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Evaristo Carriego
Buenos Ratos
Está lloviendo paz. ¡Qué temas viejos
reviven en las noches de verano!
Se queja una guitarra, allá a lo lejos,
y mi vecina hace reír el piano.
Escucho, fumo y bebo, mientras el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
El cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía
¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea
¡Qué bien se está, cuando el ensueño en una
tranquila plenitud se ve tan vago!
¡Oh, quién pudiera diluir la Luna
y beberla en la copa, trago a trago!
Todo viene apacible del olvido
en una claridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.
¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!
Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza:
En el fondo del vaso, poco a poco
se ha dormido, borracha, la tristeza.
reviven en las noches de verano!
Se queja una guitarra, allá a lo lejos,
y mi vecina hace reír el piano.
Escucho, fumo y bebo, mientras el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
El cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía
¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea
¡Qué bien se está, cuando el ensueño en una
tranquila plenitud se ve tan vago!
¡Oh, quién pudiera diluir la Luna
y beberla en la copa, trago a trago!
Todo viene apacible del olvido
en una claridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.
¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!
Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza:
En el fondo del vaso, poco a poco
se ha dormido, borracha, la tristeza.
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Evaristo Carriego
Buenos Ratos
Está lloviendo paz. ¡Qué temas viejos
reviven en las noches de verano!
Se queja una guitarra, allá a lo lejos,
y mi vecina hace reír el piano.
Escucho, fumo y bebo, mientras el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
El cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía
¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea
¡Qué bien se está, cuando el ensueño en una
tranquila plenitud se ve tan vago!
¡Oh, quién pudiera diluir la Luna
y beberla en la copa, trago a trago!
Todo viene apacible del olvido
en una claridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.
¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!
Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza:
En el fondo del vaso, poco a poco
se ha dormido, borracha, la tristeza.
reviven en las noches de verano!
Se queja una guitarra, allá a lo lejos,
y mi vecina hace reír el piano.
Escucho, fumo y bebo, mientras el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
El cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía
¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea
¡Qué bien se está, cuando el ensueño en una
tranquila plenitud se ve tan vago!
¡Oh, quién pudiera diluir la Luna
y beberla en la copa, trago a trago!
Todo viene apacible del olvido
en una claridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.
¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!
Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza:
En el fondo del vaso, poco a poco
se ha dormido, borracha, la tristeza.
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Evaristo Carriego
A La Antigua
¡Oh, señora: gentil dama de mis noches!
¡Oh, señora, mi señora, yo le ruego
que abandone esa romántica novela:
orgullosa favorita de sus dedos!
Que abandone sus historias de aventuras
donde hay citas, donde hay dueñas y escuderos,
callejuelas y sombríos embozados
y tizonas y amorosos devaneos,
asechanzas del camino y estocadas
de cadetes o gallardos mosqueteros,
y amador noble y rendido de su reina,
algún Buckingham lujoso y altanero.
Que abandone, le repito, su romance,
su romance mentiroso, pues confieso
que me enoja la atención que le dispensa,
con agravio de mis quejas y mis celos.
De mis celos, sí, lo digo, tal me tienen
las hazañas del cuitado caballero,
a quien sueña usted, señora, contemplando
sus balcones, con la escala de Romeo.
¡Oh, señora, mí señora!, Son las doce
¿Hasta cuándo piensa usted seguir leyendo?
¡Hay valor en su tenaz indiferencia
que no teme los peligros del silencio!
Son las doce: ya se aprontan los aleves,
los galantes forajidos de los besos,
a cruzar la callejuela de unos labios
donde anoche asesinaron al Ensueño
¡Ay, entonces, de las bocas asaltadas
por los rojos embozados del Deseo!
¡Ay de usted, señora mía, si la encuentran!
¡Que la salve su hazañoso caballero!
¡Oh, señora, mi señora, yo le ruego
que abandone esa romántica novela:
orgullosa favorita de sus dedos!
Que abandone sus historias de aventuras
donde hay citas, donde hay dueñas y escuderos,
callejuelas y sombríos embozados
y tizonas y amorosos devaneos,
asechanzas del camino y estocadas
de cadetes o gallardos mosqueteros,
y amador noble y rendido de su reina,
algún Buckingham lujoso y altanero.
Que abandone, le repito, su romance,
su romance mentiroso, pues confieso
que me enoja la atención que le dispensa,
con agravio de mis quejas y mis celos.
De mis celos, sí, lo digo, tal me tienen
las hazañas del cuitado caballero,
a quien sueña usted, señora, contemplando
sus balcones, con la escala de Romeo.
¡Oh, señora, mí señora!, Son las doce
¿Hasta cuándo piensa usted seguir leyendo?
¡Hay valor en su tenaz indiferencia
que no teme los peligros del silencio!
Son las doce: ya se aprontan los aleves,
los galantes forajidos de los besos,
a cruzar la callejuela de unos labios
donde anoche asesinaron al Ensueño
¡Ay, entonces, de las bocas asaltadas
por los rojos embozados del Deseo!
¡Ay de usted, señora mía, si la encuentran!
¡Que la salve su hazañoso caballero!
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Evaristo Carriego
A La Antigua
¡Oh, señora: gentil dama de mis noches!
¡Oh, señora, mi señora, yo le ruego
que abandone esa romántica novela:
orgullosa favorita de sus dedos!
Que abandone sus historias de aventuras
donde hay citas, donde hay dueñas y escuderos,
callejuelas y sombríos embozados
y tizonas y amorosos devaneos,
asechanzas del camino y estocadas
de cadetes o gallardos mosqueteros,
y amador noble y rendido de su reina,
algún Buckingham lujoso y altanero.
