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Poemas en este tema

Vida y Existencia

Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Ángela

Ángela, melancólica mi alma
hacia tus brazos encamina el vuelo
ansiosa de encontrar en ellos calma.

Que, siempre son los ángeles del cielo
ésos que nos arrullan blandamente
y nos prestan reposo y dan consuelo.

Tú tienes una voz que el ruido miente
de las sencillas tórtolas, y el eco
del murmurar tranquilo de la fuente,

Y aunque en el pecho de inocencia seco
no halle lugar tan cándido sonido
halla en el mío dilatado hueco.

Si, yo mi juventud no he consumido,
conservo la ilusión y el sentimiento
y aun puedo al tierno amor prestar oído:

Ora célebre amor tu tierno acento,
ora te duelas dél, siempre te escucha
mi enternecido corazón atento.

Y si en el siglo de ambición y lucha
consuelo mutuamente no nos damos
de nuestras almas a la pena mucha,

Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
de nuestra musa juvenil llevamos?

De rosas y jazmines el cabello
te puedo coronar, sino ambiciosa
por ceñir el laurel doblas el cuello:

Yo quiero consagrar mi edad penosa
a celebrar las cándidas doncellas
que sólo en su amistad mi alma reposa;

Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
y en sus arpas dulcísimas y santas
el consuelo y la paz de mis querellas.

Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
a Dios ya los amores de mi vida
raudal perpetuo de emociones tantas.

Por eso ya sintiéndome abatida
el alma hacia tus brazos encamino
porque en ellos la des bella acogida.

Más precio yo tu arrullo peregrino
que de las trompas bélicas los sones
donde horribles batallas imagino,

Más precio yo, doncella, tus canciones
que los oscuros libros de la historia
donde jamás hallé sino borrones;

Más precio de amistad la suave gloria,
más de mis compañeros la sonrisa
que del mayor guerrero la victoria.

De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
cantan sobre los rudos encinares
mecidas en sus ramas por la brisa:

Así das tú compaña a mis pesares
aliento a un pecho lánguido infundiendo
con el celeste ardor de tus cantares...

Ya no sufro; mis párpados cayendo
a tu benigno influjo, dulce amiga,
poco a poco y mi espíritu adurmiendo
en tus brazos se van... ¡Dios te bendiga!
839
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Flor Del Agua

¿Por qué tiembla? —No lo sabe.
¿Qué aguarda en el lago? —Nada.—
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.

Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.

Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.

¡Ya se inunda!... ¡Ya se eleva!...
¡Ya la corriente la traga!...
¡Ya navega... ya naufraga!
¡Ya se salva... ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!...
¡Ya de nuevo sobre-nada
en el agua que la hundió!...

Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.

Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.

Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.

Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.

Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!...

¿Cuál es tu barca? —Una lira.
—¿Qué traes en ella? —Sonidos.
—¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.

¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.

¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? —Amores—.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son... nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,

Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.—

¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?...
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.

Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;

Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.
900
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Lidia

Error, mísero error, Lidia, si dicen
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.

¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!

Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.

Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.

Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;

Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.

¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.

Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.

«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos
ultrajes!

¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.

¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?

¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?

No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.

Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.

Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.

Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.

¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!

No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos...

Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
823
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

771
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

771
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

771
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A S m La Reina Madre Doña María Cristina De Borbón

Aquel nombre primero
que bendijo mi labio balbuciente,
después que prisionero
vi a mi padre inocente,
fue, Señora, tu nombre reverente.

Aquella faz hermosa
que, después de la faz hermosa y santa
de mi madre amorosa
miré con ansia tanta,
fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.

La primera alegría
que de mi triste infancia en los albores
recuerda el alma mía,
brotó con tus favores
como al rayo del sol brotan las flores.

Y la primera gala
que el sereno y trasparente cielo
al puro azul iguala,
la vestí con anhelo
por celebrar tu nombre y mi consuelo.

Yo entonces no sabía
cómo en la vaga mente se creaba
la sonora poesía,
pero entonces cantaba
los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.

De tu dulce amnistía
a la sombra feliz hemos crecido,
las que niñas un día
tanto habemos sufrido
que sin ti fuera triste haber nacido.

Con noche muy oscura
nacimos en el siglo desgraciado,
y nunca la luz pura
hubiéramos gozado
si no le amaneciera tu reinado.

Luz trajo tu venida,
luz tu sonrisa, luz es tu mirada,
y a tu luz atraída,
ave desorientada,
yo te vine a buscar triste y cansada.

Y tú al ave importuna
que de Aranjuez al campo retirado
fue a gemir su fortuna,
tendiste con agrado
tu mano, que es su nido regalado.

Al verte, a mi memoria
vino el recuerdo de la infancia mía,
toda la amarga historia
del padre que gemía,
y tu grandeza soberana y pía.

Recordé tu hermosura,
como del campo la primera mañana
que en nuestra infancia pura.
Con el alba lozana,
se muestra tan risueña y tan galana.

Y los himnos suaves
que gozosos cantaban mis hermanos,
al compás de las aves,
por los floridos llanos,
en honor de tus rasgos soberanos.

Y por eso a tu planta,
sin poder exhalar palabra alguna
mi anudada garganta,
quedé, como en la cuna
el niño embelesado al ver la luna.

Y nunca mi cariño
te pudiera expresar con un acento,
si, cual la madre al niño,
no me enseñara atento
tu labio a traducir mi pensamiento.

Tú al canto del Petrarca
y del Tasso a los épicos sonidos,
en la bella comarca
los muy blandos oídos
tienes acostumbrados y entendidos.

Yo no sé hacer canciones
que el genio inspira, que el talento ordena,
mas, ¡ah! los corazones
que el entusiasmo llena,
tienen de gratitud fecunda vena.

De un alma agradecida
comprende el amoroso sentimiento,
sin arte y sin medida,
que el agradecimiento
es, Señora, virtud, mas no talento.

Mejor sé verter llanto
estrechando tus manos contra el pecho,
que encerrar en mi canto,
con un límite estrecho,
la gratitud que Dios tan grande ha hecho.

Al decir que te ama
el corazón, Señora, no se inquieta
por la Apolínea llama
que, al numen no sujeta,
prefiero ser mujer a ser poeta.

No puedo consagrarte
rico poema do tu augusto nombre
con perfección del arte
al universo asombre,
que los épicos cantos son del hombre.

Mas ruego cada día
en piadosa oración, que es más sonora,
a la Virgen María,
que te sea, Señora,
como eres tú, mi augusta protectora.
488
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Siglo De Las Reinas Al Nacimiento De La Princesa De Asturias

¿Quién nos llora?... un dulcísimo lamento
en el lejano viento
me parece escuchar... ¿Resuena un lloro,
o es el gemido blando
que en las peñas rodando
alza el agua del Gévora sonoro?

Mas, ¿no es el medio siglo?... ¿No es el día
en que nacer debía
nueva princesa, porque Dios abona
su reinado en el mundo,
y de reinas fecundo
es de reinas por siglos la corona?

En dos brazos el siglo dividido
el uno ha recorrido
doce veces las horas del pasado,
y lento en su carrera
el otro de la esfera
a la mitad del círculo ha llegado.

Ésta es la hora del suceso fijo
que el alma nos predijo
cuando rogamos con fervor al cielo,
y el acento más leve
que la ráfaga lleve
será la voz del ángel del consuelo.

¡Ay! yo apartada en valle tan distante
escucho palpitante
de roncos vientos el rumor lejano,
y no puede mi oído
percibir si el gemido
se exhala del alcázar soberano.

Pero es mi corazón arpa vibrante,
que rompe en este instante
lanzando un himno de alegría a España,
y si me engaña el viento
remedando un acento,
la santa inspiración nunca me engaña.

¡Oh vosotros ligeros peregrinos
que podéis los caminos
cruzar por la pendiente de estas sierras!
Volad a las ciudades,
y desde Creux a Gades
veréis el resplandor de nuestras tierras.

Si andáis de vuestra patria desterrados,
¡oh pobres desgraciados!
sabed que ya al hogar volvéis mañana,
sabed que vuestros hijos
con locos regocijos
se acercan al cañón y a la campana.

