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Luis Antonio de Villena
Fabliau Del Encuentro
Y abriría la puerta y tú estarías allí,
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
431
Luis Alberto de Cuenca
Los Dos Marcelos
En abril de este año hablé con Bioy Casares.
Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace
cincuenta años
llamó pesado a Proust,
y que en una Postdata al mismo prólogo,
escrita veinticinco años después,
cantó la palinodia:
«¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?
Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,
pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.
Yo le dije que Proust me aburría,
que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.
Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue
como si fuera una novela policíaca,
que a lo mejor así empezaba a gustarme A la recherche du temps perdu,
como a todo el mundo sensato.
No he seguido el consejo de A.B.C.
Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,
que es cuando se dice la verdad.
Yo no quiero dejar de ser joven.
No soporto la idea de que cualquier enciclopedia
dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.
No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.
Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace
cincuenta años
llamó pesado a Proust,
y que en una Postdata al mismo prólogo,
escrita veinticinco años después,
cantó la palinodia:
«¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?
Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,
pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.
Yo le dije que Proust me aburría,
que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.
Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue
como si fuera una novela policíaca,
que a lo mejor así empezaba a gustarme A la recherche du temps perdu,
como a todo el mundo sensato.
No he seguido el consejo de A.B.C.
Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,
que es cuando se dice la verdad.
Yo no quiero dejar de ser joven.
No soporto la idea de que cualquier enciclopedia
dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.
No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.
477
Luis Antonio de Villena
Una Foto De Ezra Pound En Venecia 1968
Tan destruido como elegante, señor.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
408
Luis Antonio de Villena
Una Foto De Ezra Pound En Venecia 1968
Tan destruido como elegante, señor.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
408
Luis Antonio de Villena
Una Foto De Ezra Pound En Venecia 1968
Tan destruido como elegante, señor.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
408
Luis Antonio de Villena
Una Foto De Ezra Pound En Venecia 1968
Tan destruido como elegante, señor.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
408
Luis Alberto de Cuenca
Línea Clara
Dicen que hablamos claro, y que la poesía
no es comunicación, sino conocimiento,
y que sólo conoce quien renuncia a este mundo
y a sus pompas y obras —la amistad, la ternura,
la decepción, el fraude, la alegría, el coraje,
el humor y la fe, la lealtad, la envidia,
la esperanza, el amor, todo lo que no sea
intelectual, abstruso, místico, filosófico
y, desde luego, mínimo, silencioso y profundo—.
Dicen que hablamos claro, y que nos repetimos
de lo claro que hablamos, y que la gente entiende
nuestros versos, incluso la gente que gobierna,
lo que trae consigo que tengamos acceso
al poder y a sus premios y condecoraciones,
ejerciendo un servil e injusto monopolio.
Dicen, y menudean sus fieras embestidas.
Defiéndenos, Tintín, que nos atacan.
no es comunicación, sino conocimiento,
y que sólo conoce quien renuncia a este mundo
y a sus pompas y obras —la amistad, la ternura,
la decepción, el fraude, la alegría, el coraje,
el humor y la fe, la lealtad, la envidia,
la esperanza, el amor, todo lo que no sea
intelectual, abstruso, místico, filosófico
y, desde luego, mínimo, silencioso y profundo—.
Dicen que hablamos claro, y que nos repetimos
de lo claro que hablamos, y que la gente entiende
nuestros versos, incluso la gente que gobierna,
lo que trae consigo que tengamos acceso
al poder y a sus premios y condecoraciones,
ejerciendo un servil e injusto monopolio.
Dicen, y menudean sus fieras embestidas.
Defiéndenos, Tintín, que nos atacan.
521
Luis Alberto de Cuenca
Rumbo A Londres, El Conde Drácula Resucita Un Pasado Sentimental
Hasta aquí, amor. Aquí. Fauce abisal
de mi propio deseo, encadenado
y libre como el ancla entre sus limos.
