Poemas en este tema
Vida y Existencia
Luis Antonio de Villena
Me Busqué Y Me Rebusqué A Mí Mismo (heráclito)
¿No has pensado en que todo atardezca?
¿O no está para ti ya atardecido todo?
Oscuridad que surca las calles y los montes,
olas de un mar frío, bajo filos de luna...
¿Este combate es la vida? ¿La espesura
y la lanza, los ponientes de bruma, el todos
contra todos, mientras pájaros sonríen y silban
las serpientes, rocas granates en un poniente frío?
¡Qué importaría el fin de todo, tan absurdo
y tan bello, como el adolescente que acaba con su vida!
Solo veo sombras y cansancio y muerte.
Sueño con un viaje infinito, un cómodo viaje
en un avión sin ruta, seminconsciente, sin puerto ni motivo...
Contra el odio, se nutre el corazón en lejanía.
¿O no está para ti ya atardecido todo?
Oscuridad que surca las calles y los montes,
olas de un mar frío, bajo filos de luna...
¿Este combate es la vida? ¿La espesura
y la lanza, los ponientes de bruma, el todos
contra todos, mientras pájaros sonríen y silban
las serpientes, rocas granates en un poniente frío?
¡Qué importaría el fin de todo, tan absurdo
y tan bello, como el adolescente que acaba con su vida!
Solo veo sombras y cansancio y muerte.
Sueño con un viaje infinito, un cómodo viaje
en un avión sin ruta, seminconsciente, sin puerto ni motivo...
Contra el odio, se nutre el corazón en lejanía.
384
Luis Antonio de Villena
Las Rosas
Entonces hubiera gritado:
¡Señor, salva a Juan!
He visto deshacerse muchas bellezas;
sería bueno que quedase
una como emblema de nuestro
tiempo, un licor joven
que —contra el uso— no
envejeciera nunca...
Aún es hoy como monda
de naranja, y sonríe,
y un aroma delgado
aún llena el aire...
Pero no, tampoco mi oración
obtuvo respuesta
¡Señor, salva a Juan!
He visto deshacerse muchas bellezas;
sería bueno que quedase
una como emblema de nuestro
tiempo, un licor joven
que —contra el uso— no
envejeciera nunca...
Aún es hoy como monda
de naranja, y sonríe,
y un aroma delgado
aún llena el aire...
Pero no, tampoco mi oración
obtuvo respuesta
409
Luis Antonio de Villena
Las Rosas
Entonces hubiera gritado:
¡Señor, salva a Juan!
He visto deshacerse muchas bellezas;
sería bueno que quedase
una como emblema de nuestro
tiempo, un licor joven
que —contra el uso— no
envejeciera nunca...
Aún es hoy como monda
de naranja, y sonríe,
y un aroma delgado
aún llena el aire...
Pero no, tampoco mi oración
obtuvo respuesta
¡Señor, salva a Juan!
He visto deshacerse muchas bellezas;
sería bueno que quedase
una como emblema de nuestro
tiempo, un licor joven
que —contra el uso— no
envejeciera nunca...
Aún es hoy como monda
de naranja, y sonríe,
y un aroma delgado
aún llena el aire...
Pero no, tampoco mi oración
obtuvo respuesta
409
Luis Antonio de Villena
Amor En Tiempos Sombríos
Eran años de estudio. Sabía muchos de linguales.
y palatales en eólico clásico. Mucho de Clemente
alejandrino
y Juan de la lengua de oro... Densos, afilados estudios...
Por eso ahora -al atardecer- abandonaba los viejos
libros e iba a las cuevas de billares de rock,
antros de cerveza y sortijas de plata, botas rudas,
y pelo cortado hasta un extremo paramilitar...
Primero le miraron asustados e irónicos, luego
vagamente agradecidos: ¿Qué
te ha dicho el marchoso?
Miraba el juego y ensoñaba. Imaginaba lo que nunca,
imposiblemente sería suyo. Hablaban lenguas
distintas, sintaxis descoyuntadas, pronunciaciones violentas.
Salvajes cálidos de un ritmo con pastillas y style="font-style: italic;">mais.
Miraba la vida que no era su vida, sino vivir muy puro.
Por eso dijo una tarde: Quiero que me acompañes,
Bur, y puedes ganarte quince talegos.
Y enrojeció su pelo en lo hondo del parque.
