Vida y Existencia
Blas de Otero
Digo Vivir
(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada.)
Digo vivir, vivir como si nada
hubiese de quedar de lo que escribo.
Porque escribir es viento fugitivo,
y publicar, columna arrinconada.
Digo vivir, vivir a pulso, airada-
mente morir, citar desde el estribo.
Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro,
abominando cuanto he escrito: escombro
del hombre aquel que fui cuando callaba.
Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra
más inmortal: aquella fiesta brava
del vivir y el morir. Lo demás sobra.
Blas de Otero
Basta Redoble De Conciencia (1951)
que Dios, el solo vivo, no existiera,
o que, existiendo, sólo consistiera
en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento.
Y que la muerte, oh estremecimiento,
fuese el hueco sin luz de una escalera,
un colosal vacío que se hundiera
en un silencio desolado, liento.
Entonces ¿para qué vivir, oh hijos
de madre, a qué vidrieras, crucifijos
y todo lo demás? Basta la muerte.
Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos.
O si no, déjanos precipitarnos
sobre Ti —ronco río que revierte.
Blas de Otero
Basta Redoble De Conciencia (1951)
que Dios, el solo vivo, no existiera,
o que, existiendo, sólo consistiera
en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento.
Y que la muerte, oh estremecimiento,
fuese el hueco sin luz de una escalera,
un colosal vacío que se hundiera
en un silencio desolado, liento.
Entonces ¿para qué vivir, oh hijos
de madre, a qué vidrieras, crucifijos
y todo lo demás? Basta la muerte.
Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos.
O si no, déjanos precipitarnos
sobre Ti —ronco río que revierte.
Blas de Otero
cuerpo De Mujer; Río De Oro ángel Fieramente Humano (1950)
... Tántalo en fugitiva fuente de oro.
F. DE QUEVEDO
Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.
Cuerpo de la mujer o mar de oro
donde, amando las manos, no sabemos,
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro...
Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.
Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos.
Blas de Otero
Hombre - ángel Fieramente Humano (1950)
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.
Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.
Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.
Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!
Bartolomé Leonardo de Argensola
Viéndose En Un Fiel Cristal
ya antigua Lice, y que el arte
no hallaba en su rostro parte
sin estrago natural,
dijo: «Hermosura mortal,
pues que su origen lo fue,
aunque el mismo Amor le dé
sus flechas para rendir,
viva obligada a morir,
pero a envejecer, ¿por qué?»
Bartolomé Leonardo de Argensola
Dime, Padre Común, Pues Eres Justo,
¿por qué ha de permitir tu providencia,
que, arrastrando prisiones la inocencia,
suba la fraude a tribunal augusto?
»¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto
hace a tus leyes firme resistencia,
y que el celo, que más la reverencia,
gima a los pies del vencedor injusto?
»Vemos que vibran vitoriosas palmas
manos inicas, la virtud gimiendo
del triunfo en el injusto regocijo.»
Esto decía yo, cuando, riendo,
celestial ninfa apareció, y me dijo:
«¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?»
Bartolomé Leonardo de Argensola
A Un Caballero Y Una Dama Que Se Criaban Juntos Desde Niños Y Siendo Mayores De Edad Persever
porque nos hablas ya con voz escura,
y, aunque dudoso, el bozo a tu blancura
sobre ese labio superior se atreve.
Y en ti, oh Drusila, de sutil relieve
el pecho sus dos bultos apresura,
y en cada cual sobre su cumbre pura
vivo forma un rubí su centro breve.
Sienta vuestra amistad leyes mayores:
que siempre Amor para el primer veneno
busca la inadvertencia más sencilla.
Si astuto el áspid se escondió en lo ameno
de un campo fértil, ¿quién se maravilla
de que pierdan el crédito sus flores?
Baldomero Fernández Moreno
La Torre Más Alta
es la torre de aquel pueblo,
la torre de aquella iglesia
hunde su cruz en el cielo.
»Dime, madre, ¿hay otra torre
más alta en el mundo entero?»
