Naturaleza y Elementos
Claudio Rodríguez
Don De La Ebriedad Iii
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.
Con ese viento que en sus ramas deja
lo que no tiene música, imagina
para sus sueños una gran meseta.
Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
Llegaría hasta el cielo si no fuera
porque aún su sazón es la del árbol.
Días habrá en que llegue. Escucha mientras
el ruido de los vuelos de las aves,
el tenue del pardillo, el de ala plena
de la avutarda, vigilante y claro.
Así estoy yo. Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora. Como avena
que se siembra a voleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.
Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta
su intimidad, su instinto, lo espontáneo
de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta
mi vida así, en sus persistentes hojas
a medio descifrar la primavera?
Claudio Rodríguez
Don De La Ebriedad Ii
se cierra al mundo para abrirse o si algo
la abre tan de repente que nosotros
no llegamos a su alba, al alba al raso
que no desaparece porque nadie
la crea: ni la luna, ni el sol claro.
Mi tristeza tampoco llega a verla
tal como es, quedándose en los astros
cuando en ellos el día es manifiesto
y no revela que en la noche hay campos
de intensa amanecida apresurada
no en germen, en luz plena, en albos pájaros.
Algún vuelo estar quemando el aire,
no por ardiente sino por lejano.
Alguna limpidez de estrella bruñe
los pinos, bruñir mi cuerpo al cabo.
¿Qué puedo hacer sino seguir poniendo
la vida a mil lanzadas del espacio?
Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto,
un resplandor a‚reo, un día vano
para nuestros sentidos, que gravitan
hacia arriba y no ven ni oyen abajo.
Como es la calma un yelmo para el río
así el dolor es brisa para el lamo.
Así yo estoy sintiendo que las sombras
abren su luz, la abren tanto,
que la mañana surge sin principio
ni fin, eterna ya desde el ocaso.
Claudio Rodríguez
Sin Adiós
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.
Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.
El movimiento curvo de las olas,
por la mañana,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.
El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.
Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.
Carlos Edmundo de Ory
Me Vas A Dejar Triste Otra Vez Como Anoche
Y a ti te gusta estar pálida como anoche
El viento ulula ladran los perros como anoche
Ves que pongo en tu vientre mis manos como anoche
Hágase la locura dijo una voz anoche
Pero este viento no es el mismo que el de anoche
No preguntes ahora si el mundo empezó anoche
Esta noche nos traen los despojos de anoche
Pero se han puesto negras las estrellas de anoche
Sigue chillando el pájaro que entró en el cuarto anoche
Ya juegan como anoche gimiendo como anoche
las sombras que parecen bichos en agonía
Carlos Edmundo de Ory
Soneto A Greta Garbo
quiero besar tu boca que me deja
adivinar el aire cuando pasa
tu corazón envuelto en una abeja
O bien decirme puedes qué te pasa
pálido rododendro triste y vieja
bajo la luna que te pone lasa
mientras te llueve el mundo en una oreja
Sin duda como sueles llorar lloras
Sin duda te desnudas a la luna
Sin duda de costumbre te adormeces
Quiero besar tu boca en esas horas
muertas que mueres tú también de una
supuración de amor algunas veces
Carlos Edmundo de Ory
Ven Triste Ve Tú
El mutuo sueño de mis ojos rueda
Me acuesto en los valles a ver el tiempo
Agrando con mi cansancio el espacio
El sol todavía me persigue ¡oh dioses!
Sigo ciego y en mis manos mis manos pongo
Deseo conducirme a espaldas de la vida
como un cuerpo que al alma sus horas disminuye
Ven triste ve tú ven y ve solo
Sopla allá en el portal del infinito
La alborada metódica de la existencia sale
No encuentro puro territorio en nada
Un plagado único dolor perdido acude
a la desierta esfera blanca de los misterios
La sed santa la fe secreta roza el ánimo
¡Me asisten seres de fatales alas!
Ni voluntad ni empleo en el celeste fin
Sólo brillos comparten las altas apetencias
Triste sigo lo mismo que el hórreo
abandonado en la tormenta alada
Ven triste ve tú ven y ve solo.
Carmen Conde
Cuando Va A Ser La Noche
sobre un oro cansado de ceniza,
pájaros oscuros que se mecen
en el dorso del agua estremecida.
Silencios sus gargantas amontonan,
inertes van las alas en sus flancos.
Ni ojos que los miren ni una frente
que les piense. Sólo pájaros.
La hora está en su fin. Todo se acaba
o todo va a empezar... Si se supiera
que fin y que principio son lo mismo
acaso este presente nos cediera
la almendra de su luz, nos entregara
la pulpa del saber a qué vinimos;
si somos elegidos de otros mundos
o somos sus esclavos, con destino
de darnos en sustento de su vida.
