Poemas en este tema
Vida y Existencia
Rosalía de Castro
Al Oír Las Canciones
Al oír las canciones
que en otro tiempo oía,
del fondo en donde duermen mis pasiones
el sueño de la nada,
pienso que se alza irónica y sombría,
la imagen ya enterrada
de mis blancas y hermosas ilusiones,
para decirme: —¡Necia!, lo que es ido
¡no vuelve!; lo pasado se ha perdido
como en la noche va a perderse el día,
ni hay para la vejez resurrecciones...
¡Por Dios, no me cantéis esas canciones
que en otro tiempo oía!
que en otro tiempo oía,
del fondo en donde duermen mis pasiones
el sueño de la nada,
pienso que se alza irónica y sombría,
la imagen ya enterrada
de mis blancas y hermosas ilusiones,
para decirme: —¡Necia!, lo que es ido
¡no vuelve!; lo pasado se ha perdido
como en la noche va a perderse el día,
ni hay para la vejez resurrecciones...
¡Por Dios, no me cantéis esas canciones
que en otro tiempo oía!
956
1
Rosalía de Castro
Al Oír Las Canciones
Al oír las canciones
que en otro tiempo oía,
del fondo en donde duermen mis pasiones
el sueño de la nada,
pienso que se alza irónica y sombría,
la imagen ya enterrada
de mis blancas y hermosas ilusiones,
para decirme: —¡Necia!, lo que es ido
¡no vuelve!; lo pasado se ha perdido
como en la noche va a perderse el día,
ni hay para la vejez resurrecciones...
¡Por Dios, no me cantéis esas canciones
que en otro tiempo oía!
que en otro tiempo oía,
del fondo en donde duermen mis pasiones
el sueño de la nada,
pienso que se alza irónica y sombría,
la imagen ya enterrada
de mis blancas y hermosas ilusiones,
para decirme: —¡Necia!, lo que es ido
¡no vuelve!; lo pasado se ha perdido
como en la noche va a perderse el día,
ni hay para la vejez resurrecciones...
¡Por Dios, no me cantéis esas canciones
que en otro tiempo oía!
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1
Rosalía de Castro
Los Robles
Allá en tiempos que fueron, y el alma
han llenado de santos recuerdos,
de mi tierra en los campos hermosos,
la riqueza del pobre era el fuego,
que al brillar de la choza en el fondo,
calentaba los rígidos miembros
por el frío y el hambre ateridos
del niño y del viejo.
De la hoguera sentados en torno,
en sus brazos la madre arrullaba
al infante robusto;
daba vuelta, afanosa la anciana
en sus dedos nudosos, al huso,
y al alegre fulgor de la llama,
ya la joven la harina cernía,
o ya desgranaba
con su mano callosa y pequeña,
del maíz las mazorcas doradas.
Y al amor del hogar calentándose
en invierno, la pobre familia
campesina, olvidaba la dura
condición de su suerte enemiga;
y el anciano y el niño, contentos
en su lecho de paja dormían,
como duerme el polluelo en su nido
cuando el ala materna le abriga.
han llenado de santos recuerdos,
de mi tierra en los campos hermosos,
la riqueza del pobre era el fuego,
que al brillar de la choza en el fondo,
calentaba los rígidos miembros
por el frío y el hambre ateridos
del niño y del viejo.
De la hoguera sentados en torno,
en sus brazos la madre arrullaba
al infante robusto;
daba vuelta, afanosa la anciana
en sus dedos nudosos, al huso,
y al alegre fulgor de la llama,
ya la joven la harina cernía,
o ya desgranaba
con su mano callosa y pequeña,
del maíz las mazorcas doradas.
Y al amor del hogar calentándose
en invierno, la pobre familia
campesina, olvidaba la dura
condición de su suerte enemiga;
y el anciano y el niño, contentos
en su lecho de paja dormían,
como duerme el polluelo en su nido
cuando el ala materna le abriga.
1.683
1
Rosalía de Castro
Cada Vez Que Recuerda Tanto Oprobio
Cada vez que recuerda tanto oprobio,
—cada vez digo ¡y lo recuerda siempre!—,
avergonzada su alma
quisiera en el no ser desvanecerse,
como la blanca nube
en el espacio azul se desvanece.
Recuerdo... lo que halaga hasta el delirio
o da dolor hasta causar la muerte...
no, no es sólo recuerdo,
sino que es juntamente
el pasado, el presente, el infinito,
lo que fue, lo que es y ha de ser siempre.
—cada vez digo ¡y lo recuerda siempre!—,
avergonzada su alma
quisiera en el no ser desvanecerse,
como la blanca nube
en el espacio azul se desvanece.
Recuerdo... lo que halaga hasta el delirio
o da dolor hasta causar la muerte...
no, no es sólo recuerdo,
sino que es juntamente
el pasado, el presente, el infinito,
lo que fue, lo que es y ha de ser siempre.
1.158
1
Rosalía de Castro
Cada Vez Que Recuerda Tanto Oprobio
Cada vez que recuerda tanto oprobio,
—cada vez digo ¡y lo recuerda siempre!—,
avergonzada su alma
quisiera en el no ser desvanecerse,
como la blanca nube
en el espacio azul se desvanece.
Recuerdo... lo que halaga hasta el delirio
o da dolor hasta causar la muerte...
no, no es sólo recuerdo,
sino que es juntamente
el pasado, el presente, el infinito,
lo que fue, lo que es y ha de ser siempre.
—cada vez digo ¡y lo recuerda siempre!—,
avergonzada su alma
quisiera en el no ser desvanecerse,
como la blanca nube
en el espacio azul se desvanece.
Recuerdo... lo que halaga hasta el delirio
o da dolor hasta causar la muerte...
no, no es sólo recuerdo,
sino que es juntamente
el pasado, el presente, el infinito,
lo que fue, lo que es y ha de ser siempre.
1.158
1
Pedro Salinas
Versos 388 A 424
Yo no necesito tiempo
para saber cómo eres:
conocerse es el relámpago.
¿Quién te va a ti a conocer
en lo que callas, o en esas
palabras con que lo callas?
El que te busque en la vida
que estás viviendo, no sabe
mas que alusiones de ti,
pretextos donde te escondes.
Ir siguiéndote hacia atrás
en lo que tú has hecho, antes,
sumar acción con sonrisa,
años con nombres, será
ir perdiéndote. Yo no.
Te conocí en la tormenta.
Te conocí, repentina,
en ese desgarramiento
brutal de tiniebla y luz,
donde se revela el fondo
que escapa al día y la noche.
Te vi, me has visto, y ahora,
desnuda ya del equívoco,
de la historia, del pasado,
tú, amazona en la centella,
palpitante de recién
llegada sin esperarte,
eres tan antigua mía,
te conozco tan de tiempo,
que en tu amor cierro los ojos,
y camino sin errar,
a ciegas, sin pedir nada
a esa luz lenta y segura
con que se conocen letras
y formas y se echan cuentas
y se cree que se ve
quién eres tú, mi invisible.
para saber cómo eres:
conocerse es el relámpago.
¿Quién te va a ti a conocer
en lo que callas, o en esas
palabras con que lo callas?
El que te busque en la vida
que estás viviendo, no sabe
mas que alusiones de ti,
pretextos donde te escondes.
Ir siguiéndote hacia atrás
en lo que tú has hecho, antes,
sumar acción con sonrisa,
años con nombres, será
ir perdiéndote. Yo no.
Te conocí en la tormenta.
Te conocí, repentina,
en ese desgarramiento
brutal de tiniebla y luz,
donde se revela el fondo
que escapa al día y la noche.
Te vi, me has visto, y ahora,
desnuda ya del equívoco,
de la historia, del pasado,
tú, amazona en la centella,
palpitante de recién
llegada sin esperarte,
eres tan antigua mía,
te conozco tan de tiempo,
que en tu amor cierro los ojos,
y camino sin errar,
a ciegas, sin pedir nada
a esa luz lenta y segura
con que se conocen letras
y formas y se echan cuentas
y se cree que se ve
quién eres tú, mi invisible.
995
1
Pablo de Rokha
Poesía Funeraria
Indiscutiblemente, en casas de arriendo,
a la ribera del pan y su situación aldeana de sombrero de sol,
contra empleados grandes o desesperados
y viudas terribles, que desprenden cabellos de estructura amarilla,
así moriremos, tal vez, al bramar contra la montaña.
Después de haber gastado electricidad y pantalones,
sudando terror y dignidad de asesino al cual van a fusilar los aterrados
soldados,
y mirando, con la dentadura repleta de misterio,
cómo la querida mujer ya estará ruinosa y rajada de años,
y enormemente
grandiosa de grandiosidad inútil,
y aprieta su triste carne contra las murallas,
o estará llena de llamas, como en la época del durazno
que fue paloma, y cuando nos miramos ante un muerto.
Se destruye la esperanza humana, la azucena,
y su escudo va corroyéndose de herrumbre entre azules tiestos
y serios difuntos
en espectáculo,
luego se gasta la gana llevada adentro
y unos orines con cementerio azotan este sepulcro de condición
boreal, que el catre parece,
resonando.
No haber bebido,
¡ah!, no haber bebido más tinajas del principal vino tinto,
del substancial elemento de abejas
eternas,
no haber tenido el cintunón del general de tribu,
y aquella gran cama tirada de mundo a mundo,
en donde creciesen bestias agrestes,
abejas de funeral, panteras del tormento a la guitarra, relampagueando,
y una gran espada roja
con la cual escribir la revolución proletaria,
y, en aquellos millones de atardeceres,
en los que nos sacamos los zapatos, sollozando,
no haber venido la luna desnuda
que florece, eternamente, a consolar a los moribundos.
