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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Fe Perdida

¡Permitidme reír!... brotan mis labios
manantiales de risa bullidora,
que romper no me deja por ahora
en el llanto hacia vos, jóvenes sabios.
Perdonad a la Musa que no llora,
si tal vez en reír os hace agravios,
un momento no más, y ya serena
entonaros podré mi cantilena.

Sed indulgentes... ruda, campesina,
no estuve en vuestra escuela cortesana:
y cuando el hecho a sonreír me inclina,
mi voluntad para gemir es vana;
y, por Dios, que esta causa peregrina
que me incita a reír con tanta gana,
jovial hiciera al mismo Jeremías,
si alzara la cabeza en nuestros días.

Mas no: la indignación me preste acento:
que no hasta la risa del sarcasmo
para explicaros el pavor que siento,
la maravilla y el enojo y pasmo
al veros en cobarde desaliento
renunciar con desdén al entusiasmo,
lanzar vuestras creencias de la vida,
¡y cantar a una voz la fe perdida!

La fe perdida en el amor que os ama;
la fe perdida en la amistad que os guía;
la fe perdida en el honor que os llama;
la fe perdida hasta en el Dios que os cría;
Quimera es el saber sueño la fama;
la Religión —decís— hipocresía;
sombra la dicha, la virtud escoria,
polvo las almas, ilusión la gloria.

¡Me dais espanto! vuestras almas frías
parécenme a las noches tempestuosas
que prestan con sus bóvedas sombrías
resguardo a las acciones vergonzosas
a la sombra falaz de esas teorías,
que anublan las creencias más hermosas,
¿qué os proponéis con vuestra fe perdida,
sino ocultar errores de la vida?

¿Será que el mundo se tornó malvado
desde que hayáis vosotros a él venido?
Tierra que el bien y el mal siempre ha brotado
¿la semilla del bien hoy ha perdido?
¿Ni una planta siquiera le ha quedado?
¿Ni un retoño siquiera ha florecido?
¿Sabéis que el mundo tan horrible sea;
o es vuestra mala fe la que lo afea?

¡Ay! perdonadme: indignación tampoco
debe el alma sentir: sino tristeza,
porque tenéis vuestro cerebro loco,
y merecéis blandura, no dureza;
es menester llevaros poco a poco
remedios que os serenen la cabeza,
hasta que el juicio claro se os presente,
y el sol veáis y conozcáis la gente.

Permitid que os conduzca por la mano
a la morada de la casta esposa,
que de su dueño incrédulo y tirano
sufre el áspero trato silenciosa.—
Os mostraré también al recto anciano,
que en el humilde hogar pobre reposa,
porque acertó a elegir en su conciencia
entre indigencia y hurto, la indigencia.

Y os mostraré a la joven pura y bella,
que sufre la miseria resignada,
aunque el mundo también se mofe de ella,
y muera en soledad abandonada...
yo sé que lloraréis, si la querella
escucháis que os dirige lastimada
aquella sociedad desconocida,
donde cantasteis vuestra fe perdida.

¿Tal himno le entonáis al fiel soldado,
que por su patria muere en la pelea?
¿Muere sin que os merezca el desdichado
siquiera el premio de que en él se crea?
La madre que en su pecho extenuado
lleva amorosa al niño a quien recrea,
dándole el jugo de su propia vida
¿también ha de escuchar la fe perdida?

Tal vez, cuando el hermano generoso
cede su propio pan al tierno hermano
cantáis el egoísmo vergonzoso
y blasfemáis del corazón humano;
tal vez, en vuestro canto rencoroso
os quejáis del espíritu liviano,
cuando ahogando en el pecho sus pasiones,
la mujer de virtud os da lecciones.

Y en tanto que en el bello gabinete
contra la humana ingratitud declama,
el literato escéptico, y derrama
hiel sobre el mundo que a su ley somete;
digna de que por ella se respete
la humanidad, que el literato infama,
llorando insomne con la vista fija
sobre la anciana enferma vela su hija.

Y se arrodilla, y con su ardiente boca
los yertos pies de la doliente abriga:
su calva frente con blandura toca,
y la enjuga el sudor que la fatiga,
Teme, se desconsuela, a Dios invoca.
Y levanta dulcísima y amiga
su oración por la vida de la anciana,
cuando injuriando estáis la raza humana.

¡Almas ingratas sois a las bondades,
ingratas a los nobles sacrificios;
que sólo abrís los ojos a los vicios
y veis tan sólo el mundo de maldades;
y nos pintáis después esas ciudades
como espantosos, inciertos precipios,
que hundieron vuestras dulces ilusiones
y gastaron los tiernos corazones!

¿Qué aliento dais al generoso instinto,
que en el niño gentil brilla naciente,
si le arrojáis ese anatema hiriente,
su entusiasmo infantil dejando extinto?
Si de dudas el vago laberinto
señaláis por camino al inocente,
¿qué virtud aguardáis, qué heroica
hazaña
de esta generación virgen de España?

¿No sabéis dibujar, rudos pintores,
sino de informes copias los trasuntos?
¿No podéis con finísimos colores
lo bello y lo real mostrarnos juntos?
¿No sabéis, infelices trovadores,
más que cantar las tumbas y difuntos,
o lanzarnos sarcasmos que os inspiran
la furia que se esconde en vuestra lira?...

