Naturaleza y Elementos
Julián del Casal
Crepuscular
Manchando con sus chorros de sangre humeante
De la celeste bóveda el azul raso,
De la mar estañada la onda espejeante.
Alzan sus moles húmedas los arrecifes
Donde el chirrido agudo de las gaviotas,
Mezclado a los crujidos de los esquifes,
Agujerea el aire de extrañas notas.
Va la sombra extendiendo sus pabellones,
Rodea el horizonte cinta de plata,
Y, dejando las brumas hechas jirones,
Parece cada faro flor escarlata.
Como ramos que ornaron senos de ondinas
Y que surgen nadando de infecto lodo,
Vagan sobre las ondas algas marinas
Impregnadas de espumas, salitre y yodo.
Ábrense las estrellas como pupilas,
Imitan los celajes negruzcas focas
Y, extinguiendo las voces de las esquilas,
Pasa el viento ladrando sobre las rocas.
Julián del Casal
Kakemono
Que te dio el cielo, por nativo dote,
Pediste al arte su potente auxilio
Para sentir el anhelado goce
De ostentar la hermosura de las hijas
Del país de los anchos quitasoles
Pintados de doradas mariposas
Revoloteando entre azulinas flores.
Borrando de tu faz el fondo níveo
Hiciste que adquiriera los colores
Pálidos de los rayos de la Luna,
Cuando atraviesan los sonoros bosques
De flexibles bambúes. Tus mejillas
Pintaste con el tinte que se esconde
En el rojo cinabrio. Perfumaste
De almizcle conservado en negro cofre
Tus formas virginales. Con oscura
Pluma de golondrina puesta al borde
De ardiente pebetero, prolongaste
De tus cejas el arco. Acomodose
Tu cuerpo erguido en amarilla estera
Y, ante el espejo oval, montado en cobre,
Recogiste el raudal de tus cabellos
Con agujas de oro y blancas flores.
Ornada tu belleza primitiva
Por diestra mano, con extraños dones,
Sumergiste tus miembros en el traje
De seda japonesa. Era de corte
Imperial. Ostentaba ante los ojos
El azul de brillantes gradaciones
Que tiene el cielo de la hermosa Yedo,
El rojo que la luz deja en los bordes
Del raudo Kisogawa y la blancura
Jaspeada de fulgentes tornasoles
Que, a los granos de arroz en las espigas
Presta el sol con sus ígneos resplandores.
Recamaban tu regia vestidura
Cigüeñas, mariposas y dragones
Hechos con áureos hilos. En tu busto
Ajustado por anchos ceñidores
De crespón, amarillos crisantemos
Tu sierva colocó. Cogiendo entonces
El abanico de marfil calado
Y plumas de avestruz, a los fulgores
De encendidas arañas venecianas,
Mostraste tu hermosura en los salones,
Inundando de férvida alegría
El alma de los tristes soñadores.
¡Cuán seductora estabas! ¡No más bella
Surgió la Emperatriz de los nipones
En las pagodas de la santa Kioto
O en la fiesta brillante de las flores!
¡Jamás ante una imagen tan hermosa
Quemaron los divinos sacerdotes
Granos de incienso en el robusto lomo
De un elefante cincelado en bronce
Por hábil escultor! ¡El Yoshivara
En su recinto no albergó una noche
Belleza que pudiera disputarle
El lauro a tu belleza! ¡En los jarrones,
Biombos, platos, estuches y abanicos
No trazaron los clásicos pintores
Figura femenina que reuniera
Tal número de hermosas perfecciones!
Julián del Casal
A La Primavera
Como velo sutil de níveo encaje,
Apareces envuelta en el ropaje
Donde fulgura tu verdor eterno.
El cielo se colora de azul tierno,
De rojo el Sol, de nácar el celaje,
Y hasta el postrer retoño del boscaje
Toma también tu verde sempiterno.
¡Cuán triste me parece tu llegada!
¡Qué insípidos tus dones conocidos!
¡Cómo al verte el hastío me consume!
Muere al fin, creadora ya agotada,
O brinda algo de nuevo a los sentidos...
¡Ya un color, ya un sonido, ya un perfume!
Julián del Casal
Hércules Y Las Estinfálides
Baña el cielo de Arcadia. Entre gigantes
Rocas negras de picos fulgurantes,
El dormido Estinfalo centellea.