Aquí, ferviente explorador de gozos.
No temas, cuerpo mío, arquitectura
sumergida, ciudad imaginada.
Gusta breve solaz, toca su lumbre,
admira su contorno, prevalece.
Tiniebla en la tiniebla, pez de sombra,
no hay heraldo que horade tu silencio
con dulce, memorable, dulce canto.
No hay heraldo. Detente, alado brillo
del sueño, resplandor de los cobardes.
Oscura vida, ven, y tus panoplias
de soledad nocturna, tus escudos
heráldicos, tu faz de terciopelo,
cristal anochecido del abandono.
Ven, oh tú, palpitante enredadera
de destrucción y plenitud, oh vida.
Y no la selva familiar, ni el húmedo
contacto de tu quilla con la proa
del mar, no el espolón entre los senos
me ofrezcas, artificio o salvación
final, sí deslizante carabela,
submarino solar y travesía
nostálgica y feliz, hermosa y triste,
lejos de Transilvania, de los ojos
tan suaves, del cabello, de las manos
que tanto amé y se han ido para siempre.
de mi propio deseo, encadenado
y libre como el ancla entre sus limos.
Aquí, ferviente explorador de gozos.
No temas, cuerpo mío, arquitectura
sumergida, ciudad imaginada.
Gusta breve solaz, toca su lumbre,
admira su contorno, prevalece.
Tiniebla en la tiniebla, pez de sombra,
no hay heraldo que horade tu silencio
con dulce, memorable, dulce canto.
No hay heraldo. Detente, alado brillo
del sueño, resplandor de los cobardes.
Oscura vida, ven, y tus panoplias
de soledad nocturna, tus escudos
heráldicos, tu faz de terciopelo,
cristal anochecido del abandono.
Ven, oh tú, palpitante enredadera
de destrucción y plenitud, oh vida.
Y no la selva familiar, ni el húmedo
contacto de tu quilla con la proa
del mar, no el espolón entre los senos
me ofrezcas, artificio o salvación
final, sí deslizante carabela,
submarino solar y travesía
nostálgica y feliz, hermosa y triste,
lejos de Transilvania, de los ojos
tan suaves, del cabello, de las manos
que tanto amé y se han ido para siempre.
543
José Zorrilla
Oriental
Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros,
y si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros,
y si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera... ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos...
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana...
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.
1.080
José Zorrilla
A La Memoria Desgraciada Del Joven Literato D Mariano José De Larra
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
1.052
José Zorrilla
A La Memoria Desgraciada Del Joven Literato D Mariano José De Larra
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
1.052
Julián del Casal
Tardes De Lluvia
Bate la lluvia la vidriera
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.
Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.
Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.
Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.
Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.
Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.
Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.
Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.
Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.
Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.
783
Julián del Casal
Neurosis
Noemí, la pálida pecadora
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.
Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.
Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.
Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.
Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?
¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?
¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.
Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.
Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.
Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.
Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?
¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?
¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
692
Julián del Casal
Neurosis
Noemí, la pálida pecadora
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.
Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.
Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.
Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.
Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?
¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?
¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.
Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.
Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.
Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.
Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?
¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?
¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
692
Julián del Casal
Ruego
Déjame reposar en tu regazo
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
El corazón, donde se encuentra impreso
El cálido perfume de tu beso
Y la presión de tu primer abrazo.
Caí del mal en el potente lazo,
Pero a tu lado en libertad regreso,
Como retorna un día el cisne preso
Al blando nido del natal ribazo.
Quiero en ti recobrar perdida calma
Y rendirme en tus labios carmesíes,
O al extasiarme en tus pupilas bellas,
Sentir en las tinieblas de mi alma
Como vago perfume de alelíes,
Como cercana irradiación de estrellas.