El oro es una ausencia, la ceniza
responde al acoso infatigable...
Lo eterno se concentra en su manida.
Carmen Conde
Todas Las Miradas Son Árboles Que Se Deshojan
Hay que penetrar lo compacto,
que taladrar el misterio para descubrir el suelo
cubierto de álamos, de olmos,
de palmípedos cedros.
La prieta vegetación humilla bajo el peso del tiempo
su copiosidad radiante, de éteres húmeda...
¡Ah el precipitado ímpetu
de las ramas, de las miradas
cortándose de sus troncos!
Apenas algo, apenas el ácido vaho que dilatan
los dientes del rebaño implacable
cuando muerde el pasto...
Humarada invisible de verdor desgarrado,
cálido penacho de olores.
Las perdemos, cortándonoslas inconscientes
de larga contemplación.
Y nos quedamos en tierras desiertas,
en arrasadas orillas,
en fingidos oasis sin agua ni palmeras.
¿Por qué, hasta cuándo, en qué momento
se reunirán todas esas miradas en haz trepidante,
para hacerse breve rayo definitivo?
¡Este viscoso suelo resbaladizo,
las mareas de hojas que eran ojos
agarrándose a las cosas, a los seres, a la ilusión de ver!
Carmen Conde
Canción Al Hijo Primero
te arrojó el Jardín.
Aunque veas sombras
no quieras lucir.
Tu madre era bella,
la secan los vientos.
Tu madre era tierna,
se quema en el yermo.
Tu madre mordía
la flor del manzano,
cuando el hombre puso
tu vida en su mano.
Tu madre sembraba
contigo el centeno,
cuando tú bebías
la leche en su cuenco.
Hijo de la ira
de Dios implacable.
No podrá salvarte
del odio tu madre.
No duermas, vigila.
No duermas, despierta.
Te amenaza fría
la heredad desierta.
Te persiguen ojos
sin dulce descanso.
Te aborrece eterna
del Creador la mano.
Las gacelas corren:
correrás tú más.
Los leones saltan:
tú debes saltar.
Los arroyos huyen:
tú tienes que huir.
Aunque yo lo quiera,
¡no puedes dormir!
No duermas, escucha.
No duermas, acecha.
Silbarán las aves
sobre ramas ebrias
para hacerte leve
esta oscura tierra.
Escúchame, hijo:
no duermas, no duermas...
Por todos los siglos,
¡no duermas,
no duermas!
Carmen Conde
Lluvia En Mayo
Te lleva y te moldea dulce viento
encima de jardines y de estatuas.
Tu cuerpo es el de Venus en la orilla
eternamente mar dentro del alba.
Acude siempre a mí, séme propicia.
La fiesta de las hojas en sus ramas
te rinden los esbeltos soñadores
que en movibles racimos se levantan.
No tengo ni una flor... Sólo mi tronco
aloja por frutal una campana.
Lluvia que contemplo, melancólica:
no crezcas para mí. Vivo inundada.
Carmen Conde
Hombre Con Violín
como la vena firme de una canción muchacha.
Van celándola dulces, con los ojos cerrados,
todos brasa y suspiro del ensueño que llueve
diminuto rocío de aprisionadas flores
en los cuerpos fragrantes de sus violines músicos,
aun con hojas y aromas del encendido bosque.
Un violín es la voz de una fuente con viento
a la que brizan ásperos y dulcísimos soplos.
Lo sabe quien lo pulsa, y flotan sus cabellos
como yerba que sube por el tronco de un árbol,
mientras la mano empuja hacia el cielo las cuerdas
y la otra recorre con el arco un zodíaco.
En rubio; huele a nardo en la noche con luna,
y de jazmines siembra la abandonada tarde.
Tan delgado y ligero como fueron las ninfas,
sinuoso y con algas, como verde sirena.
Es la voz que prefiere la Primavera fría.
Y al Otoño le cuenta que se fueron las aves.
Los cipreses la exhalan. El calor de los vuelos
en los violines junta con las plumas los nidos.
Carmen Conde
Ausencia Del Amante
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos, errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.
Carmen Conde
Encuentro
Bautismo inicial de la primavera
en oleaje de pájaros.
Se movieron las selvas inefables.
Se deshizo el otoño de sus plumas
cubriendo inviernos cándidos.
Venías tú, gentil criatura,
desnudando los ríos a tu paso.
Carmen Conde
Encuentro
Bautismo inicial de la primavera
en oleaje de pájaros.
Se movieron las selvas inefables.
Se deshizo el otoño de sus plumas
cubriendo inviernos cándidos.
Venías tú, gentil criatura,
desnudando los ríos a tu paso.
Carlos Bousoño
Homenaje A Santa Teresa (éxtasis De Alta Contemplación)
(En la región veloz y fría
allí está inmóvil el verano.)
