Sociedad y el Mundo
Julián del Casal
A Un Héroe
Que arrastra de la mar por los eriales
Su vientre hinchado de oro y de corales,
Con rumbo hacia las playas españolas,
Y, al arrojar el áncora en las olas
Del puerto ansiado, ve plagas mortales
Despoblar los vetustos arrabales
Vacío el muelle y las orillas solas;
Así al tornar de costas extranjeras,
Cargado de magnánimas quimeras,
A enardecer tus compañeros bravos,
Hallas sólo que luchan sin decoro
Espíritus famélicos de oro
Imperando entre míseros esclavos.
Julián del Casal
A Un Héroe
Que arrastra de la mar por los eriales
Su vientre hinchado de oro y de corales,
Con rumbo hacia las playas españolas,
Y, al arrojar el áncora en las olas
Del puerto ansiado, ve plagas mortales
Despoblar los vetustos arrabales
Vacío el muelle y las orillas solas;
Así al tornar de costas extranjeras,
Cargado de magnánimas quimeras,
A enardecer tus compañeros bravos,
Hallas sólo que luchan sin decoro
Espíritus famélicos de oro
Imperando entre míseros esclavos.
Julián del Casal
A Un Héroe
Que arrastra de la mar por los eriales
Su vientre hinchado de oro y de corales,
Con rumbo hacia las playas españolas,
Y, al arrojar el áncora en las olas
Del puerto ansiado, ve plagas mortales
Despoblar los vetustos arrabales
Vacío el muelle y las orillas solas;
Así al tornar de costas extranjeras,
Cargado de magnánimas quimeras,
A enardecer tus compañeros bravos,
Hallas sólo que luchan sin decoro
Espíritus famélicos de oro
Imperando entre míseros esclavos.
Julián del Casal
Kakemono
Que te dio el cielo, por nativo dote,
Pediste al arte su potente auxilio
Para sentir el anhelado goce
De ostentar la hermosura de las hijas
Del país de los anchos quitasoles
Pintados de doradas mariposas
Revoloteando entre azulinas flores.
Borrando de tu faz el fondo níveo
Hiciste que adquiriera los colores
Pálidos de los rayos de la Luna,
Cuando atraviesan los sonoros bosques
De flexibles bambúes. Tus mejillas
Pintaste con el tinte que se esconde
En el rojo cinabrio. Perfumaste
De almizcle conservado en negro cofre
Tus formas virginales. Con oscura
Pluma de golondrina puesta al borde
De ardiente pebetero, prolongaste
De tus cejas el arco. Acomodose
Tu cuerpo erguido en amarilla estera
Y, ante el espejo oval, montado en cobre,
Recogiste el raudal de tus cabellos
Con agujas de oro y blancas flores.
Ornada tu belleza primitiva
Por diestra mano, con extraños dones,
Sumergiste tus miembros en el traje
De seda japonesa. Era de corte
Imperial. Ostentaba ante los ojos
El azul de brillantes gradaciones
Que tiene el cielo de la hermosa Yedo,
El rojo que la luz deja en los bordes
Del raudo Kisogawa y la blancura
Jaspeada de fulgentes tornasoles
Que, a los granos de arroz en las espigas
Presta el sol con sus ígneos resplandores.
Recamaban tu regia vestidura
Cigüeñas, mariposas y dragones
Hechos con áureos hilos. En tu busto
Ajustado por anchos ceñidores
De crespón, amarillos crisantemos
Tu sierva colocó. Cogiendo entonces
El abanico de marfil calado
Y plumas de avestruz, a los fulgores
De encendidas arañas venecianas,
Mostraste tu hermosura en los salones,
Inundando de férvida alegría
El alma de los tristes soñadores.
¡Cuán seductora estabas! ¡No más bella
Surgió la Emperatriz de los nipones
En las pagodas de la santa Kioto
O en la fiesta brillante de las flores!
¡Jamás ante una imagen tan hermosa
Quemaron los divinos sacerdotes
Granos de incienso en el robusto lomo
De un elefante cincelado en bronce
Por hábil escultor! ¡El Yoshivara
En su recinto no albergó una noche
Belleza que pudiera disputarle
El lauro a tu belleza! ¡En los jarrones,
Biombos, platos, estuches y abanicos
No trazaron los clásicos pintores
Figura femenina que reuniera
Tal número de hermosas perfecciones!