A la criatura, cómo se le despluma y cómo se le inunda,
a la simultaneidad, el reflejo
de materia de sepulcro,
porque es lúgubre cuando fallan las glándulas,
y en lo hondo del hígado del hombre se deshojan las violetas.
Hay que poseer el heroísmo de agonizar correctamente,
clavando los dedos de los ojos y su puñal en la tiniebla acumulada,
sin abandonar la voluntad de podrirse.
Ahora, si sabemos de qué manera las plantas de los pies rajan
la miseria solar y alguna vez le oímos la bala a la tumba,
y el oro y el hecho en la garganta se nos va a atajar.
Si catre de bronce adquiere, morirá el burócrata contento como gusano,
con la lengua afuera entre la familia,
enderezando su conciencia de bruto y de pájaro y de siervo,
como quien levanta la casa
y la va a ubicar en donde concluyen las cosas.
Se apagaron todas las lámparas, gotea el viento, y el sol toma
la forma del embudo.
En aquel entonces entenderemos al que asaltó y degolló a la humanidad para comprarle
laureles a su amiga,
al que edificó su tribu en la plaza pública gritando como acero,
al que desgarró mujeres y naciones y se revolcó con todos los relámpagos, en la sociedad
y sus potreros de desventura,
y no nos entenderemos nosotros, porque todo ha sido inútil y se ha perdido:
un traje, heroico de terrores, cubriendo tiempos eternos, y el infinito alimento provinciano,
morir en colchón, enormemente estupendo y afligido,
rempujando amargos carros de tercera, rempujando empeños, rempujando
cantando, rempujando abismos, rempujando palomas, abandonados,
porque el que se muere es él y su corazón, el que se muere, entonces,
y a quien invaden las poderosas arenas, el mar océano, su caballo gris, y la
perla obscura, que está dentro de la naranja,
aunque se designe Lucho o Domingo o Pancho.
Los que ardientes y alegres estábamos,
cabelleras de sepultura arrastrando, nos iremos descomponiendo y haciendo aceite,
haciendo narices, haciendo gusanos, haciendo historia,
hasta que quedemos desnudos, sin carne, sin entrañas, sin huesos,
nosotros, sin nosotros,
solamente un agujero de lo que fuimos, cuando con esto éramos esta misma lengua,
cuando ni siquiera el hombre
nunca fue lo que quería y lo que podía, nunca,
y toma, también, hacia la vida dispersa,
cansado e insatisfecho, como los caballos del idealista.
Allí, una sola uva será igual a una culebra y a una idea, o a un becerro de parafina,
y el escorpión sobre muchachas en violeta,
o anidará la araña religiosa en cuna de pájaro, desnudándose;
deshojando sus árboles, los acontecimientos
cubrirán el rol de la hoja caída, su silabario amarillo;
a tal altura, miserables botellas de soldado,
la espantosa necesidad de agarrarse a los propios suspiros, arañándolos
colchón abajo,
derrumbándose,
cuando inicia la agonía su invasión de naufragio, de
inundación tremenda,
y pierden los muebles hecho, empieza a hacerse uno todo girando, gritando,
rodando en vorágine,
para que caiga ahí el difunto en su pellejo.
Rosas sobre negro y negros pueblos de viento,
amargura en fermentación de adioses, temporal de tripas a las
lágrimas, creciendo los pelos en la obscuridad su alarido.
No digamos el porvenir de sollozos,
cuando la futura ciudad con nosotros cal y cemento organice,
entonces, soledad colosal del átomo,
contra nuestra forma y su ámbito: su ámbito, ¡oh!
naufragado corazón,
la intimidad desencadenada,
su no oído grito, su grito tenaz, su grito de sangre que perece,
recuperando el terror inicial.
Solamente, no haber podido nunca comprender adentro, en los huesos,
que lo substancial no somos nosotros, nuestro proceder, nuestros zapatos,
nuestros amores, nuestros sentidos, nuestras costillas, nuestras ideas,
sino el universo infinito y la sociedad aclamándolo,
la energía histórico-dialéctica, expresándose
por la persona y la transitoriedad de la persona,
sobre estos atados turbios y polvorosos,
que pudiesen ser manzanas o pólvora grande,
la afligida costumbre, el héroe,
lo abandonado, lo obscuro y copretérito en las burocracias acumuladas,
el afán de afanes, tantas cosas duras con pecho rosado,
en las que ubicamos nuestro poderoso amor y su látigo — y a
alga marina su calzón echaba aroma-,
porque la abrazábamos desnuda, se ponía más bonita,
riéndose, blanca como plata o como agua, al agitar la bandera
negra del pelo contra los desiertos,
encima de éste, aquéste montón de terror en el que nos morimos.
He ahí la conciencia y el ser, mezclándose de árboles
incendiados y panoramas, a la canción pretérita,
revolviendo sesos y versos en la memoria —un grande espacio—, y entra el muerto
a la izquierda, y aquel pájaro en cántico de los álamos del cementerio,
peleando con nosotros, agusanados, como sardina podrida, o embalsamados
en caricatura de almacén triste,
Porque tiene gusto a muerte la comida,
y olor a adiós y a muerte la piel y todos los negocios,
la fruta, la plata, la ropa, la sepultura,
y sólo la hoz y el martillo nos alumbran la materia,
como grandes casas de hierro con incendio.
a la ribera del pan y su situación aldeana de sombrero de sol,
contra empleados grandes o desesperados
y viudas terribles, que desprenden cabellos de estructura amarilla,
así moriremos, tal vez, al bramar contra la montaña.
Después de haber gastado electricidad y pantalones,
sudando terror y dignidad de asesino al cual van a fusilar los aterrados
soldados,
y mirando, con la dentadura repleta de misterio,
cómo la querida mujer ya estará ruinosa y rajada de años,
y enormemente
grandiosa de grandiosidad inútil,
y aprieta su triste carne contra las murallas,
o estará llena de llamas, como en la época del durazno
que fue paloma, y cuando nos miramos ante un muerto.
Se destruye la esperanza humana, la azucena,
y su escudo va corroyéndose de herrumbre entre azules tiestos
y serios difuntos
en espectáculo,
luego se gasta la gana llevada adentro
y unos orines con cementerio azotan este sepulcro de condición
boreal, que el catre parece,
resonando.
No haber bebido,
¡ah!, no haber bebido más tinajas del principal vino tinto,
del substancial elemento de abejas
eternas,
no haber tenido el cintunón del general de tribu,
y aquella gran cama tirada de mundo a mundo,
en donde creciesen bestias agrestes,
abejas de funeral, panteras del tormento a la guitarra, relampagueando,
y una gran espada roja
con la cual escribir la revolución proletaria,
y, en aquellos millones de atardeceres,
en los que nos sacamos los zapatos, sollozando,
no haber venido la luna desnuda
que florece, eternamente, a consolar a los moribundos.
A la criatura, cómo se le despluma y cómo se le inunda,
a la simultaneidad, el reflejo
de materia de sepulcro,
porque es lúgubre cuando fallan las glándulas,
y en lo hondo del hígado del hombre se deshojan las violetas.
Hay que poseer el heroísmo de agonizar correctamente,
clavando los dedos de los ojos y su puñal en la tiniebla acumulada,
sin abandonar la voluntad de podrirse.
Ahora, si sabemos de qué manera las plantas de los pies rajan
la miseria solar y alguna vez le oímos la bala a la tumba,
y el oro y el hecho en la garganta se nos va a atajar.
Si catre de bronce adquiere, morirá el burócrata contento como gusano,
con la lengua afuera entre la familia,
enderezando su conciencia de bruto y de pájaro y de siervo,
como quien levanta la casa
y la va a ubicar en donde concluyen las cosas.
Se apagaron todas las lámparas, gotea el viento, y el sol toma
la forma del embudo.
En aquel entonces entenderemos al que asaltó y degolló a la humanidad para comprarle
laureles a su amiga,
al que edificó su tribu en la plaza pública gritando como acero,
al que desgarró mujeres y naciones y se revolcó con todos los relámpagos, en la sociedad
y sus potreros de desventura,
y no nos entenderemos nosotros, porque todo ha sido inútil y se ha perdido:
un traje, heroico de terrores, cubriendo tiempos eternos, y el infinito alimento provinciano,
morir en colchón, enormemente estupendo y afligido,
rempujando amargos carros de tercera, rempujando empeños, rempujando
cantando, rempujando abismos, rempujando palomas, abandonados,
porque el que se muere es él y su corazón, el que se muere, entonces,
y a quien invaden las poderosas arenas, el mar océano, su caballo gris, y la
perla obscura, que está dentro de la naranja,
aunque se designe Lucho o Domingo o Pancho.
Los que ardientes y alegres estábamos,
cabelleras de sepultura arrastrando, nos iremos descomponiendo y haciendo aceite,
haciendo narices, haciendo gusanos, haciendo historia,
hasta que quedemos desnudos, sin carne, sin entrañas, sin huesos,
nosotros, sin nosotros,
solamente un agujero de lo que fuimos, cuando con esto éramos esta misma lengua,
cuando ni siquiera el hombre
nunca fue lo que quería y lo que podía, nunca,
y toma, también, hacia la vida dispersa,
cansado e insatisfecho, como los caballos del idealista.