En vano es ese canto lastimero,
que a la sensible humanidad ultraja
y que rechaza el corazón sincero,
como una ofensa calumniosa y baja;
el mundo es ora como fue primero,
de virtudes y vicios gran baraja,
cuyos signos diversos y figuras
confundís de este siglo las criaturas.

Y de este siglo, que decís malvado,
han de alzarse animosos corazones,
que reanimen la fe que habéis ahogado
con vuestras falsas míseras lecciones.
No juzguéis porque el pueblo os ha escuchado
llorar vuestras amargas decepciones,
que también para siempre descreído
la fe como vosotros ha perdido.

El germen de virtud que en él se encierra,
brotará, como planta que en invierno
descansa en las entrañas de la tierra
y alza en verano su capullo tierno;
por más que vuestro orgullo les aferra
con descripciones del mundano infierno,
los buenos os dirán que habéis mentido,
porque llamáis al siglo corrompido.

Vosotros que pugnáis con odio loco
por degradaros en la raza humana,
malos como decís no sois tampoco,
sino esclavos de moda bien tirana;
¡Triste Espronceda, que avivaste el foco
de la maligna Musa Castellana!
¿Oyes cómo tu Trova repetida
suena en el Canto de la fe perdida?

¡Compasión a vosotros, pobres gentes,
que no tenéis ni en Dios ya confianza!
Son cual hondas cavernas vuestras mentes
donde jamás del sol el rayo alcanza:
puedan de Dios las voces elocuentes
devolveros de nuevo la esperanza;
y veréis cuán hermosa que es la vida
con esa fe que lamentáis perdida.

Hay siempre un ser benéfico y sensible
a quien volver los ojos en la pena:
hay siempre un alma cariñosa y buena,
que su tierna amistad nos dé apacible;
y si en el mundo todo aborrecible
no hubiese más amor que el de la hiena,
¡un manantial fecundo de consuelo
nos queda siempre en el amor del cielo!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Fe Perdida

¡Permitidme reír!... brotan mis labios
manantiales de risa bullidora,
que romper no me deja por ahora
en el llanto hacia vos, jóvenes sabios.
Perdonad a la Musa que no llora,
si tal vez en reír os hace agravios,
un momento no más, y ya serena
entonaros podré mi cantilena.

Sed indulgentes... ruda, campesina,
no estuve en vuestra escuela cortesana:
y cuando el hecho a sonreír me inclina,
mi voluntad para gemir es vana;
y, por Dios, que esta causa peregrina
que me incita a reír con tanta gana,
jovial hiciera al mismo Jeremías,
si alzara la cabeza en nuestros días.

Mas no: la indignación me preste acento:
que no hasta la risa del sarcasmo
para explicaros el pavor que siento,
la maravilla y el enojo y pasmo
al veros en cobarde desaliento
renunciar con desdén al entusiasmo,
lanzar vuestras creencias de la vida,
¡y cantar a una voz la fe perdida!

La fe perdida en el amor que os ama;
la fe perdida en la amistad que os guía;
la fe perdida en el honor que os llama;
la fe perdida hasta en el Dios que os cría;
Quimera es el saber sueño la fama;
la Religión —decís— hipocresía;
sombra la dicha, la virtud escoria,
polvo las almas, ilusión la gloria.

¡Me dais espanto! vuestras almas frías
parécenme a las noches tempestuosas
que prestan con sus bóvedas sombrías
resguardo a las acciones vergonzosas
a la sombra falaz de esas teorías,
que anublan las creencias más hermosas,
¿qué os proponéis con vuestra fe perdida,
sino ocultar errores de la vida?

¿Será que el mundo se tornó malvado
desde que hayáis vosotros a él venido?
Tierra que el bien y el mal siempre ha brotado
¿la semilla del bien hoy ha perdido?
¿Ni una planta siquiera le ha quedado?
¿Ni un retoño siquiera ha florecido?
¿Sabéis que el mundo tan horrible sea;
o es vuestra mala fe la que lo afea?

¡Ay! perdonadme: indignación tampoco
debe el alma sentir: sino tristeza,
porque tenéis vuestro cerebro loco,
y merecéis blandura, no dureza;
es menester llevaros poco a poco
remedios que os serenen la cabeza,
hasta que el juicio claro se os presente,
y el sol veáis y conozcáis la gente.

Permitid que os conduzca por la mano
a la morada de la casta esposa,
que de su dueño incrédulo y tirano
sufre el áspero trato silenciosa.—
Os mostraré también al recto anciano,
que en el humilde hogar pobre reposa,
porque acertó a elegir en su conciencia
entre indigencia y hurto, la indigencia.

Y os mostraré a la joven pura y bella,
que sufre la miseria resignada,
aunque el mundo también se mofe de ella,
y muera en soledad abandonada...
yo sé que lloraréis, si la querella
escucháis que os dirige lastimada
aquella sociedad desconocida,
donde cantasteis vuestra fe perdida.

¿Tal himno le entonáis al fiel soldado,
que por su patria muere en la pelea?
¿Muere sin que os merezca el desdichado
siquiera el premio de que en él se crea?
La madre que en su pecho extenuado
lleva amorosa al niño a quien recrea,
dándole el jugo de su propia vida
¿también ha de escuchar la fe perdida?