El bronce va a lanzar con voz tonante,
mísero caminante,
el grito de perdón de torre en torre,
perdón de muro en muro,
y del perdón seguro
ya de la torre al muro el niño corre.

Esa voz misteriosa que gemía,
y que el son parecía
del viento que murmura en la palmera,
ese lloro suave
como el trino de un ave,
del ángel salvador el llanto era.

¿Por qué vienes llorando, tú, alma mía,
si eres nuestra alegría
y a esperarte los pueblos van cantando?
¿Por qué tu boca pura
que nos da la ventura,
ángel del cielo, nos la da llorando?

¡Bendito el llanto que tu rostro baña,
riego fecundo a España,
bebida de los pobres condenados
a los duros tormentos
que caminan sedientos
de sus huérfanos hijos apartados!

Agua bendita que de culpas lava
la humilde frente esclava
del que amarrado a las argollas gime;
¡cuántos beben tu llanto
y aclaman por mi canto
al ángel salvador que los redime!

Tú eres sólo, Señora, la afligida,
tú que eres tan querida,
tú que nos cumples la esperanza santa,
tú que el dolor serenas,
tú que calmas las penas,
tú sola lloras cuando el reino canta.

Hoy se calman por ti nuestros rencores,
hoy todos los clamores
son un canto de paz a tu venida,
tus tierras y tus mares
resuenan en cantares
que América repite conmovida.

Tus villas se iluminan una a una
para alumbrar tu cuna
como blandones de tu reino entero,
y a sus luces brillantes
se ven sombras errantes
que cruzan por el Tajo y por el Duero.

La historia que leí de los profetas
y divinos poetas,
viene esta noche a la memoria mía
por aquel gran consuelo
que en el monte Carmelo
la tribu del desierto recibía.

Ya cantan en el valle los pastores
entre zarzas y llores;
ya encienden las candelas a lo lejos
con la seca retama
a cuya roja llama
del Gévora relumbran los espejos.

Es como entonces el diciembre helado.
El cielo está anublado
y blanco el suelo por la escarcha fría,
y así como has venido
parece que ha nacido
el hijo deseado de María.

Mas Dios permite, en sus eternas leyes,
que en vez de nacer reyes
nazcan a nuestro reino soberanas,
y a un dulce reinado
el siglo acostumbrado
te saluda en las tierras castellanas.

Dios ha querido, en su saber profundo,
que de reinas fecundo
fuera este siglo con que al sexo abona,
y de reinas envía
la bella dinastía,
y es de reinas, por siglos, la corona.

¡Vivirás! —¡reinarás!— la fe no miente
al corazón ardiente
que te presagia gloria venidera;
nuestro siglo ha vencido,
tú, princesa, has venido
a coronar el fin de su carrera.
638
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Emperador Carlos V

¡Memoria al grande César! Yo le canto.
Si el rayo sacrosanto
del entusiasmo que mi sangre enciende,
alienta la poesía,
¿cuál mejor que la mía
de Carlos el espíritu comprende?

Alta categoría entre los reyes,
fueron, ya, de sus leyes
soberanos altivos los vasallos;
los príncipes de Europa
le siguieron en tropa,
sirviendo a su carroza de caballos.

Aun su excelso valor, su genio santo
al héroe de Lepanto
y a Felipe virtudes infundieron,
que bastó la vertiente
del colosal torrente
para engendrar los ríos que corrieron.

¡El César! el que asombro de Pavía,
la lis que florecía
sobre las sienes del primer Francisco
arranca, y al valiente
conduce con su gente
como a dócil rebaño hacia el aprisco.

¡El César! que espantando, al africano
lleva el pendón cristiano
flotando por encima de los mares
a la moruna almena,
donde el clamor atruena
de bárbaros vencidos, a millares.

¡El César! el que en Sena y en Toscana
a la gente otomana
y a los hijos del alto Pirineo
hace volar medrosos,
dejando vergonzosos
cien banderas deshechas por trofeo...

Empero ¿a qué, Señor, pasada gloria
recordar a esta escoria
de la española raza? ¿Para ejemplo?
¡Ha mucho que mi lira
que por gloria suspira
de los héroes de España en honor templo!

¿Y quién me oyó? ¿Los pájaros del
monte
que pueblan mi horizonte?
¿Los reptiles que habitan el sembrado?
¿El perro de cabaña,
o la oscura alimaña
que atraviesa de noche este collado?

¡Qué somos ya! las gentes humilladas
al extranjero dadas,
a servir a sus fardos de camellos;
¿tenemos corazones
que sientan emociones
con la memoria de los héroes bellos?

¿Sabemos qué es valor, lo que es nobleza?
¿Nos deja la tristeza
cuando del pecho roba hasta el aliento,
ni fuerza en nuestro pasmo
a un soplo de entusiasmo,
de noble admiración a un pensamiento?...

¿Por qué no eternos son los grandes reyes?
¿Por qué a las mismas leyes
sujeto de morir que los tiranos,
está Carlos divino?
¡Qué injusto es el destino!
¡Qué duros de entender son sus arcanos!

Y aún el breve reinado de consuelo
nos acortara el cielo,
túnica revistiendo penitente
al que manto vestía,
que puso al Mediodía
pavor, envidia al Sur, miedo al Oriente.

«Pueblos -dijo el gran rey a las naciones-
ya visteis mis blasones,
donde asomé la faz, tembló la tierra,
Francia besó mi planta,
y a mi antojo se canta
el himno de su paz y el de su guerra.

»¿Veis que avasallo al indio, al castellano,
alemán y al romano,
tanta de mi corona es la grandeza?
Pues con desdén profundo
yo la cambio en el mundo
¡qué escarmiento, ambición! por la pobreza».

Y desciñendo de su augusta frente
la diadema potente,
apareció más alto a los mortales
de humildad revestido
que orgulloso ceñido
con las áureas coronas imperiales.
836
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Despedida A Mi Hermano Ángel El Dolor De Los Dolores

Ser, aun, niño y sentir la lozanía
que da el rocío de la edad temprana,
es dudar la desdicha de mañana,
es ser dichosos, Ángel, todavía;
es la fe, la esperanza, la alegría,
la fortuna, el valor, la gloria humana...
es, siendo niño, como tú lo eres,
vivir con el placer de los placeres.

Pero ser joven ¡ay! mirar tu vida,
sondar tu porvenir, temer abismos,
no hallar consuelos en nosotros mismos,
ni poderte seguir en la partida;
quedarnos en la triste despedida
suspensos entre vagos fanatismos,
luchando entre problemas y temores,
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Como planta de insectos castigada
que no puede brotar ramo florido,
así con los pesares ha crecido,
hermano, una familia desgraciada;
no vi rama en su tronco levantada,
que al golpe del pesar no haya caído,
y temer del azar nuevos rencores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Pobre doncel, que al ídolo guerrero
llevas la flor del corazón primera,
tememos por tu flor, no te la hiera
de nuestra suerte el golpe siempre fiero;
es gozo el entusiasmo lisonjero
del que laureles en la vida espera;
pero temer por tus hermosas flores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

¡Veré pasar gallardos compañeros
los de tu infancia para ti queridos...
y oiré de nuestra madre los gemidos
al mirar a los jóvenes guerreros!
¡Veré pasar los alazanes fieros
menos que por tu voz bien dirigidos,
y el ver sin dueño ai tuyo en sus furores,
Ángel, será el dolor de los dolores.

Y cuando de tu asiento en el vacío
los de la mesa en torno reparemos,
desabrido el manjar que gustaremos,
desabrido sin ti será, hijo mío;
Emilio en su inocente desvarío
te nombrará, y entonces lloraremos...
porque este padecer, que ojalá ignores,
es, Ángel, el dolor de los dolores,

¡Ah! ¡que no pueda nuestra pobre vida,
dispersada por vientos tan insanos,
partir con nuestros jóvenes hermanos
el mismo pan, beber igual bebida!
¡que no podamos encontrar manida
en un árbol los pájaros humanos,
y a unos del sol fatiguen los ardores,
es, Ángel, el dolor de los dolores!

