Vida y Existencia
Julián del Casal
Amor En El Claustro
Que, en el altar del templo solitario,
Arden, vertiendo en las oscuras naves
Pálida luz que, con fulgor escaso,
Brilla y se extingue entre la densa sombra;
En medio de esa paz y de ese santo
Recogimiento que hasta el alma llega;
Allí, do acude el corazón llagado
A sanar sus heridas; do renace
La muerta fe de los primeros años;
Allí, do un Cristo con amor extiende
Desde la cruz al pecador sus brazos;
De fervorosa devoción henchida,
El níveo rostro en lágrimas bañado,
La vi postrada ante el altar, de hinojos,
Clemencia a Dios y olvido demandando.
De sus mórbidas formas, el ropaje
Adivinar dejaba los encantos,
Como las sombras de ondulante nube
De blanca luna el ambarino rayo.
Sus ebúrneas mejillas transparentes
Conservaban aún el sonrosado
Tinte que ostentan las camelias blancas,
Al florecer en la estación de Mayo.
Brotaba de sus labios el aroma
De las fragantes flores del naranjo,
Y, en actitud angélica, elevaba
Hacia el Señor las suplicantes manos.
Cuando el reloj que asoma por la parda
Torre del gigantesco campanario,
Puebla el aire de acordes vibraciones,
Hiriendo el duro bronce, acompasado,
Para anunciar la misteriosa hora
De medianoche a los mortales; cuando
Las castas hijas del Señor reposan
En apacible sueño; y, solitario,
Pavor infunde al ánimo atrevido,
Con su imponente gravedad el claustro;
Ella entonces las naves atraviesa
Envuelta en negro, vaporoso manto,
Y se prosterna, con fervor ardiente,
Ante el altar del Dios crucificado.
Allí contrita reza: ¡reza y llora!
Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?
¿Es porque mira de la cruz pendiente
Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,
Salvador inmortal? ¿Es que te pide
Perdón para sus culpas? ¿Será acaso
Que, en pugna lo divino y lo terreno
En su alma virginal, triunfa, del santo
Amor a que la ardiente fe la inclina,
El terrenal amor nunca olvidado?
¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra
Del corazón el insondable arcano?
¿Quién puede descender hasta ese abismo
Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida
Deja escapar de sus divinos labios
Esta plegaria que a los cielos sube
Bajo las formas de armonioso canto:
—«Cuando el aura de amor embalsamaba
De mi vida las quince primaveras
Y, en mi mente febril, revoloteaba
Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;
»Cuando la juventud y la ventura
Me prodigaban sus mejores dones,
Y al poder de mi angélica hermosura
Vi doblegarse altivos corazones;
»Cuando del mundo en el sendero, hollaba
Blandas alfombras de fragantes flores,
Y mi virgínea frente coronaba
La diadema inmortal de los amores;
»La muerte arrebató con saña impía
Aquel que, de la vida en los vergeles,
Al conquistar mi corazón un día
Conquistaba del arte los laureles.
»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,
Te consagré la flor de mi inocencia,
Y abismada en tu amor santo y profundo
En ti busqué la paz de la existencia.
»Mas como alterna con la noche el día
Y con las tempestades la bonanza,
¡Oh Dios! alterna así en el alma mía
Con tu amor otro amor sin esperanza.
»En el día, en la noche, a cada hora
La imagen de ese amor se me presenta,
Como brillante resplandor de aurora
En mi sombría noche de tormenta.
»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto
Revestida a mis ojos aparece,
Que anubla mis pupilas triste llanto
Si alguna vez en sombras desparece.
»Haz que ese ardiente amor que me cautiva
Muera en mi corazón ¡Dios soberano!
Y que sólo en mi alma tu amor viva
Sin el consorcio del amor mundano».
Así dijo; dos lágrimas ardientes
Por sus blancas mejillas resbalaron,
Cual resbalan las gotas de rocío
Por el cáliz del lirio perfumado.
En el fondo del alma, los recuerdos
Las sombras del olvido disipando,
Hacen surgir, esplendorosa y bella,
La imagen inmortal de su adorado.
Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!
Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!
Que al dirigir sus encendidos ojos
Al altar que sostiene al Cristo santo,
Aun a través del mismo crucifijo
Aparece la imagen de su amado.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Ix
de la ceniza que en tu hogar remuevo
esa indulgencia inmune a la congoja
que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.