Tal vez, cuando el hermano generoso
cede su propio pan al tierno hermano
cantáis el egoísmo vergonzoso
y blasfemáis del corazón humano;
tal vez, en vuestro canto rencoroso
os quejáis del espíritu liviano,
cuando ahogando en el pecho sus pasiones,
la mujer de virtud os da lecciones.

Y en tanto que en el bello gabinete
contra la humana ingratitud declama,
el literato escéptico, y derrama
hiel sobre el mundo que a su ley somete;
digna de que por ella se respete
la humanidad, que el literato infama,
llorando insomne con la vista fija
sobre la anciana enferma vela su hija.

Y se arrodilla, y con su ardiente boca
los yertos pies de la doliente abriga:
su calva frente con blandura toca,
y la enjuga el sudor que la fatiga,
Teme, se desconsuela, a Dios invoca.
Y levanta dulcísima y amiga
su oración por la vida de la anciana,
cuando injuriando estáis la raza humana.

¡Almas ingratas sois a las bondades,
ingratas a los nobles sacrificios;
que sólo abrís los ojos a los vicios
y veis tan sólo el mundo de maldades;
y nos pintáis después esas ciudades
como espantosos, inciertos precipios,
que hundieron vuestras dulces ilusiones
y gastaron los tiernos corazones!

¿Qué aliento dais al generoso instinto,
que en el niño gentil brilla naciente,
si le arrojáis ese anatema hiriente,
su entusiasmo infantil dejando extinto?
Si de dudas el vago laberinto
señaláis por camino al inocente,
¿qué virtud aguardáis, qué heroica
hazaña
de esta generación virgen de España?

¿No sabéis dibujar, rudos pintores,
sino de informes copias los trasuntos?
¿No podéis con finísimos colores
lo bello y lo real mostrarnos juntos?
¿No sabéis, infelices trovadores,
más que cantar las tumbas y difuntos,
o lanzarnos sarcasmos que os inspiran
la furia que se esconde en vuestra lira?...

En vano es ese canto lastimero,
que a la sensible humanidad ultraja
y que rechaza el corazón sincero,
como una ofensa calumniosa y baja;
el mundo es ora como fue primero,
de virtudes y vicios gran baraja,
cuyos signos diversos y figuras
confundís de este siglo las criaturas.

Y de este siglo, que decís malvado,
han de alzarse animosos corazones,
que reanimen la fe que habéis ahogado
con vuestras falsas míseras lecciones.
No juzguéis porque el pueblo os ha escuchado
llorar vuestras amargas decepciones,
que también para siempre descreído
la fe como vosotros ha perdido.

El germen de virtud que en él se encierra,
brotará, como planta que en invierno
descansa en las entrañas de la tierra
y alza en verano su capullo tierno;
por más que vuestro orgullo les aferra
con descripciones del mundano infierno,
los buenos os dirán que habéis mentido,
porque llamáis al siglo corrompido.

Vosotros que pugnáis con odio loco
por degradaros en la raza humana,
malos como decís no sois tampoco,
sino esclavos de moda bien tirana;
¡Triste Espronceda, que avivaste el foco
de la maligna Musa Castellana!
¿Oyes cómo tu Trova repetida
suena en el Canto de la fe perdida?

¡Compasión a vosotros, pobres gentes,
que no tenéis ni en Dios ya confianza!
Son cual hondas cavernas vuestras mentes
donde jamás del sol el rayo alcanza:
puedan de Dios las voces elocuentes
devolveros de nuevo la esperanza;
y veréis cuán hermosa que es la vida
con esa fe que lamentáis perdida.

Hay siempre un ser benéfico y sensible
a quien volver los ojos en la pena:
hay siempre un alma cariñosa y buena,
que su tierna amistad nos dé apacible;
y si en el mundo todo aborrecible
no hubiese más amor que el de la hiena,
¡un manantial fecundo de consuelo
nos queda siempre en el amor del cielo!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Fe Perdida

¡Permitidme reír!... brotan mis labios
manantiales de risa bullidora,
que romper no me deja por ahora
en el llanto hacia vos, jóvenes sabios.
Perdonad a la Musa que no llora,
si tal vez en reír os hace agravios,
un momento no más, y ya serena
entonaros podré mi cantilena.

Sed indulgentes... ruda, campesina,
no estuve en vuestra escuela cortesana:
y cuando el hecho a sonreír me inclina,
mi voluntad para gemir es vana;
y, por Dios, que esta causa peregrina
que me incita a reír con tanta gana,
jovial hiciera al mismo Jeremías,
si alzara la cabeza en nuestros días.

Mas no: la indignación me preste acento:
que no hasta la risa del sarcasmo
para explicaros el pavor que siento,
la maravilla y el enojo y pasmo
al veros en cobarde desaliento
renunciar con desdén al entusiasmo,
lanzar vuestras creencias de la vida,
¡y cantar a una voz la fe perdida!

La fe perdida en el amor que os ama;
la fe perdida en la amistad que os guía;
la fe perdida en el honor que os llama;
la fe perdida hasta en el Dios que os cría;
Quimera es el saber sueño la fama;
la Religión —decís— hipocresía;
sombra la dicha, la virtud escoria,
polvo las almas, ilusión la gloria.