Y le tiznó el cuerpo desnudado de verde.
Y con un spray le aguzó el pene incandescente.
Grita, Bur, grita y salta. Grita como
si fueses
a matar a alguien, corriendo entre
los árboles...
Era una imagen dorada en el ocaso, una imagen
joven de carne salvaje y de sangre limpia.
Por la noche, solo en la libresca cueva,
el maestro escribió en griego ptolemaico:
Vió al sátiro. Vió al nictálope
sátiro.
Soñó en la ebria edad de Pan, libérrima.
algún día matará. Y fenecerá este mundo,
extenuado.
y palatales en eólico clásico. Mucho de Clemente
alejandrino
y Juan de la lengua de oro... Densos, afilados estudios...
Por eso ahora -al atardecer- abandonaba los viejos
libros e iba a las cuevas de billares de rock,
antros de cerveza y sortijas de plata, botas rudas,
y pelo cortado hasta un extremo paramilitar...
Primero le miraron asustados e irónicos, luego
vagamente agradecidos: ¿Qué
te ha dicho el marchoso?
Miraba el juego y ensoñaba. Imaginaba lo que nunca,
imposiblemente sería suyo. Hablaban lenguas
distintas, sintaxis descoyuntadas, pronunciaciones violentas.
Salvajes cálidos de un ritmo con pastillas y style="font-style: italic;">mais.
Miraba la vida que no era su vida, sino vivir muy puro.
Por eso dijo una tarde: Quiero que me acompañes,
Bur, y puedes ganarte quince talegos.
Y enrojeció su pelo en lo hondo del parque.
Y le tiznó el cuerpo desnudado de verde.
Y con un spray le aguzó el pene incandescente.
Grita, Bur, grita y salta. Grita como
si fueses
a matar a alguien, corriendo entre
los árboles...
Era una imagen dorada en el ocaso, una imagen
joven de carne salvaje y de sangre limpia.
Por la noche, solo en la libresca cueva,
el maestro escribió en griego ptolemaico:
Vió al sátiro. Vió al nictálope
sátiro.
Soñó en la ebria edad de Pan, libérrima.
algún día matará. Y fenecerá este mundo,
extenuado.
408
Luis Antonio de Villena
¿qué Sabes De La Noche, Centinela?
Tú que aspirabas a vivir continua diferencia,
hallaste que sus ojos hermosos no eran aventura.
Y oíste las mismas palabras, evocación de la ebriedad
con idénticos gestos, el culmen del mundo cifrado
en esa consecución de vasos y de droga barata...
¿Hablas de la caducidad? La alegría salvaje,
la gloria primitiva, son verdad sólo en su primer momento.
Recorriste solitario algunas calles desiertas,
recordando: en el lugar más alto estará lo que quiero.
Y a ti que te ha encendido la belleza del mundo,
te sumergiste entero entre lampos de fresa y titilar de oro.
Hablar del esplendor es vano intento. Mas cada cual
se anubla en el de al lado, y se pierde la hoguera
en anónimo fuego: la belleza aquí se repetía.
¿Qué busco yo, dijiste, con un vaso en la mano?
Participar de un cuerpo cuya entidad se esconde.
Sonaban las botellas entre las luces tibias.
El repetido alcohol de casi seis estaciones recorridas.
¿Adónde mirar? ¿Y hacia dónde mis ojos?
Tampoco anhelo añil amanecer junto a una carne
rubia, que dormirá en sus flores intocada y morbosa.
Sinuosas cintas de innumerables barras,
trasiego de palabras gastadas por la lija,
y el vidrio que me impide coger lo que o sé si quiero.
No es Nadie el nombre del que corre entre la sombra,
ni Odiseo el que repta entre siete cubículos.
Uno sólo es su nombre. Llamadme ya style="font-style: italic;">Mendigo.
hallaste que sus ojos hermosos no eran aventura.
Y oíste las mismas palabras, evocación de la ebriedad
con idénticos gestos, el culmen del mundo cifrado
en esa consecución de vasos y de droga barata...
¿Hablas de la caducidad? La alegría salvaje,
la gloria primitiva, son verdad sólo en su primer momento.
Recorriste solitario algunas calles desiertas,
recordando: en el lugar más alto estará lo que quiero.
Y a ti que te ha encendido la belleza del mundo,
te sumergiste entero entre lampos de fresa y titilar de oro.