Nada en el alma se sentía
que fuese dolor o alegría.
Y aunque en la aldaba ya la mano,
allá en la casa que dormía,
quien iba a entrar se detenía.
Y si mirabais por el vano
de la escalera que allí había,
nada subía ni bajaba,
nada menguaba ni crecía.
Todo parado y quieto estaba.
Nada en el mundo se movía.
Carlos Bousoño
Canción Para Un Poeta Viejo (vicente Aleixandre)
Llegaste a viejo cual se llega al mar.
Azotado del viento y de los años
fuiste la vida, no sus desengaños.
Tu voz sonaba a viento y caracolas,
viejo de luz, hermano de las olas,
Conocimiento fue tu reposar.
Llegaste a viejo cual se llega al mar.
Llegaste a viejo cual se llega a ser
la luz delgada del amanecer.
La luz delgada del saber callar,
del saber conocer y callar.
Del saber esperar, callar, seguir
hasta las olas del saber vivir.
Hasta las olas del saber amar
profundamente y como es quieto el mar.
Y como es quieto el mar se pone en pie
la insurrección del nunca moriré.
Y así tu ser, escrito en agua y sal
y en viento fue, y en todo lo inmortal.
Carolina Coronado
A Neira Golondrinas, Grullas Y Patos
Carolina Coronado acompaña en su despedida a las golondrinas, a
las grullas y a los patos.
Ya, Neira, despedí a la golondrina
que en el techo campestre haciendo el nido
mansa inocente mi compaña ha sido
en la estación risueña que termina;
la grulla en cambio ya vino dañina
el fruto a destrozar recién nacido
que en este yermo a fuerza de sudores
lograron cultivar los labradores.
El pato en enturbiar las claras fuentes
de este valle purísimo obcecado
revuelve con el fondo encenagado
los graciosos espejos trasparentes;
¡lástima que desdeñe las corrientes
de un brillo tan hermoso y azulado,
donde lucir pudiera entre la espuma,
por hundir en el fango el alba pluma!
¿Quién nos diera encontrar siempre a la bella
que en nuestros techos amorosa anida
y en su cantar sencillo entretenida
nos divierte feliz de sol a estrella?
¿Quién nos diera encontrarla siempre a ella
que a nadie ofende, cuya dulce vida
consagrada a los suyos, sobre el heno,
ni daña al labrador ni anda entre cieno?
¿Hay en mi tierra hermosos olivares
formados como tropas, en hileras?
Pues a dañar su flor a sus praderas
vienen bandos de grullas a millares.
¿Hay arroyos que van entre juncares
retratando el verdor de estas laderas?
Pues acuden los patos a bandadas,
«¿Aves estas no son civilizadas?»
¿Qué más da que en mi lira sean cantados
hombres o grullas si en diversos nombres
disfrazadas las grullas van de hombres
y los hombres de grullas disfrazados?
¿Por qué han de ser los patos desdeñados
si los hombres tal vez con sus renombres
viviendo en bacanales, como en cieno,
no fueron ni más puros ni más buenos?
¿Qué más da pues que yo cante los hechos
con mi endeble laúd, mi voz de niña
de las aves que pueblan la campiña
y las aves que habitan bajo techos?
Con iguales instintos y derechos
todas viven del daño y la rapiña;
soldados-grullas talan los sembrados
y las ciudades ¡ay! grullas-soldados.
Galanes patos de la fuente empañan
el manantial que beben los pastores,
patos galanes, patos impostores
en las virtudes la calumnia ensañan;
hombres-patos, en fin, sus alas bañan
en fétidos pantanos corruptos;
patos-hombres sepultan en orgías
su bella juventud, sus bellos días.
¿Por qué al mísero pato guerra tanta,
por qué a la infeliz grulla tanta guerra,
si hay seres más indignos en la tierra
y el hombre docto los celebra y canta?
Cada piedra, cada ave, cada planta,
una vida, una historia, un mundo encierra
y muchos en el mundo, bien lo sabes,
valen menos que piedras, plantas, aves.
Pues no siempre he de hallar por mi camino
golondrinas, que pocas han quedado,
mejor canto a las grullas, que al malvado.
A los patos mejor que al libertino:
esos nombres de Atila, Jerjes, Nino
siempre al numen benigno han espantado
y siempre aborrecí como a enemigos
los Paris, los Nerones, los Rodrigos.
Una grulla el gran Jerjes vale en suma,
pero el rico Nerón no vale un pato
que fuera a dar el pájaro barato
aun dando por Nerón no más la pluma:
¿pues por qué si la historia nos abruma
con uno y otro nombre tan ingrato
no ha de cantar, sin que te cause risa,
a la grulla y al pato la poetisa?
