Temas
Poemas en este tema

Otros

Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Catedral De Sevilla

Sólo en el pobre altar del pueblo mío
adoré yo al Señor —una mañana:
un templo veo junto a hermoso río
que embelesada miro... no es Guadiana...
De árboles tiene pabellón sombrío,
y por su orilla vi, con gente humana,
venir rugiendo un monstruo devorante
que se tragaba al río palpitante.

¿Habita en esa torre ese viviente
que con tan brava furia desbocado,
rompiendo impetuoso la corriente
se postra al pie del muro fatigado?
¿Es morada del monstruo omnipotente
que he visto por el agua arrebatado
esa gran torre, que arrancando el vuelo
se pierde como el águila en el cielo?

¡La torre... el templo... Ah! Yo que en la vida
un templo hermoso vi, tanta grandeza
de repente al mirar, sobrecogida
bajé sobre los hombros mi cabeza
cual si se fuera a hundir; yo enternecida
a tan solemne y mágica belleza
lloré admirada, sin rubor lo canto,
de tierna sensación gota de llanto.

Retumbaban los órganos sonoros
cuando tímida cruzo las sombrías
bóvedas, y a la par los santos coros
llenaban las eternas galerías;
por mil brillantes cristalinos poros
iba al aire un torrente de armonías
tristes, como si fuera el moribundo
¡ay! que la religión lanzase al mundo.

Los que el embate sufren de la suerte,
los que el furor de la ambición agita,
los que cercana sienten a la muerte
una existencia en vicios ya marchita;
el dócil, el soberbio, el flaco, el fuerte,
el rico, el pobre, el ateo, el jesuita...,
¡cuantos a su infortunio habrán hallado
alivio en aquel templo sosegado!

¡Cuánta oración allí; cuántos
vivientes
de aquel recinto en los profundos huecos
habrán llevado mustios y dolientes
de sus miserias hasta allí los ecos!
¡Cuántas extrañas, peregrinas gentes,
almas rendidas, corazones secos,
habrán en la oración allí saciado
la sed de su camino fatigado!

¡Sí! los que al aire libre son blasfemos,
bajo la enorme piedra se estremecen,
y con devotos místicos extremos
su incrédula existencia a Dios ofrecen;
así al crujir de los pesados remos
y las olas al ver que se embravecen,
en medio de la mar tiembla y se aterra
el que los mares desdeñaba en tierra.

Allí bajando los audaces ojos
el señor del alcázar opulento,
Pedro el Fiero, el Cruel, también de hinojos
se humillaba ante el rey del firmamento:
como el león cargado de despojos
lleva a la selva su botín sangriento
él sus remordimientos ¡ay! llevaba,
y allí en la soledad los devoraba.

Pero en aquel altar el sabio Herrera
bebió la copa del sagrado vino,
y allí Rioja por la vez primera
cantó al Señor con su cantar divino:
allí de Zurbarán la sombra austera
aún vaga, y de Murillo el peregrino
espíritu recibe en los altares
con su santo el incienso y los cantares.

Cuando incliné mi frente, y las rodillas
doblé sobre el luciente pavimento,
morada de tantas maravillas,
un sabio era también, con paso lento
el que llega al altar; ya en sus mejillas
no hay color ni en sus ojos ardimiento,
pero más que la edad la ciencia abruma
su cabeza más alba que la espuma.

Heme allí solitaria, humilde, inquieta,
yertas mis manos, mi cabeza ardiente,
la bendición del sabio y del poeta
sacerdote aguardando reverente;
nunca a la voz tonante del profeta
la religiosa tribu del Oriente
sintió la viva fe del alma mía
cuando el sabio mi frente bendecía.

¡Oh, tú que buscas la perdida estrella
vago marino en los hirvientes mares!
yo he rezado por ti. —La tierra bella
donde viste la luz, de tus azares
el término será; si la doncella,
inocente ocasión de tus pesares,
con su plegaria que a la Virgen sube
logra en el cielo disipar tu nube.

