Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
Luis Cernuda
El Viento Y El Alma
Con tal vehemencia el viento
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.
Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.
Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.
Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.
Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.
901
Luis Cernuda
Los Espinos
Verdor nuevo los espinos
tienen ya por la colina,
toda de púrpura y nieve
en el aire estremecida.
Cuántos cielos florecidos
les has visto; aunque a la cita
ellos serán siempre fieles,
tú no lo serás un día.
Antes que la sombra caiga,
aprende cómo es la dicha
ante los espinos blancos
y rojos en flor. Vé. Mira.
tienen ya por la colina,
toda de púrpura y nieve
en el aire estremecida.
Cuántos cielos florecidos
les has visto; aunque a la cita
ellos serán siempre fieles,
tú no lo serás un día.
Antes que la sombra caiga,
aprende cómo es la dicha
ante los espinos blancos
y rojos en flor. Vé. Mira.
840
Luis Cernuda
Los Espinos
Verdor nuevo los espinos
tienen ya por la colina,
toda de púrpura y nieve
en el aire estremecida.
Cuántos cielos florecidos
les has visto; aunque a la cita
ellos serán siempre fieles,
tú no lo serás un día.
Antes que la sombra caiga,
aprende cómo es la dicha
ante los espinos blancos
y rojos en flor. Vé. Mira.
tienen ya por la colina,
toda de púrpura y nieve
en el aire estremecida.
Cuántos cielos florecidos
les has visto; aunque a la cita
ellos serán siempre fieles,
tú no lo serás un día.
Antes que la sombra caiga,
aprende cómo es la dicha
ante los espinos blancos
y rojos en flor. Vé. Mira.
840
Luis Cernuda
Como Una Vela Sobre El Mar
Como una vela sobre el mar
resume ese azulado afán que se levanta
hasta las estrellas futuras,
hecho escala de olas
por donde pies divinos descienden al abismo,
también tu forma misma,
ángel, demonio, sueño de un amor soñado,
resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba
hasta las nubes sus olas melancólicas.
Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,
yo, el más enamorado,
en las orillas del amor,
sin que una luz me vea
definitivamente muerto o vivo,
contemplo sus olas y quisiera anegarme,
deseando perdidamente
descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,
hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.
resume ese azulado afán que se levanta
hasta las estrellas futuras,
hecho escala de olas
por donde pies divinos descienden al abismo,
también tu forma misma,
ángel, demonio, sueño de un amor soñado,
resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba
hasta las nubes sus olas melancólicas.
Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,
yo, el más enamorado,
en las orillas del amor,
sin que una luz me vea
definitivamente muerto o vivo,
contemplo sus olas y quisiera anegarme,
deseando perdidamente
descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,
hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.
1.663
Luis Cernuda
Como Leve Sonido:
Como leve sonido:
hoja que roza un vidrio,
agua que acaricia unas guijas,
lluvia que besa una frente juvenil;
Como rápida caricia:
pie desnudo sobre el camino,
dedos que ensayan el primer amor,
sábanas tibias sobre el cuerpo solitario;
Como fugaz deseo:
seda brillante en la luz,
esbelto adolescente entrevisto,
lágrimas por ser más que un hombre;
Como esta vida que no es mía
y sin embargo es la mía,
como este afán sin nombre
que no me pertenece y sin embargo soy yo;
Como todo aquello que de cerca o de lejos
me roza, me besa, me hiere,
tu presencia está conmigo fuera y dentro,
es mi vida misma y no es mi vida,
así como una hoja y otra hoja
son la apariencia del viento que las lleva.
hoja que roza un vidrio,
agua que acaricia unas guijas,
lluvia que besa una frente juvenil;
Como rápida caricia:
pie desnudo sobre el camino,
dedos que ensayan el primer amor,
sábanas tibias sobre el cuerpo solitario;
Como fugaz deseo:
seda brillante en la luz,
esbelto adolescente entrevisto,
lágrimas por ser más que un hombre;
Como esta vida que no es mía
y sin embargo es la mía,
como este afán sin nombre
que no me pertenece y sin embargo soy yo;
Como todo aquello que de cerca o de lejos
me roza, me besa, me hiere,
tu presencia está conmigo fuera y dentro,
es mi vida misma y no es mi vida,
así como una hoja y otra hoja
son la apariencia del viento que las lleva.