—«Esa torre sólo es alta,
hijo mío, en tu recuerdo».
Tu brazo de siete años
alcanzaba sin esfuerzo
una piedra a sus campanas
—«¿Te acuerdas, hijo?» —«Me acuerdo».
Pero la torre más alta
del mundo, es la de aquel pueblo.
Baldomero Fernández Moreno
Los Amantes
desnudos, sonrosados, rozagantes,
el nudo vivo de los dos amantes
boca con boca y pecho contra pecho.
Se hace más apretado el nudo estrecho,
bailotean los dedos delirantes,
suspéndese el aliento unos instantes...
y he aquí el nudo sexual deshecho.
Un desorden de sábanas y almohadas,
dos pálidas cabezas despeinadas,
una suelta palabra indiferente,
un poco de hambre, un poco de tristeza,
un infantil deseo de pureza
y un vago olor cualquiera en el ambiente.
Blanca Andreu
Se Despiden Mil Veces Y Mil Veces Ciñen El Viento
botan a estribor.
Advertencias, consejos, noticias que en la memoria
se asientan con indiferencia, desmedidos sueños
que ya son nada.
Qué tiempo de exactitud han las edades traído,
qué nocturno, insolente aire de invierno.
Blanca Andreu
Ursa Maior
fueras el hombre que en turbión de centeno
y hierba seca sobre el mar amarillo
cae cuando se desbocan los caballos
y despierta la cólera del padre.
Aquí y allá caía sobre el mar
sin perder su sonrisa torcida,
anunciaba sus derechos escudo en alto,
y en la sombra que legisla la usura y los muertos
encendió para ti su elocuencia.
Sal de los malecones, señor de los sueños,
muestra tu condición, levanta estatuas
con los barcos perdidos en el dorso.
Vuelve a nosotros ese tu rostro
coronado de algas y espinas.
Blanca Andreu
Sea Causa De Iras, Reinen Tormentas Y Vientos Negros
sobre la obra de esta muerte,
quieta voluntad, mar detenido.
Sobre su baja condición verdes ejércitos busquen guerras.
Contra la calma dirige tu espada
cuando el navío se hermana con el cordero
y pasta el amargo sargazo.
Ábranse tus fauces, hable tu voz de invierno,
vuelva tu oscura gente,
—desde la proa, lágrimas de respeto y subordinación,
lágrimas nuevas y postreras
que se hallan perdidas.
Blanca Andreu
Gesto De Sable Pájaro, Ademán De Orgullo
cuando con los días contados
finges, te creces, injurias con la voz que va derecha.
Fugaces cortesías de los mares se disputan tu honor
y cierto género de noticias o silencios muy elocuentes,
espías del recuerdo las estrellas evocadoras, oleajes
de postrimerías, bendiciones, cuando
—bajo la advocación del Holandés— te desposas con el
aparejo
y el viento oficiante murmura
sobre el podrido tálamo de lona
mientras que la madera entona el réquiem.
Blanca Andreu
La Vigilia De Elphistone
de los puertos,
la charla sin fin de las ciudades,
zancudas de metal en el perfil, grúas y catedrales
entre la niebla, músicas y descargas,
destinos y negocios.
Y sin embargo en dónde tus orillas,
la esperanza que ciega o equivoca, grande mar,
cuando sepultas la verdad y caen las vidas, los imperios,
dejando paso a la belleza.
Ante ninguna ley te excedes en tus atribuciones
cuando el celo en tus cargos establece la muerte.
Blanca Andreu
Qué Señor De Las Noches, Qué Guerreros, Qué Ausentes
ausentes,
qué silencio crecido en un secreto como las ramas y
las catedrales
cuando la música de marzo tiene la verdad a sus pies.
Qué estaciones donde nada hay y ningún mensajero recuerda
aquella música lejana, aquellos ojos que brillan en la
oscuridad
como dos animales vivos.
