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Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Adoración De Los Pastores

Sí; los cimientos del antiguo mundo
a estremecerse van: sonó la hora.—
Grecia exhala gemido moribundo,
y corónase Roma vencedora.
¡Vana corona! espíritu infecundo,
la religión cruel y destructora
de ese pueblo tan sabio y tan valiente
no ha de salvar la humanidad doliente.

¿Qué nos importa ver cómo levanta
arcos eternos, templos inmortales,
si el falso Dios a quien adora y canta,
no ha de aliviar del corazón los males?
El egipcio también su eterna planta
imprime en los confines orientales
y artes y ciencias, con pasmoso yerro,
postra a la vil adoración de un perro.

¿Qué la inútil pirámide en la tierra
sino los templos de Atenas han logrado,
si el alma, triste en su perpetua guerra,
divina religión no han inspirado?
¿Qué vale ese poder que nos aterra,
en colosales piedras levantado,
si el consuelo, que aguardan tantos seres,
no han de darlo el orgullo y los placeres?

No basta que las águilas de Roma,
las poderosas alas extendiendo,
se bañen en el mar que hundió a Sodoma,
su plumaje hasta Iberia sacudiendo;
esas águilas, no: —Blanca paloma,
de las legiones entre el ronco estruendo,
descendiendo a los Líbanos de oriente,
vendrá a regenerar el occidente.

Hay en el Asia una comarca bella,
de montañas de cedros sombreada,
y ha dicho el ángel que esperemos de ella
la religiosa fuente deseada;
bajo aquel puro sol, casta doncella
vive tranquila, del Señor guardada,
y ha dicho el ángel, que en su limpio seno
se ha de engendrar al Dios paciente y bueno.

¿Dónde sino en la tierra del Profeta,
que habló con el Señor en la montaña,
y a su Ley reprimió la tribu inquieta,
ciega a los rayos de la luz extraña;
dónde sino en la tierra del poeta
patriarcal, y en la plácida cabaña,
del pastor inocente del carmelo,
pudiera colocar su cuna al cielo?

Glorifícate, pueblo de Judea,
tú fuiste del Señor el escogido:
perdió sus templos la ciudad hebrea,
la reina de las reinas ha caído;
tú cediste cobarde en la pelea,
las tablas de tus leyes se han perdido,
tu tribu en el desierto errante gime;
pero en ti nace el dios que nos redime.

Árabes, que cruzáis la seca arena,
hijos de Salomón, David, Elías,
suspended un instante la faena,
dejad el caminar para otros días:
el Jehová que diluvia, el Dios que truena,
el que abrasa ciudades, por impías,
otra vez a nosotros se aparece,
y a su anuncio la tierra se estremece.

Dejad en el desierto los camellos,
y en el río que baña a Galilea,
bajo la sombra de los cedros bellos,
aguardad a que el sol perdido sea;
mirad cómo se apagan sus destellos:
ya en los montes oculto centellea,
y vienen los pastores fatigados
hacia el redil trayendo sus ganados.

Ya hemos visto surgir tibio lucero;
la fresca brisa de la noche vuela,
y el can, de las ovejas compañero,
guarda inmutable a sus espaldas vela;
ya enciende la candela en el otero
el pastor y ya duerme la Gacela
y silencioso el valle inspira al alma
santo placer y religiosa calma.

Pero no suenan cantos celestiales,
ni la luna esta noche es más lucida
porque venga esta noche a los mortales
la aparición del ángel prometida:
a nosotros no más, a nuestros males,
no este gozo a los ángeles convida,
que gozosos están siempre en el ciclo,
y jamás necesitan de consuelo.

Nosotros solos al Señor que nace
himnos de regocijo preparemos;
si el ángel mudo a nuestras dichas yace,
nosotros por los ángeles cantemos:
y a la señal de su venida hace
la tierra, conmovida en sus extremos,
cual si la planta del Señor la hiriera
y el perdido equilibrio la volviera.

A un lado Babilonia, a otro Palmira.
Y más cerca Pentápolis y Tiro,
del Señor derribadas por la ira,
¡oh qué elocuencia dan a este retiro,
donde la Virgen lánguida suspira!
¡oh cómo el genio del Señor admiro.
Que nace humilde en estas soledades,
sepulcro de tan locas vanidades!

Desde que Dios creó la luz hermosa,
desde el diluvio que anegó al viviente,
no ha creado en su ciencia milagrosa
un prodigio el Señor más imponente;
la sombra de Moisés, sobre la losa
del desierto, se inclina reverente,
y por los valles del Jordán inquietas
se cruzan las de todos los profetas.

Tal vez en eco inteligible canta
esa turba de genios misteriosa,
y no entendemos su palabra santa
en el rumor del aura vagorosa;
del Líbano, tal vez, en la garganta
pulsa Daniel el arpa religiosa,
y al oír de la Virgen el gemido
«¡Hosanna!» entona «¡Hosanna!»
repetido.

... ¡Gracias, doliente y pálida María,
la más hermosa en la creación entera!
Como el dulce panal que Grecia cría,
tus blancos pechos son de miel y cera.
Cuando al dolor tu faz palidecía,
cuando lanzabas queja lastimera,
de la oscilante luz a los reflejos,
lloraban los pastores a lo lejos.

Sin púrpura, sin oro, entre las pajas,
sólo tus alas, tórtola amorosa,
prestan abrigo y delicadas fajas
al que ha de alzar bandera tan gloriosa;
así de Egipto en las arenas bajas
nace la escasa vena que ruidosa
pronto en inmenso Nilo convertida
inunda los desiertos atrevida.

Tú le nutres —los globos de tu seno
por la divina leche abastecidos,
como del cielo en el azul sereno
pálida luna, brillan conmovidos
por el amor materno; y junto al heno
contra los labios de Jesús unidos,
gota por gota el néctar le derraman
y al percibir su boca más se inflaman.

No sé pintar la suavidad preciosa
que presta la ternura a tu semblante
cuando inclinas la frente majestuosa
para besar sus labios anhelante;
la expresión de tus ojos luminosa.
Y de tus brazos la actitud amante
mira absorto el pastor, y a cada beso
redobla su atención y su embeleso.

No sé decir lo que mi pecho siente
al ver dormido en la pajiza cuna
al que Rey ha de ser de tanta gente,
que a su diadema igual no habrá ninguna;
no sé decir la admiración ferviente
con que miro a los rayos de la luna
su rubia sien, en donde la divina
flor de la eterna cristiandad germina...

¡Cuán grande vienes tú, señor, cuán puro!
¡Cuán pequeños y míseros nos hallas!
¡Cuán brillante es tu genio, y cuán oscuro
el genio que nos lanza a las batallas!
¡Cuán firme es tu bajel! ¡Cuán inseguro
el nuestro en ese mar! ¡Qué recias vallas
puede oponer tu ley a las pasiones!
¡Qué endebles nuestras frágiles razones!

Ven a escuchar los males que sufrimos,
ven a calmar las penas que lloramos;
hace ya mucho tiempo que nacimos
mucho tiempo, Señor, que te aguardamos;
a tu virtud, señor, sólo acudimos,
en tu saber tan sólo confiamos,
y cuanta fue mayor nuestra amargura,
esperamos de ti mayor dulzura.

A ti el justo, el sufrido, el virtuoso,
el regenerador, el fuerte, el sabio,
vendremos en tropel tumultuoso,
con el crimen, la pena y el agravio;
a ti el consolador, el generoso,
revelaremos con ingenuo labio
el llanto y los secretos torcedores
de nuestros más recónditos dolores.

En concierto, Señor, miles de bocas
vendremos a clamar a tus oídos;
en tu fe, como el águila en las rocas,
descansarán los ánimos rendidos;
necias quimeras, esperanzas locas,
desengaños y errores confundidos
desahogarán en ti su cauce humano,
cual los hinchados ríos de Océano.