Allí, una sola uva será igual a una culebra y a una idea, o a un becerro de parafina,
y el escorpión sobre muchachas en violeta,
o anidará la araña religiosa en cuna de pájaro, desnudándose;
deshojando sus árboles, los acontecimientos
cubrirán el rol de la hoja caída, su silabario amarillo;
a tal altura, miserables botellas de soldado,
la espantosa necesidad de agarrarse a los propios suspiros, arañándolos
colchón abajo,
derrumbándose,
cuando inicia la agonía su invasión de naufragio, de
inundación tremenda,
y pierden los muebles hecho, empieza a hacerse uno todo girando, gritando,
rodando en vorágine,
para que caiga ahí el difunto en su pellejo.
Rosas sobre negro y negros pueblos de viento,
amargura en fermentación de adioses, temporal de tripas a las
lágrimas, creciendo los pelos en la obscuridad su alarido.
No digamos el porvenir de sollozos,
cuando la futura ciudad con nosotros cal y cemento organice,
entonces, soledad colosal del átomo,
contra nuestra forma y su ámbito: su ámbito, ¡oh!
naufragado corazón,
la intimidad desencadenada,
su no oído grito, su grito tenaz, su grito de sangre que perece,
recuperando el terror inicial.
Solamente, no haber podido nunca comprender adentro, en los huesos,
que lo substancial no somos nosotros, nuestro proceder, nuestros zapatos,
nuestros amores, nuestros sentidos, nuestras costillas, nuestras ideas,
sino el universo infinito y la sociedad aclamándolo,
la energía histórico-dialéctica, expresándose
por la persona y la transitoriedad de la persona,
sobre estos atados turbios y polvorosos,
que pudiesen ser manzanas o pólvora grande,
la afligida costumbre, el héroe,
lo abandonado, lo obscuro y copretérito en las burocracias acumuladas,
el afán de afanes, tantas cosas duras con pecho rosado,
en las que ubicamos nuestro poderoso amor y su látigo — y a
alga marina su calzón echaba aroma-,
porque la abrazábamos desnuda, se ponía más bonita,
riéndose, blanca como plata o como agua, al agitar la bandera
negra del pelo contra los desiertos,
encima de éste, aquéste montón de terror en el que nos morimos.
He ahí la conciencia y el ser, mezclándose de árboles
incendiados y panoramas, a la canción pretérita,
revolviendo sesos y versos en la memoria —un grande espacio—, y entra el muerto
a la izquierda, y aquel pájaro en cántico de los álamos del cementerio,
peleando con nosotros, agusanados, como sardina podrida, o embalsamados
en caricatura de almacén triste,
Porque tiene gusto a muerte la comida,
y olor a adiós y a muerte la piel y todos los negocios,
la fruta, la plata, la ropa, la sepultura,
y sólo la hoz y el martillo nos alumbran la materia,
como grandes casas de hierro con incendio.
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Pablo de Rokha
Poesía Funeraria
Indiscutiblemente, en casas de arriendo,
a la ribera del pan y su situación aldeana de sombrero de sol,
contra empleados grandes o desesperados
y viudas terribles, que desprenden cabellos de estructura amarilla,
así moriremos, tal vez, al bramar contra la montaña.
Después de haber gastado electricidad y pantalones,
sudando terror y dignidad de asesino al cual van a fusilar los aterrados
soldados,
y mirando, con la dentadura repleta de misterio,
cómo la querida mujer ya estará ruinosa y rajada de años,
y enormemente
grandiosa de grandiosidad inútil,
y aprieta su triste carne contra las murallas,
o estará llena de llamas, como en la época del durazno
que fue paloma, y cuando nos miramos ante un muerto.
Se destruye la esperanza humana, la azucena,
y su escudo va corroyéndose de herrumbre entre azules tiestos
y serios difuntos
en espectáculo,
luego se gasta la gana llevada adentro
y unos orines con cementerio azotan este sepulcro de condición
boreal, que el catre parece,
resonando.
No haber bebido,
¡ah!, no haber bebido más tinajas del principal vino tinto,
del substancial elemento de abejas
eternas,
no haber tenido el cintunón del general de tribu,
y aquella gran cama tirada de mundo a mundo,
en donde creciesen bestias agrestes,
abejas de funeral, panteras del tormento a la guitarra, relampagueando,
y una gran espada roja
con la cual escribir la revolución proletaria,
y, en aquellos millones de atardeceres,
en los que nos sacamos los zapatos, sollozando,
no haber venido la luna desnuda
que florece, eternamente, a consolar a los moribundos.
A la criatura, cómo se le despluma y cómo se le inunda,
a la simultaneidad, el reflejo
de materia de sepulcro,
porque es lúgubre cuando fallan las glándulas,
y en lo hondo del hígado del hombre se deshojan las violetas.
Hay que poseer el heroísmo de agonizar correctamente,
clavando los dedos de los ojos y su puñal en la tiniebla acumulada,
sin abandonar la voluntad de podrirse.
Ahora, si sabemos de qué manera las plantas de los pies rajan
la miseria solar y alguna vez le oímos la bala a la tumba,
y el oro y el hecho en la garganta se nos va a atajar.
Si catre de bronce adquiere, morirá el burócrata contento como gusano,
con la lengua afuera entre la familia,
enderezando su conciencia de bruto y de pájaro y de siervo,
como quien levanta la casa
y la va a ubicar en donde concluyen las cosas.
Se apagaron todas las lámparas, gotea el viento, y el sol toma
la forma del embudo.
En aquel entonces entenderemos al que asaltó y degolló a la humanidad para comprarle
laureles a su amiga,
al que edificó su tribu en la plaza pública gritando como acero,
al que desgarró mujeres y naciones y se revolcó con todos los relámpagos, en la sociedad
y sus potreros de desventura,
y no nos entenderemos nosotros, porque todo ha sido inútil y se ha perdido:
un traje, heroico de terrores, cubriendo tiempos eternos, y el infinito alimento provinciano,
morir en colchón, enormemente estupendo y afligido,
rempujando amargos carros de tercera, rempujando empeños, rempujando
cantando, rempujando abismos, rempujando palomas, abandonados,
porque el que se muere es él y su corazón, el que se muere, entonces,
y a quien invaden las poderosas arenas, el mar océano, su caballo gris, y la
perla obscura, que está dentro de la naranja,
aunque se designe Lucho o Domingo o Pancho.
Los que ardientes y alegres estábamos,
cabelleras de sepultura arrastrando, nos iremos descomponiendo y haciendo aceite,
haciendo narices, haciendo gusanos, haciendo historia,
hasta que quedemos desnudos, sin carne, sin entrañas, sin huesos,
nosotros, sin nosotros,
solamente un agujero de lo que fuimos, cuando con esto éramos esta misma lengua,
cuando ni siquiera el hombre
nunca fue lo que quería y lo que podía, nunca,
y toma, también, hacia la vida dispersa,
cansado e insatisfecho, como los caballos del idealista.
Allí, una sola uva será igual a una culebra y a una idea, o a un becerro de parafina,
y el escorpión sobre muchachas en violeta,
o anidará la araña religiosa en cuna de pájaro, desnudándose;
deshojando sus árboles, los acontecimientos
cubrirán el rol de la hoja caída, su silabario amarillo;
a tal altura, miserables botellas de soldado,
la espantosa necesidad de agarrarse a los propios suspiros, arañándolos
colchón abajo,
derrumbándose,
cuando inicia la agonía su invasión de naufragio, de
inundación tremenda,
y pierden los muebles hecho, empieza a hacerse uno todo girando, gritando,
rodando en vorágine,
para que caiga ahí el difunto en su pellejo.
Rosas sobre negro y negros pueblos de viento,
amargura en fermentación de adioses, temporal de tripas a las
lágrimas, creciendo los pelos en la obscuridad su alarido.
No digamos el porvenir de sollozos,
cuando la futura ciudad con nosotros cal y cemento organice,
entonces, soledad colosal del átomo,
contra nuestra forma y su ámbito: su ámbito, ¡oh!
naufragado corazón,
la intimidad desencadenada,
su no oído grito, su grito tenaz, su grito de sangre que perece,
recuperando el terror inicial.
Solamente, no haber podido nunca comprender adentro, en los huesos,
que lo substancial no somos nosotros, nuestro proceder, nuestros zapatos,
nuestros amores, nuestros sentidos, nuestras costillas, nuestras ideas,
sino el universo infinito y la sociedad aclamándolo,
la energía histórico-dialéctica, expresándose
por la persona y la transitoriedad de la persona,
sobre estos atados turbios y polvorosos,
que pudiesen ser manzanas o pólvora grande,
la afligida costumbre, el héroe,
lo abandonado, lo obscuro y copretérito en las burocracias acumuladas,
el afán de afanes, tantas cosas duras con pecho rosado,
en las que ubicamos nuestro poderoso amor y su látigo — y a
alga marina su calzón echaba aroma-,
porque la abrazábamos desnuda, se ponía más bonita,
riéndose, blanca como plata o como agua, al agitar la bandera
negra del pelo contra los desiertos,
encima de éste, aquéste montón de terror en el que nos morimos.