Que abandone, le repito, su romance,
su romance mentiroso, pues confieso
que me enoja la atención que le dispensa,
con agravio de mis quejas y mis celos.
De mis celos, sí, lo digo, tal me tienen
las hazañas del cuitado caballero,
a quien sueña usted, señora, contemplando
sus balcones, con la escala de Romeo.
¡Oh, señora, mí señora!, Son las doce
¿Hasta cuándo piensa usted seguir leyendo?
¡Hay valor en su tenaz indiferencia
que no teme los peligros del silencio!
Son las doce: ya se aprontan los aleves,
los galantes forajidos de los besos,
a cruzar la callejuela de unos labios
donde anoche asesinaron al Ensueño
¡Ay, entonces, de las bocas asaltadas
por los rojos embozados del Deseo!
¡Ay de usted, señora mía, si la encuentran!
¡Que la salve su hazañoso caballero!
¡Oh, señora, mi señora, yo le ruego
que abandone esa romántica novela:
orgullosa favorita de sus dedos!
Que abandone sus historias de aventuras
donde hay citas, donde hay dueñas y escuderos,
callejuelas y sombríos embozados
y tizonas y amorosos devaneos,
asechanzas del camino y estocadas
de cadetes o gallardos mosqueteros,
y amador noble y rendido de su reina,
algún Buckingham lujoso y altanero.
Que abandone, le repito, su romance,
su romance mentiroso, pues confieso
que me enoja la atención que le dispensa,
con agravio de mis quejas y mis celos.
De mis celos, sí, lo digo, tal me tienen
las hazañas del cuitado caballero,
a quien sueña usted, señora, contemplando
sus balcones, con la escala de Romeo.
¡Oh, señora, mí señora!, Son las doce
¿Hasta cuándo piensa usted seguir leyendo?
¡Hay valor en su tenaz indiferencia
que no teme los peligros del silencio!
Son las doce: ya se aprontan los aleves,
los galantes forajidos de los besos,
a cruzar la callejuela de unos labios
donde anoche asesinaron al Ensueño
¡Ay, entonces, de las bocas asaltadas
por los rojos embozados del Deseo!
¡Ay de usted, señora mía, si la encuentran!
¡Que la salve su hazañoso caballero!
517
Evaristo Carriego
Tu Risa
Cuando escucho el rojo violín de tu risa,
en el que olvidados acordes evocas,
un cálido vino licor de bohemia
me llena el cerebro de músicas locas.
Un vino que moja tu noble garganta
una húmeda jaula de finos cristales,
cuyas orquestales invisibles rejas,
aprisionan raros divinos zorzales.
Y cuando lo escancias, cordiales de un ritmo
que roba caricias a los terciopelos,
caen en mi ropa, de espumas amargas,
cual lluvia de estrellas de líricos cielos.
¡Tu risa! Me encanta, me obsede el oído,
como un intangible sonoro teclado
sobre el que han volcado los duendes amables
un rico y bullente champaña dorado.
No sé por qué a veces, si en rápida fuga
tus polifonías se van diluyendo,
por mi éxtasis pasan tristes y jocosos
pierrots que muriesen llorando y riendo
No sé por qué a veces me quedo pensando
en óperas breves, donde colombinas
hermosas y rubias, fingiesen collares
de luz en las danzas de las serpentinas.
O, muy vagamente, bajo mecedores
gentiles ensueños de cosas francesas,
me creo en florido jardín de Versalles,
acechando un coro de lindas marquesas.
Si acaso disipa mis hondos mutismos,
con su leve magia de dulces misterios,
en la quietud vibra, como una sonata
de alegres clarines en un cementerio.
Cuando en el silencio, custodiando el Odio,
llegan del hastío las rondas crueles,
sobre esas heridas: flores de la sombra,
ella agita y vuelca su taza de mieles
Cuando en mis severas Misas taciturnas
se oye tu fanfarria, de sones ligeros,
el Genio, vencido por tu musa loca
suaviza del rito los bronces austeros.
Tus líricas flautas y tus ocarinas
anuncian la fiesta de las harmonías,
y mariposean por toda la gama
donde baila siempre, cautiva parlera.
Por eso, semeja tu boca un mineático
salón, decorado con frescos de notas,
donde baila siempre, cautiva parlera,
una roja dama, galantes gavotas.
Por eso, te ofrecen mis cisnes altivos,
que tus adorables alondras desdeñan,
la dulce agonía del último canto
y doblan el cuello y escuchan y sueñan.
Por eso, si bebo tu risa bohemia,
armónico vaso de néctares suaves
¡Mi pobre cabeza se llena de luna
y claudican todos sus órganos graves!
en el que olvidados acordes evocas,
un cálido vino licor de bohemia
me llena el cerebro de músicas locas.
Un vino que moja tu noble garganta
una húmeda jaula de finos cristales,
cuyas orquestales invisibles rejas,
aprisionan raros divinos zorzales.
Y cuando lo escancias, cordiales de un ritmo
que roba caricias a los terciopelos,
caen en mi ropa, de espumas amargas,
cual lluvia de estrellas de líricos cielos.
¡Tu risa! Me encanta, me obsede el oído,
como un intangible sonoro teclado
sobre el que han volcado los duendes amables
un rico y bullente champaña dorado.