¡Ay! Tú sabrás las hondas aflicciones
que tienen abrumadas nuestras vidas,
verás nuestros postrados corazones,
registrarás sus llagas escondidas;
tú del cuerpo infeliz de las naciones
desgarrarás las venas corrompidas,
¡y nueva sangre y nuevo movimiento,
les darás con tu sangre y con tu aliento!
509
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Virgen De Murillo

Hombres, hacia la tierra humildemente,
la cabeza inclinad respetuosa:
que voy a pronunciar maravillosa
palabra, grande voz, nombre eminente:
hay un genio español que alzó su mente
tan alta, que a la Virgen madre hermosa,
que habita de los cielos las moradas
alcanzó a divisar en sus miradas.

Y de la virgen describió a la gente
el celestial contorno, el colorido
albo-azul de su frente, confundido
de su mejilla entre el carmín naciente;
y retrató su seno trasparente
la leche al dar a su Jesús querido
y aquel amor con que a Jesús miraba
y aquella luz que a entrambos circundaba.

Descubra su cabeza el extranjero
de remotas o próximas naciones
cuando escuche sonar en mis canciones
ese nombre que llena el mundo entero:
para alzarse de pueblos el primero
si no hubiese de gloria otros blasones,
bastante España con mostrar hiciera
un lienzo de Murillo por bandera.

¡Murillo!... ved, sus cuadros nos hurtaron
para adornar su tierra extrañas gentes
y los hijos de España indiferentes
como limosna el hurto les dejaron;
que la feraz campiña en que brotaron
en profusas espigas las simientes
no empobrece, aunque vengan de avecillas
cien bandos a comer de sus gabillas.

¡Descubríos, isleños poderosos,
que bajo el cauce, transitáis, de un río!
¡Descubríos, del grande señorío
del Pirineo dueños orgullosos!
¡Descubríos, también, los tan famosos
hijos del Po! repite el labio mío
el nombre de Murillo, y reverentes
debéis mostrar desnudas vuestras frentes.

Españoles, ¿no veis aquel mendigo
entre humildes harapos encubierto
que hambriento y frío vaga medio muerto
de su patria en el suelo ¡ay! enemigo?...
Pues el mendigo aquel lleva consigo
misterio tal que a seros descubierto
nombre tan alto, fama tanta os diera
que hubiera os de admirar la Europa entera.

Aquí el artista está, aquí Murillo,
mas ¿a dónde los lienzos, los pinceles,
do están las tintas que os transmitan fieles
las creaciones del joven mendiguillo?
Os halaga la fama, anheláis brillo,
os placen, españoles, los laureles
y dejáis perecer en todas partes
de miseria los genios y las artes.

¿Será preciso que el pintor sagrado
rompa sus venas, corte sus cabellos
y en la negra pared trace con ellos
una divina imagen por dechado,
para advertirte, pueblo abandonado
a la indolencia, en tus jardines bellos,
que sofocado en mísera pobreza
yace un germen allí de tu grandeza?

Genio es de bronce, el que a luchar contigo,
pueblo español, osado se levanta
si entre tus rudos brazos no quebranta
sus miembros y en la tumba da consigo.
¡Cuánto habrá de vencer ese mendigo:
antes que pueda alzar la imagen santa
de la Virgen que lleva en su memoria
del mundo admiración, de España gloria!

Tú, tú dejas, Iberia al gran Cervantes
perecer de miseria abandonado,
tú a la vecina Francia has regalado
los huesos de tus hijos más amantes;
tú, Iberia, no mereces las triunfantes
coronas, que tus héroes te han logrado;
vivos, morid los haces de despecho,
muertos, les niegas en tu campo un lecho.

Empero vence el genio, y a tu planta
sus obras pone y tu desdén perdona
que para ti, no más él ambiciona
los triunfos que ganó con pena tanta,
«coloca en el collar de tu garganta
ese brillante -dice- alta matrona,
y aunque olvides, ingrata, al colocarlo
que mi exislencia consumí en tallarlo».

Tú, lucha, y vence así, pobre mancebo,
labra esa joya más que España ostente,
que te desdeñe a ti; más, que presente
a la Europa su faz con brillo nuevo;
ni ambición de poder, ni de oro cebo
mueven, Murillo, tu entusiasmo ardiente,
tu genio, gran pintor, se eleva al cielo
y están oro y poder tocando al suelo.

Ya los de Italia con asombro admiran
del inspirado artista las creaciones,
ya en los templos reciben oblaciones
sus vírgenes que santo amor inspiran;
ya los franceses codiciosos miran
sus lienzos, y ya míseras pasiones
en torno se levantan de Murillo
ardiendo en sed de sofocar su brillo.

Del joven español la fama crece,
medra su celo al par de la fortuna
y una virgen, más bella que ninguna,
hoy en sus nuevos lienzos aparece;
el manto que en sus sienes resplandece
van va las pinceladas una a una
tendiendo airosamente por la espalda
y replegando en orlas a su falda.

Mucho estima el pintor la imagen bella
cuando perenne así desde la aurora
hasta que baja el sol, hora por hora,
sin descansar jamás, trabaja en ella;
halla Murillo en la hermosura aquella
hechizo y magia tal fascinadora
que hasta celoso por su virgen pura
no deja penetrar allí criatura.

Mas un pintor, que de la Italia vino,
del español pintor el arte alaba
y éste de aquella imagen que adoraba
mostrarle quiso el rostro peregrino;
y no advierte el mirar torvo y malino
con que el de Italia en él los ojos clava
cuando la dulce y virginal María
examinó con atención sombría.

Propicia está la noche, por lo oscura
del asesino a los siniestros pasos.
No hay luna y brillan en el cielo escasos
luceros, del nublado en la espesura;
si un crimen se medita, ésta es segura
noche para intentar horribles casos.
Sepultarán las sombras al que muera
y salvarán las sombras al que hiera.

Mirad allí de Nápoles al hijo,
lleno de ponzoñosa envidia y saña
como en la oscuridad, cual sombra extraña,
envuelto marcha con andar prolijo;
en su mano un puñal brillara fijo
si alumbrara de pronto el sol de España;
medita un golpe... de Murillo el pecho
osa amagar, y corre hasta su lecho.

En él reposa de fatiga tanta
de Murillo el espíritu cefrado
suspensa en la pared tiene a su lado
la hermosa imagen de su virgen santa,
y aun durmiendo a sus ojos se levanta,
como el sol al nacer, el rostro amado
que elevó su pincel desde el oriente
hasta el alto cenit resplandeciente.

Y tanto en el ensueño los sentidos
del sacro artista yacen embriagados
que no advierten los pasos recatados,
de un hombre que se acerca, sus oídos,
los triunfos de su genio esclarecidos
del de Italia en el alma están clavados
con odio tan profundo, de tal suerte,
que los viene a arrancar hoy con su muerte.

Camina poco a poco el asesino,
late con fuerza su anhelante pecho,
al borde llega del tranquilo lecho
y alza el puñal, con tan horrible tino,
que amaga traspasar en su camino
por la mitad del corazón derecho
tornando el sueño aquel, en un segundo,
en sueño más tranquilo y más profundo.

Mas, con el hierro en alto, de repente
inmóvil el feroz napolitano,
queda: las fuerzas faltan a su mano
y en sus venas la sangre helada siente...
En la oscura pared que tiene en frente
claro, como el lucero del verano,
el rostro de la Virgen de Murillo
surge alumbrado por su propio brillo.

Del centro de sus ojos se desprende
un fulgor diafanísimo y brillante
que ilumina el perfil de su semblante
y por sus formas célicas se extiende;
el rostro, el talle, el manto que desciende
hasta sus mismas plantas ondulante,
como por luna llena iluminados,
distínguense en el lienzo proyectados.