Hablar del esplendor es vano intento. Mas cada cual
se anubla en el de al lado, y se pierde la hoguera
en anónimo fuego: la belleza aquí se repetía.
¿Qué busco yo, dijiste, con un vaso en la mano?
Participar de un cuerpo cuya entidad se esconde.
Sonaban las botellas entre las luces tibias.
El repetido alcohol de casi seis estaciones recorridas.
¿Adónde mirar? ¿Y hacia dónde mis ojos?
Tampoco anhelo añil amanecer junto a una carne
rubia, que dormirá en sus flores intocada y morbosa.
Sinuosas cintas de innumerables barras,
trasiego de palabras gastadas por la lija,
y el vidrio que me impide coger lo que o sé si quiero.
No es Nadie el nombre del que corre entre la sombra,
ni Odiseo el que repta entre siete cubículos.
Uno sólo es su nombre. Llamadme ya style="font-style: italic;">Mendigo.
442
Luis Antonio de Villena
El Amor Es Deseo De Hermosura
¿Merecerá la pena tanta búsqueda inútil?
Rebuscar claridades entre piernas y pelo
cual quien codicia gema entre ríos de fango.
Sentir desastre tanto mientras la boca besa,
adorar y reptar sinuoso por cinturas que arden,
helarse en fuego rubio, flamear en desierto tartáreo,
probar que es eso, pero poner
la mano en gélido basalto,
y linguar maravilla mientras se hunden las naves...
¡Han sido tantos los cuerpos, el esplendor, la procela,
el volcán, la esmeralda, tanta consumición para buscar
la luz, que, estragado, el corazón no tiene frontera, subir
aún más,
gastar la vida en ese ígneo ideal, donde dos ojos negros
entrelazan un alma. Y estarse allí, hasta que no haya nada.
Pugnando siempre por asir lo imposible. Querubínico afán
que te asola y exalta, dejando apenas un rocío en los labios...
¿Mereció el vivir? Así
que cuando morimos, descansamos.
Rebuscar claridades entre piernas y pelo
cual quien codicia gema entre ríos de fango.
Sentir desastre tanto mientras la boca besa,
adorar y reptar sinuoso por cinturas que arden,
helarse en fuego rubio, flamear en desierto tartáreo,
probar que es eso, pero poner
la mano en gélido basalto,
y linguar maravilla mientras se hunden las naves...
¡Han sido tantos los cuerpos, el esplendor, la procela,
el volcán, la esmeralda, tanta consumición para buscar
la luz, que, estragado, el corazón no tiene frontera, subir
aún más,
gastar la vida en ese ígneo ideal, donde dos ojos negros
entrelazan un alma. Y estarse allí, hasta que no haya nada.
Pugnando siempre por asir lo imposible. Querubínico afán
que te asola y exalta, dejando apenas un rocío en los labios...
¿Mereció el vivir? Así
que cuando morimos, descansamos.
431
Luis Antonio de Villena
Mucho Más Triste Que La Muerte Odiosa
Amante de la Muerte, enamorado feliz
del único reposo que habita en este mundo:
¡Sal, sal fuera, huye, escapa para siempre!
¿Cómo perseverar un
año más? Es muy duro
el camino, y no me gusta nada este universo.
Porque amo, y la mano parpadea en el aire.
Deseo, y el ansia no se transforma en cuerpos rubios.
Y caen mis párpados, porque no soy feliz
apenas nunca, y pesa extrañamente la melancolía.
Yo huiría de aquí, no me veríais nunca,
gritaría ¡fuego!, ¡fuego! Y cerrando el telón
me pondría un vestido verde, como de escamas
de otro mundo. Porque he querido ser un rey
que cena antes de la guillotina; un frívolo
galán bajo un baile de arañas, y un hermoso
muchacho cuya vida es de amor y de lujo.
Pero ninguno he sido. Es muy arduo vivir.
Y ningún futuro (ninguno) es elegante o digno.
del único reposo que habita en este mundo:
¡Sal, sal fuera, huye, escapa para siempre!
¿Cómo perseverar un
año más? Es muy duro
el camino, y no me gusta nada este universo.
Porque amo, y la mano parpadea en el aire.
Deseo, y el ansia no se transforma en cuerpos rubios.
Y caen mis párpados, porque no soy feliz
apenas nunca, y pesa extrañamente la melancolía.