765
Luis Cernuda
Los Marineros Son Las Alas Del Amor
Los marineros son las alas del amor,
son los espejos del amor,
el mar les acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.
La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.
Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero sólo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.
son los espejos del amor,
el mar les acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.
La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.
Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero sólo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.
809
Luis Cernuda
Quisiera Estar Solo En El Sur
Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.
El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.
En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.
El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.
En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
893
Luis Cernuda
Va La Brisa Reciente
Va la brisa reciente
por el espacio esbelta,
y en las hojas cantando
abre una primavera.
Sobre el límpido abismo
del cielo se divisan,
como dichas primeras,
primeras golondrinas.
Tan sólo un árbol turba
la distancia que duerme,
así el fervor alerta
la indolencia presente.
Verdes están las hojas,
el crepúsculo huye.
anegándose en sombra
las fugitivas luces.
En su paz la ventana
restituye a diario
las estrellas, el aire
y el que estaba soñando.
por el espacio esbelta,
y en las hojas cantando
abre una primavera.
Sobre el límpido abismo
del cielo se divisan,
como dichas primeras,
primeras golondrinas.
Tan sólo un árbol turba
la distancia que duerme,
así el fervor alerta
la indolencia presente.
Verdes están las hojas,
el crepúsculo huye.
anegándose en sombra
las fugitivas luces.
En su paz la ventana
restituye a diario
las estrellas, el aire
y el que estaba soñando.
1.005
Luis Cernuda
Va La Brisa Reciente
Va la brisa reciente
por el espacio esbelta,
y en las hojas cantando
abre una primavera.
Sobre el límpido abismo
del cielo se divisan,
como dichas primeras,
primeras golondrinas.
Tan sólo un árbol turba
la distancia que duerme,
así el fervor alerta
la indolencia presente.
Verdes están las hojas,
el crepúsculo huye.
anegándose en sombra
las fugitivas luces.
En su paz la ventana
restituye a diario
las estrellas, el aire
y el que estaba soñando.
por el espacio esbelta,
y en las hojas cantando
abre una primavera.
Sobre el límpido abismo
del cielo se divisan,
como dichas primeras,
primeras golondrinas.
Tan sólo un árbol turba
la distancia que duerme,
así el fervor alerta
la indolencia presente.
Verdes están las hojas,
el crepúsculo huye.
anegándose en sombra
las fugitivas luces.
En su paz la ventana
restituye a diario
las estrellas, el aire
y el que estaba soñando.
1.005
Luis Cernuda
Va La Brisa Reciente
Va la brisa reciente
por el espacio esbelta,
y en las hojas cantando
abre una primavera.
Sobre el límpido abismo
del cielo se divisan,
como dichas primeras,
primeras golondrinas.
Tan sólo un árbol turba
la distancia que duerme,
así el fervor alerta
la indolencia presente.
Verdes están las hojas,
el crepúsculo huye.
anegándose en sombra
las fugitivas luces.
En su paz la ventana
restituye a diario
las estrellas, el aire
y el que estaba soñando.
por el espacio esbelta,
y en las hojas cantando
abre una primavera.
Sobre el límpido abismo
del cielo se divisan,
como dichas primeras,
primeras golondrinas.
Tan sólo un árbol turba
la distancia que duerme,
así el fervor alerta
la indolencia presente.
Verdes están las hojas,
el crepúsculo huye.
anegándose en sombra
las fugitivas luces.
En su paz la ventana
restituye a diario
las estrellas, el aire
y el que estaba soñando.
1.005
Luis Antonio de Villena
Piscina
Con un ligero impulso la palanca palpita,
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes
el oro y el azul y la espuma que canta.
Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.
Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.
Y al regresar al sol, nos miras en la orilla,
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes
el oro y el azul y la espuma que canta.
Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.
Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.
Y al regresar al sol, nos miras en la orilla,
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.
430
Luis Antonio de Villena
Fabliau Del Encuentro
Y abriría la puerta y tú estarías allí,
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
431
Luis Antonio de Villena
Raso En La Autopista
Brillantes son las avenidas de la noche,
las vacías autopistas que solitario
atraviesas en la cabina de un coche,
como si una soledad acristalada
permitiese la vida de los sueños, de las
niñas que mueren de amor ante los
cines, fuera del mundo, al borde de la noche.