Suave matiz de purpurina rosa,
azul de lirio tenue y trasparente,
albo de frescos nardos tiñen frente
boca y mejillas de la madre hermosa;
mas hay una expresión tan dolorosa
de aquellos ojos en la llama hiriente
que hicieran deshacerse en tierno llanto
el corazón más duro, con su encanto.

Dulce reconvención, triste querella,
enojo maternal, piedad amante
muestra en el melancólico semblante
la santa y virginal figura aquella;
parece que a exhalar su boca bella
va una súplica amarga y penetrante,
parece que demanda a los cristianos
«¿hijos, por qué os odiáis si sois hermanos?»

Dobla el napolitano ambas rodillas,
entrambos brazos cruza humildemente
y ante la Virgen ora reverente
absorto en las celestes maravillas:
ruedan, por vez primera, en sus mejillas
gotas de arrepentido lloro ardiente,
y luego... silencioso y asombrado
huyóse de la estancia apresurado.

¡Duerme, sacro pintor, duerme en reposo
y al despertar mañana con la aurora
saluda a la hermosísima Señora
que ha velado tu sueño peligroso;
protégete su celo cariñoso,
dirígete su mano bienhechora
¡hasta dónde, Murillo, irá tu fama
siendo tu guía tan celeste dama!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Cantos De Una Doncella

Bella soy, bella soy; mi rostro encanta;
mejor que en el cristal en los semblantes
la copia miró de belleza tanta
reflejada en los ojos anhelantes:
paloma, flor, estrella, ángel y santa
me apellidan los hombres delirantes,
y de santa en el título obstinados
quisieron adorarme arrodillados.

En blondos rizos la melena mía,
en frescas rosas mi redonda cara,
en luz brillante, cual la luz del día,
de mis pupilas la negrura clara,
al contemplarme el bardo se extasía,
y si en mi boca por azar repara
perlas, corales, ambrosía, flores,
agota al ponderarme sus amores.

Yo me sonrío y me enamoran ellos:
ceñuda miro y con respeto callan,
ni el extremo a tocar de mis cabellos
osan los que a las fieras avasallan:
los cine de gran valor raros destellos
a la frente de ejércitos batallan,
a mi indignado gesto sometidos
bajan sus locos ojos confundidos.

Gran majestad, yo levanté mi trono
y de vasallos ciento al pueblo mío
con regia faz, con soberano tono
le señalé por leyes mi albedrío;
yo ya sé pronunciar un «os perdono»,
yo ya sé castigar con mi desvío,
porque es mi dignidad un Dios que ciega
al que a mirarle irreverente llega.

Risueña visto primorosa gala,
de flores ciño juvenil corona,
la suave esencia que mi cuerpo exhala
anuncia por los aires mi persona,
¿quién de mis triunfos el poder iguala?
Amor los corazones eslabona
que han de sufrir de mi rigor la pena
y se extiende a lo lejos su cadena.

Vienen al tribunal los tristes reos
y al revolver de mis severos ojos
yo les hago abjurar sus devaneos
cuando aplacar intentan mis enojos;
«callen —les digo— penas y deseos
y a ése que canta que a mis labios rojos
no les llame coral, porque es mentira,
pues al juzgarle ve que tiemblan de ira.

»Que mis dientes jamás en perlas funda
ni por espigas tome mi cabello
ni, por hacerme garza, moribunda
me deje al retorcer mi recto cuello;
que mi sencillo nombre no confunda
con el de maga, porque no es más bello,
y porque, al fin, si nombre no es judío
no es nombre tan cristiano como el mío».

Callo, y se aleja la ofendida gente
lanzando rencorosa una mirada
al tiempo que en saludo reverente
inclina la cabeza sofocada;
tal hace al sacudirse la serpiente
si la cabeza se sintió pisada...
La vil serpiente hace morir al hombre,
él hace más ¡infama nuestro nombre!
729
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Dónde Estáis, Consuelos De Mi Alma

¿A dónde estáis, consuelos de mi alma,
cantoras de esta edad, hermanas mías,
que os escucho sonar y nunca os veo,
que os llamo y no atendéis mi voz amiga?
¿A dónde estáis, risueñas y lozanas
juveniles imágenes queridas?...
Yo quiero veros, mi tristeza acrece
la soledad mi padecer irrita;
a darme aliento a mitigar mi pena
venid, cantoras, con las sacras liras.
He visto alguna vez que al cuerpo herido
flores que sanan con su jugo aplican,
de mi espíritu triste a la dolencia
yo le aplicara la amistad que alivia.
Flores, que la salud de pobre enferma
pudierais reanimar con vuestra vista,
¿por qué estáis de la tierra en el espacio,
colocadas tan lejos de mi vida?...
Ése es, cantoras, de infortunio el colmo,
ésa en el mundo la mayor desdicha;
sufrir el mal, adivinar remedio
y no lograrlo cuando el bien nos brinda.—
No he de lograrlo sola y olvidada,
como el espino en la ribera umbría,
de mi cariño las lozanas flores
lejos de la amistad caerán marchitas.
Nunca os veré; mi estrella indiferente
no marca en mi vivir grandes desdichas,
pero tampoco ¡ay Dios! grandes placeres,
tampoco venturosas alegrías.
¿Qué valen las desgracias si a sus horas
de tormentoso afán sigue la dicha?
Es menos bella la existencia, hermanas,
pálida, melancólica, indecisa;
que no tenga un azar de los que rinden
ni una felicidad de las que animan.
¡A Dios, auras de abril, rosas de mayo,
cantoras bellas de la patria mía!
Yo no puedo estrecharos en mis brazos,
yo no puedo besar vuestras mejillas;
pero al ardiente sol mando un suspiro
y a la luna, al lucero y a la brisa
para que allá, donde en la tierra os hallen,
lo lleven en sus alas fugitivas.
¿Qué dais, hermanas, de mi amor en pago?
Dadme canciones tiernas y sencillas
reflejo puro de las almas vuestras,
consuelo activo de las ansias mías;
y así podré exclamar «¡nunca las veo,
sin verlas moriré, mas logro oírlas!»
635
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Un Año Más

¡Un año más!... un año, Ángela mía,
y aún no ha mudado mi horizonte triste,
y de tan ancha tierra como existe
no he descubierto un palmo todavía;
¡un año más!... un año día tras día
lentos conté, y enero se reviste
de nuevo sol para ostentar mañana
su cabellera por los hielos cana.

Hija de Italia; tú que los jardines
de la reina del mundo has contemplado,
tú, que en su bello mar te has retratado
al buscar sus sirenas y delfines;
tú, que de España ahora en los confines
ves a ese mar, que yo nunca he mirado,
removiendo en su azul mil pabellones,
no puedes comprender mis ambiciones.

A veces de ese mar las conchas beso,
y si veo por dicha algún marino
la relación de su feliz camino
le escucho con tiernísimo embeleso,
y cuando cesa, doloroso peso
siento en el alma, al comparar mezquino
con tan soberbios gigantescos mares
el arroyo en que gimo mis cantares.

Los barcos de los pobres pescadores
son los buques que cruzan sus riberas,
los lienzos de las pobres lavanderas
los ricos estandartes brilladores;
y tan sólo a estos puertos salvadores
vienen, en vez de flotas extranjeras,
blancos gansos, luchando con la ola
y alguna gallareta errante y sola.

¿Has visto al topo que en la tierra hundido
preso en el hoyo se remueve a oscuras
y con la frente en las paredes duras
da cuando intenta ver el sol lucido?
Entre este viejo murallón roído,
yo soy el topo, que las luces puras
que en los alegres campos se reflejan
nunca estos muros contemplar me dejan.

