Poemas en este tema
Vida y Existencia
Carolina Coronado
Epitafio A Un Niño
Duerme, Niño, el sueño blando
en esta cuna escondida,
aunque tu madre llorando
por tu existencia llamando
quiera volverte a la vida.
Porque en la noche sombría
de nuestra vida ilusoria
no has de encontrar, alma mía,
la luz del eterno día
que has encontrado en la gloria.
en esta cuna escondida,
aunque tu madre llorando
por tu existencia llamando
quiera volverte a la vida.
Porque en la noche sombría
de nuestra vida ilusoria
no has de encontrar, alma mía,
la luz del eterno día
que has encontrado en la gloria.
525
Carolina Coronado
Respuesta A Un Poeta
Cuando exhala de esa suerte
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
631
Carolina Coronado
A Santa Teresa
Dulce Teresa, virgen adorada
que estás entre los ángeles del cielo,
la que ceñistes el sagrado velo
de las castas esposas del Señor:
tú pasaste tus horas como el justo
en santa paz y religiosa calma,
volando al ciclo con gloriosa palma
arrebatada en alas del fervor.
Yo tu divina
célica gloria
a tu memoria
quiero cantar.
Dulce Teresa
de Dios querida,
a bendecida
en sacro altar.
Tú desdeñastes la engañosa pompa
el falso brillo que al mortal rodea,
que el hombre débil en su mente crea
para halagar su loca vanidad;
y amaste la virtud y a un Dios amaste
devolviéndole un alma de pureza
porque admiraste ¡oh Virgen! su grandeza
y escuchastes la voz de la verdad.
Dulce Teresa
de Dios querida,
la bendecida
en sacro altar.
Yo tu divina
célica gloria
a tu memoria
quiero cantar.
Tú cantaste la gloria aquí en la tierra
y eras del mundo celestial encanto,
ahora ves en el trono sacrosanto
cercado de querubes tu laúd:
Teresa de Jesús, alma bendita,
oye piadosa desde el rico asiento
este sencillo y fervoroso acento
que consagro a tu fúlgida virtud.
Yo tu divina
célica gloria
a tu memoria
quiero cantar:
Dulce Teresa
de Dios querida,
la bendecida
en sacro altar.
que estás entre los ángeles del cielo,
la que ceñistes el sagrado velo
de las castas esposas del Señor:
tú pasaste tus horas como el justo
en santa paz y religiosa calma,
volando al ciclo con gloriosa palma
arrebatada en alas del fervor.
Yo tu divina
célica gloria
a tu memoria
quiero cantar.
Dulce Teresa
de Dios querida,
a bendecida
en sacro altar.
Tú desdeñastes la engañosa pompa
el falso brillo que al mortal rodea,
que el hombre débil en su mente crea
para halagar su loca vanidad;
y amaste la virtud y a un Dios amaste
devolviéndole un alma de pureza
porque admiraste ¡oh Virgen! su grandeza
y escuchastes la voz de la verdad.
Dulce Teresa
de Dios querida,
la bendecida
en sacro altar.
Yo tu divina
célica gloria
a tu memoria
quiero cantar.
Tú cantaste la gloria aquí en la tierra
y eras del mundo celestial encanto,
ahora ves en el trono sacrosanto
cercado de querubes tu laúd:
Teresa de Jesús, alma bendita,
oye piadosa desde el rico asiento
este sencillo y fervoroso acento
que consagro a tu fúlgida virtud.
Yo tu divina
célica gloria
a tu memoria
quiero cantar:
Dulce Teresa
de Dios querida,
la bendecida
en sacro altar.
617
Carolina Coronado
A Los Que Lamentaron Mi Supuesta Muerte La Muerta Agradecida
El corazón, amigos, palpitante
como otras veces en mi pecho siento;
mas al oír vuestro piadoso acento
sobre las nubes me soñé un instante.
Juzgué más claro el sol, menos distante,
vi espíritus celestes en el viento
y en la estrella que más resplandecía
vi confusa la imagen de María.
Los colores, la luz, aire, el ruido,
todo más bello que en la tierra era,
y aquel mundo con gloria verdadera
le brindaba a mi espíritu embebido.
Pero con ser del alma tan querido
el cielo que de muertos nos espera,
esa dicha, medrosa rechazando,
de mi ilusión me desperté temblando.
Dios quiere que aun el día no llegado
a mi vida en su plazo, todavía;
resignación le falte al alma mía
para dejar mi triste suelo amado.
Amo a los corazones que me han dado,
pena, placer, tristezas, alegría;
amo al árbol, al río, a la pradera
y amo a mi dulce lira compañera.
Vendrá colmado de dolor, acaso,
el porvenir que a mi existencia aguarda
y de la muerte en su carrera tarda,
tal vez acuse el perezoso paso.
Mas nunca Dios el sufrimiento escaso
nos da, cuando el descanso nos retarda,
y mi término corto o prolongado
siempre estará por el bien señalado.
Mas, en tanto que treguas a mi vida
le place conceder al poderoso,
escuchad de una muerta agradecida
el acento que exhala cariñoso;
Sabed que de una voz dulce y sentida
a mí llegando el eco generoso,
vuestra memoria de amistad bendita
deja en mi corazón con llanto escrita.
como otras veces en mi pecho siento;
mas al oír vuestro piadoso acento
sobre las nubes me soñé un instante.
Juzgué más claro el sol, menos distante,
vi espíritus celestes en el viento
y en la estrella que más resplandecía
vi confusa la imagen de María.
Los colores, la luz, aire, el ruido,
todo más bello que en la tierra era,
y aquel mundo con gloria verdadera
le brindaba a mi espíritu embebido.
Pero con ser del alma tan querido
el cielo que de muertos nos espera,
esa dicha, medrosa rechazando,
de mi ilusión me desperté temblando.
Dios quiere que aun el día no llegado
a mi vida en su plazo, todavía;
resignación le falte al alma mía
para dejar mi triste suelo amado.
Amo a los corazones que me han dado,
pena, placer, tristezas, alegría;
amo al árbol, al río, a la pradera
y amo a mi dulce lira compañera.
Vendrá colmado de dolor, acaso,
el porvenir que a mi existencia aguarda
y de la muerte en su carrera tarda,
tal vez acuse el perezoso paso.
Mas nunca Dios el sufrimiento escaso
nos da, cuando el descanso nos retarda,
y mi término corto o prolongado
siempre estará por el bien señalado.
Mas, en tanto que treguas a mi vida
le place conceder al poderoso,
escuchad de una muerta agradecida
el acento que exhala cariñoso;
Sabed que de una voz dulce y sentida
a mí llegando el eco generoso,
vuestra memoria de amistad bendita
deja en mi corazón con llanto escrita.
599
Carolina Coronado
Al Liceo De Badajoz
Vamos a vindicar de Extremadura
la capital oscura
y a levantar en palmas, extremeños:
que, por Dios es vergüenza,
que otra ciudad nos venga
siendo de igual poder nosotros dueños.
Vamos a levantarla como espuma,
la pereza que abruma
los talentos brillantes sacudiendo;
y un mentís de tal modo
a dar al reino todo
que está de nuestra inercia sonriendo.
Porque los ojos fijos en la tierra,
que ilustre cuna encierra
del más valiente capitán del mundo,
España atentamente
siempre aguarda impaciente
nuevas llores de suelo tan fecundo.
Porque tuvimos héroes esforzados,
vernos quiere ilustrados;
porque tuvimos sabios y poetas
nos piden ciencia y canto;
y nosotros, en tanto,
¿mudos dejamos nuestras glorias quietas?
Juventud numerosa en torno veo
que en ardiente deseo
de aspirar a saber arde y se inflama;
juventud animosa
que vuela hoy presurosa
donde la voz de ilustración la llama.
No ha menester buscar en otro suelo
la juventud modelo
para trazar creaciones inmortales;
que en la ciudad oscura,
si adora la pintura,
tiene en soberbio altar al gran Morales.
Si de otros genios las carreras bellas,
quiere andar por sus huellas,
no ha menester cruzar tierras lejanas,
que un siglo solamente
presenta en nuestra gente
Donosos, Esproncedas y Quintanas.
En las armas, las letras y las artes,
cunden por todas partes,
de ingenios extremeños las victorias
y nuestros pueblos sólo
los más rudos del polo,
¿habrán de desdeñar tan altas glorias?
¡Tierra bendita, donde brotan, crecen,
se ensanchan y florecen
los más hermosos troncos de Castilla;
las fuerzas te ofrecemos
con que cultivo demos
a tu nueva y riquísima semilla!
Ábranse libros, ármense pinceles,
y acudan los donceles
en esta lid a conquistar hazañas;
y vosotras doncellas
no os esquivéis por bellas,
que ya no sois a este recinto extrañas.
En danzas y festines os han visto,
y no es, por Jesucristo,
la danza y el festín más inocente
que la bella pintura,
que la música pura,
y la rima sonora y elocuente.
Dejad atrás preocupaciones viejas,
dejad rancias consejas,
mostrad, si lo tenéis, ingenio hermoso;
que sólo el vicio feo,
y no el útil recreo
es en las damas malo y vergonzoso.