Cuando, de la materia que me aloja
y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
como del fruto que la edad despoja,
anuncie la semilla el fruto nuevo;
cuando de ver y de sentir cansado
vuelva hacia mí los ojos y el sentido
y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,
entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré debido
—en una muerte pura— la existencia.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Ix
de la ceniza que en tu hogar remuevo
esa indulgencia inmune a la congoja
que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.
Cuando, de la materia que me aloja
y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
como del fruto que la edad despoja,
anuncie la semilla el fruto nuevo;
cuando de ver y de sentir cansado
vuelva hacia mí los ojos y el sentido
y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,
entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré debido
—en una muerte pura— la existencia.
Jaime Torres Bodet
Nunca
Hombre he sido y seré mientras exista.
Hombre no más: proyecto entre proyectos,
boca sedienta al cántaro adherida,
pies inseguros sobre el polvo ardiente,
espìritu y materia vulnerables
a todos los oprobios y las dichas...
Nunca me sentiré rey destronado
ni ángel abolido mientras viva,
sino aprendiz de hombre eternamente,
hombre con los que van por las colinas
hacia el jardín que siempre los repudia,
hombre con los que buscan entre escombros
la verdad necesaria y prohibida,
hombre entre los que labran con sus manos
lo que jamás hereda un alma digna,
¡porque de todo cuanto el hombre ha hecho
la sola herencia digna de los hombres
es el derecho de inventar su vida!
Jaime Torres Bodet
Continuidad Viii
que, con promesas tácitas, resume
—como en la gota última, el perfume—
en su paciente formación, la vida.
Voz en ajenos labios no aprendida
—¡ni siquiera en los tuyos! —; voz que asume
la realidad del alba estremecida
que alcanzaré cuando de ti me exhume.
Voz de perdón, en la que al fin despunta
esa bondad que me entregaste entera
y que yo, a trechos, voy reconquistando;
voz que afirma tan bien lo que pregunta
y que será la mía verdadera
aunque no sé decir cómo ni cuándo...
Jaime Torres Bodet
Continuidad Vii
con que me ciñe el luto en que te imploro,
aflora ya una luz en cuyo azoro
una ilusión de aurora se condensa.
No es el olvido. Es una paz más tensa,
una fe de acertar en lo que ignoro;
algo -tal vez- como una voz que piensa
y que se aísla en la unidad de un coro.
Y esa voz es mi voz. No la que oíste,
viva, cuando te hablé, ni la que al fino
metal del eco ajustará en su engaste,
sino la voz de un ser que aún no existe
y al que habré de llegar por el camino
que con morir tan sólo me enseñaste.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Vii
con que me ciñe el luto en que te imploro,
aflora ya una luz en cuyo azoro
una ilusión de aurora se condensa.
No es el olvido. Es una paz más tensa,
una fe de acertar en lo que ignoro;
algo -tal vez- como una voz que piensa
y que se aísla en la unidad de un coro.
Y esa voz es mi voz. No la que oíste,
viva, cuando te hablé, ni la que al fino
metal del eco ajustará en su engaste,
sino la voz de un ser que aún no existe
y al que habré de llegar por el camino
que con morir tan sólo me enseñaste.
Jaime Torres Bodet
Continuidad V
margen visible de invisible río;
lo que en estos momentos nos separa
es otro litoral, aun más sombrío.
Litoral de la vida. Tierra avara
en cuyo negro polvo ávido y frío,
del naufragio que en ti me desampara
inútilmente busco un resto mío.
Es tu presencia en mí la que me impide
recuperar la realidad que tuve
sólo en tu corazón, cuando latía.
Por eso la existencia nos divide
tanto más cuanto más tiempo en mi alma sube
la vida en que tu muerte se confía.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Vi
que soy la tenue sombra proyectada
por un cuerpo en que está mi ser más muerto
que el tuyo en la ficción que lo anonada.
Sombra de tu cadáver inexperto,
sombra de tu alma aún poco habituada
a esa luz ulterior a la que he abierto
otra ventana en mí, sobre otra nada...
Con gestos, con palabras, con acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo, deshacerte.
Pues para la verdad que me propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la muerte.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Iv
todo —fuera de mí— te transfigura
y, en ese tiempo que a ninguno espera,
vas más de prisa que mi desventura.