He ahí la conciencia y el ser, mezclándose de árboles
incendiados y panoramas, a la canción pretérita,
revolviendo sesos y versos en la memoria —un grande espacio—, y entra el muerto
a la izquierda, y aquel pájaro en cántico de los álamos del cementerio,
peleando con nosotros, agusanados, como sardina podrida, o embalsamados
en caricatura de almacén triste,
Porque tiene gusto a muerte la comida,
y olor a adiós y a muerte la piel y todos los negocios,
la fruta, la plata, la ropa, la sepultura,
y sólo la hoz y el martillo nos alumbran la materia,
como grandes casas de hierro con incendio.
a la ribera del pan y su situación aldeana de sombrero de sol,
contra empleados grandes o desesperados
y viudas terribles, que desprenden cabellos de estructura amarilla,
así moriremos, tal vez, al bramar contra la montaña.
Después de haber gastado electricidad y pantalones,
sudando terror y dignidad de asesino al cual van a fusilar los aterrados
soldados,
y mirando, con la dentadura repleta de misterio,
cómo la querida mujer ya estará ruinosa y rajada de años,
y enormemente
grandiosa de grandiosidad inútil,
y aprieta su triste carne contra las murallas,
o estará llena de llamas, como en la época del durazno
que fue paloma, y cuando nos miramos ante un muerto.
Se destruye la esperanza humana, la azucena,
y su escudo va corroyéndose de herrumbre entre azules tiestos
y serios difuntos
en espectáculo,
luego se gasta la gana llevada adentro
y unos orines con cementerio azotan este sepulcro de condición
boreal, que el catre parece,
resonando.
No haber bebido,
¡ah!, no haber bebido más tinajas del principal vino tinto,
del substancial elemento de abejas
eternas,
no haber tenido el cintunón del general de tribu,
y aquella gran cama tirada de mundo a mundo,
en donde creciesen bestias agrestes,
abejas de funeral, panteras del tormento a la guitarra, relampagueando,
y una gran espada roja
con la cual escribir la revolución proletaria,
y, en aquellos millones de atardeceres,
en los que nos sacamos los zapatos, sollozando,
no haber venido la luna desnuda
que florece, eternamente, a consolar a los moribundos.
A la criatura, cómo se le despluma y cómo se le inunda,
a la simultaneidad, el reflejo
de materia de sepulcro,
porque es lúgubre cuando fallan las glándulas,
y en lo hondo del hígado del hombre se deshojan las violetas.
Hay que poseer el heroísmo de agonizar correctamente,
clavando los dedos de los ojos y su puñal en la tiniebla acumulada,
sin abandonar la voluntad de podrirse.
Ahora, si sabemos de qué manera las plantas de los pies rajan
la miseria solar y alguna vez le oímos la bala a la tumba,
y el oro y el hecho en la garganta se nos va a atajar.
Si catre de bronce adquiere, morirá el burócrata contento como gusano,
con la lengua afuera entre la familia,
enderezando su conciencia de bruto y de pájaro y de siervo,
como quien levanta la casa
y la va a ubicar en donde concluyen las cosas.
Se apagaron todas las lámparas, gotea el viento, y el sol toma
la forma del embudo.
En aquel entonces entenderemos al que asaltó y degolló a la humanidad para comprarle
laureles a su amiga,
al que edificó su tribu en la plaza pública gritando como acero,
al que desgarró mujeres y naciones y se revolcó con todos los relámpagos, en la sociedad
y sus potreros de desventura,
y no nos entenderemos nosotros, porque todo ha sido inútil y se ha perdido:
un traje, heroico de terrores, cubriendo tiempos eternos, y el infinito alimento provinciano,
morir en colchón, enormemente estupendo y afligido,
rempujando amargos carros de tercera, rempujando empeños, rempujando
cantando, rempujando abismos, rempujando palomas, abandonados,
porque el que se muere es él y su corazón, el que se muere, entonces,
y a quien invaden las poderosas arenas, el mar océano, su caballo gris, y la
perla obscura, que está dentro de la naranja,
aunque se designe Lucho o Domingo o Pancho.
Los que ardientes y alegres estábamos,
cabelleras de sepultura arrastrando, nos iremos descomponiendo y haciendo aceite,
haciendo narices, haciendo gusanos, haciendo historia,
hasta que quedemos desnudos, sin carne, sin entrañas, sin huesos,
nosotros, sin nosotros,
solamente un agujero de lo que fuimos, cuando con esto éramos esta misma lengua,
cuando ni siquiera el hombre
nunca fue lo que quería y lo que podía, nunca,
y toma, también, hacia la vida dispersa,
cansado e insatisfecho, como los caballos del idealista.
Allí, una sola uva será igual a una culebra y a una idea, o a un becerro de parafina,
y el escorpión sobre muchachas en violeta,
o anidará la araña religiosa en cuna de pájaro, desnudándose;
deshojando sus árboles, los acontecimientos
cubrirán el rol de la hoja caída, su silabario amarillo;
a tal altura, miserables botellas de soldado,
la espantosa necesidad de agarrarse a los propios suspiros, arañándolos
colchón abajo,
derrumbándose,
cuando inicia la agonía su invasión de naufragio, de
inundación tremenda,
y pierden los muebles hecho, empieza a hacerse uno todo girando, gritando,
rodando en vorágine,
para que caiga ahí el difunto en su pellejo.
Rosas sobre negro y negros pueblos de viento,
amargura en fermentación de adioses, temporal de tripas a las
lágrimas, creciendo los pelos en la obscuridad su alarido.
No digamos el porvenir de sollozos,
cuando la futura ciudad con nosotros cal y cemento organice,
entonces, soledad colosal del átomo,
contra nuestra forma y su ámbito: su ámbito, ¡oh!
naufragado corazón,
la intimidad desencadenada,
su no oído grito, su grito tenaz, su grito de sangre que perece,
recuperando el terror inicial.
Solamente, no haber podido nunca comprender adentro, en los huesos,
que lo substancial no somos nosotros, nuestro proceder, nuestros zapatos,
nuestros amores, nuestros sentidos, nuestras costillas, nuestras ideas,
sino el universo infinito y la sociedad aclamándolo,
la energía histórico-dialéctica, expresándose
por la persona y la transitoriedad de la persona,
sobre estos atados turbios y polvorosos,
que pudiesen ser manzanas o pólvora grande,
la afligida costumbre, el héroe,
lo abandonado, lo obscuro y copretérito en las burocracias acumuladas,
el afán de afanes, tantas cosas duras con pecho rosado,
en las que ubicamos nuestro poderoso amor y su látigo — y a
alga marina su calzón echaba aroma-,
porque la abrazábamos desnuda, se ponía más bonita,
riéndose, blanca como plata o como agua, al agitar la bandera
negra del pelo contra los desiertos,
encima de éste, aquéste montón de terror en el que nos morimos.
He ahí la conciencia y el ser, mezclándose de árboles
incendiados y panoramas, a la canción pretérita,
revolviendo sesos y versos en la memoria —un grande espacio—, y entra el muerto
a la izquierda, y aquel pájaro en cántico de los álamos del cementerio,
peleando con nosotros, agusanados, como sardina podrida, o embalsamados
en caricatura de almacén triste,
Porque tiene gusto a muerte la comida,
y olor a adiós y a muerte la piel y todos los negocios,
la fruta, la plata, la ropa, la sepultura,
y sólo la hoz y el martillo nos alumbran la materia,
como grandes casas de hierro con incendio.
550
1
Pablo Neruda
Puedes Amarme, Silabaria
Puedes amarme, silabaria,
y darme un beso sustantivo?
Un diccionario es un sepulcro
o es un panal de miel cerrado?
En qué ventana me quedé
mirando el tiempo sepultado?
O lo que miro desde lejos
es lo que no he vivido aún?
y darme un beso sustantivo?
Un diccionario es un sepulcro
o es un panal de miel cerrado?
En qué ventana me quedé
mirando el tiempo sepultado?
O lo que miro desde lejos
es lo que no he vivido aún?
1.185
1
Pablo Neruda
Puedes Amarme, Silabaria
Puedes amarme, silabaria,
y darme un beso sustantivo?
Un diccionario es un sepulcro
o es un panal de miel cerrado?
En qué ventana me quedé
mirando el tiempo sepultado?
O lo que miro desde lejos
es lo que no he vivido aún?
y darme un beso sustantivo?
Un diccionario es un sepulcro
o es un panal de miel cerrado?
En qué ventana me quedé
mirando el tiempo sepultado?
O lo que miro desde lejos
es lo que no he vivido aún?
1.185
1
Pablo Neruda
La Gota Viva Del Azogue
La gota viva del azogue
corre hacia abajo o hacia siempre?
Mi poesía desdichada
mirará con los ojos míos?
Tendré mi olor y mis dolores
cuando yo duerma destruido?
corre hacia abajo o hacia siempre?
Mi poesía desdichada
mirará con los ojos míos?
Tendré mi olor y mis dolores
cuando yo duerma destruido?
871
1
Pablo Neruda
No Será La Muerte Por Fin
No será la muerte por fin
una cocina interminable?
Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?
una cocina interminable?
Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?
992
1
Pablo Neruda
No Será La Muerte Por Fin
No será la muerte por fin
una cocina interminable?
Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?
una cocina interminable?
Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?
992
1
Pablo Neruda
Y Cómo Se Llama Ese Mes
Y cómo se llama ese mes
que está entre Diciembre y Enero?
Con qué derecho numeraron
las doce uvas del racimo?
Por qué no nos dieron extensos
meses que duren todo el año?
No te engañó la primavera
con besos que no florecieron?
que está entre Diciembre y Enero?
Con qué derecho numeraron
las doce uvas del racimo?
Por qué no nos dieron extensos
meses que duren todo el año?
No te engañó la primavera
con besos que no florecieron?
