Temas
Poemas en este tema

Otros

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Meditación De La Rosa

MEDITACIÓN DE LA ROSA

Supón, mi amor, que trazamos la hora con una rosa

y que el agua es la medida de todas las rosas.

Piensa, azucena, en un becqueriano batir de alas

presente a nuestro paso, inmerso en nuestro tiempo.

Siempre hay alguien desnudo en lo que va del cielo

a esta tierra de duros y salobres pensamientos.

Yo te miro decir y escucho tu silencio

cuando lloro los días que fueron pavorosos.

Una balada es un poco de tibia espuma

es un sereno atardecer salido de la nada.

Supón entonces, amor mío, que hay un espejo

al que sonríes por las verdades ya dichas.

La luna acaba de ser amada, dijo un poeta

que simplemente se llamaba Juan punto y aparte.

Sabes bien que habrá una invasión de misterios

bien soñados tal vez o dulcemente pensados.

Andamos y desandamos mil y un caminos

como sombritas de fieras sin salida posible.

El hombre es la más bella conquista del aire

insistió aquel poeta que se llamaba nada más Juan.

Un miedo de singulares perfiles nos abruma

mientras morimos gritando ¡amor! amor.

Hemos vivido más o menos como ángeles en pena

navegando en lo que llamamos un desierto ardiente.

Amando hasta nunca decir basta de amar

y oído y visto guerras de infinito terror.

La bondad nos quedaba estrictamente prohibida

porque ya no había espacio ni necesaria era.

Apostamos la vida a un albur de silencio

cuando el amor no era sino una niña espina.

Alguien nunca esperado se acerca paso a paso

y pretende quebrar este amor de la rosa de hielo.

Hoy debemos cerrar las puertas, las ventanas

y no dejar entrar la niebla y su veneno.

Pues te repito que tendremos los agrios pensamientos

que suelen suceder al sudor amoroso.

Ahora supón, oh descarnada rosa bienamada

que nos fatiga el encierro y salimos a una calle.

¿Por qué no hay aquí una calle nombrada
Góngora

con los campos de plumas tan urgentes?

Ignoro si ganamos o perdimos la batalla

contra los días que fueron y los días que vendrán.

No estoy ni estuve para decir cuáles penas

nos afligieron ni para descubrir lo que somos.

Sólo sé que no sé nada sino amarte

como se ama a la rosa paridamente fresca.

Te contaré mis ciclos de histeria y de neurosis

como si fueran sólo el alma de mi siglo.

Todo parece primitivo todo insomne

todo parece mar parece dientes parece lejos.

Ámame por desdicha por descanso porque sí

o porque no o porque nada o por mero desvelo

Después de todo soy una constante rebelión

sofocada como adivinarás a pura sangre.

Vamos tú y yo y aquella rosa recién llegada

por una oscuridad parecida a un reino quietísimo.

Hemos vivido y viviremos en la memoria de aquel hombre

que pasa como un árbol que no tiene descanso.

No pienses ya nada ni nada supongas

porque las fronteras son irremediables

y yo sobrevivo tú sobrevives todos sobrevivimos

para que el amor sea el gemido de siempre

y la piel no parezca un campo incendiado

y la dicha recorra tu cuerpo como una caricia mía.

17 de diciembre de 1979

619
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Meditación De La Rosa

MEDITACIÓN DE LA ROSA

Supón, mi amor, que trazamos la hora con una rosa

y que el agua es la medida de todas las rosas.

Piensa, azucena, en un becqueriano batir de alas

presente a nuestro paso, inmerso en nuestro tiempo.

Siempre hay alguien desnudo en lo que va del cielo

a esta tierra de duros y salobres pensamientos.

Yo te miro decir y escucho tu silencio

cuando lloro los días que fueron pavorosos.

Una balada es un poco de tibia espuma

es un sereno atardecer salido de la nada.

Supón entonces, amor mío, que hay un espejo

al que sonríes por las verdades ya dichas.

La luna acaba de ser amada, dijo un poeta

que simplemente se llamaba Juan punto y aparte.

Sabes bien que habrá una invasión de misterios

bien soñados tal vez o dulcemente pensados.

Andamos y desandamos mil y un caminos

como sombritas de fieras sin salida posible.

El hombre es la más bella conquista del aire

insistió aquel poeta que se llamaba nada más Juan.

Un miedo de singulares perfiles nos abruma

mientras morimos gritando ¡amor! amor.

Hemos vivido más o menos como ángeles en pena

navegando en lo que llamamos un desierto ardiente.