Del árbol que cubrió tu sepultura
quisiera ser raíz, para que fuera
abrazándote a cada primavera
con una vuelta más, lenta y segura.
Pero en la soledad que nos circunda
ella te enlaza, te defiende, te ama,
mientras que yo tan sólo te recuerdo.
Y, al comparar su terquedad fecunda
con la impaciencia en que mi amor te llama,
siento por vez primera que te pierdo.
Jaime Torres Bodet
Voz
—única voz que manda cuando implora—
mientras la burla despreciaba el daño
y florecía, en el cardal, la aurora.
Era la intacta juventud del año.
Principiaban el mes, el día, la hora...
Y el corazón, intrépido y huraño,
te oía sin creerte, como ahora.
Ay, porque —desde entonces— ya disperso
sobre la vanidad del universo,
a cada paso, infiel, te abandonaba
y con cada promesa te mentía
y con cada recuerdo te olvidaba
¡y con cada victoria te perdía!
Jaime Torres Bodet
Continuidad Ii
la forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
es tu palabra aún la que consiente
y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.
Me toco... Y eres tú la que me toca.
Es tu memoria en mí la que te siente;
ella quien, con mis lágrimas, te evoca;
tú la que sobrevives; yo, el ausente.
Me toco... Y eres tú. Es tu esqueleto
que yergue todavía el tiempo vano
de una presencia que parece mía.
Y nada queda en mí sino el secreto
de este inmóvil crepúsculo inhumano
que al par augura y desintegra el día.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Ii
la forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
es tu palabra aún la que consiente
y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.
Me toco... Y eres tú la que me toca.
Es tu memoria en mí la que te siente;
ella quien, con mis lágrimas, te evoca;
tú la que sobrevives; yo, el ausente.
Me toco... Y eres tú. Es tu esqueleto
que yergue todavía el tiempo vano
de una presencia que parece mía.
Y nada queda en mí sino el secreto
de este inmóvil crepúsculo inhumano
que al par augura y desintegra el día.
Jaime Torres Bodet
Nocturno Iii
curiosidad de ser distinto, en cada
minuto de la frívola jornada
arrojaba mi anhelo a la deriva.
Tiempo y figura: cólera pasiva,
impaciencia de luz en llamarada,
alma a todos los cauces derramada
y, aunque a ninguno fiel, siempre cautiva.
Pero de pronto, ay, conciencia armada,
coraza de amazona pensativa,
toco de nuevo, en bronce, tu alborada
¡y descubro por fin que la hora ansiada
estaba en mí, pretérita y furtiva,
y, al oírla sonar, siento mi nada!
Jaime Torres Bodet
Nocturno Iii
curiosidad de ser distinto, en cada
minuto de la frívola jornada
arrojaba mi anhelo a la deriva.
Tiempo y figura: cólera pasiva,
impaciencia de luz en llamarada,
alma a todos los cauces derramada
y, aunque a ninguno fiel, siempre cautiva.
Pero de pronto, ay, conciencia armada,
coraza de amazona pensativa,
toco de nuevo, en bronce, tu alborada
¡y descubro por fin que la hora ansiada
estaba en mí, pretérita y furtiva,
y, al oírla sonar, siento mi nada!
Jaime Torres Bodet
Nocturno Iii
curiosidad de ser distinto, en cada
minuto de la frívola jornada
arrojaba mi anhelo a la deriva.
Tiempo y figura: cólera pasiva,
impaciencia de luz en llamarada,
alma a todos los cauces derramada
y, aunque a ninguno fiel, siempre cautiva.
Pero de pronto, ay, conciencia armada,
coraza de amazona pensativa,
toco de nuevo, en bronce, tu alborada
¡y descubro por fin que la hora ansiada
estaba en mí, pretérita y furtiva,
y, al oírla sonar, siento mi nada!
Jaime Torres Bodet
Nocturno Iv
nada es mi ser y nada mi sentido
y, muerto, no seré más que —al oído—
un roce de hojas muertas en el viento...
A nada me negué. De nada exento
—pasión, fiebre o virtud— he persistido,
y de esa misma nada envejecido
sombra de sombras es mi pensamiento.
Pero si nada di, nada he pedido
y, si de nada soy, a nada intento:
espectador no más de lo que he sido.