Desde abrupto peñasco que azulea,
Hércules, con miradas fulminantes,
El níveo casco de álamos humeantes
Y la piel del león de la Nemea,
Apoya el arco en el robusto pecho,
Y las candentes flechas desprendidas
Rápidas vuelan a las verdes frondas,
Hasta que mira en su viril despecho
Caer las Estinfálides heridas,
Goteando sangre en las plateadas ondas.
Julián del Casal
Tristissima Nox
Hace el viento surgir de la arboleda,
Donde su red de transparente seda
Grisácea araña entre las hojas puso.
Del horizonte hasta el confín difuso
La onda marina sollozando rueda
Y, con su forma insólita, remeda
Tritón cansado ante el cerebro iluso.
Mientras del sueño bajo el firme amparo
Todo yace dormido en la penumbra,
Sólo mi pensamiento vela en calma,
Como la llama de escondido faro
Que con sus rayos fúlgidos alumbra
El vacío profundo de mi alma.
Julián del Casal
Elena
En la celeste inmensidad, y alumbra
Del foso en la fatídica penumbra
Cuerpos hendidos por doradas flechas;
Cual humo frío de homicidas mechas
En la atmósfera densa se vislumbra
Vapor disuelto que la brisa encumbra
A las torres de Ilión, escombros hechas.
Envuelta en veste de opalina gasa,
Recamada de oro, desde el monte
De ruinas hacinadas en el llano,
Indiferente a lo que en torno pasa,
Mira Elena hacia el lívido horizonte
Irguiendo un lirio en la rosada mano.
Julián del Casal
Paisaje De Verano
Donde retumba el tabletear del trueno
Y, como cisnes entre inmundo cieno,
Nubes blancas en cielo de ceniza.
El mar sus ondas glaucas paraliza,
Y el relámpago, encima de su seno,
Del horizonte en el confín sereno
Traza su rauda exhalación rojiza.
El árbol soñoliento cabecea,
Honda calma se cierne largo instante,
Hienden el aire rápidas gaviotas,
El rayo en el espacio centellea,
Y sobre el dorso de la tierra humeante
Baja la lluvia en crepitantes gotas.
Julián del Casal
Paisaje De Verano
Donde retumba el tabletear del trueno
Y, como cisnes entre inmundo cieno,
Nubes blancas en cielo de ceniza.
El mar sus ondas glaucas paraliza,
Y el relámpago, encima de su seno,
Del horizonte en el confín sereno
Traza su rauda exhalación rojiza.
El árbol soñoliento cabecea,
Honda calma se cierne largo instante,
Hienden el aire rápidas gaviotas,
El rayo en el espacio centellea,
Y sobre el dorso de la tierra humeante
Baja la lluvia en crepitantes gotas.
Julián del Casal
Paisaje De Verano
Donde retumba el tabletear del trueno
Y, como cisnes entre inmundo cieno,
Nubes blancas en cielo de ceniza.
El mar sus ondas glaucas paraliza,
Y el relámpago, encima de su seno,
Del horizonte en el confín sereno
Traza su rauda exhalación rojiza.
El árbol soñoliento cabecea,
Honda calma se cierne largo instante,
Hienden el aire rápidas gaviotas,
El rayo en el espacio centellea,
Y sobre el dorso de la tierra humeante
Baja la lluvia en crepitantes gotas.
Julián del Casal
Galatea
Alfombrada de anémonas marinas,
Verdes algas y ramas coralinas,
Galatea, del sueño el bien disfruta.
Desde la orilla de dorada ruta
Donde baten las ondas cristalinas,
Salpicando de espumas diamantinas
El pico negro de la roca bruta,
Polifemo, extasiado ante el desnudo
Cuerpo gentil de la dormida diosa,
Olvida su fiereza, el vigor pierde,
Y mientras permanece, absorto y mudo,
Mirando aquella piel color de rosa,
Incendia la lujuria su ojo verde.
Julián del Casal
El Camino De Damasco
A Manuel Gutiérrez Nájera
Lejos brilla el Jordán de azules ondas
Que esmalta el Sol de lentejuelas de oro,
Atravesando las tupidas frondas,
Pabellón verde del bronceado toro.
Del majestuoso Líbano en la cumbre
Erige su ramaje el cedro altivo,
Y del día estival bajo la lumbre
Desmaya en los senderos el olivo.
