Poemas en este tema
Otros
Carolina Coronado
A Mi Hermano Emilio Memorias De La Infancia
Ya no es tan joven mi vida
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.
Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.
Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,
como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.
Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:
y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.
Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:
la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.
¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;
y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!
¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!
si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?
Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:
no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.
Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;
entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.
Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.
Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,
como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.
Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:
y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.
Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:
la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.
¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;
y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!
¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!
si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?
Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:
no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.
Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;
entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
522
Carolina Coronado
Canción
Con el otoño perdidas
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.
De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.
Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.
Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.
El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.
Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores y
retirada!
Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.
556
Carolina Coronado
Despedida Al Año De 1843
Adiós, el que caminas
a hundirte en lo pasado:
mis ojos con tristeza
te ven desparecer;
Tus días a mi vida,
crueles, han dejado
más lágrimas que risa,
más penas que placer.
Y tú los años míos
con nuevo peso aumentas
y una experiencia añades
al joven corazón;
Mas yo tierno saludo
te doy porque te ausentas;
que hasta los males mismos
nuestros amigos son.
¡Ay! tal vez más ingrato
el año venidero
me hará con triste envidia
tus horas recordar;
Que siempre más agudo
es el dolor postrero,
y es siempre más amargo
el último pesar.
En vano la esperanza
con risueño atavío
muéstrame los objetos
allá en el porvenir:
Las que a lo lejos brillan
cual gotas de rocío,
son toscas piedrecillas
que el sol hace lucir.
Y a la remota dicha
la fantasía vana
y el corazón ansioso
cercana sueñan ver:
¡El ignorante niño
ve también muy cercana
la luna que sus manos
se afanan por coger!
Mejor fuera que ahora
partiera yo contigo
y la faz nos velara
juntos la eternidad,
Que sola y fatigada
en un suelo enemigo
quedarme con mi vida
de perpetua ansiedad.
Mejor que el sueño eterno
apagara el latido
de este mi sin ventura
inquieto corazón;
Que en sus amantes penas
dejarle sumergido,
llorando de infortunio,
temblando de pasión.
Mas ya la noche avanza
y a pasos presurosos
a sepultarle corres
en el inmenso mar,
Donde mi pena un día,
mis sueños fatigosos,
¡ay Dios! y mis amores
iré yo a sepultar.
a hundirte en lo pasado:
mis ojos con tristeza
te ven desparecer;
Tus días a mi vida,
crueles, han dejado
más lágrimas que risa,
más penas que placer.
Y tú los años míos
con nuevo peso aumentas
y una experiencia añades
al joven corazón;
Mas yo tierno saludo
te doy porque te ausentas;
que hasta los males mismos
nuestros amigos son.
¡Ay! tal vez más ingrato
el año venidero
me hará con triste envidia
tus horas recordar;
Que siempre más agudo
es el dolor postrero,
y es siempre más amargo
el último pesar.
En vano la esperanza
con risueño atavío
muéstrame los objetos
allá en el porvenir:
Las que a lo lejos brillan
cual gotas de rocío,
son toscas piedrecillas
que el sol hace lucir.
Y a la remota dicha
la fantasía vana
y el corazón ansioso
cercana sueñan ver:
¡El ignorante niño
ve también muy cercana
la luna que sus manos
se afanan por coger!
Mejor fuera que ahora
partiera yo contigo
y la faz nos velara
juntos la eternidad,
Que sola y fatigada
en un suelo enemigo
quedarme con mi vida
de perpetua ansiedad.
Mejor que el sueño eterno
apagara el latido
de este mi sin ventura
inquieto corazón;
Que en sus amantes penas
dejarle sumergido,
llorando de infortunio,
temblando de pasión.
Mas ya la noche avanza
y a pasos presurosos
a sepultarle corres
en el inmenso mar,
Donde mi pena un día,
mis sueños fatigosos,
¡ay Dios! y mis amores
iré yo a sepultar.
606
Carolina Coronado
Canción
Cuando la luz de la tarde
en occidente se apaga,
y la reina de las sombras
con ligero paso avanza;
En esas horas tranquilas,
inspiradoras del alma;
cuando en las alas del viento
el silencio se derrama;
Cuando la tórtola dulce
lánguido suspiro exhala
con acento lastimero
recogida entre las ramas.
A aliviar voy mis cuidados
a la orilla solitaria
de un pacífico arroyuelo,
que entre fresnos se dilata.
Y vagando pensativa
por la arboleda callada,
sueño dichas venideras,
o canto las ya pasadas.
Y comparo al manso río
mi existencia sosegada.—
Él rueda blando entre flores;
ella entre ilusiones blanda.
en occidente se apaga,
y la reina de las sombras
con ligero paso avanza;
En esas horas tranquilas,
inspiradoras del alma;
cuando en las alas del viento
el silencio se derrama;
Cuando la tórtola dulce
lánguido suspiro exhala
con acento lastimero
recogida entre las ramas.
A aliviar voy mis cuidados
a la orilla solitaria
de un pacífico arroyuelo,
que entre fresnos se dilata.
Y vagando pensativa
por la arboleda callada,
sueño dichas venideras,
o canto las ya pasadas.
Y comparo al manso río
mi existencia sosegada.—
Él rueda blando entre flores;
ella entre ilusiones blanda.
890
Carolina Coronado
A Emilio Dormido
¡Cuál brilla su alba frente
de angélica pureza!...
¡Cuál vierte su mejilla
el candor infantil!
Exhalan el aliento
sus labios bulliciosos
más dulce que las auras
del aromado abril.
Entre rosado velo
de púrpura y de flores
protege su descanso
el ángel de la paz.
Y vaga cariñoso
en torno de su cuna
y halaga blandamente
su adormecida faz.
