Poemas en este tema
Vida y Existencia
José Cadalso
Sáficos Adónicos A Venus
¡Madre divina del alado niño!,
oye mis ruegos, que jamás oíste
otra tan triste, lastimosa pena
como la mía.
Baje tu carro desde el alto Olimpo,
entre las nubes del sereno cielo,
rápido vuelo traiga tu querida,
blanca paloma.
No te detenga con amantes brazos
Marte, que deja su rigor al verte;
ni el que por suerte se llamó tu esposo
sin merecerlo;
ni las delicias de la sacra mesa,
cuando a los dioses, lleno de ambrosía,
brinda alegría Jove con la copa
de Ganímedes;
y el eco suena por los techos altos
del noble alcázar, cuyo piso huellas
lleno de estrellas, de luceros y astros
luz soberana.
Cerca del ara de tu templo en Pafos
entre los himnos que tu pueblo dice
este infelice tu venida aguarda.
¡baja volando!
Sobre tus aras mis ofrendas pongo,
testigo el pueblo, por mi voz llamado;
y concertado con mi tono el suyo,
llámate madre.
Alzo los ojos al verter el vaso
de leche blanca y el de miel sabrosa
ciño con rosa, mirtos y jazmines
esta mi frente.
Mi palomita con la blanca pluma,
aún no tocada por pichón amante
pongo delante de tu simulacro
no la deseches.
Ya, Venus, miro resplandor celeste
bajar al templo: tu belleza veo.
Ya mi deseo coronaste, madre,
¡madre de amores!
Vírgenes tiernas, niñas y matronas,
ya Venus llega: vuestra diosa viene:
El aire suene con alegres himnos
júbilo santo.
Humo sabeo salga de las urnas,
dulces aromas que agradarla suelen,
ámbares vuelen, tantos que a la excelsa
bóveda toquen.
Pueblo de amantes, que a mi voz acudes,
a Venus pide que a mi ruego atienda,
y que a mi prenda la pasión inspire,
cual yo la tengo.
oye mis ruegos, que jamás oíste
otra tan triste, lastimosa pena
como la mía.
Baje tu carro desde el alto Olimpo,
entre las nubes del sereno cielo,
rápido vuelo traiga tu querida,
blanca paloma.
No te detenga con amantes brazos
Marte, que deja su rigor al verte;
ni el que por suerte se llamó tu esposo
sin merecerlo;
ni las delicias de la sacra mesa,
cuando a los dioses, lleno de ambrosía,
brinda alegría Jove con la copa
de Ganímedes;
y el eco suena por los techos altos
del noble alcázar, cuyo piso huellas
lleno de estrellas, de luceros y astros
luz soberana.
Cerca del ara de tu templo en Pafos
entre los himnos que tu pueblo dice
este infelice tu venida aguarda.
¡baja volando!
Sobre tus aras mis ofrendas pongo,
testigo el pueblo, por mi voz llamado;
y concertado con mi tono el suyo,
llámate madre.
Alzo los ojos al verter el vaso
de leche blanca y el de miel sabrosa
ciño con rosa, mirtos y jazmines
esta mi frente.
Mi palomita con la blanca pluma,
aún no tocada por pichón amante
pongo delante de tu simulacro
no la deseches.
Ya, Venus, miro resplandor celeste
bajar al templo: tu belleza veo.
Ya mi deseo coronaste, madre,
¡madre de amores!
Vírgenes tiernas, niñas y matronas,
ya Venus llega: vuestra diosa viene:
El aire suene con alegres himnos
júbilo santo.
Humo sabeo salga de las urnas,
dulces aromas que agradarla suelen,
ámbares vuelen, tantos que a la excelsa
bóveda toquen.
Pueblo de amantes, que a mi voz acudes,
a Venus pide que a mi ruego atienda,
y que a mi prenda la pasión inspire,
cual yo la tengo.
873
José Cadalso
Oda Sáfico-adónica A Cupido Sobre Los Peligros De Una Nueva Pasión
¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas
con Aqueronte.
De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre
Omnipotente».
Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido aleve.
Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu alevosía.
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas
con Aqueronte.
De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre
Omnipotente».
Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido aleve.
Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu alevosía.
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José Cadalso
Oda Sáfico-adónica A Cupido Sobre Los Peligros De Una Nueva Pasión
¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas
con Aqueronte.
De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre
Omnipotente».
Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido aleve.
Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu alevosía.
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas
con Aqueronte.
De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre
Omnipotente».
Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido aleve.
Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu alevosía.
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José Cadalso
Oda Al Amor
¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la mortal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su dulce vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la sacra
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa antigua
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias ondas
y el Aqueronte.
De lutos largos me vestí gimiendo
y de cipreses coroné mi frente;
eco doliente me siguió con quejas
hasta la tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la triste,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón castigue
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el mismo
omnipotente».