778
Julián del Casal
Día De Fiesta
Un cielo gris. Morados estandartes
Con escudo de oro; vibraciones
De altas campanas; báquicas canciones;
Palmas verdes ondeando en todas partes;
Banderas tremolando en los baluartes;
Figuras femeninas en balcones;
Estampido cercano de cañones;
Gentes que lucran por diversas artes.
Mas, ¡ay!, mientras la turba se divierte
Y se agita en ruidoso movimiento
Como un mar de embravecidas olas,
Circula por mi ser frío de muerte
Y en lo interior del alma sólo siento
Ansia infinita de llorar a solas.
Con escudo de oro; vibraciones
De altas campanas; báquicas canciones;
Palmas verdes ondeando en todas partes;
Banderas tremolando en los baluartes;
Figuras femeninas en balcones;
Estampido cercano de cañones;
Gentes que lucran por diversas artes.
Mas, ¡ay!, mientras la turba se divierte
Y se agita en ruidoso movimiento
Como un mar de embravecidas olas,
Circula por mi ser frío de muerte
Y en lo interior del alma sólo siento
Ansia infinita de llorar a solas.
567
Julián del Casal
Páginas De Vida
En la popa desierta del viejo barco
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.
—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.
Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.
Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.
—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.
Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.
Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
584
Julián del Casal
Las Alamedas
Adoro las sombrías alamedas
Donde el viento al silbar entre las hojas
Oscuras de las verdes arboledas,
Imita de un anciano las congojas;
Donde todo reviste vago aspecto
Y siente el alma que el silencio encanta,
Más suave el canto del nocturno insecto,
Más leve el ruido de la humana planta;
Donde el caer de erguidos surtidores
Las sierpes de agua en las marmóreas tazas,
Ahogan con su canto los rumores
Que aspira el viento en las ruidosas plazas;
Donde todo se encuentra adolorido
O halla la savia de la vida acerba,
Desde el gorrión que pía en su nido
Hasta la brizna lánguida de yerba;
Donde, al fulgor de pálidos luceros,
La sombra transparente del follaje
Parece dibujar en los senderos
Negras mantillas de sedoso encaje;
Donde cuelgan las lluvias estivales
De curva rama diamantino arco,
Teje la luz deslumbradores chales
Y fulgura una estrella en cada charco.
Van allí, con sus tristes corazones,
Pálidos seres de sonrisa mustia,
Huérfanos para siempre de ilusiones
Y desposados con la eterna angustia.
Allí, bajo la luz de las estrellas,
Errar se mira al soñador sombrío
Que en su faz lleva las candentes huellas
De la fiebre, el insomnio y el hastío.
Allí en un banco, humilde sacerdote
Devora sus pesares solitarios,
Como el marino que en desierto islote
Echaron de la mar vientos contrarios.
Allí el mendigo, con la alforja al hombro,
Doblado el cuello y las miradas bajas,
Retratado en sus ojos el asombro,
Rumia de los festines las migajas.
Allí una hermosa, con cendal de luto,
Aprisionado por brillante joya,
De amor aguarda el férvido tributo
Como una dama típica de Goya.
Allí del gas a las cobrizas llamas
No se descubren del placer los rastros
Y a través del calado de las ramas
Más dulce es la mirada de los astros.
Donde el viento al silbar entre las hojas
Oscuras de las verdes arboledas,
Imita de un anciano las congojas;
Donde todo reviste vago aspecto
Y siente el alma que el silencio encanta,
Más suave el canto del nocturno insecto,
Más leve el ruido de la humana planta;
Donde el caer de erguidos surtidores
Las sierpes de agua en las marmóreas tazas,
Ahogan con su canto los rumores
Que aspira el viento en las ruidosas plazas;
Donde todo se encuentra adolorido
O halla la savia de la vida acerba,
Desde el gorrión que pía en su nido
Hasta la brizna lánguida de yerba;
Donde, al fulgor de pálidos luceros,
La sombra transparente del follaje
Parece dibujar en los senderos
Negras mantillas de sedoso encaje;
Donde cuelgan las lluvias estivales
De curva rama diamantino arco,
Teje la luz deslumbradores chales
Y fulgura una estrella en cada charco.