Ve si tus alas su atrevido vuelo
por cima de la mar firme llevando,
puedes ir esos mares navegando
hasta arribar al árbol de tu anhelo:
ve si logras calmar el desconsuelo
de tantos ojos que te están llorando;
porque verte en los mares bramadores
es, Ángel, el dolor de los dolores...

¡Ay! que jamás cobarde hundas la frente
por las revueltas olas alcanzado,
ni tampoco en los mares levantado
te quieras remontar al sol ardiente;
caminar por la vía rectamente,
como los buenos siempre han caminado,
pues verte entre ambiciosos o traidores
ése fuera el dolor de los dolores.

Contra ese mundo, cuya risa loca
tu fe combatirá con su sarcasmo,
opón la noble fe del entusiasmo,
que, si es, del corazón, no se sofoca:
ante esa multitud cierra tu boca,
y, aunque se burle de tu altivo pasmo,
no sigas la maldad de sus errores,
que ése fuera el dolor de los dolores.

Yo contra el mal de la virtud me valgo,
contra el dolor a la paciencia acudo,
y aunque es mi triunfo solitario y mudo,
en graves luchas victoriosas salgo,
no tienes gran blasón, pero es hidalgo,
limpio de mancha tu modesto escudo,
y venderlo al poder y a los honores
ése fuera el dolor de los dolores...

Mas ¿dónde vas? aguarda un solo instante...
oye no más el último conjuro...
el ídolo mejor es el más puro,
su siervo más glorioso el más constante;
no te acerques al mal, porque es brillante;
no te flejes del bien, porque es oscuro...
¡Sé bueno, y que jamás con deshonores
añadas más dolor a estos dolores!
549
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Despedida A Mi Hermano Ángel El Dolor De Los Dolores

Ser, aun, niño y sentir la lozanía
que da el rocío de la edad temprana,
es dudar la desdicha de mañana,
es ser dichosos, Ángel, todavía;
es la fe, la esperanza, la alegría,
la fortuna, el valor, la gloria humana...
es, siendo niño, como tú lo eres,
vivir con el placer de los placeres.

Pero ser joven ¡ay! mirar tu vida,
sondar tu porvenir, temer abismos,
no hallar consuelos en nosotros mismos,
ni poderte seguir en la partida;
quedarnos en la triste despedida
suspensos entre vagos fanatismos,
luchando entre problemas y temores,
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Como planta de insectos castigada
que no puede brotar ramo florido,
así con los pesares ha crecido,
hermano, una familia desgraciada;
no vi rama en su tronco levantada,
que al golpe del pesar no haya caído,
y temer del azar nuevos rencores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Pobre doncel, que al ídolo guerrero
llevas la flor del corazón primera,
tememos por tu flor, no te la hiera
de nuestra suerte el golpe siempre fiero;
es gozo el entusiasmo lisonjero
del que laureles en la vida espera;
pero temer por tus hermosas flores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

¡Veré pasar gallardos compañeros
los de tu infancia para ti queridos...
y oiré de nuestra madre los gemidos
al mirar a los jóvenes guerreros!
¡Veré pasar los alazanes fieros
menos que por tu voz bien dirigidos,
y el ver sin dueño ai tuyo en sus furores,
Ángel, será el dolor de los dolores.

Y cuando de tu asiento en el vacío
los de la mesa en torno reparemos,
desabrido el manjar que gustaremos,
desabrido sin ti será, hijo mío;
Emilio en su inocente desvarío
te nombrará, y entonces lloraremos...
porque este padecer, que ojalá ignores,
es, Ángel, el dolor de los dolores,

¡Ah! ¡que no pueda nuestra pobre vida,
dispersada por vientos tan insanos,
partir con nuestros jóvenes hermanos
el mismo pan, beber igual bebida!
¡que no podamos encontrar manida
en un árbol los pájaros humanos,
y a unos del sol fatiguen los ardores,
es, Ángel, el dolor de los dolores!

Ve si tus alas su atrevido vuelo
por cima de la mar firme llevando,
puedes ir esos mares navegando
hasta arribar al árbol de tu anhelo:
ve si logras calmar el desconsuelo
de tantos ojos que te están llorando;
porque verte en los mares bramadores
es, Ángel, el dolor de los dolores...

¡Ay! que jamás cobarde hundas la frente
por las revueltas olas alcanzado,
ni tampoco en los mares levantado
te quieras remontar al sol ardiente;
caminar por la vía rectamente,
como los buenos siempre han caminado,
pues verte entre ambiciosos o traidores
ése fuera el dolor de los dolores.

Contra ese mundo, cuya risa loca
tu fe combatirá con su sarcasmo,
opón la noble fe del entusiasmo,
que, si es, del corazón, no se sofoca:
ante esa multitud cierra tu boca,
y, aunque se burle de tu altivo pasmo,
no sigas la maldad de sus errores,
que ése fuera el dolor de los dolores.

Yo contra el mal de la virtud me valgo,
contra el dolor a la paciencia acudo,
y aunque es mi triunfo solitario y mudo,
en graves luchas victoriosas salgo,
no tienes gran blasón, pero es hidalgo,
limpio de mancha tu modesto escudo,
y venderlo al poder y a los honores
ése fuera el dolor de los dolores...

Mas ¿dónde vas? aguarda un solo instante...
oye no más el último conjuro...
el ídolo mejor es el más puro,
su siervo más glorioso el más constante;
no te acerques al mal, porque es brillante;
no te flejes del bien, porque es oscuro...
¡Sé bueno, y que jamás con deshonores
añadas más dolor a estos dolores!
549
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Se Va Mi Sombra Pero Yo Me Quedo A Mis Amigos De Madrid

¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente
del pensamiento que buscaba el mío,
siempre confuso y ciego en el sombrío
y solitario claustro de mi mente!
¡Oh luz amada, luz resplandeciente,
en cuyos rayos mi esperanza fío,
luz de mi alma, luz de mi deseo,
que iluminas al fin, que al fin te veo!

Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda
brillas sobre la estatua de Cervantes,
brillas sobre los huesos palpitantes
del desgraciado Larra y de Espronceda;
no importa que la suerte me conceda
para verla no más breves instantes,
pues siempre verla y adorarla puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Frentes marchitas, de estudiar cansadas,
ánimos nobles, de luchar rendidos,
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas;
yo, que del campo allá en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
el entusiasmo, consolaros puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para cantar y aquí mi oído
para escuchar, amigos, vuestro canto,
y aquí estará mi ser, aunque entretanto
os diga la ilusión que ya he partido;
¡loca ilusión! Engaño del sentido
pensar que os dejo y que derramo llanto,
pensar que sufro y que dejaros puedo
cuando se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para labrar de la poesía
la dura tierra donde el lauro crece,
mi corazón, que nunca desfallece,
os seguirá constante en la porfía;
para dar mi tributo de armonía,
para animar al triste que padece,
para sufrir, si consolar no puedo,
aunque vuele mi sombra yo me quedo.

De las amigas manos las palmadas
aún escucho el dulcísimo ruido
bien sabéis que por cada una he vertido
dos lágrimas profundas y abrasadas;
no me diréis jamás que mal pagadas
por este corazón ardiente han sido,
cuando jurar por vuestra gloria puedo,
que huye mi sombra, pero yo me quedo.

¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida,
y por eso, no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.

¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,
es mi sombra no más la que mañana
volverá a retratarse en el espejo
del insalubre y muerto Guadiana;
aunque soñéis en la ilusión que os dejo,
mirad que es sólo una, quimera vana,
un sueño ingrato a cuyo error no cedo,
que si se va mi sombra yo me quedo.

Nada importa el adiós, si es de tal suerte
que os digo «adiós» y es falsa la partida;
ni ha de rendirse débil y afligida
por un sueño no más el alma fuerte.
¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,
para sufrir en esta despedida,
si he dicho, amigos, que escucharos puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo?