Yo tengo un templo, un Dios que me consuela
depositando en él mis oraciones:
tú, deshecho el bajel, rota la vela
no tienes en tu mar sino... pasiones;
venga la tempestad que te desvela
a mi cielo sus negros nubarrones
que tengo fe, y en mi paciente alma
para toda borrasca hay siempre calma.

Y si me rindo al fin, y Andalucía
quiere guardar entre sus blandas flores
mi dolorida frente, no aquel día,
hijo de España, mi letargo llores;
pálido el astro ¡ay!, de mi poesía,
oscuro el de mis célicos amores,
mejor descansaré muda y dormida
que amorosa cantando en esta vida.

Tal vez la vista del grandioso templo
mi pequeñez más clara me presenta,
y en el de Dios la majestad contemplo
más adorable y mi esperanza alienta;
de árabes y cristianos doble ejemplo
es el gigante que los siglos cuenta
sobre las nubes, cuando ya ha barrido
el aire, el polvo del que lo ha subido.

¿Qué será más que un átomo en el
viento
el de mi leve tronco si fenece
a los pies del glorioso monumento?
Una generación desaparece,
¡y es nada para él!... ¡y otras y ciento
nada serán tampoco!...¡Él aparece
como un genio que aguarda en las alturas
ver el fin de las últimas criaturas!
653
Carolina Coronado

Carolina Coronado

En La Catedral De Sevilla

Sólo en el pobre altar del pueblo mío
adoré yo al Señor —una mañana:
un templo veo junto a hermoso río
que embelesada miro... no es Guadiana...
De árboles tiene pabellón sombrío,
y por su orilla vi, con gente humana,
venir rugiendo un monstruo devorante
que se tragaba al río palpitante.

¿Habita en esa torre ese viviente
que con tan brava furia desbocado,
rompiendo impetuoso la corriente
se postra al pie del muro fatigado?
¿Es morada del monstruo omnipotente
que he visto por el agua arrebatado
esa gran torre, que arrancando el vuelo
se pierde como el águila en el cielo?

¡La torre... el templo... Ah! Yo que en la vida
un templo hermoso vi, tanta grandeza
de repente al mirar, sobrecogida
bajé sobre los hombros mi cabeza
cual si se fuera a hundir; yo enternecida
a tan solemne y mágica belleza
lloré admirada, sin rubor lo canto,
de tierna sensación gota de llanto.

Retumbaban los órganos sonoros
cuando tímida cruzo las sombrías
bóvedas, y a la par los santos coros
llenaban las eternas galerías;
por mil brillantes cristalinos poros
iba al aire un torrente de armonías
tristes, como si fuera el moribundo
¡ay! que la religión lanzase al mundo.

Los que el embate sufren de la suerte,
los que el furor de la ambición agita,
los que cercana sienten a la muerte
una existencia en vicios ya marchita;
el dócil, el soberbio, el flaco, el fuerte,
el rico, el pobre, el ateo, el jesuita...,
¡cuantos a su infortunio habrán hallado
alivio en aquel templo sosegado!

¡Cuánta oración allí; cuántos
vivientes
de aquel recinto en los profundos huecos
habrán llevado mustios y dolientes
de sus miserias hasta allí los ecos!
¡Cuántas extrañas, peregrinas gentes,
almas rendidas, corazones secos,
habrán en la oración allí saciado
la sed de su camino fatigado!

¡Sí! los que al aire libre son blasfemos,
bajo la enorme piedra se estremecen,
y con devotos místicos extremos
su incrédula existencia a Dios ofrecen;
así al crujir de los pesados remos
y las olas al ver que se embravecen,
en medio de la mar tiembla y se aterra
el que los mares desdeñaba en tierra.