¡Me dais espanto! vuestras almas frías
parécenme a las noches tempestuosas
que prestan con sus bóvedas sombrías
resguardo a las acciones vergonzosas
a la sombra falaz de esas teorías,
que anublan las creencias más hermosas,
¿qué os proponéis con vuestra fe perdida,
sino ocultar errores de la vida?

¿Será que el mundo se tornó malvado
desde que hayáis vosotros a él venido?
Tierra que el bien y el mal siempre ha brotado
¿la semilla del bien hoy ha perdido?
¿Ni una planta siquiera le ha quedado?
¿Ni un retoño siquiera ha florecido?
¿Sabéis que el mundo tan horrible sea;
o es vuestra mala fe la que lo afea?

¡Ay! perdonadme: indignación tampoco
debe el alma sentir: sino tristeza,
porque tenéis vuestro cerebro loco,
y merecéis blandura, no dureza;
es menester llevaros poco a poco
remedios que os serenen la cabeza,
hasta que el juicio claro se os presente,
y el sol veáis y conozcáis la gente.

Permitid que os conduzca por la mano
a la morada de la casta esposa,
que de su dueño incrédulo y tirano
sufre el áspero trato silenciosa.—
Os mostraré también al recto anciano,
que en el humilde hogar pobre reposa,
porque acertó a elegir en su conciencia
entre indigencia y hurto, la indigencia.

Y os mostraré a la joven pura y bella,
que sufre la miseria resignada,
aunque el mundo también se mofe de ella,
y muera en soledad abandonada...
yo sé que lloraréis, si la querella
escucháis que os dirige lastimada
aquella sociedad desconocida,
donde cantasteis vuestra fe perdida.

¿Tal himno le entonáis al fiel soldado,
que por su patria muere en la pelea?
¿Muere sin que os merezca el desdichado
siquiera el premio de que en él se crea?
La madre que en su pecho extenuado
lleva amorosa al niño a quien recrea,
dándole el jugo de su propia vida
¿también ha de escuchar la fe perdida?

Tal vez, cuando el hermano generoso
cede su propio pan al tierno hermano
cantáis el egoísmo vergonzoso
y blasfemáis del corazón humano;
tal vez, en vuestro canto rencoroso
os quejáis del espíritu liviano,
cuando ahogando en el pecho sus pasiones,
la mujer de virtud os da lecciones.

Y en tanto que en el bello gabinete
contra la humana ingratitud declama,
el literato escéptico, y derrama
hiel sobre el mundo que a su ley somete;
digna de que por ella se respete
la humanidad, que el literato infama,
llorando insomne con la vista fija
sobre la anciana enferma vela su hija.

Y se arrodilla, y con su ardiente boca
los yertos pies de la doliente abriga:
su calva frente con blandura toca,
y la enjuga el sudor que la fatiga,
Teme, se desconsuela, a Dios invoca.
Y levanta dulcísima y amiga
su oración por la vida de la anciana,
cuando injuriando estáis la raza humana.

¡Almas ingratas sois a las bondades,
ingratas a los nobles sacrificios;
que sólo abrís los ojos a los vicios
y veis tan sólo el mundo de maldades;
y nos pintáis después esas ciudades
como espantosos, inciertos precipios,
que hundieron vuestras dulces ilusiones
y gastaron los tiernos corazones!

¿Qué aliento dais al generoso instinto,
que en el niño gentil brilla naciente,
si le arrojáis ese anatema hiriente,
su entusiasmo infantil dejando extinto?
Si de dudas el vago laberinto
señaláis por camino al inocente,
¿qué virtud aguardáis, qué heroica
hazaña
de esta generación virgen de España?

¿No sabéis dibujar, rudos pintores,
sino de informes copias los trasuntos?
¿No podéis con finísimos colores
lo bello y lo real mostrarnos juntos?
¿No sabéis, infelices trovadores,
más que cantar las tumbas y difuntos,
o lanzarnos sarcasmos que os inspiran
la furia que se esconde en vuestra lira?...

En vano es ese canto lastimero,
que a la sensible humanidad ultraja
y que rechaza el corazón sincero,
como una ofensa calumniosa y baja;
el mundo es ora como fue primero,
de virtudes y vicios gran baraja,
cuyos signos diversos y figuras
confundís de este siglo las criaturas.

Y de este siglo, que decís malvado,
han de alzarse animosos corazones,
que reanimen la fe que habéis ahogado
con vuestras falsas míseras lecciones.
No juzguéis porque el pueblo os ha escuchado
llorar vuestras amargas decepciones,
que también para siempre descreído
la fe como vosotros ha perdido.

El germen de virtud que en él se encierra,
brotará, como planta que en invierno
descansa en las entrañas de la tierra
y alza en verano su capullo tierno;
por más que vuestro orgullo les aferra
con descripciones del mundano infierno,
los buenos os dirán que habéis mentido,
porque llamáis al siglo corrompido.

Vosotros que pugnáis con odio loco
por degradaros en la raza humana,
malos como decís no sois tampoco,
sino esclavos de moda bien tirana;
¡Triste Espronceda, que avivaste el foco
de la maligna Musa Castellana!
¿Oyes cómo tu Trova repetida
suena en el Canto de la fe perdida?

¡Compasión a vosotros, pobres gentes,
que no tenéis ni en Dios ya confianza!
Son cual hondas cavernas vuestras mentes
donde jamás del sol el rayo alcanza:
puedan de Dios las voces elocuentes
devolveros de nuevo la esperanza;
y veréis cuán hermosa que es la vida
con esa fe que lamentáis perdida.