Lo mismo da las aves que los hombres
lo mismo el campo da que las ciudades,
pues componen entrambas vecindades,
los mismos seres con distintos nombres;
grullas hay en el mundo con nombres,
patos bajo soberbias potestades,
y en ciudades lo mismo que entre encinas
sobre grullas y patos golondrinas.
Badajoz, 1846
Carolina Coronado
En Un Álbum Que Me Presentaron Cuando Estaba Contemplando Una Hermosa Tarde
el sol ya terminando su carrera
en las tranquilas aguas reverbera
su postrimera luz:
Y los alegres pájaros meciendo
entre las ondas sus pintadas plumas,
hacen saltar las cándidas espumas
con su leve chapuz.
Y las flores que lánguidas doblaron
el mustio cuello en el calor del día,
se alzan risueñas a la luz sombría
del sol que hundido
está.
La tarde va a expirar... la luna apenas
entre la luz y sombras indecisas
en la azulada esfera se divisa
con vaga claridad.
Murmura el viento entre el ramaje espeso
las amarillas hojas arrastrando,
y en la faz de las aguas resbalando
con leve agitación.
Pardas tinieblas el espacio hienden
que oscurecen el cielo por instantes;
cruzan las aves de la noche errantes
en vaga confusión.
Ésta es la hora de la amante cita
que doy a los espíritus divinos;
con los últimos rayos vespertinos
vengo a la soledad.
Para escribir los místicos cantares
que estas horas inspiran a mi alma
he menester las hojas de una palma
llena de santidad.
Llevad lejos de mí libros profanos
que me fatigan los dolientes ojos,
y sus pinturas que me dan enojos
llevad lejos de mí;
Porque estas horas tristes de la tarde
a contemplar el cielo las dedico
yel corazón amante mortifico
con escribir aquí.
Carolina Coronado
En Un Álbum Que Me Presentaron Cuando Estaba Contemplando Una Hermosa Tarde
el sol ya terminando su carrera
en las tranquilas aguas reverbera
su postrimera luz:
Y los alegres pájaros meciendo
entre las ondas sus pintadas plumas,
hacen saltar las cándidas espumas
con su leve chapuz.
Y las flores que lánguidas doblaron
el mustio cuello en el calor del día,
se alzan risueñas a la luz sombría
del sol que hundido
está.
La tarde va a expirar... la luna apenas
entre la luz y sombras indecisas
en la azulada esfera se divisa
con vaga claridad.
Murmura el viento entre el ramaje espeso
las amarillas hojas arrastrando,
y en la faz de las aguas resbalando
con leve agitación.
Pardas tinieblas el espacio hienden
que oscurecen el cielo por instantes;
cruzan las aves de la noche errantes
en vaga confusión.
Ésta es la hora de la amante cita
que doy a los espíritus divinos;
con los últimos rayos vespertinos
vengo a la soledad.
Para escribir los místicos cantares
que estas horas inspiran a mi alma
he menester las hojas de una palma
llena de santidad.
Llevad lejos de mí libros profanos
que me fatigan los dolientes ojos,
y sus pinturas que me dan enojos
llevad lejos de mí;
Porque estas horas tristes de la tarde
a contemplar el cielo las dedico
yel corazón amante mortifico
con escribir aquí.
Carolina Coronado
En Otro El Jilguero Y La Flor Del Agua
un gracioso jilguero
joven, vivo y ligero
más que brisa coqueta.
Después de haber corrido
del valle a la colina
tras cada peregrina
yerbecilla perdido,
Después de haber cruzado
cien veces la pradera
cada flor hechicera
cantando enamorado.
De larga travesía
fatigado su vuelo
al pie de un arroyuelo
vino a posar un día.
El sol ya se ocultaba,
y su postrer reflejo
en el brillante espejo
del agua reflejaba.
A otras flores asida
y siempre en la corriente
de la linfa latiente
flotando conmovida,
Leve como amarilla
cañilla de centeno
en su cristal sereno
vivía una florecilla.
Sus galas, su belleza
eran no más frescura
que daba el agua pura
a su gentil cabeza.
Era el hermoso brillo
que el sol que se alejaba
melancólico daba
a su cáliz sencillo...
Vio el pájaro gracioso.
La ninfa peregrina
y en el agua argentina
lanzó un trino amoroso.
Oyó la florecilla
al colorín amante
y vaciló un instante
temblando en su barquilla...
—Vente, (el ave cantó)
que otro lecho más rico
transportada en mi pico
he de buscarte yo.
—No, la flor respondía,
si dejo la frescura
del agua mansa y pura
no viviré ni un día.
—Rompe el tallo hechicero,
no estés en la ola hundida.
—Estoy al agua unida
si me arrancas me muero.
—¡Ah! vente a otros lugares
—¡Quédate al lado mío!