Y coronó su lecho
de blancas azucenas,
y coronó su frente
de rosas y azahar.
Silencio... que no turbe
ninguna voz humana
su plácido sosiego,
su blando dormitar.
de angélica pureza!...
¡Cuál vierte su mejilla
el candor infantil!
Exhalan el aliento
sus labios bulliciosos
más dulce que las auras
del aromado abril.
Entre rosado velo
de púrpura y de flores
protege su descanso
el ángel de la paz.
Y vaga cariñoso
en torno de su cuna
y halaga blandamente
su adormecida faz.
Y coronó su lecho
de blancas azucenas,
y coronó su frente
de rosas y azahar.
Silencio... que no turbe
ninguna voz humana
su plácido sosiego,
su blando dormitar.
857
Carolina Coronado
A Una Coqueta
Como aquellas lucecillas
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,
Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:
Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquéllas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,
Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:
Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquéllas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.
627
Carolina Coronado
Rosablanca
La luz del día se apaga;
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
632
Carolina Coronado
A Una Tórtola
Tórtola, que misteriosa
querella de amores cantas,
dolorida,
azorada, temblorosa,
como la lluvia en las plantas
conmovida;
Que levantas arrullando
de tu seno palpitante
la alba pluma,
como el agua murmurando
en las olas, vacilante
leve espuma:
Tórtola tímida y bella,
melancólica vecina
de los valles,
nunca tu blanda querella,
tu cántiga peregrina,
muda acalles:
Lleva a el aura ese ruido
que en las soledades mueven
tus acentos:
los ecos de tu gemido
siempre amorosos se eleven
a los vientos.
Canta, canta dulcemente
con la tierna compañera
tus amores:
verás tu arrullo inocente
dar más vida a la pradera
y alas flores.
¿Mas por qué si regalado
tu murmurio en mis oídos
desfallece,
el pecho mío turbado,
a tus lánguidos gemidos
se estremece?
¿Será que yo también como tú siento
esa ternura que tu seno oprime,
y el dulce sentimiento
que de inefable amor tu acento exprime?
Con nuevo fuego el corazón se anima,
al escuchar tu canto apasionado;
¿será que también gima
en amoroso lazo aprisionado?
Es tu tristeza la tristeza mía;
con tono igual nuestro cantar alzamos;
si nunca en la armonía,
tórtola, en el gemir nos igualamos.
Pues si en gemir son iguales,
nuestras voces uniremos
retiradas,
como de dos manantiales
unirse las aguas vemos
separadas.
Mis suspiros lastimados,
tus arrullos gemidores
mezclaremos,
tú-sentidos, yo-soñados,
entrambas canto de amores
murmuremos.
querella de amores cantas,
dolorida,
azorada, temblorosa,
como la lluvia en las plantas
conmovida;
Que levantas arrullando
de tu seno palpitante
la alba pluma,
como el agua murmurando
en las olas, vacilante
leve espuma:
Tórtola tímida y bella,
melancólica vecina
de los valles,
nunca tu blanda querella,
tu cántiga peregrina,
muda acalles:
Lleva a el aura ese ruido
que en las soledades mueven
tus acentos:
los ecos de tu gemido
siempre amorosos se eleven
a los vientos.
Canta, canta dulcemente
con la tierna compañera
tus amores:
verás tu arrullo inocente
dar más vida a la pradera
y alas flores.
¿Mas por qué si regalado
tu murmurio en mis oídos
desfallece,
el pecho mío turbado,
a tus lánguidos gemidos
se estremece?
¿Será que yo también como tú siento
esa ternura que tu seno oprime,
y el dulce sentimiento
que de inefable amor tu acento exprime?
Con nuevo fuego el corazón se anima,
al escuchar tu canto apasionado;
¿será que también gima
en amoroso lazo aprisionado?
Es tu tristeza la tristeza mía;
con tono igual nuestro cantar alzamos;
si nunca en la armonía,
tórtola, en el gemir nos igualamos.
Pues si en gemir son iguales,
nuestras voces uniremos
retiradas,
como de dos manantiales
unirse las aguas vemos
separadas.
Mis suspiros lastimados,
tus arrullos gemidores
mezclaremos,
tú-sentidos, yo-soñados,
entrambas canto de amores
murmuremos.
784
Carolina Coronado
A La Siempreviva
Cuando el alma primavera
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
749
Carolina Coronado
A La Siempreviva
Cuando el alma primavera
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
749
Carolina Coronado
A La Mariposa
Bien hayan, mariposa,
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.—
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.—
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
674
Carolina Coronado
Al Lirio
Leve y plácida sonrisa
de la fresca primavera;
tú que naces con su brisa
de las flores la primera;
Y te engalanas llevando
el color del firmamento,
y esquivas el cuello blando
a las caricias del viento;
Allá oculta, de las peñas
en las salvajes gargantas,
el rico vergel desdeñas,
donde brillan otras plantas.
¿Será que te falte hechizo
para competir con ellas?
¿Que el Dios de los campos hizo
las otras flores más bellas?
Mas no; que es tu talle airoso,
y por ninguna belleza
trocara el matiz precioso
tu perfumada cabeza:
Y tu corona azulada
es, lirio, más trasparente
que la linfa sosegada
del arroyuelo naciente.
¿Cómo pie tan delicado
fuera de jardines crece,
y entre malezas criado
de las rocas se guarece?
¿Cómo, lirio, tu semilla
nunca brota en la pradera?
¿Cómo tu gala no brilla
de las fuentes en la orilla,
y en la florida ribera?
¿Qué te vale ese prendido
de celeste brillantez,
si ignorado y escondido,
en los desiertos perdido
ha de hallarte la vejez?