Automóviles solos que en todos los moteles
hablan del saxo azul de los night-clubs,
de un silencio de seda, del fuego que
abrasa las tablas de la ley cuando
el malhechor —raso en la pechera— decide
ahogar su dolor en los cetáceos muertos,
en la pálida estrella que ve brillar
tras el arabesco del balcón en un
motel cualquiera...
Con el alba el claror redibuja un paisaje,
el cascote del día resuena contra el
níquel y hay olor a comienzo de caza
en los bares desiertos, desiertas avenidas...
Las sábanas entonces, al que tarde regresa,
le ofrecen dulzura de hierba cortada,
rocío en las hojas de los tréboles,
trinos de tordos que saludan al alba.
En tanto tú regresas, marchito el clavel
en la tersa solapa, dispuesto al sueño,
al olvido del dolor, al rubio olor del champaña...
Y mientras, las carreteras desenvuelven
las alfombras azules de la madrugada.
las vacías autopistas que solitario
atraviesas en la cabina de un coche,
como si una soledad acristalada
permitiese la vida de los sueños, de las
niñas que mueren de amor ante los
cines, fuera del mundo, al borde de la noche.
Automóviles solos que en todos los moteles
hablan del saxo azul de los night-clubs,
de un silencio de seda, del fuego que
abrasa las tablas de la ley cuando
el malhechor —raso en la pechera— decide
ahogar su dolor en los cetáceos muertos,
en la pálida estrella que ve brillar
tras el arabesco del balcón en un
motel cualquiera...
Con el alba el claror redibuja un paisaje,
el cascote del día resuena contra el
níquel y hay olor a comienzo de caza
en los bares desiertos, desiertas avenidas...
Las sábanas entonces, al que tarde regresa,
le ofrecen dulzura de hierba cortada,
rocío en las hojas de los tréboles,
trinos de tordos que saludan al alba.
En tanto tú regresas, marchito el clavel
en la tersa solapa, dispuesto al sueño,
al olvido del dolor, al rubio olor del champaña...
Y mientras, las carreteras desenvuelven
las alfombras azules de la madrugada.
493
Luis Alberto de Cuenca
Soneto Del Amor De Oscuro
La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.
Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!
Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.
Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.
Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!
Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.
Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.
654
Julián del Casal
Tardes De Lluvia
Bate la lluvia la vidriera
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
783
Julián del Casal
Tardes De Lluvia
Bate la lluvia la vidriera
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
783
Julián del Casal
Tardes De Lluvia
Bate la lluvia la vidriera
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
783
Julián del Casal
Las Alamedas
Adoro las sombrías alamedas
Donde el viento al silbar entre las hojas
Oscuras de las verdes arboledas,
Imita de un anciano las congojas;
Donde todo reviste vago aspecto
Y siente el alma que el silencio encanta,
Más suave el canto del nocturno insecto,
Más leve el ruido de la humana planta;
Donde el caer de erguidos surtidores
Las sierpes de agua en las marmóreas tazas,
Ahogan con su canto los rumores
Que aspira el viento en las ruidosas plazas;
Donde todo se encuentra adolorido
O halla la savia de la vida acerba,
Desde el gorrión que pía en su nido
Hasta la brizna lánguida de yerba;
Donde, al fulgor de pálidos luceros,
La sombra transparente del follaje
Parece dibujar en los senderos
Negras mantillas de sedoso encaje;
Donde cuelgan las lluvias estivales
De curva rama diamantino arco,
Teje la luz deslumbradores chales
Y fulgura una estrella en cada charco.
Van allí, con sus tristes corazones,
Pálidos seres de sonrisa mustia,
Huérfanos para siempre de ilusiones
Y desposados con la eterna angustia.
Allí, bajo la luz de las estrellas,
Errar se mira al soñador sombrío
Que en su faz lleva las candentes huellas
De la fiebre, el insomnio y el hastío.
Allí en un banco, humilde sacerdote
Devora sus pesares solitarios,
Como el marino que en desierto islote
Echaron de la mar vientos contrarios.