Hay siempre un ser benéfico y sensible
a quien volver los ojos en la pena:
hay siempre un alma cariñosa y buena,
que su tierna amistad nos dé apacible;
y si en el mundo todo aborrecible
no hubiese más amor que el de la hiena,
¡un manantial fecundo de consuelo
nos queda siempre en el amor del cielo!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Virgen De Murillo

Hombres, hacia la tierra humildemente,
la cabeza inclinad respetuosa:
que voy a pronunciar maravillosa
palabra, grande voz, nombre eminente:
hay un genio español que alzó su mente
tan alta, que a la Virgen madre hermosa,
que habita de los cielos las moradas
alcanzó a divisar en sus miradas.

Y de la virgen describió a la gente
el celestial contorno, el colorido
albo-azul de su frente, confundido
de su mejilla entre el carmín naciente;
y retrató su seno trasparente
la leche al dar a su Jesús querido
y aquel amor con que a Jesús miraba
y aquella luz que a entrambos circundaba.

Descubra su cabeza el extranjero
de remotas o próximas naciones
cuando escuche sonar en mis canciones
ese nombre que llena el mundo entero:
para alzarse de pueblos el primero
si no hubiese de gloria otros blasones,
bastante España con mostrar hiciera
un lienzo de Murillo por bandera.

¡Murillo!... ved, sus cuadros nos hurtaron
para adornar su tierra extrañas gentes
y los hijos de España indiferentes
como limosna el hurto les dejaron;
que la feraz campiña en que brotaron
en profusas espigas las simientes
no empobrece, aunque vengan de avecillas
cien bandos a comer de sus gabillas.

¡Descubríos, isleños poderosos,
que bajo el cauce, transitáis, de un río!
¡Descubríos, del grande señorío
del Pirineo dueños orgullosos!
¡Descubríos, también, los tan famosos
hijos del Po! repite el labio mío
el nombre de Murillo, y reverentes
debéis mostrar desnudas vuestras frentes.

Españoles, ¿no veis aquel mendigo
entre humildes harapos encubierto
que hambriento y frío vaga medio muerto
de su patria en el suelo ¡ay! enemigo?...
Pues el mendigo aquel lleva consigo
misterio tal que a seros descubierto
nombre tan alto, fama tanta os diera
que hubiera os de admirar la Europa entera.

Aquí el artista está, aquí Murillo,
mas ¿a dónde los lienzos, los pinceles,
do están las tintas que os transmitan fieles
las creaciones del joven mendiguillo?
Os halaga la fama, anheláis brillo,
os placen, españoles, los laureles
y dejáis perecer en todas partes
de miseria los genios y las artes.

¿Será preciso que el pintor sagrado
rompa sus venas, corte sus cabellos
y en la negra pared trace con ellos
una divina imagen por dechado,
para advertirte, pueblo abandonado
a la indolencia, en tus jardines bellos,
que sofocado en mísera pobreza
yace un germen allí de tu grandeza?

Genio es de bronce, el que a luchar contigo,
pueblo español, osado se levanta
si entre tus rudos brazos no quebranta
sus miembros y en la tumba da consigo.
¡Cuánto habrá de vencer ese mendigo:
antes que pueda alzar la imagen santa
de la Virgen que lleva en su memoria
del mundo admiración, de España gloria!

Tú, tú dejas, Iberia al gran Cervantes
perecer de miseria abandonado,
tú a la vecina Francia has regalado
los huesos de tus hijos más amantes;
tú, Iberia, no mereces las triunfantes
coronas, que tus héroes te han logrado;
vivos, morid los haces de despecho,
muertos, les niegas en tu campo un lecho.

Empero vence el genio, y a tu planta
sus obras pone y tu desdén perdona
que para ti, no más él ambiciona
los triunfos que ganó con pena tanta,
«coloca en el collar de tu garganta
ese brillante -dice- alta matrona,
y aunque olvides, ingrata, al colocarlo
que mi exislencia consumí en tallarlo».

Tú, lucha, y vence así, pobre mancebo,
labra esa joya más que España ostente,
que te desdeñe a ti; más, que presente
a la Europa su faz con brillo nuevo;
ni ambición de poder, ni de oro cebo
mueven, Murillo, tu entusiasmo ardiente,
tu genio, gran pintor, se eleva al cielo
y están oro y poder tocando al suelo.

Ya los de Italia con asombro admiran
del inspirado artista las creaciones,
ya en los templos reciben oblaciones
sus vírgenes que santo amor inspiran;
ya los franceses codiciosos miran
sus lienzos, y ya míseras pasiones
en torno se levantan de Murillo
ardiendo en sed de sofocar su brillo.

Del joven español la fama crece,
medra su celo al par de la fortuna
y una virgen, más bella que ninguna,
hoy en sus nuevos lienzos aparece;
el manto que en sus sienes resplandece
van va las pinceladas una a una
tendiendo airosamente por la espalda
y replegando en orlas a su falda.

Mucho estima el pintor la imagen bella
cuando perenne así desde la aurora
hasta que baja el sol, hora por hora,
sin descansar jamás, trabaja en ella;
halla Murillo en la hermosura aquella
hechizo y magia tal fascinadora
que hasta celoso por su virgen pura
no deja penetrar allí criatura.