Venid, todos venid: de Extremadura
la capital oscura
a vindicar con vuestro celo ardiente:
y a esta ciudad ufana,
tal vez, puedan mañana
cuna llamar de la discreta gente.
¡Constancia! ¡aplicación! yo la primera
alumna placentera
vuestras lecciones aprender deseo,
y hoy con mi débil canto
por beneficio tanto,
saludo a los señores del Liceo.
la capital oscura
y a levantar en palmas, extremeños:
que, por Dios es vergüenza,
que otra ciudad nos venga
siendo de igual poder nosotros dueños.
Vamos a levantarla como espuma,
la pereza que abruma
los talentos brillantes sacudiendo;
y un mentís de tal modo
a dar al reino todo
que está de nuestra inercia sonriendo.
Porque los ojos fijos en la tierra,
que ilustre cuna encierra
del más valiente capitán del mundo,
España atentamente
siempre aguarda impaciente
nuevas llores de suelo tan fecundo.
Porque tuvimos héroes esforzados,
vernos quiere ilustrados;
porque tuvimos sabios y poetas
nos piden ciencia y canto;
y nosotros, en tanto,
¿mudos dejamos nuestras glorias quietas?
Juventud numerosa en torno veo
que en ardiente deseo
de aspirar a saber arde y se inflama;
juventud animosa
que vuela hoy presurosa
donde la voz de ilustración la llama.
No ha menester buscar en otro suelo
la juventud modelo
para trazar creaciones inmortales;
que en la ciudad oscura,
si adora la pintura,
tiene en soberbio altar al gran Morales.
Si de otros genios las carreras bellas,
quiere andar por sus huellas,
no ha menester cruzar tierras lejanas,
que un siglo solamente
presenta en nuestra gente
Donosos, Esproncedas y Quintanas.
En las armas, las letras y las artes,
cunden por todas partes,
de ingenios extremeños las victorias
y nuestros pueblos sólo
los más rudos del polo,
¿habrán de desdeñar tan altas glorias?
¡Tierra bendita, donde brotan, crecen,
se ensanchan y florecen
los más hermosos troncos de Castilla;
las fuerzas te ofrecemos
con que cultivo demos
a tu nueva y riquísima semilla!
Ábranse libros, ármense pinceles,
y acudan los donceles
en esta lid a conquistar hazañas;
y vosotras doncellas
no os esquivéis por bellas,
que ya no sois a este recinto extrañas.
En danzas y festines os han visto,
y no es, por Jesucristo,
la danza y el festín más inocente
que la bella pintura,
que la música pura,
y la rima sonora y elocuente.
Dejad atrás preocupaciones viejas,
dejad rancias consejas,
mostrad, si lo tenéis, ingenio hermoso;
que sólo el vicio feo,
y no el útil recreo
es en las damas malo y vergonzoso.
Venid, todos venid: de Extremadura
la capital oscura
a vindicar con vuestro celo ardiente:
y a esta ciudad ufana,
tal vez, puedan mañana
cuna llamar de la discreta gente.
¡Constancia! ¡aplicación! yo la primera
alumna placentera
vuestras lecciones aprender deseo,
y hoy con mi débil canto
por beneficio tanto,
saludo a los señores del Liceo.
675
Carolina Coronado
En Otro
¿Verdad que es triste que en el mundo todo
ceda a la ley de su exterminio fija;
No es verdad que es muy triste que se acaben
la juventud y la pasión, la vida
que la beldad perezca y los amores
y que la gloria al fin también se rinda?
¿Qué cosa mirarán los ojos nuestros
que no tenga a su lado la ruina,
siquiera tronos esplendentes sean,
siquiera rocas de eminente cima?
Solamente los Álbumes, señora,
esa calamidad de nuestros días;
los Álbumes tan sólo son eternos
¡y eterna del poeta la desdicha!
ceda a la ley de su exterminio fija;
No es verdad que es muy triste que se acaben
la juventud y la pasión, la vida
que la beldad perezca y los amores
y que la gloria al fin también se rinda?
¿Qué cosa mirarán los ojos nuestros
que no tenga a su lado la ruina,
siquiera tronos esplendentes sean,
siquiera rocas de eminente cima?
Solamente los Álbumes, señora,
esa calamidad de nuestros días;
los Álbumes tan sólo son eternos
¡y eterna del poeta la desdicha!
561
Carolina Coronado
En Otro
¿Verdad que es triste que en el mundo todo
ceda a la ley de su exterminio fija;
No es verdad que es muy triste que se acaben
la juventud y la pasión, la vida
que la beldad perezca y los amores
y que la gloria al fin también se rinda?
¿Qué cosa mirarán los ojos nuestros
que no tenga a su lado la ruina,
siquiera tronos esplendentes sean,
siquiera rocas de eminente cima?
Solamente los Álbumes, señora,
esa calamidad de nuestros días;
los Álbumes tan sólo son eternos
¡y eterna del poeta la desdicha!
ceda a la ley de su exterminio fija;
No es verdad que es muy triste que se acaben
la juventud y la pasión, la vida
que la beldad perezca y los amores
y que la gloria al fin también se rinda?
¿Qué cosa mirarán los ojos nuestros
que no tenga a su lado la ruina,
siquiera tronos esplendentes sean,
siquiera rocas de eminente cima?
Solamente los Álbumes, señora,
esa calamidad de nuestros días;
los Álbumes tan sólo son eternos
¡y eterna del poeta la desdicha!
561
Carolina Coronado
En Otro
¿Verdad que es triste que en el mundo todo
ceda a la ley de su exterminio fija;
No es verdad que es muy triste que se acaben
la juventud y la pasión, la vida
que la beldad perezca y los amores
y que la gloria al fin también se rinda?
¿Qué cosa mirarán los ojos nuestros
que no tenga a su lado la ruina,
siquiera tronos esplendentes sean,
siquiera rocas de eminente cima?
Solamente los Álbumes, señora,
esa calamidad de nuestros días;
los Álbumes tan sólo son eternos
¡y eterna del poeta la desdicha!
ceda a la ley de su exterminio fija;
No es verdad que es muy triste que se acaben
la juventud y la pasión, la vida
que la beldad perezca y los amores
y que la gloria al fin también se rinda?
¿Qué cosa mirarán los ojos nuestros
que no tenga a su lado la ruina,
siquiera tronos esplendentes sean,
siquiera rocas de eminente cima?
Solamente los Álbumes, señora,
esa calamidad de nuestros días;
los Álbumes tan sólo son eternos
¡y eterna del poeta la desdicha!
561
Carolina Coronado
En Un Álbum Que Me Presentaron Cuando Estaba Contemplando Una Hermosa Tarde
La tarde va a expirar... lejano y tibio
el sol ya terminando su carrera
en las tranquilas aguas reverbera
su postrimera luz:
Y los alegres pájaros meciendo
entre las ondas sus pintadas plumas,
hacen saltar las cándidas espumas
con su leve chapuz.
Y las flores que lánguidas doblaron
el mustio cuello en el calor del día,
se alzan risueñas a la luz sombría
del sol que hundido
está.
La tarde va a expirar... la luna apenas
entre la luz y sombras indecisas
en la azulada esfera se divisa
con vaga claridad.
Murmura el viento entre el ramaje espeso
las amarillas hojas arrastrando,
y en la faz de las aguas resbalando
con leve agitación.
Pardas tinieblas el espacio hienden
que oscurecen el cielo por instantes;
cruzan las aves de la noche errantes
en vaga confusión.
Ésta es la hora de la amante cita
que doy a los espíritus divinos;
con los últimos rayos vespertinos
vengo a la soledad.
Para escribir los místicos cantares
que estas horas inspiran a mi alma
he menester las hojas de una palma
llena de santidad.
Llevad lejos de mí libros profanos
que me fatigan los dolientes ojos,
y sus pinturas que me dan enojos
llevad lejos de mí;
Porque estas horas tristes de la tarde
a contemplar el cielo las dedico
yel corazón amante mortifico
con escribir aquí.
el sol ya terminando su carrera
en las tranquilas aguas reverbera
su postrimera luz:
Y los alegres pájaros meciendo
entre las ondas sus pintadas plumas,
hacen saltar las cándidas espumas
con su leve chapuz.
Y las flores que lánguidas doblaron
el mustio cuello en el calor del día,
se alzan risueñas a la luz sombría
del sol que hundido
está.
La tarde va a expirar... la luna apenas
entre la luz y sombras indecisas
en la azulada esfera se divisa
con vaga claridad.
Murmura el viento entre el ramaje espeso
las amarillas hojas arrastrando,
y en la faz de las aguas resbalando
con leve agitación.
Pardas tinieblas el espacio hienden
que oscurecen el cielo por instantes;
cruzan las aves de la noche errantes
en vaga confusión.
Ésta es la hora de la amante cita
que doy a los espíritus divinos;
con los últimos rayos vespertinos
vengo a la soledad.
Para escribir los místicos cantares
que estas horas inspiran a mi alma
he menester las hojas de una palma
llena de santidad.
Llevad lejos de mí libros profanos
que me fatigan los dolientes ojos,
y sus pinturas que me dan enojos
llevad lejos de mí;
Porque estas horas tristes de la tarde
a contemplar el cielo las dedico
yel corazón amante mortifico
con escribir aquí.