Allí bajando los audaces ojos
el señor del alcázar opulento,
Pedro el Fiero, el Cruel, también de hinojos
se humillaba ante el rey del firmamento:
como el león cargado de despojos
lleva a la selva su botín sangriento
él sus remordimientos ¡ay! llevaba,
y allí en la soledad los devoraba.

Pero en aquel altar el sabio Herrera
bebió la copa del sagrado vino,
y allí Rioja por la vez primera
cantó al Señor con su cantar divino:
allí de Zurbarán la sombra austera
aún vaga, y de Murillo el peregrino
espíritu recibe en los altares
con su santo el incienso y los cantares.

Cuando incliné mi frente, y las rodillas
doblé sobre el luciente pavimento,
morada de tantas maravillas,
un sabio era también, con paso lento
el que llega al altar; ya en sus mejillas
no hay color ni en sus ojos ardimiento,
pero más que la edad la ciencia abruma
su cabeza más alba que la espuma.

Heme allí solitaria, humilde, inquieta,
yertas mis manos, mi cabeza ardiente,
la bendición del sabio y del poeta
sacerdote aguardando reverente;
nunca a la voz tonante del profeta
la religiosa tribu del Oriente
sintió la viva fe del alma mía
cuando el sabio mi frente bendecía.

¡Oh, tú que buscas la perdida estrella
vago marino en los hirvientes mares!
yo he rezado por ti. —La tierra bella
donde viste la luz, de tus azares
el término será; si la doncella,
inocente ocasión de tus pesares,
con su plegaria que a la Virgen sube
logra en el cielo disipar tu nube.

Yo tengo un templo, un Dios que me consuela
depositando en él mis oraciones:
tú, deshecho el bajel, rota la vela
no tienes en tu mar sino... pasiones;
venga la tempestad que te desvela
a mi cielo sus negros nubarrones
que tengo fe, y en mi paciente alma
para toda borrasca hay siempre calma.

Y si me rindo al fin, y Andalucía
quiere guardar entre sus blandas flores
mi dolorida frente, no aquel día,
hijo de España, mi letargo llores;
pálido el astro ¡ay!, de mi poesía,
oscuro el de mis célicos amores,
mejor descansaré muda y dormida
que amorosa cantando en esta vida.

Tal vez la vista del grandioso templo
mi pequeñez más clara me presenta,
y en el de Dios la majestad contemplo
más adorable y mi esperanza alienta;
de árabes y cristianos doble ejemplo
es el gigante que los siglos cuenta
sobre las nubes, cuando ya ha barrido
el aire, el polvo del que lo ha subido.

¿Qué será más que un átomo en el
viento
el de mi leve tronco si fenece
a los pies del glorioso monumento?
Una generación desaparece,
¡y es nada para él!... ¡y otras y ciento
nada serán tampoco!...¡Él aparece
como un genio que aguarda en las alturas
ver el fin de las últimas criaturas!
653
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Los Recuerdos

Auras, perfumes de junquillo, trino
de aves amigas, rodeadme: siento
el antiguo placer, aquel contento
que en tiempo a mis amores; imagino
de mi joven cantor sonar vecino
el palpitante, apasionado acento
y las yerbas temblar que sacudía
su planta cuando a mí se aparecía.

¿Quién no tiene recuerdos deliciosos
de edad mejor ¡ay!, aunque joven sea?
Siempre el pasado tiempo nos recrea
velado de atractivos misteriosos;
por esos de la infancia venturosos
diera el joven el brillo que rodea
su lozana existencia, y cada hora
presente por pasado... ¡Ley traidora!

¿Qué son nuestros recuerdos, son delirio,
infortunio, ventura, desconsuelo?
¿Cuál intento será que tuvo el cielo
darnos en ellos bien, darnos martirio?
Cuando veo que un blanco, débil lirio,
de los mezquinos que produce el suelo,
mi antiguo amor despierta, impulsa, enciende,
¡oh! exclamo ¡santo Dios!, ¿quién os
comprende?