Contra este muro donde puso escalas
el francés ambicioso y el britano
como sus vivas y rugientes balas
mi ardiente corazón se estrella en vano;
en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas
desde este torreón, que el africano
dejó, tal vez, en nombre de Mahoma
para nidos del búho y la paloma.

Aquí muere la flor de la poesía
antes que esponje el aura su capullo,
aquí se anega el sol del noble orgullo
antes que logre esclarecer al día,
aquí de la creadora fantasía
el manantial se agota sin murmullo,
aquí sólo el amor gigante crece
y ni se agota, apaga ni envejece,

Aquí frente por frente a las pasiones
en imponente lid nos encontramos,
y aquí, como Petrarca, eternizamos
del cariño ideal las ilusiones;
aquí en la soledad los corazones
en nuestro amor tan sólo concentramos
y aquí de la poetisa el vital giro
se puede reasumir en un suspiro.

¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,
y el doloroso incendio no se apaga,
y esta ansiedad devoradora y vaga
no se extingue en mi pecho todavía!...
Ángela, pues, tu voz sonora y pía
a tus hermanos ángeles halaga,
¡ruégales por que el sol del nuevo enero
ilumine la paz que ansiosa espero!

Yo tengo fe en el porvenir oscuro,
yo de engañarme en los recelos trato,
yo a la esperanza el corazón dilato
y bello siempre el porvenir auguro;
yo ser feliz en la ilusión procuro
contra el torrente del destino ingrato
y al ver del nuevo año, sol que brillas,
cruzo mis manos, doblo mis rodillas.

¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores
no a mí sola su ardor fecundo extiendan
que a las criaturas todas hoy comprendan
sus vivíficos sacros resplandores!
¡Que alivien la miseria y los dolores
de la España infeliz, que al pobre atiendan
y no pase con nuevos desengaños
un año más, unido a tantos años!
781
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Ángela

Ángela, melancólica mi alma
hacia tus brazos encamina el vuelo
ansiosa de encontrar en ellos calma.

Que, siempre son los ángeles del cielo
ésos que nos arrullan blandamente
y nos prestan reposo y dan consuelo.

Tú tienes una voz que el ruido miente
de las sencillas tórtolas, y el eco
del murmurar tranquilo de la fuente,

Y aunque en el pecho de inocencia seco
no halle lugar tan cándido sonido
halla en el mío dilatado hueco.

Si, yo mi juventud no he consumido,
conservo la ilusión y el sentimiento
y aun puedo al tierno amor prestar oído:

Ora célebre amor tu tierno acento,
ora te duelas dél, siempre te escucha
mi enternecido corazón atento.

Y si en el siglo de ambición y lucha
consuelo mutuamente no nos damos
de nuestras almas a la pena mucha,

Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
de nuestra musa juvenil llevamos?

De rosas y jazmines el cabello
te puedo coronar, sino ambiciosa
por ceñir el laurel doblas el cuello:

Yo quiero consagrar mi edad penosa
a celebrar las cándidas doncellas
que sólo en su amistad mi alma reposa;

Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
y en sus arpas dulcísimas y santas
el consuelo y la paz de mis querellas.

Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
a Dios ya los amores de mi vida
raudal perpetuo de emociones tantas.

Por eso ya sintiéndome abatida
el alma hacia tus brazos encamino
porque en ellos la des bella acogida.

Más precio yo tu arrullo peregrino
que de las trompas bélicas los sones
donde horribles batallas imagino,

Más precio yo, doncella, tus canciones
que los oscuros libros de la historia
donde jamás hallé sino borrones;

Más precio de amistad la suave gloria,
más de mis compañeros la sonrisa
que del mayor guerrero la victoria.

De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
cantan sobre los rudos encinares
mecidas en sus ramas por la brisa:

Así das tú compaña a mis pesares
aliento a un pecho lánguido infundiendo
con el celeste ardor de tus cantares...

Ya no sufro; mis párpados cayendo
a tu benigno influjo, dulce amiga,
poco a poco y mi espíritu adurmiendo
en tus brazos se van... ¡Dios te bendiga!
839
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Yo No Puedo Seguirte Con Mi Vuelo

Tú, huéspeda de villa populosa,
yo de valle pacífico vecina,
tú por allá viajera golondrina,
yo por aquí tortuga perezosa:
tú del jardín acacia deliciosa,
yo del arroyo zarza campesina,
¿qué indefinible, rara inteligencia
enlaza seres de tan varia esencia?

El entusiasmo que hacia ti me impele,
la dulce fe que hacia mi amor te guía,
disponen que en amiga compañía,
mi canto unido a tus acentos vuele;
mas yo no sé, paloma, si recele
que, al fin, he de quedar sola en la vía,
pues tal vas ascendiendo por el cielo,
que no puedo seguirte con mi vuelo.

Tú desde el centro de la regia villa
domeñas con la voz los corazones,
yo sólo alcanzo a modular canciones
en honor de la simple florecilla;
ve si el ala podrá, corta y sencilla,
de la alondra, ganar esas regiones
que traspasas, de sola una carrera,
dejando un cielo atrás la compañera.

Si mi ardoroso empeño a ti me envía,
de ti me aparta el genio que te eleva
y sola a conquistar la prez te lleva
que no osara tocar mi fantasía:
pero no temas, no, que el alma mía
de su destino a murmurar se atreva,
pues que suyo será el bello destino
de alfombrarte de flores el camino.

Mas, al fijar la perspicaz mirada
en esa sociedad, cuya existencia
ha menester de intérprete a la ciencia
para ser comprendida y revelada;
afligida sintiendo y fatigada,
acaso tu sencilla inteligencia,
rechazarás el mundo con enojos
y hacia mi valle tornarás los ojos.

¿Y qué hallarás?... La garza en la ribera
del fresno cuelga su morada umbría
y allí anhelante a sus polluelos cría
al par de la amorosa compañera.
Guardan los canes la familia entera
que a su lealtad valiente se confía,
y fiel a su república la abeja
hijos y fruto a la colmena deja.

¿Todas las madres son tan cariñosas
entre esa gente de la raza humana?
¿Custodias tiene la nación hispana
de sus honras y haciendas tan celosas?
¿Las vidas de los hombres generosas
conságranse a la patria soberana?
¿O entre brutos a súbditos y reyes
su instinto vale más que nuestras leyes?

Donde el arte no está, donde alterada
no hallamos la creación en sus hechuras,
no ha menester que tengan las criaturas
muy alta comprensión ciencia elevada;
para cantar del campo embelesada
las risueñas perfectas hermosuras,
basta de mi garganta el leve acento,
y sobra tu magnífico talento.

¿Qué bien hiciera aquí?... ¿dar a estos
seres
de paz y dicha y libertad lecciones?
¿Inspirar a las tórtolas pasiones
o a las hormigas enseñar deberes?...
Ve con tan noble empresa a las mujeres
que muestran los llagados corazones,
y de ese ardiente celo el bello fruto
dale a la humanidad, por buen tributo.

Deja que mis estériles canciones
mueran sobre este arroyo cristalino,
y sigue tú, paloma, ese camino
el vuelo remontando a otras regiones;
deja entre los agrestes pabellones
de la alondra perderse el vago trino:
y allá del grande pueblo en el altura,
difundan tus arrullos su dulzura.

Déjame a mí la gloria campesina,
brille en la sociedad tu bella ciencia
que allí a gloria mayor la providencia
tu corazón y tu saber destinas:
¡palpitante lección, viva doctrina
a la ignorancia y femenil demencia!
Serás, entre su especie degradada,
tipo de la mujer regenerada.
595
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Yo No Puedo Seguirte Con Mi Vuelo

Tú, huéspeda de villa populosa,
yo de valle pacífico vecina,
tú por allá viajera golondrina,
yo por aquí tortuga perezosa:
tú del jardín acacia deliciosa,
yo del arroyo zarza campesina,
¿qué indefinible, rara inteligencia
enlaza seres de tan varia esencia?