¿Qué te vale ser hermoso
si en ocultarlo te empeñas,
y las horas más risueñas
has de pasar sigiloso
entre las ásperas breñas?
Ven, lirio, ven a brotar
a las márgenes del lago:
abandona ese lugar
que sólo debe habitar
el odioso jaramago.
¡¡Que la vaga mariposa
en morada tan agreste,
tu dulce copa celeste
no ha de besar cariñosa!!
Ni la abeja en tu capullo
las ambrosías que mana,
libará ansiosa y galana
con festejador murmullo.—
Que si por bello te acoge,
por salvaje te desdeña
queda allá solo en tu peña,
y que el viento te deshoje.—
de la fresca primavera;
tú que naces con su brisa
de las flores la primera;
Y te engalanas llevando
el color del firmamento,
y esquivas el cuello blando
a las caricias del viento;
Allá oculta, de las peñas
en las salvajes gargantas,
el rico vergel desdeñas,
donde brillan otras plantas.
¿Será que te falte hechizo
para competir con ellas?
¿Que el Dios de los campos hizo
las otras flores más bellas?
Mas no; que es tu talle airoso,
y por ninguna belleza
trocara el matiz precioso
tu perfumada cabeza:
Y tu corona azulada
es, lirio, más trasparente
que la linfa sosegada
del arroyuelo naciente.
¿Cómo pie tan delicado
fuera de jardines crece,
y entre malezas criado
de las rocas se guarece?
¿Cómo, lirio, tu semilla
nunca brota en la pradera?
¿Cómo tu gala no brilla
de las fuentes en la orilla,
y en la florida ribera?
¿Qué te vale ese prendido
de celeste brillantez,
si ignorado y escondido,
en los desiertos perdido
ha de hallarte la vejez?
¿Qué te vale ser hermoso
si en ocultarlo te empeñas,
y las horas más risueñas
has de pasar sigiloso
entre las ásperas breñas?
Ven, lirio, ven a brotar
a las márgenes del lago:
abandona ese lugar
que sólo debe habitar
el odioso jaramago.
¡¡Que la vaga mariposa
en morada tan agreste,
tu dulce copa celeste
no ha de besar cariñosa!!
Ni la abeja en tu capullo
las ambrosías que mana,
libará ansiosa y galana
con festejador murmullo.—
Que si por bello te acoge,
por salvaje te desdeña
queda allá solo en tu peña,
y que el viento te deshoje.—
785
Carolina Coronado
La Rosa Blanca
¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?
La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.
Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento
a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?
La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.
Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento
a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.
737
Carolina Coronado
A La Amapola
Yo te vi, triste amapola,
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.—
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.—
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.—
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.—
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
1.182
Carolina Coronado
Al Jazmín
Orgullo de la enramada,
blanca y leve florecilla,
más que todas delicada,
y más que todas sencilla.
Muestra el lirio temblorosa
la faz cristalina y pura;
y ostenta encendida rosa
la peregrina hermosura.
Alza bella la azucena
la copa tersa y nevada
de ricos ámbares llena,
de mil abejas cercada.
Pero ¿quién tu brillo iguala,
viva flor del cano estío,
que luces entre su gala,
como espuma en claro río?
Por sencilla y delicada,
en el jardín entre ciento
fijas tú, flor, la mirada,
y fijas el pensamiento.
Y por el seno argentino
que blando perfume expira,
do bebe néctar divino
la abeja que en ti respira.—
¡Flor graciosa y nacarada,
la más tierna de las flores!
¡oh mil veces bienhadada
la que roba tus amores!
¡Bienhadada mariposa
que tu pétalo estremece,
cuando a tu lado reposa,
y en tu aliento se embebece!
Por delicada y sencilla,
en el jardín entre ciento
se fija en ti, florecilla,
mi vista y mi pensamiento.
blanca y leve florecilla,
más que todas delicada,
y más que todas sencilla.
Muestra el lirio temblorosa
la faz cristalina y pura;
y ostenta encendida rosa
la peregrina hermosura.
Alza bella la azucena
la copa tersa y nevada
de ricos ámbares llena,
de mil abejas cercada.
Pero ¿quién tu brillo iguala,
viva flor del cano estío,
que luces entre su gala,
como espuma en claro río?
Por sencilla y delicada,
en el jardín entre ciento
fijas tú, flor, la mirada,
y fijas el pensamiento.
Y por el seno argentino
que blando perfume expira,
do bebe néctar divino
la abeja que en ti respira.—
¡Flor graciosa y nacarada,
la más tierna de las flores!
¡oh mil veces bienhadada
la que roba tus amores!
¡Bienhadada mariposa
que tu pétalo estremece,
cuando a tu lado reposa,
y en tu aliento se embebece!
Por delicada y sencilla,
en el jardín entre ciento
se fija en ti, florecilla,
mi vista y mi pensamiento.
647
Carolina Coronado
Los Cantos De Safo
Como el aura suavísima resbala
de placer en placer fácil mi vida:
entre el amor y gloria dividida,
¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?
Al lado de Faón, su amor cantando;
con la luz de sus ojos fascinada;
dicha inmensa es de Safo bienhadada
perder sus horas en deliquio blando.
Dicha inmensa es de Safo venturosa
que su amante en el aire que respira
beba el acento de la tierna lira,
que tan sólo por él suena amorosa.
¡Cómo a mis ojos inefable llanto
gota por gota el corazón destila,
si un instante su faz dulce y tranquila
brilla gozosa al escuchar mi canto!...
¡Si de su boca en lisonjero arrullo
la voz desciende a celebrar mi lira,
y hálito vago que su labio expira
mis sienes cerca entre el falaz murmullo!
Siento, Faón, tu delicado aliento
bullir entorno de la frente mía,
y en deliciosos tonos de armonía
herirme el corazón tus voces siento.