Las negras losas a mi fino acento
mil veces dieron ecos horrorosos,
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemne voto,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido, aleve.
Entre los brazos de mi nueva amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pone divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido, caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
¡Ay!, si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible brazo
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu tiranía.
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la mortal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su dulce vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la sacra
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa antigua
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias ondas
y el Aqueronte.
De lutos largos me vestí gimiendo
y de cipreses coroné mi frente;
eco doliente me siguió con quejas
hasta la tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la triste,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón castigue
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el mismo
omnipotente».
Las negras losas a mi fino acento
mil veces dieron ecos horrorosos,
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemne voto,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido, aleve.
Entre los brazos de mi nueva amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pone divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido, caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
¡Ay!, si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible brazo
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu tiranía.
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José Cadalso
Oda Al Amor
¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la mortal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su dulce vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la sacra
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa antigua
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias ondas
y el Aqueronte.
De lutos largos me vestí gimiendo
y de cipreses coroné mi frente;
eco doliente me siguió con quejas
hasta la tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la triste,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón castigue
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el mismo
omnipotente».
Las negras losas a mi fino acento
mil veces dieron ecos horrorosos,
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemne voto,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido, aleve.
Entre los brazos de mi nueva amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pone divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido, caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
¡Ay!, si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible brazo
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu tiranía.
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la mortal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su dulce vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la sacra
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa antigua
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias ondas
y el Aqueronte.
De lutos largos me vestí gimiendo
y de cipreses coroné mi frente;
eco doliente me siguió con quejas
hasta la tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la triste,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón castigue
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el mismo
omnipotente».
Las negras losas a mi fino acento
mil veces dieron ecos horrorosos,
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemne voto,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido, aleve.
Entre los brazos de mi nueva amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pone divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido, caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
¡Ay!, si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible brazo
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu tiranía.
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José Cadalso
Canción
Sigue con dulce lira
el metro blando y amoroso acento
que el gran Febo te inspira:
pues Venus te da aliento
y el coro de las musas te oye atento.
Sigue, joven gracioso,
de mirto, grato a Venus, coronado,
y quedara envidioso
aquel siglo dorado
por Lasos y Villegas afamado.
Dichosa la zagala
a quien le sea dado el escucharte,
pues tu musa la iguala
con la Diosa de Marte;
tal es la fuerza de tu ingenio y arte.
Aunque más dura sea
que mármoles y jaspes de Granada,
cual otra Galatea,
o sea más helada
que fuente por los yelos estancada.
Al punto que te oyere,
te ofrecerá su cándido regazo;
Si tu voz prosiguere,
te estrechará su brazo;
y amor aplaudirá tan dulce lazo.
Y las otras pastoras
de envidia correrán por selva y prado,
y verá la que adoras
el triunfo que ha ganado
por haber tus ternezas escuchado.
Mas, ¡ay de aquellos necios
que intenten competir con tu blandura!
Sólo hallarán desprecios
de aquella hermosura
que una vez escuchare tu dulzura.
Dirán su rabia y celos
en el bosque más lóbrego metidos,
injuriando a los cielos;
y oyendo sus gemidos,
responderán las fieras con bramidos.
La entrada del averno
parecerá aquel bosque desdichado;
y do tu metro tierno
hubiere resonado,
el campo que a los buenos dará el hado.
Pasó mi primavera
(¡los años gratos al amor y a Febo
quién revocar pudiera!)
y a juntar no me atrevo
mi voz cansada con tu aliento nuevo.
Si no, yo cantaría
al tono de tu lira mis amores;
y al tono de la mía
cantaras, entre flores,
atónitas las aves y pastores.
Sigue, sigue cantando,
no pierdas tiempo de la edad florida:
que yo voy acabando
mi fastidiosa vida
en milicia y en corte mal perdida.
En alas de la fama
tus versos llegarán a mis oídos.
Si la trompa me llama
a los moros vencidos
o a los indios de Apache embravecidos,
o al antártico polo,
llevando las banderas del gran Carlos,
dirame siempre Apolo
tus versos, y a escucharlos
acudirán las gentes y a alabarlos.
Ni el estrépito horrendo
de Neptuno, que ofrece muerte impía,
ni de Marte el estruendo
turbará el alma mía,
si suena en mis oídos tu armonía.
Aun cuando dura Parca
mayores plazos a mi vida niegue,
y en la fúnebre barca
por la Estigia navegue
y a las delicias del Elíseo llegue;
oiré cuando Catulo,
a la sombra de un mirto recostado,
con Propercio y Tibulo,
lea maravillado
los versos que tu musa te ha dictado,
cuando acudan ansiosos
Laso y Villegas al sonoro acento,
repitiendo envidiosos:
«¡Qué celestial portento!,
¿a quién ha dado Apolo tanto aliento!».