«¡Adiós!» mil veces os diré cantando
y estos adioses ni escuchéis siquiera,
ni penséis que mi voz es lastimera,
ni digáis que de pena estoy llorando;
es un adiós tranquilo, un adiós blando,
es una despedida placentera,
pues ni llorar ni enternecerme puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo
mañana y siempre con mi voz respondo,
aunque este adiós tan quebrantado y hondo
aun, otra vez, por postrera os digo;
veréis cómo en los triunfos os bendigo,
aunque os parezca, amigos, que me escondo,
porque es engaño, sí... ¡Nunca!... ¡No
puedo!...
Se irá mi sombra, pero yo me quedo.
539
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cádiz

No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo...
no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!...
no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo
y sacio en contemplarte mi deseo;
aquí está la verdad en que yo creo,
aquí habita el Señor que yo bendigo,
y siento entre estas vívidas montañas
el hondo palpitar de sus entrañas.

¡Tú eres el mar!... ¡el mar!... no eres el
río;
el horizonte con tus brazos llenas,
y en vez de murmurar bramas y truenas
maravillando el pensamiento mío,
pero en tu seno con placer confío
recuerdos, dichas, esperanzas, penas,
sin que un instante me acobarde el miedo
de que en tus ondas sumergirme puedo.

¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra
de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!
¿Amenazas tú más que con la muerte
ni tienes sino el agua que dé guerra?
¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra
para que así nos acobarde el verte?
¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?...
La Francia se ha tragado a su monarca.

¿A dónde vais, pobres gaviotas,
huyendo así del horizonte oscuro?
¿No teméis el morir al pie del muro
en sangre tintas vuestras alas rotas?
Hubo una edad entre las más remotas,
en que la tierra fue asilo seguro;
pero lanzados ya de aquel asilo,
el torrente del mar es más tranquilo.

¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos
la vasta soledad del agua hermosa,
me siento de vosotras envidiosa
que podéis habitar en sus espejos;
los marinos nos dan tristes consejos,
porque huyamos del agua borrascosa;
pero al lanzarnos de tan bella casa,
no saben ahora lo que en tierra pasa.

¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,
aunque el torrente abata vuestros vuelos,
será que las pasiones, los desvelos
de esa región que a nuestra vista humea!
¡No os vais del mar! El alma se recrea
soñándose suspensa entre dos cielos,
y si no tengo yo en las verdes salas,
menos debéis temer que tenéis alas.

¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos
de sal inunde mi entreabierta boca?
¡La sed que en medio el agua nos sofoca
en la salada lluvia saciaremos!
Más salado es el llanto y lo bebemos
en tierra seca, y no en corriente poca,
siempre con ansia igual, con igual daño
un día y otro, uno y otro año.

¡Oh mil veces feliz ave y marino,
que cruzan sin temor esas montañas,
y más dichosa tú la que te bañas,
Cádiz, en ese golfo cristalino!
Allá te veo entre el flotante lino
salir, hermosa, honor de las Españas,
cual salen las palomas por el río
cuando a bañarse van en el estío.

Hija de las entrañas de Océano,
como sus conchas y sus peces eres,
y las que guardas célicas mujeres
son perlas escogidas por tu mano,
a bordo de tu buque soberano
Siempre embarcados, tus felices seres,
Gozan en paz de la ilusión divina
De este viaje que jamás termina.

Cuando del muro los estrechos lazos
salta y el onda tu cabeza baña,
dicen que quiere con terrible saña
tragarte el mar en míseros pedazos,
pero es que te acaricia entre sus brazos
como a sus tiernos hijos la alimaña,
y cuando más parece que te abruma
te da la leche de su blanca espuma.

¡Ciudad de torres solitaria y bella!
todo es hermoso en tu recinto amigo;
el pobre halla limosna y halla abrigo,
y aun da a otros pobres el sobrante de ella.
Cuando me lleve mi contraria estrella
lejos de ti; me soñaré contigo...
si es que duerme bastante para el sueño
quien nada espera dulce ni risueño.

¡Ah, sí! me queda la ilusión divina
de este mar tan inmenso y tan profundo,
donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo
cuando lo quiera Dios. Alma vecina
del mar, mejor comprende y adivina
lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,
que encerrado se agita y despedaza
ser contra ser y raza contra raza.

Ya le voy a dejar, nada en la vida
sino el dolor profundo es duradero,
y por lo misino que mirarlo quiero,
tengo que darle ya mi despedida;
todo placer va siempre de partida
muy pronto por la vida, muy ligero,
y basta que la mar mi encanto sea
para que nunca más su encanto vea.

¡Adiós, amigos!... ¡tierra hospitalaria!...
Las lagrimas más dulces que he vertido
¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;
y si en medio del agua solitaria
ves en el barco un rostro, que afligido
te mira, yo seré que entre la varia
gente y la nube del vapor que humea
«¡Adiós, adiós, diré mientras te
vea!»
756
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A La Juventud Española Del Siglo Xix

¡Salud prole gallarda!, salud hijos
en quienes tiene fijos
sus ojos la nación que en vos confía;
las madres orgullosas
sus frases cariñosas
que os trove ordenan en el arpa mía.

«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída;
escoge las más bellas
y fórmanos con ellas
una dulce canción, tierna y florida;

»Hoy regalar queremos los oídos
de los hijos queridos
que alfombran nuestro suelo de laureles».
Yo respondí: «Matronas,
tejed vos las coronas
y yo las llevaré a vuestros donceles».

¿Por qué de aquellas madres la dulzura
y amorosa ternura
de los acentos que por vos elevan,
con la misma armonía
de su ardiente poesía
mis vagos tonos, juventud, no os llevan?

Cantan y lloran, ríen y deliran,
cuando pasar os miran,
sabios mancebos, en lucida tropa;
y ¿no es su orgullo justo?
¿de España el nombre augusto
no defendéis vosotros ante Europa?

¿Quiénes, sino vosotros, han sacado
al pueblo extraviado
en la ignorancia estúpida, al camino?
¿a quiénes hoy debemos
lo que el siglo sabemos
sino al ingenio vuestro peregrino?

Esa ruda corteza que tenía
nunca arrancar podía
de los viejos el pueblo moribundo;
no en sus hombros inertes
en los del mozo, fuertes
un paso más logra avanzar el mundo.

¿No podrá del saber la rica vena
bajo negra melena
juvenil palpitar, que necesita
que las frentes lozanas
se coronen de canas
para ostentarla en la vejez marchita?

¡Si puede, responded, turba gloriosa
a la voz envidiosa
que en el antiguo pueblo se levanta
en boca del que espera
tener en su carrera
al genio que a su ciencia se adelanta.

Dejad al cuervo atrás cansado y ronco
graznar sobre ese tronco
por antiguo en el bosque mutilado,
y, garzas placenteras,
volad siempre ligeras
hacia el árbol que veis recién brotado.

Puedan sus altas ramas algún día,
con verle lozanía
dar sombra a multitud de vuestros nidos
que en sus hojas colgados
los hijos regalados
os guarden de los vientos defendidos.

Flores, aromas, frutos, hermosura,
pompa, galas, frescura
el árbol fecundísimo esparciendo,
¡cuán abundante y puro
para el siglo futuro
su frondoso ramaje está nutriendo!

Hasta el pastor en su gentil corteza
podrá grabar «riqueza»,
hasta las hembras «libertad, ventura»,
hasta los bardos «gloria»,
y hasta «paz», por memoria,
el guerrero esculpir con su armadura.

Para nosotros ¡ay! no bien brotados
sus ramos deseados,
ni sombra prestan, ni nos dan verdores;
y en su blanda corteza
hoy grabamos, «pobreza,
infortunio, baldón, llanto y dolores».

¿No asoma la tristeza a nuestra frente
al ver que solamente
en la vana ilusión de la poesía
tenemos los primores
de esos frutos y flores,
galas, aromas, pompa y lozanía?

¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,
hervir con fuerza extraña,
correr desesperada por las venas
al mirar que logramos
en vez de lo que ansiamos
miseria, oscuridad, guerra y cadenas...?

En vosotros no más, gallardos hijos,
tiene sus ojos fijos
la española nación, que en vos confía;
las madres orgullosas
en frases cariñosas
ruegos os mandan por la trova mía.

Yo quisiera saber, como las aves,
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída,
para daros con ellas
unas canciones bellas
dignas de vuestra mente esclarecida.

Pero está en cabeza el pensamiento
falto de atrevimiento
y en los labios la voz de la poetisa,
de la propia manera
que en la nación ibera
la nueva sociedad, torpe, indecisa.
593
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Herminia

¿No ves qué tierra, qué cielo,
uno azul, otra florida?
¿No ves qué estrellas, mi vida,
no ves qué luna, qué sol?
¿No ves qué hermoso es el suelo
donde Dios te ha confinado?
Es fecundo, es dilatado,
es soberbio, es.... ¡español!

Yo no vi de ese paisaje
sino el rincón por su extremo;
mas no hay duda que es supremo
cual su tinta su pincel;
pues, el lugar más salvaje
de nuestra bella comarca
forma, en los valles que abarca,
a España rico dosel.

Por cada grano de tierra
brota en ella una semilla;
no hay extranjera avecilla
que no nos la venga a hurtar:
los pueblos nos mueven guerra
por sólo pisar a España,
cual transeúnte cabaña
lamiendo el suelo al pasar.

Cuando sacuda tu mente
de la infancia los ensueños,
estos campos tan risueños
y riquísimos al ver;
¿por qué dirás esa gente,
que ha marchado a mi venida,
pasó la preciosa vida
en quejas de padecer?

¿Por qué las tiernas mujeres,
que a mi llegar se alejaron,
tantas lágrimas lloraron
vertidas del corazón?
Si tiene el mundo placeres
y la vida tal encanto,
¿por qué se ha dolido tanto
la muerta generación?

Prende fuego en la montaña
y devasta la pradera;
mas oye a la primavera,
la yerba vegeta más:
así en la guerra de España
que estos seres encendimos
de cenizas os servimos
a los que venís detrás.

¿Sabes tú para que puedas
alcanzar luz en tus días
qué de noches tan sombrías
estamos pasando aquí?
¡Tú que en el valle te quedas
cuando nosotras nos vamos
no sabes cómo le hallamos
al venir antes de ti!

De laureles, de riqueza
de altos honores cargados,
son, Herminia, desgraciados
los hombres de nuestra edad;
de brillantes, de belleza
y de amores circundadas
mujeres muy desdichadas
son las de esta sociedad.

Pero tú que has retardado
más que aquellos tu venida,
vas a encontrar en la vida
más placer, menos dolor;
pues que de España han cruzado
tantos otros el camino,
que sufre ya el peregrino
sus asperezas mejor.

Ya nuestro campo no vemos
salpicado y reteñido
con la sangre que ha vertido
la guerrera juventud;
y ya tranquilos podemos
elevar nuestras canciones,
sin que vengan los cañones
a atronar nuestro laúd.

Ni ya rechazan del coro
a las cantoras mujeres;
pues al fin que somos seres
de la especie racional,
en este siglo sonoro
los españoles declaran...
¡Qué indulgencia!... y nos preparan...
¡Qué dicha!... lauro inmortal.

Pero es tarde, Herminia mía,
tarde ya para esta gente,
que ha pasado tristemente
lo mejor de su vivir;
esa naciente alegría
que en nuestro pueblo resuena
no basta a calmar la pena
que venimos de sufrir.

De las pasadas tormentas
naves nosotras heridas,
vamos a quedar sumidas
presto en el revuelto mar;
pero tú, que apenas cuentas,
Herminia, trescientos soles,
a los puertos españoles
logras a tiempo arribar.

¡Quiera Dios que la bonanza
con que empieza tu fortuna
como te mima en la cuna
te mime en la juventud!
Cada niña una esperanza
de placer es para el mundo:
¡quiera Dios que tú fecundo
manantial seas de virtud!

Que los dulcísimos nombres
que te da el materno anhelo
de serafín y de cielo
vayan de tu vida en pos.
Que embelesados los hombres
al exclamar —«¡qué hermosura!»
añadan siempre:—«¡y qué pura!
¡Bendígate, Herminia, Dios!»
683
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Salutaciones Y Despedidas Al Señor Don José María Claros

O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo;
tal cuando niña discurrió la mente,
llevada del amor que hace al viviente,
buscar a Dios con instintivo anhelo;
luego de joven al cruzar el cielo,
hirió su pedernal mi pie inocente,
y más cierta añadí —no es ilusoria
la tierra ni el dolor; hay cielo y gloria.

Fija, obstinada, pertinaz, constante,
su existencia a la nuestra hallando unida,
dios es verdad, pues cierta es nuestra vida,
dije al sentir mi pecho palpitante.
¿Tuve un placer? ¡oh, gracias, Dios amante!
¡piedad mi Dios! clamé cuando afligida;
y el mundo me hizo así mal llevadero
la amistad del divino compañero.

Todo animado al sol de mi creencia,
la planta, el ave, el agua, las criaturas,
Dios es grande, pues forma estas hechuras,
exclamé al adorar su inteligencia.
¿Y no aprendí bastante, hay otra ciencia
que ilumine mejor las almas puras?...
Pues ignorante, amigo, me dijeron
los que a dudar de Dios sólo aprendieron.

Lucha trabé con ellos muy reñida,
trajo el ateo libros a millares;
yo respondí mostrando de los mares
a sus ojos la página cumplida.
La estrella de los cielos encendida,
fijé en su libro al fin de sus cantares,
y si no acierta a huir veloz, ¡presumo
que libro y sabio se tornaran humo!

¿Pensáis que así quedó? volvió la
gente
niña, a llamarme crédula y sencilla,
y yo a cantar de Dios la maravilla
en el sol, en el aire, en el torrente.
—No hay Dios, —me grita el genio irreverente
—Hay Dios, —respondo; su mirada brilla,
su aliento corre, su palabra suena,
su amor palpita, su pisada atruena.

Pero en la dura lid tal vez venciera
el que desdeña a Dios a quien lo alaba,
si cuando ya el aliento me faltaba,
otra voz a esforzarme no acudiera;
de una fe más robusta y verdadera,
de un talento mayor la mente esclava,
cuando os oyó decir: —hay Dios y cielo—
tomó con más fervor a alzar su vuelo.

¡Gracias! porque en el mundo hallo profeta
de tan pura virtud, fe tan ardiente,
que en tanto error del mundo diferente
me preste una verdad al alma inquieta;
sí, amigo, la creación obra incompleta
fuera si nuestro autor omnipotente
no escribiera en la humana y triste historia
que para el bueno, como vos, hay gloria.
577
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Un Viejo Enamorado