Yo huiría de aquí, no me veríais nunca,
gritaría ¡fuego!, ¡fuego! Y cerrando el telón
me pondría un vestido verde, como de escamas
de otro mundo. Porque he querido ser un rey
que cena antes de la guillotina; un frívolo
galán bajo un baile de arañas, y un hermoso
muchacho cuya vida es de amor y de lujo.
Pero ninguno he sido. Es muy arduo vivir.
Y ningún futuro (ninguno) es elegante o digno.
410
Luis Antonio de Villena
Piscina
Con un ligero impulso la palanca palpita,
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes
el oro y el azul y la espuma que canta.
Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.
Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.
Y al regresar al sol, nos miras en la orilla,
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes
el oro y el azul y la espuma que canta.
Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.
Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.
Y al regresar al sol, nos miras en la orilla,
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.
430
Luis Alberto de Cuenca
El Libro De Monelle
Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.
Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.
En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.
Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.
Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.
497
Luis Alberto de Cuenca
Gudrúnarkvida
Carmen en estos casos se supera.
Se dispone a sufrir sin una lágrima.
No se golpea el pecho con la manos,
ni gime, ni los ojos se le nublan.
A su lado se sientan sus amigas,
todas muy maquilladas, con modelos
exclusivos y oscuros, lamentando
la muerte de Ricardo entre sollozos,
Carmen está tan triste que no llora.
Tanto dolor le sube a la cabeza
que no sabe qué hacer para alojarlo.
Mientras, María rompe el fuego y dice:
«No sé si va a servirte de consuelo,
pero he sufrido mucho en esta vida.
Mi familia murió en un accidente
de coche, en pleno estado de embriaguez:
mis dos maridos, hijos, hijas, todos.
Me he quedado solísima en el mundo».
Como Carmen seguía sin llorar,
habló Julia, la de ojos transparentes,
y entre lágrimas dijo estas palabras:
«Más he sufrido yo. Mis siete hijos
murieron peleándose entre ellos
y mis padres se ahogaron en la playa
el verano pasado, uno tras otro.
Yo sola preparé los funerales
y encargué las guirnaldas de sus tumbas.
Para mí ya no existe la alegría».
Marta la triste habló, sumida en llanto:
«A mí me odia Fernando, pero teme
quedarse sin dinero si me deja.
Sale con una chica, últimamente,
que no ha cumplido aún los veinte años.
Me obliga a descalzarla cuando viene
y a servirle en la cama el desayuno.
¡No puedo más de fiestas y de drogas
y de esa horrible gente de la noche!»
Pero Carmen no llora. Se levanta,
quita la tela que cubría al muerto,
ve el pelo enmarañado por la sangre,
ve los brillantes ojos apagados,
ve el pecho roto, las mejillas frías,
los labios negros y los pies blanquísimos,
ve el despojo que ayer fuera Ricardo.
Y Carmen ya no puede seguir viendo.
Cae hacia atrás, como si aquello fuese
a desaparecer si no lo mira,
y sus amigas corren a atenderla.
Y cuando su cabeza se refugia
en un cojín que apunta al cielorraso,
no puede evitar Carmen que una lágrima,
una caliente lágrima de amor,
resbale de sus ojos.
Se dispone a sufrir sin una lágrima.
No se golpea el pecho con la manos,
ni gime, ni los ojos se le nublan.
A su lado se sientan sus amigas,
todas muy maquilladas, con modelos
exclusivos y oscuros, lamentando
la muerte de Ricardo entre sollozos,
Carmen está tan triste que no llora.
Tanto dolor le sube a la cabeza
que no sabe qué hacer para alojarlo.
Mientras, María rompe el fuego y dice:
«No sé si va a servirte de consuelo,
pero he sufrido mucho en esta vida.
Mi familia murió en un accidente
de coche, en pleno estado de embriaguez:
mis dos maridos, hijos, hijas, todos.
Me he quedado solísima en el mundo».
Como Carmen seguía sin llorar,
habló Julia, la de ojos transparentes,
y entre lágrimas dijo estas palabras:
«Más he sufrido yo. Mis siete hijos
murieron peleándose entre ellos
y mis padres se ahogaron en la playa
el verano pasado, uno tras otro.
Yo sola preparé los funerales
y encargué las guirnaldas de sus tumbas.
Para mí ya no existe la alegría».
