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Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Quintana

Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía
tu corazón no ansía
el nombre oír que la memoria encierra
de los pasados años?
¿O a tu memoria extraños
serán ya los recuerdos de tu tierra?

Yo, Señor, que heredé de mis abuelos
un libro de consuelos
obra de tu lozana fantasía,
cuando eras mozo o niño,
tengo mucho cariño
al buen cantor de la comarca mía.

Siempre al pasar cercana de tus lares
recordé tus cantares,
y otras veces al margen del Guadiana
medité dulcemente
en la gloria eminente
que a nuestro pueblo consagró Quintana.

¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda
que, aun cuando ansiosa acuda,
en la ciencia a estudiar de tus escritos
las brillantes lecciones,
no logro en mis canciones
remedar tus acentos infinitos?

Mas ¡qué mucho! las artes lentamente
vienen, cual la corriente,
del manantial sereno del Ruidera
a visitar los muros
solitarios y oscuros
de esta ciudad de España la postrera.

No se pule el salvaje entendimiento
del campesino acento
entre el tosco rumor; y la poesía
levanta su cabeza,
entre tanta aspereza,
como una planta estéril y bravía...

¿Qué nuevas te daré que a tu celoso
patrio entusiasmo hermoso
por la fama y el bien de nuestro suelo
alegren placenteras,
si antes que estas riberas
pienso, Quintana, que se mude el cielo?

Si las vastas encinas del contorno,
solo y agreste adorno
de estos valles, tal vez, contado hubieras,
al despedirte de ellos
en tus abriles bellos,
esas propias hallaras, si hoy volvieras.

Los arraigados juncos de este río
bajo el mismo rocío
con que la espuma, al salpicar, los baña,
medran tranquilamente
sin que del hombre intente
otros sauces plantar la mano extraña.

Y aun hay de tierra vírgenes pedazos
donde jamás los brazos
del colono feliz su fuerza emplean,
y hay fuentes, manantiales
sin guía y sin brocales
cuyos hilos se pierden y se orean...

Más aprisa se mueve la tortuga;
menos tarda la oruga
su bella metamorfosis presenta
en esta tierra, Quintana,
un solo paso gana
de su cultura en la carrera lenta.

Empero un solo nombre hay en el mundo
que del sueño profundo
a este pueblo pacífico levanta
y lo agita, lo enciende,
cuando extático entiende
la nota fiel de esta palabra santa.

Grítale «Libertad» verás leones:
que vengan las naciones
a esclavizar a la soberbia España,
y será de este otero
cada azadón grosero
hacha incansable en la mortal campaña.

¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,
fuera el último asilo
de aquella libertad apetecida
que, aunque no entiendo de ella,
debe de ser muy bella
cuando es tan ponderada y tan querida.

Tú la llamaste flor en tus cantares;
¡en la tierra y los mares
cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?
¡Hoy por lo solitaria
Será la pasionaria
o la viuda negra y sin olores!

Negra e inodora fue para los míos
cuyos años sombríos
vagando tras sus pétalos tronchados,
con pertinaz constancia,
las horas de mi infancia
y triste juventud han amargado...

No la aborrezco, no, me espanta
esa costosa planta
que nuestro llanto bebe por rocío:
más fruto y menos penas
me dan las azucenas
que en mi puerto florecen en estío.

¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra
nuevo huracán de guerra
esa flor que inspiró tus armonías:
siquiera porque ha sido
la que más ha lucido
en tu guirnalda eterna de poesías!
536
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Espronceda

A LOS POETAS


A la Excma. señora marquesa de Monsalud y vizcondesa de San Salvador.


ESPRONCEDA


Rompió el divino sol por Oriente,

engalanado en nuevos resplandores,

hervía el prado en olorosas flores,

rebosaba en perfumes el ambiente,

trinaba el ruiseñor más dulcemente,

acrecentaba el agua sus rumores,

de nuestro pueblo humilde el pavimento

retemblaba aguardando algún portento.


De tu palacio antiguo, solo, oscuro,

en el rincón de la olvidada villa

surgió voz melancólica y sencilla,

como de niño tierno acento puro;

así el lloro dulcísimo figuro

del infante Ossián cabe la orilla

de la ruda Albión cuando nacía

como el bello Espronceda a luz del día.


Aquí al genio brillante de la España

plugo elegir su refulgente cuna,

por hacernos rivales en fortuna

con el Morven feliz de la Bretaña.

¿Quién la villa estrechísima que baña

por todo mar y arroyo una laguna,

y por muro y jardín cerca un sembrado

sin Espronceda hubiera recordado?


Ese cantor del sol tal vez al cielo,

Espíritu sin cuerpo, le pedía

ver la primera luz del claro día

del gran Cortés en el fecundo suelo;

y Dios tal vez al prematuro anhelo

del alma de Espronceda concedía

en raudal de talento transformado

el valor de Cortés nunca igualado.


Así brotó, cundió como los ríos,

como los mares se ensanchó en la tierra;

tempestad en amor, trueno en la guerra

fueron sus cantos bravos y sombríos;

¡Oh! si elevara sus acentos píos

a Dios loando el que blasfema aterra,

profeta de este siglo desgraciado

le volviera la fe que le han robado.


Destemplaron las cuerdas de su lira

los duros vicios, al rozar con ellos,

y en sus cantares, cuanto amargos bellos,

toda verdad apellido mentira;

loco de padecer, llorando de ira,

ve la nieve asomar a sus cabellos;

y ¡ay! ¡cómo entonces se lastima y canta,

y el corazón con su gemir quebranta!


Dichosa muerte que aplacó tal vida;

dichosa vida por tan presta muerte;

¿debe sino yacer en polvo inerte

el que su fe en el mundo ve perdida?

Por todo el corazón ya carcomida

palma gallarda fue que al noto fuerte

no pudo resistir con su corteza,

y a la tierra inclinó la gran cabeza.


¡Oh! ¡cuán diverso fue el risueño día

en que brotó en la tierra ese capullo

mimado de las brisas al arrullo,

festejado del ave a la armonía!

¡Oh quién su primitiva lozanía

sin su infortunio, su impiedad, su orgullo,

pudiera devolver al genio muerto

primer cantor del español concierto!


Madrid, Bretaña, su amargado canto

su juventud penosa han obtenido;

mas del pueblo extremeño sólo han sido

sus puros ayes, su inocente llanto.

¡Salve por esa cuna y honor tanto

y tanta gloria, pueblo esclarecido;

campana que sonaste alegremente

cuando el agua de Dios bañó su frente!


¡Salve campiña floreciente y leda,

que diste aromas al solemne día,

raza de aves que en la patria mía

cantaron la venida de Espronceda!

¡Salve morada que tapiz de seda

prestaste al niño huésped que nacía!

¡Salve dueña feliz de la morada

donde tan gran memoria está guardada!


Almendralejo, 1846

1.154
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Espronceda

A LOS POETAS


A la Excma. señora marquesa de Monsalud y vizcondesa de San Salvador.


ESPRONCEDA


Rompió el divino sol por Oriente,

engalanado en nuevos resplandores,

hervía el prado en olorosas flores,

rebosaba en perfumes el ambiente,

trinaba el ruiseñor más dulcemente,

acrecentaba el agua sus rumores,

de nuestro pueblo humilde el pavimento

retemblaba aguardando algún portento.


De tu palacio antiguo, solo, oscuro,

en el rincón de la olvidada villa

surgió voz melancólica y sencilla,

como de niño tierno acento puro;

así el lloro dulcísimo figuro

del infante Ossián cabe la orilla

de la ruda Albión cuando nacía

como el bello Espronceda a luz del día.


Aquí al genio brillante de la España

plugo elegir su refulgente cuna,

por hacernos rivales en fortuna

con el Morven feliz de la Bretaña.

¿Quién la villa estrechísima que baña

por todo mar y arroyo una laguna,

y por muro y jardín cerca un sembrado

sin Espronceda hubiera recordado?