Mas un pintor, que de la Italia vino,
del español pintor el arte alaba
y éste de aquella imagen que adoraba
mostrarle quiso el rostro peregrino;
y no advierte el mirar torvo y malino
con que el de Italia en él los ojos clava
cuando la dulce y virginal María
examinó con atención sombría.

Propicia está la noche, por lo oscura
del asesino a los siniestros pasos.
No hay luna y brillan en el cielo escasos
luceros, del nublado en la espesura;
si un crimen se medita, ésta es segura
noche para intentar horribles casos.
Sepultarán las sombras al que muera
y salvarán las sombras al que hiera.

Mirad allí de Nápoles al hijo,
lleno de ponzoñosa envidia y saña
como en la oscuridad, cual sombra extraña,
envuelto marcha con andar prolijo;
en su mano un puñal brillara fijo
si alumbrara de pronto el sol de España;
medita un golpe... de Murillo el pecho
osa amagar, y corre hasta su lecho.

En él reposa de fatiga tanta
de Murillo el espíritu cefrado
suspensa en la pared tiene a su lado
la hermosa imagen de su virgen santa,
y aun durmiendo a sus ojos se levanta,
como el sol al nacer, el rostro amado
que elevó su pincel desde el oriente
hasta el alto cenit resplandeciente.

Y tanto en el ensueño los sentidos
del sacro artista yacen embriagados
que no advierten los pasos recatados,
de un hombre que se acerca, sus oídos,
los triunfos de su genio esclarecidos
del de Italia en el alma están clavados
con odio tan profundo, de tal suerte,
que los viene a arrancar hoy con su muerte.

Camina poco a poco el asesino,
late con fuerza su anhelante pecho,
al borde llega del tranquilo lecho
y alza el puñal, con tan horrible tino,
que amaga traspasar en su camino
por la mitad del corazón derecho
tornando el sueño aquel, en un segundo,
en sueño más tranquilo y más profundo.

Mas, con el hierro en alto, de repente
inmóvil el feroz napolitano,
queda: las fuerzas faltan a su mano
y en sus venas la sangre helada siente...
En la oscura pared que tiene en frente
claro, como el lucero del verano,
el rostro de la Virgen de Murillo
surge alumbrado por su propio brillo.

Del centro de sus ojos se desprende
un fulgor diafanísimo y brillante
que ilumina el perfil de su semblante
y por sus formas célicas se extiende;
el rostro, el talle, el manto que desciende
hasta sus mismas plantas ondulante,
como por luna llena iluminados,
distínguense en el lienzo proyectados.

Suave matiz de purpurina rosa,
azul de lirio tenue y trasparente,
albo de frescos nardos tiñen frente
boca y mejillas de la madre hermosa;
mas hay una expresión tan dolorosa
de aquellos ojos en la llama hiriente
que hicieran deshacerse en tierno llanto
el corazón más duro, con su encanto.

Dulce reconvención, triste querella,
enojo maternal, piedad amante
muestra en el melancólico semblante
la santa y virginal figura aquella;
parece que a exhalar su boca bella
va una súplica amarga y penetrante,
parece que demanda a los cristianos
«¿hijos, por qué os odiáis si sois hermanos?»

Dobla el napolitano ambas rodillas,
entrambos brazos cruza humildemente
y ante la Virgen ora reverente
absorto en las celestes maravillas:
ruedan, por vez primera, en sus mejillas
gotas de arrepentido lloro ardiente,
y luego... silencioso y asombrado
huyóse de la estancia apresurado.

¡Duerme, sacro pintor, duerme en reposo
y al despertar mañana con la aurora
saluda a la hermosísima Señora
que ha velado tu sueño peligroso;
protégete su celo cariñoso,
dirígete su mano bienhechora
¡hasta dónde, Murillo, irá tu fama
siendo tu guía tan celeste dama!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Rosa Blanca

Antes que por la lluvia fecundada
arde la tierra al sol de primavera,
que apresurando su veloz carrera,
muestras la luz de mayo anticipada;
queda la yerba mísera abrasada
antes de desplegarse en la pradera
y, como niño que en la cuna muere,
seco el pimpollo al rayo que lo hiere.

Para su breve curso el arroyuelo:
la fuente agota su caudal mezquino;
de la desnuda acacia al muerto espino
lleva la joven mariposa el vuelo;
el polvo lame del estéril suelo
la oveja hambrienta, y fijo en el camino.
A lo lejos contempla los sembrados
el labrador con ojos desolados...

¿A qué viene la niña de la aldea
a recorrer los campos cuidadosa
si no ha de hallar en ellos ni una hermosa
flor, que de su cabello ornato sea?
Siempre cuando la mansa luna ondea,
al acabarse el día, presurosa
desciende murmurando a la ribera
y se mira en el agua placentera.

Y alza de entre los juncos de su orilla
una flor de blancura reluciente
y una por una cuenta ansiosamente
las hojas de su corola sencilla:
y cuantas menos son, más gozo brilla
en la faz de la niña, más latiente
siente su pecho, y en el onda pura
mira con más cuidado su hermosura.

Aquella flor tan blanca y olorosa
al pie del arroyuelo colocada
desde lejano huerto transplantada
revela inteligencia misteriosa:
para aquella que aguarda el alba rosa
un signo es cada boja plateada,
que, en su número, anuncian a María
las horas de una cita cada día.