Sobre la niebla, entonces, propagaba su pensamiento
y relaciones y analogías relucían semejantes a peces,
recuerdos refulgiendo sobre el lomo del mar, huraños
pasillos de la memoria, entonces —los últimos
sentimientos, negros como la sombra en la bodega,
se saben todavía mal interpretados —qué astrolabio
y qué brújula, qué viento del noroeste
para el sombrío capitán Elphistone, para su mirada
cuando saluda a las constelaciones, el Boyero y las
Cabrillas
contra el incendio de las tempestades
o bien qué mueca definitivamente fría como un hueso.
Blanca Andreu
Y Corría La Sangre Como Una Estatua Rota Por Las Habitaciones
…Pues la encina, ¿qué sabría
de la muerte sin mí?
CLAUDIO RODRÍGUEZ
Y corría la sangre como una estatua rota por las habitaciones
mientras aullaban los príncipes sapos y los armiños se escondían entre el trigo
y corría la sangre como una estatua rota en el oro del musgo y de la nieve
y potros como pajes delgadísimos se quemaban sobre la tierra espesa
y el unicornio joven hablaba de arte y prefería a Tiépolo y todo era pálido y cortés
y corría la sangre más niña sobre cabalgaduras encendidas
y los dulces lebreles inventaban el fuego pulsando caza calcinada, ardor y soledad.
Se tiñeron los muros de cárdeno cruel, las murallas del mundo de un rojo que no existe,
y caían mis manos como presas y víctimas,
sollozaban por ellas los topos en mística ceguera y los lagartos.
Y fue la sangre pureza potencial,
dolor, ciencia y heráldica violenta
mientras las águilas dormían la primavera lejana.
Blanca Andreu
Niña De Greyes Delicadamente Doradas
niña obsesión de la cigüeña virgen
con mechones de pluma de damasco
que salpicaban muerte,
de la cigüeña loca con alones
de estricnina dorada
que viajaba dejándote un corpóreo perfume,
un pulcro olor a lilas, y a dorados y rudos sueños.
Niña que obedeció al autillo apóstol
y a la mirada turbia de los ojos reales,
con pueriles dibujos de Selene y demás.
Niña de inexistente concierto,
niña de crueles sonatinas y malévolos libros de Tom Wolfe,
o de encajes de brujas para vendar las llagas de los corzos heridos,
de ciervos vulnerados asomados en los oteros místicos,
en los sitios así.
Niña pluscuamperfecto, niña que nunca fuimos,
dilo ahora,
dilo ahora tú, ahora que es tan tarde,
pronuncia el torvo adagio,
pronúnciame la lágrima,
la silueta morada de la yegua,
la del potro que se tendió a tus pies despertando la espuma.
Declama abandonada las palabras de antaño,
sombra de Juan Ramón: Soledad,
te soy fiel.
Declama desdeñosa las palabras de antaño,
pero no aquella estrofa cortesana,
no hables de reinas blancas como un lirio,
nieves, y Juana ardiendo,
y la melancolía entretejida
del querido Villon,
sino los verbos claros donde poder beber el líquido más triste,
jarros de mar y alivio, ahora que ya es tarde,
alza párvula voz y eco albacea y canta:
Dile a la vida que la recuerdo,
que la recuerdo.
Definitivamente se extravía en un bosque naciente esta muerte pequeña,
el brote del cometa detenido,
esto que nadie salva,
joven volcán de huesos y ráfaga novicia
hecha de pájaro y de párpado y de ola pensante
que ningún libro estofado de oro solar de Italia,
ningún libro de lava
viene a sellar por mí.
Y así la muerte tantas veces escrita
se me vuelve radiante,
y puedo hablar
del deseo y del lacre rubio y ciego en los faros,
del cadáver quimera de la tripulación.
Y así la muerte
se convierte en historia
de aquella niña muda que se ahorcó
con las cuerdas boreales del arpa
porque tenía en la lengua un veneno nupcial.