Ese cantor del sol tal vez al cielo,

Espíritu sin cuerpo, le pedía

ver la primera luz del claro día

del gran Cortés en el fecundo suelo;

y Dios tal vez al prematuro anhelo

del alma de Espronceda concedía

en raudal de talento transformado

el valor de Cortés nunca igualado.


Así brotó, cundió como los ríos,

como los mares se ensanchó en la tierra;

tempestad en amor, trueno en la guerra

fueron sus cantos bravos y sombríos;

¡Oh! si elevara sus acentos píos

a Dios loando el que blasfema aterra,

profeta de este siglo desgraciado

le volviera la fe que le han robado.


Destemplaron las cuerdas de su lira

los duros vicios, al rozar con ellos,

y en sus cantares, cuanto amargos bellos,

toda verdad apellido mentira;

loco de padecer, llorando de ira,

ve la nieve asomar a sus cabellos;

y ¡ay! ¡cómo entonces se lastima y canta,

y el corazón con su gemir quebranta!


Dichosa muerte que aplacó tal vida;

dichosa vida por tan presta muerte;

¿debe sino yacer en polvo inerte

el que su fe en el mundo ve perdida?

Por todo el corazón ya carcomida

palma gallarda fue que al noto fuerte

no pudo resistir con su corteza,

y a la tierra inclinó la gran cabeza.


¡Oh! ¡cuán diverso fue el risueño día

en que brotó en la tierra ese capullo

mimado de las brisas al arrullo,

festejado del ave a la armonía!

¡Oh quién su primitiva lozanía

sin su infortunio, su impiedad, su orgullo,

pudiera devolver al genio muerto

primer cantor del español concierto!


Madrid, Bretaña, su amargado canto

su juventud penosa han obtenido;

mas del pueblo extremeño sólo han sido

sus puros ayes, su inocente llanto.

¡Salve por esa cuna y honor tanto

y tanta gloria, pueblo esclarecido;

campana que sonaste alegremente

cuando el agua de Dios bañó su frente!


¡Salve campiña floreciente y leda,

que diste aromas al solemne día,

raza de aves que en la patria mía

cantaron la venida de Espronceda!

¡Salve morada que tapiz de seda

prestaste al niño huésped que nacía!

¡Salve dueña feliz de la morada

donde tan gran memoria está guardada!


Almendralejo, 1846

1.154
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Siglo De Las Reinas Al Nacimiento De La Princesa De Asturias

¿Quién nos llora?... un dulcísimo lamento
en el lejano viento
me parece escuchar... ¿Resuena un lloro,
o es el gemido blando
que en las peñas rodando
alza el agua del Gévora sonoro?

Mas, ¿no es el medio siglo?... ¿No es el día
en que nacer debía
nueva princesa, porque Dios abona
su reinado en el mundo,
y de reinas fecundo
es de reinas por siglos la corona?

En dos brazos el siglo dividido
el uno ha recorrido
doce veces las horas del pasado,
y lento en su carrera
el otro de la esfera
a la mitad del círculo ha llegado.

Ésta es la hora del suceso fijo
que el alma nos predijo
cuando rogamos con fervor al cielo,
y el acento más leve
que la ráfaga lleve
será la voz del ángel del consuelo.

¡Ay! yo apartada en valle tan distante
escucho palpitante
de roncos vientos el rumor lejano,
y no puede mi oído
percibir si el gemido
se exhala del alcázar soberano.

Pero es mi corazón arpa vibrante,
que rompe en este instante
lanzando un himno de alegría a España,
y si me engaña el viento
remedando un acento,
la santa inspiración nunca me engaña.

¡Oh vosotros ligeros peregrinos
que podéis los caminos
cruzar por la pendiente de estas sierras!
Volad a las ciudades,
y desde Creux a Gades
veréis el resplandor de nuestras tierras.

Si andáis de vuestra patria desterrados,
¡oh pobres desgraciados!
sabed que ya al hogar volvéis mañana,
sabed que vuestros hijos
con locos regocijos
se acercan al cañón y a la campana.

El bronce va a lanzar con voz tonante,
mísero caminante,
el grito de perdón de torre en torre,
perdón de muro en muro,
y del perdón seguro
ya de la torre al muro el niño corre.

Esa voz misteriosa que gemía,
y que el son parecía
del viento que murmura en la palmera,
ese lloro suave
como el trino de un ave,
del ángel salvador el llanto era.

¿Por qué vienes llorando, tú, alma mía,
si eres nuestra alegría
y a esperarte los pueblos van cantando?
¿Por qué tu boca pura
que nos da la ventura,
ángel del cielo, nos la da llorando?

¡Bendito el llanto que tu rostro baña,
riego fecundo a España,
bebida de los pobres condenados
a los duros tormentos
que caminan sedientos
de sus huérfanos hijos apartados!

Agua bendita que de culpas lava
la humilde frente esclava
del que amarrado a las argollas gime;
¡cuántos beben tu llanto
y aclaman por mi canto
al ángel salvador que los redime!

Tú eres sólo, Señora, la afligida,
tú que eres tan querida,
tú que nos cumples la esperanza santa,
tú que el dolor serenas,
tú que calmas las penas,
tú sola lloras cuando el reino canta.

Hoy se calman por ti nuestros rencores,
hoy todos los clamores
son un canto de paz a tu venida,
tus tierras y tus mares
resuenan en cantares
que América repite conmovida.

Tus villas se iluminan una a una
para alumbrar tu cuna
como blandones de tu reino entero,
y a sus luces brillantes
se ven sombras errantes
que cruzan por el Tajo y por el Duero.

La historia que leí de los profetas
y divinos poetas,
viene esta noche a la memoria mía
por aquel gran consuelo
que en el monte Carmelo
la tribu del desierto recibía.

Ya cantan en el valle los pastores
entre zarzas y llores;
ya encienden las candelas a lo lejos
con la seca retama
a cuya roja llama
del Gévora relumbran los espejos.

Es como entonces el diciembre helado.
El cielo está anublado
y blanco el suelo por la escarcha fría,
y así como has venido
parece que ha nacido
el hijo deseado de María.

Mas Dios permite, en sus eternas leyes,
que en vez de nacer reyes
nazcan a nuestro reino soberanas,
y a un dulce reinado
el siglo acostumbrado
te saluda en las tierras castellanas.

Dios ha querido, en su saber profundo,
que de reinas fecundo
fuera este siglo con que al sexo abona,
y de reinas envía
la bella dinastía,
y es de reinas, por siglos, la corona.

¡Vivirás! —¡reinarás!— la fe no miente
al corazón ardiente
que te presagia gloria venidera;
nuestro siglo ha vencido,
tú, princesa, has venido
a coronar el fin de su carrera.
638
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A S m La Reina Madre Doña María Cristina De Borbón

Aquel nombre primero
que bendijo mi labio balbuciente,
después que prisionero
vi a mi padre inocente,
fue, Señora, tu nombre reverente.

Aquella faz hermosa
que, después de la faz hermosa y santa
de mi madre amorosa
miré con ansia tanta,
fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.

La primera alegría
que de mi triste infancia en los albores
recuerda el alma mía,
brotó con tus favores
como al rayo del sol brotan las flores.

Y la primera gala
que el sereno y trasparente cielo
al puro azul iguala,
la vestí con anhelo
por celebrar tu nombre y mi consuelo.

Yo entonces no sabía
cómo en la vaga mente se creaba
la sonora poesía,
pero entonces cantaba
los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.

De tu dulce amnistía
a la sombra feliz hemos crecido,
las que niñas un día
tanto habemos sufrido
que sin ti fuera triste haber nacido.

Con noche muy oscura
nacimos en el siglo desgraciado,
y nunca la luz pura
hubiéramos gozado
si no le amaneciera tu reinado.

Luz trajo tu venida,
luz tu sonrisa, luz es tu mirada,
y a tu luz atraída,
ave desorientada,
yo te vine a buscar triste y cansada.