Julián del Casal
A Un Dictador
Apareciste en tu nativa tierra,
Como sobre la nieve de alta sierra
De claro día el resplandor sereno.
Torpe ambición emponzoñó tu seno
Y, en el bridón siniestro de la guerra,
Trocaste el suelo que tu polvo encierra
En abismo de llanto, sangre y cieno.
Mas si hoy execra tu memoria el hombre,
No del futuro en la extensión remota
Tus manes han de ser escarnecidos;
Porque tuviste, paladín sin nombre,
En la hora cruel de la derrota,
El supremo valor de los vencidos.
Julián del Casal
A Un Dictador
Apareciste en tu nativa tierra,
Como sobre la nieve de alta sierra
De claro día el resplandor sereno.
Torpe ambición emponzoñó tu seno
Y, en el bridón siniestro de la guerra,
Trocaste el suelo que tu polvo encierra
En abismo de llanto, sangre y cieno.
Mas si hoy execra tu memoria el hombre,
No del futuro en la extensión remota
Tus manes han de ser escarnecidos;
Porque tuviste, paladín sin nombre,
En la hora cruel de la derrota,
El supremo valor de los vencidos.
Julián del Casal
Al Juez Supremo
Ni el Orgullo inspiró los anatemas
Que atraviesan mis mórbidos poemas
Cual aves negras entre espigas blondas.
Aunque la Dicha terrenal me escondas
No a la voz de mis súplicas le temas,
Que ni lauros, ni honores, ni diademas
Turban de mi alma las dormidas ondas.
Si algún día mi férvida plegaria,
¡Oh, Dios mío!, en blasfemia convertida
Vuela a herir tus oídos paternales,
Es que no siente mi alma solitaria,
En medio de la estepa de la vida,
El calor de las almas fraternales.
Julián del Casal
La Aparición
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza
Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.
Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,
Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.
Julián del Casal
El Camino De Damasco
A Manuel Gutiérrez Nájera
Lejos brilla el Jordán de azules ondas
Que esmalta el Sol de lentejuelas de oro,
Atravesando las tupidas frondas,
Pabellón verde del bronceado toro.
Del majestuoso Líbano en la cumbre
Erige su ramaje el cedro altivo,
Y del día estival bajo la lumbre
Desmaya en los senderos el olivo.
Piafar se escuchan árabes caballos
Que a través de la cálida arboleda,
Van levantando con sus férreos callos
En la ancha ruta, opaca polvareda.
Desde el confín de las lejanas costas
Sombreadas por los ásperos nopales,
Enjambres purpurinos de langostas
Vuelan a los ardientes arenales.
Ábrense en las llanuras las cavernas
Pobladas de escorpiones encarnados,
Y al borde de las límpidas cisternas
Embalsaman el aire los granados.
En fogoso corcel de crines blancas,
Lomo robusto, refulgente casco,
Belfo espumante y sudorosas ancas,
Marcha por el camino de Damasco.
Saulo y eleva su bruñida lanza
Que a los destellos de la luz febea,
Mientras el bruto relinchando avanza,
Entre nubes de polvo centellea.
Tras las hojas de oscuros olivares
Mira de la ciudad los minaretes,
Y encima de los negros almenares
Ondear los azulados gallardetes.
Súbito, desde lóbrego celaje
Que desgarró la luz de hórrido rayo,
Oye la voz del célico mensaje;
Cae transido de mortal desmayo,
Bajo el corcel ensangrentado rueda,
Su lanza estalla con vibrar sonoro
Y, a los reflejos de la luz, remeda
Sierpe de fuego con escamas de oro.
Julián del Casal
Bajo-relieve
A Vivino Govantes y Govantes
El joven gladiador yace en la arena
Manchada por la sangre purpurina
Que arroja sin cesar la rota vena
De su robusto brazo. Entre neblina
Azafranada luce su armadura
Como si el Sol, dejando sus regiones,
Bajado hubiera al redondel. Oscura
La fosa está en que rugen los leones
Olfateando la carne. Aglomerada
Bulle en torno impaciente muchedumbre
Que tiende hacia el mancebo la mirada,
Y, de las gradas en la erguida cumbre,
Abierto el abanico entre las manos,
Ostentan su hermosura las patricias
A los ojos de amantes cortesanos
Ávidos de gozar de sus caricias.