Seis hojas solamente coronaban
ayer las sienes de la fresca rosa,
los ojos de la niña venturosa
al recorrerlas de placer brillaban;
y era que ya de cerca resonaban
las pisadas y el habla cariñosa
del oculto galán que en la ribera
la dulce niña enamorada espera.

Mas ¡ay del triste, doloroso día
en que la amada flor de su consuelo
sus hojas doce al pie del arroyuelo
muestre a los ojos de la fiel María!
El habla tierna que a su lado oía,
el rostro que miró con tanto anhelo
no escuchará ya más en la ribera,
no verá junto al agua placentera.

Ya su carrera el sol en paz termina,
ya no alcanza su rayo a la pradera
mas refléjase aún su luz postrera
en la pálida copa de la encina;
y en una errante nube blanquecina
que, al caso, perdida por la esfera
mitad de su color al sol le debe,
mitad al brillo de la luna leve.

El sol lejano, el cielo transparente,
la débil luna, el viento sosegado
el monte allá a lo lejos levantado
entre la oscura sombra del oriente;
el pájaro que trina suavemente,
el riachuelo que suene acompasado
prestan al mustio campo en su tristeza
galas de juventud y de grandeza.

Reanima sus pimpollos la arboleda
y la planta el follaje decaído;
por la nocturna sombra humedecido,
el seco prado reluciente queda:
que aunque estación ingrata no conceda
benigna lluvia al campo agradecido,
basta al suelo de España fresca sombra
para tejer su verde y rica alfombra.

Y aún han de hallar las aves extranjeras
que emigran de los climas apartados
abundante semilla en sus collados
y sombra deliciosa en sus riberas:
y aún tejerá en abril en sus praderas
ramilletes de lirios delicados
la niña que ya baja al arroyuelo
tras de la blanca flor de su desvelo.

Menos de su colmena enamorada
vuela ansiosa la abeja a los panales
que la amorosa niña a los juncales
donde la clara flor está guardada;
su faz inquieta brilla carminada
entre las rubias trenzas desiguales,
como en pálidos trigos encendida
tierna amapola, a medias escondida.

Mas hoy la bella flor de su alegría
no corona los juncos del riachuelo...
dos lagrimas de amante desconsuelo
caminan por el rostro de María;
cual si viajero que la fuente ansía
tocara el agua convertida en hielo,
así al hallar los juncos sin la rosa
queda la niña triste y silenciosa.

Fija la vista por el agua clara
que bajo de sus plantas se desliza,
cómo sus hilos transparentes riza
luego el lloro enjugándose repara:
y cómo aquella flor graciosa y rara
blanca en su cerco, en la mitad pajiza
se mece en su barquilla deliciosa
burlando la corriente bulliciosa.

Y al fin ya divertido su cuidado
brota en su corazón nueva esperanza.
¿Quién sabe en su raudal que al junco alcanza
si habrá la rosa el agua arrebatado?
¿Quién sabe si su espíritu agitado
halla en leve ocasión grave tardanza,
y si al compás del agua cristalina
ya muy cercano su garzón camina?...

En tanto que la vaga nubecilla
ya sobre su cabeza se suspende,
en dos alas blanquísimas que tiende,
como paloma que en los aires brilla;
a la postrera débil lucecilla
que del sol medio oculto se desprende
piensa ordenar María su prendido
del arroyuelo en el cristal lucido.

Que de su amante a los oscuros ojos
bella mostrarse anhela, cual ninguna;
el parecer hermoso de la luna,
por ser ajeno hechizo, le da enojos:
del sol la enfadan los perfiles rojos
y el brillo de la estrella le importuna,
que no pueden sufrir sus altos celos
ni las rivales mismas de los cielos.

La gran toca dorada del cabello
por el vivo airecillo descompuesta,
la ondulante gasilla alba y modesta
que en torno ciñe su azulado cuello
más peregrino harán el rostro bello
en su inocente compostura honesta...
Llégase, y sobre el agua cristalina
el blanco rostro la doncella inclina.

Mas en vez del contorno delicado
donde lucen sus ojos lagrimosos
se muestran en los espejos temblorosos
la nubecilla en círculo ovalado—
muda el cristal; mas hállanlo empañado
dondequiera sus ojos temerosos
la nube al arroyuelo todo alcanza
y va burlando siempre su esperanza.

Alza confusa el rostro con recelo
hacia la sombra que su arroyo empaña
que la nube de blancura extraña
que de la luna pende, como un velo;
ya asemeja meciéndose en el cielo
un cisne que en su lago azul se baña
y ya remeda una graciosa cuna
do como un niño muéstrase la luna.

De nuevo al agua tórnase María
y otra vez vuelve a hallar la nube en ella...
Con presurosos pasos la doncella
huye espantada a la cercana vía:
caminante sin luz, ciego sin guía
los erizados juncos atropella
temblando al vago roce del cabello
que el viento hace flotar sobre su cuello.

Pero del sauce aquel cuya melena
luenga baja hasta hundirse en la corriente
suave, como el ruido de la fuente,
y dulce una doliente queja suena:
notas de una muy triste cantilena
que por el mismo corazón se siente,
voz de quien sufre y se lastima y ruega,
«¡ay!» que hasta el alma desgarrando llega.