Piafar se escuchan árabes caballos
Que a través de la cálida arboleda,
Van levantando con sus férreos callos
En la ancha ruta, opaca polvareda.
Desde el confín de las lejanas costas
Sombreadas por los ásperos nopales,
Enjambres purpurinos de langostas
Vuelan a los ardientes arenales.
Ábrense en las llanuras las cavernas
Pobladas de escorpiones encarnados,
Y al borde de las límpidas cisternas
Embalsaman el aire los granados.
En fogoso corcel de crines blancas,
Lomo robusto, refulgente casco,
Belfo espumante y sudorosas ancas,
Marcha por el camino de Damasco.
Saulo y eleva su bruñida lanza
Que a los destellos de la luz febea,
Mientras el bruto relinchando avanza,
Entre nubes de polvo centellea.
Tras las hojas de oscuros olivares
Mira de la ciudad los minaretes,
Y encima de los negros almenares
Ondear los azulados gallardetes.
Súbito, desde lóbrego celaje
Que desgarró la luz de hórrido rayo,
Oye la voz del célico mensaje;
Cae transido de mortal desmayo,
Bajo el corcel ensangrentado rueda,
Su lanza estalla con vibrar sonoro
Y, a los reflejos de la luz, remeda
Sierpe de fuego con escamas de oro.
Julián del Casal
Nostalgias
Donde vuelan los alciones
Sobre el mar,
Y el soplo helado del viento
Parece en su movimiento
Sollozar;
Donde la nieve que baja
Del firmamento, amortaja
El verdor
De los campos olorosos
Y de ríos caudalosos
El rumor;
Donde ostenta siempre el cielo,
A través del aéreo velo,
Color gris;
Es más hermosa la Luna
Y cada estrella más que una
Flor de lis.
Julián del Casal
Nostalgias
Donde vuelan los alciones
Sobre el mar,
Y el soplo helado del viento
Parece en su movimiento
Sollozar;
Donde la nieve que baja
Del firmamento, amortaja
El verdor
De los campos olorosos
Y de ríos caudalosos
El rumor;
Donde ostenta siempre el cielo,
A través del aéreo velo,
Color gris;
Es más hermosa la Luna
Y cada estrella más que una
Flor de lis.
Julián del Casal
La Perla
Que el mundo ostenta en su seno,
Como divino presente
De las manos del Eterno;
Hay dos aves de rapiña
Contemplando sus destellos:
Una de plumaje áureo,
Otra de plumaje negro.
Julián del Casal
En El Mar
Y las rojas banderas desplegadas,
Cruza el barco las ondas azuladas,
Dejando atrás fosforescente estela.
El Sol, como lumínica rodela,
Aparece entre nubes nacaradas,
Y el pez, bajo las ondas sosegadas,
Como flecha de plata raudo vuela.
¿Volveré? ¡Quién lo sabe! Me acompaña
Por el largo sendero recorrido
La muda soledad del frío polo.
¿Qué me importa vivir en tierra extraña
O en la patria infeliz en que he nacido
Si en cualquier parte he de encontrarme solo?
Julián del Casal
Vespertino
Montes alzados entre brumas grises,
Parpadea el lucero de la tarde
Cual la pupila de doliente virgen
En la hora final. El firmamento
Que se despoja de brillantes tintes
Aseméjase a un ópalo grandioso
Engastado en los negros arrecifes
De la playa desierta. Hasta la arena
Se va poniendo negra. La onda gime
Por la muerte del Sol y se adormece
Lanzando al viento sus clamores tristes.
Julián del Casal
Vespertino
Montes alzados entre brumas grises,
Parpadea el lucero de la tarde
Cual la pupila de doliente virgen
En la hora final. El firmamento
Que se despoja de brillantes tintes
Aseméjase a un ópalo grandioso
Engastado en los negros arrecifes
De la playa desierta. Hasta la arena
Se va poniendo negra. La onda gime
Por la muerte del Sol y se adormece
Lanzando al viento sus clamores tristes.
Julián del Casal
El Sueño En El Desierto
Ata su blanca yegua enflaquecida
Al fuerte tronco de gigante planta.