868
1
Pablo Neruda
Oda A La Guitarra
Delgada
línea pura
de corazón sonoro,
eres la claridad cortada al vuelo:
cantando sobrevives:
todo se irá menos tu forma.
No sé si el llanto ronco
que de ti se desploma,
tus toques de tambor, tu
enjambre de alas,
será de ti lo mío,
o si eres
en silencio
más decididamente arrobadora,
sistema de paloma
o de cadera,
molde que de su espuma
resucita
y aparece, turgente, reclinada
y resurrecta rosa.
Debajo de una higuera,
cerca del ronco y raudo Bío Bío,
guitarra,
saliste de tu nido como un ave
y a unas manos
morenas
entregaste
las citas enterradas,
los sollozos oscuros,
la cadena sin fin de los adioses.
De ti salía el canto,
el matrimonio
que el hombre
consumó con su guitarra,
los olvidados besos,
la inolvidable ingrata,
y así se transformó
la noche entera
en estrellada caja
de guitarra,
temblando el firmamento
con su copa sonora
y el río
sus infinitas cuerdas
afinaba
arrastrando hacia el mar
una marea pura
de aromas y lamentos.
Oh soledad sabrosa
con noche venidera,
soledad como el pan terrestre,
soledad con un río de guitarras!
El mundo se recoge
en una sola gota
de miel, en una estrella,
todo es azul entre las hojas,
toda la altura temblorosa
canta.
Y la mujer que toca
la tierra y la guitarra
lleva en su voz
el duelo
y la alegría
de la profunda hora.
El tiempo y la distancia
caen a la guitarra:
somos un sueño,
un canto
entrecortado:
el corazón campestre
se va por los caminos a caballo:
sueña y sueña la noche y su silencio,
canta y canta la tierra y su guitarra.
línea pura
de corazón sonoro,
eres la claridad cortada al vuelo:
cantando sobrevives:
todo se irá menos tu forma.
No sé si el llanto ronco
que de ti se desploma,
tus toques de tambor, tu
enjambre de alas,
será de ti lo mío,
o si eres
en silencio
más decididamente arrobadora,
sistema de paloma
o de cadera,
molde que de su espuma
resucita
y aparece, turgente, reclinada
y resurrecta rosa.
Debajo de una higuera,
cerca del ronco y raudo Bío Bío,
guitarra,
saliste de tu nido como un ave
y a unas manos
morenas
entregaste
las citas enterradas,
los sollozos oscuros,
la cadena sin fin de los adioses.
De ti salía el canto,
el matrimonio
que el hombre
consumó con su guitarra,
los olvidados besos,
la inolvidable ingrata,
y así se transformó
la noche entera
en estrellada caja
de guitarra,
temblando el firmamento
con su copa sonora
y el río
sus infinitas cuerdas
afinaba
arrastrando hacia el mar
una marea pura
de aromas y lamentos.
Oh soledad sabrosa
con noche venidera,
soledad como el pan terrestre,
soledad con un río de guitarras!
El mundo se recoge
en una sola gota
de miel, en una estrella,
todo es azul entre las hojas,
toda la altura temblorosa
canta.
Y la mujer que toca
la tierra y la guitarra
lleva en su voz
el duelo
y la alegría
de la profunda hora.
El tiempo y la distancia
caen a la guitarra:
somos un sueño,
un canto
entrecortado:
el corazón campestre
se va por los caminos a caballo:
sueña y sueña la noche y su silencio,
canta y canta la tierra y su guitarra.
1.304
1
Pablo Neruda
Soneto Lxxxvi - Cien Sonetos De Amor (1959) Noche
Oh Cruz del Sur, oh trébol de fósforo fragante,
con cuatro besos hoy penetró tu hermosura
y atravesó la sombra y mi sombrero:
la luna iba redonda por el frío.
Entonces con mi amor, con mi amada, oh diamantes
de escarcha azul, serenidad del cielo,
espejo, apareciste y se llenó la noche
con tus cuatro bodegas temblorosas de vino.
Oh palpitante plata de pez pulido y puro,
cruz verde, perejil de la sombra radiante,
luciérnaga a la unidad del cielo condenada,
descansa en mí, cerremos tus ojos y los míos.
Por un minuto duerme con la noche del hombre.
Enciende en mí tus cuatro números constelados.
con cuatro besos hoy penetró tu hermosura
y atravesó la sombra y mi sombrero:
la luna iba redonda por el frío.
Entonces con mi amor, con mi amada, oh diamantes
de escarcha azul, serenidad del cielo,
espejo, apareciste y se llenó la noche
con tus cuatro bodegas temblorosas de vino.
Oh palpitante plata de pez pulido y puro,
cruz verde, perejil de la sombra radiante,
luciérnaga a la unidad del cielo condenada,
descansa en mí, cerremos tus ojos y los míos.
Por un minuto duerme con la noche del hombre.
Enciende en mí tus cuatro números constelados.
815
1
Pablo Neruda
Soneto Xxxiv - Cien Sonetos De Amor
Eres hija del mar y prima del orégano,
nadadora, tu cuerpo es de agua pura,
cocinera, tu sangre es tierra viva
y tus costumbres son floridas y terrestres.
Al agua van tus ojos y levantan las olas,
a la tierra tus manos y saltan las semillas,
en agua y tierra tienes propiedades profundas
que en ti se juntan como las leyes de la greda.
Náyade, corta tu cuerpo la turquesa
y luego resurrecto florece en la cocina
de tal modo que asumes cuanto existe
y al fin duermes rodeada por mis brazos que apartan
de la sormbra sombría, para que tú descanses,
legumbres, algas, hierbas: la espuma de tus sueños.
nadadora, tu cuerpo es de agua pura,
cocinera, tu sangre es tierra viva
y tus costumbres son floridas y terrestres.
Al agua van tus ojos y levantan las olas,
a la tierra tus manos y saltan las semillas,
en agua y tierra tienes propiedades profundas
que en ti se juntan como las leyes de la greda.
Náyade, corta tu cuerpo la turquesa
y luego resurrecto florece en la cocina
de tal modo que asumes cuanto existe
y al fin duermes rodeada por mis brazos que apartan
de la sormbra sombría, para que tú descanses,
legumbres, algas, hierbas: la espuma de tus sueños.
568
1
Pablo Neruda
Caballo De Los Sueños
Innecesario, viéndome en los espejos,
con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,
arranco de mi corazón al capitán del infierno,
establezco cláusulas indefinidamente tristes.
Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones,
converso con los sastres en sus nidos:
ellos, a menudo, con voz fatal y fría,
cantan y hacen huir los maleficios.
Hay un país extenso en el cielo
con las supersticiosas alfombras del arco-iris
y con vegetaciones vesperales:
hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga,
pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos,
yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa.
Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes,
vestido como un ser original y abatido:
amo la miel gastada del respeto,
el dulce catecismo entre cuyas hojas
duermen violetas envejecidas, desvanecidas,
y las escobas, conmovedoras de auxilio,
en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza.
Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora:
yo rompo extremos queridos: y aún mas,
aguardo el tiempo uniforme, sin medida:
un sabor que tengo en el alma me deprime.
Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche,
compacta, digital, me favorece!
He oído relinchar su rojo caballo
desnudo, sin herraduras y radiante.
Atravieso con él sobre las iglesias,
galopo los cuarteles desiertos de soldados
y un ejército impuro me persigue.
Sus ojos de eucaliptus roban sombra,
su cuerpo de campana galopa y golpea.
Yo necesito un relámpago de fulgor persistente,
un deudo festival que asuma mis herencias.
con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,
arranco de mi corazón al capitán del infierno,
establezco cláusulas indefinidamente tristes.
Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones,
converso con los sastres en sus nidos:
ellos, a menudo, con voz fatal y fría,
cantan y hacen huir los maleficios.
Hay un país extenso en el cielo
con las supersticiosas alfombras del arco-iris
y con vegetaciones vesperales:
hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga,
pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos,
yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa.
Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes,
vestido como un ser original y abatido:
amo la miel gastada del respeto,
el dulce catecismo entre cuyas hojas
duermen violetas envejecidas, desvanecidas,
y las escobas, conmovedoras de auxilio,
en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza.
Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora:
yo rompo extremos queridos: y aún mas,
aguardo el tiempo uniforme, sin medida:
un sabor que tengo en el alma me deprime.
Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche,
compacta, digital, me favorece!
He oído relinchar su rojo caballo
desnudo, sin herraduras y radiante.
Atravieso con él sobre las iglesias,
galopo los cuarteles desiertos de soldados
y un ejército impuro me persigue.
Sus ojos de eucaliptus roban sombra,
su cuerpo de campana galopa y golpea.
Yo necesito un relámpago de fulgor persistente,
un deudo festival que asuma mis herencias.
1.211
1
Pablo Neruda
Estatuto Del Vino
Cuando a regiones, cuando a sacrificios
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.
Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.
Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estación,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.
Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales,
reuniones de ropas desdichadas.
A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.
Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.
Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.
Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intención nupcial.
Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vómitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.
Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.
Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebedores,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.
Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazón en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.
A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay un tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.
El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre mediasnoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.
Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas,
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.
Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.
Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estación,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.
Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales,
reuniones de ropas desdichadas.
A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.
Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.
Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.
Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intención nupcial.
Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vómitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.
Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.
Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebedores,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.
Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazón en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.
A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay un tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.
El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre mediasnoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.
Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas,
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.
1.232
1
Pablo Neruda
Poema 13 - Veinte Poemas De Amor Y Una Canción Desesperada
He ido marcando con cruces de fuego
el atlas blanco de tu cuerpo.
Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.
Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste.
Un cisne, un árbol, algo lejano y alegre.
El tiempo de las uvas, el tiempo maduro y frutal.
Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
La soledad cruzada de sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y la tristeza.
Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.
Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
Así como las redes no retienen el agua.
Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.
Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.
Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
Oh poder celebrarte con todas las palabras de alegría.
Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco.
Triste ternura mía, qué te haces de repente?
Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
mi corazón se cierra como una flor nocturna.
el atlas blanco de tu cuerpo.
Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.
Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste.
Un cisne, un árbol, algo lejano y alegre.
El tiempo de las uvas, el tiempo maduro y frutal.
Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
La soledad cruzada de sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y la tristeza.
Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.
Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
Así como las redes no retienen el agua.
Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.
Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.
Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
Oh poder celebrarte con todas las palabras de alegría.
Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco.
Triste ternura mía, qué te haces de repente?
Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
mi corazón se cierra como una flor nocturna.
682
1
Octavio Paz
Objetos Y Apariciones
Hexaedros de madera y de vidrio
apenas más grandes que una caja de zapatos.
En ellos caben la noche y sus lámparas.
Monumentos a cada momento
hechos con los desechos de cada momento:
jaulas de infinito.
Canicas, botones, dedales, dados,
alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
cuentos del tiempo.
Memoria teje y destejo los ecos:
en las cuatro esquinas de la caja
juegan al aleleví damas sin sombra.
El fuego enterrado en el espejo,
el agua dormida en el ágata:
solos de Jenny Lind y Jenny Colon.
"Hay que hacer un cuadro", dijo Degas,
"como se comete un crimen". Pero tú construiste
cajas donde las cosas se aligeran de sus nombres.
Slot machine de visiones,
vaso de encuentro de las reminiscencias,
hotel de grillos y de constelaciones.
Fragmentos mínimos, incoherentes:
al revés de la Historia, creadora de ruinas,
tú hiciste con tus ruinas creaciones.
Teatro de los espíritus:
los objetos juegan al aro
con las leyes de la identidad.
Grand Hotel Couronne: en una redoma
el tres de tréboles y, toda ojos,
Almendrita en los jardines de un reflejo.
Un peine es un harpa
pulsada por la mirada de una niña
muda de nacimiento.
El reflector del ojo mental
disipa et espectáculo:
dios solitario sobre un mundo extinto.
Las apariciones son patentes.
Sus cuerpos pesan menos que la luz.
Duran lo que dura esta frase.
Joseph Cornell: en et interior de tus cajas
mis palabras se volvieron visibles un instante.
apenas más grandes que una caja de zapatos.
En ellos caben la noche y sus lámparas.
Monumentos a cada momento
hechos con los desechos de cada momento:
jaulas de infinito.
Canicas, botones, dedales, dados,
alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
cuentos del tiempo.
Memoria teje y destejo los ecos:
en las cuatro esquinas de la caja
juegan al aleleví damas sin sombra.
El fuego enterrado en el espejo,
el agua dormida en el ágata:
solos de Jenny Lind y Jenny Colon.
"Hay que hacer un cuadro", dijo Degas,
"como se comete un crimen". Pero tú construiste
cajas donde las cosas se aligeran de sus nombres.
Slot machine de visiones,
vaso de encuentro de las reminiscencias,
hotel de grillos y de constelaciones.
Fragmentos mínimos, incoherentes:
al revés de la Historia, creadora de ruinas,
tú hiciste con tus ruinas creaciones.
Teatro de los espíritus:
los objetos juegan al aro
con las leyes de la identidad.
Grand Hotel Couronne: en una redoma
el tres de tréboles y, toda ojos,
Almendrita en los jardines de un reflejo.
Un peine es un harpa
pulsada por la mirada de una niña
muda de nacimiento.
El reflector del ojo mental
disipa et espectáculo:
dios solitario sobre un mundo extinto.
Las apariciones son patentes.
Sus cuerpos pesan menos que la luz.
Duran lo que dura esta frase.
Joseph Cornell: en et interior de tus cajas
mis palabras se volvieron visibles un instante.
738
1
Octavio Paz
La Casa De La Mirada
Caminas adentro de ti mismo y el tenue reflejo
serpeante que te conduce
no es la última mirada de tus ojos al
cerrarse ni es el sol tímido golpeando tus párpados:
es un arroyo secreto, no de agua sino de latidos:
llamadas, respuestas, llamadas,
hilo de claridades entre las altas yerbas y las
bestias agazapadas de la conciencia a obscuras.
Sigues el rumor de tu sangre por el país
desconocido que inventan tus ojos
y subes por una escalera de vidrio y agua hasta una
terraza.
Hecha de la misma materia impalpable de los ecos y
los tintineos,
la terraza, suspendida en el aire, es un
cuadrilátero de luz, un ring magnético
que se enrolla en sí mismo, se levanta, anda
y se planta en el circo del ojo,
géiser lunar, tallo de vapor, follaje de
chispas, gran árbol que se enciende y apaga y enciende:
estás en el interior de los reflejos,
estás en la casa de la mirada,
has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo a
ti mismo por un puente de latidos:
EL CORAZÓN ES UN OJO.
Estás en la casa de la mirada, los espejos
han escondido todos sus espectros,
no hay nadie ni hay nada que ver, las cosas han
abandonado sus cuerpos,
no son cosas, no son ideas: son disparos verdes,
rojos, amarillos, azules,
enjambres que giran y giran, espirales de legiones
desencarnadas,
torbellino de las formas que todavía no
alcanzan su forma,
tu mirada es la hélice que impulsa y revuelve
las muchedumbres incorpóreas,
tu mirada es la idea fija que taladra el tiempo, la
estatua inmóvil en la plaza del insomnio,
tu mirada teje y desteje los hilos de la trama del
espacio,
tu mirada frota una idea contra otra y enciende una
lámpara en la iglesia de tu cráneo,
pasaje de la enunciación a la
anunciación, de la concepción a la asunción,
el ojo es una mano, la mano tiene cinco ojos, la
mirada tiene dos manos,
estamos en la casa de la mirada y no hay nada que
ver, hay que poblar otra vez la casa del ojo,
hay que poblar el mundo con ojos, hay que ser fieles
a la vista, hay que
CREAR PARA VER.
La idea fija taladra cada minuto, el pensamiento
teje y desteje la trama,
vas y vienes entre el infinito de afuera y tu propio
infinito,
eres un hilo de la trama y un latido del minuto, el
ojo que taladra y el ojo tejedor,
al entrar en ti mismo no sales del mundo, hay
ríos y volcanes en tu cuerpo, planetas y hormigas,
en tu sangre navegan imperios, turbinas,
bibliotecas, jardines,
también hay animales, plantas, seres de otros
mundos, las galaxias circulan en tus neuronas,
al entrar en ti mismo entras en este mundo y en los
otros mundos,
entras en lo que vio el astrónomo en su
telescopio, el matemático en sus ecuaciones:
el desorden y la simetría, el accidente y las
rimas, las duplicaciones y las mutaciones,
el mal de San Vito del átomo y sus
partículas, las células reincidentes, las inscripciones
estelares.
Afuera es adentro, caminamos por donde nunca hemos
estado,
el lugar del encuentro entre esto y aquello
está aquí mismo y ahora,
somos la intersección, la X, el aspa
maravillosa que nos multiplica y nos interroga,
el aspa que al girar dibuja el cero, ideograma del
mundo y de cada uno de nosotros.
Como el cuerpo astral de Bruno y Cornelio Agripa,
como las granes transparentes de André Breton,
vehículos de materia sutil, cables entre
éste y aquel lado,
los hombres somos la bisagra entre el aquí el
allá, el signo doble y uno, V y ^ ,
pirámides superpuestas unidas en un
ángulo para formar la X de la Cruz,
cielo y tierra, aire y agua, llanura y monte, lago y
volcán, hombre y mujer,
el mapa del cielo se refleja en el espejo de la
música,
donde el ojo se anula nacen mundos:
LA PINTURA TIENE UN PIE EN LA ARQUITECTURA Y OTRO EN
EL SUEÑO.
La tierra es un hombre, dijiste, pero el hombre no
es la tierra,
el hombre no es este mundo ni los otros mundos que
hay en este mundo y en los otros,
el hombre es la boca que empaña el espejo de
las semejanzas y dice sí,
el equilibrista vendado que baila sobre la cuerda
floja de una sonrisa,
el espejo universal que refleja otro mundo al
repetir a éste, el que transfigura lo que copia,
el hombre no es el que es, célula o dios,
sino el que está sienpre más allá.
Nuestras pasiones no son los ayuntamientos de las
substancias ciegas pero los combate y los abrazos de los elementos
riman con nuestros deseos y apetitos,
pintar es buscar la rima secreta, dibujar al eco,
pintar el eslabón:
El Vértigo de Eros es el vahído de la
rosa al mecerse sobre el osario,
la aparición de la aleta del pez al caer la
noche en el mar es el centelleo de la idea,
tú has pintado al amor tras una cortina de
agua llameante
PARA CUBRIR LA TIERRA CON UN NUEVO ROCÍO.