Y tú al ave importuna
que de Aranjuez al campo retirado
fue a gemir su fortuna,
tendiste con agrado
tu mano, que es su nido regalado.

Al verte, a mi memoria
vino el recuerdo de la infancia mía,
toda la amarga historia
del padre que gemía,
y tu grandeza soberana y pía.

Recordé tu hermosura,
como del campo la primera mañana
que en nuestra infancia pura.
Con el alba lozana,
se muestra tan risueña y tan galana.

Y los himnos suaves
que gozosos cantaban mis hermanos,
al compás de las aves,
por los floridos llanos,
en honor de tus rasgos soberanos.

Y por eso a tu planta,
sin poder exhalar palabra alguna
mi anudada garganta,
quedé, como en la cuna
el niño embelesado al ver la luna.

Y nunca mi cariño
te pudiera expresar con un acento,
si, cual la madre al niño,
no me enseñara atento
tu labio a traducir mi pensamiento.

Tú al canto del Petrarca
y del Tasso a los épicos sonidos,
en la bella comarca
los muy blandos oídos
tienes acostumbrados y entendidos.

Yo no sé hacer canciones
que el genio inspira, que el talento ordena,
mas, ¡ah! los corazones
que el entusiasmo llena,
tienen de gratitud fecunda vena.

De un alma agradecida
comprende el amoroso sentimiento,
sin arte y sin medida,
que el agradecimiento
es, Señora, virtud, mas no talento.

Mejor sé verter llanto
estrechando tus manos contra el pecho,
que encerrar en mi canto,
con un límite estrecho,
la gratitud que Dios tan grande ha hecho.

Al decir que te ama
el corazón, Señora, no se inquieta
por la Apolínea llama
que, al numen no sujeta,
prefiero ser mujer a ser poeta.

No puedo consagrarte
rico poema do tu augusto nombre
con perfección del arte
al universo asombre,
que los épicos cantos son del hombre.

Mas ruego cada día
en piadosa oración, que es más sonora,
a la Virgen María,
que te sea, Señora,
como eres tú, mi augusta protectora.
488
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Emperador Don Pedro De Portugal

Si mi extranjera planta, lusitanos,
gustaseis cortesanos
por la tierra guiar, para mí extraña,
a cantaros iría
una tierna poesía
del gran Pedro en honor, la hija de España.

¿En dónde yace el capitán osado,
en dónde el celebrado
conquistador, de vuestras tierras fama?
¿Dónde están sus despojos
porque admiren mis ojos
de sus laureles la fecunda rama?

Con el fuego que brota de la tierra
que sus restos encierra,
mi corazón entonces abrasado
audaz prorrumpiría
en himnos de armonía
que dejaran al pueblo entusiasmado.

Cantara del gran Pedro las hazañas
en sus largas campañas,
su genio, su valor y su nobleza,
y os arrancara el llanto
de ese entusiasmo santo
germen de la virtud y la grandeza.

Y también de tus ojos lograría,
soberana María,
lágrimas dulces de piadoso lloro,
con el elogio ardiente
que el labio reverente
al héroe diera, cuya tumba adoro.

Porque él dejó en los pechos su memoria,
María de la Gloria,
con fuego tan vivísimo esculpida,
que hasta el arpa extranjera
que lo canta y venera
se siente a su recuerdo enternecida.

¡Oh cuánto bien al pueblo lusitano
su protectora mano
hizo sentir, cuando celoso y tierno
sus males atendía,
al par que dirigía
de brasileños climas el gobierno.

Él le dio libertad, le dio laureles,
el los tercios crueles
del temerario príncipe arrolando,
marcó su feliz era
a la hermosa heredera
sobre el paterno trono colocando.

Aun arde el pueblo, aun de entusiasmo siente
la agitación ferviente
cuando de Pedro la marcial figura,
cuando su frente hermosa
grave y majestuosa,
ve, como sombra, alzarse en la llanura.

Aun de alegría se conmueve y llora
su voz fuerte y sonora,
al recordar cuando a su pueblo un día,
mostrando con ternura
a la doncella pura,
gritó el labio real «¡viva María!»

¡Cuán alto apareció sobre la tierra
el hijo de la guerra
al desnudar sus sienes imperiales,
aun joven su existencia,
de dos reinos la herencia
dividiendo con manos paternales!

Bien su espaciosa frente dos coronas,
de las opuestas zonas,
pudo ceñir el adalid valiente,
mas, un solo cabello
por más rico, más bello,
te pareció corona suficiente.

¡Cántalo, Portugal, canta orgulloso
al héroe generoso
cuya tumba saludan las comarcas,
que si breve es tu suelo,
son, por gracia del cielo,
más grandes que tu reino tus monarcas!
566
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Emperador Carlos V

¡Memoria al grande César! Yo le canto.
Si el rayo sacrosanto
del entusiasmo que mi sangre enciende,
alienta la poesía,
¿cuál mejor que la mía
de Carlos el espíritu comprende?

Alta categoría entre los reyes,
fueron, ya, de sus leyes
soberanos altivos los vasallos;
los príncipes de Europa
le siguieron en tropa,
sirviendo a su carroza de caballos.

Aun su excelso valor, su genio santo
al héroe de Lepanto
y a Felipe virtudes infundieron,
que bastó la vertiente
del colosal torrente
para engendrar los ríos que corrieron.

¡El César! el que asombro de Pavía,
la lis que florecía
sobre las sienes del primer Francisco
arranca, y al valiente
conduce con su gente
como a dócil rebaño hacia el aprisco.

¡El César! que espantando, al africano
lleva el pendón cristiano
flotando por encima de los mares
a la moruna almena,
donde el clamor atruena
de bárbaros vencidos, a millares.

¡El César! el que en Sena y en Toscana
a la gente otomana
y a los hijos del alto Pirineo
hace volar medrosos,
dejando vergonzosos
cien banderas deshechas por trofeo...

Empero ¿a qué, Señor, pasada gloria
recordar a esta escoria
de la española raza? ¿Para ejemplo?
¡Ha mucho que mi lira
que por gloria suspira
de los héroes de España en honor templo!

¿Y quién me oyó? ¿Los pájaros del
monte
que pueblan mi horizonte?
¿Los reptiles que habitan el sembrado?
¿El perro de cabaña,
o la oscura alimaña
que atraviesa de noche este collado?

¡Qué somos ya! las gentes humilladas
al extranjero dadas,
a servir a sus fardos de camellos;
¿tenemos corazones
que sientan emociones
con la memoria de los héroes bellos?

¿Sabemos qué es valor, lo que es nobleza?
¿Nos deja la tristeza
cuando del pecho roba hasta el aliento,
ni fuerza en nuestro pasmo
a un soplo de entusiasmo,
de noble admiración a un pensamiento?...

¿Por qué no eternos son los grandes reyes?
¿Por qué a las mismas leyes
sujeto de morir que los tiranos,
está Carlos divino?
¡Qué injusto es el destino!
¡Qué duros de entender son sus arcanos!

Y aún el breve reinado de consuelo
nos acortara el cielo,
túnica revistiendo penitente
al que manto vestía,
que puso al Mediodía
pavor, envidia al Sur, miedo al Oriente.

«Pueblos -dijo el gran rey a las naciones-
ya visteis mis blasones,
donde asomé la faz, tembló la tierra,
Francia besó mi planta,
y a mi antojo se canta
el himno de su paz y el de su guerra.

»¿Veis que avasallo al indio, al castellano,
alemán y al romano,
tanta de mi corona es la grandeza?
Pues con desdén profundo
yo la cambio en el mundo
¡qué escarmiento, ambición! por la pobreza».