El corazón sus golpes precipita
al eco de tu voz apasionada:
a un suspiro, a un acento, a una mirada
como el seno de tórtola se agita.
No temo entonces que por bella alguna
perjuro olvides tu feliz cantora,
ni atractiva beldad venga en mal hora
a destrozar mi plácida fortuna.
¿Y quién la flor de la ventura mía
osará marchitar con mano aleve?
¿Quién a usurpar tu corazón se atreve
y a reinar donde Safo reinó un día?
¡Ah! no soy bella: su preciosa mano
en mi rostro los Dioses no imprimieron;
más al alma benignos concedieron
de los genios el numen soberano.
Y cítara en mis manos peregrina
las hermanas de Febo colocaron,
y de entusiasmo el corazón llenaron
de amor ardiente e inspiración divina.
Goza de triunfos la beldad un día,
que el porvenir destruye rigoroso;
cuando el genio entre aplausos victorioso
de la inmortalidad al templo guía.
Lecho de tierra y silencioso olvido
sólo del mundo la hermosura alcanza:
el estrecho sepulcro a do se lanza,
los rayos borrará de haber nacido.
Cual sueño pasará, si el genio alzando
la poderosa voz no la eterniza,
su cantar que a los siglos se desliza
vida preciosa a sus cenizas dando.
Yo también cantaré: también mis voces,
tierna Faón, tu nombre repitiendo,
con tu amor y mi amor sobreviviendo,
al porvenir sin fin irán veloces.
Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa
arrancaré un aplauso duradero,
una corona como el grande Homero
a mis sienes tal vez ceñiré augusta.
Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa
premie el esfuerzo de tu Safo amada,
más plácida a su ser que en la alborada
place a las flores la naciente brisa.
de placer en placer fácil mi vida:
entre el amor y gloria dividida,
¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?
Al lado de Faón, su amor cantando;
con la luz de sus ojos fascinada;
dicha inmensa es de Safo bienhadada
perder sus horas en deliquio blando.
Dicha inmensa es de Safo venturosa
que su amante en el aire que respira
beba el acento de la tierna lira,
que tan sólo por él suena amorosa.
¡Cómo a mis ojos inefable llanto
gota por gota el corazón destila,
si un instante su faz dulce y tranquila
brilla gozosa al escuchar mi canto!...
¡Si de su boca en lisonjero arrullo
la voz desciende a celebrar mi lira,
y hálito vago que su labio expira
mis sienes cerca entre el falaz murmullo!
Siento, Faón, tu delicado aliento
bullir entorno de la frente mía,
y en deliciosos tonos de armonía
herirme el corazón tus voces siento.
El corazón sus golpes precipita
al eco de tu voz apasionada:
a un suspiro, a un acento, a una mirada
como el seno de tórtola se agita.
No temo entonces que por bella alguna
perjuro olvides tu feliz cantora,
ni atractiva beldad venga en mal hora
a destrozar mi plácida fortuna.
¿Y quién la flor de la ventura mía
osará marchitar con mano aleve?
¿Quién a usurpar tu corazón se atreve
y a reinar donde Safo reinó un día?
¡Ah! no soy bella: su preciosa mano
en mi rostro los Dioses no imprimieron;
más al alma benignos concedieron
de los genios el numen soberano.
Y cítara en mis manos peregrina
las hermanas de Febo colocaron,
y de entusiasmo el corazón llenaron
de amor ardiente e inspiración divina.
Goza de triunfos la beldad un día,
que el porvenir destruye rigoroso;
cuando el genio entre aplausos victorioso
de la inmortalidad al templo guía.
Lecho de tierra y silencioso olvido
sólo del mundo la hermosura alcanza:
el estrecho sepulcro a do se lanza,
los rayos borrará de haber nacido.
Cual sueño pasará, si el genio alzando
la poderosa voz no la eterniza,
su cantar que a los siglos se desliza
vida preciosa a sus cenizas dando.
Yo también cantaré: también mis voces,
tierna Faón, tu nombre repitiendo,
con tu amor y mi amor sobreviviendo,
al porvenir sin fin irán veloces.
Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa
arrancaré un aplauso duradero,
una corona como el grande Homero
a mis sienes tal vez ceñiré augusta.
Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa
premie el esfuerzo de tu Safo amada,
más plácida a su ser que en la alborada
place a las flores la naciente brisa.
849
Carolina Coronado
Los Cantos De Safo
Como el aura suavísima resbala
de placer en placer fácil mi vida:
entre el amor y gloria dividida,
¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?
Al lado de Faón, su amor cantando;
con la luz de sus ojos fascinada;
dicha inmensa es de Safo bienhadada
perder sus horas en deliquio blando.
Dicha inmensa es de Safo venturosa
que su amante en el aire que respira
beba el acento de la tierna lira,
que tan sólo por él suena amorosa.
¡Cómo a mis ojos inefable llanto
gota por gota el corazón destila,
si un instante su faz dulce y tranquila
brilla gozosa al escuchar mi canto!...
¡Si de su boca en lisonjero arrullo
la voz desciende a celebrar mi lira,
y hálito vago que su labio expira
mis sienes cerca entre el falaz murmullo!
Siento, Faón, tu delicado aliento
bullir entorno de la frente mía,
y en deliciosos tonos de armonía
herirme el corazón tus voces siento.
El corazón sus golpes precipita
al eco de tu voz apasionada:
a un suspiro, a un acento, a una mirada
como el seno de tórtola se agita.
No temo entonces que por bella alguna
perjuro olvides tu feliz cantora,
ni atractiva beldad venga en mal hora
a destrozar mi plácida fortuna.
¿Y quién la flor de la ventura mía
osará marchitar con mano aleve?