El entusiasmo que hacia ti me impele,
la dulce fe que hacia mi amor te guía,
disponen que en amiga compañía,
mi canto unido a tus acentos vuele;
mas yo no sé, paloma, si recele
que, al fin, he de quedar sola en la vía,
pues tal vas ascendiendo por el cielo,
que no puedo seguirte con mi vuelo.

Tú desde el centro de la regia villa
domeñas con la voz los corazones,
yo sólo alcanzo a modular canciones
en honor de la simple florecilla;
ve si el ala podrá, corta y sencilla,
de la alondra, ganar esas regiones
que traspasas, de sola una carrera,
dejando un cielo atrás la compañera.

Si mi ardoroso empeño a ti me envía,
de ti me aparta el genio que te eleva
y sola a conquistar la prez te lleva
que no osara tocar mi fantasía:
pero no temas, no, que el alma mía
de su destino a murmurar se atreva,
pues que suyo será el bello destino
de alfombrarte de flores el camino.

Mas, al fijar la perspicaz mirada
en esa sociedad, cuya existencia
ha menester de intérprete a la ciencia
para ser comprendida y revelada;
afligida sintiendo y fatigada,
acaso tu sencilla inteligencia,
rechazarás el mundo con enojos
y hacia mi valle tornarás los ojos.

¿Y qué hallarás?... La garza en la ribera
del fresno cuelga su morada umbría
y allí anhelante a sus polluelos cría
al par de la amorosa compañera.
Guardan los canes la familia entera
que a su lealtad valiente se confía,
y fiel a su república la abeja
hijos y fruto a la colmena deja.

¿Todas las madres son tan cariñosas
entre esa gente de la raza humana?
¿Custodias tiene la nación hispana
de sus honras y haciendas tan celosas?
¿Las vidas de los hombres generosas
conságranse a la patria soberana?
¿O entre brutos a súbditos y reyes
su instinto vale más que nuestras leyes?

Donde el arte no está, donde alterada
no hallamos la creación en sus hechuras,
no ha menester que tengan las criaturas
muy alta comprensión ciencia elevada;
para cantar del campo embelesada
las risueñas perfectas hermosuras,
basta de mi garganta el leve acento,
y sobra tu magnífico talento.

¿Qué bien hiciera aquí?... ¿dar a estos
seres
de paz y dicha y libertad lecciones?
¿Inspirar a las tórtolas pasiones
o a las hormigas enseñar deberes?...
Ve con tan noble empresa a las mujeres
que muestran los llagados corazones,
y de ese ardiente celo el bello fruto
dale a la humanidad, por buen tributo.

Deja que mis estériles canciones
mueran sobre este arroyo cristalino,
y sigue tú, paloma, ese camino
el vuelo remontando a otras regiones;
deja entre los agrestes pabellones
de la alondra perderse el vago trino:
y allá del grande pueblo en el altura,
difundan tus arrullos su dulzura.

Déjame a mí la gloria campesina,
brille en la sociedad tu bella ciencia
que allí a gloria mayor la providencia
tu corazón y tu saber destinas:
¡palpitante lección, viva doctrina
a la ignorancia y femenil demencia!
Serás, entre su especie degradada,
tipo de la mujer regenerada.
595
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Flor Del Agua

¿Por qué tiembla? —No lo sabe.
¿Qué aguarda en el lago? —Nada.—
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.

Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.

Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.

¡Ya se inunda!... ¡Ya se eleva!...
¡Ya la corriente la traga!...
¡Ya navega... ya naufraga!
¡Ya se salva... ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!...
¡Ya de nuevo sobre-nada
en el agua que la hundió!...

Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.

Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.

Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.

Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.

Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!...

¿Cuál es tu barca? —Una lira.
—¿Qué traes en ella? —Sonidos.
—¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.

¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.

¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? —Amores—.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son... nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,

Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.—

¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?...
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.

Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;

Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.
901
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Lidia

Error, mísero error, Lidia, si dicen
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.

¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!

Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.

Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.

Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;

Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.

¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.

Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.

«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos
ultrajes!

¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.

¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?

¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?

No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.

Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.

Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.

Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.

¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!

No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos...

Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
823
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Cantad, Hermosas

Las que sintáis, por dicha, algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
oíd: no injustamente
su inspiración naciente
sofoquéis en la joven fantasía.

Si en el pasado siglo intimidadas
las hembras desdichadas,
ahogaron entre lágrimas su acento,
no es en el nuestro mengua,
que en alta voz la lengua
revele el inocente pensamiento.

Do entre el escombro de la edad caída,
aun la voz atrevida,
suena, tal vez, de intolerante anciano,
que en áspera querella
rechaza de la bella
el claro ingenio, cual delirio insano.

Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza
quien el recuerdo alcanza
de la edad en que al alma femenina
se negaba el acento,
que puede, por el viento,
libre exhalar la humilde golondrina?

Aquellas mudas turbas de mujeres,
que penas y placeres
en silencioso tedio consumían,
ahogando en su existencia
su viva inteligencia,
su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!

¡Cuál de su pensamiento la corriente,
cortada estrechamente
por el dique de bárbaros errores,
en pantano reunida,
quedara corrompida
en vez de fecundar campos de flores!

¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
postrado sin aliento,
en esos bellos cuerpos juveniles,
feneció, tristemente,
miserable y doliente-,
desecado en la flor de los abriles!

¡Gloria a los hombres de alma generosa,
que la prisión odiosa
rompen del pensamiento femenino!
gloria a la estirpe clara
que nos guía y ampara
por nuevo anchurosísimo camino!

Lágrimas de entusiasmo agradecidas,
en sus manos queridas,
viertan los ojos en ofrenda pura:
pues, sólo con dejarnos,
cantando consolarnos
nos quitan la mitad de la tristura.

¡Oh cuánto es más dichosa el alma mía,
desde que al arpa fía
sus hondos concentrados sentimientos!
¡Oh cuánto alivio alcanzo,
desde que al aire lanzo,
con expansión cumplida, mis acentos!

Yo de niña en mi espíritu sentía
vaga melancolía
de secreta ansiedad, que me agitaba;
mas, al romper mi canto,
cien veces, con espanto,
en la mente infantil lo sofocaba.

Que entonces, en mi tierra, parecía
la sencilla poesía
maléfica serpiente cuyo aliento
dicen, que marchitaba
a la joven que osaba
su influjo percibir sólo un momento.

¿Cómo a la musa ingenua y apacible,
bajo el disfraz terrible,
con que falsa nos muestra antigua gente
su cándida hermosura,
pudiera sin pavura
conocer y adorar antes la mente?

¡Qué rara maravilla y que alegría
sintió mi fantasía
cuando mudada vio la sierpe fiera
en niña mansa y pura,
tan llena de ternura,
que no hay otra más dulce compañera!

¡Cuál mi embeleso fije, cuando a su lado
mi espíritu mimado
y en su inocente halago suspendido,
suavísimas las horas
tras de voces sonoras,
pasó vagando en venturoso olvido!

Decid a los que el odio en ella ensañan,
que viles os engañan
esa deidad al calumniar osados;
decidles, que no es ella
la que infunde a la bella
afectos en el alma depravados.

Si brota en malos troncos injertada
será porque arrancada
del primitivo suelo con violencia
de la rarna en que vive,
a su pesar recibe
el venenoso jugo su existencia.

Empero, no esa flor alba y hermosa
aroma perniciosa
de la doncella ofrece a los sentidos,
a los que tal dijeron,
decidles que mintieron
como necios y torpes y atrevidos.

Y aquéllas que sintáis algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
llegad tranquilamente,
y en su altar inocente
rendid vuestro homenaje de armonía.