Marta la triste habló, sumida en llanto:
«A mí me odia Fernando, pero teme
quedarse sin dinero si me deja.
Sale con una chica, últimamente,
que no ha cumplido aún los veinte años.
Me obliga a descalzarla cuando viene
y a servirle en la cama el desayuno.
¡No puedo más de fiestas y de drogas
y de esa horrible gente de la noche!»
Pero Carmen no llora. Se levanta,
quita la tela que cubría al muerto,
ve el pelo enmarañado por la sangre,
ve los brillantes ojos apagados,
ve el pecho roto, las mejillas frías,
los labios negros y los pies blanquísimos,
ve el despojo que ayer fuera Ricardo.
Y Carmen ya no puede seguir viendo.
Cae hacia atrás, como si aquello fuese
a desaparecer si no lo mira,
y sus amigas corren a atenderla.
Y cuando su cabeza se refugia
en un cojín que apunta al cielorraso,
no puede evitar Carmen que una lágrima,
una caliente lágrima de amor,
resbale de sus ojos.
462
Luis Alberto de Cuenca
Rumbo A Londres, El Conde Drácula Resucita Un Pasado Sentimental
Hasta aquí, amor. Aquí. Fauce abisal
de mi propio deseo, encadenado
y libre como el ancla entre sus limos.
Aquí, ferviente explorador de gozos.
No temas, cuerpo mío, arquitectura
sumergida, ciudad imaginada.
Gusta breve solaz, toca su lumbre,
admira su contorno, prevalece.
Tiniebla en la tiniebla, pez de sombra,
no hay heraldo que horade tu silencio
con dulce, memorable, dulce canto.
No hay heraldo. Detente, alado brillo
del sueño, resplandor de los cobardes.
Oscura vida, ven, y tus panoplias
de soledad nocturna, tus escudos
heráldicos, tu faz de terciopelo,
cristal anochecido del abandono.
Ven, oh tú, palpitante enredadera
de destrucción y plenitud, oh vida.
Y no la selva familiar, ni el húmedo
contacto de tu quilla con la proa
del mar, no el espolón entre los senos
me ofrezcas, artificio o salvación
final, sí deslizante carabela,
submarino solar y travesía
nostálgica y feliz, hermosa y triste,
lejos de Transilvania, de los ojos
tan suaves, del cabello, de las manos
que tanto amé y se han ido para siempre.
de mi propio deseo, encadenado
y libre como el ancla entre sus limos.
Aquí, ferviente explorador de gozos.
No temas, cuerpo mío, arquitectura
sumergida, ciudad imaginada.
Gusta breve solaz, toca su lumbre,
admira su contorno, prevalece.
Tiniebla en la tiniebla, pez de sombra,
no hay heraldo que horade tu silencio
con dulce, memorable, dulce canto.
No hay heraldo. Detente, alado brillo
del sueño, resplandor de los cobardes.
Oscura vida, ven, y tus panoplias
de soledad nocturna, tus escudos
heráldicos, tu faz de terciopelo,
cristal anochecido del abandono.
Ven, oh tú, palpitante enredadera
de destrucción y plenitud, oh vida.
Y no la selva familiar, ni el húmedo
contacto de tu quilla con la proa
del mar, no el espolón entre los senos
me ofrezcas, artificio o salvación
final, sí deslizante carabela,
submarino solar y travesía
nostálgica y feliz, hermosa y triste,
lejos de Transilvania, de los ojos
tan suaves, del cabello, de las manos
que tanto amé y se han ido para siempre.
543
Luis Alberto de Cuenca
Pasión, Muerte Y Resurrección De Propercio De Asís
Sombras, Propercio, sombras, gavilanes
oscuros, imprecisos, niebla pura,
cincha, brida y espuelas. No profanes
el mástil del amor, la arboladura
del deseo, la ofrenda de los manes,
con la triste verdad de tu locura,
cosmética, veneno, miel, divanes
y el perfume letal de la lectura.
Conocerás un puente de cuchillos,
la brisa del instante, el terciopelo
remoto como el torso de una diosa.
Sudor frío de muerte, tenues brillos
de Cintia envuelta en luminoso velo,
y, al fin, la presencia de la rosa.
oscuros, imprecisos, niebla pura,
cincha, brida y espuelas. No profanes
el mástil del amor, la arboladura
del deseo, la ofrenda de los manes,
con la triste verdad de tu locura,
cosmética, veneno, miel, divanes
y el perfume letal de la lectura.