Van allí, con sus tristes corazones,
Pálidos seres de sonrisa mustia,
Huérfanos para siempre de ilusiones
Y desposados con la eterna angustia.
Allí, bajo la luz de las estrellas,
Errar se mira al soñador sombrío
Que en su faz lleva las candentes huellas
De la fiebre, el insomnio y el hastío.
Allí en un banco, humilde sacerdote
Devora sus pesares solitarios,
Como el marino que en desierto islote
Echaron de la mar vientos contrarios.
Allí el mendigo, con la alforja al hombro,
Doblado el cuello y las miradas bajas,
Retratado en sus ojos el asombro,
Rumia de los festines las migajas.
Allí una hermosa, con cendal de luto,
Aprisionado por brillante joya,
De amor aguarda el férvido tributo
Como una dama típica de Goya.
Allí del gas a las cobrizas llamas
No se descubren del placer los rastros
Y a través del calado de las ramas
Más dulce es la mirada de los astros.
861
Julián del Casal
La Cólera Del Infante
Frente al balcón de la vidriera roja
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.
—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.
Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.
—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.
Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
517
Julián del Casal
Coquetería
En el verde jardín del monasterio,
Donde los nardos crecen con las lilas,
Pasea la novicia sus pupilas
Como princesa por su vasto imperio.
Deleitan su sagrado cautiverio
Los chorros de agua en las marmóreas pilas,
El lejano vibrar de las esquilas
Y las místicas notas del salterio.
Sus rizos peina el aura del verano,
Mas la doncella al contemplarlos llora
E, internada en el bosque de cipreses,
Piensa que ha de troncharlos firme mano
Como la hoz de ruda segadora
Las espigas doradas de las mieses.
Donde los nardos crecen con las lilas,
Pasea la novicia sus pupilas
Como princesa por su vasto imperio.
Deleitan su sagrado cautiverio
Los chorros de agua en las marmóreas pilas,
El lejano vibrar de las esquilas
Y las místicas notas del salterio.
Sus rizos peina el aura del verano,
Mas la doncella al contemplarlos llora
E, internada en el bosque de cipreses,
Piensa que ha de troncharlos firme mano
Como la hoz de ruda segadora
Las espigas doradas de las mieses.
552
Julián del Casal
Rondeles
De mi vida misteriosa,
Tétrica y desencantada,
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada.
Mas sé para mí piadosa,
Si de mi vida ignorada,
Cuando yo duerma en la fosa,
Oyes contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tétrica y desencantada,
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada.
Mas sé para mí piadosa,
Si de mi vida ignorada,
Cuando yo duerma en la fosa,
Oyes contar una cosa
Que te deje el alma helada.
1.243
Julián del Casal
Nihilismo
Voz inefable que a mi estancia llega
En medio de las sombras de la noche,
Por arrastrarme hacia la vida brega
Con las dulces cadencias del reproche.
Yo la escucho vibrar en mis oídos,
Como al pie de olorosa enredadera
Los gorjeos que salen de los nidos
Indiferente escucha herida fiera.
¿A qué llamarme al campo del combate
Con la promesa de terrenos bienes,
Si ya mi corazón por nada late
Ni oigo la idea martillar mis sienes?
Reservad los laureles de la fama
Para aquellos que fueron mis hermanos:
Yo, cual fruto caído de la rama,
Aguardo los famélicos gusanos.
Nadie extrañe mis ásperas querellas:
Mi vida, atormentada de rigores,
Es un cielo que nunca tuvo estrellas,
Es un árbol que nunca tuvo flores.
De todo lo que he amado en este mundo
Guardo, como perenne recompensa,
Dentro del corazón, tedio profundo,
Dentro del pensamiento, sombra densa.