¿Qué ven, qué escuchan, pobre Carolina,
en la luz y el silencio ojos y oído?
¿Qué hay en la flor, que hay en la sombra, el ruido
que penetra en tu ser y te fascina?
Sobre la copa de la misma encina
el sol que tantas veces ha lucido,
la brisa de la antigua primavera,
¿por qué te agitan cual por vez primera?

Yo nada sé; filósofos profundos
que los misterios de la vida entienden,
sabrán de aquellos que el espacio hienden
en recuerdos espíritus fecundos;
yo las leyes ignoro de esos mundos
que los sabios dignísimos comprenden;
pero sé que en la tierra, peregrinos,
hay espíritus mil que son divinos.

Si fábrica de barro contrahecha
a quien faltó la esencia para un alma,
hombre estúpido, cuerpo siempre en calma,
la vida del espíritu desecha;
si juzga que de tierra sola es hecha
la criatura, que aspira a eterna palma,
es porque, en piel humana, ser de bruto
a su reino animal paga tributo.

Pero vosotras que gozáis, criaturas,
la inspiración real del sentimiento,
no os mofaréis porque en la luz y el viento
mi amor habite, y en las flores puras;
la yerba que tapiza las llanuras,
la nube que atraviesa el firmamento,
hacen surgir memorias olvidadas
en las almas por siempre enamoradas.

Duermen como la oruga-mariposa,
se ocultan sin cesar, como la luna,
decrecen, como el mar, pero ninguna
muere aunque mengua, velase o reposa;
se reaniman al sol, la noche hermosa
las hace aparecer una por una
y, cuando más lejanas de la idea,
las lleva al corazón recia marea.

Auras, perfumes de junquillos, trino
de aves amigas, me agitáis, os siento,
de espíritus ocultos sois aliento,
sois guardadores de mi amor divino:
venid al valle triste en que imagino
sonar de mi cantor el tierno acento;
¡placeres, dadme, en la ilusión hermosa
ya que en la realidad no soy dichosa!
545
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Luna En Una Ausencia

Y tú ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?

Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.

Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.

¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía...?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo ven: ¡por qué tardía!


Bardo amante, esa hechicera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.

Yo me encontré en unos valles
a esa misteriosa guía
cuando lenta recorría
de olivos desiertas calles,
tristes, como el alma mía.

Yo de entre la tierra oscura
la vi brotar, como pura
memoria de tu pasión,
en medio la desventura
de mi ausente corazón.

Y como el recuerdo amante
me siguió en mi soledad
callada, tierna, constante,
sin apartarse un instante
esa nocturna beldad.

Porque si yo caminaba
y con pasos fugitivos
árbol tras árbol cruzaba,
ella al par se deslizaba
entre los negros olivos.

Si un instante suspendía
mi carrera silenciosa,
sobre la copa sombría
del árbol se detenía,
como una paloma hermosa.

Por eso el tierno quebranto
sabe de mi ausencia, sola,
porque al escuchar mi canto
vino a sorprender mi llanto
con la luz de su aureola.

Y pues es la verdadera
fiel y sola compañera
de tu solitaria amiga,
presurosa mensajera
mis pensamientos te diga.
852
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Un Paisaje

Yo vi lucir los albores
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.

Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.

¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.

¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?

¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora...?

Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?

¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?...
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.

Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
595
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Un Paisaje

Yo vi lucir los albores
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.

Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.

¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.

¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?

¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora...?

Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?

¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?...
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.

Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
595
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Planta Del Valle

Alberto, la débil planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él;
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.

Yo soy planta, entre las piedras,
de un triste valle nacida,
y estoy a la tierra unida
del suelo donde nací;
de una madre, de un hermano
tanto el querer me aprisiona,
que ni por una corona
los separara de mí.

Yo pude ver grandes pueblos
y cruzar soberbios mares
que me inspiraran cantares
dignos de gloria, tal vez;
mas, quise mejor quedarme
sin laureles lisonjeros
que dejar los compañeros
de mi inocente niñez.

