Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
Jorge Teillier
Cuando Todos Se Vayan
Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.
1.034
Jorge Teillier
Botella Al Mar
Y tú quieres oír, tú quieres entender.
Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.
Es para la niña que nadie saca a bailar,
es para los hermanos que afrontan la borrachera
y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.
Es para la niña que nadie saca a bailar,
es para los hermanos que afrontan la borrachera
y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
1.084
Jorge Teillier
Botella Al Mar
Y tú quieres oír, tú quieres entender.
Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.
Es para la niña que nadie saca a bailar,
es para los hermanos que afrontan la borrachera
y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.
Es para la niña que nadie saca a bailar,
es para los hermanos que afrontan la borrachera
y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
1.084
Jorge Teillier
Botella Al Mar
Y tú quieres oír, tú quieres entender.
Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.
Es para la niña que nadie saca a bailar,
es para los hermanos que afrontan la borrachera
y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.
Es para la niña que nadie saca a bailar,
es para los hermanos que afrontan la borrachera
y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.
1.084
Jaime Sabines
El Peatón
Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos
enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta.
O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué
maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante!
¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en
la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta.
¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o
un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido,
o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera,
de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce
y tranquila.
enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta.
O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué
maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante!
¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en
la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta.
¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o
un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido,
o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera,
de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce
y tranquila.
996
Jaime Sabines
Como Pájaros Perdidos Xix
Como ahora no hay maestros ni alumnos, el alumno preguntó a la pared:
¿qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente.
¿qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente.
778
Jaime Sabines
Como Pájaros Perdidos Xix
Como ahora no hay maestros ni alumnos, el alumno preguntó a la pared:
¿qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente.
¿qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente.
778
Jaime Sabines
El Mediodía En La Calle, Atropellando ángeles
El mediodía en la calle, atropellando ángeles,
violento, desgarbado;
gentes envenenadas lentamente
por el trabajo, el aire, los motores;
árboles empeñados en recoger su sombra,
ríos domesticados, panteones y jardines
transmitiendo programas musicales.
¿Cuál hormiga soy yo de estas que piso?
¿qué palabras en vuelo me levantan?
«Lo mejor de la escuela es el recreo»,
dice Judit, y pienso:
¿cuándo la vida me dará un recreo?
¡Carajo! Estoy cansado. Necesito
morirme siquiera una semana.
violento, desgarbado;
gentes envenenadas lentamente
por el trabajo, el aire, los motores;
árboles empeñados en recoger su sombra,
ríos domesticados, panteones y jardines
transmitiendo programas musicales.
¿Cuál hormiga soy yo de estas que piso?
¿qué palabras en vuelo me levantan?
«Lo mejor de la escuela es el recreo»,
dice Judit, y pienso:
¿cuándo la vida me dará un recreo?
¡Carajo! Estoy cansado. Necesito
morirme siquiera una semana.
963
Jaime Sabines
Con La Flor Del Domingo
Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua.
La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan,
por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y
hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa
María reúne a los sobrevivientes de la semana.
Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea,
se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan
al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo,
la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan
dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para
enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la
ropa pendiente y de los mandados que no acaban.
Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras
pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional
y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de
su cabellera que brilla más que otras veces.
(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las
grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría
los días que vienen!)
La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan,
por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y
hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa
María reúne a los sobrevivientes de la semana.
Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea,
se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan
al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo,
la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan
dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para
enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la
ropa pendiente y de los mandados que no acaban.
Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras
pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional
y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de
su cabellera que brilla más que otras veces.
(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las
grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría
los días que vienen!)
606
Jaime Sabines
Con La Flor Del Domingo
Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua.
La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan,
por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y
hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa
María reúne a los sobrevivientes de la semana.
Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea,
se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan
al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo,
la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan
dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para
enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la
ropa pendiente y de los mandados que no acaban.
Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras
pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional
y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de
su cabellera que brilla más que otras veces.
(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las
grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría
los días que vienen!)
La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan,
por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y
hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa
María reúne a los sobrevivientes de la semana.
Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea,
se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan
al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo,
la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan
dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para
enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la
ropa pendiente y de los mandados que no acaban.
Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras
pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional
y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de
su cabellera que brilla más que otras veces.
(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las
grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría
los días que vienen!)