—¡Verás los anchos mares!
—Me basta con mi río.
¡Adiós! ¡gritó impaciente
el pájaro ofendido!
La flor con un gemido
respondió tristemente.
«Nunca me amaste, si mi endeble frente
sabes que con un soplo se marchita
¿cómo del ronco viento que te agita
pudiera resistir el gran torrente?
»Por buscar otra tierra más lejana
arrancarme del agua que me alienta
es pretender con ansiedad violenta
sacrificarme a tu ambición insana.
»Si no son estas ondas transparentes
que repiten tus trinos amorosos
y te halagan con besos cariñosos
espejos atu orgullo suficientes,
»Adiós, adiós, vuela a buscar ventura
de aquilón en el fiero torbellino
y déjame en mi arroyo cristalino
sobre mi cuna hallar mi sepultura.
»El cierzo romperá tus alas bellas
y cuando tornes y a mi amor te acojas,
de mi triste barquilla y de mis hojas
¡no hallarás en las olas ni las huellas!»
Carolina Coronado
En Un Álbum Portugués La Amapola De La Raya
del ámbito campestre que me encierra,
he visto el horizonte lusitano
lindando con los prados de mi tierra;
y he dibujado con mi propia mano
su hermoso valle y su cercana sierra
y he cogido las dobles amapolas
que ni son portuguesas ni españolas.
Una corona roja que mecía
la fresca brisa del humilde Caya,
de una amapola que nació en la raya
el nombre de ambos reinos confundía;
yo la tomé con súbita alegría
y deshojando su corola gaya
las hojas hice tremolar al viento
haciendo por su vida un juramento...
Juramento de dama que en las flores
deteniendo pueril su vaga idea
con la más olvidada se recrea
suspendida admirando sus colores;
juré que porque nacen las mejores
plantas sobre el arroyo que serpea
uniendo a Lusitania con Castilla
iba a llenar la raya de semilla.
¡Oh qué placer reproducir la planta
y verla florecer en primavera
a la orilla de plácida ribera
que con sus gotas puras la abrillanta!
¡Oh ya veréis entre sus brotes cuánta
amapola nos da la venidera
blanda estación, cuando ilumine el llano
nuestro sol español y lusitano!
Carolina Coronado
En Un Álbum Poético Para Una Niña Que Se Ahogó En El Mar
y te adormiste en él tranquilamente,
no ha sido para ti poca fortuna
despertar en la gloria de repente.
¡Hija del alma! no hay vida ninguna
que no arrostre el furor de una corriente
y si nos ha de ahogar ¡ay! la del llanto,
la del mar es mejor... ¡no amarga tanto!
Carolina Coronado
La Rosa Blanca
arde la tierra al sol de primavera,
que apresurando su veloz carrera,
muestras la luz de mayo anticipada;
queda la yerba mísera abrasada
antes de desplegarse en la pradera
y, como niño que en la cuna muere,
seco el pimpollo al rayo que lo hiere.
Para su breve curso el arroyuelo:
la fuente agota su caudal mezquino;
de la desnuda acacia al muerto espino
lleva la joven mariposa el vuelo;
el polvo lame del estéril suelo
la oveja hambrienta, y fijo en el camino.
A lo lejos contempla los sembrados
el labrador con ojos desolados...
¿A qué viene la niña de la aldea
a recorrer los campos cuidadosa
si no ha de hallar en ellos ni una hermosa
flor, que de su cabello ornato sea?
Siempre cuando la mansa luna ondea,
al acabarse el día, presurosa
desciende murmurando a la ribera
y se mira en el agua placentera.
Y alza de entre los juncos de su orilla
una flor de blancura reluciente
y una por una cuenta ansiosamente
las hojas de su corola sencilla:
y cuantas menos son, más gozo brilla
en la faz de la niña, más latiente
siente su pecho, y en el onda pura
mira con más cuidado su hermosura.
Aquella flor tan blanca y olorosa
al pie del arroyuelo colocada
desde lejano huerto transplantada
revela inteligencia misteriosa:
para aquella que aguarda el alba rosa
un signo es cada boja plateada,
que, en su número, anuncian a María
las horas de una cita cada día.
Seis hojas solamente coronaban
ayer las sienes de la fresca rosa,
los ojos de la niña venturosa
al recorrerlas de placer brillaban;
y era que ya de cerca resonaban
las pisadas y el habla cariñosa
del oculto galán que en la ribera
la dulce niña enamorada espera.
Mas ¡ay del triste, doloroso día
en que la amada flor de su consuelo
sus hojas doce al pie del arroyuelo
muestre a los ojos de la fiel María!
El habla tierna que a su lado oía,
el rostro que miró con tanto anhelo
no escuchará ya más en la ribera,
no verá junto al agua placentera.