¿Quién a usurpar tu corazón se atreve
y a reinar donde Safo reinó un día?
¡Ah! no soy bella: su preciosa mano
en mi rostro los Dioses no imprimieron;
más al alma benignos concedieron
de los genios el numen soberano.
Y cítara en mis manos peregrina
las hermanas de Febo colocaron,
y de entusiasmo el corazón llenaron
de amor ardiente e inspiración divina.
Goza de triunfos la beldad un día,
que el porvenir destruye rigoroso;
cuando el genio entre aplausos victorioso
de la inmortalidad al templo guía.
Lecho de tierra y silencioso olvido
sólo del mundo la hermosura alcanza:
el estrecho sepulcro a do se lanza,
los rayos borrará de haber nacido.
Cual sueño pasará, si el genio alzando
la poderosa voz no la eterniza,
su cantar que a los siglos se desliza
vida preciosa a sus cenizas dando.
Yo también cantaré: también mis voces,
tierna Faón, tu nombre repitiendo,
con tu amor y mi amor sobreviviendo,
al porvenir sin fin irán veloces.
Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa
arrancaré un aplauso duradero,
una corona como el grande Homero
a mis sienes tal vez ceñiré augusta.
Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa
premie el esfuerzo de tu Safo amada,
más plácida a su ser que en la alborada
place a las flores la naciente brisa.
de placer en placer fácil mi vida:
entre el amor y gloria dividida,
¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?
Al lado de Faón, su amor cantando;
con la luz de sus ojos fascinada;
dicha inmensa es de Safo bienhadada
perder sus horas en deliquio blando.
Dicha inmensa es de Safo venturosa
que su amante en el aire que respira
beba el acento de la tierna lira,
que tan sólo por él suena amorosa.
¡Cómo a mis ojos inefable llanto
gota por gota el corazón destila,
si un instante su faz dulce y tranquila
brilla gozosa al escuchar mi canto!...
¡Si de su boca en lisonjero arrullo
la voz desciende a celebrar mi lira,
y hálito vago que su labio expira
mis sienes cerca entre el falaz murmullo!
Siento, Faón, tu delicado aliento
bullir entorno de la frente mía,
y en deliciosos tonos de armonía
herirme el corazón tus voces siento.
El corazón sus golpes precipita
al eco de tu voz apasionada:
a un suspiro, a un acento, a una mirada
como el seno de tórtola se agita.
No temo entonces que por bella alguna
perjuro olvides tu feliz cantora,
ni atractiva beldad venga en mal hora
a destrozar mi plácida fortuna.
¿Y quién la flor de la ventura mía
osará marchitar con mano aleve?
¿Quién a usurpar tu corazón se atreve
y a reinar donde Safo reinó un día?
¡Ah! no soy bella: su preciosa mano
en mi rostro los Dioses no imprimieron;
más al alma benignos concedieron
de los genios el numen soberano.
Y cítara en mis manos peregrina
las hermanas de Febo colocaron,
y de entusiasmo el corazón llenaron
de amor ardiente e inspiración divina.
Goza de triunfos la beldad un día,
que el porvenir destruye rigoroso;
cuando el genio entre aplausos victorioso
de la inmortalidad al templo guía.
Lecho de tierra y silencioso olvido
sólo del mundo la hermosura alcanza:
el estrecho sepulcro a do se lanza,
los rayos borrará de haber nacido.
Cual sueño pasará, si el genio alzando
la poderosa voz no la eterniza,
su cantar que a los siglos se desliza
vida preciosa a sus cenizas dando.
Yo también cantaré: también mis voces,
tierna Faón, tu nombre repitiendo,
con tu amor y mi amor sobreviviendo,
al porvenir sin fin irán veloces.
Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa
arrancaré un aplauso duradero,
una corona como el grande Homero
a mis sienes tal vez ceñiré augusta.
Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa
premie el esfuerzo de tu Safo amada,
más plácida a su ser que en la alborada
place a las flores la naciente brisa.
849
Carolina Coronado
La Primavera Anticipada
Oigo voces en torno alborozadas
que saludan la nueva primavera:
yo no sé si su hielo a la ribera
le faltó, y a las sierras elevadas;
yo no he visto si están ya disipadas
las nieblas del invierno por la esfera;
sólo sé que mi espíritu caído
sus nieblas de tristeza no ha perdido.
No es alegre ya el sol, no muestra el cielo
el esmalte celeste de otros días;
tienen colores lánguidas y frías
las nuevas galas que desplega el suelo.
¿Qué ha sido ¡oh Flora! del risueño velo
que sobre nuestros ojos suspendías,
que prestaba a las aves el contento
encantos a la flor, perfume al viento?
¡No eres la que anunciaba la alegría
y el amor a la tierra, Primavera!
¡no eres tú ya la hermosa mensajera
que acentos de entusiasmo, me traía:
más tu aureola cándida lucía,
más dulce entonces tu sonrisa era,
más tierno el ruiseñor que te cantaba,
más venturosa yo que lo escuchaba!
¡Más venturosa yo, no tú más bella!
tus galas no, ¡mis ojos se han turbado!
sobre el ambiente puro y azulado
con brillo igual tu frente se destella.
Ahora lo mismo tu ligera huella
anima el blanco lirio perfumado,
y el ruiseñor, que tu belleza adora
con la ternura misma te enamora,
Es que no escucho su amoroso trino;
es que no admiro tu beldad gozosa;
que nunca tras las flores voy ansiosa,
de tus huellas errante en el camino;
que del viajero arroyo cristalino
ya no contemplo el agua rumorosa
Es ¡ay!¡que en mis sentidos conturbados
aún hay silencio, hay hielos, hay nublados!
que saludan la nueva primavera:
yo no sé si su hielo a la ribera
le faltó, y a las sierras elevadas;
yo no he visto si están ya disipadas
las nieblas del invierno por la esfera;
sólo sé que mi espíritu caído
sus nieblas de tristeza no ha perdido.