Por este santo cariño
que domina mi existencia
con silenciosa paciencia
en la soledad viví;
por eso tu amante ruego
desoye el alma abatida,
por eso la despedida
con llanto amargo te di.

Yo no quiero sin mi madre
partir a tierra ninguna,
y ansia ardiente me importuna
de ver un mundo mejor;
ve, por piedad, tierno amigo,
si es tormentosa la idea
que en lo mismo que desea
halla su pena mayor.

Pienso, a veces,que la hormiga
que se desliza a mi lazo
más campiñas ha cruzado
que las que alcanzo a mirar;
y entonces «hormiga —exclamo—
mientras tú buscas semillas,
¡cuántas grandes maravillas
pudiera yo contemplar!»

«Adiós —les digo a las aves
que cruzan por mi ventana—
¿de qué os servirán mañana
ver las orillas del Po;
y de Francia los jardines,
y de América las palmas,
si no tenéis unas almas
para cantarlas cual yo?»

Pero si vienes, Alberto,
con esa dicha a brindarme,
la dejo por no alejarme
del valle donde nací,
y en esta constante lucha
consumirse el alma veo,
pues, ni yo venzo al deseo
ni el deseo me vence a mí.

Por eso, Alberto, la planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él:
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.
556
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Pasión

Ya no veo la alegría,
de tristeza me sustento;
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Pienso que para calmar
esta fiebre dolorosa,
me bastará contemplar
la naturaleza hermosa.

Y corro a ver el brillante
sol y los vagos nublados,
y a escuchar del ave errante
el canto por los collados.

Mas también conmigo sube
su imagen cruzando el viento...
toma su forma la nube;
toman las aves su acento.

Cesa con la juventud
dicen, este padecer;
mas los sabios la virtud
no enseñan de envejecer.

Y con remedio costoso
esa ciencia me convida,
si ha de empezar el reposo
cuando se acaba la vida.

¡Triste esperanza en verdad,
tardo alivio, corazón,
aguardar la ancianidad
para calmar la pasión!

Blanco el oscuro cabello;
la tersa frente fruncida,
y el mirar, que hoy llaman bello,
sin un destello de vida.

El fino talle doblado,
el corazón entumido...
¿Es éste el bien deseado,
ésta la dicha que pido?

¡Ah, sí; que el talle, el mirar,
la tez y el cabello oscuro,
no valen este penar
que con lágrimas conjuro!

Entonces, bardos galantes,
no cantaréis mi belleza,
ni oiré de labios amantes
dulce, amorosa terneza.

Esclavos de la hermosura,
entonces bardos, tal vez,
retratando mi figura
satiricéis la vejez.

Pero ciegos ya mis ojos,
embotados mis oídos,
no habrán de causarme enojos
vuestros versos aplaudidos.

Tal vez los que gimen ora
rendidos ante mis pies,
con sonrisa mofadora
me contemplarán después.

Mas, no vale el incensario
de amante o galán poeta,
este fuego temerario
que sin descanso me inquieta.

Yo no veo la alegría;
de tristeza me sustento:
no hay dentro del alma mía
más que amor y abatimiento.

Me acobarda mi pasión;
ni luchar con ella puedo:
yo me tengo compasión;
yo a mí misma me doy miedo.

Y aunque es muy triste aguardar
la vejez, amo de suerte,
que quiero verla llegar...
si antes no llega la muerte.
679
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Gloria De Las Glorias

A ALBERTO

Las siguientes composiciones están dedicadas a una persona que
no existe ya. Por eso me atrevo a publicarlas. Una mujer puede, sin
sonrojo, decir a un muerto ternezas que no quisiera que la oyesen decir
a un vivo.
GLORIA DE LAS GLORIAS


Es dulce recordar sueños de niño,

el vago acento de la edad primera

que en nuestro oído resonar hiciera

el ángel que anunció nuestro cariño;

cuando figuro que tu cuello ciño

en esa edad tranquila y placentera,

embriagada mi alma en sus memorias

digo que amor es gloria de las glorias.