Yo, que seré testigo
de tu fortuna, que tendré por mía,
diré: «Yo fui su amigo,
y por tal me tenía,
gozando yo su amable compañía».
Haranme mil preguntas,
puesto en medio de todos: «¿De quién eres?,
¿y cuántas gracias juntas?,
¿y a cuál zagala quieres?,
¿y cómo baila cuando el plectro hieres?».
Y con igual ternura
que el padre cuenta de su hijo amado
la gracia y hermosura,
y se siente elevado
cuando le escuchan todos con agrado,
responderé contando
tu nombre, patria, genio y poesía:
y asombraranse cuando
les diga tu elegía
a la memoria de la Filis mía.
el metro blando y amoroso acento
que el gran Febo te inspira:
pues Venus te da aliento
y el coro de las musas te oye atento.
Sigue, joven gracioso,
de mirto, grato a Venus, coronado,
y quedara envidioso
aquel siglo dorado
por Lasos y Villegas afamado.
Dichosa la zagala
a quien le sea dado el escucharte,
pues tu musa la iguala
con la Diosa de Marte;
tal es la fuerza de tu ingenio y arte.
Aunque más dura sea
que mármoles y jaspes de Granada,
cual otra Galatea,
o sea más helada
que fuente por los yelos estancada.
Al punto que te oyere,
te ofrecerá su cándido regazo;
Si tu voz prosiguere,
te estrechará su brazo;
y amor aplaudirá tan dulce lazo.
Y las otras pastoras
de envidia correrán por selva y prado,
y verá la que adoras
el triunfo que ha ganado
por haber tus ternezas escuchado.
Mas, ¡ay de aquellos necios
que intenten competir con tu blandura!
Sólo hallarán desprecios
de aquella hermosura
que una vez escuchare tu dulzura.
Dirán su rabia y celos
en el bosque más lóbrego metidos,
injuriando a los cielos;
y oyendo sus gemidos,
responderán las fieras con bramidos.
La entrada del averno
parecerá aquel bosque desdichado;
y do tu metro tierno
hubiere resonado,
el campo que a los buenos dará el hado.
Pasó mi primavera
(¡los años gratos al amor y a Febo
quién revocar pudiera!)
y a juntar no me atrevo
mi voz cansada con tu aliento nuevo.
Si no, yo cantaría
al tono de tu lira mis amores;
y al tono de la mía
cantaras, entre flores,
atónitas las aves y pastores.
Sigue, sigue cantando,
no pierdas tiempo de la edad florida:
que yo voy acabando
mi fastidiosa vida
en milicia y en corte mal perdida.
En alas de la fama
tus versos llegarán a mis oídos.
Si la trompa me llama
a los moros vencidos
o a los indios de Apache embravecidos,
o al antártico polo,
llevando las banderas del gran Carlos,
dirame siempre Apolo
tus versos, y a escucharlos
acudirán las gentes y a alabarlos.
Ni el estrépito horrendo
de Neptuno, que ofrece muerte impía,
ni de Marte el estruendo
turbará el alma mía,
si suena en mis oídos tu armonía.
Aun cuando dura Parca
mayores plazos a mi vida niegue,
y en la fúnebre barca
por la Estigia navegue
y a las delicias del Elíseo llegue;
oiré cuando Catulo,
a la sombra de un mirto recostado,
con Propercio y Tibulo,
lea maravillado
los versos que tu musa te ha dictado,
cuando acudan ansiosos
Laso y Villegas al sonoro acento,
repitiendo envidiosos:
«¡Qué celestial portento!,
¿a quién ha dado Apolo tanto aliento!».
Yo, que seré testigo
de tu fortuna, que tendré por mía,
diré: «Yo fui su amigo,
y por tal me tenía,
gozando yo su amable compañía».
Haranme mil preguntas,
puesto en medio de todos: «¿De quién eres?,
¿y cuántas gracias juntas?,
¿y a cuál zagala quieres?,
¿y cómo baila cuando el plectro hieres?».
Y con igual ternura
que el padre cuenta de su hijo amado
la gracia y hermosura,
y se siente elevado
cuando le escuchan todos con agrado,
responderé contando
tu nombre, patria, genio y poesía:
y asombraranse cuando
les diga tu elegía
a la memoria de la Filis mía.
620
José Cadalso
Octava A Meléndez
Cuando Laso murió, las nueve hermanas
lloraron con tristísimo gemido:
destemplaron sus liras soberanas,
que sólo daban fúnebre sonido:
Gimieron más las musas castellanas,
temiéndose entregadas al olvido.
Mas Febo dijo: «Aliéntese el Parnaso.