No sé por qué a veces, si en rápida fuga
tus polifonías se van diluyendo,
por mi éxtasis pasan tristes y jocosos
pierrots que muriesen llorando y riendo
No sé por qué a veces me quedo pensando
en óperas breves, donde colombinas
hermosas y rubias, fingiesen collares
de luz en las danzas de las serpentinas.
O, muy vagamente, bajo mecedores
gentiles ensueños de cosas francesas,
me creo en florido jardín de Versalles,
acechando un coro de lindas marquesas.
Si acaso disipa mis hondos mutismos,
con su leve magia de dulces misterios,
en la quietud vibra, como una sonata
de alegres clarines en un cementerio.
Cuando en el silencio, custodiando el Odio,
llegan del hastío las rondas crueles,
sobre esas heridas: flores de la sombra,
ella agita y vuelca su taza de mieles
Cuando en mis severas Misas taciturnas
se oye tu fanfarria, de sones ligeros,
el Genio, vencido por tu musa loca
suaviza del rito los bronces austeros.
Tus líricas flautas y tus ocarinas
anuncian la fiesta de las harmonías,
y mariposean por toda la gama
donde baila siempre, cautiva parlera.
Por eso, semeja tu boca un mineático
salón, decorado con frescos de notas,
donde baila siempre, cautiva parlera,
una roja dama, galantes gavotas.
Por eso, te ofrecen mis cisnes altivos,
que tus adorables alondras desdeñan,
la dulce agonía del último canto
y doblan el cuello y escuchan y sueñan.
Por eso, si bebo tu risa bohemia,
armónico vaso de néctares suaves
¡Mi pobre cabeza se llena de luna
y claudican todos sus órganos graves!
498
Evaristo Carriego
Después Del Olvido
Porque hoy has venido, lo mismo que antes,
con tus adorables gracias exquisitas,
alguien ha llenado de rosas mi cuarto
como en los instantes de pasadas citas.
¿Te acuerdas? Recuerdo de noches lejanas,
aún guardo, entre otras, aquella novela
con la que soñabas imitar, a ratos,
no sé si a Lucía, no sé si a Graciela.
Y aquel abanico, que sentir parece
la inquieta, la tibia presión de tu mano,
aquel abanico ¿Te acuerdas?, Trasunto
de aquel apacible, distante verano
¡Y aquellas memorias que escribiste un día!
Un libro risueño de celos y quejas.
¡Rincón asoleado! ¡Rincón pensativo
de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!
Pero no hay los versos: ¡Qué quieres! ¡Te fuiste!
¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!
La nieve incesante del bárbaro hastío
¿No ves?, Ha quemado mis líricas alas.
¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos
como las ausencias sus hoscos asedios
Prefiero las rosas, prefiero tu risa
que pone un rayito de sol en mis tedios.
¡Y porque al fin vuelves, después del olvido,
en hora de angustias, en hora oportuna,
alegre como antes, es hoy mi cabeza
una pobre loca borracha de luna!
con tus adorables gracias exquisitas,
alguien ha llenado de rosas mi cuarto
como en los instantes de pasadas citas.
¿Te acuerdas? Recuerdo de noches lejanas,
aún guardo, entre otras, aquella novela
con la que soñabas imitar, a ratos,
no sé si a Lucía, no sé si a Graciela.
Y aquel abanico, que sentir parece
la inquieta, la tibia presión de tu mano,
aquel abanico ¿Te acuerdas?, Trasunto
de aquel apacible, distante verano
¡Y aquellas memorias que escribiste un día!
Un libro risueño de celos y quejas.
¡Rincón asoleado! ¡Rincón pensativo
de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!
Pero no hay los versos: ¡Qué quieres! ¡Te fuiste!
¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!
La nieve incesante del bárbaro hastío
¿No ves?, Ha quemado mis líricas alas.
¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos
como las ausencias sus hoscos asedios
Prefiero las rosas, prefiero tu risa
que pone un rayito de sol en mis tedios.
¡Y porque al fin vuelves, después del olvido,
en hora de angustias, en hora oportuna,
alegre como antes, es hoy mi cabeza
una pobre loca borracha de luna!
489
Evaristo Carriego
Después Del Olvido
Porque hoy has venido, lo mismo que antes,
con tus adorables gracias exquisitas,
alguien ha llenado de rosas mi cuarto
como en los instantes de pasadas citas.
¿Te acuerdas? Recuerdo de noches lejanas,
aún guardo, entre otras, aquella novela
con la que soñabas imitar, a ratos,
no sé si a Lucía, no sé si a Graciela.
Y aquel abanico, que sentir parece
la inquieta, la tibia presión de tu mano,
aquel abanico ¿Te acuerdas?, Trasunto
de aquel apacible, distante verano
¡Y aquellas memorias que escribiste un día!
Un libro risueño de celos y quejas.
¡Rincón asoleado! ¡Rincón pensativo
de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!
Pero no hay los versos: ¡Qué quieres! ¡Te fuiste!
¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!
La nieve incesante del bárbaro hastío
¿No ves?, Ha quemado mis líricas alas.
¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos
como las ausencias sus hoscos asedios
Prefiero las rosas, prefiero tu risa
que pone un rayito de sol en mis tedios.
¡Y porque al fin vuelves, después del olvido,
en hora de angustias, en hora oportuna,
alegre como antes, es hoy mi cabeza
una pobre loca borracha de luna!
con tus adorables gracias exquisitas,
alguien ha llenado de rosas mi cuarto
como en los instantes de pasadas citas.
¿Te acuerdas? Recuerdo de noches lejanas,
aún guardo, entre otras, aquella novela
con la que soñabas imitar, a ratos,
no sé si a Lucía, no sé si a Graciela.