Y es más dulce los sueños juveniles

recordar de esta vida enamorada

que siempre de ilusiones sustentada

consagra a los amores sus abriles;

yo te sabré cantar recuerdos miles

de esta pasión divina y encantada

que forma en sus combates y victorias

de nuestro amor la gloria de las glorias.


De una tarde serena de reflejos

sobre tu bello rostro apasionado,

la sombra de aquel valle sosegado

donde encontramos a los pobres viejos,

el canto de la tórtola a lo lejos

y el beso de las auras regalado

me inspiraran poéticas historias

para tu amor que es gloria de mis glorias.


Te cantaré la llama indefinible

del entusiasmo que en mi ser palpita,

la sed ardiente que mi sangre irrita,

la fe de mi pasión indestructible;

la fuerza de tu encanto irresistible

que mi vida en insomnios debilita,

y pálido y temblando a estas memorias

dirás que amor es gloria de las glorias.


No pienses que al ceñir prendas de orgullo

coronas que los genios conquistaron

esas frentes dichosas palpitaron

cual yo de tus acentos al murmullo;

no hay eco en la creación, no hay canto, arrullo,

aplausos que los hombres inventaron,

que no parezcan dichas transitorias

ante ese amor que es gloria de mis glorias.


En vano la ambición arde y se agita

abrasando a los débiles mortales,

y conquista laureles eternales

cuando la flor del alma está marchita;

de otra deidad más alta y más bendita

invoquemos placeres celestiales.

Porque entre tantas dichas transitorias

tan sólo amor es gloria de las glorias.


Sé que la sombra del dolor me sigue,

se que la vida perderé en el llanto,

sé que este amor tan inocente y santo

no ha de lograr la paz que lo mitigue;

pero bendigo el mal que me persigue,

las lágrimas, las penas, el quebranto,

y bendigo mis dichas ilusorias

porque es tu amor la gloria de mis glorias.

Elvas, 1845

623
Carolina Coronado

Carolina Coronado

El Mundo Desgraciado

Hay escrito un cantar muy doloroso
en una historia triste que poseo,
para cuando el alegre balbuceo
deje, Emilio, tu labio bullicioso;
para cuando del álamo frondoso
que tan lejano de tu frente veo
toque a las ramas la graciosa mano
que ahora no alcanza al peralillo enano.

Vago, amoroso, indefinible canto
que yo no pronuncié, que nadie ha oído
por tu risa infantil interrumpido,
borrado a medias por mi ardiente llanto;
memorias para ti de tierno encanto
encierra ese cantar, que lleva unido
al sueño de tu infancia venturosa
el de mi larga juventud penosa.

Hoy mis pinceles para ti son vanos;
tú no conoces tu retrato ahora;
allí está tu cabeza seductora
en el grupo no más de dos hermanos;
cuadro es sencillo, obra de mis manos,
niño que ríe junto a mujer que llora,
aire que vaga junto a flor marchita,
y la destroza más cuando la agita.

Mas, no pienses historia peregrina
relatada escuchar en mis cantares;
todos del alma mía los azares
en la tristeza están que la domina:
si no es desventurada, lo imagina,
y es lo mismo que todos los pesares
del mundo tenga, que los sueñe todos,
si se sufre igualmente de ambos modos.

Y lo mismo que lloro, Emilio, llora
la multitud sin conocer tampoco
el grande, oculto, inapagable foco
de la llama del mal devoradora;
¿será que aún niño nuestro siglo ahora
pugna impaciente, como tú hace poco,
por romper las estrechas ligaduras
de sus largas envueltas vestiduras?