Amor, patria, familia, gloria, rango,
Sueños de calurosa fantasía,
Cual nelumbios abiertos entre el fango
Sólo vivisteis en mi alma un día.
Hacia país desconocido abordo
Por el embozo del desdén cubierto:
Para todo gemido estoy ya sordo,
Para toda sonrisa estoy ya muerto.
Siempre el destino mi labor humilla
O en males deja mi ambición trocada:
Donde arroja mi mano una semilla
Brota luego una flor emponzoñada.
Ni en retornar la vista hacia el pasado
Goce encuentra mi espíritu abatido:
Yo no quiero gozar como he gozado,
Yo no quiero sufrir como he sufrido.
Nada del porvenir a mi alma asombra
Y nada del presente juzgo bueno;
Si miro al horizonte todo es sombra,
Si me inclino a la tierra todo es cieno.
Y nunca alcanzaré en mi desventura
Lo que un día mi alma ansiosa quiso:
Después de atravesar la selva oscura
Beatriz no ha de mostrarme el Paraíso.
Ansias de aniquilarme sólo siento
O de vivir en mi eternal pobreza
Con mi fiel compañero, el descontento,
Y mi pálida novia, la tristeza.
En medio de las sombras de la noche,
Por arrastrarme hacia la vida brega
Con las dulces cadencias del reproche.
Yo la escucho vibrar en mis oídos,
Como al pie de olorosa enredadera
Los gorjeos que salen de los nidos
Indiferente escucha herida fiera.
¿A qué llamarme al campo del combate
Con la promesa de terrenos bienes,
Si ya mi corazón por nada late
Ni oigo la idea martillar mis sienes?
Reservad los laureles de la fama
Para aquellos que fueron mis hermanos:
Yo, cual fruto caído de la rama,
Aguardo los famélicos gusanos.
Nadie extrañe mis ásperas querellas:
Mi vida, atormentada de rigores,
Es un cielo que nunca tuvo estrellas,
Es un árbol que nunca tuvo flores.
De todo lo que he amado en este mundo
Guardo, como perenne recompensa,
Dentro del corazón, tedio profundo,
Dentro del pensamiento, sombra densa.
Amor, patria, familia, gloria, rango,
Sueños de calurosa fantasía,
Cual nelumbios abiertos entre el fango
Sólo vivisteis en mi alma un día.
Hacia país desconocido abordo
Por el embozo del desdén cubierto:
Para todo gemido estoy ya sordo,
Para toda sonrisa estoy ya muerto.
Siempre el destino mi labor humilla
O en males deja mi ambición trocada:
Donde arroja mi mano una semilla
Brota luego una flor emponzoñada.
Ni en retornar la vista hacia el pasado
Goce encuentra mi espíritu abatido:
Yo no quiero gozar como he gozado,
Yo no quiero sufrir como he sufrido.
Nada del porvenir a mi alma asombra
Y nada del presente juzgo bueno;
Si miro al horizonte todo es sombra,
Si me inclino a la tierra todo es cieno.
Y nunca alcanzaré en mi desventura
Lo que un día mi alma ansiosa quiso:
Después de atravesar la selva oscura
Beatriz no ha de mostrarme el Paraíso.
Ansias de aniquilarme sólo siento
O de vivir en mi eternal pobreza
Con mi fiel compañero, el descontento,
Y mi pálida novia, la tristeza.
645
Julián del Casal
Sourinomo
Como rosadas flechas de aljabas de oro
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.
El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.
Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.
El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.
Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.
552
Julián del Casal
A La Belleza
¡Oh, divina Belleza! Visión casta
De incógnito santuario,
Ya muero de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.
Nunca te han visto mis inquietos ojos,
Pero en el alma guardo
Intuición poderosa de la esencia
Que anima tus encantos.
Ignoro en qué lenguaje tú me hablas,
Pero, en idioma vago,
Percibo tus palabras misteriosas
Y te envío mis cantos.