Y aquel abanico, que sentir parece
la inquieta, la tibia presión de tu mano,
aquel abanico ¿Te acuerdas?, Trasunto
de aquel apacible, distante verano
¡Y aquellas memorias que escribiste un día!
Un libro risueño de celos y quejas.
¡Rincón asoleado! ¡Rincón pensativo
de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!
Pero no hay los versos: ¡Qué quieres! ¡Te fuiste!
¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!
La nieve incesante del bárbaro hastío
¿No ves?, Ha quemado mis líricas alas.
¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos
como las ausencias sus hoscos asedios
Prefiero las rosas, prefiero tu risa
que pone un rayito de sol en mis tedios.
¡Y porque al fin vuelves, después del olvido,
en hora de angustias, en hora oportuna,
alegre como antes, es hoy mi cabeza
una pobre loca borracha de luna!
489
Evaristo Carriego
Filtro Rojo
Porque hasta mí llegaste silenciosa,
la ardiente exaltación de mi elocuencia
derrotó la glacial indiferencia
que mostrabas, altiva y desdeñosa.
Volviste a ser la de antes. Misteriosa,
como un rojo clavel tu confidencia
reventó en una amable delincuencia
con no sé qué pasión pecaminosa.
Claudicó gentilmente tu arrogancia
y al beber el locuaz vino de Francia,
¡Oh, las uvas doradas y fecundas!
Una aurora tiñó tu faz de armiño,
¡Y hubo en la jaula azul de tu corpiño
un temblor de palomas moribundas!
la ardiente exaltación de mi elocuencia
derrotó la glacial indiferencia
que mostrabas, altiva y desdeñosa.
Volviste a ser la de antes. Misteriosa,
como un rojo clavel tu confidencia
reventó en una amable delincuencia
con no sé qué pasión pecaminosa.
Claudicó gentilmente tu arrogancia
y al beber el locuaz vino de Francia,
¡Oh, las uvas doradas y fecundas!
Una aurora tiñó tu faz de armiño,
¡Y hubo en la jaula azul de tu corpiño
un temblor de palomas moribundas!
423
Evaristo Carriego
Filtro Rojo
Porque hasta mí llegaste silenciosa,
la ardiente exaltación de mi elocuencia
derrotó la glacial indiferencia
que mostrabas, altiva y desdeñosa.
Volviste a ser la de antes. Misteriosa,
como un rojo clavel tu confidencia
reventó en una amable delincuencia
con no sé qué pasión pecaminosa.
Claudicó gentilmente tu arrogancia
y al beber el locuaz vino de Francia,
¡Oh, las uvas doradas y fecundas!
Una aurora tiñó tu faz de armiño,
¡Y hubo en la jaula azul de tu corpiño
un temblor de palomas moribundas!
la ardiente exaltación de mi elocuencia
derrotó la glacial indiferencia
que mostrabas, altiva y desdeñosa.
Volviste a ser la de antes. Misteriosa,
como un rojo clavel tu confidencia
reventó en una amable delincuencia
con no sé qué pasión pecaminosa.
Claudicó gentilmente tu arrogancia
y al beber el locuaz vino de Francia,
¡Oh, las uvas doradas y fecundas!
Una aurora tiñó tu faz de armiño,
¡Y hubo en la jaula azul de tu corpiño
un temblor de palomas moribundas!
423
Evaristo Carriego
Tu Secreto
¡De todo te olvidas! Anoche dejaste
aquí, sobre el piano, que ya jamás tocas,
un poco de tu alma de muchacha enferma:
un libro, vedado, de tiernas memorias.
Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,
y supe, sonriendo, tu pena más honda,
el dulce secreto que no diré a nadie:
A nadie interesa saber que me nombras.
Ven, llévate el libro, distraída llena
de luz y de ensueño. Romántica loca
¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!
De todo te olvidas ¡Cabeza de novia!
aquí, sobre el piano, que ya jamás tocas,
un poco de tu alma de muchacha enferma:
un libro, vedado, de tiernas memorias.
Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,
y supe, sonriendo, tu pena más honda,
el dulce secreto que no diré a nadie:
A nadie interesa saber que me nombras.
Ven, llévate el libro, distraída llena
de luz y de ensueño. Romántica loca
¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!
De todo te olvidas ¡Cabeza de novia!
640
Evaristo Carriego
Invitación
Amada, estoy alegre: ya no siento
la angustiosa opresión de la tristeza:
el pájaro fatal del desaliento
graznando se alejó de mi cabeza.
Amada, amada: ya, de nuevo, el canto
vuelve a vibrar en mí como otras veces,
¡Y el canto es hombre, porque puede tanto,
que hasta sabe domar tus altiveces!
Ven a oír: abandona la ventana
Deja al mendigo en paz. ¡Son tus ternuras
para el dolor, como las de una hermana,
y sólo para mí suelen ser duras!
¡Manos de siempre compasiva y buena,
yo tengo todo un sol para que alumbres
ese olímpico rostro de azucena
hecho de palidez y pesadumbres!
Hoy soy así. Soy un poeta loco
que ve su dicha de tus tedios presa
¡Ven y siéntate al piano: bebe un poco
de champaña en la música francesa!
No quiero verte triste. De tu cara
borra ese esguince de pesar cansino
¡Hoy yo quiero vivir! ¡Qué cosa rara,
hoy tengo el corazón lleno de vino!
la angustiosa opresión de la tristeza:
el pájaro fatal del desaliento
graznando se alejó de mi cabeza.