Ya su carrera el sol en paz termina,
ya no alcanza su rayo a la pradera
mas refléjase aún su luz postrera
en la pálida copa de la encina;
y en una errante nube blanquecina
que, al caso, perdida por la esfera
mitad de su color al sol le debe,
mitad al brillo de la luna leve.
El sol lejano, el cielo transparente,
la débil luna, el viento sosegado
el monte allá a lo lejos levantado
entre la oscura sombra del oriente;
el pájaro que trina suavemente,
el riachuelo que suene acompasado
prestan al mustio campo en su tristeza
galas de juventud y de grandeza.
Reanima sus pimpollos la arboleda
y la planta el follaje decaído;
por la nocturna sombra humedecido,
el seco prado reluciente queda:
que aunque estación ingrata no conceda
benigna lluvia al campo agradecido,
basta al suelo de España fresca sombra
para tejer su verde y rica alfombra.
Y aún han de hallar las aves extranjeras
que emigran de los climas apartados
abundante semilla en sus collados
y sombra deliciosa en sus riberas:
y aún tejerá en abril en sus praderas
ramilletes de lirios delicados
la niña que ya baja al arroyuelo
tras de la blanca flor de su desvelo.
Menos de su colmena enamorada
vuela ansiosa la abeja a los panales
que la amorosa niña a los juncales
donde la clara flor está guardada;
su faz inquieta brilla carminada
entre las rubias trenzas desiguales,
como en pálidos trigos encendida
tierna amapola, a medias escondida.
Mas hoy la bella flor de su alegría
no corona los juncos del riachuelo...
dos lagrimas de amante desconsuelo
caminan por el rostro de María;
cual si viajero que la fuente ansía
tocara el agua convertida en hielo,
así al hallar los juncos sin la rosa
queda la niña triste y silenciosa.
Fija la vista por el agua clara
que bajo de sus plantas se desliza,
cómo sus hilos transparentes riza
luego el lloro enjugándose repara:
y cómo aquella flor graciosa y rara
blanca en su cerco, en la mitad pajiza
se mece en su barquilla deliciosa
burlando la corriente bulliciosa.
Y al fin ya divertido su cuidado
brota en su corazón nueva esperanza.
¿Quién sabe en su raudal que al junco alcanza
si habrá la rosa el agua arrebatado?
¿Quién sabe si su espíritu agitado
halla en leve ocasión grave tardanza,
y si al compás del agua cristalina
ya muy cercano su garzón camina?...
En tanto que la vaga nubecilla
ya sobre su cabeza se suspende,
en dos alas blanquísimas que tiende,
como paloma que en los aires brilla;
a la postrera débil lucecilla
que del sol medio oculto se desprende
piensa ordenar María su prendido
del arroyuelo en el cristal lucido.
Que de su amante a los oscuros ojos
bella mostrarse anhela, cual ninguna;
el parecer hermoso de la luna,
por ser ajeno hechizo, le da enojos:
del sol la enfadan los perfiles rojos
y el brillo de la estrella le importuna,
que no pueden sufrir sus altos celos
ni las rivales mismas de los cielos.
La gran toca dorada del cabello
por el vivo airecillo descompuesta,
la ondulante gasilla alba y modesta
que en torno ciñe su azulado cuello
más peregrino harán el rostro bello
en su inocente compostura honesta...
Llégase, y sobre el agua cristalina
el blanco rostro la doncella inclina.
Mas en vez del contorno delicado
donde lucen sus ojos lagrimosos
se muestran en los espejos temblorosos
la nubecilla en círculo ovalado—
muda el cristal; mas hállanlo empañado
dondequiera sus ojos temerosos
la nube al arroyuelo todo alcanza
y va burlando siempre su esperanza.
Alza confusa el rostro con recelo
hacia la sombra que su arroyo empaña
que la nube de blancura extraña
que de la luna pende, como un velo;
ya asemeja meciéndose en el cielo
un cisne que en su lago azul se baña
y ya remeda una graciosa cuna
do como un niño muéstrase la luna.
De nuevo al agua tórnase María
y otra vez vuelve a hallar la nube en ella...
Con presurosos pasos la doncella
huye espantada a la cercana vía:
caminante sin luz, ciego sin guía
los erizados juncos atropella
temblando al vago roce del cabello
que el viento hace flotar sobre su cuello.
Pero del sauce aquel cuya melena
luenga baja hasta hundirse en la corriente
suave, como el ruido de la fuente,
y dulce una doliente queja suena:
notas de una muy triste cantilena
que por el mismo corazón se siente,
voz de quien sufre y se lastima y ruega,
«¡ay!» que hasta el alma desgarrando llega.
¿Quién gemirá en aquella orilla sola
que con suspiros a la niña clama?