482
Carolina Coronado
En El Álbum De Un Clásico Moderno
¡Gracias, señor, gracias mil!
¡Ah siglo... dichosa suerte!
Ya nuestra edad se convierte
en bella edad infantil.
Ya en vez de los lagrimones
de romántico dolor,
los ojos del trovador
brotan risa a borbotones,
Ya a la sombra del ciprés
vagos, errantes, inquietos,
no nos traen los esqueletos
arrastrando por los pies.
Ni frenéticos en pos
de la muerte anhelan ir,
que a todos hacen vivir
el santo temor de Dios.
Murió la fatalidad,
los venenos se agotaron;
y los espectros cruzaron
huyendo la inmensidad.
Ya todo es risa, placer;
y pronto los pastorcillos
con sus tiernos caramillos
y el rebaño, han de volver.
¡Qué risa ver convertido
en un alegre zagal,
en la pradera dormido
a aquél que tanto ha gemido
sobre el arpa funeral!
¡Qué risa será escuchar
al son del tosco rabel
suave, amoroso cantar
a aquella boca de hiel
que ayer nos hizo temblar!
¡Qué risa ver sus amadas
ayer mustias y amarillas,
mañana frescas, sencillas
tejiendo en las enramadas
guirnaldas de florecillas!
¡Qué risa será mirar
en el verde prado, ameno
el arroyuelo saltar
y en su espejo contemplar
el propio rostro sereno!
¡Qué risa hurtarle sus nidos
al mirlo y al ruiseñor,
y verlos como aturdidos
con sus trinos doloridos
nos vuelan en derredor!...
Gracias señor, gracias mil;
¡Ah siglo! dichosa suerte,
si nuestra edad se convierte
en bella edad pastoril;
Si en pos de las maldiciones,
del romántico furor,
viene el alegre pastor
con su flauta y sus canciones.
¡Ah siglo... dichosa suerte!
Ya nuestra edad se convierte
en bella edad infantil.
Ya en vez de los lagrimones
de romántico dolor,
los ojos del trovador
brotan risa a borbotones,
Ya a la sombra del ciprés
vagos, errantes, inquietos,
no nos traen los esqueletos
arrastrando por los pies.
Ni frenéticos en pos
de la muerte anhelan ir,
que a todos hacen vivir
el santo temor de Dios.
Murió la fatalidad,
los venenos se agotaron;
y los espectros cruzaron
huyendo la inmensidad.
Ya todo es risa, placer;
y pronto los pastorcillos
con sus tiernos caramillos
y el rebaño, han de volver.
¡Qué risa ver convertido
en un alegre zagal,
en la pradera dormido
a aquél que tanto ha gemido
sobre el arpa funeral!
¡Qué risa será escuchar
al son del tosco rabel
suave, amoroso cantar
a aquella boca de hiel
que ayer nos hizo temblar!
¡Qué risa ver sus amadas
ayer mustias y amarillas,
mañana frescas, sencillas
tejiendo en las enramadas
guirnaldas de florecillas!
¡Qué risa será mirar
en el verde prado, ameno
el arroyuelo saltar
y en su espejo contemplar
el propio rostro sereno!
¡Qué risa hurtarle sus nidos
al mirlo y al ruiseñor,
y verlos como aturdidos
con sus trinos doloridos
nos vuelan en derredor!...
Gracias señor, gracias mil;
¡Ah siglo! dichosa suerte,
si nuestra edad se convierte
en bella edad pastoril;
Si en pos de las maldiciones,
del romántico furor,
viene el alegre pastor
con su flauta y sus canciones.
636
Carolina Coronado
En La Última Hoja Del Álbum
El fin de todo busca el alma mía
porque en esta existencia pasajera
del más hermoso y regalado día
siempre viene a turbarnos la alegría
el miedo del dolor que nos espera.
Si fe tenéis en la amistad lozana
del joven que en la infancia habéis querido,
desvanecida como sombra vana
por otra nueva dejaréis mañana
esa tierna amistad en el olvido.
Si fe tenéis en que el amor primero
es el amor más cierto de la vida
sabed ¡ay! que ese amor es pasajero
que sólo, amigos, el amor postrero
es el único amor que no se olvida.
Así no es mucho que en libro escoja,
teniendo de la fama igual idea,
con tanto nombre como en él se aloja
no la primera, la postrera hoja
para dejar memoria al que me lea.
porque en esta existencia pasajera
del más hermoso y regalado día
siempre viene a turbarnos la alegría
el miedo del dolor que nos espera.
Si fe tenéis en la amistad lozana
del joven que en la infancia habéis querido,
desvanecida como sombra vana
por otra nueva dejaréis mañana
esa tierna amistad en el olvido.
Si fe tenéis en que el amor primero
es el amor más cierto de la vida
sabed ¡ay! que ese amor es pasajero
que sólo, amigos, el amor postrero
es el único amor que no se olvida.
Así no es mucho que en libro escoja,
teniendo de la fama igual idea,
con tanto nombre como en él se aloja
no la primera, la postrera hoja
para dejar memoria al que me lea.
703
Carolina Coronado
Estrenando Un Álbum Por La Última Página
Yo elijo la postrera de tus hojas,
yo voy a anticipar tu despedida;
ya blanco libro, que mi nombre alojas:
sabes cuál es tu término en la vida.
¡Ay! si también pudiera el alma herida
anticipar el fin de sus congojas...
yo de mi juventud saber quisiera
qué nombre hay en su página postrera.
yo voy a anticipar tu despedida;
ya blanco libro, que mi nombre alojas:
sabes cuál es tu término en la vida.
¡Ay! si también pudiera el alma herida
anticipar el fin de sus congojas...
yo de mi juventud saber quisiera
qué nombre hay en su página postrera.
514
Carolina Coronado
Estrenando Un Álbum Por La Última Página
Yo elijo la postrera de tus hojas,
yo voy a anticipar tu despedida;
ya blanco libro, que mi nombre alojas:
sabes cuál es tu término en la vida.
¡Ay! si también pudiera el alma herida
anticipar el fin de sus congojas...
yo de mi juventud saber quisiera
qué nombre hay en su página postrera.
yo voy a anticipar tu despedida;
ya blanco libro, que mi nombre alojas:
sabes cuál es tu término en la vida.
¡Ay! si también pudiera el alma herida
anticipar el fin de sus congojas...
yo de mi juventud saber quisiera
qué nombre hay en su página postrera.
514
Carolina Coronado
En El Álbum Fúnebre A La Memoria De Una Joven
¡Nadie se muere de amor!
¡Cómo habías de vivir
si amando, pobre mujer,
tenemos que combatir,
y el luchar nunca es vencer,
el luchar siempre es morir!
Cuando entre galas y flores
amor te daba la palma,
le dije a tus amadores:
«No le habléis tanto de amores
que tiene sensible el alma».
Pero el mundo descreído
respondió con su sonrisa:
«Deja que halaguen su oído,
que ya por el bien querido
nadie se muere, poetisa».
Volví más tarde a decir:
—Mirad que perdió el color
y no cesa de gemir».
Mas él tornó a repetir,
—Nadie se muere de amor.
—Puede ser que el mundo ignore
cuanto su dolor la hiere...
—Deja, poetisa, que llore,
por mucho que al hombre adore,
ninguna mujer se muere.
Yo volví más consolada
y estabas en la agonía.
—¡Se muere! clamé aterrada;
pero el mundo respondía:
—Es muerte de enamorada.
Ya tu pecho palpitante
al impulso del dolor,
lanzó un grito penetrante,
y el mundo dijo: —¡Es amante!
¡Nadie se muere de amor!
Yo vi tu mirada incierta
clavarse al fin aterida,
y dije al mundo: —¡Está muerta!
y respondió: —Está dormida;
¡ya verás cómo despierta!
Ya oye el mundo la campana
que anuncia con su clamor
de una belleza lozana
¡la muerte horrible y temprana
que le ha alcanzado su amor!
Ya envuelta en el blanco velo
la ve al sepulcro marchar
y la acompaña en el duelo,
y aun aguarda con recelo
que pueda resucitar.
Y al sepultar a la bella
no sabiendo en su rencor
qué decir el mundo de ella,
dice: La mató su estrella...
Nadie se muere de amor.
¡Cómo habías de vivir
si amando, pobre mujer,
tenemos que combatir,
y el luchar nunca es vencer,
el luchar siempre es morir!
Cuando entre galas y flores
amor te daba la palma,
le dije a tus amadores:
«No le habléis tanto de amores
que tiene sensible el alma».
Pero el mundo descreído
respondió con su sonrisa:
«Deja que halaguen su oído,
que ya por el bien querido
nadie se muere, poetisa».
Volví más tarde a decir:
—Mirad que perdió el color
y no cesa de gemir».
Mas él tornó a repetir,
—Nadie se muere de amor.
—Puede ser que el mundo ignore
cuanto su dolor la hiere...
—Deja, poetisa, que llore,
por mucho que al hombre adore,
ninguna mujer se muere.
Yo volví más consolada
y estabas en la agonía.