Amada, amada: ya, de nuevo, el canto
vuelve a vibrar en mí como otras veces,
¡Y el canto es hombre, porque puede tanto,
que hasta sabe domar tus altiveces!
Ven a oír: abandona la ventana
Deja al mendigo en paz. ¡Son tus ternuras
para el dolor, como las de una hermana,
y sólo para mí suelen ser duras!
¡Manos de siempre compasiva y buena,
yo tengo todo un sol para que alumbres
ese olímpico rostro de azucena
hecho de palidez y pesadumbres!
Hoy soy así. Soy un poeta loco
que ve su dicha de tus tedios presa
¡Ven y siéntate al piano: bebe un poco
de champaña en la música francesa!
No quiero verte triste. De tu cara
borra ese esguince de pesar cansino
¡Hoy yo quiero vivir! ¡Qué cosa rara,
hoy tengo el corazón lleno de vino!
406
Evaristo Carriego
Invitación
Amada, estoy alegre: ya no siento
la angustiosa opresión de la tristeza:
el pájaro fatal del desaliento
graznando se alejó de mi cabeza.
Amada, amada: ya, de nuevo, el canto
vuelve a vibrar en mí como otras veces,
¡Y el canto es hombre, porque puede tanto,
que hasta sabe domar tus altiveces!
Ven a oír: abandona la ventana
Deja al mendigo en paz. ¡Son tus ternuras
para el dolor, como las de una hermana,
y sólo para mí suelen ser duras!
¡Manos de siempre compasiva y buena,
yo tengo todo un sol para que alumbres
ese olímpico rostro de azucena
hecho de palidez y pesadumbres!
Hoy soy así. Soy un poeta loco
que ve su dicha de tus tedios presa
¡Ven y siéntate al piano: bebe un poco
de champaña en la música francesa!
No quiero verte triste. De tu cara
borra ese esguince de pesar cansino
¡Hoy yo quiero vivir! ¡Qué cosa rara,
hoy tengo el corazón lleno de vino!
la angustiosa opresión de la tristeza:
el pájaro fatal del desaliento
graznando se alejó de mi cabeza.
Amada, amada: ya, de nuevo, el canto
vuelve a vibrar en mí como otras veces,
¡Y el canto es hombre, porque puede tanto,
que hasta sabe domar tus altiveces!
Ven a oír: abandona la ventana
Deja al mendigo en paz. ¡Son tus ternuras
para el dolor, como las de una hermana,
y sólo para mí suelen ser duras!
¡Manos de siempre compasiva y buena,
yo tengo todo un sol para que alumbres
ese olímpico rostro de azucena
hecho de palidez y pesadumbres!
Hoy soy así. Soy un poeta loco
que ve su dicha de tus tedios presa
¡Ven y siéntate al piano: bebe un poco
de champaña en la música francesa!
No quiero verte triste. De tu cara
borra ese esguince de pesar cansino
¡Hoy yo quiero vivir! ¡Qué cosa rara,
hoy tengo el corazón lleno de vino!
406
Evaristo Carriego
En El Patio
Me gusta verte así, bajo la parra,
resguardada del sol del mediodía,
risueñamente audaz, gentil, bizarra,
como una evocación de Andalucía.
Con olor a salud en tu belleza,
que envuelves en exóticos vestidos,
roja de clavelones la cabeza
y leyendo novelas de bandidos.
¡Un carmen andaluz, donde florecen,
en los viejos rincones solitarios,
los rosales que ocultan y ensombrecen
la jaula y el color de tus canarios!
¡Cuántas veces no creo al acercarme,
todo como en un patio de Sevilla,
que tus más frescas flores vas a darme,
y a ofrecerme después miel con vainilla!
O me doy a pensar que he saboreado,
mientras se oye una alegre castañuela,
un rico arroz con leche, polvoreado
de una cálida gloria de canela.
¡Cómo me gusta verte así, graciosa,
llena de inquietos, caprichosos mimos,
rodeada de macetas, y, gloriosa,
desgranando pletóricos racimos!
Y mojarse tus manos delincuentes,
al reventar las uvas arrancadas,
como en sangre de vidas inocentes
a tu voracidad sacrificadas
Y ver vagar, cruelmente seductora,
en esos labios finos y burlones,
tu sonrisa de Esfinge, turbadora
de mis calladas interrogaciones.
Y desear para mí, las exquisitas
torturas de tus dedos sonrosados,
¡Que oprimen las doradas cabecitas
de los dulces racimos degollados!
resguardada del sol del mediodía,
risueñamente audaz, gentil, bizarra,
como una evocación de Andalucía.
Con olor a salud en tu belleza,
que envuelves en exóticos vestidos,
roja de clavelones la cabeza
y leyendo novelas de bandidos.
¡Un carmen andaluz, donde florecen,
en los viejos rincones solitarios,
los rosales que ocultan y ensombrecen
la jaula y el color de tus canarios!
¡Cuántas veces no creo al acercarme,
todo como en un patio de Sevilla,
que tus más frescas flores vas a darme,
y a ofrecerme después miel con vainilla!
O me doy a pensar que he saboreado,
mientras se oye una alegre castañuela,
un rico arroz con leche, polvoreado
de una cálida gloria de canela.
¡Cómo me gusta verte así, graciosa,
llena de inquietos, caprichosos mimos,
rodeada de macetas, y, gloriosa,
desgranando pletóricos racimos!
Y mojarse tus manos delincuentes,
al reventar las uvas arrancadas,
como en sangre de vidas inocentes
a tu voracidad sacrificadas
Y ver vagar, cruelmente seductora,
en esos labios finos y burlones,
tu sonrisa de Esfinge, turbadora
de mis calladas interrogaciones.