Allí el mendigo, con la alforja al hombro,
Doblado el cuello y las miradas bajas,
Retratado en sus ojos el asombro,
Rumia de los festines las migajas.
Allí una hermosa, con cendal de luto,
Aprisionado por brillante joya,
De amor aguarda el férvido tributo
Como una dama típica de Goya.
Allí del gas a las cobrizas llamas
No se descubren del placer los rastros
Y a través del calado de las ramas
Más dulce es la mirada de los astros.
Donde el viento al silbar entre las hojas
Oscuras de las verdes arboledas,
Imita de un anciano las congojas;
Donde todo reviste vago aspecto
Y siente el alma que el silencio encanta,
Más suave el canto del nocturno insecto,
Más leve el ruido de la humana planta;
Donde el caer de erguidos surtidores
Las sierpes de agua en las marmóreas tazas,
Ahogan con su canto los rumores
Que aspira el viento en las ruidosas plazas;
Donde todo se encuentra adolorido
O halla la savia de la vida acerba,
Desde el gorrión que pía en su nido
Hasta la brizna lánguida de yerba;
Donde, al fulgor de pálidos luceros,
La sombra transparente del follaje
Parece dibujar en los senderos
Negras mantillas de sedoso encaje;
Donde cuelgan las lluvias estivales
De curva rama diamantino arco,
Teje la luz deslumbradores chales
Y fulgura una estrella en cada charco.
Van allí, con sus tristes corazones,
Pálidos seres de sonrisa mustia,
Huérfanos para siempre de ilusiones
Y desposados con la eterna angustia.
Allí, bajo la luz de las estrellas,
Errar se mira al soñador sombrío
Que en su faz lleva las candentes huellas
De la fiebre, el insomnio y el hastío.
Allí en un banco, humilde sacerdote
Devora sus pesares solitarios,
Como el marino que en desierto islote
Echaron de la mar vientos contrarios.
Allí el mendigo, con la alforja al hombro,
Doblado el cuello y las miradas bajas,
Retratado en sus ojos el asombro,
Rumia de los festines las migajas.
Allí una hermosa, con cendal de luto,
Aprisionado por brillante joya,
De amor aguarda el férvido tributo
Como una dama típica de Goya.
Allí del gas a las cobrizas llamas
No se descubren del placer los rastros
Y a través del calado de las ramas
Más dulce es la mirada de los astros.
860
Julián del Casal
Medioeval
Monstruo de piedra, elévase el castillo
Rodeado de coposos limoneros,
Que sombrean los húmedos senderos
Donde crece aromático el tomillo.
Alzadas las cadenas del rastrillo
Y enarbolando fúlgidos aceros,
Seguido de sus bravos halconeros
Va de caza el señor de horca y cuchillo.
Al oír el clamor de las bocinas,
Bandadas de palomas campesinas
Surgen volando de las verdes frondas,
Y de los ríos al hendir las brumas
Dibujan con la sombra de sus plumas
Cruces de nieve en las azules ondas.
Rodeado de coposos limoneros,
Que sombrean los húmedos senderos
Donde crece aromático el tomillo.
Alzadas las cadenas del rastrillo
Y enarbolando fúlgidos aceros,
Seguido de sus bravos halconeros
Va de caza el señor de horca y cuchillo.
Al oír el clamor de las bocinas,
Bandadas de palomas campesinas
Surgen volando de las verdes frondas,
Y de los ríos al hendir las brumas
Dibujan con la sombra de sus plumas
Cruces de nieve en las azules ondas.
529
Julián del Casal
Medioeval
Monstruo de piedra, elévase el castillo
Rodeado de coposos limoneros,
Que sombrean los húmedos senderos
Donde crece aromático el tomillo.
Alzadas las cadenas del rastrillo
Y enarbolando fúlgidos aceros,
Seguido de sus bravos halconeros
Va de caza el señor de horca y cuchillo.
Al oír el clamor de las bocinas,
Bandadas de palomas campesinas
Surgen volando de las verdes frondas,
Y de los ríos al hendir las brumas
Dibujan con la sombra de sus plumas
Cruces de nieve en las azules ondas.
Rodeado de coposos limoneros,
Que sombrean los húmedos senderos
Donde crece aromático el tomillo.