—¡Se muere! clamé aterrada;
pero el mundo respondía:
—Es muerte de enamorada.
Ya tu pecho palpitante
al impulso del dolor,
lanzó un grito penetrante,
y el mundo dijo: —¡Es amante!
¡Nadie se muere de amor!
Yo vi tu mirada incierta
clavarse al fin aterida,
y dije al mundo: —¡Está muerta!
y respondió: —Está dormida;
¡ya verás cómo despierta!
Ya oye el mundo la campana
que anuncia con su clamor
de una belleza lozana
¡la muerte horrible y temprana
que le ha alcanzado su amor!
Ya envuelta en el blanco velo
la ve al sepulcro marchar
y la acompaña en el duelo,
y aun aguarda con recelo
que pueda resucitar.
Y al sepultar a la bella
no sabiendo en su rencor
qué decir el mundo de ella,
dice: La mató su estrella...
Nadie se muere de amor.
584
Carolina Coronado
Poniendo Al Revés Un Álbum Que Principiaba Con Unos Malos Versos
Empezar por la página primera,
capricho inútil de los hombres es,
pues ha de ser del Álbum la postrera.
Si se toman los libros al revés.
El primero que el Álbum haya abierto
puede en verdad decir que lo empezó;
pero nadie dirá, con dicho cierto,
que pone fin en donde empiezo yo.
capricho inútil de los hombres es,
pues ha de ser del Álbum la postrera.
Si se toman los libros al revés.
El primero que el Álbum haya abierto
puede en verdad decir que lo empezó;
pero nadie dirá, con dicho cierto,
que pone fin en donde empiezo yo.
534
Carolina Coronado
En Otro Traducido Del Dante
¡Eh!... peregrino que por esta vía
atraviesas con planta indiferente,
¿Vienes tal vez de tan remota gente
que el duelo ignoras de la patria mía?
¿Cómo no lloras ¡ay! cuando sombría
cruzas por medio su ciudad doliente,
como quien nada sabe, nada siente
del grave luto que oscurece el día?
Si te detienes a escuchar el caso,
yo sé de cierto que llorando, amigo,
no pudieras de aquí mover el paso:
Perdió Italia a Beatriz; y cuanto dijo
a otros hombres hablando de la bella,
tiene virtud de hacer llorar por ella.
atraviesas con planta indiferente,
¿Vienes tal vez de tan remota gente
que el duelo ignoras de la patria mía?
¿Cómo no lloras ¡ay! cuando sombría
cruzas por medio su ciudad doliente,
como quien nada sabe, nada siente
del grave luto que oscurece el día?
Si te detienes a escuchar el caso,
yo sé de cierto que llorando, amigo,
no pudieras de aquí mover el paso:
Perdió Italia a Beatriz; y cuanto dijo
a otros hombres hablando de la bella,
tiene virtud de hacer llorar por ella.
575
Carolina Coronado
En Un Álbum Una De Cuyas Páginas Se Representaba A La Magdalena En Actitud De Clamar Al Cielo
¡Piedad!... Virgen, arráncame y levanta
de entre estas rocas donde estoy hundida:
hieren sus filos mi desnuda planta,
no hay senda abierta y moriré en la huida.
Corrí sin tino tras lejana estrella
ansiosa de su luz brillante y pura
y osé trepar a esta eminente altura
para después precipitarme de ella.
Subí a la cumbre por camino blando
lleno de blancas perfumadas rosas
y ahora no encuentro de pavor temblando
más que pendientes altas y espantosas.
¡Piedad!... Virgen. Tu mano salvadora
las manos prenda que hacia ti levanto
y hasta los muros de tu pueblo santo
conduce el alma que tu auxilio implora.
de entre estas rocas donde estoy hundida:
hieren sus filos mi desnuda planta,
no hay senda abierta y moriré en la huida.
Corrí sin tino tras lejana estrella
ansiosa de su luz brillante y pura
y osé trepar a esta eminente altura
para después precipitarme de ella.
Subí a la cumbre por camino blando
lleno de blancas perfumadas rosas
y ahora no encuentro de pavor temblando
más que pendientes altas y espantosas.
¡Piedad!... Virgen. Tu mano salvadora
las manos prenda que hacia ti levanto
y hasta los muros de tu pueblo santo
conduce el alma que tu auxilio implora.
537
Carolina Coronado
Por Bajo De Una Lámina Que Representaba A La Virgen
Escucha, madre mía,
la de el velo de estrellas; bienhechora,
dulce y bella María.
Escucha la que implora
dolorido y mortal; madre y Señora.
Si a mi débil acento
romper los aires y turbar es dado
allá del firmamento
el azul sosegado,
escucha, virgen pura, mi cuidado.
La sola voz que el pecho
pudiera ya exhalar, a ti revela
el corazón deshecho,
que tu piedad anhela
y hasta tu trono arrebatado vuela.
¡Oh tu dulce señora
de la esfera eternal!... la tierra mira
y al infeliz que llora
y al triste que suspira
resignación y fe y amor inspira.
De tu sagrada mano
piadoso manantial brote a raudales
donde beba el humano
alivios celestiales,
donde se apague el fuego de los males.
Y lleva hacia tu seno
a los dolientes hijos que te amaron:
¡no más gima ya el bueno
en grillos que forjaron
los que rebeldes contra ti se alzaron!
la de el velo de estrellas; bienhechora,
dulce y bella María.
Escucha la que implora
dolorido y mortal; madre y Señora.
Si a mi débil acento
romper los aires y turbar es dado
allá del firmamento
el azul sosegado,
escucha, virgen pura, mi cuidado.
La sola voz que el pecho
pudiera ya exhalar, a ti revela
el corazón deshecho,
que tu piedad anhela
y hasta tu trono arrebatado vuela.
¡Oh tu dulce señora
de la esfera eternal!... la tierra mira
y al infeliz que llora
y al triste que suspira
resignación y fe y amor inspira.
De tu sagrada mano
piadoso manantial brote a raudales
donde beba el humano
alivios celestiales,
donde se apague el fuego de los males.
Y lleva hacia tu seno
a los dolientes hijos que te amaron:
¡no más gima ya el bueno
en grillos que forjaron
los que rebeldes contra ti se alzaron!
450
Carolina Coronado
En Un Álbum Que Tenía Una Lámina Que Representaba A Los Ángeles Mirando Los Clavos Del Señor
¡Ved los hombres cuál son, ved qué inhumanos!
Un Redentor el cielo les envía
y en la terrible cruz, dulce María,
clavan los hierros sus divinas manos;
mirad los hierros, y llorad, hermanos,
llorad por el dolor de su agonía
y con lágrimas laven nuestros ojos
los duros clavos en su sangre rojos.
Vino el profeta y su divino canto
los hombres del error no conocieron
y ese premio cruel los hombres dieron
al bueno, al justo, al virtuoso, al santo;
si podemos borrar con nuestro llanto
el crimen que los hombres cometieron,
con sus lágrimas laven nuestros ojos
los duros clavos en su sangre rojos.
Con estos clavos, infeliz memoria,
arrancados del cuerpo moribundo
ha escrito el pueblo ingrato y furibundo
del hijo del señor la eterna historia.
Él vino al mundo a conquistar su gloria,
con duros clavos se la paga el mundo
y es menester que laven nuestros ojos
los duros clavos en su sangre rojos.
Esto queda a la tierra del Mesías
los clavos nada más de su tormento
que a los hombres darán remordimiento
en cuanto duren sus penosos días;
huyamos de moradas tan sombrías
volemos de la gloria a nuestro asiento;
pero estos clavos en su sangre rojos
con sus lágrimas laven nuestros ojos.
Un Redentor el cielo les envía
y en la terrible cruz, dulce María,
clavan los hierros sus divinas manos;
mirad los hierros, y llorad, hermanos,
llorad por el dolor de su agonía
y con lágrimas laven nuestros ojos
los duros clavos en su sangre rojos.
Vino el profeta y su divino canto
los hombres del error no conocieron
y ese premio cruel los hombres dieron
al bueno, al justo, al virtuoso, al santo;
si podemos borrar con nuestro llanto
el crimen que los hombres cometieron,
con sus lágrimas laven nuestros ojos
los duros clavos en su sangre rojos.
Con estos clavos, infeliz memoria,
arrancados del cuerpo moribundo
ha escrito el pueblo ingrato y furibundo
del hijo del señor la eterna historia.
Él vino al mundo a conquistar su gloria,
con duros clavos se la paga el mundo
y es menester que laven nuestros ojos
los duros clavos en su sangre rojos.
Esto queda a la tierra del Mesías
los clavos nada más de su tormento
que a los hombres darán remordimiento
en cuanto duren sus penosos días;
huyamos de moradas tan sombrías
volemos de la gloria a nuestro asiento;
pero estos clavos en su sangre rojos
con sus lágrimas laven nuestros ojos.
506
Carolina Coronado
En Varios Álbumes En Un Álbum Una De Cuyas Páginas Representaba El Nacimiento De Jesús
Venid, pastoras, el milagro hermoso
del niño Dios a ver; posa en el heno
tiene inclinado el rostro albo y sereno
sobre su descubierto hombro gracioso;
bajo de sus bracitos, tembloroso,
espumas miente, su desnudo seno
y hay, semejante al cerco de la luna,
un resplendor en torno de su cuna.