¿Quién gemirá en aquella orilla sola
que con suspiros a la niña clama?
¿Quién escondido bajo aquella rama
con amor tanto y ansiedad llamóla?
¿Cuyo es el pecho que también asola
el tierno incendio de amorosa llama?...
¿Se alejará sin ver la compañera
tórtola que la aguarda en la ribera?

«¡Ay!» dice el canto bello y penetrante
y de el susto primero recobrada
«¡ay!» la niña tornando a la enramada
donde a su amiga siempre halla constante;
cual si se hallara la infantil amante
por la tórtola débil amparada
ya nada teme, junto al sauce llega
y el ave escucha y con su lecho juega.

¡Cómo la luna de nevada que era
vase tornando de color rosada!
¡Cómo rompe la atmósfera azulada
aquella estrella hermosa la primera!
¡Cómo de la naciente primavera
la vespertina brisa es regalada!
La doncella en sus palmas, cuán hirviente
el seno de su amiga latir siente.

No escuchó más cantares soberanos,
más jardines no vio, más anchos mares
que el humilde regato y los juncares
y al ave que le arrulla entre las manos;
mas no ha menester ver los océanos
otro jardín hallar, ni oír más cantares
que al seno de la joven conmovida
falta respiración, sóbrale vida.

Cuando así el corazón latir sentimos
ya no hay en nuestro ser más que esperanza,
a dondequiera que la vista alcanza,
placeres solamente distinguimos,
de las pasadas penas que gemimos
hasta el recuerdo el pensamiento lanza
y en el mal que tocamos no creemos
y la dicha abrazamos que no habemos.

¡Triste enamoradísima doncella!
¡Cándida niña de la faz rosada!
Presto de los suspiros aliviada
suspensa al contemplar la noche bella
olvida su amarguísima querella
y tórnase a mirar esperanzada
si por acaso el agua se avecina
la sombra que sus ojos ilumina.

«Vendrá» se dice, pero el grave canto
de un cárabo en la orilla contrapuesta
miente un «no, no, no, no» como respuesta
que pone al corazón medroso espanto:
rompe en sus ojos lastimado llanto
al escuchar la cántica funesta
y ya pretende huir, ya se detiene
ya se aleja, y ya al sin otra vez viene.

Suena el arroyuelo —la brillante luna
que en su linfa serena se retrata
hebra tras hebra el agua desbarata
y la vuelve a formar una tras una.
Ora que en el riachuelo sombra alguna
no empañará tal vez, su tersa plata
la niña con la luz que se acrecienta
verse la roja faz de nuevo intenta.

Y allí la nube que en la tarde había,
allí la sombra esta maravillosa,
allí dentro del agua rumorosa
empaña el vago espejo de María.
¿Qué nube es ésa que en tenaz porfía
persigue a la doncella temerosa,
como el rostro múltiple entristecido
del importuno amante aborrecido?

Blanco vellón remeda del cordero
la nubecilla vaga y misteriosa
que en torno de la luna deliciosa
la sigue en su camino placentero;
ya se apiña y ya vuelve al ser primero
forma y color mudando caprichosa;
tan presto miente un lago, una cabaña
tan presto una ciudad, una montaña.

Y ya su cerco rápido descrece
y al cabo a breve trecho reducida
como bajo un fanal brasa encendida
la luna entre el vapor blanco aparece;
rompe en mitad su rayo y resplandece
en menudos pedazos dividida
la nube que ya es flor, a cuyo centro
pétalos da la luna desde adentro.

Flor de blancura extrema y lozanía
cuyas hojas se apiñan y se tocan
y menguan, se perfilan, se colocan
en circular, simétrica armonía...
Si los ojos no turban de María
las lágrimas que ardientes la sofocan
la clara flor que la presenta el cielo
es la rosa ocasión de su desvelo.

El bello lustre de sus hojas ciega,
de su cáliz radiante el brillo ofende
y el dulce aroma que de sí desprende
traspasa el éter y a la tierra llega:
y cuanto más su corola desplega,
más su esencia purísima trasciende
y más, y más resplandeciente brilla
de su precioso centro la semilla.

En ella entrambos ojos enclavados,
ambos brazos tendidos hacia ella
en éxtasis respira la doncella
los aires con su aliento embalsamados;
sus espíritus deja conturbados
con su perfume y luz la flor aquella
y siente su cerebro dolorido
cefrado el corazón y comprimido.

Y surge un pensamiento de repente
de en medio de su mente fascinada...
¿Cuántas hojas tendrá la rosa hallada
sobre los cielos milagrosamente?
Recorre hoja por hoja atentamente
mas con su hiriente brillo deslumbrada
por más que en repasarlas se atormenta
una tras otra vez yerra la cuenta.

Mas, distintas las hojas va dejando
ver ya la claridad, mas quebrantada
y la niña, impaciente, la mirada
en la divina flor clava temblando—
Dos... cuatro... seis... diez, hojas va contando
y once llega a contar sobresaltada,
y al mirar otra más lanzó un gemido
y en su seno de amor cesó el latido.

Allí quedó en las urnas del riachuelo
el bello y joven tronco sepultado—
las aguas con acento lastimado
en torno de él hicieron largo duelo;
la tórtola, con tierno desconsuelo
espantada doliéndose a su lado
un ronco y lamentable son hacía
con el rumor del agua que gemía.
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