No es alegre ya el sol, no muestra el cielo
el esmalte celeste de otros días;
tienen colores lánguidas y frías
las nuevas galas que desplega el suelo.
¿Qué ha sido ¡oh Flora! del risueño velo
que sobre nuestros ojos suspendías,
que prestaba a las aves el contento
encantos a la flor, perfume al viento?
¡No eres la que anunciaba la alegría
y el amor a la tierra, Primavera!
¡no eres tú ya la hermosa mensajera
que acentos de entusiasmo, me traía:
más tu aureola cándida lucía,
más dulce entonces tu sonrisa era,
más tierno el ruiseñor que te cantaba,
más venturosa yo que lo escuchaba!
¡Más venturosa yo, no tú más bella!
tus galas no, ¡mis ojos se han turbado!
sobre el ambiente puro y azulado
con brillo igual tu frente se destella.
Ahora lo mismo tu ligera huella
anima el blanco lirio perfumado,
y el ruiseñor, que tu belleza adora
con la ternura misma te enamora,
Es que no escucho su amoroso trino;
es que no admiro tu beldad gozosa;
que nunca tras las flores voy ansiosa,
de tus huellas errante en el camino;
que del viajero arroyo cristalino
ya no contemplo el agua rumorosa
Es ¡ay!¡que en mis sentidos conturbados
aún hay silencio, hay hielos, hay nublados!
684
Carolina Coronado
La Voz De Una Hija
Imagen pura, deliciosa y tierna,
constante amiga de mi blando sueño:
tú la que ofreces a la vida mía
paz y ventura;
Imagen bella de la dulce madre,
que un Dios me diera, de mi bien celoso:
nunca del alma tu inefable hechizo
viera lejano.
Siempre el amante corazón te abriga;
siempre bendice tu apacible encanto,
y de ternura tu memoria siempre
viva le inunda.
¡Oh! ¡cuánto el cielo sus preciosos dones,
mi cara madre, y su bondad revela!
Su inmensa gloria en tu sagrada imagen
luce divina.
Que es una madre la perfecta hechura
con que el Eterno coronó sus obras;
solemne ofrenda a la natura haciendo,
digno presente.
Que es una madre de la tierra amparo,
supremo alivio de angustiosas penas;
bálsamo santo del pesar amargo,
tierna delicia.
¡Ay del que huyera el maternal regazo!
¡Ay del que ingrato su amoroso abrigo
desdeña injusto, y la orfandad anhela!
¡Ser infelice!
Suerte funesta su vivir preside;
su prez esquiva el indignado cielo;
nunca a sus ojos la benigna aurora
plácida brilla.
Mas yo dichosa, que a tu lado miro
beber el tiempo mis tranquilas horas,
si lloro, madre, si mi vida empaña
nube sombría,
Deja en tu seno protector, amigo,
deja que ardiente la mejilla esconda,
que hundir mis penas y enjugar mi llanto
sabes tú sola.—
constante amiga de mi blando sueño:
tú la que ofreces a la vida mía
paz y ventura;
Imagen bella de la dulce madre,
que un Dios me diera, de mi bien celoso:
nunca del alma tu inefable hechizo
viera lejano.
Siempre el amante corazón te abriga;
siempre bendice tu apacible encanto,
y de ternura tu memoria siempre
viva le inunda.
¡Oh! ¡cuánto el cielo sus preciosos dones,
mi cara madre, y su bondad revela!
Su inmensa gloria en tu sagrada imagen
luce divina.
Que es una madre la perfecta hechura
con que el Eterno coronó sus obras;
solemne ofrenda a la natura haciendo,
digno presente.
Que es una madre de la tierra amparo,
supremo alivio de angustiosas penas;
bálsamo santo del pesar amargo,
tierna delicia.
¡Ay del que huyera el maternal regazo!
¡Ay del que ingrato su amoroso abrigo
desdeña injusto, y la orfandad anhela!
¡Ser infelice!
Suerte funesta su vivir preside;
su prez esquiva el indignado cielo;
nunca a sus ojos la benigna aurora
plácida brilla.
Mas yo dichosa, que a tu lado miro
beber el tiempo mis tranquilas horas,
si lloro, madre, si mi vida empaña
nube sombría,
Deja en tu seno protector, amigo,
deja que ardiente la mejilla esconda,
que hundir mis penas y enjugar mi llanto
sabes tú sola.—
706
Carolina Coronado
La Voz De Una Hija
Imagen pura, deliciosa y tierna,
constante amiga de mi blando sueño:
tú la que ofreces a la vida mía
paz y ventura;
Imagen bella de la dulce madre,
que un Dios me diera, de mi bien celoso:
nunca del alma tu inefable hechizo
viera lejano.
Siempre el amante corazón te abriga;
siempre bendice tu apacible encanto,
y de ternura tu memoria siempre
viva le inunda.
¡Oh! ¡cuánto el cielo sus preciosos dones,
mi cara madre, y su bondad revela!
Su inmensa gloria en tu sagrada imagen
luce divina.
Que es una madre la perfecta hechura
con que el Eterno coronó sus obras;
solemne ofrenda a la natura haciendo,
digno presente.
Que es una madre de la tierra amparo,
supremo alivio de angustiosas penas;
bálsamo santo del pesar amargo,
tierna delicia.
¡Ay del que huyera el maternal regazo!
¡Ay del que ingrato su amoroso abrigo
desdeña injusto, y la orfandad anhela!
¡Ser infelice!