Amando hasta nunca decir basta de amar

y oído y visto guerras de infinito terror.

La bondad nos quedaba estrictamente prohibida

porque ya no había espacio ni necesaria era.

Apostamos la vida a un albur de silencio

cuando el amor no era sino una niña espina.

Alguien nunca esperado se acerca paso a paso

y pretende quebrar este amor de la rosa de hielo.

Hoy debemos cerrar las puertas, las ventanas

y no dejar entrar la niebla y su veneno.

Pues te repito que tendremos los agrios pensamientos

que suelen suceder al sudor amoroso.

Ahora supón, oh descarnada rosa bienamada

que nos fatiga el encierro y salimos a una calle.

¿Por qué no hay aquí una calle nombrada
Góngora

con los campos de plumas tan urgentes?

Ignoro si ganamos o perdimos la batalla

contra los días que fueron y los días que vendrán.

No estoy ni estuve para decir cuáles penas

nos afligieron ni para descubrir lo que somos.

Sólo sé que no sé nada sino amarte

como se ama a la rosa paridamente fresca.

Te contaré mis ciclos de histeria y de neurosis

como si fueran sólo el alma de mi siglo.

Todo parece primitivo todo insomne

todo parece mar parece dientes parece lejos.

Ámame por desdicha por descanso porque sí

o porque no o porque nada o por mero desvelo

Después de todo soy una constante rebelión

sofocada como adivinarás a pura sangre.

Vamos tú y yo y aquella rosa recién llegada

por una oscuridad parecida a un reino quietísimo.

Hemos vivido y viviremos en la memoria de aquel hombre

que pasa como un árbol que no tiene descanso.

No pienses ya nada ni nada supongas

porque las fronteras son irremediables

y yo sobrevivo tú sobrevives todos sobrevivimos

para que el amor sea el gemido de siempre

y la piel no parezca un campo incendiado

y la dicha recorra tu cuerpo como una caricia mía.

17 de diciembre de 1979

619
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Manifiesto Nalgaísta Aleluya Cocodrilos Sexuales Aleluya

MANIFIESTO NALGAÍSTA

ALELUYA COCODRILOS SEXUALES ALELUYA

Para ella que me mira morir

El gran río penetró la roca viva

y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo

se hizo rayo se hizo ruina se hizo tonto esqueleto

y hoy padece a lo largo de pieles de tigre

a la orilla del cocodrilo que me sueña

y me hunde en el naufragio

de su carne tan blanca

oh carne nacarada en medio

de la arena


como tú

y estas dos medallas de oro que muerdo

dalias de vida y de martirio

y en ellas me retrato y consigo el descenso

al dulce infierno de tu vientre

y de nuevo los dientes


ah malditos

ah maldita tú también

larga bestia ululante despierta lengua

en aquel círculo de asesinos

(Pierde toda esperanza


amor mío)

de almas danzantes albas

cool cool cool cool jazz


¡Bríndamelo por fin!

Aleluya Aleluya magnífico Grijalva

muerto de frío de rocas y pañuelos rojos

Piérdete

adelgázate hasta la soledad

de los cocodrilos que agonizan

al pie de mi medio siglo


y de mi alcohol

cohol cohol cohol cohol jazz

cool cool cool cool jazz

marinera manía

de pintar escribir declamar pagar impuestos

luz renta etcétera


y luego abrazarte

bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas

y volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo

y aleluyarte hasta no sé cuando

dormida y abrumada purificada


putificada

¡Aleluya! ¡Aleluya!

poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas

poetas inmensos reyes del eliotazgo

baratarios y pancistas

grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa

perdónenme grandes y pequeños pequeñísimos
poetas

(Soy acaso el Hijo de Sánchez de la poesía

¿Peralvillo Tepito Incorporated?

Alors los invito a discurrir

pespunte limpio

por el nuevo Paseo la Anti-Reforma)

746
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Afrodita Morris (ceremonial De Las 13 30)

AFRODITA MORRIS

(Ceremonial de las 13.30)


On ne mesure pas le désordre

Pourtant

C’est par la femme que l’homme durePAUL ÉLUARD

Causadora de secretos yerros

Enemiga de honestad


Ligera emerges de la malvada espuma

Y zahareña pasas bajo arcos triunfales

Traspasada de luces meridianas

Pirules, marquesinas, prósperas azaleas,

Sublimada como la gran cosa grandes muslos

Sintiéndote brutalmente soñada

Cual si fueras lo exclusivo y único mineral y eléctrico


Pero así eres pues

Y algo de tu mítica presencia

Explicaré en seguida

Con licencia de castos ojos castos oídos:


A los 200 metros advertimos olemos la chamusquina

Tu breve cabellera república de abejas

Dorado vellocino

Te acercas luego luego

Deseada y amada a todo vapor

Con tus brillantes incisivos de ardilla

El busto de amazona levemente anémica

Y todo lo animal y exuberante que te circunda

Laboriosa potranca gigante brizna

Abrasadora corza purpureante blasfemia

Amazona domadora del potrillo segundo

Del minutero potro

Fulminadora de una vez por todas

Espejo espejito espejazo

De los hirientes azúcares del día

¿Quién más bella que tú?