Sacudiendo el cansancio del vencido
—¡Arriba, gladiador, una voz grita,
Que para ornar tus sienes han crecido
Los laureles del Arno! —¡Necesita
El pueblo, otra voz clama, que al combate
Tornes de nuevo y venzas al contrario!
—¡Lidia y triunfa que, a más de tu rescate,
Dice el edil, cual don extraordinario,
Pondremos en tus manos un tesoro
De sextercios! —Si vences todavía,
En mi litera azul, bordada de oro,
Juntos iremos por la Sacra Vía,
Murmura una hetaira. —¡Y en mi lecho
Perfumado de mirra, al punto exclama
Otra más bella, encima de tu pecho
Extinguiré de mi pasión la llama
Que en lo interior del alma siento ahora,
Y, aprisionado por ardientes lazos,
Cuando aparezca la rosada aurora
Ebrio de amor te encontrará en mis brazos!
Al escuchar las voces agitadas,
Levanta el gladiador la mustia frente,
Fija en la muchedumbre sus miradas,
Muéstrale una sonrisa indiferente
Y, desdeñando los placeres vanos
Que ofrecen a su alma entristecida,
Sepulta la cabeza entre las manos
Viendo correr la sangre de su herida.
Julián del Casal
Blanco Y Negro
En ataúd de blanco terciopelo
Recamado de oro; manos juntas
Que os eleváis hacia el azul del cielo
Como lirios de carne; tocas blancas
De pálidas novicias absorbidas
Por ensueños celestiales; francas
Risas de niños rubios; despedidas
Que envían los ancianos moribundos
A los seres queridos; arreboles
De los finos celajes errabundos
Por las ondas del éter; tornasoles
Que ostentan en sus alas las palomas
Al volar hacia el Sol; verdes palmeras
De les desiertos africanos; gomas
Árabes en que duermen las quimeras;
Miradas de los pálidos dementes
Entre las flores del jardín; crespones
Con que se ocultan sus nevadas frentes
Las vírgenes; enjambres de ilusiones
Color de rosa que en su seno encierra
El alma que no hirió la desventura;
Arrebatadme al punto de la Tierra,
Que estoy enfermo y solo y fatigado
Y deseo volar hacia la altura,
Porque allí debe estar lo que yo he amado.
Julián del Casal
Una Maja
Los dientes nacarados de alta peineta
Y surge de sus dedos la castañeta
Cual mariposa negra de entre el granizo.
Pañolón de Manila, fondo pajizo,
Que a su talle ondulante firme sujeta,
Echa reflejos de ámbar, rosa y violeta
Moldeando de sus carnes todo hechizo.
Cual tímidas palomas por el follaje,
Asoman sus chapines bajo su traje
Hecho de blondas negras y verde raso,
Y al choque de las copas de manzanilla
Riman con los tacones la seguidilla,
Perfumes enervantes dejando al paso.
Julián del Casal
A Los Estudiantes
Doblasteis en la tierra vuestras frentes,
Como en los campos llenos de simientes
Palmas que troncha tempestad bravía.
Aún vagan en la atmósfera sombría
Vuestros últimos gritos inocentes,
Mezclados a los golpes estridentes
Del látigo que suena todavía.
¡Dormid en paz los sueños postrimeros
En el seno profundo de la nada,
Que nadie ha de venir a perturbaros;
Los que ayer no supieron defenderos
Sólo pueden, con alma resignada,
Soportar la vergüenza de lloraros!
Julián del Casal
En El Mar
Y las rojas banderas desplegadas,
Cruza el barco las ondas azuladas,
Dejando atrás fosforescente estela.
El Sol, como lumínica rodela,
Aparece entre nubes nacaradas,
Y el pez, bajo las ondas sosegadas,
Como flecha de plata raudo vuela.
¿Volveré? ¡Quién lo sabe! Me acompaña
Por el largo sendero recorrido
La muda soledad del frío polo.