En el espejo de la música las constelaciones
se miran antes de disiparse,
el espejo se abisma en sí mismo anegado de
claridad hasta anularse en un reflejo,
los espacios fluyen y se despeñan bajo la
mirada del tiempo petrificado,
las presencias son llamas, las llamas son tigres,
los tigres se han vuelto olas,
cascada de transfiguraciones, cascada de
repeticiones, trampas del tiempo:
hay que darle su ración de lumbre a la
naturaleza hambrienta,
hay que agitar la sonaja de las rimas para
engañar al tiempo y despertar al alma,
hay que plantar ojos en la plaza, hay que regar los
parques con risa solar y lunar,
hay que aprender la tonada de Adán, el solo
de la flauta del fémur,
hay que construir sobre este espacio inestable la
casa de la mirada,
la casa de aire y de agua donde la música
duerme, el fuego vela y pinta el poeta.
serpeante que te conduce
no es la última mirada de tus ojos al
cerrarse ni es el sol tímido golpeando tus párpados:
es un arroyo secreto, no de agua sino de latidos:
llamadas, respuestas, llamadas,
hilo de claridades entre las altas yerbas y las
bestias agazapadas de la conciencia a obscuras.
Sigues el rumor de tu sangre por el país
desconocido que inventan tus ojos
y subes por una escalera de vidrio y agua hasta una
terraza.
Hecha de la misma materia impalpable de los ecos y
los tintineos,
la terraza, suspendida en el aire, es un
cuadrilátero de luz, un ring magnético
que se enrolla en sí mismo, se levanta, anda
y se planta en el circo del ojo,
géiser lunar, tallo de vapor, follaje de
chispas, gran árbol que se enciende y apaga y enciende:
estás en el interior de los reflejos,
estás en la casa de la mirada,
has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo a
ti mismo por un puente de latidos:
EL CORAZÓN ES UN OJO.
Estás en la casa de la mirada, los espejos
han escondido todos sus espectros,
no hay nadie ni hay nada que ver, las cosas han
abandonado sus cuerpos,
no son cosas, no son ideas: son disparos verdes,
rojos, amarillos, azules,
enjambres que giran y giran, espirales de legiones
desencarnadas,
torbellino de las formas que todavía no
alcanzan su forma,
tu mirada es la hélice que impulsa y revuelve
las muchedumbres incorpóreas,
tu mirada es la idea fija que taladra el tiempo, la
estatua inmóvil en la plaza del insomnio,
tu mirada teje y desteje los hilos de la trama del
espacio,
tu mirada frota una idea contra otra y enciende una
lámpara en la iglesia de tu cráneo,
pasaje de la enunciación a la
anunciación, de la concepción a la asunción,
el ojo es una mano, la mano tiene cinco ojos, la
mirada tiene dos manos,
estamos en la casa de la mirada y no hay nada que
ver, hay que poblar otra vez la casa del ojo,
hay que poblar el mundo con ojos, hay que ser fieles
a la vista, hay que
CREAR PARA VER.
La idea fija taladra cada minuto, el pensamiento
teje y desteje la trama,
vas y vienes entre el infinito de afuera y tu propio
infinito,
eres un hilo de la trama y un latido del minuto, el
ojo que taladra y el ojo tejedor,
al entrar en ti mismo no sales del mundo, hay
ríos y volcanes en tu cuerpo, planetas y hormigas,
en tu sangre navegan imperios, turbinas,
bibliotecas, jardines,
también hay animales, plantas, seres de otros
mundos, las galaxias circulan en tus neuronas,
al entrar en ti mismo entras en este mundo y en los
otros mundos,
entras en lo que vio el astrónomo en su
telescopio, el matemático en sus ecuaciones:
el desorden y la simetría, el accidente y las
rimas, las duplicaciones y las mutaciones,
el mal de San Vito del átomo y sus
partículas, las células reincidentes, las inscripciones
estelares.
Afuera es adentro, caminamos por donde nunca hemos
estado,
el lugar del encuentro entre esto y aquello
está aquí mismo y ahora,
somos la intersección, la X, el aspa
maravillosa que nos multiplica y nos interroga,
el aspa que al girar dibuja el cero, ideograma del
mundo y de cada uno de nosotros.
Como el cuerpo astral de Bruno y Cornelio Agripa,
como las granes transparentes de André Breton,
vehículos de materia sutil, cables entre
éste y aquel lado,
los hombres somos la bisagra entre el aquí el
allá, el signo doble y uno, V y ^ ,
pirámides superpuestas unidas en un
ángulo para formar la X de la Cruz,
cielo y tierra, aire y agua, llanura y monte, lago y
volcán, hombre y mujer,
el mapa del cielo se refleja en el espejo de la
música,
donde el ojo se anula nacen mundos:
LA PINTURA TIENE UN PIE EN LA ARQUITECTURA Y OTRO EN
EL SUEÑO.
La tierra es un hombre, dijiste, pero el hombre no
es la tierra,
el hombre no es este mundo ni los otros mundos que
hay en este mundo y en los otros,
el hombre es la boca que empaña el espejo de
las semejanzas y dice sí,
el equilibrista vendado que baila sobre la cuerda
floja de una sonrisa,
el espejo universal que refleja otro mundo al
repetir a éste, el que transfigura lo que copia,
el hombre no es el que es, célula o dios,
sino el que está sienpre más allá.
Nuestras pasiones no son los ayuntamientos de las
substancias ciegas pero los combate y los abrazos de los elementos
riman con nuestros deseos y apetitos,
pintar es buscar la rima secreta, dibujar al eco,
pintar el eslabón:
El Vértigo de Eros es el vahído de la
rosa al mecerse sobre el osario,
la aparición de la aleta del pez al caer la
noche en el mar es el centelleo de la idea,
tú has pintado al amor tras una cortina de
agua llameante
PARA CUBRIR LA TIERRA CON UN NUEVO ROCÍO.
En el espejo de la música las constelaciones
se miran antes de disiparse,
el espejo se abisma en sí mismo anegado de
claridad hasta anularse en un reflejo,
los espacios fluyen y se despeñan bajo la
mirada del tiempo petrificado,
las presencias son llamas, las llamas son tigres,
los tigres se han vuelto olas,
cascada de transfiguraciones, cascada de
repeticiones, trampas del tiempo:
hay que darle su ración de lumbre a la
naturaleza hambrienta,
hay que agitar la sonaja de las rimas para
engañar al tiempo y despertar al alma,
hay que plantar ojos en la plaza, hay que regar los
parques con risa solar y lunar,
hay que aprender la tonada de Adán, el solo
de la flauta del fémur,
hay que construir sobre este espacio inestable la
casa de la mirada,
la casa de aire y de agua donde la música
duerme, el fuego vela y pinta el poeta.
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1
Octavio Paz
La Casa De La Mirada
Caminas adentro de ti mismo y el tenue reflejo
serpeante que te conduce
no es la última mirada de tus ojos al
cerrarse ni es el sol tímido golpeando tus párpados:
es un arroyo secreto, no de agua sino de latidos:
llamadas, respuestas, llamadas,
hilo de claridades entre las altas yerbas y las
bestias agazapadas de la conciencia a obscuras.
Sigues el rumor de tu sangre por el país
desconocido que inventan tus ojos
y subes por una escalera de vidrio y agua hasta una
terraza.
Hecha de la misma materia impalpable de los ecos y
los tintineos,
la terraza, suspendida en el aire, es un
cuadrilátero de luz, un ring magnético
que se enrolla en sí mismo, se levanta, anda
y se planta en el circo del ojo,
géiser lunar, tallo de vapor, follaje de
chispas, gran árbol que se enciende y apaga y enciende:
estás en el interior de los reflejos,
estás en la casa de la mirada,
has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo a
ti mismo por un puente de latidos:
EL CORAZÓN ES UN OJO.
Estás en la casa de la mirada, los espejos
han escondido todos sus espectros,
no hay nadie ni hay nada que ver, las cosas han
abandonado sus cuerpos,
no son cosas, no son ideas: son disparos verdes,
rojos, amarillos, azules,
enjambres que giran y giran, espirales de legiones
desencarnadas,
torbellino de las formas que todavía no
alcanzan su forma,
tu mirada es la hélice que impulsa y revuelve
las muchedumbres incorpóreas,
tu mirada es la idea fija que taladra el tiempo, la
estatua inmóvil en la plaza del insomnio,
tu mirada teje y desteje los hilos de la trama del
espacio,
tu mirada frota una idea contra otra y enciende una
lámpara en la iglesia de tu cráneo,
pasaje de la enunciación a la
anunciación, de la concepción a la asunción,
el ojo es una mano, la mano tiene cinco ojos, la
mirada tiene dos manos,
estamos en la casa de la mirada y no hay nada que
ver, hay que poblar otra vez la casa del ojo,
hay que poblar el mundo con ojos, hay que ser fieles
a la vista, hay que
CREAR PARA VER.
La idea fija taladra cada minuto, el pensamiento
teje y desteje la trama,
vas y vienes entre el infinito de afuera y tu propio
infinito,
eres un hilo de la trama y un latido del minuto, el
ojo que taladra y el ojo tejedor,
al entrar en ti mismo no sales del mundo, hay
ríos y volcanes en tu cuerpo, planetas y hormigas,
en tu sangre navegan imperios, turbinas,
bibliotecas, jardines,
también hay animales, plantas, seres de otros
mundos, las galaxias circulan en tus neuronas,
al entrar en ti mismo entras en este mundo y en los
otros mundos,
entras en lo que vio el astrónomo en su
telescopio, el matemático en sus ecuaciones:
el desorden y la simetría, el accidente y las
rimas, las duplicaciones y las mutaciones,
el mal de San Vito del átomo y sus
partículas, las células reincidentes, las inscripciones
estelares.