Y, tregua dando a su mortal fatiga,
Cae en el lecho de tostada arena
Donde la luz reverberar se mira;
Sueña en los verdes campos anchurosos
En que se eleva la gallarda espiga
Dorada por el Sol resplandeciente;
En la plácida fuente cristalina
Que le apaga la sed abrasadora;
En la tribu que forma su familia;
En el lejano oasis misterioso
Cuya frescura a descansar convida;
Y en el harén, poblado de mujeres
Bellas como la luz del mediodía,
Que entre nubes de aromas enervantes,
Prodigan al sultán dulces caricias.
Julián del Casal
El Anhelo De Una Rosa
A Manuel de la Cruz
Yo era la rosa que, en el prado ameno,
Abrí mi cáliz de encendida grana,
Donde vertió sus perlas la mañana,
Como en un cofre de perfumes lleno.
Del lago azul en el cristal sereno
Vi mi corola retratarse ufana,
Como ante fina luna veneciana
Ve una hermosura su marmóreo seno.
Teniendo que morir, porque el destino
Hizo que breve mi existencia fuera,
Arrojándome al polvo del camino;
Anhelo estar en mi hora postrimera,
Prendida en algún seno alabastrino
O en los rizos de oscura cabellera.
Jaime Torres Bodet
Nocturno
del firmamento claro todavía,
la estrofa de silencio de este día
en que tu voz, por tácita, descuella.
Desde el alba lo azul te prometía,
última gota en ignición tan bella
que sólo ardiendo —como el lacre— sella
y sólo sella al tiempo que se enfría.
Ser el adiós ue un cielo sin querella
igual que tú mi espíritu quería
y que, como tu luz, la Poesía
cristalizara en mí diáfana estrella,
más transparente cuanto más sombría
fuese la oscuridad en torno de ella.
Jaime Torres Bodet
Nocturno
del firmamento claro todavía,
la estrofa de silencio de este día
en que tu voz, por tácita, descuella.
Desde el alba lo azul te prometía,
última gota en ignición tan bella
que sólo ardiendo —como el lacre— sella
y sólo sella al tiempo que se enfría.
Ser el adiós ue un cielo sin querella
igual que tú mi espíritu quería
y que, como tu luz, la Poesía
cristalizara en mí diáfana estrella,
más transparente cuanto más sombría
fuese la oscuridad en torno de ella.
Jaime Torres Bodet
Octubre
con las cimas del huerto, ésas —distantes—
del pensamiento a cuyas frondas fío
la sombra de mis últimos instantes.
Corazón y jardín tuvieron, antes,
cada cual a su modo, su albedrío;
pero deseos y hojas tan brillantes
necesitaban, para arder, tu frío.
Aterido el vergel, desierta el alma,
más luz entre los troncos que despojas
a cada instante, envejeciendo, veo.
Y en el cielo ulterior, de nuevo en calma,
cuando terminen de caer las hojas
miraré, al fin desnudo, mi deseo.
Jaime Torres Bodet
Abril
Esperando la mano de nieve...
BÉCQUER
¿En dónde? ¿En qué lugar
secreto del invierno
está oculto el botón
mecánico, la rosa,
el vals o la mujer
que un dedo sin esfuerzo
debería tocar
para ponerte en marcha,
automático abril
de un año descompuesto?
Lo siento. Estás ya aquí,
junto a mi pensamiento,
como —sobre el cristal
de una ventana oscura—
la exigencia sin voz
de un aletazo terco.
Pero, si salgo a abrir,
lo único que encuentro
es la noche, otra vez:
la noche y el silencio.
¿Palabras? ¿Para qué?
En ellas, por momentos,
creo tocarte al fin,
abril... Pero las digo
—raíz, pájaro, luz—
y me contesta el viento:
invierno; invierno el sol,
y soledad los ecos.
Libros de viaje busco.
Mapas de amor despliego.
A rostros de mujeres
que hace tiempo murieron,
en retratos y en cartas
pregunto cómo eras;
qué nubes o qué alondras
fueron, en otros puertos,
de tu regreso eterno
crédulos mensajeros.
Pero nadie te ha visto
llegar, abril. A nadie
puedo pedir consejo
para esperarte. Nadie
conoce tus andenes,
sino —acaso— este ciego
que pugna por hallar
a tientas, en mis versos,
el secreto botón
que pone en marcha al mundo
cuando vacila el sol
y dudan los inviernos...