No lo toméis a consejo,
pues vos para aconsejado
y yo para consejera
inútiles somos ambos:
vos, señor, porque contáis
con muy razonables años
para poder en la vida
dirigiros ya sin ayo,
y esta humilde servidora
por tenerlos muy escasos
para poder con su apoyo
ir por la tierra marchando.
Mas sin ser consejo alguno,
podéis escuchar un rato
cuatro sencillas palabras
que tengo, señor, que hablaros.
Si de provecho no os sirven,
tampoco os serán de daño,
con que prestadme el oído
y os charlaré breve y claro.
Os quejáis de mis desdenes
y el porqué, yo no lo alcanzo,
pues las canas venerables
yo respeto, nunca agravio;
y en fe de verdad tan pura,
jamás consentí escucharos
las voces almibaradas
de, «hermosa, mi bien, te amo»;
por evitar que el ridículo
os hiriera de rechazo,
al responderos el mundo
con su risa y con su escarnio.
Porque, dejaos de aprehensiones,
ninguno creerá el flechazo
de que os doléis con tal pena,
pues Cupido no es tan malo
que fuera en un moribundo
a ensañar su genio bravo.
Más bien la gota, el reuma,
o algún histérico flato
han sido los agresores
de ese cuerpo desdichado;
y vos en reminiscencia
de los amores de antaño,
al encontraros doliente,
os juzgáis enamorado.
Pero señor, ¡en conciencia!
ved que es error, que es engaño
y en vez de atisbar mis rejas,
y espantarme todo el barrio,
tomándome por remedio
de males, que yo no sano,
buscad un doctor que os vea,
y si es un ataque asmático,
os recete y desengañe
del tema que habéis tomado.
A él podéis, si no os remedia,
llamarle «¡insensible, ingrato!»
y todas esas razones
con que os estáis lamentando
de una mujer que no os hizo
más ofensa ni más daño,
que nacer en este siglo,
y no en el siglo pasado.
Tal vez yo de haber nacido
en tiempo de Carlos Cuarto,
de vuestra joven persona
me hubiera también prendado,
como las viejas mujeres
que tiene Dios en descanso,
y que os dejaron memorias
de lo mucho que os amaron
en cartas ya carcomidas
y en rizos apolillados.
¡Cómo ha de ser! Lo dispuso
la suerte tan al contrario,
que entre vos y yo en España
tres monarcas han reinado.
Os lo digo, no por mofa,
vale mucho un hombre anciano,
pero soy caña muy débil
para serviros de báculo;
ni monedas de este cuño
parecen bien en la mano
del que al buscarlas debiera,
ser, al menos, anticuario.
Por lo demás, yo os estimo
como al Arco de Trajano,
como al puente de los moros
como a todo lo que es raro,
porque llega y sobrevive
a los días que alcanzamos.
Cuando pasáis os saludo,
con reverencia, con pasmo;
cuando habláis os oigo absorta,
como si oyera lejanos
los ecos de aquellas voces
que en tiempo del Cid sonaron...
Pero la tos os molesta,
la brisa va refrescando,
y temo os falte la vida
cuando por luenga la aplaudo:
basta pues, cubríos el rostro,
perdonadme y retiraos.
875
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Un Viejo Enamorado

No lo toméis a consejo,
pues vos para aconsejado
y yo para consejera
inútiles somos ambos:
vos, señor, porque contáis
con muy razonables años
para poder en la vida
dirigiros ya sin ayo,
y esta humilde servidora
por tenerlos muy escasos
para poder con su apoyo
ir por la tierra marchando.
Mas sin ser consejo alguno,
podéis escuchar un rato
cuatro sencillas palabras
que tengo, señor, que hablaros.
Si de provecho no os sirven,
tampoco os serán de daño,
con que prestadme el oído
y os charlaré breve y claro.
Os quejáis de mis desdenes
y el porqué, yo no lo alcanzo,
pues las canas venerables
yo respeto, nunca agravio;
y en fe de verdad tan pura,
jamás consentí escucharos
las voces almibaradas
de, «hermosa, mi bien, te amo»;
por evitar que el ridículo
os hiriera de rechazo,
al responderos el mundo
con su risa y con su escarnio.
Porque, dejaos de aprehensiones,
ninguno creerá el flechazo
de que os doléis con tal pena,
pues Cupido no es tan malo
que fuera en un moribundo
a ensañar su genio bravo.
Más bien la gota, el reuma,
o algún histérico flato
han sido los agresores
de ese cuerpo desdichado;
y vos en reminiscencia
de los amores de antaño,
al encontraros doliente,
os juzgáis enamorado.
Pero señor, ¡en conciencia!
ved que es error, que es engaño
y en vez de atisbar mis rejas,
y espantarme todo el barrio,
tomándome por remedio
de males, que yo no sano,
buscad un doctor que os vea,
y si es un ataque asmático,
os recete y desengañe
del tema que habéis tomado.
A él podéis, si no os remedia,
llamarle «¡insensible, ingrato!»
y todas esas razones
con que os estáis lamentando
de una mujer que no os hizo
más ofensa ni más daño,
que nacer en este siglo,
y no en el siglo pasado.
Tal vez yo de haber nacido
en tiempo de Carlos Cuarto,
de vuestra joven persona
me hubiera también prendado,
como las viejas mujeres
que tiene Dios en descanso,
y que os dejaron memorias
de lo mucho que os amaron
en cartas ya carcomidas
y en rizos apolillados.
¡Cómo ha de ser! Lo dispuso
la suerte tan al contrario,
que entre vos y yo en España
tres monarcas han reinado.
Os lo digo, no por mofa,
vale mucho un hombre anciano,
pero soy caña muy débil
para serviros de báculo;
ni monedas de este cuño
parecen bien en la mano
del que al buscarlas debiera,
ser, al menos, anticuario.
Por lo demás, yo os estimo
como al Arco de Trajano,
como al puente de los moros
como a todo lo que es raro,
porque llega y sobrevive
a los días que alcanzamos.
Cuando pasáis os saludo,
con reverencia, con pasmo;
cuando habláis os oigo absorta,
como si oyera lejanos
los ecos de aquellas voces
que en tiempo del Cid sonaron...
Pero la tos os molesta,
la brisa va refrescando,
y temo os falte la vida
cuando por luenga la aplaudo:
basta pues, cubríos el rostro,
perdonadme y retiraos.
875
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Una Amiga

¿Dónde la amiga mía,
en dónde está la hermosa compañera
de tanta lozanía
y tanta gallardía
que daba envidia a la gentil palmera?

¿Adónde te hallaremos
si en esta soledad no te encontramos
por más que te busquemos,
por más que te llamemos,
por más que sin consuelo te lloramos...?

¡Ay! Cuando más sufría,
al alejarse la criatura bella,
nos dijo que volvía,
y tristes todavía
estamos aguardando aquí por ella.

Mas ya de su tardanza
son causa los celestes serafines,
que en dulce bienandanza
nos quitan la esperanza
de que vuelva jamás a estos festines.

Ya más no la veremos
del gran salón arrebatada pluma,
girar por sus extremos,
con su belleza suma,
envuelta en el cendal de blanca espuma.

Ni dirán los galanes
al contemplar su luz de pura estrella,
con suspiros y afanes,
«Entre tanta doncella
la del blanco cendal es la más bella».

Faltóle a su pie vago
para cruzar la vida, tierra y calma,
y en el humano estrago,
como la flor del lago
toda en perfume se exhaló su alma.

¿Mas no es verdad, flor mía,
que vives más contenta en la morada
de la Virgen María,
tan santa y regalada,
que en esta pobre tierra desgraciada?

¡Ay celestes jardines
sobre las nubes húmedas, plantados
por bellos serafines,
con ámbares regados
y de castas doncellas habitados!

¡Ay deliciosas palmas
en cuya sombra reposada giran
las venturosas almas
de los que allá respiran
y oyen a Dios y su semblante miran!

¿No es verdad que en el cielo,
paloma de estos valles inocente,
alzas tranquila el vuelo
con perfumado ambiente
por las serenas bóvedas de Oriente?

¿No es verdad que a la vida
no quisieras volver, de los mortales,
desde que estás unida
con lazos eternales
a las dichosas almas celestiales?

¿Que ahora en el cielo puro
y en medio de luceros tan brillantes,
te parece ya oscuro
el festín donde antes
se alegraban tus ojos anhelantes?

¿Que las galas y flores,
la música y la danza tan querida,
y los tiernos amores
de tu alma florida,
te parecen ya sueños de la vida?

Y ¿no es verdad que miras
con lástima de amor, aprisionadas
del mundo a las mentiras
nuestras almas cansadas,
que quisieras llevar a tus moradas?

Responde, amiga mía,
que ya te escucha el corazón atento;
haz que descienda pía
a la tierra sombría
en las nocturnas brisas un acento.

Mas ¡ay! de mí te escondes...
no quieres responder a quien te canta...
¡Pero cómo respondes,
con humana garganta,
si ya no eres mujer, si eres ya santa!
811
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Una Amiga

¿Dónde la amiga mía,
en dónde está la hermosa compañera
de tanta lozanía
y tanta gallardía
que daba envidia a la gentil palmera?