Como inventé el nacer, la muerte invento
y, sin otro epitafio que el olvido,
a la nada me erijo en monumento.
Jaime Torres Bodet
Nocturno Iv
nada es mi ser y nada mi sentido
y, muerto, no seré más que —al oído—
un roce de hojas muertas en el viento...
A nada me negué. De nada exento
—pasión, fiebre o virtud— he persistido,
y de esa misma nada envejecido
sombra de sombras es mi pensamiento.
Pero si nada di, nada he pedido
y, si de nada soy, a nada intento:
espectador no más de lo que he sido.
Como inventé el nacer, la muerte invento
y, sin otro epitafio que el olvido,
a la nada me erijo en monumento.
Jaime Torres Bodet
Nocturno Ii
Noche, y con lengua libre de falacia
explícame la edad, el sol, la acacia,
el río, el viento, el musgo, la escultura...
De los colores adjetivos cura
esta instantánea flor, póstuma gracia
de un idioma que fue —con pertinacia—
retórica guirnalda a la hermosura.
Brújula sin piedad, tiniebla pura,
orienta, Noche, mis sentidos hacia
las torres de tu intrépida estructura
y deja que, en racimos de luz dura,
se apague esta inquietud que nada sacia
sino el error de ser tiempo y figura.
Jaime Torres Bodet
Regreso Iv
que siquiera da paso a la agonía,
¡ay! entra, muerte, en mí, como la guía
de la hiedra que el sol prende en la losa.
Abre —¡aunque sea así!— la última rosa
en que tu fuerza adulta se extasía,
ansia de ya no ser, llama tan fría
que a su lado la luz parece umbrosa.
Rompe la plenitud, la simetría,
el basalto en que acaba toda cosa
que dura más de lo que tarda el día;
y, arrancándome al tedio que me acosa,
envuélveme en tu vértigo, alegría,
¡afirmación total, muerte dichosa!
Jaime Torres Bodet
Regreso Iii
recuerdo el filo de la voz bisela,
eco, responde sin palabra. Y vela
porque en tu ausencia al menos esté vivo...
Del mármol con que el ocio me encarcela
quiero en vano extraer un brazo esquivo
hacia ese blando mundo infinitivo
en que todo está aún y todo vuela.
Estatua soy donde caí torrente,
donde canto pasé, silencio duro
y, donde llama ardí, ceniza esparzo.
Nada me afirma y nada me desmiente.
Sólo tu golpe, corazón oscuro,
a fuerza de latir agrieta el cuarzo.
Jaime Torres Bodet
Regreso
en mí no sólo cuanto entonces era
sino también, recóndita y ligera,
esa patria interior que en nadie acaba.
Oigo gemir la aurora que te alaba,
músico litoral, viento en palmera,
y me asedia la enjuta primavera
que la razón, no el tiempo, presagiaba.
Entre el capullo que dejé y la impura
corola que hoy en cada rama advierto
pasaron lustros sin que abrieran rosas.
Viví sin ser... Y sólo me asegura,
entre tanta abstención, de que no he muerto
la fatiga de mí que hallo en las cosas.
Jaime Torres Bodet
Regreso Ii
suspiro
interrumpo al hablar? ¿A quién despojo
del recobrado cuerpo en que me alojo?
¿Quién mira, con mis ojos, lo que miro?
La luz que palpo, el aire que respiro,
el peso del silencio que recojo,
todo me opone un íntimo cerrojo
y me declara intruso en mi retiro.
En vano el pie que avanzo coincide
con la huella del pie que hundió en la arena
el invisible igual que sustituyo;
pues lo que el alma, al regresar, me pide
no es duplicarse en cuanto me enajena
¡sino ser otra vez lo que destruyo!
Jaime Torres Bodet
Regreso Ii
suspiro
interrumpo al hablar? ¿A quién despojo
del recobrado cuerpo en que me alojo?
¿Quién mira, con mis ojos, lo que miro?
La luz que palpo, el aire que respiro,
el peso del silencio que recojo,
todo me opone un íntimo cerrojo
y me declara intruso en mi retiro.
En vano el pie que avanzo coincide
con la huella del pie que hundió en la arena
el invisible igual que sustituyo;
pues lo que el alma, al regresar, me pide
no es duplicarse en cuanto me enajena
¡sino ser otra vez lo que destruyo!