso sí, en la canción, antes que vuelva
a mi fuerte Ideal, verás, acaso,
para orquestar las horas a tu paso,
un regreso de alondras a mi selva.

Eso sí, la canción tiene un lirismo
tierno y galante para cada beso
que amanece en tus labios, y por eso
se ha puesto a declinar mi pesimismo.

Tal es, pues, lo que digo, y hoy, que llenas
mis odres de pasión con tus bondades,
¡Sobre el rojo clavel de mis crueldades
sangrarán mi perdón tus azucenas!

Y después de beber en tus castalias,
como en lago de amor tranquilo y terso,
¡Te besaré las sienes con un verso
para calzar de nuevo las sandalias!
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