¿Qué me importa vivir en tierra extraña
O en la patria infeliz en que he nacido
Si en cualquier parte he de encontrarme solo?
Julián del Casal
El Sueño En El Desierto
Ata su blanca yegua enflaquecida
Al fuerte tronco de gigante planta.
Y, tregua dando a su mortal fatiga,
Cae en el lecho de tostada arena
Donde la luz reverberar se mira;
Sueña en los verdes campos anchurosos
En que se eleva la gallarda espiga
Dorada por el Sol resplandeciente;
En la plácida fuente cristalina
Que le apaga la sed abrasadora;
En la tribu que forma su familia;
En el lejano oasis misterioso
Cuya frescura a descansar convida;
Y en el harén, poblado de mujeres
Bellas como la luz del mediodía,
Que entre nubes de aromas enervantes,
Prodigan al sultán dulces caricias.
Julián del Casal
El Adiós Del Polaco
De una entreabierta ventana,
Donde la luz se refleja
De la naciente mañana,
Está un polaco guerrero
Henchido de patrio ardor,
Dando así su adiós postrero
A la virgen de su amor.
—¿No escuchas el sonido
Del clarín estruendoso de batalla
Y el hórrido estampido
Del tronante cañón y la metralla?
¿No ves alzarse al cielo
Rojo vapor de sangre que aún humea,
Mezclándose en su vuelo
Al humo negro de incendiaria tea?
¿No ves las numerosas
Huestes bajar desde la cumbre al llano,
Hollando las hermosas
Flores que esparce pródigo el verano?
¿No ves a los tiranos
Desgarrar de la patria inmaculada,
Con infamantes manos,
La veste azul de perlas recamada?
Polonia, enardecida
Por el rigor de sus constantes penas,
Álzase decidida
A romper para siempre sus cadenas.
Al grito de venganza
Sus esforzados hijos valerosos,
Empuñando la lanza,
Se arrojan al combate presurosos.
Tu amor abandonando,
Audaz me lanzo a la feroz pelea,
Pobre paria buscando
Muerte a la luz de redentora idea.
Ni el tiempo ni la ausencia
Harán que olvide tu cariño tierno.
¡En la humana existencia
Sólo el primer amor es el eterno!
Adiós. Si de la gloria
A merecer no alcanzo los favores
Conserva en tu memoria
El recuerdo feliz de mis amores.
Dame el último beso
Con el postrer adiós de la partida,
Para llevarlo impreso
Hasta el postrer instante de la vida.
Dijo. La joven lo estrecha
En sus brazos, con pasión,
En llanto amargo deshecha,
Oprimido el corazón.
Veloz como el raudo viento,
Él al combate voló.
¡Siempre al patriótico acento
El amor enmudeció!
Julián del Casal
El Adiós Del Polaco
De una entreabierta ventana,
Donde la luz se refleja
De la naciente mañana,
Está un polaco guerrero
Henchido de patrio ardor,
Dando así su adiós postrero
A la virgen de su amor.
—¿No escuchas el sonido
Del clarín estruendoso de batalla
Y el hórrido estampido
Del tronante cañón y la metralla?
¿No ves alzarse al cielo
Rojo vapor de sangre que aún humea,
Mezclándose en su vuelo
Al humo negro de incendiaria tea?
¿No ves las numerosas
Huestes bajar desde la cumbre al llano,
Hollando las hermosas
Flores que esparce pródigo el verano?
¿No ves a los tiranos
Desgarrar de la patria inmaculada,
Con infamantes manos,
La veste azul de perlas recamada?
Polonia, enardecida
Por el rigor de sus constantes penas,
Álzase decidida
A romper para siempre sus cadenas.
Al grito de venganza
Sus esforzados hijos valerosos,
Empuñando la lanza,
Se arrojan al combate presurosos.
Tu amor abandonando,
Audaz me lanzo a la feroz pelea,
Pobre paria buscando
Muerte a la luz de redentora idea.
Ni el tiempo ni la ausencia
Harán que olvide tu cariño tierno.
¡En la humana existencia
Sólo el primer amor es el eterno!
Adiós. Si de la gloria
A merecer no alcanzo los favores
Conserva en tu memoria
El recuerdo feliz de mis amores.