Y desciñendo de su augusta frente
la diadema potente,
apareció más alto a los mortales
de humildad revestido
que orgulloso ceñido
con las áureas coronas imperiales.
836
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Memoria A Los Héroes Y A Los Reyes A Hernán Cortés

Llevadme a contemplar su estatua bella,
llevadme a su soberbio mausoleo...
¡Ah! que olvidaba, Hernán, en mi deseo
que éste es mezquino e ilusoria aquélla;
¿y en tu patria por qué? ¿qué diste a ella
para alcanzar de España ese trofeo?
¡Cuestan ¡oh! mucho piedras y escultores
para labrarte, Hernán, tales primores!—

Paréceme que el héroe se levanta
y hacia América el brazo armado tiende,
que avergonzada España le comprende
y el rostro no osa alzar fijo en su planta,
ella, la dueña de riqueza tanta,
hasta la prez de su conquista vende,
y aun juzga escaso el ganancioso fruto
para ofrecerle un mármol por tributo.

Cuando a su casa venga el extranjero,
¿qué osará responder la noble dama
si anhela ver, Ilevado por su fama,
la tumba del ilustre caballero?
«Ved, le dirá, si el cementerio ibero
guarda un sepulcro que de Hernán se llama,
que a mí, pues heredé ya su fortuna,
ni su tumba me importa ni su cuna».

Eso dirá, y el hijo de Bretaña
o el vecino francés, si el huésped fuera,
con sarcástica risa respondiera
a la matrona: «descastada España,
con que no le valió a Cortés la hazaña
ni una tumba de mármoles siquiera?
¿Y nacen héroes en la tierra ingrata
que así los huesos de los héroes trata?

»¿Es la igualdad que esa nación proclama
la que deja en el polvo confundido,
al buen conquistador con el bandido,
al que la presta honor y al que la inflama?
Grande nación esa nación se llama,
y la imagen del hombre esclarecido
no levanta cien palmos sobre el suelo
para mostrarla al pueblo por modelo...?»—

Callad, callad, que vuestra lengua mata;
no a lamentar venís nuestro destino,
sino a mofaros dél, el mal vecino,
y a desolarnos más, el cruel pirata;
si es con sus hijos nuestra tierra ingrata,
nada os importa, andad vuestro camino,
que así cual es la madre que tenemos
mejor que a las madrastas la queremos.

Así cual es, la envidian las naciones,
virtudes brota en manantial fecundo,
Corteses manda a conquistar el mundo,
que descubren por ella los Colones;
si Bonaparte, rotas sus legiones,
la paz desecha, con desdén profundo,
Cortés entre salvajes y traidores
pone incendio a sus buques salvadores.

Arde la flota, irrítase la gente
a quien cierra la huida acción tamaña;
solo, perdido sobre tierra extraña,
Cortés la doma, al bárbaro hace frente,
y conquistarlo y tórnase él valiente
a rendir su laurel glorioso a España,
que... lo destierra, lo aprisiona en vida
y lo desprecia en muerte... agradecida.—

No veremos, Hernán, tu estatua bella
ni tu losa hallaremos ignorada;
pero en mi tierra existe la morada
donde estampaste tu primera huella;
pensaremos en ti delante de ella,
la extremeña familia arrebatada
de orgullo; porque plugo a la fortuna
en nuestra tierra colocar tu cuna.
625
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Napoleón

«No es ira, no es amor, no es del poeta
inspiración febril, es más ardiente
la llama que discurre por mi frente,
y el alma absorbe, el corazón me inquieta.

»Yo amo la tempestad, amo el estruendo;
cuando el vértigo insano me arrebata,
sueño que en nube de luciente plata
voy por el mundo un huracán siguiendo.

»El rayo en torno de mi frente gira,
el aquilón bajo mis plantas brama,
y lucho y venzo, y mi furor se inflama,
y ansiosa el alma a otra victoria aspira.

»Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,
avasallar los pueblos y los reyes;
romper sus cetros; derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

»Ancha cadena que circunde el polo
yo quiero eslabonar con mis guerreros;
y bajo el pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevar yo solo.

»Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento
sus brillantes magníficas estrellas,
¡también imperios levantara en ellas
para ensanchar allí mi pensamiento!»

¡Francia, levanta! sal del caos profundo
en que yace tu pueblo sepultado,
que en brazo poderoso tremolado
va tu estandarte a conquistar el mundo.

¿Quién distinguir entre la inmensa grey
podrá al caudillo de tamaña empresa?
¿Qué señal en el rostro lleva impresa
el que del solio arrojará a tu rey?

Ese mancebo que los brazos grave
cruza sobre su seno, y la mirada
como águila en el sol, ardiente, osada,
clava en la multitud... ése lo sabe.

¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara
si su mirar la turba comprendiera!...
¡Si su ambición oculta sorprendiera
de ese rubio garzón, cuál se burlara!

Joven es el león; mas ya en la tierra
no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,
y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance
ese joven león grito de guerra.

Verás como esa voz de los franceses
de pecho en pecho noble se difunde;
como chispa de fuego prende y cunde
de caña en caña por las secas mieses.

Verás, tras el magnífico estandarte
donde el águila altiva se reposa,
como tu juventud marcha orgullosa
la libertad, la gloria a conquistarte.

¡Verás!... mas antes que el caudillo sea
héroe conquistador de las naciones,
deja que a Egipto lleve sus legiones
y del grande Ramsé la tumba vea.

«Éstas de reyes son y emperadores
las moradas magníficas que habitan,
éste es el rico manto en que dormitan
de tierras y de mares los señores...

ȃste es el cetro que en sus regias manos
fue látigo cruel o adorno inútil:
no es que un brillo me seduzca fútil
si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!

»No es que me ciega joya tan lucida,
¡es que me irrita que los pueblos lloren,
es que me irrita que temblando adoren
los pueblos esa joya envilecida!...

»Y esta corona... ¿sola una diadema?
¿cien batallas por una solamente?
¿Será una sola incienso suficiente
para este fuego que mis sienes quema?

»Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!
yo haré que en una sola se refundan
las coronas que, inútiles, circundan
tantas míseras frentes en la tierra!»

¡Huid del monte aquel resplandeciente
que de Austerlitz se eleva en las llanuras...
Huye, Alejandro, antes que en sus alturas
volcán oculto brote de repente

¡Ay! que ya va tu juventud ardiente
a estrellarse en las águilas seguras...
Las nubes su vapor todo han juntado,
y el suelo va a quedar todo anegado.

Pero en sangre, Señor, en sangre pura,
porque el rey de las águilas osadas
donde terrible asienta sus pisadas
de cadáveres cubre la llanura;

cual los ojos de fiera en noche oscura
relucen entre el humo sus espadas,
y a bandadas los cuervos por el viento
síguenle en torno con feroz contento.

Caen, como en horrible terremoto,
las torres desplomadas, sus legiones,
sobre los extranjeros campeones
que osan poner a sus victorias coto;

bajo los pies de sus caballos roto
yace el blasón de dos fuertes naciones,
y dos imperios juntos retroceden
y dos monarcas el laurel le ceden.

¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,
lograste avasallar pueblos y reyes,
romper sus cetros, derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

¡Napoleón! tú que abarcando el polo
con tu cadena inmensa de guerreros,
bajo del pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevabas solo.

¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano
dejas bogar tu nave huyendo de ella?
¿Has ido a conquistar alguna estrella
para alzar otro imperio soberano?
568
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Recuerdos Del Liceo De Madrid

Me acuerdo bien del venturoso instante
cuando vi yo la luz en vuestro oriente.
¡Cuánta luz, cuántas llores, cuánta gente
y qué mundo tan bello y tan brillante!
¿Por qué no estaba alegre tu semblante
tú que lleno de luz eternamente
en ese mundo que feliz te nombra
tienes el alma donde esta tu sombra?

Gran pájaro de América atrevido,
que, trasponiendo los opuestos mares,
entre los recios vientos has venido
a dar al viejo mundo tus cantares;
tú que en tantos torrentes has bebido,
y hoy vienes a beber al Manzanares,
¡para que el ansia de tu sed ardiente
no perdone del mundo una corriente!

Tú que en el nuevo mundo te has mecido
entre el viento de arenas abrasado,
al son del Orinoco adormecido,
al pie de las palmeras arrullado;
y más tarde en el norte has despertado,
y con la luna a Grecia has recorrido,
y de Sión por la cadena santa
¡abriste paso a tu incansable planta!