Pasas rapiditamente por el abismo de mis tristezas

Irradiando cardillo suscitando guirnaldas

Malditamente becqueriana

Salvajemente nerudiana

Abruptamente rubendariana

Dueña y señora de las implacables exultaciones

Vegetal marmórea canela pura

Piel de adivinaciones

Pies tejedores de aullidos

Cuando un fregabundal de albañiles te miran

Y los andamios son ya castillos en ruinas

Los pasajeros de autobuses fallecen de escalofrío

Y los decesos (desexos) se suceden como un tropel de alfajores

Imposible sería, erectamente hablando,

Decir tu nombre porque nadie lo sabe y

Porque pocos conocen tu eminencia hipotenar

El aductor medio el definitivo sartorio

Los nombrados internos y externos

El crucial peroneo lateral largo

Y los delicados crural anterior, ah, y el sóleo


Después la asfáltica nube que discurre desde Morris Hnos.

(todo lo diagnosticas tú, todito, toditito,

doctora en almas herrumbrosas automóviles desbielados)

Hasta Masaryk, Horacio y Homero

Territorio de los rugidos las aromáticas mentadas de madre

Las sirenas de la Cruz Verde y la Cruz Roja

El claxon rencoroso de las damas liverpúlicas

Las solamente lindas propietarias de boutiques

(una shutique me hace merecedor de la locura)

Los vendedores de billetes de lotería

Los boleros sin ranita con mandolina,

Los vagos, los imbéciles gerentes de banco

Y sus medianamente guapotas secretarias

Las carrozas de Gayosso y Tangassi

(Cuando estrene mi pijama de madera estaré más triste)

Los camiones 60, 77, 85, 91, etcétera,

Que van y vienen como cangrejos locos

Y vas y vienes, Afrodita de tezontle,

Y entonces la avenida Mariano Escobedo
(¡Ríndete,Maximiliano!)

Es el canal donde la sangre estalla y se desparrama

Y los cínicos sicofantes la recogen con cucharitas de plata


Pero cuando ayayay no pasas

Vario coraje nos enferma y

Por absoluta mayoría se resuelve

Que simplemente seas Afroda

Afroda Pérez López González o Martínez

Y no como te llamen en tu oficina en tu alcoba

O como se llamen tu espalda y tus riñones

Tus músculos ya escritos y descritos

La dulce miniatura de tus machupechos

Nuestros ojos muertos de pena

Nuestra boca muerta de sed

Nuestra poesía tan pobremente reiterativa


Todo viene a ser atrocísimo

Ominoso guillotinesco

Oh tú arrogante y bien plantada

Epicúreo y frutal teorema

Avara y generosa

Plácidamente paladeable

Para con “los llamados etceteristas

Y también los del así sucesivamente”


Y así

Así susexyvamente

Hasta la dulce muerte por enumeración

Y la despiadada caída

Del violáceo telón de la Impudicia

Enero de 1971

652
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka

SÍLABAS POR EL MAXILAR DE FRANZ KAFKA


Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto

de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado

y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto

por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,

enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas

donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;

hueso infinito para ponerse verde de envidia,

para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;

para no ver siquiera la herida de tu boca

ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran

como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;

para hipnotizar la espada de la melancolía

y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios

donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;

para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite

en el corazón del follaje del cementerio judío;

para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;

para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total

y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;

para morir eternamente de una tuberculosis dorada

y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio

y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,

por los que quemaron a Juan Huss

y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.

Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,

pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;

hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K

hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos

y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo

como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;

hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente

la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.

Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo

y escribir sobre la piel la palabra abismo,

la palabra epitafio, la palabra sacrificio

y la palabra sufrimiento

y la palabra Hacedor.

6 de noviembre de 1965

624
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Responso Por Un Poeta Descuartizado

Claro está que murió —como deben morir los poetas, maldiciendo, blasfemando, mentando madres,

viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.

Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
habitaciones

donde perros, orgías, vino griego, prostitutas francesas,
donceles y príncipes se rinden

y le besan los benditos pies;

porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad

y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de
alcohol bebidos a pleno pulmón,

así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y las agrias albas

y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo a que
te obligan,

la crónica que nunca hubieras querido escribir

y los poemas rubíes, los poemas diamantes, los poemas
huesolabrado, los poemas

floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas daríos, los poemas madres, los poemas
padres, tus poemas...


Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
los cielos y tropezó mil y un infiernos

al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios trasegando
absintio

(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro y la
soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, la
chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales.

Maldiciendo, claro, porque en la agónía estaba en su
derecho y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,

dijo Rubén al
niño triste que oyó su testamento), ¿por
qué no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara de un lirio?

Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino

hecho de luces y tinieblas, pulido por el aire de los Andes, la neblina
de los puertos, el ahogo de Nueva York, la palabra española, el
duelo de Machado, Europa sin su pan.

Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo destrozado!)

y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca le hallaron nada sino dolor en la piel

limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio y soberbio el corazón

y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como la mansión de los dioses, como el penacho de un emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero taíno;

cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo cuerpo, ay, de mieles y nardos

(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta divino, anchura de navío),

el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos de la fortaleza de Acosasco

y que luego...


Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad de destrozarlo,
enteramente destazarlo como a una fiera selvática, como al toro
americano

porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, muchísimo
universo

necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas de piedad,
henchidas de amor y de ternura.

Aquí el hígado y allá los riñones.

¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de
garra en garra como un puñado de perlas.

Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue
sacado a la luz antes del alba;

y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles y
la policía dijo, chilló, bramó:

¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío
—mil ochocientos cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel

y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre rejas, el
primer cerebro en una celda,

la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.


Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, por esa
agonía de pirámide arrasada,

el poeta que todo lo amó

cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave
crucifijo, el Cristo de marfil que otro poeta agónico le
regalara —Amado Nervo—

y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de
qué manera se mordía la lengua y la piel se le
ponía violácea

nada más porque empezaba a morir,

nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y su
delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,

y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra en mano y
de mano en garra

hasta parecer el ala de un ángel,

la solar sonrisa de un efebo,

la sombra de recinto de todos los poetas vivos,

de todos los poetas agonizantes,

de todos los poetas.

19 de enero de 1967

571
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Responso Por Un Poeta Descuartizado

Claro está que murió —como deben morir los poetas, maldiciendo, blasfemando, mentando madres,

viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.

Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
habitaciones

donde perros, orgías, vino griego, prostitutas francesas,
donceles y príncipes se rinden

y le besan los benditos pies;

porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad

y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de
alcohol bebidos a pleno pulmón,

así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y las agrias albas

y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo a que
te obligan,

la crónica que nunca hubieras querido escribir

y los poemas rubíes, los poemas diamantes, los poemas
huesolabrado, los poemas

floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas daríos, los poemas madres, los poemas
padres, tus poemas...


Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
los cielos y tropezó mil y un infiernos

al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios trasegando
absintio

(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro y la
soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, la
chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales.

Maldiciendo, claro, porque en la agónía estaba en su
derecho y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,

dijo Rubén al
niño triste que oyó su testamento), ¿por
qué no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara de un lirio?

Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino

hecho de luces y tinieblas, pulido por el aire de los Andes, la neblina
de los puertos, el ahogo de Nueva York, la palabra española, el
duelo de Machado, Europa sin su pan.

Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo destrozado!)

y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca le hallaron nada sino dolor en la piel

limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio y soberbio el corazón

y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como la mansión de los dioses, como el penacho de un emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero taíno;

cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo cuerpo, ay, de mieles y nardos

(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta divino, anchura de navío),

el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos de la fortaleza de Acosasco

y que luego...


Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad de destrozarlo,
enteramente destazarlo como a una fiera selvática, como al toro
americano

porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, muchísimo
universo

necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas de piedad,
henchidas de amor y de ternura.

Aquí el hígado y allá los riñones.

¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de
garra en garra como un puñado de perlas.

Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue
sacado a la luz antes del alba;

y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles y
la policía dijo, chilló, bramó:

¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío
—mil ochocientos cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel

y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre rejas, el
primer cerebro en una celda,

la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.


Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, por esa
agonía de pirámide arrasada,

el poeta que todo lo amó

cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave
crucifijo, el Cristo de marfil que otro poeta agónico le
regalara —Amado Nervo—

y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de
qué manera se mordía la lengua y la piel se le
ponía violácea

nada más porque empezaba a morir,

nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y su
delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,

y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra en mano y
de mano en garra

hasta parecer el ala de un ángel,

la solar sonrisa de un efebo,

la sombra de recinto de todos los poetas vivos,

de todos los poetas agonizantes,

de todos los poetas.

19 de enero de 1967

571
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sandra Sólo Habla En Líneas Generales

SANDRA SÓLO HABLA EN LÍNEAS GENERALES


Donde habita, donde come, donde

parece un arenoso acantilado,

allí es un cordero de ámbar con ojos de anís

y algo acerca de la dicha sexual tiene escrito en la frente.

Luego viene lo intolerable y maligno

(tal vez su madre, su padre o su hermana),

porque como he dicho dicha digo

que la veo y no la reconozco bajo arcos de triunfo

cocinados a cuchillo,

hablando palabras de fuego sobre el Mediterráneo

(que para ella fue Tequesquitengo o no fue nada),

deshaciéndose en fulgores sobre la soberana idiotez de la
Gioconda

(que a ella, lo sé a ciencia cierta, le pareció

una simple putita de Polanco),

bebiendo vinos rojos, besos rojos —canalla, perra—,

paseándose verdosamente, sandramente

por ciudades que no conozco y que no me importan

como no me importa ella sino porque existe

y es posible verla de lejos, de cerca,

comiendo bajo los húmedos azules de Nápoles,

viendo sin ver y hablando en líneas generales

como en un remanso de siniestra paz gastronómica.


Hace dos días con sus noches pude verla

(ella vive en las calles de Racine

y yo en Lope de Vega, lo cual es todo un drama en seis actos)

y en sus ojos había una tormenta edénica y turbadora

como antes y después del primer pecado

—lo virginal no quita lo caliente—,

Eva maldita Eva milenaria Eva evasiva Eva exúbera

Eva general Eva particularmente deseada y detestada

Eva que sabe a postre de manzana postre de mieles

Eva que huele a café con Leche-de-la-Mujer-Amada

Eva liberada Eva que viajó por Europa

y en verdad que nunca salió de estas amargas calles

¿para qué, si sus alas son dos liras rotas

y en el Foro romano sólo discurren los homosexuales

y alguna pelirroja horizontal originaria de Brooklyn?


Esos hace dos días supe que Sandra había visto piedras
talladas

y visto pinturas en sórdidos museos

y visto a Sofía Loren de lejos, de tan lejos

como de aquí a ella, Sandra de los ojos

que brillan y rebrillan como santelmos a la mitad del naufragio,

Sandra anónima Sandra espigada Sandra para morirse de una buena
vez

Sandra ¿por qué te llamas estúpidamente Sandra?

Sandra ojos de cordero degollado Sandra catedralicia

Sandra Santa Capilla Sandra Nuestra Señora

Sandra diabla y demonia sandrísima

que nunca me miró de frente que nunca me dijo buenas tardes

—lo que yo hubiera querido era un buenas noches—,

Sandra fugaz heroína de un poema fugaz

como el paso de una azucena por el palacio de algo así como un
poeta.

21 de diciembre de 1966

591
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Santa Juana De Asbaje

SANTA JUANA DE ASBAJE


... en plumas de oro vuela ...
GÓNGORA


Celestemente dueña de la forma y del vuelo

—la forma de la orquídea, el vuelo en la paloma—,

maravillosamente gentil y maliciosa

doncella de las nubes.


Transparente de nieve,

ángel de pensamientos que perduran

como la roca viva o el mármol sosegado.

Ágiles aires dieron a tus ojos el brillo

de pétalos que abrasan al ojo que los mira,

y en un millón de versos tu inspiración fluía

como clara corriente de penetrante acento.


Hiciste el verso santo junto al verso de amor

—la forma de la lágrima, el vuelo de la fe—,

y en un siglo de luces que se caían de secas

asombró tu magnífica condición estelar.

Estrella en el bautismo y estrella en la madura

soledad de la celda.


¿Cómo no amar tus voces

y no beber tu aliento donde rosas anidan?

Celestemente extraña, inusitado y tierno

prodigio de fervor: milagro entre milagros.


Como un ángel de bella sonoridad, como un

mensaje sin destino, mas destinado a todos,

vino a la tierra el sueño de tu grata presencia

y la soberbia lira resonó como un coro.

¿Cómo no amar tus voces de purísima estirpe

y no admirar la espada del soneto perfecto?