Y desear para mí, las exquisitas
torturas de tus dedos sonrosados,
¡Que oprimen las doradas cabecitas
de los dulces racimos degollados!
456
Evaristo Carriego
En Silencio
Que este verso, que has pedido,
vaya hacia ti, como enviado
de algún recuerdo volcado
en una tierra de olvido
para insinuarte al oído
su agonía más secreta,
cuando en tus noches, inquieta
por las memorias, tal vez,
leas, siquiera una vez,
las estrofas del poeta.
¿Yo? Vivo con la pasión
de aquel ensueño remoto,
que he guardado como un voto,
ya viejo, del corazón.
¡Y sé, en mi amarga obsesión,
que mi cabeza cansada,
de la prisión de ese ensueño
caerá, recién, libertada!
¡Cuando duerma el postrer sueño
sobre la postrer almohada!
vaya hacia ti, como enviado
de algún recuerdo volcado
en una tierra de olvido
para insinuarte al oído
su agonía más secreta,
cuando en tus noches, inquieta
por las memorias, tal vez,
leas, siquiera una vez,
las estrofas del poeta.
¿Yo? Vivo con la pasión
de aquel ensueño remoto,
que he guardado como un voto,
ya viejo, del corazón.
¡Y sé, en mi amarga obsesión,
que mi cabeza cansada,
de la prisión de ese ensueño
caerá, recién, libertada!
¡Cuando duerma el postrer sueño
sobre la postrer almohada!
668
Evaristo Carriego
En Silencio
Que este verso, que has pedido,
vaya hacia ti, como enviado
de algún recuerdo volcado
en una tierra de olvido
para insinuarte al oído
su agonía más secreta,
cuando en tus noches, inquieta
por las memorias, tal vez,
leas, siquiera una vez,
las estrofas del poeta.
¿Yo? Vivo con la pasión
de aquel ensueño remoto,
que he guardado como un voto,
ya viejo, del corazón.
¡Y sé, en mi amarga obsesión,
que mi cabeza cansada,
de la prisión de ese ensueño
caerá, recién, libertada!
¡Cuando duerma el postrer sueño
sobre la postrer almohada!
vaya hacia ti, como enviado
de algún recuerdo volcado
en una tierra de olvido
para insinuarte al oído
su agonía más secreta,
cuando en tus noches, inquieta
por las memorias, tal vez,
leas, siquiera una vez,
las estrofas del poeta.
¿Yo? Vivo con la pasión
de aquel ensueño remoto,
que he guardado como un voto,
ya viejo, del corazón.
¡Y sé, en mi amarga obsesión,
que mi cabeza cansada,
de la prisión de ese ensueño
caerá, recién, libertada!
¡Cuando duerma el postrer sueño
sobre la postrer almohada!
668
Evaristo Carriego
Tus Manos
Me obseden tus manos exangües y finas,
¡Tus manos!, Puñales de heridas ajenas,
cuando en el teclado predicen, en notas,
las inapelables deseadas condenas
Tus manos, amores de nardos y rosas,
cuya Histeria tiene sangre de Pasiones,
como aquellas suaves que guardan ocultas
en venas azules sombrías traiciones.
Como las nerviosas manos de mi amada,
que, en largas teorías de gestos cordiales,
devotas del dulce crimen amatorio,
¡Degüellan mis mansos corderos pascuales!
¡Tus manos!, Puñales de heridas ajenas,
cuando en el teclado predicen, en notas,
las inapelables deseadas condenas
Tus manos, amores de nardos y rosas,
cuya Histeria tiene sangre de Pasiones,
como aquellas suaves que guardan ocultas
en venas azules sombrías traiciones.
Como las nerviosas manos de mi amada,
que, en largas teorías de gestos cordiales,
devotas del dulce crimen amatorio,
¡Degüellan mis mansos corderos pascuales!
458
Evaristo Carriego
Tus Manos
Me obseden tus manos exangües y finas,
¡Tus manos!, Puñales de heridas ajenas,
cuando en el teclado predicen, en notas,
las inapelables deseadas condenas
Tus manos, amores de nardos y rosas,
cuya Histeria tiene sangre de Pasiones,
como aquellas suaves que guardan ocultas
en venas azules sombrías traiciones.
Como las nerviosas manos de mi amada,
que, en largas teorías de gestos cordiales,
devotas del dulce crimen amatorio,
¡Degüellan mis mansos corderos pascuales!
¡Tus manos!, Puñales de heridas ajenas,
cuando en el teclado predicen, en notas,
las inapelables deseadas condenas
Tus manos, amores de nardos y rosas,
cuya Histeria tiene sangre de Pasiones,
como aquellas suaves que guardan ocultas
en venas azules sombrías traiciones.
Como las nerviosas manos de mi amada,
que, en largas teorías de gestos cordiales,
devotas del dulce crimen amatorio,
¡Degüellan mis mansos corderos pascuales!
458
Evaristo Carriego
Exótica
Tiene un rico sabor de canela
el encanto andaluz que derrama
ese hermoso donaire flamenco,
que trajiste del barrio de Triana.
En su patio de sol, vio Sevilla
adornarse por ti las guitarras,
hoscos ceños de majos celosos
y torneos de fieras navajas.
A tu lado, me envuelve en perfumes
la mantilla que cubre tus gracias,
y tu sangre, de ardor y misterio,
su bravía pasión me contagia.
Y me pongo a pensar en heridas
de claveles y frutas moradas,
cuando se abre la flor de tus labios
en el carmen de todas las ansias.