Hallen los pensamientos oprimidos,
que ulceran los sentidos,
giro en la voz y en nuestras almas, ecos,
si con silencio tanto
de ese mudo quebranto
los corazones ya no tenéis secos.

Cántenos su infortunio cada bella,
que si la pena de ella
penetra con su ciencia, acaso, el mundo,
mejor que los doctores
explica sus dolores
con agudo gemir, el moribundo.

Dichas, amores, penas, alegrías,
lloros, melancolías,
trovad, al son de plácidos laúdes,
mas ¡ay de la cantora
que a esa región sonora
suba sin inocencia y sin virtudes!

Pues, en vez de quedar su vida impura
bajo de losa oscura
en silencioso olvido sepultada,
con su genio y su gloria,
de su perversa historia
eterno hará el baldón, la desdichada.

Cante la que mostrar la erguida frente
pueda serenamente
sin mancilla a la luz clara del cielo;
cante la cine a este mundo
de maldades fecundo
venga con su bondad a dar consuelo.

Cante, la que en su pecho fortaleza
para alzar con pureza
su espíritu al excelso templo, halle:
pero, la indigna dama
huya la eterna fama,
devore su ambición, se oculte y calle.
696
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Cantad, Hermosas

Las que sintáis, por dicha, algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
oíd: no injustamente
su inspiración naciente
sofoquéis en la joven fantasía.

Si en el pasado siglo intimidadas
las hembras desdichadas,
ahogaron entre lágrimas su acento,
no es en el nuestro mengua,
que en alta voz la lengua
revele el inocente pensamiento.

Do entre el escombro de la edad caída,
aun la voz atrevida,
suena, tal vez, de intolerante anciano,
que en áspera querella
rechaza de la bella
el claro ingenio, cual delirio insano.

Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza
quien el recuerdo alcanza
de la edad en que al alma femenina
se negaba el acento,
que puede, por el viento,
libre exhalar la humilde golondrina?

Aquellas mudas turbas de mujeres,
que penas y placeres
en silencioso tedio consumían,
ahogando en su existencia
su viva inteligencia,
su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!

¡Cuál de su pensamiento la corriente,
cortada estrechamente
por el dique de bárbaros errores,
en pantano reunida,
quedara corrompida
en vez de fecundar campos de flores!

¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
postrado sin aliento,
en esos bellos cuerpos juveniles,
feneció, tristemente,
miserable y doliente-,
desecado en la flor de los abriles!

¡Gloria a los hombres de alma generosa,
que la prisión odiosa
rompen del pensamiento femenino!
gloria a la estirpe clara
que nos guía y ampara
por nuevo anchurosísimo camino!

Lágrimas de entusiasmo agradecidas,
en sus manos queridas,
viertan los ojos en ofrenda pura:
pues, sólo con dejarnos,
cantando consolarnos
nos quitan la mitad de la tristura.

¡Oh cuánto es más dichosa el alma mía,
desde que al arpa fía
sus hondos concentrados sentimientos!
¡Oh cuánto alivio alcanzo,
desde que al aire lanzo,
con expansión cumplida, mis acentos!

Yo de niña en mi espíritu sentía
vaga melancolía
de secreta ansiedad, que me agitaba;
mas, al romper mi canto,
cien veces, con espanto,
en la mente infantil lo sofocaba.

Que entonces, en mi tierra, parecía
la sencilla poesía
maléfica serpiente cuyo aliento
dicen, que marchitaba
a la joven que osaba
su influjo percibir sólo un momento.

¿Cómo a la musa ingenua y apacible,
bajo el disfraz terrible,
con que falsa nos muestra antigua gente
su cándida hermosura,
pudiera sin pavura
conocer y adorar antes la mente?

¡Qué rara maravilla y que alegría
sintió mi fantasía
cuando mudada vio la sierpe fiera
en niña mansa y pura,
tan llena de ternura,
que no hay otra más dulce compañera!

¡Cuál mi embeleso fije, cuando a su lado
mi espíritu mimado
y en su inocente halago suspendido,
suavísimas las horas
tras de voces sonoras,
pasó vagando en venturoso olvido!

Decid a los que el odio en ella ensañan,
que viles os engañan
esa deidad al calumniar osados;
decidles, que no es ella
la que infunde a la bella
afectos en el alma depravados.

Si brota en malos troncos injertada
será porque arrancada
del primitivo suelo con violencia
de la rarna en que vive,
a su pesar recibe
el venenoso jugo su existencia.

Empero, no esa flor alba y hermosa
aroma perniciosa
de la doncella ofrece a los sentidos,
a los que tal dijeron,
decidles que mintieron
como necios y torpes y atrevidos.

Y aquéllas que sintáis algún destello
del numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
llegad tranquilamente,
y en su altar inocente
rendid vuestro homenaje de armonía.

Hallen los pensamientos oprimidos,
que ulceran los sentidos,
giro en la voz y en nuestras almas, ecos,
si con silencio tanto
de ese mudo quebranto
los corazones ya no tenéis secos.

Cántenos su infortunio cada bella,
que si la pena de ella
penetra con su ciencia, acaso, el mundo,
mejor que los doctores
explica sus dolores
con agudo gemir, el moribundo.

Dichas, amores, penas, alegrías,
lloros, melancolías,
trovad, al son de plácidos laúdes,
mas ¡ay de la cantora
que a esa región sonora
suba sin inocencia y sin virtudes!

Pues, en vez de quedar su vida impura
bajo de losa oscura
en silencioso olvido sepultada,
con su genio y su gloria,
de su perversa historia
eterno hará el baldón, la desdichada.

Cante la que mostrar la erguida frente
pueda serenamente
sin mancilla a la luz clara del cielo;
cante la cine a este mundo
de maldades fecundo
venga con su bondad a dar consuelo.

Cante, la que en su pecho fortaleza
para alzar con pureza
su espíritu al excelso templo, halle:
pero, la indigna dama
huya la eterna fama,
devore su ambición, se oculte y calle.
696
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

771
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Muerte De Lista

Ignorada de sí yazga mi mente

y muerto mi sentido;

empapa el ramo para herir mi frente

en las tranquilas aguas del Olvido.
LISTA



No le lloréis, amigos, ese canto,

himno de gloria al sueño de la muerte,

era la inspiración del alma fuerte

de aquel varón tan apacible y santo;

ya fatigado de enseñaros tanto,

y ya sintiendo su entusiasmo inerte,

quiso muriendo de su yerto labio

la postrera lección daros el sabio.


Todas las ciencias del saber tenía

menos la de la muerte el docto anciano,

y quiso penetrar en ese arcano

por completar su gran sabiduría;

ya el misterio sabrá de la agonía,

el fin conocerá del ser humano,

y si a la gloria remontó su vuelo,

ya habrá medido la extensión del ciclo.


Y ya del sol el punto culminante,

y del planeta dócil a su mando

sabrá cómo en sus órbitas girando

van por el cielo en rotación constante;

y ya desde Poniente hasta Levante

en la extendida tierra meditando,

«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño

pude estudiar en mundo tan pequeño?»


El eje aquel del globo entre los hielos

que su mente en las noches fatigaba,

ya de cierto sabrá cómo se clava

para que ruede firme por los cielos;

y ya se habrán calmado sus desvelos

cuando su vista perseguir sin traba

pueda en la inmensidad, y por la cumbre

del sol llegar hasta su misma lumbre...


Ya sabrá si la aurora enrojecida

que a visitar su tumba anoche vino,

de otra desgracia al mundo prevenida

es el augurio cierto del destino;

y si es no más la ráfaga lucida

que deja el rayo del mirar divino,

cuando entre sombras, nubes y misterio

traspasa alguna vez nuestro hemisferio.