De tu sabia palabra y de tu esbelta rima

en valles y volcanes se inmortaliza el eco.


Brilladora entre nieblas, estremecido cisne,

candor que no se nombra, magia, pluma y aroma:

tuya es la bugambilia del altiplano y tuyo

el cálido perfume de jerónimas rosas.


No hay espejo a la altura de tu impecable sombra,

piedra que no te viva, verso que no te sueñe.

¿Qué música decirte sin perturbar la música

que en tus alas reposa y en tus pupilas duerme?


Duerme y vive, señora, tu gracia y tu belleza.

Y que duerman tus manos o azucenas de oro.

Matices virginales de retóricas albas

divinizan tu suave contacto con el polvo.


Pero tu corazón, como ave bendecida,

es luz insobornable, estilo de tu huella.

Guárdanos en tu reino de serena pureza,

oh clavel, fresca dalia, bugambilia y estrella.

13-14 de noviembre de 1961

768
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Santa Juana De Asbaje

SANTA JUANA DE ASBAJE


... en plumas de oro vuela ...
GÓNGORA


Celestemente dueña de la forma y del vuelo

—la forma de la orquídea, el vuelo en la paloma—,

maravillosamente gentil y maliciosa

doncella de las nubes.


Transparente de nieve,

ángel de pensamientos que perduran

como la roca viva o el mármol sosegado.

Ágiles aires dieron a tus ojos el brillo

de pétalos que abrasan al ojo que los mira,

y en un millón de versos tu inspiración fluía

como clara corriente de penetrante acento.


Hiciste el verso santo junto al verso de amor

—la forma de la lágrima, el vuelo de la fe—,

y en un siglo de luces que se caían de secas

asombró tu magnífica condición estelar.

Estrella en el bautismo y estrella en la madura

soledad de la celda.


¿Cómo no amar tus voces

y no beber tu aliento donde rosas anidan?

Celestemente extraña, inusitado y tierno

prodigio de fervor: milagro entre milagros.


Como un ángel de bella sonoridad, como un

mensaje sin destino, mas destinado a todos,

vino a la tierra el sueño de tu grata presencia

y la soberbia lira resonó como un coro.

¿Cómo no amar tus voces de purísima estirpe

y no admirar la espada del soneto perfecto?

De tu sabia palabra y de tu esbelta rima

en valles y volcanes se inmortaliza el eco.


Brilladora entre nieblas, estremecido cisne,

candor que no se nombra, magia, pluma y aroma:

tuya es la bugambilia del altiplano y tuyo

el cálido perfume de jerónimas rosas.


No hay espejo a la altura de tu impecable sombra,

piedra que no te viva, verso que no te sueñe.

¿Qué música decirte sin perturbar la música

que en tus alas reposa y en tus pupilas duerme?


Duerme y vive, señora, tu gracia y tu belleza.

Y que duerman tus manos o azucenas de oro.

Matices virginales de retóricas albas

divinizan tu suave contacto con el polvo.


Pero tu corazón, como ave bendecida,

es luz insobornable, estilo de tu huella.

Guárdanos en tu reino de serena pureza,

oh clavel, fresca dalia, bugambilia y estrella.

13-14 de noviembre de 1961

768
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Santa Juana De Asbaje

SANTA JUANA DE ASBAJE


... en plumas de oro vuela ...
GÓNGORA


Celestemente dueña de la forma y del vuelo

—la forma de la orquídea, el vuelo en la paloma—,

maravillosamente gentil y maliciosa

doncella de las nubes.


Transparente de nieve,

ángel de pensamientos que perduran

como la roca viva o el mármol sosegado.

Ágiles aires dieron a tus ojos el brillo

de pétalos que abrasan al ojo que los mira,

y en un millón de versos tu inspiración fluía

como clara corriente de penetrante acento.


Hiciste el verso santo junto al verso de amor

—la forma de la lágrima, el vuelo de la fe—,

y en un siglo de luces que se caían de secas

asombró tu magnífica condición estelar.

Estrella en el bautismo y estrella en la madura

soledad de la celda.


¿Cómo no amar tus voces

y no beber tu aliento donde rosas anidan?

Celestemente extraña, inusitado y tierno

prodigio de fervor: milagro entre milagros.


Como un ángel de bella sonoridad, como un

mensaje sin destino, mas destinado a todos,

vino a la tierra el sueño de tu grata presencia

y la soberbia lira resonó como un coro.

¿Cómo no amar tus voces de purísima estirpe

y no admirar la espada del soneto perfecto?