Tal vez sobre la Tierra no te encuentre,
Pero febril te aguardo,
Como el enfermo, en la nocturna sombra,
Del Sol el primer rayo.
Yo sé que eres más blanca que los cisnes,
Más pura que los astros,
Fría como las vírgenes y amarga
Cual corrosivos ácidos.
Ven a calmar las ansias infinitas
Que, como mar airado,
Impulsan el esquife de mi alma
Hacia país extraño.
Yo sólo ansío, al pie de tus altares,
Brindarte en holocausto
La sangre que circula por mis venas
Y mis ensueños castos.
En las horas dolientes de la vida
Tu protección demando,
Como el niño que marcha entre zarzales
Tiende al viento los brazos.
Quizás como te sueña mi deseo
Estés en mí reinando,
Mientras voy persiguiendo por el mundo
Las huellas de tu paso.
Yo te busqué en el fondo de las almas
Que el mal no ha mancillado
Y surgen del estiércol de la vida
Cual lirios de un pantano.
En el seno tranquilo de la ciencia
Que, cual tumba de mármol,
Guarda tras la bruñida superficie
Podredumbre y gusanos.
En brazos de la gran Naturaleza,
De los que hui temblando
Cual del regazo de la madre infame
Huye el hijo azorado.
En la infinita calma que se aspira
En los templos cristianos
Como el aroma sacro de incienso
En ardiente incensario.
En las ruinas humeantes de los siglos,
Del dolor en los antros
Y en el fulgor que irradian las proezas
Del heroísmo humano.
Ascendiendo del Arte a las regiones
Sólo encontré tus rasgos
De un pintor en los lienzos inmortales
Y en las rimas de un bardo.
Mas como nunca en mi áspero sendero
Cual te soñé te hallo,
Moriré de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.
De incógnito santuario,
Ya muero de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.
Nunca te han visto mis inquietos ojos,
Pero en el alma guardo
Intuición poderosa de la esencia
Que anima tus encantos.
Ignoro en qué lenguaje tú me hablas,
Pero, en idioma vago,
Percibo tus palabras misteriosas
Y te envío mis cantos.
Tal vez sobre la Tierra no te encuentre,
Pero febril te aguardo,
Como el enfermo, en la nocturna sombra,
Del Sol el primer rayo.
Yo sé que eres más blanca que los cisnes,
Más pura que los astros,
Fría como las vírgenes y amarga
Cual corrosivos ácidos.
Ven a calmar las ansias infinitas
Que, como mar airado,
Impulsan el esquife de mi alma
Hacia país extraño.
Yo sólo ansío, al pie de tus altares,
Brindarte en holocausto
La sangre que circula por mis venas
Y mis ensueños castos.
En las horas dolientes de la vida
Tu protección demando,
Como el niño que marcha entre zarzales
Tiende al viento los brazos.
Quizás como te sueña mi deseo
Estés en mí reinando,
Mientras voy persiguiendo por el mundo
Las huellas de tu paso.
Yo te busqué en el fondo de las almas
Que el mal no ha mancillado
Y surgen del estiércol de la vida
Cual lirios de un pantano.
En el seno tranquilo de la ciencia
Que, cual tumba de mármol,
Guarda tras la bruñida superficie
Podredumbre y gusanos.
En brazos de la gran Naturaleza,
De los que hui temblando
Cual del regazo de la madre infame
Huye el hijo azorado.
En la infinita calma que se aspira
En los templos cristianos
Como el aroma sacro de incienso
En ardiente incensario.
En las ruinas humeantes de los siglos,
Del dolor en los antros
Y en el fulgor que irradian las proezas
Del heroísmo humano.
Ascendiendo del Arte a las regiones
Sólo encontré tus rasgos
De un pintor en los lienzos inmortales
Y en las rimas de un bardo.
Mas como nunca en mi áspero sendero
Cual te soñé te hallo,
Moriré de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.
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