Y me llenan de luz la cabeza,
yo no sé qué canciones bizarras
de tu tierra de amor y alegría,
y deseo aventuras extrañas,
aventuras rarísimas, cuando
como un vaso de néctar de Málaga
en la copa mortal de tus besos
bebo un vino de sangre gitana.
el encanto andaluz que derrama
ese hermoso donaire flamenco,
que trajiste del barrio de Triana.
En su patio de sol, vio Sevilla
adornarse por ti las guitarras,
hoscos ceños de majos celosos
y torneos de fieras navajas.
A tu lado, me envuelve en perfumes
la mantilla que cubre tus gracias,
y tu sangre, de ardor y misterio,
su bravía pasión me contagia.
Y me pongo a pensar en heridas
de claveles y frutas moradas,
cuando se abre la flor de tus labios
en el carmen de todas las ansias.
Y me llenan de luz la cabeza,
yo no sé qué canciones bizarras
de tu tierra de amor y alegría,
y deseo aventuras extrañas,
aventuras rarísimas, cuando
como un vaso de néctar de Málaga
en la copa mortal de tus besos
bebo un vino de sangre gitana.
506
Evaristo Carriego
Exótica
Tiene un rico sabor de canela
el encanto andaluz que derrama
ese hermoso donaire flamenco,
que trajiste del barrio de Triana.
En su patio de sol, vio Sevilla
adornarse por ti las guitarras,
hoscos ceños de majos celosos
y torneos de fieras navajas.
A tu lado, me envuelve en perfumes
la mantilla que cubre tus gracias,
y tu sangre, de ardor y misterio,
su bravía pasión me contagia.
Y me pongo a pensar en heridas
de claveles y frutas moradas,
cuando se abre la flor de tus labios
en el carmen de todas las ansias.
Y me llenan de luz la cabeza,
yo no sé qué canciones bizarras
de tu tierra de amor y alegría,
y deseo aventuras extrañas,
aventuras rarísimas, cuando
como un vaso de néctar de Málaga
en la copa mortal de tus besos
bebo un vino de sangre gitana.
el encanto andaluz que derrama
ese hermoso donaire flamenco,
que trajiste del barrio de Triana.
En su patio de sol, vio Sevilla
adornarse por ti las guitarras,
hoscos ceños de majos celosos
y torneos de fieras navajas.
A tu lado, me envuelve en perfumes
la mantilla que cubre tus gracias,
y tu sangre, de ardor y misterio,
su bravía pasión me contagia.
Y me pongo a pensar en heridas
de claveles y frutas moradas,
cuando se abre la flor de tus labios
en el carmen de todas las ansias.
Y me llenan de luz la cabeza,
yo no sé qué canciones bizarras
de tu tierra de amor y alegría,
y deseo aventuras extrañas,
aventuras rarísimas, cuando
como un vaso de néctar de Málaga
en la copa mortal de tus besos
bebo un vino de sangre gitana.
506
Evaristo Carriego
Revelación
Lujosamente bella y exquisita,
con aire de gitana tentadora,
llegaste, adelantándote a la hora,
rodeada de misterios a la cita.
El salón reservado oyó la cuita
de una cálida noche pecadora,
y el amor de tu carne ofrendadora
reventaron las yemas de Afrodita.
Fue en esa breve noche de locuras,
propicia al Floreal de tus ternuras,
que, cual glóbulos de ansias pasionales,
tu sangre delictuosa de bohemia
infiltró en el cansancio de mi anemia
¡El ardor de los fuertes ideales!
con aire de gitana tentadora,
llegaste, adelantándote a la hora,
rodeada de misterios a la cita.
El salón reservado oyó la cuita
de una cálida noche pecadora,
y el amor de tu carne ofrendadora
reventaron las yemas de Afrodita.
Fue en esa breve noche de locuras,
propicia al Floreal de tus ternuras,
que, cual glóbulos de ansias pasionales,
tu sangre delictuosa de bohemia
infiltró en el cansancio de mi anemia
¡El ardor de los fuertes ideales!
535
Evaristo Carriego
Revelación
Lujosamente bella y exquisita,
con aire de gitana tentadora,
llegaste, adelantándote a la hora,
rodeada de misterios a la cita.
El salón reservado oyó la cuita
de una cálida noche pecadora,
y el amor de tu carne ofrendadora
reventaron las yemas de Afrodita.
Fue en esa breve noche de locuras,
propicia al Floreal de tus ternuras,
que, cual glóbulos de ansias pasionales,
tu sangre delictuosa de bohemia
infiltró en el cansancio de mi anemia
¡El ardor de los fuertes ideales!
con aire de gitana tentadora,
llegaste, adelantándote a la hora,
rodeada de misterios a la cita.
El salón reservado oyó la cuita
de una cálida noche pecadora,
y el amor de tu carne ofrendadora
reventaron las yemas de Afrodita.
Fue en esa breve noche de locuras,
propicia al Floreal de tus ternuras,
que, cual glóbulos de ansias pasionales,
tu sangre delictuosa de bohemia
infiltró en el cansancio de mi anemia
¡El ardor de los fuertes ideales!
535
Evaristo Carriego
El Clavel
Fue al surgir de una duda insinuativa,
cuando hirió tu severa aristocracia,
como un símbolo rojo de mi audacia,
un clavel que tu mano no cultiva.