De tu sabia palabra y de tu esbelta rima

en valles y volcanes se inmortaliza el eco.


Brilladora entre nieblas, estremecido cisne,

candor que no se nombra, magia, pluma y aroma:

tuya es la bugambilia del altiplano y tuyo

el cálido perfume de jerónimas rosas.


No hay espejo a la altura de tu impecable sombra,

piedra que no te viva, verso que no te sueñe.

¿Qué música decirte sin perturbar la música

que en tus alas reposa y en tus pupilas duerme?


Duerme y vive, señora, tu gracia y tu belleza.

Y que duerman tus manos o azucenas de oro.

Matices virginales de retóricas albas

divinizan tu suave contacto con el polvo.


Pero tu corazón, como ave bendecida,

es luz insobornable, estilo de tu huella.

Guárdanos en tu reino de serena pureza,

oh clavel, fresca dalia, bugambilia y estrella.

13-14 de noviembre de 1961

768
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Para Gozar De Tu Paz

PARA GOZAR DE TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas

así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,

y la noche de alcohol y los árboles de oro

encierran para siempre un sollozo de triunfo,

el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina

mueve la dulce sombra de la nube,

así mi corazón se sacrifica

en el húmedo templo de tu pelo.


Nave sin dueño, sombra de ardorosa

violencia, ésta mi mano canta

bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza

en el sereno estanque de tu rostro,

así el negro laurel es tu corona

y es mi fatiga y es

la sangre del insomnio.


Sólo cuando el pecado es la guirnalda

y la atadura, la cadena infinita

y el profundo latido; sólo cuando

la hora ha llegado, y tú,

joven de rosas y jazmines,

miras al horizonte del deseo

y dejas que el tesoro de seda y maravilla

sea la noche en mis manos,

sólo entonces, dorada,

todo me pertenece;

las hierbas agitadas y el viento

corriendo como el agua entre mis dedos:

agua de mi delirio, eterna fiebre,

espejismo y violencia, dura espina,

pedernal de la muerte, lento mármol,

millón de espigas negras.


Donde nace la idea,

donde tus pensamientos

—aves en dulce selva sometidas—,

donde mis labios buscan el milagro,

ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:

al pie de tu dominio y tu pureza,

sin más aroma que el júbilo

y una medalla de aire,

palpitante, como el fuego

de una lágrima viva.


Crece la hierba, el río,

y el ala de la garza

es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito

(quemante, activa espada),

y el corazón despierta

como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio

y te apareces tú, página y perla,

con el cabello al viento

y una cierta sonrisa de alta luna.


Suave y veloz, como el aire de junio,

beso tu cabellera de diamantes,

el tesoro escondido de tu sueño,

y digo adión a la violencia

para gozar tu paz,

tu dulce, tu gloriosa geografía,

por siempre detenido,

por siempre enamorado.

1957

657
Efraín Huerta

Efraín Huerta

órdenes De Amor

ÓRDENES DE AMOR


¡Ten piedad de nuestro amor

y cuídalo, oh Vida!
Carlos Pellicer


1


Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara

de mil sueños, ilumíname.

Orquídea de mil nubes,

desnúdate, vuelve a tu origen,

agua de mis vigilias,

lluvia mía, amor mío.

Hermoso seas por siempre

en el eterno sueño

de nuestro cielo,

amor.
2


Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra

de piedad es la vida. Sombra

de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,

como un desconocido.

Y tú me das la dicha

y tú me das el pan,

la claridad del alba

y el frutal alimento,

dulce amor.
3


Amor mío, obedéceme:

ven despacio, así, lento,

sereno y persuasivo:

Sé dueño de mi alma,

cuando en todo momento

mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,

y déjame beber,

muerto de ansia,

dolorido y ardiente,

el dulce vino, el vino

de tu joven imperio,

dueño mío.
4


Amor mío, justifícame,

lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname

con tus aguas: ardor de ola,

mátame...


Amor mío.

Ahora sí, bendíceme

con tus dedos ligeros,

con tus labios de ala,

con tus ojos de aire,

con tu cuerpo invisible,

oh tú, dulce recinto

de cristal y de espuma,

verso mío tembloroso,

amor definitivo.
5


Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento

de tu virgen presencia,

de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,

bajo la breve sombra de tu pecho,

y mírame morir,

contémplame desnudo

acechando tu danza,

el vuelo de tu pie,

y vuélveme a decir

las sílabas antiguas del alba:

Amor, amor-ternura,

amor-infierno,

desesperado amor.
6


Amor, despiértame

a la hora bendita, alucinada,

en que un hombre solloza

víctima de sí mismo y ábreme

las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso

hasta tu corazón, manzana de oro,

en busca de la paz

para mi duelo. Entonces

amor mío, joven mía,

en ráfagas la dicha placentera

será nuestro universo.