Meléndez nacerá, si murió Laso».
lloraron con tristísimo gemido:
destemplaron sus liras soberanas,
que sólo daban fúnebre sonido:
Gimieron más las musas castellanas,
temiéndose entregadas al olvido.
Mas Febo dijo: «Aliéntese el Parnaso.
Meléndez nacerá, si murió Laso».
682
José Cadalso
Sobre El Poder Del Tiempo
Todo lo muda el tiempo, Filis mía,
todo cede al rigor de sus guadañas:
ya transforma los valles en montañas,
ya pone un campo donde un mar había.
El muda en noche opaca el claro día,
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios en cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.
Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene el mar y viento enfurecido,
postra al león y rinde al bravo toro.
Sola una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido,
y es el constante amor con que te adoro.
todo cede al rigor de sus guadañas:
ya transforma los valles en montañas,
ya pone un campo donde un mar había.
El muda en noche opaca el claro día,
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios en cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.
Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene el mar y viento enfurecido,
postra al león y rinde al bravo toro.
Sola una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido,
y es el constante amor con que te adoro.
950
José Cadalso
Sobre El Poder Del Tiempo
Todo lo muda el tiempo, Filis mía,
todo cede al rigor de sus guadañas:
ya transforma los valles en montañas,
ya pone un campo donde un mar había.
El muda en noche opaca el claro día,
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios en cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.
Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene el mar y viento enfurecido,
postra al león y rinde al bravo toro.
Sola una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido,
y es el constante amor con que te adoro.
todo cede al rigor de sus guadañas:
ya transforma los valles en montañas,
ya pone un campo donde un mar había.
El muda en noche opaca el claro día,
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios en cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.
Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene el mar y viento enfurecido,
postra al león y rinde al bravo toro.
Sola una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido,
y es el constante amor con que te adoro.
950
Julia de Burgos
Río Grande De Loíza
Río Grande de Loíza!… Alárgate en mi
espíritu
y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos,
para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.
Enróscate en mis labios y deja que te beba,
para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,
y oír voces de asombro en la boca del viento.
Apéate un instante del lomo de la tierra,
y busca de mis ansias el íntimio secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.
¡Río Grande de Loíza!… Mi manantial, mi
río,
desde que alzóme al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.
Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida
prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.
¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron
mis formas, en espiga de sol recién abierto?
¡Quién sabe en qué remoto país
mediterráneo
algún fauno en la playa me estará poseyendo!
¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra
lejana
me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!
¡Río Grande de Loíza!… Azul.
Moreno. Rojo.
Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando baja la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.
Río hombre, pero hombre con pureza de río,
porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.
Muy señor río mío. Río hombre.
Unico hombre
que ha besado en mi alma al besar en mi cuerpo.
¡Río Grande de Loíza!… Río
grande. Llanto grande.
El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.
espíritu
y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos,
para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.
Enróscate en mis labios y deja que te beba,
para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,
y oír voces de asombro en la boca del viento.
Apéate un instante del lomo de la tierra,
y busca de mis ansias el íntimio secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.
¡Río Grande de Loíza!… Mi manantial, mi
río,
desde que alzóme al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.
Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida
prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.
¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron
mis formas, en espiga de sol recién abierto?
¡Quién sabe en qué remoto país
mediterráneo
algún fauno en la playa me estará poseyendo!
¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra
lejana
me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!
¡Río Grande de Loíza!… Azul.
Moreno. Rojo.
Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando baja la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.
Río hombre, pero hombre con pureza de río,
porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.
Muy señor río mío. Río hombre.
Unico hombre
que ha besado en mi alma al besar en mi cuerpo.
¡Río Grande de Loíza!… Río
grande. Llanto grande.
El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.
1.131
Julia de Burgos
Río Grande De Loíza
Río Grande de Loíza!… Alárgate en mi
espíritu
y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos,
para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.
Enróscate en mis labios y deja que te beba,
para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,
y oír voces de asombro en la boca del viento.
Apéate un instante del lomo de la tierra,
y busca de mis ansias el íntimio secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.
¡Río Grande de Loíza!… Mi manantial, mi
río,
desde que alzóme al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.
Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida
prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.
¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron
mis formas, en espiga de sol recién abierto?
¡Quién sabe en qué remoto país
mediterráneo
algún fauno en la playa me estará poseyendo!
¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra
lejana
me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!
¡Río Grande de Loíza!… Azul.
Moreno. Rojo.
Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando baja la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.
Río hombre, pero hombre con pureza de río,
porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.
Muy señor río mío. Río hombre.
Unico hombre
que ha besado en mi alma al besar en mi cuerpo.
¡Río Grande de Loíza!… Río
grande. Llanto grande.
