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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Tristeza Del Otoño

Hechas polvo caen, hermano,
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.

Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.

No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.

No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.

¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?

Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.

Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...

Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.

Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
636
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Tristeza Del Otoño

Hechas polvo caen, hermano,
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.

Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.

No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.

No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.

¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?

Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.

Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...

Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.

Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
636
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Tristeza Del Otoño

Hechas polvo caen, hermano,
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.

Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.

No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.

No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.

¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?

Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.

Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...

Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.

Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
636
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Juego Del Niño

Emilio, no le atormentes,
deja al insecto en reposo
que es juego muy doloroso
ése que tomas con él;

ambas alas transparentes
prenderle, y después burlarse
porque no puede escaparse,
es, Emilio, ¡bien cruel!

¡Mira cual bulle y cual pena
por desclavarse las alas
y lucir sus nuevas galas
en el ambiente de abril!

Si por la rubia melena
a un espino te apresara
así tu cuerpo luchara
en tu cólera infantil.

Escucha; ese pobre insecto
aire sólo necesita;
¿Qué le queda si le quita
el aire tu voluntad?

Tú su camino perfecto
le tuerces en tu capricho...
hombrecillo, ¿quién te ha dicho
que es tuya su libertad?

Porque era la mariposa
más endeble que tu mano
ya con decreto inhumano
la inmolas a tu pasión;

¿será experiencia ingeniosa
de tus obras de otro día?
¿Son ensayos, vida mía,
que va haciendo tu ambición?

¡Por Dios, que a mi talle alcanza
tu brava cabeza, apenas,
y ya labras las cadenas
para amarrar a otro ser.

No bien el Señor te lanza
a este campo dilatado,
y ya seres te has hallado
a quien mostrar tu poder.

¡Oh! si la oruga lozana
te bastara solamente,
aunque esclava injustamente
no más que insecto es el fin;

pero ¡ay Emilio! mañana
las cosas truecan de nombres;
los insectos serán hombres
y mundo será el jardín.

Mas, no le arranques las alas,
no se las rompas, criatura,
que va a lucir su hermosura
por esa extensión azul;

hoy ha estrenado sus galas
y es indigna tiranía
no dejarla un solo día
que desplegue su albo tul

¡Fortuna! ya te abandona;
huyóse la prisionera
¡Mira, mira cuán ligera
allá por los aires va!;

yo no sé por qué ambiciona
tu cariño aprisionarla,
porque es más bello mirarla
si libre y gozosa está.

¿Lloras, Emilio? ¡qué duelo!...
¡Era tu primer cariño!
vete consolando, niño,
que otro vendrá tras aquél,

mas no busques, no, consuelo;
llora, pobre Emilio, llora
que te hará el pesar de ahora
el que venga menos cruel.
700
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Juego Del Niño

Emilio, no le atormentes,
deja al insecto en reposo
que es juego muy doloroso
ése que tomas con él;

ambas alas transparentes
prenderle, y después burlarse
porque no puede escaparse,
es, Emilio, ¡bien cruel!

¡Mira cual bulle y cual pena
por desclavarse las alas
y lucir sus nuevas galas
en el ambiente de abril!

Si por la rubia melena
a un espino te apresara
así tu cuerpo luchara
en tu cólera infantil.

Escucha; ese pobre insecto
aire sólo necesita;
¿Qué le queda si le quita
el aire tu voluntad?

Tú su camino perfecto
le tuerces en tu capricho...
hombrecillo, ¿quién te ha dicho
que es tuya su libertad?

Porque era la mariposa
más endeble que tu mano
ya con decreto inhumano
la inmolas a tu pasión;

¿será experiencia ingeniosa
de tus obras de otro día?
¿Son ensayos, vida mía,
que va haciendo tu ambición?

¡Por Dios, que a mi talle alcanza
tu brava cabeza, apenas,
y ya labras las cadenas
para amarrar a otro ser.

No bien el Señor te lanza
a este campo dilatado,
y ya seres te has hallado
a quien mostrar tu poder.

¡Oh! si la oruga lozana
te bastara solamente,
aunque esclava injustamente
no más que insecto es el fin;

pero ¡ay Emilio! mañana
las cosas truecan de nombres;
los insectos serán hombres
y mundo será el jardín.

Mas, no le arranques las alas,
no se las rompas, criatura,
que va a lucir su hermosura
por esa extensión azul;

hoy ha estrenado sus galas
y es indigna tiranía
no dejarla un solo día
que desplegue su albo tul

¡Fortuna! ya te abandona;
huyóse la prisionera
¡Mira, mira cuán ligera
allá por los aires va!;

yo no sé por qué ambiciona
tu cariño aprisionarla,
porque es más bello mirarla
si libre y gozosa está.

¿Lloras, Emilio? ¡qué duelo!...
¡Era tu primer cariño!
vete consolando, niño,
que otro vendrá tras aquél,

mas no busques, no, consuelo;
llora, pobre Emilio, llora
que te hará el pesar de ahora
el que venga menos cruel.
700
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Mi Hermano Emilio Memorias De La Infancia

Ya no es tan joven mi vida
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.

Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.

Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,

como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.

Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:

y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.

Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:

la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.

¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;

y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!

¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!

si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?

Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:

no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.

Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;

entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
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