¿Por qué estás triste tú? ¿Por
qué te quejas?
¿Por qué me llamas la feliz cantora,
y ni llorar ni suspirar me dejas,
envidiando mi vida de pastora?
¿Dónde están mi cayado y mis ovejas,
dónde la choza está que te enamora?
¿En dónde están mis dichas y mi calma
si aquí soy sombra a quien le falta el alma?

¡Ah! ¿qué se ha hecho de la pobre sombra
que huyó de esa mansión bella y querida?
El Gévora lo sabe que rendida
la ve muriendo en la campestre alfombra,
¿piensas tú que del alma desprendida
el verme en estos valles no me asombra,
y que puedo tener contento y calma
cuando la sombra está lejos del alma?

Mi alma en las ciudades tiene asiento,
y yo sufro también vuestro quebranto,
porque del vago ser que envidiáis tanto,
aquí está el corazón, allí el aliento;
aquí sus ojos, pero allí su llanto;
aquí su boca, pero allí su acento;
aquí está el mártir, pero allí su palma;
aquí soy sombra, pero allí soy alma.

Las ráfagas del aire trasparente
me pueden ocultar al que me mira;
pero yo siempre vivo en el ambiente
que vuestro labio sin cesar aspira;
es verdad que mi sombra vagamente
por los collados silenciosa gira,
y allí parece que reposa en calma,
pero no soy la sombra, soy el alma.

¡Sí! soy el alma siempre agradecida,
que a vuestro lado está, dulces amigos,
vosotros de mis lágrimas testigos
la noche de mi triste despedida,
nunca a la sombra me veréis unida;
y ¡ojalá que los hados enemigos
presto a mi sombra den eterna calma
y del cielo la luz den a mi alma!
533
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Despedida A Mi Hermano Ángel El Dolor De Los Dolores

Ser, aun, niño y sentir la lozanía
que da el rocío de la edad temprana,
es dudar la desdicha de mañana,
es ser dichosos, Ángel, todavía;
es la fe, la esperanza, la alegría,
la fortuna, el valor, la gloria humana...
es, siendo niño, como tú lo eres,
vivir con el placer de los placeres.

Pero ser joven ¡ay! mirar tu vida,
sondar tu porvenir, temer abismos,
no hallar consuelos en nosotros mismos,
ni poderte seguir en la partida;
quedarnos en la triste despedida
suspensos entre vagos fanatismos,
luchando entre problemas y temores,
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Como planta de insectos castigada
que no puede brotar ramo florido,
así con los pesares ha crecido,
hermano, una familia desgraciada;
no vi rama en su tronco levantada,
que al golpe del pesar no haya caído,
y temer del azar nuevos rencores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

Pobre doncel, que al ídolo guerrero
llevas la flor del corazón primera,
tememos por tu flor, no te la hiera
de nuestra suerte el golpe siempre fiero;
es gozo el entusiasmo lisonjero
del que laureles en la vida espera;
pero temer por tus hermosas flores
es, Ángel, el dolor de los dolores.

¡Veré pasar gallardos compañeros
los de tu infancia para ti queridos...
y oiré de nuestra madre los gemidos
al mirar a los jóvenes guerreros!
¡Veré pasar los alazanes fieros
menos que por tu voz bien dirigidos,
y el ver sin dueño ai tuyo en sus furores,
Ángel, será el dolor de los dolores.

Y cuando de tu asiento en el vacío
los de la mesa en torno reparemos,
desabrido el manjar que gustaremos,
desabrido sin ti será, hijo mío;
Emilio en su inocente desvarío
te nombrará, y entonces lloraremos...
porque este padecer, que ojalá ignores,
es, Ángel, el dolor de los dolores,

¡Ah! ¡que no pueda nuestra pobre vida,
dispersada por vientos tan insanos,
partir con nuestros jóvenes hermanos
el mismo pan, beber igual bebida!
¡que no podamos encontrar manida
en un árbol los pájaros humanos,
y a unos del sol fatiguen los ardores,
es, Ángel, el dolor de los dolores!

Ve si tus alas su atrevido vuelo
por cima de la mar firme llevando,
puedes ir esos mares navegando
hasta arribar al árbol de tu anhelo:
ve si logras calmar el desconsuelo
de tantos ojos que te están llorando;
porque verte en los mares bramadores
es, Ángel, el dolor de los dolores...

¡Ay! que jamás cobarde hundas la frente
por las revueltas olas alcanzado,
ni tampoco en los mares levantado
te quieras remontar al sol ardiente;
caminar por la vía rectamente,
como los buenos siempre han caminado,
pues verte entre ambiciosos o traidores
ése fuera el dolor de los dolores.

Contra ese mundo, cuya risa loca
tu fe combatirá con su sarcasmo,
opón la noble fe del entusiasmo,
que, si es, del corazón, no se sofoca:
ante esa multitud cierra tu boca,
y, aunque se burle de tu altivo pasmo,
no sigas la maldad de sus errores,
que ése fuera el dolor de los dolores.

Yo contra el mal de la virtud me valgo,
contra el dolor a la paciencia acudo,
y aunque es mi triunfo solitario y mudo,
en graves luchas victoriosas salgo,
no tienes gran blasón, pero es hidalgo,
limpio de mancha tu modesto escudo,
y venderlo al poder y a los honores
ése fuera el dolor de los dolores...

Mas ¿dónde vas? aguarda un solo instante...
oye no más el último conjuro...
el ídolo mejor es el más puro,
su siervo más glorioso el más constante;
no te acerques al mal, porque es brillante;
no te flejes del bien, porque es oscuro...
¡Sé bueno, y que jamás con deshonores
añadas más dolor a estos dolores!
549
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Se Va Mi Sombra Pero Yo Me Quedo A Mis Amigos De Madrid

¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente
del pensamiento que buscaba el mío,
siempre confuso y ciego en el sombrío
y solitario claustro de mi mente!
¡Oh luz amada, luz resplandeciente,
en cuyos rayos mi esperanza fío,
luz de mi alma, luz de mi deseo,
que iluminas al fin, que al fin te veo!

Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda
brillas sobre la estatua de Cervantes,
brillas sobre los huesos palpitantes
del desgraciado Larra y de Espronceda;
no importa que la suerte me conceda
para verla no más breves instantes,
pues siempre verla y adorarla puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Frentes marchitas, de estudiar cansadas,
ánimos nobles, de luchar rendidos,
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas;
yo, que del campo allá en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
el entusiasmo, consolaros puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para cantar y aquí mi oído
para escuchar, amigos, vuestro canto,
y aquí estará mi ser, aunque entretanto
os diga la ilusión que ya he partido;
¡loca ilusión! Engaño del sentido
pensar que os dejo y que derramo llanto,
pensar que sufro y que dejaros puedo
cuando se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para labrar de la poesía
la dura tierra donde el lauro crece,
mi corazón, que nunca desfallece,
os seguirá constante en la porfía;
para dar mi tributo de armonía,
para animar al triste que padece,
para sufrir, si consolar no puedo,
aunque vuele mi sombra yo me quedo.

De las amigas manos las palmadas
aún escucho el dulcísimo ruido
bien sabéis que por cada una he vertido
dos lágrimas profundas y abrasadas;
no me diréis jamás que mal pagadas
por este corazón ardiente han sido,
cuando jurar por vuestra gloria puedo,
que huye mi sombra, pero yo me quedo.

¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida,
y por eso, no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.

¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,
es mi sombra no más la que mañana
volverá a retratarse en el espejo
del insalubre y muerto Guadiana;
aunque soñéis en la ilusión que os dejo,
mirad que es sólo una, quimera vana,
un sueño ingrato a cuyo error no cedo,
que si se va mi sombra yo me quedo.