Junto al heno al bellísimo nacido
con amoroso afán de Virgen cela
y con sus brazos cándidos anhela
dar abrigo a su cuerpo entumecido;
así la blanca tórtola su nido
forma en las pajas y en sus bordes vela,
tendiendo entrambas alas tiernamente
para guardarle del glacial relente.
Pálidas de su rostro las colores
tiene la helada de la noche fría,
venid, el hijo amado de María,
venid, pastoras, a vestir con flores:
los divinos, dulcísimos amores
que el cielo con la tierra tuvo un día
vienen a rescatar la humana gente
del riesgo de sus culpas eminente.
Buenas pastoras, encended retama
que del santo portal deshaga el hielo
que al bendito Jesús daréis consuelo
con el calor de la amigable llama;
así al hijo de pecho que más ama
vuestro constante, maternal desvelo,
nunca les falte el seno en que adormido
posa en arrullo tierno embebecido.
del niño Dios a ver; posa en el heno
tiene inclinado el rostro albo y sereno
sobre su descubierto hombro gracioso;
bajo de sus bracitos, tembloroso,
espumas miente, su desnudo seno
y hay, semejante al cerco de la luna,
un resplendor en torno de su cuna.
Junto al heno al bellísimo nacido
con amoroso afán de Virgen cela
y con sus brazos cándidos anhela
dar abrigo a su cuerpo entumecido;
así la blanca tórtola su nido
forma en las pajas y en sus bordes vela,
tendiendo entrambas alas tiernamente
para guardarle del glacial relente.
Pálidas de su rostro las colores
tiene la helada de la noche fría,
venid, el hijo amado de María,
venid, pastoras, a vestir con flores:
los divinos, dulcísimos amores
que el cielo con la tierra tuvo un día
vienen a rescatar la humana gente
del riesgo de sus culpas eminente.
Buenas pastoras, encended retama
que del santo portal deshaga el hielo
que al bendito Jesús daréis consuelo
con el calor de la amigable llama;
así al hijo de pecho que más ama
vuestro constante, maternal desvelo,
nunca les falte el seno en que adormido
posa en arrullo tierno embebecido.
466
Carolina Coronado
En Varios Álbumes En Un Álbum Una De Cuyas Páginas Representaba El Nacimiento De Jesús
Venid, pastoras, el milagro hermoso
del niño Dios a ver; posa en el heno
tiene inclinado el rostro albo y sereno
sobre su descubierto hombro gracioso;
bajo de sus bracitos, tembloroso,
espumas miente, su desnudo seno
y hay, semejante al cerco de la luna,
un resplendor en torno de su cuna.
Junto al heno al bellísimo nacido
con amoroso afán de Virgen cela
y con sus brazos cándidos anhela
dar abrigo a su cuerpo entumecido;
así la blanca tórtola su nido
forma en las pajas y en sus bordes vela,
tendiendo entrambas alas tiernamente
para guardarle del glacial relente.
Pálidas de su rostro las colores
tiene la helada de la noche fría,
venid, el hijo amado de María,
venid, pastoras, a vestir con flores:
los divinos, dulcísimos amores
que el cielo con la tierra tuvo un día
vienen a rescatar la humana gente
del riesgo de sus culpas eminente.
Buenas pastoras, encended retama
que del santo portal deshaga el hielo
que al bendito Jesús daréis consuelo
con el calor de la amigable llama;
así al hijo de pecho que más ama
vuestro constante, maternal desvelo,
nunca les falte el seno en que adormido
posa en arrullo tierno embebecido.
del niño Dios a ver; posa en el heno
tiene inclinado el rostro albo y sereno
sobre su descubierto hombro gracioso;
bajo de sus bracitos, tembloroso,
espumas miente, su desnudo seno
y hay, semejante al cerco de la luna,
un resplendor en torno de su cuna.
Junto al heno al bellísimo nacido
con amoroso afán de Virgen cela
y con sus brazos cándidos anhela
dar abrigo a su cuerpo entumecido;
así la blanca tórtola su nido
forma en las pajas y en sus bordes vela,
tendiendo entrambas alas tiernamente
para guardarle del glacial relente.
Pálidas de su rostro las colores
tiene la helada de la noche fría,
venid, el hijo amado de María,
venid, pastoras, a vestir con flores:
los divinos, dulcísimos amores
que el cielo con la tierra tuvo un día
vienen a rescatar la humana gente
del riesgo de sus culpas eminente.
Buenas pastoras, encended retama
que del santo portal deshaga el hielo
que al bendito Jesús daréis consuelo
con el calor de la amigable llama;
así al hijo de pecho que más ama
vuestro constante, maternal desvelo,
nunca les falte el seno en que adormido
posa en arrullo tierno embebecido.
466
Carolina Coronado
Un Otro Con Igual Asunto
Abrid los ojos, célica María,
más que la luna del enero, claros,
abrid los ojos y mirad cuán raros
son los dones que Dios tierno os envía:
el serafín más bello que tenía
entre sus dulces serafines caros
coronado de rayos celestiales
coloca en vuestros brazos virginales.
¡Mirad quién se os estrecha a la garganta,
mirad qué labio os busca con anhelo,
mirad, que por el santo rey del cielo
qué gozosa estaréis con dicha tanta!
Al ser que a vuestro pecho se amamanta
velad; señora, con ardiente celo,
¡que ya desesperado y moribundo
dél solo espera salvación el mundo!
más que la luna del enero, claros,
abrid los ojos y mirad cuán raros
son los dones que Dios tierno os envía:
el serafín más bello que tenía
entre sus dulces serafines caros
coronado de rayos celestiales
coloca en vuestros brazos virginales.
¡Mirad quién se os estrecha a la garganta,
mirad qué labio os busca con anhelo,
mirad, que por el santo rey del cielo
qué gozosa estaréis con dicha tanta!
Al ser que a vuestro pecho se amamanta
velad; señora, con ardiente celo,
¡que ya desesperado y moribundo
dél solo espera salvación el mundo!
558
Carolina Coronado
La Adoración De Los Pastores
Sí; los cimientos del antiguo mundo
a estremecerse van: sonó la hora.—
Grecia exhala gemido moribundo,
y corónase Roma vencedora.
¡Vana corona! espíritu infecundo,
la religión cruel y destructora
de ese pueblo tan sabio y tan valiente
no ha de salvar la humanidad doliente.
¿Qué nos importa ver cómo levanta
arcos eternos, templos inmortales,
si el falso Dios a quien adora y canta,
no ha de aliviar del corazón los males?
El egipcio también su eterna planta
imprime en los confines orientales
y artes y ciencias, con pasmoso yerro,
postra a la vil adoración de un perro.
¿Qué la inútil pirámide en la tierra
sino los templos de Atenas han logrado,
si el alma, triste en su perpetua guerra,
divina religión no han inspirado?
¿Qué vale ese poder que nos aterra,
en colosales piedras levantado,
si el consuelo, que aguardan tantos seres,
no han de darlo el orgullo y los placeres?
No basta que las águilas de Roma,
las poderosas alas extendiendo,
se bañen en el mar que hundió a Sodoma,
su plumaje hasta Iberia sacudiendo;
esas águilas, no: —Blanca paloma,
de las legiones entre el ronco estruendo,
descendiendo a los Líbanos de oriente,
vendrá a regenerar el occidente.
Hay en el Asia una comarca bella,
de montañas de cedros sombreada,
y ha dicho el ángel que esperemos de ella
la religiosa fuente deseada;
bajo aquel puro sol, casta doncella
vive tranquila, del Señor guardada,
y ha dicho el ángel, que en su limpio seno
se ha de engendrar al Dios paciente y bueno.
¿Dónde sino en la tierra del Profeta,
que habló con el Señor en la montaña,
y a su Ley reprimió la tribu inquieta,
ciega a los rayos de la luz extraña;
dónde sino en la tierra del poeta
patriarcal, y en la plácida cabaña,
del pastor inocente del carmelo,
pudiera colocar su cuna al cielo?
Glorifícate, pueblo de Judea,
tú fuiste del Señor el escogido:
perdió sus templos la ciudad hebrea,
la reina de las reinas ha caído;
tú cediste cobarde en la pelea,
las tablas de tus leyes se han perdido,
tu tribu en el desierto errante gime;
pero en ti nace el dios que nos redime.
Árabes, que cruzáis la seca arena,
hijos de Salomón, David, Elías,
suspended un instante la faena,
dejad el caminar para otros días:
el Jehová que diluvia, el Dios que truena,
el que abrasa ciudades, por impías,
otra vez a nosotros se aparece,
y a su anuncio la tierra se estremece.
Dejad en el desierto los camellos,
y en el río que baña a Galilea,
bajo la sombra de los cedros bellos,
aguardad a que el sol perdido sea;
mirad cómo se apagan sus destellos:
ya en los montes oculto centellea,
y vienen los pastores fatigados
hacia el redil trayendo sus ganados.