¿Será que de sí propio avergonzado
a comprender empieza su ignorancia?
¿Que entre las tiernas formas de su infancia
siente latir un corazón formado?
¡Ay! eso es; su espíritu exaltado
le hace correr larguísima distancia,
pero, a su cuerpo débil y rendido
fáltale fuerza y quédase dormido.

Cesan las guerras, y en la paz se aclaman
libres los pueblos, sabios venturosos;
¿por qué los corazones silenciosos
tantas secretas lágrimas derraman?
Unos al cielo sin consuelo claman,
ahogan otros sus gritos dolorosos;
¿es que a ninguno la común ventura
toca, a que todos gimen por locura?...

A los niños, Emilio, a ti te toca;
ven a mofarte de mis cantos vanos;
en tus brazos dulcísimos hermanos
ven a estrecharme con tu risa loca,
y séllame los labios con tu boca
y escóndeme los ojos con tus manos,
¡y el bullicio infantil de tu contento
el eco aturda de mi triste acento!
628
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Luz De La Primavera

Ya el almendro de flor está cubierto;
ya he visto a la primera golondrina
de su antigua morada tras la ruina
cruzar por mi ventana en vuelo incierto;
ya ha brotado en el césped de mi huerto
una temprana, roja clavellina,
y ya tremola, como blanca enseña
sus alas, en la torre, la cigüeña.

Dicen que de estación risueña y clara
esos son claros signos y seguros,
que rayos brillantísimos y puros
el sol a nuestra atmósfera prepara:
que no turbarán más su lumbre cara
esos vapores del invierno oscuros,
ni cruzarán el manso firmamento
pesada lluvia ni importuno viento.

Si puede el resplandor de mi alegría
perdida, renacer en mis sentidos,
logren mis ojos tanto entristecidos
cumplida ver tan bella profecía:
Mira, Emilio, si son del alma mía
los nuevos pensamientos atrevidos,
cuando ambiciono sólo a mi ventura
ver revestido el cielo de luz pura.

¡Luz nada más! ¡la luz!... es sed ansiosa
que seca ya los ojos abrasados,
que tiene entre sus sombras sepultados
oscurísima niebla pavorosa:
ni otro consuelo que la luz hermosa
tiene mi corazón, ni otros cuidados,
que impaciente aguardarla en su venida
y lamentar con lágrimas su huida.

¡Ven primavera! tu beldad gozosa
dome los irritados elementos,
en medio a sus combates turbulentos
álzate sobre el trono majestuosa;
cese ante ti la lluvia tenebrosa,
callen ahogados ante ti los vientos,
y huyan por el espacio los nublados,
como bandos de cuervos espantados.

En colina elevada, allá distante
veré en el campo relumbrar el río,
y en el tronco del álamo sombrío
oiré de nuevo al ruiseñor amante;
ora se esconde triste y vaga errante
la furia huyendo al vendaval impío,
pero así que se amanse el firmamento
vendrá a llenar con su armonía el viento.

Y yo en el viento oiré su voz amante,
y mi voz de sus trinos compañera,
como la luz y el aire por la esfera
volarán confundidos un instante;
¡y entrambos con el seno palpitante
embriagados de amor por la ribera
cantaremos del cielo la hermosura
adorando en su luz nuestra ventura!
732
Carolina Coronado

Carolina Coronado

La Luz De La Primavera

Ya el almendro de flor está cubierto;
ya he visto a la primera golondrina
de su antigua morada tras la ruina
cruzar por mi ventana en vuelo incierto;
ya ha brotado en el césped de mi huerto
una temprana, roja clavellina,
y ya tremola, como blanca enseña
sus alas, en la torre, la cigüeña.

Dicen que de estación risueña y clara
esos son claros signos y seguros,
que rayos brillantísimos y puros
el sol a nuestra atmósfera prepara:
que no turbarán más su lumbre cara
esos vapores del invierno oscuros,
ni cruzarán el manso firmamento
pesada lluvia ni importuno viento.