El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.
espíritu
y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos,
para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.
Enróscate en mis labios y deja que te beba,
para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,
y oír voces de asombro en la boca del viento.
Apéate un instante del lomo de la tierra,
y busca de mis ansias el íntimio secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.
¡Río Grande de Loíza!… Mi manantial, mi
río,
desde que alzóme al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.
Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida
prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.
¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron
mis formas, en espiga de sol recién abierto?
¡Quién sabe en qué remoto país
mediterráneo
algún fauno en la playa me estará poseyendo!
¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra
lejana
me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!
¡Río Grande de Loíza!… Azul.
Moreno. Rojo.
Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando baja la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.
Río hombre, pero hombre con pureza de río,
porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.
Muy señor río mío. Río hombre.
Unico hombre
que ha besado en mi alma al besar en mi cuerpo.
¡Río Grande de Loíza!… Río
grande. Llanto grande.
El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mí se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.
1.131
José María Blanco-White
La Revelación Interna
¿Adónde te hallaré, Ser Infinito?
¿En la más alta esfera? ¿En el profundo
abismo de la mar? ¿Llenas el mundo
o en especial un cielo favorito?
«¿Quieres saber, mortal, en dónde habito?»,
dice una voz interna. «Aunque difundo
mi ser y en vida el universo inundo,
mi sagrario es un pecho sin delito.
»Cesa, mortal, de fatigarte en vano
tras rumores de error y de impostura,
ni pongas tu virtud en rito externo;
»no abuses de los dones de mi mano,
no esperes cielo para un alma impura
ni para el pensar libre fuego eterno».
¿En la más alta esfera? ¿En el profundo
abismo de la mar? ¿Llenas el mundo
o en especial un cielo favorito?
«¿Quieres saber, mortal, en dónde habito?»,
dice una voz interna. «Aunque difundo
mi ser y en vida el universo inundo,
mi sagrario es un pecho sin delito.
»Cesa, mortal, de fatigarte en vano
tras rumores de error y de impostura,
ni pongas tu virtud en rito externo;
»no abuses de los dones de mi mano,
no esperes cielo para un alma impura
ni para el pensar libre fuego eterno».
395
José María Blanco-White
La Revelación Interna
¿Adónde te hallaré, Ser Infinito?
¿En la más alta esfera? ¿En el profundo
abismo de la mar? ¿Llenas el mundo
o en especial un cielo favorito?
«¿Quieres saber, mortal, en dónde habito?»,
dice una voz interna. «Aunque difundo
mi ser y en vida el universo inundo,
mi sagrario es un pecho sin delito.
»Cesa, mortal, de fatigarte en vano
tras rumores de error y de impostura,
ni pongas tu virtud en rito externo;
»no abuses de los dones de mi mano,
no esperes cielo para un alma impura
ni para el pensar libre fuego eterno».
¿En la más alta esfera? ¿En el profundo
abismo de la mar? ¿Llenas el mundo
o en especial un cielo favorito?
«¿Quieres saber, mortal, en dónde habito?»,
dice una voz interna. «Aunque difundo
mi ser y en vida el universo inundo,
mi sagrario es un pecho sin delito.
»Cesa, mortal, de fatigarte en vano
tras rumores de error y de impostura,
ni pongas tu virtud en rito externo;
»no abuses de los dones de mi mano,
no esperes cielo para un alma impura
ni para el pensar libre fuego eterno».
395
Julia de Burgos
Yo Misma Fui Mi Ruta
Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra promisora
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar el beso
de los senderos nuevos.
A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.
Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los lejanos
horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la espresión que le venía de
adentro,
la expresión definida que asomaba un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi vida
y la verdad del beso de los senderos nuevos.
Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.
Y fui toda en mí como fue en mí la
vida…
Yo quiese ser como los hombres quisieron que yo
fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra promisora
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar el beso
de los senderos nuevos.
A cada paso adelantado en mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.
Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los lejanos
horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la espresión que le venía de
adentro,
la expresión definida que asomaba un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi vida
y la verdad del beso de los senderos nuevos.
Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.
Y fui toda en mí como fue en mí la
vida…
Yo quiese ser como los hombres quisieron que yo
fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.
1.051
Julia de Burgos
Poema Del Hijo No Nacido
Como naciste para la claridad
te fuiste no nacido.
Te perdiste sereno,
antes de mí,
y cubriste de siglos
la agonía de no verte.
No quisiste la orilla de la angustia
ni el por qué de unas horas que pasan lentamente
en la vida,
sin dejar un sollozo,
ni un recuerdo,
ni nada.
No quisiste la aurora.
No quisiste la muerte.
Rechazaste el olvido,
y en la flauta del aire avanzaste perpetuo.