Afuera es adentro, caminamos por donde nunca hemos
estado,
el lugar del encuentro entre esto y aquello
está aquí mismo y ahora,
somos la intersección, la X, el aspa
maravillosa que nos multiplica y nos interroga,
el aspa que al girar dibuja el cero, ideograma del
mundo y de cada uno de nosotros.
Como el cuerpo astral de Bruno y Cornelio Agripa,
como las granes transparentes de André Breton,
vehículos de materia sutil, cables entre
éste y aquel lado,
los hombres somos la bisagra entre el aquí el
allá, el signo doble y uno, V y ^ ,
pirámides superpuestas unidas en un
ángulo para formar la X de la Cruz,
cielo y tierra, aire y agua, llanura y monte, lago y
volcán, hombre y mujer,
el mapa del cielo se refleja en el espejo de la
música,
donde el ojo se anula nacen mundos:
LA PINTURA TIENE UN PIE EN LA ARQUITECTURA Y OTRO EN
EL SUEÑO.
La tierra es un hombre, dijiste, pero el hombre no
es la tierra,
el hombre no es este mundo ni los otros mundos que
hay en este mundo y en los otros,
el hombre es la boca que empaña el espejo de
las semejanzas y dice sí,
el equilibrista vendado que baila sobre la cuerda
floja de una sonrisa,
el espejo universal que refleja otro mundo al
repetir a éste, el que transfigura lo que copia,
el hombre no es el que es, célula o dios,
sino el que está sienpre más allá.
Nuestras pasiones no son los ayuntamientos de las
substancias ciegas pero los combate y los abrazos de los elementos
riman con nuestros deseos y apetitos,
pintar es buscar la rima secreta, dibujar al eco,
pintar el eslabón:
El Vértigo de Eros es el vahído de la
rosa al mecerse sobre el osario,
la aparición de la aleta del pez al caer la
noche en el mar es el centelleo de la idea,
tú has pintado al amor tras una cortina de
agua llameante
PARA CUBRIR LA TIERRA CON UN NUEVO ROCÍO.
En el espejo de la música las constelaciones
se miran antes de disiparse,
el espejo se abisma en sí mismo anegado de
claridad hasta anularse en un reflejo,
los espacios fluyen y se despeñan bajo la
mirada del tiempo petrificado,
las presencias son llamas, las llamas son tigres,
los tigres se han vuelto olas,
cascada de transfiguraciones, cascada de
repeticiones, trampas del tiempo:
hay que darle su ración de lumbre a la
naturaleza hambrienta,
hay que agitar la sonaja de las rimas para
engañar al tiempo y despertar al alma,
hay que plantar ojos en la plaza, hay que regar los
parques con risa solar y lunar,
hay que aprender la tonada de Adán, el solo
de la flauta del fémur,
hay que construir sobre este espacio inestable la
casa de la mirada,
la casa de aire y de agua donde la música
duerme, el fuego vela y pinta el poeta.
serpeante que te conduce
no es la última mirada de tus ojos al
cerrarse ni es el sol tímido golpeando tus párpados:
es un arroyo secreto, no de agua sino de latidos:
llamadas, respuestas, llamadas,
hilo de claridades entre las altas yerbas y las
bestias agazapadas de la conciencia a obscuras.
Sigues el rumor de tu sangre por el país
desconocido que inventan tus ojos
y subes por una escalera de vidrio y agua hasta una
terraza.
Hecha de la misma materia impalpable de los ecos y
los tintineos,
la terraza, suspendida en el aire, es un
cuadrilátero de luz, un ring magnético
que se enrolla en sí mismo, se levanta, anda
y se planta en el circo del ojo,
géiser lunar, tallo de vapor, follaje de
chispas, gran árbol que se enciende y apaga y enciende:
estás en el interior de los reflejos,
estás en la casa de la mirada,
has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo a
ti mismo por un puente de latidos:
EL CORAZÓN ES UN OJO.
Estás en la casa de la mirada, los espejos
han escondido todos sus espectros,
no hay nadie ni hay nada que ver, las cosas han
abandonado sus cuerpos,
no son cosas, no son ideas: son disparos verdes,
rojos, amarillos, azules,
enjambres que giran y giran, espirales de legiones
desencarnadas,
torbellino de las formas que todavía no
alcanzan su forma,
tu mirada es la hélice que impulsa y revuelve
las muchedumbres incorpóreas,
tu mirada es la idea fija que taladra el tiempo, la
estatua inmóvil en la plaza del insomnio,
tu mirada teje y desteje los hilos de la trama del
espacio,
tu mirada frota una idea contra otra y enciende una
lámpara en la iglesia de tu cráneo,
pasaje de la enunciación a la
anunciación, de la concepción a la asunción,
el ojo es una mano, la mano tiene cinco ojos, la
mirada tiene dos manos,
estamos en la casa de la mirada y no hay nada que
ver, hay que poblar otra vez la casa del ojo,
hay que poblar el mundo con ojos, hay que ser fieles
a la vista, hay que
CREAR PARA VER.
La idea fija taladra cada minuto, el pensamiento
teje y desteje la trama,
vas y vienes entre el infinito de afuera y tu propio
infinito,
eres un hilo de la trama y un latido del minuto, el
ojo que taladra y el ojo tejedor,
al entrar en ti mismo no sales del mundo, hay
ríos y volcanes en tu cuerpo, planetas y hormigas,
en tu sangre navegan imperios, turbinas,
bibliotecas, jardines,
también hay animales, plantas, seres de otros
mundos, las galaxias circulan en tus neuronas,
al entrar en ti mismo entras en este mundo y en los
otros mundos,
entras en lo que vio el astrónomo en su
telescopio, el matemático en sus ecuaciones:
el desorden y la simetría, el accidente y las
rimas, las duplicaciones y las mutaciones,
el mal de San Vito del átomo y sus
partículas, las células reincidentes, las inscripciones
estelares.
Afuera es adentro, caminamos por donde nunca hemos
estado,
el lugar del encuentro entre esto y aquello
está aquí mismo y ahora,
somos la intersección, la X, el aspa
maravillosa que nos multiplica y nos interroga,
el aspa que al girar dibuja el cero, ideograma del
mundo y de cada uno de nosotros.
Como el cuerpo astral de Bruno y Cornelio Agripa,
como las granes transparentes de André Breton,
vehículos de materia sutil, cables entre
éste y aquel lado,
los hombres somos la bisagra entre el aquí el
allá, el signo doble y uno, V y ^ ,
pirámides superpuestas unidas en un
ángulo para formar la X de la Cruz,
cielo y tierra, aire y agua, llanura y monte, lago y
volcán, hombre y mujer,
el mapa del cielo se refleja en el espejo de la
música,
donde el ojo se anula nacen mundos:
LA PINTURA TIENE UN PIE EN LA ARQUITECTURA Y OTRO EN
EL SUEÑO.
La tierra es un hombre, dijiste, pero el hombre no
es la tierra,
el hombre no es este mundo ni los otros mundos que
hay en este mundo y en los otros,
el hombre es la boca que empaña el espejo de
las semejanzas y dice sí,
el equilibrista vendado que baila sobre la cuerda
floja de una sonrisa,
el espejo universal que refleja otro mundo al
repetir a éste, el que transfigura lo que copia,
el hombre no es el que es, célula o dios,
sino el que está sienpre más allá.
Nuestras pasiones no son los ayuntamientos de las
substancias ciegas pero los combate y los abrazos de los elementos
riman con nuestros deseos y apetitos,
pintar es buscar la rima secreta, dibujar al eco,
pintar el eslabón:
El Vértigo de Eros es el vahído de la
rosa al mecerse sobre el osario,
la aparición de la aleta del pez al caer la
noche en el mar es el centelleo de la idea,
tú has pintado al amor tras una cortina de
agua llameante
PARA CUBRIR LA TIERRA CON UN NUEVO ROCÍO.
En el espejo de la música las constelaciones
se miran antes de disiparse,
el espejo se abisma en sí mismo anegado de
claridad hasta anularse en un reflejo,
los espacios fluyen y se despeñan bajo la
mirada del tiempo petrificado,
las presencias son llamas, las llamas son tigres,
los tigres se han vuelto olas,
cascada de transfiguraciones, cascada de
repeticiones, trampas del tiempo:
hay que darle su ración de lumbre a la
naturaleza hambrienta,
hay que agitar la sonaja de las rimas para
engañar al tiempo y despertar al alma,
hay que plantar ojos en la plaza, hay que regar los
parques con risa solar y lunar,
hay que aprender la tonada de Adán, el solo
de la flauta del fémur,
hay que construir sobre este espacio inestable la
casa de la mirada,
la casa de aire y de agua donde la música
duerme, el fuego vela y pinta el poeta.
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Octavio Paz
Monólogo
Bajo las rotas columnas,
entre la nada y el sueño,
cruzan mis horas insomnes
las sílabas de tu nombre.
Tu largo pelo rojizo,
relámpago del verano,
vibra con dulce violencia
en la espalda de la noche.
Corriente oscura del sueño
que mana entre las rüinas
y te construye de nada:
amargas trenzas, olvido,
húmeda costa nocturna
donde se tiende y golpea
un mar sonámbulo, ciego.
entre la nada y el sueño,
cruzan mis horas insomnes
las sílabas de tu nombre.
Tu largo pelo rojizo,
relámpago del verano,
vibra con dulce violencia
en la espalda de la noche.
Corriente oscura del sueño
que mana entre las rüinas
y te construye de nada:
amargas trenzas, olvido,
húmeda costa nocturna
donde se tiende y golpea
un mar sonámbulo, ciego.
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