Ya hemos visto surgir tibio lucero;
la fresca brisa de la noche vuela,
y el can, de las ovejas compañero,
guarda inmutable a sus espaldas vela;
ya enciende la candela en el otero
el pastor y ya duerme la Gacela
y silencioso el valle inspira al alma
santo placer y religiosa calma.
Pero no suenan cantos celestiales,
ni la luna esta noche es más lucida
porque venga esta noche a los mortales
la aparición del ángel prometida:
a nosotros no más, a nuestros males,
no este gozo a los ángeles convida,
que gozosos están siempre en el ciclo,
y jamás necesitan de consuelo.
Nosotros solos al Señor que nace
himnos de regocijo preparemos;
si el ángel mudo a nuestras dichas yace,
nosotros por los ángeles cantemos:
y a la señal de su venida hace
la tierra, conmovida en sus extremos,
cual si la planta del Señor la hiriera
y el perdido equilibrio la volviera.
A un lado Babilonia, a otro Palmira.
Y más cerca Pentápolis y Tiro,
del Señor derribadas por la ira,
¡oh qué elocuencia dan a este retiro,
donde la Virgen lánguida suspira!
¡oh cómo el genio del Señor admiro.
Que nace humilde en estas soledades,
sepulcro de tan locas vanidades!
Desde que Dios creó la luz hermosa,
desde el diluvio que anegó al viviente,
no ha creado en su ciencia milagrosa
un prodigio el Señor más imponente;
la sombra de Moisés, sobre la losa
del desierto, se inclina reverente,
y por los valles del Jordán inquietas
se cruzan las de todos los profetas.
Tal vez en eco inteligible canta
esa turba de genios misteriosa,
y no entendemos su palabra santa
en el rumor del aura vagorosa;
del Líbano, tal vez, en la garganta
pulsa Daniel el arpa religiosa,
y al oír de la Virgen el gemido
«¡Hosanna!» entona «¡Hosanna!»
repetido.
... ¡Gracias, doliente y pálida María,
la más hermosa en la creación entera!
Como el dulce panal que Grecia cría,
tus blancos pechos son de miel y cera.
Cuando al dolor tu faz palidecía,
cuando lanzabas queja lastimera,
de la oscilante luz a los reflejos,
lloraban los pastores a lo lejos.
Sin púrpura, sin oro, entre las pajas,
sólo tus alas, tórtola amorosa,
prestan abrigo y delicadas fajas
al que ha de alzar bandera tan gloriosa;
así de Egipto en las arenas bajas
nace la escasa vena que ruidosa
pronto en inmenso Nilo convertida
inunda los desiertos atrevida.
Tú le nutres —los globos de tu seno
por la divina leche abastecidos,
como del cielo en el azul sereno
pálida luna, brillan conmovidos
por el amor materno; y junto al heno
contra los labios de Jesús unidos,
gota por gota el néctar le derraman
y al percibir su boca más se inflaman.
No sé pintar la suavidad preciosa
que presta la ternura a tu semblante
cuando inclinas la frente majestuosa
para besar sus labios anhelante;
la expresión de tus ojos luminosa.
Y de tus brazos la actitud amante
mira absorto el pastor, y a cada beso
redobla su atención y su embeleso.
No sé decir lo que mi pecho siente
al ver dormido en la pajiza cuna
al que Rey ha de ser de tanta gente,
que a su diadema igual no habrá ninguna;
no sé decir la admiración ferviente
con que miro a los rayos de la luna
su rubia sien, en donde la divina
flor de la eterna cristiandad germina...
¡Cuán grande vienes tú, señor, cuán puro!
¡Cuán pequeños y míseros nos hallas!
¡Cuán brillante es tu genio, y cuán oscuro
el genio que nos lanza a las batallas!
¡Cuán firme es tu bajel! ¡Cuán inseguro
el nuestro en ese mar! ¡Qué recias vallas
puede oponer tu ley a las pasiones!
¡Qué endebles nuestras frágiles razones!
Ven a escuchar los males que sufrimos,
ven a calmar las penas que lloramos;
hace ya mucho tiempo que nacimos
mucho tiempo, Señor, que te aguardamos;
a tu virtud, señor, sólo acudimos,
en tu saber tan sólo confiamos,
y cuanta fue mayor nuestra amargura,
esperamos de ti mayor dulzura.
A ti el justo, el sufrido, el virtuoso,
el regenerador, el fuerte, el sabio,
vendremos en tropel tumultuoso,
con el crimen, la pena y el agravio;
a ti el consolador, el generoso,
revelaremos con ingenuo labio
el llanto y los secretos torcedores
de nuestros más recónditos dolores.
En concierto, Señor, miles de bocas
vendremos a clamar a tus oídos;
en tu fe, como el águila en las rocas,
descansarán los ánimos rendidos;
necias quimeras, esperanzas locas,
desengaños y errores confundidos
desahogarán en ti su cauce humano,
cual los hinchados ríos de Océano.
¡Ay! Tú sabrás las hondas aflicciones
que tienen abrumadas nuestras vidas,
verás nuestros postrados corazones,
registrarás sus llagas escondidas;
tú del cuerpo infeliz de las naciones
desgarrarás las venas corrompidas,
¡y nueva sangre y nuevo movimiento,
les darás con tu sangre y con tu aliento!
a estremecerse van: sonó la hora.—
Grecia exhala gemido moribundo,
y corónase Roma vencedora.
¡Vana corona! espíritu infecundo,
la religión cruel y destructora
de ese pueblo tan sabio y tan valiente
no ha de salvar la humanidad doliente.
¿Qué nos importa ver cómo levanta
arcos eternos, templos inmortales,
si el falso Dios a quien adora y canta,
no ha de aliviar del corazón los males?
El egipcio también su eterna planta
imprime en los confines orientales
y artes y ciencias, con pasmoso yerro,
postra a la vil adoración de un perro.
¿Qué la inútil pirámide en la tierra
sino los templos de Atenas han logrado,
si el alma, triste en su perpetua guerra,
divina religión no han inspirado?
¿Qué vale ese poder que nos aterra,
en colosales piedras levantado,
si el consuelo, que aguardan tantos seres,
no han de darlo el orgullo y los placeres?
No basta que las águilas de Roma,
las poderosas alas extendiendo,
se bañen en el mar que hundió a Sodoma,
su plumaje hasta Iberia sacudiendo;
esas águilas, no: —Blanca paloma,
de las legiones entre el ronco estruendo,
descendiendo a los Líbanos de oriente,
vendrá a regenerar el occidente.
Hay en el Asia una comarca bella,
de montañas de cedros sombreada,
y ha dicho el ángel que esperemos de ella
la religiosa fuente deseada;
bajo aquel puro sol, casta doncella
vive tranquila, del Señor guardada,
y ha dicho el ángel, que en su limpio seno
se ha de engendrar al Dios paciente y bueno.
¿Dónde sino en la tierra del Profeta,
que habló con el Señor en la montaña,
y a su Ley reprimió la tribu inquieta,
ciega a los rayos de la luz extraña;
dónde sino en la tierra del poeta
patriarcal, y en la plácida cabaña,
del pastor inocente del carmelo,
pudiera colocar su cuna al cielo?
Glorifícate, pueblo de Judea,
tú fuiste del Señor el escogido:
perdió sus templos la ciudad hebrea,
la reina de las reinas ha caído;
tú cediste cobarde en la pelea,
las tablas de tus leyes se han perdido,
tu tribu en el desierto errante gime;
pero en ti nace el dios que nos redime.
Árabes, que cruzáis la seca arena,
hijos de Salomón, David, Elías,
suspended un instante la faena,
dejad el caminar para otros días:
el Jehová que diluvia, el Dios que truena,
el que abrasa ciudades, por impías,
otra vez a nosotros se aparece,
y a su anuncio la tierra se estremece.
Dejad en el desierto los camellos,
y en el río que baña a Galilea,
bajo la sombra de los cedros bellos,
aguardad a que el sol perdido sea;
mirad cómo se apagan sus destellos:
ya en los montes oculto centellea,
y vienen los pastores fatigados
hacia el redil trayendo sus ganados.
Ya hemos visto surgir tibio lucero;
la fresca brisa de la noche vuela,
y el can, de las ovejas compañero,
guarda inmutable a sus espaldas vela;
ya enciende la candela en el otero
el pastor y ya duerme la Gacela
y silencioso el valle inspira al alma
santo placer y religiosa calma.
Pero no suenan cantos celestiales,
ni la luna esta noche es más lucida
porque venga esta noche a los mortales
la aparición del ángel prometida:
a nosotros no más, a nuestros males,
no este gozo a los ángeles convida,
que gozosos están siempre en el ciclo,
y jamás necesitan de consuelo.
Nosotros solos al Señor que nace
himnos de regocijo preparemos;
si el ángel mudo a nuestras dichas yace,
nosotros por los ángeles cantemos:
y a la señal de su venida hace
la tierra, conmovida en sus extremos,
cual si la planta del Señor la hiriera
y el perdido equilibrio la volviera.
A un lado Babilonia, a otro Palmira.
Y más cerca Pentápolis y Tiro,
del Señor derribadas por la ira,
¡oh qué elocuencia dan a este retiro,
donde la Virgen lánguida suspira!
¡oh cómo el genio del Señor admiro.