¿Adónde te hallaremos
si en esta soledad no te encontramos
por más que te busquemos,
por más que te llamemos,
por más que sin consuelo te lloramos...?

¡Ay! Cuando más sufría,
al alejarse la criatura bella,
nos dijo que volvía,
y tristes todavía
estamos aguardando aquí por ella.

Mas ya de su tardanza
son causa los celestes serafines,
que en dulce bienandanza
nos quitan la esperanza
de que vuelva jamás a estos festines.

Ya más no la veremos
del gran salón arrebatada pluma,
girar por sus extremos,
con su belleza suma,
envuelta en el cendal de blanca espuma.

Ni dirán los galanes
al contemplar su luz de pura estrella,
con suspiros y afanes,
«Entre tanta doncella
la del blanco cendal es la más bella».

Faltóle a su pie vago
para cruzar la vida, tierra y calma,
y en el humano estrago,
como la flor del lago
toda en perfume se exhaló su alma.

¿Mas no es verdad, flor mía,
que vives más contenta en la morada
de la Virgen María,
tan santa y regalada,
que en esta pobre tierra desgraciada?

¡Ay celestes jardines
sobre las nubes húmedas, plantados
por bellos serafines,
con ámbares regados
y de castas doncellas habitados!

¡Ay deliciosas palmas
en cuya sombra reposada giran
las venturosas almas
de los que allá respiran
y oyen a Dios y su semblante miran!

¿No es verdad que en el cielo,
paloma de estos valles inocente,
alzas tranquila el vuelo
con perfumado ambiente
por las serenas bóvedas de Oriente?

¿No es verdad que a la vida
no quisieras volver, de los mortales,
desde que estás unida
con lazos eternales
a las dichosas almas celestiales?

¿Que ahora en el cielo puro
y en medio de luceros tan brillantes,
te parece ya oscuro
el festín donde antes
se alegraban tus ojos anhelantes?

¿Que las galas y flores,
la música y la danza tan querida,
y los tiernos amores
de tu alma florida,
te parecen ya sueños de la vida?

Y ¿no es verdad que miras
con lástima de amor, aprisionadas
del mundo a las mentiras
nuestras almas cansadas,
que quisieras llevar a tus moradas?

Responde, amiga mía,
que ya te escucha el corazón atento;
haz que descienda pía
a la tierra sombría
en las nocturnas brisas un acento.

Mas ¡ay! de mí te escondes...
no quieres responder a quien te canta...
¡Pero cómo respondes,
con humana garganta,
si ya no eres mujer, si eres ya santa!
811
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Adiós Del Año De 1848 La Aurora Boreal

¿Qué es esa claridad que de repente
de la ermita ilumina el campanario,
y del Gévora oscuro la corriente
brillar hace en el campo solitario;
y por qué palidecen de la gente
los rostros al fulgor extraordinario
mientras sus sobresaltos y temores
revelan los ancianos labradores?

«¡Ay de nosotros, ay de nuestra tierra!»
Claman los labradores espantados.
«¿Veis los senos del ciclo ensangrentados?»
«Es anuncio de crímenes... de guerra...»
Mas confunden su voz desde la sierra
los lobos en su aullar, y los ganados
cuyos medrosos, débiles balidos
conjuran nuestros perros con aullidos.

Aparecerse veo las encinas,
agitando sus brazos al relente,
como fantasmas a la luz ardiente
que refleja en sus copas blanquecinas;
y dos tórtolas veo peregrinas,
huyendo de su cima velozmente,
que deslumbradas por la fuerte llama,
temieron el incendio de su rama.

¿Adónde van envueltos en los vientos,
cual nocturnos espíritus errantes,
ésos que con amarse están contentos
desde la cuna sin cesar amantes?
¿Quién les turba la paz ni los acentos
con que entrambos se arrullan palpitantes,
para volar, huyendo de la aurora
a la orilla del Gévora sonora?

Del fresno entre la húmeda enramada
¿van a buscar contra el incendio asilo?
Y ¿adónde encontraré yo una morada
para que pose el ánimo intranquilo?
¿Adónde irá mi alma acobardada
de esta medrosa noche en el sigilo,
contra el fantasma que sufrir no puedo
a guarecerse del horrible miedo?

Emilio, ven, contempla sin enojos
los rayos de la luz, que así me inquieta,
y mira si es la luna ese planeta
que yo distingo entre vapores rojos;
porque hace un año que fatal cometa
vieron cruzar mis espantados ojos,
y trajo al mundo universal estrago,
y tengo miedo de su nuevo amago.

Yo tengo miedo, sí, yo confundida
y en mi propia ignorancia avergonzada-
la causa del fenómeno escondida
busco, y en mi saber no encuentro nada;
pero amante del Gévora, la vida
pase a orillas del Gévora apartada,
y a temer aprendí de los pastores
del ciclo los extraños resplandores.

¿Oíste tú contar que desgarrados
como fieras allá los hombres mueren,
y no serán los golpes que los hieren
por los genios maléficos lanzados?
Y cuando están así desesperados,
¿genios no habrá que así los desesperen
sobrehumanos, celestes, infernales
de quienes esas llamas son señales?

No sé lo que será... pero recemos
por todos y por él... ¡genio querido,
ser adorado que jamás olvido
ni en los propios pesares más extremos!
¡ah! que de ese fantasma que tenemos
él hubiera mi mente defendido,
si penetrara aquí por un momento
la luz de su brillante pensamiento.

Hijo del mar, su pensamiento grave
conoce de los astros el camino,
porque el allá en el piélago marino
las noches estudió desde su nave,
y él me dijera, pues que tanto sabe,
por qué del cielo el resplandor divino
tiende esta noche el rubicundo manto
que pone el corazón tan grande espanto.

Yo, si mi mano de su mano asiera,
aun a la luz que temerosa brilla,
en esta misma noche me atreviera
del Gévora a llegar hasta la orilla;
y tal vez más allá de la ribera
la causa hallara fácil y sencilla
de ese fuego que abrasa el horizonte,
en el incendio del cercano monte...

Mas vuelve, Emilio, y mira sin recelo
si la encendida nube ya se aleja;
calma por Dios el fatigoso anhelo
del corazón que ni alentar me deja...
¿Dices que de la luz el ancho velo
por el espacio todo se refleja,
y que ya no se ve sombra ninguna...
ni los luceros, ni se ve la luna?...

¡Qué nos va a suceder! ¡qué nuevas penas
los decretos nos guardan del destino,
si ya de pesadumbres imagino
que están las almas de las gentes llenas!
Y ¿por qué no han de ser puras y buenas
esas luces, que teme el campesino,
y por qué no ha de ser de la montaña
el incendio, tal vez, de una cabaña?...

Tal vez de la cobarde fantasía,
tal vez del conturbado pensamiento
esas visiones son que el alma mía
vio fijas en el rojo firmamento;
tal vez en esta noche oscura y fría
nadie siente el espanto que yo siento
y ven los hombres, sin curarse de ellas,
las ráfagas que absorben las estrellas.

Vuelve otra vez, y mira si se apaga
o si se enciende más... si se enrojece...
y si de algún fantasma que aparece
ves ondear la cabellera vaga-
¿qué es lo que dices? ¿que el incendio crece
y que abrasar el universo amaga
tal vez ¡o niño! te confunde el miedo...
deja que mire... si mirarlo puedo...

¡Ay! es verdad, los rayos que se extienden
amenazando ahogar el vasto mundo,
los espíritus malos los encienden,
y al contemplarlos ya no me confundo;
ya con más claridad los aires hienden,
y aparece el fantasma furibundo,
y es hasta Roma donde el fuego alcanza,
y es sobre Roma donde el fuego lanza.

¡En Roma, en Roma! El fuego está en su cumbre
mira cómo la luz allí se aumenta;
allí chispea la espantosa lumbre;
allí el rojo fantasma se ensangrienta;
allí la alborotada muchedumbre
hace a la cristiandad terrible afrenta...
allí abismado en su dolor sombrío
¡huye a los mares el sagrado Pío!