Definitivamente me extravío acunando camadas de raros epitafios,
niña de grey dorada,
diré a la vida que la recuerdas,
que recuerdas sus líneas conjurando tu sombra,
que recuerdas sus hábitos y su carácter solo,
su laurel ácido, su profunda zarza, su descarado error y sus hordas dolidas,
mientras gatos efesios van llorando a mis pies,
mientras gatas perdidas plateadas
van cuajando su alcurnia en ciprés genealógico y en
álamo,
diré a la vida que te recuerde,
que me recuerde,
ahora,
cuando me alzo con cuerdas capilares y bucles
hasta el desastre de mi cabeza,
hasta el desastre de mis veinte años,
hasta el desastre, luz quebrantahuesos.
Blanca Andreu
Me Queda La Mar Media En El Triunfo Del Agua
en el advenimiento de los espejos y de las aleaciones,
me queda la mar media y sus ahogados, cantiga y quemadura,
ebrios de agua profunda y profundo dolor.
Pero había un mar de la sangre más blanca
y del dolor apagado,
mar de la caza y muerte en montería, vino metal dormido
baja luna.
Mar de los ventanales empapados para el amor más duro
con quien la soledad se atreve y canta, con crines antorchadas
y dibujada hoguera,
mar del amor más duro que decae como decae tu nombre:
el nombre que en mí tiembla y tu nombre primero.
Blanca Andreu
En Las Cuadras Del Mar Duermen Términos Blancos
la espuma que crepita, la droga hecha de liquen que mueve a olvidar:
en los establos del mar reina la urraca, la intriga y la discordia,
nueva versión del agua y del bajo oleaje,
nueva versión del agua derramada desde todas las tierras y las tapias del mundo.
Entre los muros del mar callan los abedules que poseen los símbolos del mirlo,
la última voz del bosque,
calla la yedra bárbara que envenenaba ciervos leves como navajas,
el roble boreal,
arrendajos dormidos como libros celestes, incendios y lechuzas de la grava marina.
En las caballerizas del mar, el mar se ahoga con su métrica ardiente,
la flora, las ojivas y las bocas del mar,
concilio de castaños en vilo verdeherido,
y alguien desde muy lejos abdicando, andando desde lejos a morir entre
lejanas ramas empapadas:
alguien desde muy lejos esperando la flora, las ojivas y las bocas del mar.
Entre noviembre y cascos y corolas
el ángel de los remos camina ensangrentado con olor a madera,
con pupila de pájaro el otoño gravita,
acecha el ángel de los cables y las oscuras verjas, los reductos malignos,
y el ángel de la arcilla, matriz de zarza,
polen y estela de placenta que en otoño florece en muerte.
En las caballerizas del mar el mar se ahoga con su métrica ardiente.
Entre los muros del mar callan los abedules que poseen los símbolos del mirlo avisador.
En las cuadras del mar, como en la muerte,
duermen términos blancos.
Blanca Andreu
Hundiré Mis Manos Aquí, En Este Mar Que No Existe
(…) honrando largos mares.FRANCISCO DE QUEVEDO
Hundiré mis manos aquí, en este mar que no existe,
hundiré las hojas ávidas y el verso vertical que
nació espada,
la tinta de helecho virgen, las sílabas furtivas que iban diciendo: sálvame,
y el amor como un vino escrito.
Hundiré mis dedos, las lianas vivas y los pólipos que enmudecen en mis dedos,
las flores graves que coronan a los reptiles que amo,
el liquen del sueño que maduran las serpientes más favorables,
el corazón pintado de blanco, hasta morir,
la garganta del día y sus branquias de oro.
Hundiré mis manos en noche que no existe sobre un mar que no existe,
mi garganta entre anzuelos de la flora marítima,
en agua ebria y en buques como pájaros,
en aquello que no será posible,
en todo lo que se alza cuando la noche se alza,
cuando encalla su cornamenta de ciervo temible y solloza,
estrofa antílope o estrella en metro antiguo,
y andará la locura como un óleo escarlata,
ala o aceites rojos sobre la superficie de cierta oscuridad,
de océano ninguno.