Dame el último beso
Con el postrer adiós de la partida,
Para llevarlo impreso
Hasta el postrer instante de la vida.
Dijo. La joven lo estrecha
En sus brazos, con pasión,
En llanto amargo deshecha,
Oprimido el corazón.
Veloz como el raudo viento,
Él al combate voló.
¡Siempre al patriótico acento
El amor enmudeció!
Julián del Casal
El Adiós Del Polaco
De una entreabierta ventana,
Donde la luz se refleja
De la naciente mañana,
Está un polaco guerrero
Henchido de patrio ardor,
Dando así su adiós postrero
A la virgen de su amor.
—¿No escuchas el sonido
Del clarín estruendoso de batalla
Y el hórrido estampido
Del tronante cañón y la metralla?
¿No ves alzarse al cielo
Rojo vapor de sangre que aún humea,
Mezclándose en su vuelo
Al humo negro de incendiaria tea?
¿No ves las numerosas
Huestes bajar desde la cumbre al llano,
Hollando las hermosas
Flores que esparce pródigo el verano?
¿No ves a los tiranos
Desgarrar de la patria inmaculada,
Con infamantes manos,
La veste azul de perlas recamada?
Polonia, enardecida
Por el rigor de sus constantes penas,
Álzase decidida
A romper para siempre sus cadenas.
Al grito de venganza
Sus esforzados hijos valerosos,
Empuñando la lanza,
Se arrojan al combate presurosos.
Tu amor abandonando,
Audaz me lanzo a la feroz pelea,
Pobre paria buscando
Muerte a la luz de redentora idea.
Ni el tiempo ni la ausencia
Harán que olvide tu cariño tierno.
¡En la humana existencia
Sólo el primer amor es el eterno!
Adiós. Si de la gloria
A merecer no alcanzo los favores
Conserva en tu memoria
El recuerdo feliz de mis amores.
Dame el último beso
Con el postrer adiós de la partida,
Para llevarlo impreso
Hasta el postrer instante de la vida.
Dijo. La joven lo estrecha
En sus brazos, con pasión,
En llanto amargo deshecha,
Oprimido el corazón.
Veloz como el raudo viento,
Él al combate voló.
¡Siempre al patriótico acento
El amor enmudeció!
Julián del Casal
Nocturno
Del seno de la Tierra se levanta
Una voz sepulcral, triste, amorosa,
Que así a mi oído, entre las sombras, canta.
«Cruzando por los mares de la vida
Arribé de la muerte al firme puerto
Y observé, con el alma dolorida,
Que el mundo estaba para ti desierto.
»Por eso, al extender su denso manto
La noche, por los ámbitos del cielo,
Vengo a enjugar las gotas de tu llanto,
Vengo a ofrecer a tu dolor consuelo.
»Y como un padre por sus hijos vela
—Aun desde el triste reino del olvido—
Mi corazón, que tu ventura anhela,
Consejos te va a dar, hijo querido.
»Huye del mundo y de su pompa vana
Cual huye del milano la avecilla,
Y alcanzarás, al perecer mañana,
Muerte feliz tras vida sin mancilla.
»Prodiga el bien, con generosa mano,
Sin esperar el premio merecido,
Porque el ingrato corazón humano
Da premio al bien con el eterno olvido.
»No busques los aplausos o el renombre
En la lucha tenaz de la existencia:
Ten sólo por hermano a cada hombre
Y por único juez a tu conciencia.
»Ni sigas de la dicha la luz pura
Si ves brillar sus rayos a lo lejos;
La dicha es como el Sol: desde la altura
Sólo envía a la Tierra sus reflejos.
»Ni te seduzca la apariencia hermosa:
El mal se oculta bajo forma bella,
Como entre flores sierpe venenosa,
Como entre nubes hórrida centella.
»Donde tenga el dolor una morada
Dirige allí tus pasos vacilantes.
¡Vale más una lágrima enjugada
Que una corona de oro y de diamantes!
»Si algún pesar el alma te devora
Ocúltalo del pecho en lo profundo,
Y en soledad tu desventura llora
Antes que llegue a conocerlo el mundo».