Mira por qué en los cielos se encendía
con tales rayos la siniestra llama;
mira por qué es la hoguera que derrama
tan fantástica luz al medio día,
mira por qué mí corazón temía,
risueno Emilio, al cielo que se inflama,
porque esa luz en noche tan oscura
era señal de nueva desventura.

Mira con qué furor sus alas bate,
para alejarse el de la adversa suerte;
año del infortunio, del combate,
del contagio, del crimen, de la muerte:
mira por qué a su «adiós» mi pecho late
sin que un instante a serenarle acierte,
porque el postrero adiós de su agonía
envuelto en el incendio nos lo envía.

¿Quién derramó la muerte en las ciudades?
¿Cuáles rayos los pueblos consumieron?
Los pontífices santos ¿por qué huyeron
y fue la humanidad calamidades?
No fueron de los hombres las maldades,
año de destrucción, tus genios fueron;
tu espíritu, no más, fue el enemigo,
que al mundo vino a dar tanto castigo.

Tú, como el huracán de los desiertos
que arrastra a los audaces peregrinos,
has pasado dejando los caminos
con el polvo de víctimas cubiertos;
tú, ya cuando a los muros palestinos
arribaba, tal vez, con pasos ciertos,
has destruido, con tu nube insana,
de una generación la caravana.

Y ¿cómo quieres que tu adiós acoja
la gente sin pavor, cuando en su daño
hiendes la horrible cabellera roja
maligno genio del funesto año?
Cuando en tu triste despedida arroja
el ciclo fuego, y con enojo extraño
viste la noche de color sangriento,
¡cómo decirte «adiós» sin desaliento!

Huye, te dice el pueblo desgraciado,
de quien vinistes a turbar la vida,
y ¡ojalá! ¡que en tus urnas sepultado
fuera el llanto que trajo tu venida!
Los que tanto en tus horas han llorado
te vienen a cantar la despedida:
mas huye, por piedad, más velozmente
mientras te canta el corazón doliente.

Huye, y que deje de mostrar el cielo
ese color de púrpura que espanta,
y que en este dolor que nos quebranta
aurora más feliz alumbre el suelo;
¡huye, y por tanto mal, por tanto duelo,
por tanto lloro, por desgracia tanta,
como dieron al mundo tus peleas,
siempre en los siglos maldecido seas!
462
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Aurora De 1848

Ya se presenta allí, ya nos aguarda:
decid, ¿no os acobarda,
corazones humanos, su venida?
¿hay alguno que inquieto
no esté con el secreto
que esconde el porvenir para su vida?

Yo os conjuro a mirar la última estrella
que humilde luz destella,
cuando empieza a radiar el sol naciente;
y os conjuro, mortales,
a recordar los males
que lloráis del pasado amargamente.

Yo en mi atrevido, pertinaz empeño,
quiero apartar del sueño
el ánimo tranquilo y descuidado,
porque en sí mismo lea,
y en cuanto le rodea
estime el porvenir por lo pasado.

¿Quién el feliz será que ningún daño
ha sufrido en el año
que hacia el abismo rápido desciende,
y en soñolencia vaga
ve el astro que se apaga
y no quiere mirar ti que se enciende?

¿Quién será que del año en el espacio
la rueda de topacio
del sol sobre su frente no ha sentido,
destrozando las flores
de sus bellos amores,
de su esperanza, de su bien querido?

Cada cual en su historia lastimada
arroje una mirada
de su pena al recuerdo lastimero;
y temblará de espanto
¿al pensar que otro tanto
tal vez te aguarda el año venidero...

¡Ah! -Vos diréis que lóbrego y sombrío
empiezo el canto mío,
en vez de alzar con plácida sonrisa
himno que alegre el alma,
dulce expresión de calma
del feliz corazón de una poetisa.

Vos diréis que los mágicos jardines,
los bosques de jazmines,
orgullo de la hermosa Andalucía,
deben de mi cabeza
alejar la tristeza,
despertar mi entusiasmo y mi alegría.

Diréis que en el murmullo de esas fuentes
se calman las vehementes
penas del joven corazón herido,
y que a esta tierra agravio,
si no expresa mi labio
la dicha que en sus campos he sentido.

¡Ay! sí; yo cantaré cuando me aleje
tal vez por siempre, y deje
la tierra, alivio a mi salud perdida;
yo elevaré un acento
de hondo agradecimiento
en el adiós de tierna despedida.

No olvidaré las fuentes bulliciosas
ni las perennes rosas,
que esmalta sin cesar tibio rocío;
ni la luz trasparente
de un sol siempre luciente
sobre el cristal de su encantado río.

Yo en las ruinas que cantó RIOJA
he besado la hoja
de una amarilla flor, que allí temblando
crecía en una roca;
yo he llevado a mi boca
la corona real de SAN FERNANDO.

Yo del audaz COLÓN sobre la losa
he orado respetuosa
en la gran catedral, bajel divino,
digno del bueno piloto
que un nuevo mundo ignoto
buscaba por el piélago marino.

No; yo no olvido cuanto grande encierra
esta gloriosa tierra;
y cuando quiera el Dios de la armonía
cesar en su abandono,
elevaré mi tono
para cantar la bella Andalucía.

Diré cómo he venido, triste ave,
a este clima suave
donde he encontrado generoso abrigo;
y que, siempre querida,
del árbol que me anida
la benéfica sombra irá conmigo.

Diré que la amistad me dio sus brazos,
que los más puros lazos
me estrechan con dulcísimos favores
en esta tierra bella:
diré que he hallado en ella
toda ilusión... excepto los amores.

No seré como el mísero gusano
que en el ramo lozano
después que logra protector asilo,
marchita su frescura,
royendo la flor pura
en cuyas hojas reposó tranquilo.

Pero es la vez primera, ¡oh madre mía!
que el grave y santo día
en que el año nos muestra sus albores
vivo de ella apartada,
y me siento agobiada
de dudas, de presagios, de temores.

Por más que esfuerzo el ánimo caído,
por más que del sentido
quiero alejar presentimientos vanos,
la pena me quebranta,
se anuda mi garganta
al recordar mis padres, mis hermanos.

El año expira... en él ya no los veo
sino por el deseo;
pálido el nuevo sol irá mañana
con sus rayos perdidos,
cuando aún estén dormidos,
las rejas a alumbrar de mi ventana.

Mis tórtolas con queja lastimera,
sin mí por vez primera,
saludarán del astro la venida;
¡hartas veces cantamos
y juntas celebramos
la antorcha de esos años extinguida!

Y he visto que los años mi contento
de uno en otro momento
en mi espíritu han ido amortiguando,
y que de mi poesía
la llama que lucía,
poco a poco también se fue apagando.

¿Qué nos traerá ese sol aún escondido
a este mundo afligido?
¿Qué nuevo llanto verterán los ojos?
¿A qué ignorada pena
la suerte nos condena
en sus varios y fáciles antojos?

Tal vez de España, guerras, desventuras,
aguardan las criaturas,
o el espantoso azote del Oriente
vendrá, salvando mares,
las vidas a millares
a devorar de nuestra pobre gente.

¡Y el año expira.... y suena la campana
que pronuncia el mañana!
Y ciegos, sin saber donde corremos,
por más que le temamos,
al porvenir nos vamos,
¡aunque en el fijo mal nos estrellemos!

¡Mísera condición! Nadie nos guía
esta noche sombría;
perdemos ya de vista a un ENEMIGO
en el año que ha muerto:
pero ¿sabéis de cierto
si en el presente hallamos un AMIGO?

Vos no temáis, aunque enemigo sea,
porque en esta pelea
sois hombres, al fin, y con valor os vemos
a sufrir padeceres;
¡pobres de las mujeres
que ni valor para sufrir tenemos!

Y aun cuando el año próvido y fecundo
venga sobre este mundo
a dar de bienes su rocío santo,
siempre, sin dichas otras,
será para nosotras
¡estéril en placer, fecundo en llanto!
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