Que nace humilde en estas soledades,
sepulcro de tan locas vanidades!
Desde que Dios creó la luz hermosa,
desde el diluvio que anegó al viviente,
no ha creado en su ciencia milagrosa
un prodigio el Señor más imponente;
la sombra de Moisés, sobre la losa
del desierto, se inclina reverente,
y por los valles del Jordán inquietas
se cruzan las de todos los profetas.
Tal vez en eco inteligible canta
esa turba de genios misteriosa,
y no entendemos su palabra santa
en el rumor del aura vagorosa;
del Líbano, tal vez, en la garganta
pulsa Daniel el arpa religiosa,
y al oír de la Virgen el gemido
«¡Hosanna!» entona «¡Hosanna!»
repetido.
... ¡Gracias, doliente y pálida María,
la más hermosa en la creación entera!
Como el dulce panal que Grecia cría,
tus blancos pechos son de miel y cera.
Cuando al dolor tu faz palidecía,
cuando lanzabas queja lastimera,
de la oscilante luz a los reflejos,
lloraban los pastores a lo lejos.
Sin púrpura, sin oro, entre las pajas,
sólo tus alas, tórtola amorosa,
prestan abrigo y delicadas fajas
al que ha de alzar bandera tan gloriosa;
así de Egipto en las arenas bajas
nace la escasa vena que ruidosa
pronto en inmenso Nilo convertida
inunda los desiertos atrevida.
Tú le nutres —los globos de tu seno
por la divina leche abastecidos,
como del cielo en el azul sereno
pálida luna, brillan conmovidos
por el amor materno; y junto al heno
contra los labios de Jesús unidos,
gota por gota el néctar le derraman
y al percibir su boca más se inflaman.
No sé pintar la suavidad preciosa
que presta la ternura a tu semblante
cuando inclinas la frente majestuosa
para besar sus labios anhelante;
la expresión de tus ojos luminosa.
Y de tus brazos la actitud amante
mira absorto el pastor, y a cada beso
redobla su atención y su embeleso.
No sé decir lo que mi pecho siente
al ver dormido en la pajiza cuna
al que Rey ha de ser de tanta gente,
que a su diadema igual no habrá ninguna;
no sé decir la admiración ferviente
con que miro a los rayos de la luna
su rubia sien, en donde la divina
flor de la eterna cristiandad germina...
¡Cuán grande vienes tú, señor, cuán puro!
¡Cuán pequeños y míseros nos hallas!
¡Cuán brillante es tu genio, y cuán oscuro
el genio que nos lanza a las batallas!
¡Cuán firme es tu bajel! ¡Cuán inseguro
el nuestro en ese mar! ¡Qué recias vallas
puede oponer tu ley a las pasiones!
¡Qué endebles nuestras frágiles razones!
Ven a escuchar los males que sufrimos,
ven a calmar las penas que lloramos;
hace ya mucho tiempo que nacimos
mucho tiempo, Señor, que te aguardamos;
a tu virtud, señor, sólo acudimos,
en tu saber tan sólo confiamos,
y cuanta fue mayor nuestra amargura,
esperamos de ti mayor dulzura.
A ti el justo, el sufrido, el virtuoso,
el regenerador, el fuerte, el sabio,
vendremos en tropel tumultuoso,
con el crimen, la pena y el agravio;
a ti el consolador, el generoso,
revelaremos con ingenuo labio
el llanto y los secretos torcedores
de nuestros más recónditos dolores.
En concierto, Señor, miles de bocas
vendremos a clamar a tus oídos;
en tu fe, como el águila en las rocas,
descansarán los ánimos rendidos;
necias quimeras, esperanzas locas,
desengaños y errores confundidos
desahogarán en ti su cauce humano,
cual los hinchados ríos de Océano.
¡Ay! Tú sabrás las hondas aflicciones
que tienen abrumadas nuestras vidas,
verás nuestros postrados corazones,
registrarás sus llagas escondidas;
tú del cuerpo infeliz de las naciones
desgarrarás las venas corrompidas,
¡y nueva sangre y nuevo movimiento,
les darás con tu sangre y con tu aliento!
509
Carolina Coronado
La Fe Perdida
¡Permitidme reír!... brotan mis labios
manantiales de risa bullidora,
que romper no me deja por ahora
en el llanto hacia vos, jóvenes sabios.
Perdonad a la Musa que no llora,
si tal vez en reír os hace agravios,
un momento no más, y ya serena
entonaros podré mi cantilena.
Sed indulgentes... ruda, campesina,
no estuve en vuestra escuela cortesana:
y cuando el hecho a sonreír me inclina,
mi voluntad para gemir es vana;
y, por Dios, que esta causa peregrina
que me incita a reír con tanta gana,
jovial hiciera al mismo Jeremías,
si alzara la cabeza en nuestros días.
Mas no: la indignación me preste acento:
que no hasta la risa del sarcasmo
para explicaros el pavor que siento,
la maravilla y el enojo y pasmo
al veros en cobarde desaliento
renunciar con desdén al entusiasmo,
lanzar vuestras creencias de la vida,
¡y cantar a una voz la fe perdida!
La fe perdida en el amor que os ama;
la fe perdida en la amistad que os guía;
la fe perdida en el honor que os llama;
la fe perdida hasta en el Dios que os cría;
Quimera es el saber sueño la fama;
la Religión —decís— hipocresía;
sombra la dicha, la virtud escoria,
polvo las almas, ilusión la gloria.
¡Me dais espanto! vuestras almas frías
parécenme a las noches tempestuosas
que prestan con sus bóvedas sombrías
resguardo a las acciones vergonzosas
a la sombra falaz de esas teorías,
que anublan las creencias más hermosas,
¿qué os proponéis con vuestra fe perdida,
sino ocultar errores de la vida?
¿Será que el mundo se tornó malvado
desde que hayáis vosotros a él venido?
Tierra que el bien y el mal siempre ha brotado
¿la semilla del bien hoy ha perdido?
¿Ni una planta siquiera le ha quedado?
¿Ni un retoño siquiera ha florecido?
¿Sabéis que el mundo tan horrible sea;
o es vuestra mala fe la que lo afea?
¡Ay! perdonadme: indignación tampoco
debe el alma sentir: sino tristeza,
porque tenéis vuestro cerebro loco,
y merecéis blandura, no dureza;
es menester llevaros poco a poco
remedios que os serenen la cabeza,
hasta que el juicio claro se os presente,
y el sol veáis y conozcáis la gente.
Permitid que os conduzca por la mano
a la morada de la casta esposa,
que de su dueño incrédulo y tirano
sufre el áspero trato silenciosa.—
Os mostraré también al recto anciano,
que en el humilde hogar pobre reposa,
porque acertó a elegir en su conciencia
entre indigencia y hurto, la indigencia.
Y os mostraré a la joven pura y bella,
que sufre la miseria resignada,
aunque el mundo también se mofe de ella,
y muera en soledad abandonada...
yo sé que lloraréis, si la querella
escucháis que os dirige lastimada
aquella sociedad desconocida,
donde cantasteis vuestra fe perdida.
¿Tal himno le entonáis al fiel soldado,
que por su patria muere en la pelea?
¿Muere sin que os merezca el desdichado
siquiera el premio de que en él se crea?
La madre que en su pecho extenuado
lleva amorosa al niño a quien recrea,
dándole el jugo de su propia vida
¿también ha de escuchar la fe perdida?
Tal vez, cuando el hermano generoso
cede su propio pan al tierno hermano
cantáis el egoísmo vergonzoso
y blasfemáis del corazón humano;
tal vez, en vuestro canto rencoroso
os quejáis del espíritu liviano,
cuando ahogando en el pecho sus pasiones,
la mujer de virtud os da lecciones.
Y en tanto que en el bello gabinete
contra la humana ingratitud declama,
el literato escéptico, y derrama
hiel sobre el mundo que a su ley somete;
digna de que por ella se respete
la humanidad, que el literato infama,
llorando insomne con la vista fija
sobre la anciana enferma vela su hija.
Y se arrodilla, y con su ardiente boca
los yertos pies de la doliente abriga:
su calva frente con blandura toca,
y la enjuga el sudor que la fatiga,
Teme, se desconsuela, a Dios invoca.
Y levanta dulcísima y amiga
su oración por la vida de la anciana,
cuando injuriando estáis la raza humana.
¡Almas ingratas sois a las bondades,
ingratas a los nobles sacrificios;
que sólo abrís los ojos a los vicios
y veis tan sólo el mundo de maldades;
y nos pintáis después esas ciudades
como espantosos, inciertos precipios,
que hundieron vuestras dulces ilusiones
y gastaron los tiernos corazones!
¿Qué aliento dais al generoso instinto,
que en el niño gentil brilla naciente,
si le arrojáis ese anatema hiriente,
su entusiasmo infantil dejando extinto?
Si de dudas el vago laberinto
señaláis por camino al inocente,
¿qué virtud aguardáis, qué heroica
hazaña
de esta generación virgen de España?
¿No sabéis dibujar, rudos pintores,
sino de informes copias los trasuntos?
¿No podéis con finísimos colores
lo bello y lo real mostrarnos juntos?