Si puede el resplandor de mi alegría
perdida, renacer en mis sentidos,
logren mis ojos tanto entristecidos
cumplida ver tan bella profecía:
Mira, Emilio, si son del alma mía
los nuevos pensamientos atrevidos,
cuando ambiciono sólo a mi ventura
ver revestido el cielo de luz pura.

¡Luz nada más! ¡la luz!... es sed ansiosa
que seca ya los ojos abrasados,
que tiene entre sus sombras sepultados
oscurísima niebla pavorosa:
ni otro consuelo que la luz hermosa
tiene mi corazón, ni otros cuidados,
que impaciente aguardarla en su venida
y lamentar con lágrimas su huida.

¡Ven primavera! tu beldad gozosa
dome los irritados elementos,
en medio a sus combates turbulentos
álzate sobre el trono majestuosa;
cese ante ti la lluvia tenebrosa,
callen ahogados ante ti los vientos,
y huyan por el espacio los nublados,
como bandos de cuervos espantados.

En colina elevada, allá distante
veré en el campo relumbrar el río,
y en el tronco del álamo sombrío
oiré de nuevo al ruiseñor amante;
ora se esconde triste y vaga errante
la furia huyendo al vendaval impío,
pero así que se amanse el firmamento
vendrá a llenar con su armonía el viento.

Y yo en el viento oiré su voz amante,
y mi voz de sus trinos compañera,
como la luz y el aire por la esfera
volarán confundidos un instante;
¡y entrambos con el seno palpitante
embriagados de amor por la ribera
cantaremos del cielo la hermosura
adorando en su luz nuestra ventura!
732
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Tristeza Del Otoño

Hechas polvo caen, hermano,
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.

Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.

No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.

No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.

¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?

Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.

Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión...

Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.

Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?...
636
Carolina Coronado

Carolina Coronado

Emigración De Las Aves

Turbóse el azul del cielo.
Y las lluvias anegaron
las semillas que en el suelo
los labradores dejaron.

Huéspedas de mi patria en el verano,
buscad ya lejos de la tierra mía,
en otro cielo, en otro nuevo llano,
nueva mies, nuevo sol, nueva alegría.

Tierna armonía postrera
dad a ese valle vecino
y un adiós a la ribera
y emprended vuestro camino.

Ved que el lejano monte se oscurece;
ved que anublado está ya el firmamento;
ved que la niebla presurosa crece
y es muy triste cruzar sin luz el viento.

Pero yo no os quiero oír
vuestra postrera canción,
que tengo de veros ir
afligido el corazón.

Ya la primera huyó la golondrina;
¿quién, Emilio, cantando a la ventana
con bulliciosa trova peregrina
a despertarnos ya vendrá mañana?

Ya van tras ella en tropel,
ya va quedando desierto
el verde, hermoso laurel
que las anida en mi huerto.

Por la postrera vez miro anhelante
en él la alegre multitud reunida
¡Ay! para algún placer a cada instante
muriendo el corazón está en la vida.

Aunque vengáis del desierto
otro verano a cantar,
o no vendréis a mi huerto
o yo no os podré escuchar.

¿Quién sabe si mudada el alma mía,
quién sabe si perdido su contento
como se alegra hoy con la armonía
mañana sufrirá con vuestro acento?

Vosotras si veis venir
la nube, huís la cabeza;
pero yo no puedo huir
la nube de mi tristeza.

Yo sé que lejos de la tierra mía
otra hay más bella que buscar no puedo;
por eso os vais y de la niebla fría,
entre las sombras, temerosa quedo.

Triste será aquí mi vida,
pero de aquí no me voy;
¡Ay! ¡por qué a la tierra asida
como ese laurel estoy!

Las que podéis cruzar libres el viento
dejad las sombras de la niebla fría;
yo en vuestra ausencia elevaré mi acento
bajo el bello laurel que os guarecía.
759