Alzadas las cadenas del rastrillo
Y enarbolando fúlgidos aceros,
Seguido de sus bravos halconeros
Va de caza el señor de horca y cuchillo.
Al oír el clamor de las bocinas,
Bandadas de palomas campesinas
Surgen volando de las verdes frondas,
Y de los ríos al hendir las brumas
Dibujan con la sombra de sus plumas
Cruces de nieve en las azules ondas.
529
Julián del Casal
Sourinomo
Como rosadas flechas de aljabas de oro
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.
El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.
Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.
El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.
Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.
552
Julián del Casal
Sourinomo
Como rosadas flechas de aljabas de oro
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.
El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.
Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.
El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.
Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.
552
Julián del Casal
Crepuscular
Como vientre rajado sangra el ocaso,
Manchando con sus chorros de sangre humeante
De la celeste bóveda el azul raso,
De la mar estañada la onda espejeante.
Alzan sus moles húmedas los arrecifes
Donde el chirrido agudo de las gaviotas,
Mezclado a los crujidos de los esquifes,
Agujerea el aire de extrañas notas.
Va la sombra extendiendo sus pabellones,
Rodea el horizonte cinta de plata,
Y, dejando las brumas hechas jirones,
Parece cada faro flor escarlata.
Como ramos que ornaron senos de ondinas
Y que surgen nadando de infecto lodo,
Vagan sobre las ondas algas marinas
Impregnadas de espumas, salitre y yodo.
Ábrense las estrellas como pupilas,
Imitan los celajes negruzcas focas
Y, extinguiendo las voces de las esquilas,
Pasa el viento ladrando sobre las rocas.
Manchando con sus chorros de sangre humeante
De la celeste bóveda el azul raso,
De la mar estañada la onda espejeante.
Alzan sus moles húmedas los arrecifes
Donde el chirrido agudo de las gaviotas,
Mezclado a los crujidos de los esquifes,
Agujerea el aire de extrañas notas.
Va la sombra extendiendo sus pabellones,
Rodea el horizonte cinta de plata,
Y, dejando las brumas hechas jirones,
Parece cada faro flor escarlata.
Como ramos que ornaron senos de ondinas
Y que surgen nadando de infecto lodo,
Vagan sobre las ondas algas marinas
Impregnadas de espumas, salitre y yodo.
Ábrense las estrellas como pupilas,
Imitan los celajes negruzcas focas
Y, extinguiendo las voces de las esquilas,
Pasa el viento ladrando sobre las rocas.
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Julián del Casal
Crepuscular
Como vientre rajado sangra el ocaso,
Manchando con sus chorros de sangre humeante
De la celeste bóveda el azul raso,
De la mar estañada la onda espejeante.
Alzan sus moles húmedas los arrecifes
Donde el chirrido agudo de las gaviotas,
Mezclado a los crujidos de los esquifes,
Agujerea el aire de extrañas notas.
Va la sombra extendiendo sus pabellones,
Rodea el horizonte cinta de plata,
Y, dejando las brumas hechas jirones,
Parece cada faro flor escarlata.
Como ramos que ornaron senos de ondinas
Y que surgen nadando de infecto lodo,
Vagan sobre las ondas algas marinas
Impregnadas de espumas, salitre y yodo.
Ábrense las estrellas como pupilas,
Imitan los celajes negruzcas focas
Y, extinguiendo las voces de las esquilas,
Pasa el viento ladrando sobre las rocas.
Manchando con sus chorros de sangre humeante
De la celeste bóveda el azul raso,
De la mar estañada la onda espejeante.
Alzan sus moles húmedas los arrecifes
Donde el chirrido agudo de las gaviotas,
Mezclado a los crujidos de los esquifes,
Agujerea el aire de extrañas notas.
Va la sombra extendiendo sus pabellones,
Rodea el horizonte cinta de plata,
Y, dejando las brumas hechas jirones,
Parece cada faro flor escarlata.
Como ramos que ornaron senos de ondinas
Y que surgen nadando de infecto lodo,
Vagan sobre las ondas algas marinas
Impregnadas de espumas, salitre y yodo.
Ábrense las estrellas como pupilas,
Imitan los celajes negruzcas focas
Y, extinguiendo las voces de las esquilas,
Pasa el viento ladrando sobre las rocas.
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