¿No sabéis, infelices trovadores,
más que cantar las tumbas y difuntos,
o lanzarnos sarcasmos que os inspiran
la furia que se esconde en vuestra lira?...
En vano es ese canto lastimero,
que a la sensible humanidad ultraja
y que rechaza el corazón sincero,
como una ofensa calumniosa y baja;
el mundo es ora como fue primero,
de virtudes y vicios gran baraja,
cuyos signos diversos y figuras
confundís de este siglo las criaturas.
Y de este siglo, que decís malvado,
han de alzarse animosos corazones,
que reanimen la fe que habéis ahogado
con vuestras falsas míseras lecciones.
No juzguéis porque el pueblo os ha escuchado
llorar vuestras amargas decepciones,
que también para siempre descreído
la fe como vosotros ha perdido.
El germen de virtud que en él se encierra,
brotará, como planta que en invierno
descansa en las entrañas de la tierra
y alza en verano su capullo tierno;
por más que vuestro orgullo les aferra
con descripciones del mundano infierno,
los buenos os dirán que habéis mentido,
porque llamáis al siglo corrompido.
Vosotros que pugnáis con odio loco
por degradaros en la raza humana,
malos como decís no sois tampoco,
sino esclavos de moda bien tirana;
¡Triste Espronceda, que avivaste el foco
de la maligna Musa Castellana!
¿Oyes cómo tu Trova repetida
suena en el Canto de la fe perdida?
¡Compasión a vosotros, pobres gentes,
que no tenéis ni en Dios ya confianza!
Son cual hondas cavernas vuestras mentes
donde jamás del sol el rayo alcanza:
puedan de Dios las voces elocuentes
devolveros de nuevo la esperanza;
y veréis cuán hermosa que es la vida
con esa fe que lamentáis perdida.
Hay siempre un ser benéfico y sensible
a quien volver los ojos en la pena:
hay siempre un alma cariñosa y buena,
que su tierna amistad nos dé apacible;
y si en el mundo todo aborrecible
no hubiese más amor que el de la hiena,
¡un manantial fecundo de consuelo
nos queda siempre en el amor del cielo!
manantiales de risa bullidora,
que romper no me deja por ahora
en el llanto hacia vos, jóvenes sabios.
Perdonad a la Musa que no llora,
si tal vez en reír os hace agravios,
un momento no más, y ya serena
entonaros podré mi cantilena.
Sed indulgentes... ruda, campesina,
no estuve en vuestra escuela cortesana:
y cuando el hecho a sonreír me inclina,
mi voluntad para gemir es vana;
y, por Dios, que esta causa peregrina
que me incita a reír con tanta gana,
jovial hiciera al mismo Jeremías,
si alzara la cabeza en nuestros días.
Mas no: la indignación me preste acento:
que no hasta la risa del sarcasmo
para explicaros el pavor que siento,
la maravilla y el enojo y pasmo
al veros en cobarde desaliento
renunciar con desdén al entusiasmo,
lanzar vuestras creencias de la vida,
¡y cantar a una voz la fe perdida!
La fe perdida en el amor que os ama;
la fe perdida en la amistad que os guía;
la fe perdida en el honor que os llama;
la fe perdida hasta en el Dios que os cría;
Quimera es el saber sueño la fama;
la Religión —decís— hipocresía;
sombra la dicha, la virtud escoria,
polvo las almas, ilusión la gloria.
¡Me dais espanto! vuestras almas frías
parécenme a las noches tempestuosas
que prestan con sus bóvedas sombrías
resguardo a las acciones vergonzosas
a la sombra falaz de esas teorías,
que anublan las creencias más hermosas,
¿qué os proponéis con vuestra fe perdida,
sino ocultar errores de la vida?
¿Será que el mundo se tornó malvado
desde que hayáis vosotros a él venido?
Tierra que el bien y el mal siempre ha brotado
¿la semilla del bien hoy ha perdido?
¿Ni una planta siquiera le ha quedado?
¿Ni un retoño siquiera ha florecido?
¿Sabéis que el mundo tan horrible sea;
o es vuestra mala fe la que lo afea?
¡Ay! perdonadme: indignación tampoco
debe el alma sentir: sino tristeza,
porque tenéis vuestro cerebro loco,
y merecéis blandura, no dureza;
es menester llevaros poco a poco
remedios que os serenen la cabeza,
hasta que el juicio claro se os presente,
y el sol veáis y conozcáis la gente.
Permitid que os conduzca por la mano
a la morada de la casta esposa,
que de su dueño incrédulo y tirano
sufre el áspero trato silenciosa.—
Os mostraré también al recto anciano,
que en el humilde hogar pobre reposa,
porque acertó a elegir en su conciencia
entre indigencia y hurto, la indigencia.
Y os mostraré a la joven pura y bella,
que sufre la miseria resignada,
aunque el mundo también se mofe de ella,
y muera en soledad abandonada...
yo sé que lloraréis, si la querella
escucháis que os dirige lastimada
aquella sociedad desconocida,
donde cantasteis vuestra fe perdida.
¿Tal himno le entonáis al fiel soldado,
que por su patria muere en la pelea?
¿Muere sin que os merezca el desdichado
siquiera el premio de que en él se crea?
La madre que en su pecho extenuado
lleva amorosa al niño a quien recrea,
dándole el jugo de su propia vida
¿también ha de escuchar la fe perdida?
Tal vez, cuando el hermano generoso
cede su propio pan al tierno hermano
cantáis el egoísmo vergonzoso
y blasfemáis del corazón humano;
tal vez, en vuestro canto rencoroso
os quejáis del espíritu liviano,
cuando ahogando en el pecho sus pasiones,
la mujer de virtud os da lecciones.
Y en tanto que en el bello gabinete
contra la humana ingratitud declama,
el literato escéptico, y derrama
hiel sobre el mundo que a su ley somete;
digna de que por ella se respete
la humanidad, que el literato infama,
llorando insomne con la vista fija
sobre la anciana enferma vela su hija.
Y se arrodilla, y con su ardiente boca
los yertos pies de la doliente abriga:
su calva frente con blandura toca,
y la enjuga el sudor que la fatiga,
Teme, se desconsuela, a Dios invoca.
Y levanta dulcísima y amiga
su oración por la vida de la anciana,
cuando injuriando estáis la raza humana.
¡Almas ingratas sois a las bondades,
ingratas a los nobles sacrificios;
que sólo abrís los ojos a los vicios
y veis tan sólo el mundo de maldades;
y nos pintáis después esas ciudades
como espantosos, inciertos precipios,
que hundieron vuestras dulces ilusiones
y gastaron los tiernos corazones!
¿Qué aliento dais al generoso instinto,
que en el niño gentil brilla naciente,
si le arrojáis ese anatema hiriente,
su entusiasmo infantil dejando extinto?
Si de dudas el vago laberinto
señaláis por camino al inocente,
¿qué virtud aguardáis, qué heroica
hazaña
de esta generación virgen de España?
¿No sabéis dibujar, rudos pintores,
sino de informes copias los trasuntos?
¿No podéis con finísimos colores
lo bello y lo real mostrarnos juntos?
¿No sabéis, infelices trovadores,
más que cantar las tumbas y difuntos,
o lanzarnos sarcasmos que os inspiran
la furia que se esconde en vuestra lira?...
En vano es ese canto lastimero,
que a la sensible humanidad ultraja
y que rechaza el corazón sincero,
como una ofensa calumniosa y baja;
el mundo es ora como fue primero,
de virtudes y vicios gran baraja,
cuyos signos diversos y figuras
confundís de este siglo las criaturas.
Y de este siglo, que decís malvado,
han de alzarse animosos corazones,
que reanimen la fe que habéis ahogado
con vuestras falsas míseras lecciones.
No juzguéis porque el pueblo os ha escuchado
llorar vuestras amargas decepciones,
que también para siempre descreído
la fe como vosotros ha perdido.
El germen de virtud que en él se encierra,
brotará, como planta que en invierno
descansa en las entrañas de la tierra
y alza en verano su capullo tierno;
por más que vuestro orgullo les aferra
con descripciones del mundano infierno,
los buenos os dirán que habéis mentido,
porque llamáis al siglo corrompido.
Vosotros que pugnáis con odio loco
por degradaros en la raza humana,
malos como decís no sois tampoco,
sino esclavos de moda bien tirana;
¡Triste Espronceda, que avivaste el foco
de la maligna Musa Castellana!
¿Oyes cómo tu Trova repetida
suena en el Canto de la fe perdida?
¡Compasión a vosotros, pobres gentes,
que no tenéis ni en Dios ya confianza!
Son cual hondas cavernas vuestras mentes
donde jamás del sol el rayo alcanza:
puedan de Dios las voces elocuentes
devolveros de nuevo la esperanza;
y veréis cuán hermosa que es la vida
con esa fe que lamentáis perdida.
Hay siempre un ser benéfico y sensible
a quien volver los ojos en la pena:
hay siempre un alma cariñosa y buena,
que su tierna amistad nos dé apacible;
y si en el mundo todo aborrecible
no hubiese más amor que el de la hiena,
¡un manantial fecundo de consuelo
nos queda siempre en el amor del cielo!
613