Quizás hubo una frase sugestiva,
o viera una intención tu perspicacia,
pues tu serenidad llena de gracia
fingió una rebelión despreciativa
Y así, en tu vanidad, por la impaciente
condena de un orgullo intransigente,
mi rojo heraldo de amatorios credos
mereció, por su símbolo atrevido,
como un apóstol o como un bandido,
la guillotina de tus nobles dedos.
cuando hirió tu severa aristocracia,
como un símbolo rojo de mi audacia,
un clavel que tu mano no cultiva.
Quizás hubo una frase sugestiva,
o viera una intención tu perspicacia,
pues tu serenidad llena de gracia
fingió una rebelión despreciativa
Y así, en tu vanidad, por la impaciente
condena de un orgullo intransigente,
mi rojo heraldo de amatorios credos
mereció, por su símbolo atrevido,
como un apóstol o como un bandido,
la guillotina de tus nobles dedos.
485
Evaristo Carriego
El Clavel
Fue al surgir de una duda insinuativa,
cuando hirió tu severa aristocracia,
como un símbolo rojo de mi audacia,
un clavel que tu mano no cultiva.
Quizás hubo una frase sugestiva,
o viera una intención tu perspicacia,
pues tu serenidad llena de gracia
fingió una rebelión despreciativa
Y así, en tu vanidad, por la impaciente
condena de un orgullo intransigente,
mi rojo heraldo de amatorios credos
mereció, por su símbolo atrevido,
como un apóstol o como un bandido,
la guillotina de tus nobles dedos.
cuando hirió tu severa aristocracia,
como un símbolo rojo de mi audacia,
un clavel que tu mano no cultiva.
Quizás hubo una frase sugestiva,
o viera una intención tu perspicacia,
pues tu serenidad llena de gracia
fingió una rebelión despreciativa
Y así, en tu vanidad, por la impaciente
condena de un orgullo intransigente,
mi rojo heraldo de amatorios credos
mereció, por su símbolo atrevido,
como un apóstol o como un bandido,
la guillotina de tus nobles dedos.
485
Evaristo Carriego
De La Tregua
Un instante no más. Vengo a cantarte
la canción del laurel. ¡Alza la frente
que es la única digna del presente
que, en mi salutación, voy a dejarte!
Tendrá el orgullo de tu sentimiento,
hoy, otra vez, el soñador cansado
que se acerca a buscar aquí, a tu lado
el generoso olvido de un momento.
Y en la tregua fugaz, mientras se asoma
tu sol a mi pesar indefinido,
consentirá el león, agradecido,
que peine su melena una paloma.
Una ausencia gentil de mi fiereza,
cortés claudicación admirativa,
te dejará anunciarme, imperativa,
la altivez inmortal de tu belleza.
Pero, aunque pueda ser así, no quiero
la sujeción de tus amables lazos,
ni en la suave cadena de unos brazos
de las ternuras ser un prisionero.
Ni aguardes que hasta ti caricias lleve,
pues no debo quitarme la armadura
ni aún en homenaje a tu hermosura,
siendo el reposo de mi afán tan breve.
Y no puedo ceder, ni frente al rico
róseo panal de tu sonrisa leda:
¡El hierro luce mal junto a la seda
y el escudo no sirve de abanico!
Eso sí, en la canción, antes que vuelva
a mi fuerte Ideal, verás, acaso,
para orquestar las horas a tu paso,
un regreso de alondras a mi selva.
Eso sí, la canción tiene un lirismo
tierno y galante para cada beso
que amanece en tus labios, y por eso
se ha puesto a declinar mi pesimismo.
Tal es, pues, lo que digo, y hoy, que llenas
mis odres de pasión con tus bondades,
¡Sobre el rojo clavel de mis crueldades
sangrarán mi perdón tus azucenas!
Y después de beber en tus castalias,
como en lago de amor tranquilo y terso,
¡Te besaré las sienes con un verso
para calzar de nuevo las sandalias!
la canción del laurel. ¡Alza la frente
que es la única digna del presente
que, en mi salutación, voy a dejarte!
Tendrá el orgullo de tu sentimiento,
hoy, otra vez, el soñador cansado
que se acerca a buscar aquí, a tu lado
el generoso olvido de un momento.
Y en la tregua fugaz, mientras se asoma
tu sol a mi pesar indefinido,
consentirá el león, agradecido,
que peine su melena una paloma.
Una ausencia gentil de mi fiereza,
cortés claudicación admirativa,
te dejará anunciarme, imperativa,
la altivez inmortal de tu belleza.
Pero, aunque pueda ser así, no quiero
la sujeción de tus amables lazos,
ni en la suave cadena de unos brazos
de las ternuras ser un prisionero.
Ni aguardes que hasta ti caricias lleve,
pues no debo quitarme la armadura
ni aún en homenaje a tu hermosura,
siendo el reposo de mi afán tan breve.
Y no puedo ceder, ni frente al rico
róseo panal de tu sonrisa leda:
¡El hierro luce mal junto a la seda
y el escudo no sirve de abanico!
Eso sí, en la canción, antes que vuelva
a mi fuerte Ideal, verás, acaso,
para orquestar las horas a tu paso,
un regreso de alondras a mi selva.
Eso sí, la canción tiene un lirismo
tierno y galante para cada beso
que amanece en tus labios, y por eso
se ha puesto a declinar mi pesimismo.
Tal es, pues, lo que digo, y hoy, que llenas
mis odres de pasión con tus bondades,
¡Sobre el rojo clavel de mis crueldades
sangrarán mi perdón tus azucenas!
Y después de beber en tus castalias,
como en lago de amor tranquilo y terso,
¡Te besaré las sienes con un verso
para calzar de nuevo las sandalias!
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