Y sabrá por qué vienen los cometas

al ignorante mundo a dar espanto,

y si en el cielo por celeste encanto

desterrados están de otros planetas,

o si del orbe son grandes profetas

que se aparecen entre sangre y llanto

por cima de las míseras ciudades

sólo para anunciar calamidades.


Y sabrá do se forma la corriente

que por las noches en el cielo vago

parécenos de fuego extenso lago

o de luceros río transparente;

y de la luz la primitiva fuente,

la del diluvio, de espantoso estrago

y el origen, la historia y la fortuna

¡¡de la estrella polar hasta la luna!!


¡Ah! ¡si pudiera el inmortal maestro

discípulos queridos y mimados,

tantos nuevos problemas aclarados

desde su mundo transmitir al nuestro!

¡Ah! ¡si la nueva ciencia, el nuevo estro

y los nuevos misterios de los hados,

ocultos al saber de la criatura,

pudiera revelar desde su altura!


Atentos en el valle los oídos

a sus doctas palabras, siempre amigas,

como al viento flexibles las espigas,

doblarais vuestras frentes conmovidos;

y él, mostrando los frutos escondidos

que arrancaron del arte sus fatigas,

nutriera vuestros jóvenes talentos

de sabrosos y dulces pensamientos.


Yo nunca le escuché; nunca la sombra

de mi ignorancia disipó su ciencia;

¡nunca yo, solitaria en mi existencia

hallé a ese sabio que la fama nombra!

Mientras os daba en la campestre alfombra

sus lecciones sonoras de cadencia,

yo, sola por mi valle, no escuchaba

más que a la pobre alondra que trinaba.


Yo nunca le escuché, nunca mi mente

esclareció su antorcha luminosa...

mas recibí la bendición piadosa

que por última vez dio a nuestra frente.

El templo de los hijos del Oriente,

donde el cadáver de Colón reposa,

fue el templo en que nos dio su despedida

dejando nuestra frente bendecida.


Luego en la cuna del glorioso Herrera

dicen que reposar quiso el anciano

blando arrullo le presta esa ribera

para adormirlo en el florido llano;

¡no le lloréis, amigos! ¡yo quisiera

tan tranquila dormir! ¡tener cercano

así mi lecho del hermoso río

que arrullara también el sueño mío!


Yo quisiera también cerrar mis ojos,

cerrar mis ojos a la tierra oscura,

abrirlos a la luz del cielo pura,

al sol brillante, a los luceros rojos;

cerrarlos de la vida a los enojos,

abrirlos de la gloria a la ventura,

¡dormir cuando nos dicen que vivimos,

despertar cuando dicen que morimos!


Yo no derramo lágrimas piadosas

por el que asciende a la feliz morada,

que allí quisiera verme regalada

por su ambiente purísimo de rosas;

las lágrirnas que vierto dolorosas

son ¡ay! porque me quedo desterrada

a sufrir cual vosotros el castigo

de padecer aquí sin nuestro amigo.


Badajoz, 1849

771
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Alfonso De Lamartine

Libre será la voz, fuerte el aliento;
sonoro el instrumento
que vuestro canto, Alfonso, han sostenido,
cuando torpe y doliente
la humanidad presente
al inaudito son se ha conmovido.

De pueblo en pueblo, hasta el confín de España
llegó la voz extraña,
de ese mi pobre valle, nunca oída,
y aun del valle tranquilo
en el oscuro asilo
con entusiasmo ardiente fue acogida.

Poco de claras letras entendemos
las hembras que nacemos
en el rincón, sin luz, de humilde villa;
y poco nos cuidamos
de ésos que no estudiamos
volúmenes de Francia o de Castilla.

Tardo, como de sordos, el oído
apenas el sonido
del agudo talento ¡ay! nos alcanza;
y turbios nuestros ojos
ven siempre con enojos
las luces del saber, en lontananza.

Postrado el femenil entendimiento
en hondo abatimiento
las vidas silenciosas consumimos;
ajenas a la fama
con que la tierra aclama
los sabios cuyas lenguas no entendimos.

Mas, una rara historia desdoblamos
en cuyo centro hallamos
impresos nuestros propios corazones,
y ansiosas, palpitantes;
con ojos anhelantes
cruzamos, sin descanso, sus renglones.

De lágrimas, Señor, la vena rota
vierais, gota por gota
las páginas bañar de vuestro escrito:
las almas inflamadas
vierais arrebatadas,
de gratitud, alzarse al infinito.

Vos solo revelasteis sentimientos
que nunca los acentos
de nuestros pechos modular osaron:
sólo en los labios vuestros
los infortunios nuestros
hoy sus fieles intérpretes hallaron.

¡Cuánto sabéis de penas femeninas!
¡Cuán puras y argentinas
corrientes de palabras generosas,
tierno y profundo sabio,
manan de vuestro labio
y alivian nuestras almas fatigosas.

La escala de las penas de la vida
tan larga y tan sentida,
habéis en nuestra historia recorrido,
y con distintos sones
todos los corazones
vibrando fuertemente han respondido.

Dicen que explica para docta gente
política eminente
de vuestro libro la preciosa historia:
dicen, que en las naciones
turbulentas pasiones
se levantan en torno a vuestra gloria.

Rudas, señor, y frívolas mujeres,
de los ilustres seres
los encumbrados juicios no alcanzamos;
pero las almas puras
de las buenas criaturas
mil votos por instinto os consagramos.

Os alaben los pueblos oprimidos
porque habéis sus gemidos
con soberano esfuerzo levantado,
y humíllense en la tierra
los que movieron guerra
al valiente pendón que hais tremolado.

La patria que en sus ínclitos blasones
muestra Napoleones,
láurea corona en vuestra sien suspenda;
mas, permitid que os lleve,
Señor, aunque tan leve,
el arpa femenil, su justa ofrenda.

¿Pues no somos también seres humanos?
¿No son nuestros hermanos
los que osáis ahogar por nuestras vidas?
¿No debemos cantaros
y las manos bañaros,
de lágrimas, señor, agradecidas...?

Suban entre el ferviente clamoreo
del aplauso europeo
nuestros votos también a vuestro oído,
como sube al ambiente
con la voz del torrente
el trino de la alondra confundido.

Hoy estamos del mundo en las regiones
hembras, niños, varones,
a general concierto convocados,
caiga perpetua mengua
sobre aquél cuya lengua
por vos no rompa en himnos acordados.

Del femenino coro aun el acento
embarga el sentimiento,
ya cantaros, Señor, vengo yo sola;
oídme con dulzura,
que es verdadera y pura
la ardiente bendición de una española.

Vos sois francés; la Francia os merecía;
pero no es patria mía,
y al ensalzar vuestro glorioso nombre
añado tristemente:
¡Oh Dios omnipotente!
¿Por qué no es español tan grande hombre?
608
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Rioja

Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.

Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.

Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.

El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.

Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.

Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.

Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.

Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.

¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!

Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.

No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.

Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.

¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?

Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.

El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.

¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:

Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.

Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.

Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.

Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.

Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.

Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.

Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
651
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Rioja

Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.

Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.

Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.

El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.

Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.

Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.

Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.

Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.

¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!

Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.

No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.

Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.

¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?

Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.

El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.

¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:

Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.

Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.

Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.

Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.

Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.

Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.

Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
651
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Rioja

Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.

Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.

Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.

El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.

Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.

Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.

Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.

Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.

¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!

Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.

No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.

Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.

¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?

Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.

El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.

¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!...:

Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.

Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.

Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.

Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.

Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.

Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.

Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
651
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Larra

¿Qué voz, pobre Mariano,
de mofa, de sarcasmo de amargura,
al que le ofrezco humano
recuerdo de ternura,
darás riendo en tu morada oscura?

Si la mujer que llora
fue blanco del rigor de tu garganta,
¿qué pensarás ahora
de la mujer que canta
¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?

Al ver a la poetisa
tú contemplaras su cabeza atento,
y entre cruel sonrisa
prorrumpiera tu acento:
«Aquí yacen el juicio y el talento».