Es la voz de mi padre. A su sonido
Feliz el corazón late en mi pecho,
Y, dando mis pesares al olvido,
Tranquilo duermo en solitario lecho;
Como el viajero errante y fatigado,
Lejos mirando el fin de su camino,
Se duerme sobre el césped perfumado
De un ave oyendo el armonioso trino.
Jaime Torres Bodet
Nunca
Hombre he sido y seré mientras exista.
Hombre no más: proyecto entre proyectos,
boca sedienta al cántaro adherida,
pies inseguros sobre el polvo ardiente,
espìritu y materia vulnerables
a todos los oprobios y las dichas...
Nunca me sentiré rey destronado
ni ángel abolido mientras viva,
sino aprendiz de hombre eternamente,
hombre con los que van por las colinas
hacia el jardín que siempre los repudia,
hombre con los que buscan entre escombros
la verdad necesaria y prohibida,
hombre entre los que labran con sus manos
lo que jamás hereda un alma digna,
¡porque de todo cuanto el hombre ha hecho
la sola herencia digna de los hombres
es el derecho de inventar su vida!
Jaime Torres Bodet
Nunca
Hombre he sido y seré mientras exista.
Hombre no más: proyecto entre proyectos,
boca sedienta al cántaro adherida,
pies inseguros sobre el polvo ardiente,
espìritu y materia vulnerables
a todos los oprobios y las dichas...
Nunca me sentiré rey destronado
ni ángel abolido mientras viva,
sino aprendiz de hombre eternamente,
hombre con los que van por las colinas
hacia el jardín que siempre los repudia,
hombre con los que buscan entre escombros
la verdad necesaria y prohibida,
hombre entre los que labran con sus manos
lo que jamás hereda un alma digna,
¡porque de todo cuanto el hombre ha hecho
la sola herencia digna de los hombres
es el derecho de inventar su vida!
Jaime Torres Bodet
Regreso Iv
que siquiera da paso a la agonía,
¡ay! entra, muerte, en mí, como la guía
de la hiedra que el sol prende en la losa.
Abre —¡aunque sea así!— la última rosa
en que tu fuerza adulta se extasía,
ansia de ya no ser, llama tan fría
que a su lado la luz parece umbrosa.
Rompe la plenitud, la simetría,
el basalto en que acaba toda cosa
que dura más de lo que tarda el día;
y, arrancándome al tedio que me acosa,
envuélveme en tu vértigo, alegría,
¡afirmación total, muerte dichosa!
Jaime Torres Bodet
México Canta En La Ronda De Mis Canciones De Amor
México dulce y cruel,
que acendra los corazones
en finas gotas de miel.
Lo tuve siempre presente
cuando hacía esta canción;
¡su cielo estaba en mi frente;
su tierra, en mi corazón!
México canta en la ronda
de mis canciones de amor,
y en guirnalda con la ronda
la tarde trenza su flor.
Lo conoceréis un día,
amigos de otro país:
¡tiene un color de alegría
y un acre sabor de anís!
¡Es tan fecundo, que huele
como vainilla en sazón
y es sutil! Para que vuele
basta un soplo de oración...
Lo habréis comprendido entero
cuando podáis repetir
¿Quién sabe? con el mañero
proverbio de mi país...
¿Quién sabe? ¡Dolor, fortuna!
¿Quién sabe? ¡Fortuna, amor!
¿Quién sabe? dirá la cuna.
¿Quién sabe? el enterrador...
En la duda arcana y terca,
México quiere inquirir:
un disco de horror lo cerca...
¿Cómo será el porvenir?
¡El porvenir! ¡No lo espera!
Prefiere, mientras, cantar,
que toda la vida entera
es una gota en el mar;
una gota pequeñita
que cabe en el corazón:
Dios la pone, Dios la quita...
¡Cantemos nuestra canción!
Jaime Torres Bodet
La Primavera De La Aldea
bajó esta tarde a la ciudad,
con su cara de niña fea
y su vestido de percal.
Traía nidos en las manos
y le cantaba el corazón
como en los últimos manzanos
el trino del primer gorrión.
Tenía, como los duraznos,
de nieve y rosa hecha la piel
y sobre el lomo de los asnos
llevaba su panal de miel.
A la ciudad, la primavera
trajo del campo un suave olor
en las tinas de la lechera
y los jarros del aguador...