Suerte funesta su vivir preside;
su prez esquiva el indignado cielo;
nunca a sus ojos la benigna aurora
plácida brilla.
Mas yo dichosa, que a tu lado miro
beber el tiempo mis tranquilas horas,
si lloro, madre, si mi vida empaña
nube sombría,
Deja en tu seno protector, amigo,
deja que ardiente la mejilla esconda,
que hundir mis penas y enjugar mi llanto
sabes tú sola.—
constante amiga de mi blando sueño:
tú la que ofreces a la vida mía
paz y ventura;
Imagen bella de la dulce madre,
que un Dios me diera, de mi bien celoso:
nunca del alma tu inefable hechizo
viera lejano.
Siempre el amante corazón te abriga;
siempre bendice tu apacible encanto,
y de ternura tu memoria siempre
viva le inunda.
¡Oh! ¡cuánto el cielo sus preciosos dones,
mi cara madre, y su bondad revela!
Su inmensa gloria en tu sagrada imagen
luce divina.
Que es una madre la perfecta hechura
con que el Eterno coronó sus obras;
solemne ofrenda a la natura haciendo,
digno presente.
Que es una madre de la tierra amparo,
supremo alivio de angustiosas penas;
bálsamo santo del pesar amargo,
tierna delicia.
¡Ay del que huyera el maternal regazo!
¡Ay del que ingrato su amoroso abrigo
desdeña injusto, y la orfandad anhela!
¡Ser infelice!
Suerte funesta su vivir preside;
su prez esquiva el indignado cielo;
nunca a sus ojos la benigna aurora
plácida brilla.
Mas yo dichosa, que a tu lado miro
beber el tiempo mis tranquilas horas,
si lloro, madre, si mi vida empaña
nube sombría,
Deja en tu seno protector, amigo,
deja que ardiente la mejilla esconda,
que hundir mis penas y enjugar mi llanto
sabes tú sola.—
706
Carolina Coronado
Los Quince Años
Dejas apenas la risueña infancia;
juegos, placeres de su edad dejaste.
Ya el dulce brillo de los quince mayos
cerca tus sienes.
Niña aún graciosa, la infantil sonrisa
bulle en tus labios, como el aura tenue.
Juega en el seno de entreabiertas rosas
fresca y fugace.
Tinta ligera de carmín suave
vase tendiendo por tu tez de nieve.
Como de luna sonrosado cerco
brilla en tu rostro.
Virgen, tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura.
Tal entre rocas cristalina fuente
brota en la sierra.
Vesla que nace sosegada y tersa,
clara tendiendo sus dorados hilos.
Sigue su curso: caminando, mira
cómo se enturbia.
¡Ah, que tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura!
Mas ¡ay! ¡cuán presto la serena vida
tuerce su paso!
Ya el adormido corazón despierta
voz misteriosa, que de amor le inflama.
Virgen, ¿no sientes palpitar tu seno
más agitado?
Ya las mejillas de encarnado vivo
tiñe la nueva confusión del alma.
Fijos en tierra los turbados ojos
lágrimas brotan.
¡Ay de la hermosa libertad perdida!
¡ay del sosiego de perdida infancia!
¡Ay del tranquilo corazón tan libre,
ya aprisionado!
Ansias, cuidados, agitadas horas,
largos afanes tras ventura escasa
por solo y triste galardón espera
virgen amante.—
juegos, placeres de su edad dejaste.
Ya el dulce brillo de los quince mayos
cerca tus sienes.
Niña aún graciosa, la infantil sonrisa
bulle en tus labios, como el aura tenue.
Juega en el seno de entreabiertas rosas
fresca y fugace.
Tinta ligera de carmín suave
vase tendiendo por tu tez de nieve.
Como de luna sonrosado cerco
brilla en tu rostro.
Virgen, tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura.
Tal entre rocas cristalina fuente
brota en la sierra.
Vesla que nace sosegada y tersa,
clara tendiendo sus dorados hilos.
Sigue su curso: caminando, mira
cómo se enturbia.
¡Ah, que tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura!
Mas ¡ay! ¡cuán presto la serena vida
tuerce su paso!
Ya el adormido corazón despierta
voz misteriosa, que de amor le inflama.
Virgen, ¿no sientes palpitar tu seno
más agitado?
Ya las mejillas de encarnado vivo
tiñe la nueva confusión del alma.
Fijos en tierra los turbados ojos
lágrimas brotan.
¡Ay de la hermosa libertad perdida!
¡ay del sosiego de perdida infancia!
¡Ay del tranquilo corazón tan libre,
ya aprisionado!
Ansias, cuidados, agitadas horas,
largos afanes tras ventura escasa
por solo y triste galardón espera
virgen amante.—
833
Carolina Coronado
A Una Gota De Rocío
Lágrima viva de la fresca aurora,
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;
Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:
Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente
las lágrimas amargas que devoro
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío...!
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;
Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:
Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente
las lágrimas amargas que devoro
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío...!
953
Carolina Coronado
El Pájaro Perdido
¡Huyó con vuelo incierto,
y de mis ojos ha desparecido!
¡Mirad si a vuestro huerto
mi pájaro querido,
niñas hermosas, por acaso ha huido!
Sus ojos relucientes
son como los del águila orgullosa;
plumas resplandecientes
en la cabeza airosa
lleva, y su voz es tierna y armoniosa.
Mirad si cuidadoso
junto a las flores se escondió en la grama:
ese laurel frondoso
mirad rama por rama,
que él los laureles y las flores ama.
Si le halláis por ventura,
no os enamore su amoroso acento;
no os prende su hermosura:
volvédmele al momento,
o dejadle, si no, libre en el viento.
Porque su pico de oro
sólo en mi mano toma la semilla,
y no enjugaré el lloro
que veis en mi mejilla
hasta encontrar mi prófuga avecilla.