Nada importa el adiós, si es de tal suerte
que os digo «adiós» y es falsa la partida;
ni ha de rendirse débil y afligida
por un sueño no más el alma fuerte.
¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,
para sufrir en esta despedida,
si he dicho, amigos, que escucharos puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo?

«¡Adiós!» mil veces os diré cantando
y estos adioses ni escuchéis siquiera,
ni penséis que mi voz es lastimera,
ni digáis que de pena estoy llorando;
es un adiós tranquilo, un adiós blando,
es una despedida placentera,
pues ni llorar ni enternecerme puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo
mañana y siempre con mi voz respondo,
aunque este adiós tan quebrantado y hondo
aun, otra vez, por postrera os digo;
veréis cómo en los triunfos os bendigo,
aunque os parezca, amigos, que me escondo,
porque es engaño, sí... ¡Nunca!... ¡No
puedo!...
Se irá mi sombra, pero yo me quedo.
539
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Se Va Mi Sombra Pero Yo Me Quedo A Mis Amigos De Madrid

¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente
del pensamiento que buscaba el mío,
siempre confuso y ciego en el sombrío
y solitario claustro de mi mente!
¡Oh luz amada, luz resplandeciente,
en cuyos rayos mi esperanza fío,
luz de mi alma, luz de mi deseo,
que iluminas al fin, que al fin te veo!

Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda
brillas sobre la estatua de Cervantes,
brillas sobre los huesos palpitantes
del desgraciado Larra y de Espronceda;
no importa que la suerte me conceda
para verla no más breves instantes,
pues siempre verla y adorarla puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Frentes marchitas, de estudiar cansadas,
ánimos nobles, de luchar rendidos,
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas;
yo, que del campo allá en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
el entusiasmo, consolaros puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para cantar y aquí mi oído
para escuchar, amigos, vuestro canto,
y aquí estará mi ser, aunque entretanto
os diga la ilusión que ya he partido;
¡loca ilusión! Engaño del sentido
pensar que os dejo y que derramo llanto,
pensar que sufro y que dejaros puedo
cuando se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para labrar de la poesía
la dura tierra donde el lauro crece,
mi corazón, que nunca desfallece,
os seguirá constante en la porfía;
para dar mi tributo de armonía,
para animar al triste que padece,
para sufrir, si consolar no puedo,
aunque vuele mi sombra yo me quedo.

De las amigas manos las palmadas
aún escucho el dulcísimo ruido
bien sabéis que por cada una he vertido
dos lágrimas profundas y abrasadas;
no me diréis jamás que mal pagadas
por este corazón ardiente han sido,
cuando jurar por vuestra gloria puedo,
que huye mi sombra, pero yo me quedo.

¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida,
y por eso, no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.

¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,
es mi sombra no más la que mañana
volverá a retratarse en el espejo
del insalubre y muerto Guadiana;
aunque soñéis en la ilusión que os dejo,
mirad que es sólo una, quimera vana,
un sueño ingrato a cuyo error no cedo,
que si se va mi sombra yo me quedo.

Nada importa el adiós, si es de tal suerte
que os digo «adiós» y es falsa la partida;
ni ha de rendirse débil y afligida
por un sueño no más el alma fuerte.
¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,
para sufrir en esta despedida,
si he dicho, amigos, que escucharos puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo?

«¡Adiós!» mil veces os diré cantando
y estos adioses ni escuchéis siquiera,
ni penséis que mi voz es lastimera,
ni digáis que de pena estoy llorando;
es un adiós tranquilo, un adiós blando,
es una despedida placentera,
pues ni llorar ni enternecerme puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo
mañana y siempre con mi voz respondo,
aunque este adiós tan quebrantado y hondo
aun, otra vez, por postrera os digo;
veréis cómo en los triunfos os bendigo,
aunque os parezca, amigos, que me escondo,
porque es engaño, sí... ¡Nunca!... ¡No
puedo!...
Se irá mi sombra, pero yo me quedo.
539
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Se Va Mi Sombra Pero Yo Me Quedo A Mis Amigos De Madrid

¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente
del pensamiento que buscaba el mío,
siempre confuso y ciego en el sombrío
y solitario claustro de mi mente!
¡Oh luz amada, luz resplandeciente,
en cuyos rayos mi esperanza fío,
luz de mi alma, luz de mi deseo,
que iluminas al fin, que al fin te veo!

Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda
brillas sobre la estatua de Cervantes,
brillas sobre los huesos palpitantes
del desgraciado Larra y de Espronceda;
no importa que la suerte me conceda
para verla no más breves instantes,
pues siempre verla y adorarla puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Frentes marchitas, de estudiar cansadas,
ánimos nobles, de luchar rendidos,
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas;
yo, que del campo allá en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
el entusiasmo, consolaros puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para cantar y aquí mi oído
para escuchar, amigos, vuestro canto,
y aquí estará mi ser, aunque entretanto
os diga la ilusión que ya he partido;
¡loca ilusión! Engaño del sentido
pensar que os dejo y que derramo llanto,
pensar que sufro y que dejaros puedo
cuando se va mi sombra y yo me quedo.

Aquí para labrar de la poesía
la dura tierra donde el lauro crece,
mi corazón, que nunca desfallece,
os seguirá constante en la porfía;
para dar mi tributo de armonía,
para animar al triste que padece,
para sufrir, si consolar no puedo,
aunque vuele mi sombra yo me quedo.

De las amigas manos las palmadas
aún escucho el dulcísimo ruido
bien sabéis que por cada una he vertido
dos lágrimas profundas y abrasadas;
no me diréis jamás que mal pagadas
por este corazón ardiente han sido,
cuando jurar por vuestra gloria puedo,
que huye mi sombra, pero yo me quedo.

¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida,
y por eso, no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.

¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,
es mi sombra no más la que mañana
volverá a retratarse en el espejo
del insalubre y muerto Guadiana;
aunque soñéis en la ilusión que os dejo,
mirad que es sólo una, quimera vana,
un sueño ingrato a cuyo error no cedo,
que si se va mi sombra yo me quedo.

Nada importa el adiós, si es de tal suerte
que os digo «adiós» y es falsa la partida;
ni ha de rendirse débil y afligida
por un sueño no más el alma fuerte.
¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,
para sufrir en esta despedida,
si he dicho, amigos, que escucharos puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo?

«¡Adiós!» mil veces os diré cantando
y estos adioses ni escuchéis siquiera,
ni penséis que mi voz es lastimera,
ni digáis que de pena estoy llorando;
es un adiós tranquilo, un adiós blando,
es una despedida placentera,
pues ni llorar ni enternecerme puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.

¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo
mañana y siempre con mi voz respondo,
aunque este adiós tan quebrantado y hondo
aun, otra vez, por postrera os digo;
veréis cómo en los triunfos os bendigo,
aunque os parezca, amigos, que me escondo,
porque es engaño, sí... ¡Nunca!... ¡No
puedo!...
Se irá mi sombra, pero yo me quedo.
539
Carolina Coronado

Carolina Coronado

A Cádiz

No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo...
no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!...
no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo
y sacio en contemplarte mi deseo;
aquí está la verdad en que yo creo,
aquí habita el Señor que yo bendigo,
y siento entre estas vívidas montañas
el hondo palpitar de sus entrañas.

¡Tú eres el mar!... ¡el mar!... no eres el
río;
el horizonte con tus brazos llenas,
y en vez de murmurar bramas y truenas
maravillando el pensamiento mío,
pero en tu seno con placer confío
recuerdos, dichas, esperanzas, penas,
sin que un instante me acobarde el miedo
de que en tus ondas sumergirme puedo.

¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra
de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!
¿Amenazas tú más que con la muerte
ni tienes sino el agua que dé guerra?
¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra
para que así nos acobarde el verte?
¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?...
La Francia se ha tragado a su monarca.

¿A dónde vais, pobres gaviotas,
huyendo así del horizonte oscuro?
¿No teméis el morir al pie del muro
en sangre tintas vuestras alas rotas?
Hubo una edad entre las más remotas,
en que la tierra fue asilo seguro;
pero lanzados ya de aquel asilo,
el torrente del mar es más tranquilo.

¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos
la vasta soledad del agua hermosa,
me siento de vosotras envidiosa
que podéis habitar en sus espejos;
los marinos nos dan tristes consejos,
porque huyamos del agua borrascosa;
pero al lanzarnos de tan bella casa,
no saben ahora lo que en tierra pasa.

¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,
aunque el torrente abata vuestros vuelos,
será que las pasiones, los desvelos
de esa región que a nuestra vista humea!
¡No os vais del mar! El alma se recrea
soñándose suspensa entre dos cielos,
y si no tengo yo en las verdes salas,
menos debéis temer que tenéis alas.

¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos
de sal inunde mi entreabierta boca?
¡La sed que en medio el agua nos sofoca
en la salada lluvia saciaremos!
Más salado es el llanto y lo bebemos
en tierra seca, y no en corriente poca,
siempre con ansia igual, con igual daño
un día y otro, uno y otro año.

¡Oh mil veces feliz ave y marino,
que cruzan sin temor esas montañas,
y más dichosa tú la que te bañas,
Cádiz, en ese golfo cristalino!
Allá te veo entre el flotante lino
salir, hermosa, honor de las Españas,
cual salen las palomas por el río
cuando a bañarse van en el estío.

Hija de las entrañas de Océano,
como sus conchas y sus peces eres,
y las que guardas célicas mujeres
son perlas escogidas por tu mano,
a bordo de tu buque soberano
Siempre embarcados, tus felices seres,
Gozan en paz de la ilusión divina
De este viaje que jamás termina.

Cuando del muro los estrechos lazos
salta y el onda tu cabeza baña,
dicen que quiere con terrible saña
tragarte el mar en míseros pedazos,
pero es que te acaricia entre sus brazos
como a sus tiernos hijos la alimaña,
y cuando más parece que te abruma
te da la leche de su blanca espuma.

¡Ciudad de torres solitaria y bella!
todo es hermoso en tu recinto amigo;
el pobre halla limosna y halla abrigo,
y aun da a otros pobres el sobrante de ella.
Cuando me lleve mi contraria estrella
lejos de ti; me soñaré contigo...
si es que duerme bastante para el sueño
quien nada espera dulce ni risueño.

¡Ah, sí! me queda la ilusión divina
de este mar tan inmenso y tan profundo,
donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo
cuando lo quiera Dios. Alma vecina
del mar, mejor comprende y adivina
lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,
que encerrado se agita y despedaza
ser contra ser y raza contra raza.

Ya le voy a dejar, nada en la vida
sino el dolor profundo es duradero,
y por lo misino que mirarlo quiero,
tengo que darle ya mi despedida;
todo placer va siempre de partida
muy pronto por la vida, muy ligero,
y basta que la mar mi encanto sea
para que nunca más su encanto vea.

¡Adiós, amigos!... ¡tierra hospitalaria!...
Las lagrimas más dulces que he vertido
¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;
y si en medio del agua solitaria
ves en el barco un rostro, que afligido
te mira, yo seré que entre la varia
gente y la nube del vapor que humea
«¡Adiós, adiós, diré mientras te
vea!»
756
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Al Liceo De La Habana

Aquí ha vivido al pie de la corriente
conmigo nada más la golondrina;
¿quién pudo en ese vasto continente
el nombre repetir de Carolina?
¿quién os dijo que canto tristemente
sino fuera del valle esa vecina,
que os va a contar al cielo americano
lo que pasa en mi tierra en el verano?

¿Es esa negra quien mi voz sorprende
cuando gimo en el valle descuidada,
y allá más lejos mi secreto vende
cuando yo de su amor no cuento nada?
No ha podido ella ser... ella no entiende
ni mi suspiro ni mi voz ahogada,
y aunque a mi lado viva en el estío
nada os pudo llevar del canto mío...

¿Cómo, tampoco el viento que a las olas
del olvidado Gévora murmura,
en las últimas tierras españolas,
os pudo transmitir mi voz oscura?
¿cuál, pues, de las marinas banderolas
que flotan de la mar por la llanura
agitando en sus olas la poesía,
americanos, trasportó la mía?

Porque sabéis de mí... sabéis mi nombre...
sabéis que canto y repetís mi acento...
y en alabanza, por que más me asombre,
respondéis a mi oculto pensamiento;
y no adivina el corazón del hombre
lo que pude sentir ni lo que siente,
como en mi propio canto repetido
mi eterna gratitud no hayáis oído.

Sabréis que ha sido mi ventura tanta,
que yo he nacido en la inmortal colina
donde nació aquel hombre a cuya planta
el pabellón de América se inclina;
aquél por quien se eleva la cruz santa
y la luz evangélica ilumina
en ese mundo hermoso y opulento,
a donde fue a exhalar su último aliento.

Y sabréis que me siento en una peña
a ver al toro derribar la cuna
de aquel grande Cortés que nuestra enseña
clavó sobre las torres de la luna;
que en la cóncava piedra berroqueña
de su blasón echar de la laguna,
he visto el agua... y dar a nuestros bueyes
la copa digna de beber los reyes.

Y que levanto la mirada al cielo
a darle gracias por el gran caudillo
no tiene su sepulcro en este suelo
que empaña de su cuna el claro brillo;
y que dirijo con gozoso anhelo
al Occidente el corazón sencillo,
para decir «salud» a los hermanos
que guardan los sepulcros castellanos.

Hijos de aquella isla hospitalaria
donde brindan las palmas en reposo,
sabréis cómo en mi tierra solitaria
agradecemos vuestro asilo honroso;
y apenas escucháis nuestra plegaria,
cuando tendiendo el brazo generoso,
atravesáis el mar con digno ejemplo
para hacernos entrar en vuestro templo.

Y ¿a quién hoy sino a mí, pobre criatura;
cigarra de estos sucios labradores,
del áspero rincón de Extremadura
se tornan vuestros ojos protectores?
Mi canto agreste por mi tierra dura
el oído desgarra a los pastores,
y yo propia cansada de mi tono
al silencio del campo me abandono.

Pero a vosotros mi insonoro eco
dulce parece por sonar lejano,
y ya del sulco en el ingrato hueco
vuelvo a cantar en mi eternal verano;
no importa que mi son rústico y seco
aleje a los pastores de este llano,
si atravesando los lejanos mares
llegan a vuestro cielo mis cantares.

¡Gracias! el llanto que al oíros brota
refresca mi semblante y me consuela,
el alma a bordo de mi arpa rota
ya por los mares a encontraros vuela;
al pie de vuestra palma gota a gota
caerá ese llanto que mi fe revela,
¡y a la sombra feliz de vuestra palma
entre las vuestras vivirá mi alma!
486
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Última Tarde En Andalucía

En despedidas nuestra vida pasa
cada día un adiós ¡ay triste vida!
¡que siendo vida en tiempo tan escasa,
la hayamos de pasar tan afligida!
Aun el de ayer nuestra mejilla abrasa
llanto de la postrera despedida,
y hoy se agolpa a los ojos otro tanto...
¡qué lluvia tan perenne es la del llanto!

Yo que no dejo hogar en que viviera,
una piedra ni un árbol conocido,
sin que al mirarlo por la vez postrera
no me arranque una lágrima, un gemido;
paso en lamentación mi vida entera:
mas ¿cómo sin lamentos me despido?
¿cómo no ha de llorar el alma mía
cuando te pierdo, hermosa Andalucía?

Hasta al mismo dolor si se despide
le damos al pasar una mirada,
una mirada que el espacio mide
de aquella hora en su región pasada.
¿Cómo podéis pensar que el bien se olvide?
¿cómo podéis querer que yo olvidada
de esta hermosa y dulcísima ribera
no le dé ni una lágrima siquiera?