Conocerás un puente de cuchillos,
la brisa del instante, el terciopelo
remoto como el torso de una diosa.
Sudor frío de muerte, tenues brillos
de Cintia envuelta en luminoso velo,
y, al fin, la presencia de la rosa.
609
José Zorrilla
A La Memoria Desgraciada Del Joven Literato D Mariano José De Larra
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
1.052
Julián del Casal
Páginas De Vida
En la popa desierta del viejo barco
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.
—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.
Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.
Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.
—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.
Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.
Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
584
Julián del Casal
La Cólera Del Infante
Frente al balcón de la vidriera roja
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.
—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.
Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.
—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.
Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
517
Julián del Casal
Rondeles
De mi vida misteriosa,
Tétrica y desencantada,
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada.
Mas sé para mí piadosa,
Si de mi vida ignorada,
Cuando yo duerma en la fosa,
Oyes contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tétrica y desencantada,
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada.
Mas sé para mí piadosa,
Si de mi vida ignorada,
Cuando yo duerma en la fosa,
Oyes contar una cosa
Que te deje el alma helada.
1.243
Julián del Casal
Mi Ensueño
Cuando la ardiente luz de la mañana
Tiñó de rojo el nebuloso cielo,
Quiso una alondra detener el vuelo
De mi alcoba sombría en la ventana.
Pero hallando cerrada la persiana
Fracasó en el cristal su ardiente anhelo
Y, herida por el golpe, cayó al suelo,
Adiós diciendo a su quimera vana.
Así mi ensueño, pájaro canoro
De níveas plumas y rosado pico,
Al querer en el mundo hallar cabida,
Encontró de lo real los muros de oro
Y deshecho, cual frágil abanico,
Cayó entre el fango inmundo de la vida.
Tiñó de rojo el nebuloso cielo,
Quiso una alondra detener el vuelo
De mi alcoba sombría en la ventana.
Pero hallando cerrada la persiana
Fracasó en el cristal su ardiente anhelo
Y, herida por el golpe, cayó al suelo,
Adiós diciendo a su quimera vana.
Así mi ensueño, pájaro canoro
De níveas plumas y rosado pico,
Al querer en el mundo hallar cabida,
Encontró de lo real los muros de oro
Y deshecho, cual frágil abanico,
Cayó entre el fango inmundo de la vida.
563
Julián del Casal
Ante El Retrato De Juana Samary
Nunca te conocí, mas yo te he amado
Y, en mis horas amargas de tristeza,
Tu imagen ideal he contemplado
Extasiándome siempre en su belleza.
Aunque en ella mostrabas la alegría
Que reta a los rigores de la suerte,
Detrás de tus miradas yo advertía
El terror invencible de la muerte.
Y no te amé por la sonrisa vana
Con que allí tu tristeza se reviste;
Te amé, porque en ti hallaba un alma hermana,
Alegre en lo exterior y dentro triste.
Hoy ya no atraes las miradas mías
Ni mi doliente corazón alegras,
En medio del cansancio de mis días
O la tristeza de mis noches negras;
Porque al saber que de tu cuerpo yerto
Oculta ya la tierra tus despojos,
Siento que algo de mí también ha muerto
Y se llenan de lágrimas mis ojos.
¡Feliz tú que emprendiste el raudo vuelo
Hacia el bello país desconocido
Donde esparce su aroma el asfodelo
Y murmura la fuente del olvido!
Igual suerte en el mundo hemos probado,
Mas ya contra ella mi dolor no clama:
Si tú nunca sabrás que yo te he amado
Tal vez yo ignore siempre quién me ama.
Y, en mis horas amargas de tristeza,
Tu imagen ideal he contemplado
Extasiándome siempre en su belleza.
Aunque en ella mostrabas la alegría
Que reta a los rigores de la suerte,
Detrás de tus miradas yo advertía
El terror invencible de la muerte.
Y no te amé por la sonrisa vana
Con que allí tu tristeza se reviste;
Te amé, porque en ti hallaba un alma hermana,
Alegre en lo exterior y dentro triste.
Hoy ya no atraes las miradas mías
Ni mi doliente corazón alegras,
En medio del cansancio de mis días
O la tristeza de mis noches negras;
Porque al saber que de tu cuerpo yerto
Oculta ya la tierra tus despojos,
Siento que algo de mí también ha muerto
Y se llenan de lágrimas mis ojos.