¿Quién escondido bajo aquella rama
con amor tanto y ansiedad llamóla?
¿Cuyo es el pecho que también asola
el tierno incendio de amorosa llama?...
¿Se alejará sin ver la compañera
tórtola que la aguarda en la ribera?
«¡Ay!» dice el canto bello y penetrante
y de el susto primero recobrada
«¡ay!» la niña tornando a la enramada
donde a su amiga siempre halla constante;
cual si se hallara la infantil amante
por la tórtola débil amparada
ya nada teme, junto al sauce llega
y el ave escucha y con su lecho juega.
¡Cómo la luna de nevada que era
vase tornando de color rosada!
¡Cómo rompe la atmósfera azulada
aquella estrella hermosa la primera!
¡Cómo de la naciente primavera
la vespertina brisa es regalada!
La doncella en sus palmas, cuán hirviente
el seno de su amiga latir siente.
No escuchó más cantares soberanos,
más jardines no vio, más anchos mares
que el humilde regato y los juncares
y al ave que le arrulla entre las manos;
mas no ha menester ver los océanos
otro jardín hallar, ni oír más cantares
que al seno de la joven conmovida
falta respiración, sóbrale vida.
Cuando así el corazón latir sentimos
ya no hay en nuestro ser más que esperanza,
a dondequiera que la vista alcanza,
placeres solamente distinguimos,
de las pasadas penas que gemimos
hasta el recuerdo el pensamiento lanza
y en el mal que tocamos no creemos
y la dicha abrazamos que no habemos.
¡Triste enamoradísima doncella!
¡Cándida niña de la faz rosada!
Presto de los suspiros aliviada
suspensa al contemplar la noche bella
olvida su amarguísima querella
y tórnase a mirar esperanzada
si por acaso el agua se avecina
la sombra que sus ojos ilumina.
«Vendrá» se dice, pero el grave canto
de un cárabo en la orilla contrapuesta
miente un «no, no, no, no» como respuesta
que pone al corazón medroso espanto:
rompe en sus ojos lastimado llanto
al escuchar la cántica funesta
y ya pretende huir, ya se detiene
ya se aleja, y ya al sin otra vez viene.
Suena el arroyuelo —la brillante luna
que en su linfa serena se retrata
hebra tras hebra el agua desbarata
y la vuelve a formar una tras una.
Ora que en el riachuelo sombra alguna
no empañará tal vez, su tersa plata
la niña con la luz que se acrecienta
verse la roja faz de nuevo intenta.
Y allí la nube que en la tarde había,
allí la sombra esta maravillosa,
allí dentro del agua rumorosa
empaña el vago espejo de María.
¿Qué nube es ésa que en tenaz porfía
persigue a la doncella temerosa,
como el rostro múltiple entristecido
del importuno amante aborrecido?
Blanco vellón remeda del cordero
la nubecilla vaga y misteriosa
que en torno de la luna deliciosa
la sigue en su camino placentero;
ya se apiña y ya vuelve al ser primero
forma y color mudando caprichosa;
tan presto miente un lago, una cabaña
tan presto una ciudad, una montaña.
Y ya su cerco rápido descrece
y al cabo a breve trecho reducida
como bajo un fanal brasa encendida
la luna entre el vapor blanco aparece;
rompe en mitad su rayo y resplandece
en menudos pedazos dividida
la nube que ya es flor, a cuyo centro
pétalos da la luna desde adentro.
Flor de blancura extrema y lozanía
cuyas hojas se apiñan y se tocan
y menguan, se perfilan, se colocan
en circular, simétrica armonía...
Si los ojos no turban de María
las lágrimas que ardientes la sofocan
la clara flor que la presenta el cielo
es la rosa ocasión de su desvelo.
El bello lustre de sus hojas ciega,
de su cáliz radiante el brillo ofende
y el dulce aroma que de sí desprende
traspasa el éter y a la tierra llega:
y cuanto más su corola desplega,
más su esencia purísima trasciende
y más, y más resplandeciente brilla
de su precioso centro la semilla.
En ella entrambos ojos enclavados,
ambos brazos tendidos hacia ella
en éxtasis respira la doncella
los aires con su aliento embalsamados;
sus espíritus deja conturbados
con su perfume y luz la flor aquella
y siente su cerebro dolorido
cefrado el corazón y comprimido.
Y surge un pensamiento de repente
de en medio de su mente fascinada...
¿Cuántas hojas tendrá la rosa hallada
sobre los cielos milagrosamente?
Recorre hoja por hoja atentamente
mas con su hiriente brillo deslumbrada
por más que en repasarlas se atormenta
una tras otra vez yerra la cuenta.