No quisiste el amor en féretro de las olas
ni quisiste el silencio que deja el túnel breve
donde ha dormido el hombre.
Tuyo, inmensamente tuyo,
como naciste para la claridad
te fuiste no nacido,
nardo entre dos pupilas que no supieron nunca
separar el eco de la sombra.
Manantial sin rocíos lastimeros,
pie fértil caminando para siempre en la tierra.
te fuiste no nacido.
Te perdiste sereno,
antes de mí,
y cubriste de siglos
la agonía de no verte.
No quisiste la orilla de la angustia
ni el por qué de unas horas que pasan lentamente
en la vida,
sin dejar un sollozo,
ni un recuerdo,
ni nada.
No quisiste la aurora.
No quisiste la muerte.
Rechazaste el olvido,
y en la flauta del aire avanzaste perpetuo.
No quisiste el amor en féretro de las olas
ni quisiste el silencio que deja el túnel breve
donde ha dormido el hombre.
Tuyo, inmensamente tuyo,
como naciste para la claridad
te fuiste no nacido,
nardo entre dos pupilas que no supieron nunca
separar el eco de la sombra.
Manantial sin rocíos lastimeros,
pie fértil caminando para siempre en la tierra.
580
Julia de Burgos
Poema Del Hijo No Nacido
Como naciste para la claridad
te fuiste no nacido.
Te perdiste sereno,
antes de mí,
y cubriste de siglos
la agonía de no verte.
No quisiste la orilla de la angustia
ni el por qué de unas horas que pasan lentamente
en la vida,
sin dejar un sollozo,
ni un recuerdo,
ni nada.
No quisiste la aurora.
No quisiste la muerte.
Rechazaste el olvido,
y en la flauta del aire avanzaste perpetuo.
No quisiste el amor en féretro de las olas
ni quisiste el silencio que deja el túnel breve
donde ha dormido el hombre.
Tuyo, inmensamente tuyo,
como naciste para la claridad
te fuiste no nacido,
nardo entre dos pupilas que no supieron nunca
separar el eco de la sombra.
Manantial sin rocíos lastimeros,
pie fértil caminando para siempre en la tierra.
te fuiste no nacido.
Te perdiste sereno,
antes de mí,
y cubriste de siglos
la agonía de no verte.
No quisiste la orilla de la angustia
ni el por qué de unas horas que pasan lentamente
en la vida,
sin dejar un sollozo,
ni un recuerdo,
ni nada.
No quisiste la aurora.
No quisiste la muerte.
Rechazaste el olvido,
y en la flauta del aire avanzaste perpetuo.
No quisiste el amor en féretro de las olas
ni quisiste el silencio que deja el túnel breve
donde ha dormido el hombre.
Tuyo, inmensamente tuyo,
como naciste para la claridad
te fuiste no nacido,
nardo entre dos pupilas que no supieron nunca
separar el eco de la sombra.
Manantial sin rocíos lastimeros,
pie fértil caminando para siempre en la tierra.
580
Julia de Burgos
Poema Con La Tonada Última
¿Que adónde voy con esas caras tristes
y un borbotón de venas heridas en mi frente?
Voy a despedir rosas al mar,
a deshacerme en olas más altas que los pájaros,
a quitarme caminos que ya andaban en mi corazón como raíces...
Voy a perder estrellas,
y rocíos,
y riachuelitos breves donde amé la agonía que arruinó
mis montañas
y un rumor de palomas
especial,
y palabras...
Voy a quedarme sola,
sin canciones, ni piel,
como un túnel por dentro, donde el mismo silencio
se enloquece y se mata.
y un borbotón de venas heridas en mi frente?
Voy a despedir rosas al mar,
a deshacerme en olas más altas que los pájaros,
a quitarme caminos que ya andaban en mi corazón como raíces...
Voy a perder estrellas,
y rocíos,
y riachuelitos breves donde amé la agonía que arruinó
mis montañas
y un rumor de palomas
especial,
y palabras...
Voy a quedarme sola,
sin canciones, ni piel,
como un túnel por dentro, donde el mismo silencio
se enloquece y se mata.
494
Julia de Burgos
Nada
Como la vida es nada en tu filosofía,
brindemos por el cierto no ser de nuestros cuerpos.
Brindemos por la nada de tus sensuales labios
que son ceros sensuales en tus azules besos;
como todo azul, quimérica mentira
de los blandos océanos y de los blancos cielos.
Brindemos por la nada del material reclamo
que se hunde y se levanta en tu carnal deseo;
como todo lo carne, relámpago, chispazo,
en la verdad mentira sin fin del Universo.
Brindemos por la nada, bien nada de tu alma,
que corre su mentira en un potro sin freno;
como todo lo nada, buen nada, ni siquiera
se asoma de repente en un breve destello.