Despiértame y espérame,

amoroso amor mío.

1958

1.008
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Praga, Mi Novia

PRAGA, MI NOVIA


Lily me espera a las 11 en el puente del rey Carlos,

al pie de San Juan Nepomuceno, santo de piedra,

santo de agua, mudo, ahogado.

Lily cree en Dios y yo corro hacia ella

y hacia el río y después

los dos iremos hacia las colinas,

hacia el Castillo, hacia la Catedral,

y caminaremos la Callejuela de los Alquimistas

donde Lily descubre oro en las puertas y en las flores

y uno es un gigante que no cabe en las pequeñas casas.


Veremos grandes patios, hermosos panoramas,

y ella me obsequiará el prometido retrato de Neruda

—del viejo checo Jan, no del chileno Pablo—

y yo habré de contarle cómo es el mar

y si algún día regresaré.


Lily me dirá que cuente con ella

y que Praga es mi novia

y que ya no sueñe con las noches danubias

ni con «la negra Viena de los ojos azules»,

porque aquí, a nuestros pies,

un río de bronce y plata nos mira

y es un río que se llama Voltava.


Corro porque Lily me espera

y es posible que ya no crea en Dios

—lo que sería sencillamente horrible para ella.

Sus ojos que tanto han llorado deben mirar

hacia la dulzura del santo que no dijo nada

como ella tampoco parece decir nada cuando la beso

y en su español murmura «No me beséis»

y yo tengo que reírme y casi me muero de risa.


Al día siguiente

—porque ya Carlos Augusto León se ha ido a Zurich

a volar hacia América con su medalla de oro

en el pecho y sus cuentos de llaneros venezolanos—,

al día siguiente bailaremos valses

y al otro día Lily (sólo me queda ella)

esperará el filo de oro de la tarde

para llevarme hasta la puerta del Cementerio Judío

y dejarme de la mano de Dios

para que yo solo con mi alma pise aquellas flores de pavor

y me quiebre los ojos sobre las lápidas labradas

llenas de siglos

y a media voz recuerdo el poema de Nezval.

Porque ahí sólo pisamos la ceniza

y Lily, que cree en Dios,

no quiere entristecer su adoración

por el pequeño Niño Jesús de Praga

que se quedó en su nicho, allá en lo alto de la
Malá Strana

con sus quince vestiditos de oro y plata de todos los colores.


Y entonces, como no hay nada ni nadie a la vista,

sueño que los viejos huesos crecen en los dorados árboles

y que una flor tiene la lengua de fuera

porque Lily debe estar loca

y los rabinos están hechos polvo

y en la sinagoga el candelabro mueve los brazos

y el gran Libro abierto me habla

y la palabra «nazis» me da náuseas

y debo entonces pedir la paz en todos los ríos

y para todos los poetas, hombres, niños, mujeres,

y no solamente para la turbia paz del Cementerio

ni la paz para la ceniza que se come

ni para las astillas de huesos que recogí en Oswiecim

ni mucho menos la paz del ghetto de Varsovia.


Por eso, Lily, que cree en Dios y es hermosa y católica,

me dice que si estoy en Praga es porque soy malo

y debo ser un sanguinario comunista

pero que todo me lo perdona

(es tan buena) porque le corrijo su español

y le cuento de mis amigos de México y de las estrellas de cine

y que hay un pueblo lleno de canales y guitarras

y dos terribles volcanes muertos cubiertos de nieve

y para su consuelo una gran cantidad

de iglesias y mucho sacerdotes.


Por eso corro y dejo atrás la fina lluvia

y ya no quiero tampoco recordar la fría tierra de
Lídice,

porque me encanta la vieja ciudad y aunque me canse

(cuando regrese a México haré que me operen)

no puedo dejar a Lily con sus panes

y sus frutas, tampoco con sus ojos

que parecen ojos de santa flagelada

ni con su amarga risa de niña.


No me pierdo por Praga, porque ¿cómo perderme

en brazos de una novia amorosa?

Lily me dijo apenas ayer que me entregaba

el corazón de la ciudad

y yo me bebo el aire del río

y va no le pido más porque nada me niega

y porque debo llegar a una hora fija, a las 11,

al pie de San Juan Nepomuceno,

santo de piedra,

santo de agua,

mudo,

ahogado.

640