Hundiré mis manos en este lugar leve donde duermen secretas las marinas flamígeras,
y hablemos de las direcciones y de las cosas de la muerte,
y de sus rutas, y de sus atrios abrasados.
Blanca Andreu
Muerte Pájaro Príncipe, Un Pájaro Es Un ángel Inmaduro
ángel inmaduro.
Y así, hablaré de tus manos que se alejan y de las manos de lo hermosísimo ardiendo,
pequeño dios con nariz de ciervo, hermano mío, héroes de alma entrecortada,
niñas de oro hipodérmico que nunca creen morir,
qué aguda la pupila y el filo de los dedos encendiendo la muerte mientras un ángel sobrevuela y pasa de largo
con el pico de plata y de ginebra,
labios del mediodía resuelto en ave sobre tus manos que se alejan y mis manos
y las manos del pequeño ciervo de aire griego salvaje, hermano mío,
y las manos sin venas de los héroes, de las madonas amnésicas.
Mis alas de dolor robadas por tus manos, amor mío, corazón mío pintado de blanco,
mis alas de dolor con botellas agónicas y líquidos que disuelven la vida,
y los labios que te aman en mí y en la convulso,
y la música en trompas delgadísimas, trompetas peraltadas, peraltadas, columnas niñas, qué
sobreagudo el do,
la mirada más alta y la más alta queja,
muerte pájaro príncipe volando,
un pájaro es un ángel inmaduro.
Blanca Andreu
Dame La Noche Que No Intercede, La Noche Migratoria Con
con la grulla celeste y su alamar guerrero,
palafrén de la ola oscuridad.
Dame tu parentesco con una sombra de oro, dame el mármol y su perfil leve y ciervo,
como de estrofa antigua.
Dame mis manos degolladas por la noche que no intercede,
palafrén de las más altas mareas,
mis manos degolladas entre los altos cepos y las llamas lunares,
mis manos migratorias por el cielo de agosto.
Dame mis manos degolladas por el antiguo oficio de la infancia,
mis manos que sajaron el cuello de la noche,
el destello del sueño con metáforas verdes,
el vino blasonado que se quedó dormido.
Blanca Andreu
Y Quisimos Dormir El Sueño Bárbaro
negar devotos párpados y el rubor de las damas de satén y jardín,
luchar con hordas bondadosas de búfalos,
dormir eras diurnas y perdidas sobre locomotoras de música brillante,
que adornara con moras los vestidos el implacable dinosaurio obispal,
el búho cárdeno y la tristeza,
chimeneas como tubos de un órgano barroco,
música pterodáctilo: sus alas grandes pobladas de truenos,
su espalda cíclope
de reactor clavecín.
Y quisimos dormir sobre un verso nervioso del rayo,
sobre el óleo morado de las carbonerías,
sin nanas de corcheas, corcheas auténticas,
acuarelas de lilas posesivas como una bendición.
Y quisimos dormir con la métrica rara del raro maremoto
y con la lengua llena de espuma de colegio.
Es así, nos dijimos, la tímida muerte,
es así la tímida vida,
no el éxtasis, sino el encaje oscuro del salitre
dibujando libélulas y árboles de tinta,
saliva que no escribe dorados serventeios*
ni plata de alquitrán.
Y quisimos dormir así, vértigos-velas para llegar adónde,
pero escuchadme, cómo hacer de otro modo,
cómo hacer de la tarde un pálido papel para rasgar o estucarlo con oros,
cómo hacer mutaciones, piedras filosofales,
y cómo apoderarse de algas y catedrales y de la lágrima de luz y terciopelo de la virgen Virginia que alienta los silencios,
que ondea disfrazada de Ofelia por los lagos.
No tuvimos cavernas palaciegas, ni manuscritos en cuevas ni palomas,
sólo balcones para inventar tormentas y desatar el espectáculo,
sólo vagos balcones donde el labio de las plantas humea
y saja el corazón y lo secciona en láminas de muerte repentina,
en las antiguas láminas de mica
que, ya lo dije, irradia angustia, espejos.