606
Jaime Sabines
Los He Visto En El Cine
Los he visto en el cine,
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.
Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.
Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve, les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.
Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.
Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve, les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.
541
José Antonio Ramos Sucre
El Selenita
EL SELENITA
Yo no sabría distinguir, en las cartas más fieles de los
náuticos, dónde se hallaba la isla de mi cautiverio. Debe
de aparecer con el nombre de un arrecife. La luna deprimía su
vuelo a través de la oscuridad e inspiraba la ilusión de
comenzarlo desde una torre impenetrable. Yo me recliné sobre su
escalinata pulverulenta y fui adormecido por el pífano de un
pastor de bisontes. Soñé con una doncella de otras edades
y con un vestigio de su breve estancia en la isla de los torrentes. La
reliquia de su paso, oculta en unos escombros olvidados, podía
restituirme al seno del mundo civil.
Ignoro si yo había despertado cuando
emprendí la desmanda quimérica, la vía de la
sierra. No me dejé espantar de unas mujeres bellas e irascibles,
reunidas en tumulto y armadas de tallos y de ramos de ortigas.
El hechizo del pífano me suspendía en
los aires y yo volaba, convertido en una sustancia leve, sobre los
roquedos y precipicios. La isla estaba desierta y los residuos solemnes
de una raza difunta no se daban sino en la cima de los montes
incólumes.
Yo encontré un anillo de oro, la prenda
augurada, entre las ruinas de un alcázar, vivienda rupestre, en
donde circulaban todavía el estampido y el humo de un rayo.
Yo no sabría distinguir, en las cartas más fieles de los
náuticos, dónde se hallaba la isla de mi cautiverio. Debe
de aparecer con el nombre de un arrecife. La luna deprimía su
vuelo a través de la oscuridad e inspiraba la ilusión de
comenzarlo desde una torre impenetrable. Yo me recliné sobre su
escalinata pulverulenta y fui adormecido por el pífano de un
pastor de bisontes. Soñé con una doncella de otras edades
y con un vestigio de su breve estancia en la isla de los torrentes. La
reliquia de su paso, oculta en unos escombros olvidados, podía
restituirme al seno del mundo civil.
Ignoro si yo había despertado cuando
emprendí la desmanda quimérica, la vía de la
sierra. No me dejé espantar de unas mujeres bellas e irascibles,
reunidas en tumulto y armadas de tallos y de ramos de ortigas.
El hechizo del pífano me suspendía en
los aires y yo volaba, convertido en una sustancia leve, sobre los
roquedos y precipicios. La isla estaba desierta y los residuos solemnes
de una raza difunta no se daban sino en la cima de los montes
incólumes.
Yo encontré un anillo de oro, la prenda
augurada, entre las ruinas de un alcázar, vivienda rupestre, en
donde circulaban todavía el estampido y el humo de un rayo.
547
José Antonio Ramos Sucre
La Procesión
LA PROCESIÓN
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
468
José Antonio Ramos Sucre
El Resfrío
EL RESFRÍO
He leído en mi niñez las memorias de
una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio
más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un
libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de
piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la
lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo,
espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los
lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al
sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio
de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la
linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos
peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el
marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la
atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la
oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce
inmenso.
He leído en mi niñez las memorias de
una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio
más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un
libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de
piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la
lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo,
espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los
lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al
sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio
de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la
linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos
peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el
marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la
atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la
oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce
inmenso.
655
José Antonio Ramos Sucre
La Mesnada
LA MESNADA
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
482
José Antonio Ramos Sucre
La Mesnada
LA MESNADA
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
482
José Antonio Ramos Sucre
Las Almas
LAS ALMAS
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
506
José Antonio Ramos Sucre
Entre Los Beduinos
ENTRE LOS BEDUINOS
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
425
José Antonio Ramos Sucre
Entre Los Beduinos
ENTRE LOS BEDUINOS
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
425
José Antonio Ramos Sucre
El Tótem
EL TÓTEM
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
415
José Antonio Ramos Sucre
El Derrotero De Camõens
EL DERROTERO DE CAMÕENS
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
437
José Antonio Ramos Sucre
El Derrotero De Camõens
EL DERROTERO DE CAMÕENS
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
437
José Antonio Ramos Sucre
El Vértigo De La Decadencia
EL VÉRTIGO DE LA DECADENCIA
Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los
mártires sublimes. Se han juntado en el centro del estadio y
sugieren el caso de una cohorte diezmada, sensible al mandamiento del
honor.