Brindemos por nosotros, por ellos, por ninguno;
por esta siempre nada de nuestros nunca cuerpos;
por todos, por los menos; por tantos y tan nada;
por esas sombras huecas de vivos que son muertos.
Si del no ser venimos y hacia el no ser marchamos,
nada entre nada y nada, cero entre cero y cero,
y si entre nada y nada no puede existir nada,
brindemos por el bello no ser de nuestros cuerpos.
brindemos por el cierto no ser de nuestros cuerpos.
Brindemos por la nada de tus sensuales labios
que son ceros sensuales en tus azules besos;
como todo azul, quimérica mentira
de los blandos océanos y de los blancos cielos.
Brindemos por la nada del material reclamo
que se hunde y se levanta en tu carnal deseo;
como todo lo carne, relámpago, chispazo,
en la verdad mentira sin fin del Universo.
Brindemos por la nada, bien nada de tu alma,
que corre su mentira en un potro sin freno;
como todo lo nada, buen nada, ni siquiera
se asoma de repente en un breve destello.
Brindemos por nosotros, por ellos, por ninguno;
por esta siempre nada de nuestros nunca cuerpos;
por todos, por los menos; por tantos y tan nada;
por esas sombras huecas de vivos que son muertos.
Si del no ser venimos y hacia el no ser marchamos,
nada entre nada y nada, cero entre cero y cero,
y si entre nada y nada no puede existir nada,
brindemos por el bello no ser de nuestros cuerpos.
456
Julia de Burgos
Nada
Como la vida es nada en tu filosofía,
brindemos por el cierto no ser de nuestros cuerpos.
Brindemos por la nada de tus sensuales labios
que son ceros sensuales en tus azules besos;
como todo azul, quimérica mentira
de los blandos océanos y de los blancos cielos.
Brindemos por la nada del material reclamo
que se hunde y se levanta en tu carnal deseo;
como todo lo carne, relámpago, chispazo,
en la verdad mentira sin fin del Universo.
Brindemos por la nada, bien nada de tu alma,
que corre su mentira en un potro sin freno;
como todo lo nada, buen nada, ni siquiera
se asoma de repente en un breve destello.
Brindemos por nosotros, por ellos, por ninguno;
por esta siempre nada de nuestros nunca cuerpos;
por todos, por los menos; por tantos y tan nada;
por esas sombras huecas de vivos que son muertos.
Si del no ser venimos y hacia el no ser marchamos,
nada entre nada y nada, cero entre cero y cero,
y si entre nada y nada no puede existir nada,
brindemos por el bello no ser de nuestros cuerpos.
brindemos por el cierto no ser de nuestros cuerpos.
Brindemos por la nada de tus sensuales labios
que son ceros sensuales en tus azules besos;
como todo azul, quimérica mentira
de los blandos océanos y de los blancos cielos.
Brindemos por la nada del material reclamo
que se hunde y se levanta en tu carnal deseo;
como todo lo carne, relámpago, chispazo,
en la verdad mentira sin fin del Universo.
Brindemos por la nada, bien nada de tu alma,
que corre su mentira en un potro sin freno;
como todo lo nada, buen nada, ni siquiera
se asoma de repente en un breve destello.
Brindemos por nosotros, por ellos, por ninguno;
por esta siempre nada de nuestros nunca cuerpos;
por todos, por los menos; por tantos y tan nada;
por esas sombras huecas de vivos que son muertos.
Si del no ser venimos y hacia el no ser marchamos,
nada entre nada y nada, cero entre cero y cero,
y si entre nada y nada no puede existir nada,
brindemos por el bello no ser de nuestros cuerpos.
456
Juan Bautista de Arriaza y Superviela
A Unos Amigos Que Le Reconvenían Soneto
Ceden del tiempo a la voraz corriente
recias pilastras y columnas duras,
las cúpulas rindiendo que seguras
se sustentaban en su excelsa frente.
Caduco desde el Líbano eminente
baja el añoso cedro a las llanuras,
ayer frondoso adorno en las alturas,
hoy triste cebo en el hogar ardiente.
Contra la destrucción tampoco abrigos
halló mi musa, que si busca ansiosa
versos que ya la esquivan enemigos,
sólo a ofrecer se atreve, afectüosa,
verdad, y no ilusión, a mis amigos;
caricias, no cantares, a mi esposa.
recias pilastras y columnas duras,
las cúpulas rindiendo que seguras
se sustentaban en su excelsa frente.
Caduco desde el Líbano eminente
baja el añoso cedro a las llanuras,
ayer frondoso adorno en las alturas,
hoy triste cebo en el hogar ardiente.
Contra la destrucción tampoco abrigos
halló mi musa, que si busca ansiosa
versos que ya la esquivan enemigos,
sólo a ofrecer se atreve, afectüosa,
verdad, y no ilusión, a mis amigos;
caricias, no cantares, a mi esposa.