Las bellas tardes que pasé a su orilla
¿sabéis que fueron para mí muy bellas?
¿sabéis que de la barca más sencilla
gozo en seguir las relucientes huellas?
¿sabéis que es más hermosa cuando brilla
aquí la luna, el sol y las estrellas,
y que voy a sufrir más desconsuelo
cuando me aleje de tan claro cielo?

¿Sabéis que necesito en este ambiente
ahogarme en azahar, morirme en rosas
para aliviar mi corazón doliente,
de emociones muy tristes, muy penosas?
¿sabéis que he menester la luz candente
de esas puras mañanas vaporosas,
aspirar de estos huertos en la calma,
para alejar el tedio de mi alma?

¿Habéis mirado el agua en la llanura
cuando se oculta el sol en la arboleda,
los árboles bañando y la frescura
y la fragancia que al bañarlos queda
habéis sentido allí... ¡Ah! qué ternura
inspira el son del agua cuando rueda
por los campos de acacia perfumados
y sus ecos muriendo en los collados.

¡O amiga tierra! ¡O vale regalado!
O sol ardiente, sol de Mediodía,
como al insecto yerto has reanimado
mi ser que en el dolor languidecía;
en pago al caro bien que tú me has dado
te doy mi corazón en mi poesía,
y aunque la hieran con su diente insano
canes que al darles pan muerden la mano.

Poco y amargo a su mortal fiereza
hoy mi mano en mis versos les envía,
porque abrasa la fiebre mi cabeza
y no puedo cantar como quería;
yo me llevo conmigo la tristeza,
pero dejar quisiera la alegría,
y no puedo... me ahogo... esfuerzo el canto,
y en vez ¡ay! de cantar prorrumpo en llanto.
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Salutaciones Y Despedidas Al Señor Don José María Claros

O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo;
tal cuando niña discurrió la mente,
llevada del amor que hace al viviente,
buscar a Dios con instintivo anhelo;
luego de joven al cruzar el cielo,
hirió su pedernal mi pie inocente,
y más cierta añadí —no es ilusoria
la tierra ni el dolor; hay cielo y gloria.

Fija, obstinada, pertinaz, constante,
su existencia a la nuestra hallando unida,
dios es verdad, pues cierta es nuestra vida,
dije al sentir mi pecho palpitante.
¿Tuve un placer? ¡oh, gracias, Dios amante!
¡piedad mi Dios! clamé cuando afligida;
y el mundo me hizo así mal llevadero
la amistad del divino compañero.

Todo animado al sol de mi creencia,
la planta, el ave, el agua, las criaturas,
Dios es grande, pues forma estas hechuras,
exclamé al adorar su inteligencia.
¿Y no aprendí bastante, hay otra ciencia
que ilumine mejor las almas puras?...
Pues ignorante, amigo, me dijeron
los que a dudar de Dios sólo aprendieron.

Lucha trabé con ellos muy reñida,
trajo el ateo libros a millares;
yo respondí mostrando de los mares
a sus ojos la página cumplida.
La estrella de los cielos encendida,
fijé en su libro al fin de sus cantares,
y si no acierta a huir veloz, ¡presumo
que libro y sabio se tornaran humo!

¿Pensáis que así quedó? volvió la
gente
niña, a llamarme crédula y sencilla,
y yo a cantar de Dios la maravilla
en el sol, en el aire, en el torrente.
—No hay Dios, —me grita el genio irreverente
—Hay Dios, —respondo; su mirada brilla,
su aliento corre, su palabra suena,
su amor palpita, su pisada atruena.

Pero en la dura lid tal vez venciera
el que desdeña a Dios a quien lo alaba,
si cuando ya el aliento me faltaba,
otra voz a esforzarme no acudiera;
de una fe más robusta y verdadera,
de un talento mayor la mente esclava,
cuando os oyó decir: —hay Dios y cielo—
tomó con más fervor a alzar su vuelo.

¡Gracias! porque en el mundo hallo profeta
de tan pura virtud, fe tan ardiente,
que en tanto error del mundo diferente
me preste una verdad al alma inquieta;
sí, amigo, la creación obra incompleta
fuera si nuestro autor omnipotente
no escribiera en la humana y triste historia
que para el bueno, como vos, hay gloria.
577
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Celos A La Princesa De S

Dejad que despacio os vea
esa belleza tan rara,
pesadilla de mis sueños,
enemiga de mi alma.
¡Por Jesús, que ansiosa vengo
de miraros esa cara
blanca aurora para alguno,
para mí, noche nublada!
¿Cómo tenéis la melena,
muy oscura, muy dorada?
De vuestra faz las colores
¿son morenas o son albas?
¿Tanto valen vuestros ojos?
¿Sois de cuerpo tan gallardo?
¿Cuáles son, decid, en suma
vuestros dones, vuestras gracias,
para que pueda, señora,
admirarlos y envidiarlas?...
Yo no fío en sortilegios,
burléme siempre de magias,
pero al hallar vuestra imagen
con la luz de la mañana,
con las sombras de la noche,
sobre mis libros clavada,
junto a mi lecho perenne
y en todas partes, mi alma,
por espíritu os conjura
y por visión os rechaza.
Señora, ¿pensáis que pueda
un corazón de cristiana
sin ofender a los cielos
hacerme tan desdichada?
Señora, ¿pensáis que somos
vos la reina, yo la esclava,
para que a vos así tenga
mi libertad subyugada
que a donde está vuestra imagen
allí mis ojos se paran
y allí escuchan mis oídos
do suenan vuestras palabras?
¡Si supierais cuando os oigo
cuál las sienes se me inflaman
y cuánto mis venas hierven
que parece que se saltan!
¡Si supierais cuáles sombras
ven mis ojos, qué fantasmas,
tal vez las brillantes flores
que os embellecen la cara,
por no parecer tan bella,
os arrancaréis de lástima!
Mas ¿para qué? no señora,
ceñid la frente lozana
de riquísimos encajes
y primorosas guirnaldas
para dar mayor contento
a los ojos del que os ama;
que para llorar las penas
que vuestras glorias me causan
tengo noches que me sobran
y lágrimas que me bastan.
Ved si al hermoso conjunto
de vuestras divinas gracias,
señora, algún atributo,
que daros pudiera, os falta;
pues queréis todas las dichas
con mi desdicha lograrlas,
venid, si os faltara el genio,
¡venid... y os daré mi arpa!
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Carolina Coronado

Carolina Coronado

Altivez

Joven del rubio cabello
y los azulados ojos,
sabed, por la Virgen sacra,
que estáis de remate loco
o se ha vuelto vuestro ingenio
agudo como el del topo
cuando estampáis en papeles
letras que encienden el rostro.
De las riberas del Tajo
airecillo contagioso
os ha impregnado el cerebro
de pensamientos que ignoro
si desdeñe por ruines
o castigue por odiosos.
No soy alta por la cuna,
ni soy rica por el oro,
ni gallarda por el talle
ni preciosa por el rostro,
mas para ser bien altiva
tengo joven en mi abono
un alma como ninguna
y un corazón como pocos.
El doncel en quien amante
una vez ponga mis ojos
primero tema que cieguen
que verlos fijos en otro;
tema hablarme el que ha entendido
mis acentos amorosos
primero muda que hallarme
en otros tiernos coloquios;
y si logra mi cabello
jure que en el mundo sólo
hay dos trenzas: la que él lleve
y la trenza de mi moño.
Por eso, mancebo, os digo
que estáis de remate loco
cuando habláis de mis constantes
pensamientos en desdoro;
si hay plantas que no resisten
a las ventiscas de otoño,
hay plantas que se conservan
desde el setiembre al agosto:
y es la de vos gran malicia
o error torpe y vergonzoso
esto de tomar perpetuas
por marchitables pimpollos.
Distintas somos las hembras
y hablar con iguales modos
de la buena y de la indigna
es desmán que no os perdono;
parlad con mayor mesura
si os es mi afecto precioso;
o temed verlo trocado
en un justísimo encono.
Y tened en cuenta, amigo,
que vale mucho mi enojo
por ser los que estimo muchos
y los que aborrezco pocos.
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