Mas, distintas las hojas va dejando
ver ya la claridad, mas quebrantada
y la niña, impaciente, la mirada
en la divina flor clava temblando—
Dos... cuatro... seis... diez, hojas va contando
y once llega a contar sobresaltada,
y al mirar otra más lanzó un gemido
y en su seno de amor cesó el latido.
Allí quedó en las urnas del riachuelo
el bello y joven tronco sepultado—
las aguas con acento lastimado
en torno de él hicieron largo duelo;
la tórtola, con tierno desconsuelo
espantada doliéndose a su lado
un ronco y lamentable son hacía
con el rumor del agua que gemía.
Carolina Coronado
A Cádiz
no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!...
no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo
y sacio en contemplarte mi deseo;
aquí está la verdad en que yo creo,
aquí habita el Señor que yo bendigo,
y siento entre estas vívidas montañas
el hondo palpitar de sus entrañas.
¡Tú eres el mar!... ¡el mar!... no eres el
río;
el horizonte con tus brazos llenas,
y en vez de murmurar bramas y truenas
maravillando el pensamiento mío,
pero en tu seno con placer confío
recuerdos, dichas, esperanzas, penas,
sin que un instante me acobarde el miedo
de que en tus ondas sumergirme puedo.
¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra
de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!
¿Amenazas tú más que con la muerte
ni tienes sino el agua que dé guerra?
¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra
para que así nos acobarde el verte?
¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?...
La Francia se ha tragado a su monarca.
¿A dónde vais, pobres gaviotas,
huyendo así del horizonte oscuro?
¿No teméis el morir al pie del muro
en sangre tintas vuestras alas rotas?
Hubo una edad entre las más remotas,
en que la tierra fue asilo seguro;
pero lanzados ya de aquel asilo,
el torrente del mar es más tranquilo.
¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos
la vasta soledad del agua hermosa,
me siento de vosotras envidiosa
que podéis habitar en sus espejos;
los marinos nos dan tristes consejos,
porque huyamos del agua borrascosa;
pero al lanzarnos de tan bella casa,
no saben ahora lo que en tierra pasa.
¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,
aunque el torrente abata vuestros vuelos,
será que las pasiones, los desvelos
de esa región que a nuestra vista humea!
¡No os vais del mar! El alma se recrea
soñándose suspensa entre dos cielos,
y si no tengo yo en las verdes salas,
menos debéis temer que tenéis alas.
¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos
de sal inunde mi entreabierta boca?
¡La sed que en medio el agua nos sofoca
en la salada lluvia saciaremos!
Más salado es el llanto y lo bebemos
en tierra seca, y no en corriente poca,
siempre con ansia igual, con igual daño
un día y otro, uno y otro año.
¡Oh mil veces feliz ave y marino,
que cruzan sin temor esas montañas,
y más dichosa tú la que te bañas,
Cádiz, en ese golfo cristalino!
Allá te veo entre el flotante lino
salir, hermosa, honor de las Españas,
cual salen las palomas por el río
cuando a bañarse van en el estío.
Hija de las entrañas de Océano,
como sus conchas y sus peces eres,
y las que guardas célicas mujeres
son perlas escogidas por tu mano,
a bordo de tu buque soberano
Siempre embarcados, tus felices seres,
Gozan en paz de la ilusión divina
De este viaje que jamás termina.
Cuando del muro los estrechos lazos
salta y el onda tu cabeza baña,
dicen que quiere con terrible saña
tragarte el mar en míseros pedazos,
pero es que te acaricia entre sus brazos
como a sus tiernos hijos la alimaña,
y cuando más parece que te abruma
te da la leche de su blanca espuma.
¡Ciudad de torres solitaria y bella!
todo es hermoso en tu recinto amigo;
el pobre halla limosna y halla abrigo,
y aun da a otros pobres el sobrante de ella.
Cuando me lleve mi contraria estrella
lejos de ti; me soñaré contigo...
si es que duerme bastante para el sueño
quien nada espera dulce ni risueño.
¡Ah, sí! me queda la ilusión divina
de este mar tan inmenso y tan profundo,
donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo
cuando lo quiera Dios. Alma vecina
del mar, mejor comprende y adivina
lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,
que encerrado se agita y despedaza
ser contra ser y raza contra raza.
Ya le voy a dejar, nada en la vida
sino el dolor profundo es duradero,
y por lo misino que mirarlo quiero,
tengo que darle ya mi despedida;
todo placer va siempre de partida
muy pronto por la vida, muy ligero,
y basta que la mar mi encanto sea
para que nunca más su encanto vea.
¡Adiós, amigos!... ¡tierra hospitalaria!...
Las lagrimas más dulces que he vertido
¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;
y si en medio del agua solitaria
ves en el barco un rostro, que afligido
te mira, yo seré que entre la varia
gente y la nube del vapor que humea
«¡Adiós, adiós, diré mientras te
vea!»