336
Juan Bautista de Arriaza y Superviela
Consejos A Un Militar Soneto
Si por la noble senda del dios Marte
subir quieres al templo de la Fama,
y arrebatar allí la verde rama
que la envidia jamás podrá quitarte,
es fuerza ¡oh! blanco a los estudios darte,
pues a las glorias a que el Dios te llama
no sirve ya el valor que el pecho inflama,
si no le templa y modifica el arte.
Es bien que por modelo te presentes
de altos varones la inmortal caterva
que en letras y armas fueron excelentes,
pues el lauro que Marte te reserva
para darte por premio a los valientes
se le da por la mano de Minerva.
subir quieres al templo de la Fama,
y arrebatar allí la verde rama
que la envidia jamás podrá quitarte,
es fuerza ¡oh! blanco a los estudios darte,
pues a las glorias a que el Dios te llama
no sirve ya el valor que el pecho inflama,
si no le templa y modifica el arte.
Es bien que por modelo te presentes
de altos varones la inmortal caterva
que en letras y armas fueron excelentes,
pues el lauro que Marte te reserva
para darte por premio a los valientes
se le da por la mano de Minerva.
411
Juan Boscán
Gran Tiempo Fui De Males Tan Dañado
Gran tiempo fui de males tan dañado,
por el dañado amor que en mí reinaba,
que a sanos y a dolientes espantaba
la vista de un doliente tan llagado.
Conveníame andar siempre apartado,
según de mí la gente se apartaba,
y aquello en que más yo me reposaba
era hartarme de ser desdichado.
Vime sano después en un momento,
y vueltos en placer los males míos;
miraban todos esta salud mía
con un maravillado sentimiento,
como al ciego miraron los judíos
espantados de velle como vía.
por el dañado amor que en mí reinaba,
que a sanos y a dolientes espantaba
la vista de un doliente tan llagado.
Conveníame andar siempre apartado,
según de mí la gente se apartaba,
y aquello en que más yo me reposaba
era hartarme de ser desdichado.
Vime sano después en un momento,
y vueltos en placer los males míos;
miraban todos esta salud mía
con un maravillado sentimiento,
como al ciego miraron los judíos
espantados de velle como vía.
407
Juan Boscán
Como Aquel Que En Soñar Gusto Recibe
Como aquel que en soñar gusto recibe,
su gusto procediendo de locura,
así el imaginar con su figura
vanamente su gozo en mí concibe.
Otro bien en mí, triste, no se escribe,
si no es aquel que en mi pensar procura;
de cuanto ha sido hecho en mi ventura
lo sólo imaginado es lo que vive.
Teme mi corazón de ir adelante,
viendo estar su dolor puesto en celada;
y así revuelve atrás en un instante
a contemplar su gloria ya pasada.
¡Oh sombra de remedio inconstante,
ser en mí lo mejor lo que no es nada!
su gusto procediendo de locura,
así el imaginar con su figura
vanamente su gozo en mí concibe.
Otro bien en mí, triste, no se escribe,
si no es aquel que en mi pensar procura;
de cuanto ha sido hecho en mi ventura
lo sólo imaginado es lo que vive.
Teme mi corazón de ir adelante,
viendo estar su dolor puesto en celada;
y así revuelve atrás en un instante
a contemplar su gloria ya pasada.
¡Oh sombra de remedio inconstante,
ser en mí lo mejor lo que no es nada!
507
Juan Boscán
Soneto Cxxix
Garcilaso, que al bien siempre aspiraste
y siempre con tal fuerza le seguiste,
que a pocos pasos que tras él corriste,
en todo enteramente le alcanzaste,
dime: ¿por qué tras ti no me llevaste
cuando de esta mortal tierra partiste?,
¿por qué, al subir a lo alto que subiste,
acá en esta bajeza me dejaste?
Bien pienso yo que, si poder tuvieras
de mudar algo lo que está ordenado,
en tal caso de mí no te olvidaras:
que o quisieras honrarme con tu lado
o a lo menos de mí te despidieras;
o, si esto no, después por mí tornaras.
y siempre con tal fuerza le seguiste,
que a pocos pasos que tras él corriste,
en todo enteramente le alcanzaste,
dime: ¿por qué tras ti no me llevaste
cuando de esta mortal tierra partiste?,
¿por qué, al subir a lo alto que subiste,
acá en esta bajeza me dejaste?
Bien pienso yo que, si poder tuvieras
de mudar algo lo que está ordenado,
en tal caso de mí no te olvidaras:
que o quisieras honrarme con tu lado
o a lo menos de mí te despidieras;
o, si esto no, después por mí tornaras.
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