Porque estás muerto canto:
vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo
diérame tal espanto,
que no osara del suelo
mi lira levantarse de recelo.

¿Qué digo? En este instante
juzgo escuchar desde el profundo hueco
tu voz agria y punzante,
que aun en tu labio seco
para rasgar las almas tiene un eco.

«—Mujer ¿a qué has venido?
Al romántico yugo sujetada.
¿Ensayas tu gemido
en mi tumba olvidada
por ser luego del mundo celebrada?

»El nombre de Mariano
¿es que presta sonoro consonante
a tu numen profano,
o vienes insultante
a escarnecer aun mi sombra errante?»

—¡Ateo desgraciado!
¡Víbora de las bellas ilusiones!
¡Genio desesperado!
¡Que al mundo no perdones
ni aun las que eleva a ti santas canciones!

Vengo piadosa y triste
no a escarnecer tu nombre, respetado
aun luego que moriste
vengo, escritor amado,
el libro a agradecer que nos has dado.

Si fue como tu vida
horrible tu morir, de Dios es cuenta,
tu historia dolorida
dos páginas presenta,
una que el mundo aplauda, otra que sienta.

Lástima para el hombre,
corona para el genio esclarecido,
yo al invocar tu nombre
al criminal olvido
para cantar al escritor querido.

Mira si el mundo es bueno,
que en tu risueña pluma a las criaturas
nos da hiel y veneno,
y nuestras bocas puras
gracias te dan por tales amarguras.

La risa convulsiva
en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,
¡oh guadaña festiva!
y en pago a pena tanta
mira si el mundo es bueno, que aún te canta.

Pero de nuevo suena
a interrumpir mi voz tu voz burlona.
«Engañosa sirena,
guárdate esa corona
que ofrece el mundo necio a mi persona.

»Sírvate de prendido,
que más le cuadra a tu cabeza lisa
que a mi cráneo partido,
coronas que mi risa
excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»

—¡Oh! basta, adiós, poeta,
pues desdeñas mi ofrenda de armonía;
hasta en la tumba quieta
tu genio desconfía,
¡hielas la pobre flor de mi poesía!

¡Que en los ángeles crea
quien duda así de los humanos seres;
que del cielo te sea
la gloria que tuvieres
mas grata que del mundo los placeres!
728
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Larra

¿Qué voz, pobre Mariano,
de mofa, de sarcasmo de amargura,
al que le ofrezco humano
recuerdo de ternura,
darás riendo en tu morada oscura?

Si la mujer que llora
fue blanco del rigor de tu garganta,
¿qué pensarás ahora
de la mujer que canta
¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?

Al ver a la poetisa
tú contemplaras su cabeza atento,
y entre cruel sonrisa
prorrumpiera tu acento:
«Aquí yacen el juicio y el talento».

Porque estás muerto canto:
vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo
diérame tal espanto,
que no osara del suelo
mi lira levantarse de recelo.

¿Qué digo? En este instante
juzgo escuchar desde el profundo hueco
tu voz agria y punzante,
que aun en tu labio seco
para rasgar las almas tiene un eco.

«—Mujer ¿a qué has venido?
Al romántico yugo sujetada.
¿Ensayas tu gemido
en mi tumba olvidada
por ser luego del mundo celebrada?

»El nombre de Mariano
¿es que presta sonoro consonante
a tu numen profano,
o vienes insultante
a escarnecer aun mi sombra errante?»

—¡Ateo desgraciado!
¡Víbora de las bellas ilusiones!
¡Genio desesperado!
¡Que al mundo no perdones
ni aun las que eleva a ti santas canciones!

Vengo piadosa y triste
no a escarnecer tu nombre, respetado
aun luego que moriste
vengo, escritor amado,
el libro a agradecer que nos has dado.

Si fue como tu vida
horrible tu morir, de Dios es cuenta,
tu historia dolorida
dos páginas presenta,
una que el mundo aplauda, otra que sienta.

Lástima para el hombre,
corona para el genio esclarecido,
yo al invocar tu nombre
al criminal olvido
para cantar al escritor querido.

Mira si el mundo es bueno,
que en tu risueña pluma a las criaturas
nos da hiel y veneno,
y nuestras bocas puras
gracias te dan por tales amarguras.

La risa convulsiva
en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,
¡oh guadaña festiva!
y en pago a pena tanta
mira si el mundo es bueno, que aún te canta.

Pero de nuevo suena
a interrumpir mi voz tu voz burlona.
«Engañosa sirena,
guárdate esa corona
que ofrece el mundo necio a mi persona.

»Sírvate de prendido,
que más le cuadra a tu cabeza lisa
que a mi cráneo partido,
coronas que mi risa
excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»

—¡Oh! basta, adiós, poeta,
pues desdeñas mi ofrenda de armonía;
hasta en la tumba quieta
tu genio desconfía,
¡hielas la pobre flor de mi poesía!

¡Que en los ángeles crea
quien duda así de los humanos seres;
que del cielo te sea
la gloria que tuvieres
mas grata que del mundo los placeres!
728
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Larra

¿Qué voz, pobre Mariano,
de mofa, de sarcasmo de amargura,
al que le ofrezco humano
recuerdo de ternura,
darás riendo en tu morada oscura?

Si la mujer que llora
fue blanco del rigor de tu garganta,
¿qué pensarás ahora
de la mujer que canta
¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?

Al ver a la poetisa
tú contemplaras su cabeza atento,
y entre cruel sonrisa
prorrumpiera tu acento:
«Aquí yacen el juicio y el talento».

Porque estás muerto canto:
vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo
diérame tal espanto,
que no osara del suelo
mi lira levantarse de recelo.

¿Qué digo? En este instante
juzgo escuchar desde el profundo hueco
tu voz agria y punzante,
que aun en tu labio seco
para rasgar las almas tiene un eco.

«—Mujer ¿a qué has venido?
Al romántico yugo sujetada.
¿Ensayas tu gemido
en mi tumba olvidada
por ser luego del mundo celebrada?

»El nombre de Mariano
¿es que presta sonoro consonante
a tu numen profano,
o vienes insultante
a escarnecer aun mi sombra errante?»

—¡Ateo desgraciado!
¡Víbora de las bellas ilusiones!
¡Genio desesperado!
¡Que al mundo no perdones
ni aun las que eleva a ti santas canciones!

Vengo piadosa y triste
no a escarnecer tu nombre, respetado
aun luego que moriste
vengo, escritor amado,
el libro a agradecer que nos has dado.

Si fue como tu vida
horrible tu morir, de Dios es cuenta,
tu historia dolorida
dos páginas presenta,
una que el mundo aplauda, otra que sienta.

Lástima para el hombre,
corona para el genio esclarecido,
yo al invocar tu nombre
al criminal olvido
para cantar al escritor querido.

Mira si el mundo es bueno,
que en tu risueña pluma a las criaturas
nos da hiel y veneno,
y nuestras bocas puras
gracias te dan por tales amarguras.

La risa convulsiva
en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,
¡oh guadaña festiva!
y en pago a pena tanta
mira si el mundo es bueno, que aún te canta.

Pero de nuevo suena
a interrumpir mi voz tu voz burlona.
«Engañosa sirena,
guárdate esa corona
que ofrece el mundo necio a mi persona.

»Sírvate de prendido,
que más le cuadra a tu cabeza lisa
que a mi cráneo partido,
coronas que mi risa
excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»

—¡Oh! basta, adiós, poeta,
pues desdeñas mi ofrenda de armonía;
hasta en la tumba quieta
tu genio desconfía,
¡hielas la pobre flor de mi poesía!

¡Que en los ángeles crea
quien duda así de los humanos seres;
que del cielo te sea
la gloria que tuvieres
mas grata que del mundo los placeres!
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