Las fieras soltadas de su cárcel rodean la
turba lastimosa, agilitándose para el asalto. Las espadas
flexibles ondulan voluptuosamente y las zarpas agudas, hincadas en el
suelo, avientan mangas de polvo.
La muchedumbre de los espectadores, animada de una
crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje. Reproduce el estruendo de
la ovación.
El soberano del orbe domesticado nota los accidentes
y pormenores de la fiesta, mirándola a través de una
esmeralda, la piedra mejor calificada para el atavío de las
divinidades.
Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme y
respetan los residuos inanimados y una virgen de gesto profético.
Una voz la condena al suplicio del fuego y provoca
el asentimiento unánime. La muchedumbre asume una
responsabilidad indivisible y se pierde en el delirio de su maldad,
hiriendo a la inocencia.
La hoguera despide una lumbre fatídica y les
dibuja, a los más inquietos, un rostro de cadáver.
Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los
mártires sublimes. Se han juntado en el centro del estadio y
sugieren el caso de una cohorte diezmada, sensible al mandamiento del
honor.
Las fieras soltadas de su cárcel rodean la
turba lastimosa, agilitándose para el asalto. Las espadas
flexibles ondulan voluptuosamente y las zarpas agudas, hincadas en el
suelo, avientan mangas de polvo.
La muchedumbre de los espectadores, animada de una
crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje. Reproduce el estruendo de
la ovación.
El soberano del orbe domesticado nota los accidentes
y pormenores de la fiesta, mirándola a través de una
esmeralda, la piedra mejor calificada para el atavío de las
divinidades.
Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme y
respetan los residuos inanimados y una virgen de gesto profético.
Una voz la condena al suplicio del fuego y provoca
el asentimiento unánime. La muchedumbre asume una
responsabilidad indivisible y se pierde en el delirio de su maldad,
hiriendo a la inocencia.
La hoguera despide una lumbre fatídica y les
dibuja, a los más inquietos, un rostro de cadáver.
508
José Antonio Ramos Sucre
El Vértigo De La Decadencia
EL VÉRTIGO DE LA DECADENCIA
Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los
mártires sublimes. Se han juntado en el centro del estadio y
sugieren el caso de una cohorte diezmada, sensible al mandamiento del
honor.
Las fieras soltadas de su cárcel rodean la
turba lastimosa, agilitándose para el asalto. Las espadas
flexibles ondulan voluptuosamente y las zarpas agudas, hincadas en el
suelo, avientan mangas de polvo.
La muchedumbre de los espectadores, animada de una
crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje. Reproduce el estruendo de
la ovación.
El soberano del orbe domesticado nota los accidentes
y pormenores de la fiesta, mirándola a través de una
esmeralda, la piedra mejor calificada para el atavío de las
divinidades.
Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme y
respetan los residuos inanimados y una virgen de gesto profético.
Una voz la condena al suplicio del fuego y provoca
el asentimiento unánime. La muchedumbre asume una
responsabilidad indivisible y se pierde en el delirio de su maldad,
hiriendo a la inocencia.
La hoguera despide una lumbre fatídica y les
dibuja, a los más inquietos, un rostro de cadáver.
Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los
mártires sublimes. Se han juntado en el centro del estadio y
sugieren el caso de una cohorte diezmada, sensible al mandamiento del
honor.
Las fieras soltadas de su cárcel rodean la
turba lastimosa, agilitándose para el asalto. Las espadas
flexibles ondulan voluptuosamente y las zarpas agudas, hincadas en el
suelo, avientan mangas de polvo.
La muchedumbre de los espectadores, animada de una
crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje. Reproduce el estruendo de
la ovación.
El soberano del orbe domesticado nota los accidentes
y pormenores de la fiesta, mirándola a través de una
esmeralda, la piedra mejor calificada para el atavío de las
divinidades.
Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme y
respetan los residuos inanimados y una virgen de gesto profético.
Una voz la condena al suplicio del fuego y provoca
el asentimiento unánime. La muchedumbre asume una
responsabilidad indivisible y se pierde en el delirio de su maldad,
hiriendo a la inocencia.
La hoguera despide una lumbre fatídica y les
dibuja, a los más inquietos, un rostro de cadáver.
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