¡Feliz tú que emprendiste el raudo vuelo
Hacia el bello país desconocido
Donde esparce su aroma el asfodelo
Y murmura la fuente del olvido!
Igual suerte en el mundo hemos probado,
Mas ya contra ella mi dolor no clama:
Si tú nunca sabrás que yo te he amado
Tal vez yo ignore siempre quién me ama.
431
Julián del Casal
Tras Una Enfermedad
Ya la fiebre domada no consume
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
565
Julián del Casal
Tras Una Enfermedad
Ya la fiebre domada no consume
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
565
Julián del Casal
Tras Una Enfermedad
Ya la fiebre domada no consume
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
565
Julián del Casal
Al Juez Supremo
No arrancó la Ambición las quejas hondas
Ni el Orgullo inspiró los anatemas
Que atraviesan mis mórbidos poemas
Cual aves negras entre espigas blondas.
Aunque la Dicha terrenal me escondas
No a la voz de mis súplicas le temas,
Que ni lauros, ni honores, ni diademas
Turban de mi alma las dormidas ondas.
Si algún día mi férvida plegaria,
¡Oh, Dios mío!, en blasfemia convertida
Vuela a herir tus oídos paternales,
Es que no siente mi alma solitaria,
En medio de la estepa de la vida,
El calor de las almas fraternales.
Ni el Orgullo inspiró los anatemas
Que atraviesan mis mórbidos poemas
Cual aves negras entre espigas blondas.
Aunque la Dicha terrenal me escondas
No a la voz de mis súplicas le temas,
Que ni lauros, ni honores, ni diademas
Turban de mi alma las dormidas ondas.
Si algún día mi férvida plegaria,
¡Oh, Dios mío!, en blasfemia convertida
Vuela a herir tus oídos paternales,
Es que no siente mi alma solitaria,
En medio de la estepa de la vida,
El calor de las almas fraternales.
566
Julián del Casal
A Un Crítico
Yo sé que nunca llegaré a la cima
Donde abraza el artista a la Quimera
Que dotó de hermosura duradera
En la tela, en el mármol o en la rima;
Yo sé que el soplo extraño que me anima
Es un soplo de fuerza pasajera,
Y que el Olvido, el día que yo muera,
Abrirá para mí su oscura sima.
Mas sin que sienta de vivir antojos
Y sin que nada mi ambición despierte,
Tranquilo iré a dormir con los pequeños,
Si veo fulgurar ante mis ojos,
Hasta el instante mismo de la muerte,
Las visiones doradas de mis sueños.
Donde abraza el artista a la Quimera
Que dotó de hermosura duradera
En la tela, en el mármol o en la rima;
Yo sé que el soplo extraño que me anima
Es un soplo de fuerza pasajera,
Y que el Olvido, el día que yo muera,
Abrirá para mí su oscura sima.
Mas sin que sienta de vivir antojos
Y sin que nada mi ambición despierte,
Tranquilo iré a dormir con los pequeños,
Si veo fulgurar ante mis ojos,
Hasta el instante mismo de la muerte,
Las visiones doradas de mis sueños.
567
Julián del Casal
Mi Padre
Rostro de asceta en que el dolor se advierte
Como el frío en el disco de la Luna,
Mirada en que al amor del bien se aduna
La firme voluntad del hombre fuerte.
Tuvo el alma más triste que la muerte
Sin que sufriera alteración alguna,
Ya al sentir el favor de la fortuna,
Ya los rigores de la adversa suerte.
Abrasado de férvido idealismo,
Despojada de sombras la conciencia,
Sordo del mundo a las confusas voces,
En la corriente azul del misticismo
Logró apagar, al fin de la existencia,
Su sed ardiente de inmortales goces.
Como el frío en el disco de la Luna,
Mirada en que al amor del bien se aduna
La firme voluntad del hombre fuerte.
Tuvo el alma más triste que la muerte
Sin que sufriera alteración alguna,
Ya al sentir el favor de la fortuna,
Ya los rigores de la adversa suerte.
Abrasado de férvido idealismo,
Despojada de sombras la conciencia,
Sordo del mundo a las confusas voces,
En la corriente azul del misticismo
Logró apagar, al fin de la existencia,
Su sed ardiente de inmortales goces.
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