Mi vista se oscurece
si sus ojos no ve, que son mi día;
mi ánima desfallece
con la melancolía
de no escucharle ya su melodía.
y de mis ojos ha desparecido!
¡Mirad si a vuestro huerto
mi pájaro querido,
niñas hermosas, por acaso ha huido!
Sus ojos relucientes
son como los del águila orgullosa;
plumas resplandecientes
en la cabeza airosa
lleva, y su voz es tierna y armoniosa.
Mirad si cuidadoso
junto a las flores se escondió en la grama:
ese laurel frondoso
mirad rama por rama,
que él los laureles y las flores ama.
Si le halláis por ventura,
no os enamore su amoroso acento;
no os prende su hermosura:
volvédmele al momento,
o dejadle, si no, libre en el viento.
Porque su pico de oro
sólo en mi mano toma la semilla,
y no enjugaré el lloro
que veis en mi mejilla
hasta encontrar mi prófuga avecilla.
Mi vista se oscurece
si sus ojos no ve, que son mi día;
mi ánima desfallece
con la melancolía
de no escucharle ya su melodía.
879
Carolina Coronado
Una Despedida
Escuchad mis querellas,
recinto y flores del placer abrigo,
imágenes tan bellas
como ese cielo que os protege amigo.
Asilo de inocencia,
consuelo del dolor, bosque sombrío,
ir quiero a tu presencia,
y tu césped regar con llanto mío.
Y el agua de tu fuente
beber acaso por la vez postrera,
y respirar tu ambiente,
besar tus flores, la gentil palmera.
Que tu dintel guarnece
de lejos saludar entre congojas,
y a la que en torno crece
modesta acacia de menudas hojas.
Y a los álamos graves
el postrimer adiós dar afligida,
y cantar con las aves
tristísima canción de despedida.
Y en tu graciosa alfombra
reposar halagada de ilusiones
bajo la fresca sombra
de tus frondosos sauces y llorones...
Sus hojas se estremecen
y errantes sombras a mi planta evocan,
que en el viento se mecen,
y mis cabellos con blandura tocan.
Desde aquí la pintura
es más bello admirar de ese tu cielo,
los visos y frescura
de las nubes cercanas a tu suelo;
Y al través de las ramas
mirar el sol que su lumbrera humilla,
y cual de rojas llamas
el Occidente retocado brilla.
¿Ni qué música iguala
al sordo vago suspirar del viento
con que armonioso exhala
un bello día su postrer aliento?
¡Ah! ¡si mi vida entera,
mi cara soledad, recinto amado,
consagrarte pudiera
el mundo huyendo y su falaz cuidado!
Mas ¡ay! que la alegría
de contemplaros con la luz perece
del presuroso día
que a mis ansiosos ojos desparece.
Esas aves cantoras
que de gozar la tarde fatigadas,
en tropas voladoras
retornan gorjeando a sus moradas;
Cuando una sola estrella
con apagada luz brille en el cielo;
cuando la aurora bella
ciña el espacio con purpúreo velo,
Y el nuevo y claro día
con sus tintas anime la pradera;
ellas con alegría
volverán a girar por tu ribera.
En turba bulliciosa
los bosques poblarán... y yo entretanto
lejana y silenciosa
las horas contaré de mi quebranto.
¡Ay! ¡ellas tu hermosura
gozarán y tu paz y sus amores!
yo gusté harta ventura
bebí en tus fuentes y besé tus flores.
recinto y flores del placer abrigo,
imágenes tan bellas
como ese cielo que os protege amigo.
Asilo de inocencia,
consuelo del dolor, bosque sombrío,
ir quiero a tu presencia,
y tu césped regar con llanto mío.
Y el agua de tu fuente
beber acaso por la vez postrera,
y respirar tu ambiente,
besar tus flores, la gentil palmera.
Que tu dintel guarnece
de lejos saludar entre congojas,
y a la que en torno crece
modesta acacia de menudas hojas.
Y a los álamos graves
el postrimer adiós dar afligida,
y cantar con las aves
tristísima canción de despedida.
Y en tu graciosa alfombra
reposar halagada de ilusiones
bajo la fresca sombra
de tus frondosos sauces y llorones...
Sus hojas se estremecen
y errantes sombras a mi planta evocan,
que en el viento se mecen,
y mis cabellos con blandura tocan.
Desde aquí la pintura
es más bello admirar de ese tu cielo,
los visos y frescura
de las nubes cercanas a tu suelo;
Y al través de las ramas
mirar el sol que su lumbrera humilla,
y cual de rojas llamas
el Occidente retocado brilla.
¿Ni qué música iguala
al sordo vago suspirar del viento
con que armonioso exhala
un bello día su postrer aliento?
¡Ah! ¡si mi vida entera,
mi cara soledad, recinto amado,
consagrarte pudiera
el mundo huyendo y su falaz cuidado!
Mas ¡ay! que la alegría
de contemplaros con la luz perece
del presuroso día
que a mis ansiosos ojos desparece.
Esas aves cantoras
que de gozar la tarde fatigadas,
en tropas voladoras
retornan gorjeando a sus moradas;
Cuando una sola estrella
con apagada luz brille en el cielo;
cuando la aurora bella
ciña el espacio con purpúreo velo,
Y el nuevo y claro día
con sus tintas anime la pradera;
ellas con alegría
volverán a girar por tu ribera.
En turba bulliciosa
los bosques poblarán... y yo entretanto
lejana y silenciosa
las horas contaré de mi quebranto.
¡Ay! ¡ellas tu hermosura
gozarán y tu paz y sus amores!
yo gusté harta ventura
bebí en tus fuentes y besé tus flores.
751